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Mostrando entradas con la etiqueta Disculpe si no me levanto [Pablo Poó]. Mostrar todas las entradas
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11 ene. 2018

  • 11.1.18
Las notas llegan sin que apenas nos demos cuenta. Hace apenas un mes estábamos en mangas cortas y ahora, de repente, nos hemos encontrado con la cruda realidad de las notas. Hay que parar y reflexionar. El análisis es la base para, en caso de que las calificaciones no hayan sido buenas, podamos comenzar a enderezar el camino y comenzar enero con buen pie. Piensa:



1) ¿Te has esforzado todo lo posible? Bachillerato no es la ESO. Puede que antes pudieras salvar con éxito el curso viviendo de las rentas y estudiando el día de antes. Pero está claro que eso ahora no nos vale. Tenemos un doble objetivo: aprobar y hacerlo con nota suficiente para estudiar la carrera que queremos y donde queremos.

2) ¿Tienes un método de estudio? Muchos estudiáis a lo loco: directamente del libro y de memoria. Eso es una barbaridad. Hay muchos métodos de estudio: es cuestión de ir probando y quedarte con el que te guste. Imagina que es como el deporte. El hecho de que no te guste correr no implica que no hagas deporte, hay muchas más formas de hacerlo: bicicleta, deportes de equipo...

El que no te guste hacer esquemas o no te sirvan para aprobar no quiere decir que no valgas o que no se te dé bien estudiar, solo quiere decir que estás usando un método que no es para ti. Prueba los mapas conceptuales, las fichas, los resúmenes, los postits... Hay mil métodos, es cuestión de encontrar aquel con el que más aprendas con el menor esfuerzo posible.



3) ¿Has llegado con buena base de la ESO? ¡Ay, amigos! ¿Veis cómo había que esforzarze durante esos cuatro años que muchos os pasáis rascando la barriga? Ahora es la Selectividad la que marca el listón. Hay poco tiempo y mucho temario. Tienes que asumir que debes ponerte al día, así que toca repasar en casa todo aquello que no se sabe para asistir a las clases lo más preparado posible.

Hay veces que, aunque parezca raro, lo mejor que nos puede pasar es que nos den un palo para que reaccionemos y nos demos cuenta de que las cosas van en serio. ¡Así que, venga, no pierdas tiempo en lamentaciones, analiza qué te ha pasado y comienza a ponerle remedio ya!

PABLO POÓ GALLARDO

29 nov. 2017

  • 29.11.17
El derecho a opinar está absolutamente por encima de todo: cualquiera puede opinar, libremente, de aquello que se le antoje. Pero esta libertad no implica la igual validez de todos los argumentos vertidos sobre un tema. Esta es, quizá, la tarea más complicada: separar la paja del grano en una época en la que, gracias al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación, todo el mundo opina de todo. Con o sin criterio; con o sin educación; con o sin base; con o sin argumentos.



Enfrentarse sin las herramientas adecuadas a este maremágnum es garantía de fracaso: corremos el riesgo de dar pábulo a charlatanes, a doradores de píldoras, a encantadores de serpientes.

El terreno educativo está especialmente abonado para el crecimiento de estas especies opinadoras invasivas: gente que no ha impartido una clase en su vida te dice cómo hacer tu trabajo ignorando las abismales diferencias que hay entre contextos educativos, entre etapas escolares tan dispares como la Primaria o la Secundaria, desconociendo la falta tan grande de inversión que padecen muchos centros educativos y que condiciona nuestra labor docente hasta el extremo, sin tener la más mínima idea de cómo es el sistema actual de evaluación…

Opinen, son libres, faltaría más. Pero otorguen a cada cual una credibilidad acorde con su experiencia.



PABLO POÓ

13 sept. 2017

  • 13.9.17
Me extrañó verlo por el instituto: iba a dejarlo en 3º, sin titular, y el curso próximo estaría en otro pueblo, en otro instituto, comenzando una nueva etapa a sus dieciséis años en la FP Básica, como si no existiera una edad mínima para querer darle un giro a tu vida y comenzar de nuevo.



—¡Qué alegría! ¿Qué haces aquí?

—He venido para verte.

Se sentó en el examen como los demás. Como los demás que se habían presentado, claro. Muchas veces en casa se desanda lo que se ha avanzado en el instituto; pero allí estaba él, hasta con bolígrafo.

Repartí el examen y comencé a explicar las preguntas. Me senté y lo vi escribir tranquilamente, pero sin pausa. “Bueno, cosas más raras se han visto” –pensé– y seguí ordenando el tropel de papeles que nos aguardan a los profesores en septiembre. Esos que nadie lee.

A los veinte minutos se levantó y me entregó el examen: “A ver qué te parece”, y salió.

A priori, la cosa no pintaba bien. Entregar a los veinte minutos una prueba pensada para hora y media no es el más halagüeño de los augurios, pero comencé a leer:

“Y llegó el día, aquí se separan nuestros caminos. Quería darte las gracias por este año junto a ti, eres una persona increíble, además del mejor profesor, el mejor amigo que un chico de 16 años puede tener. Quería agradecerte lo mucho que me has ayudado, lo mucho que me has enseñado. Enseñar tiene dos funciones en la vida: la primera es ser alguien, que en eso sí me has enseñado; y la segunda es ser algo, que por mi cabezonería no has logrado enseñarme. Ahora empieza mi nueva etapa, mi nueva vida, espero que todo lo que me has enseñado lo ponga en práctica, y quería decirte que este año ha sido genial, tanto risas, llantos… Todo dicho, espero no perder nunca el contacto contigo. Aquí me despido”.

Entonces te quedas planchado y te pones a pensar.

Ser profesor trasciende ampliamente el ámbito de tu asignatura concreta. Es más, en determinados contextos educativos impartir tu asignatura casi es lo de menos (porque no sé si lo saben, pero el sistema educativo es fiel reflejo del mundo: hay un primer mundo, un segundo y hasta un tercero; y en cada uno hay que trabajar de una manera distinta, y suceden cosas distintas y tenemos equipamientos distintos). Porque, a pesar de que me encante enseñar mi materia, sé que se puede vivir sin detectar un complemento directo, pero no sin tener conciencia crítica y saber, realmente, de qué va la vida.

No los puedes salvar a todos. Cada uno tiene una edad para despertar y, quizá, aquello que les caló de ti salga a relucir cuando tengan 20 años y ya no mantengas contacto con ellos. Hay quienes no despiertan, hay quienes acaban mal. Y te duele saber de ellos, es más, prefieres no saber. Pero no puedes llevarte todos los problemas de todos tus alumnos a casa, porque no vives.

Tienes que convertirte, no en un modelo, porque ellos no deben imitarte, deben ser ellos mismos, sino en un escaparate de donde vayan tomando y adaptando aquello que más les guste, aquello que más les llame la atención y que vean de más utilidad para su estilo de vida, que puede que difiera enormemente del tuyo.

No soy amigo de mis alumnos. Pienso que la jerarquización es fundamental para que una clase funcione. Y pienso también que el respeto hay que ganárselo. No es lo mismo respeto que educación. Esta última se está perdiendo, por desgracia, y es la norma básica para saber cómo te has dirigir y cómo has de tratar, entre otros, a un profesor. El respeto viene con el tiempo y nos lo labramos hora tras hora de clase.

Les hablo en su idioma para que me entiendan. Conozco de sobra las variantes diafásicas, no se preocupen por eso, soy doctor en Filología Hispánica, pero sé cómo tengo que hablarles para que entiendan que tu pareja no tiene por qué revisarte WhatsApp y cómo hacerlo para inocularles el veneno de Lope de Vega en la sangre.

Cuando les hablo de la vida, muchas veces me repiten la misma letanía: es que nadie nos habla así. A ver si todo se va a reducir a un problema de comunicación.

Pero, por favor, nunca (nunca) los traten como tontos, como pobrecitos. Esta oleada de hipercondescendencia con nuestros adolescentes solo está creando adultos indolentes e ineptos.

Se me fue, el maldito, sin aprenderse las preposiciones. Le colé al Lazarillo sin que se diera cuenta y ahora forma parte de su conciencia aunque todavía no lo sepa. Pero me escribió esta carta. Y se metió en una FP Básica.

PABLO POÓ

3 ago. 2017

  • 3.8.17
En estos tiempos en los que parecía que la especialización cada vez mayor a la que nos conducen los grados universitarios y los másteres de todo tipo estaba acabando con el conocimiento multidisciplinar universal, se erige, imponente y salvadora, la figura del tertuliano como luz y guía de ese tipo de saber que pensábamos extinto.



Un tertuliano lo mismo opina sobre la última subida del IPC y el impacto negativo que tendrá en los precios que se pagan a los agricultores por sus productos, tan alejados de los que pagamos los consumidores, como sobre la última reforma legislativa de turno.

Opinar a fondo sobre alguna cuestión requiere un amplio conocimiento del tema a tratar y algún tipo de experiencia personal o profesional relacionada con la materia: no debe tener para nosotros la misma validez la opinión de un médico en ejercicio sobre la privatización de la Sanidad que la de algún señor que se pasea de plató en plató, suponemos que con su licenciatura en Periodismo, sentando cátedra sobre lo divino y lo humano basándose en las posibles lecturas de la prensa que haya podido hacer minutos antes de entrar al plató.

El problema es que han conseguido convertir a estos charlatanes del todo y la nada en los portavoces de lo que ellos llaman “opinión púbica”; concepto que ha degenerado en una manera de analizar y sintetizar los asuntos de actualidad superflua, banal, inútil y que se mueve al ritmo informativo que nos imponen desde los gabinetes de prensa de los partidos políticos.

Peligroso ejercicio este del tertuliano en el que ya no solo nos dicen sobre qué tenemos que hablar: también nos dicen qué tenemos que decir.

PABLO POÓ

28 jun. 2017

  • 28.6.17
¡Señoras y caballeros, bienvenidos a esta que será otra inolvidable velada de boxeo! Sin más preámbulos, presentamos a los contendientes. A mi derecha, los tradicionales: defienden que estamos perdiendo la cultura del esfuerzo y el papel clásico del profesor como transmisor de conocimiento. Arremeten contra las nuevas pedagogías que creen traídas por falsos gurús y supuestos expertos educativos que no han pisado un aula real en su vida.



A mi izquierda, los innovadores: reniegan de la tradicional estructura de la clase magistral y abogan por un tipo de aprendizaje donde el alumno juega un papel activo fundamental. Utilizan toda clase de estrategias, desde juegos a proyectos, pasando por representaciones teatrales, para hacer de sus clases un lugar donde el alumno se sienta feliz, realizado y motivado. ¡Que comience el combate!

Y en ello estamos. Pueden buscar en las redes sociales (si prefieren insultos más cortos les recomiendo Twitter) o en los comentarios a las noticias relacionadas con el tema educativo. Un clima insoportable de crispación se respira en torno a la cuestión educativa donde se mezclan, sin ningún rubor, churras, merinas, etapas escolares distintas, contextos educativos opuestos y todo lo que quieran ustedes añadir, que con esto del anonimato el personal se envalentona. Intentemos, desde mi locura, aplicar un poco de cordura.

1) No se pueden comparar la Primaria y la Secundaria porque son etapas educativas diferentes cuyos alumnos tienen, por lo tanto, edades distintas. Es imposible dar la misma clase en 4º de Primaria y en 4º de ESO (no digamos ya en 4º de Grado). Por lo tanto, estrategias metodológicas que son maravillosas en Primaria pueden ser un fracaso absoluto en Secundaria. Y viceversa. No es lo mismo dar clase a un niño de 7 años que a uno de 17.

2) Las estrategias metodológicas no son universales: pueden funcionar o no dependiendo del individuo. A menudo nos olvidamos de que una clase, a pesar de conformar una colectividad, está formada por equis (cada vez más equis) individualidades: a Fulanito se le puede dar genial memorizar, pero no a Menganita. Zutanito entiende mejor las cosas jugando, pero Filomeno se aburre soberanamente con un juego de mesa delante. El hecho de que ti te vaya estupendamente dictando apuntes no quiere decir que el que use juegos esté haciendo el gilipollas. Y viceversa.

3) Todos buscamos lo mejor para el alumnado. En la profesión docente nadie va a hacerle daño a sus alumnos. El que “gamifica” su clase, lo hace porque cree que es lo mejor para el aprendizaje de sus alumnos. El que hace dictados, los hace por idéntico motivo. Lo mismo el que trabaja por proyectos que el que los pone individualmente en sus mesas. Otra cosa será si el docente ha acertado con la metodología elegida, pero a esa pregunta solo pueden responder los alumnos y el tiempo.

4) Las cosas no son blancas o negras. La polarización es el camino más corto hacia el empobrecimiento mental. Como hemos dicho antes, una misma estrategia metodológica no vale ni para una misma clase. Esto no quiere decir que ahora haya que ir alumno por alumno explicándole el mismo tema a cada uno de manera distinta, no nos volvamos locos, pero sí que hay que tener en cuenta las características de esa clientela que tenemos los docentes llamada "alumnado" para ir combinando estrategias de uno y otro bando, por seguir con la temática de la confrontación.

A mí, por ejemplo, en mis clases, me gusta impartir conocimientos. Y mis alumnos se sorprenden de lo que puedo llegar a saber sobre mi asignatura, porque no uso el libro para mis explicaciones. Ante esa sorpresa me pregunto cómo darán la clase mis compañeros, porque si los míos se sorprenden de lo que yo sepa sobre Literatura, quizá quiere decir que nuestra clase no nos ve como expertos en la materia, sino como profesionales dependientes de un libro de texto. Y el respeto no solo se gana con disciplina, también con admiración libremente despertada.

Del mismo modo, uso Minecraft para explicar la Comedia Nueva. Usamos un servidor para edificar un corral de comedias y andamos libremente por el patio de butacas, el escenario o el gallinero. Pero soy inflexible con las fechas de entrega: en la vida hay plazos que son improrrogables: una beca, una matrícula para unos estudios, una ayuda social… y si yo no enseño a mis alumnos, desde edad escolar, el respeto a los plazos que exige la vida que vivimos en la actualidad, estaré creando futuros adultos indolentes. Prefiero que tengan un cero en una actividad entregada fuera de plazo a que pierdan una beca para estudiar fuera el día de mañana.

Para practicar la morfología usamos una baraja de cartas y hay temas que se tienen que preparar ellos por su cuenta para explicarlos a los compañeros en clase. Sin embargo, cada dos semanas hacemos un dictado y copian cada falta diez veces, o las introducen en oraciones, o lo que se me ocurra.

No acierto con todos: todos los alumnos que me dejo, cada año, sin enganchar a mi asignatura son una espina que se me queda clavada y un motivo para reflexionar y mejorar el método para el año siguiente. Pero lo que nunca se me ocurriría sería enrocarme en una trinchera educativa para defenderla a muerte y combatir a la contraria con todas mis armas. Las únicas víctimas de esta guerra son nuestros alumnos.

PABLO POÓ

21 jun. 2017

  • 21.6.17
Una de las unidades de medida más útiles para evidenciar la distancia que separa a nuestra clase política de los problemas de los ciudadanos es la del grado de barbaridad de sus declaraciones: a mayores barbaridades, mayor distancia. Y es que proponer como solución al calor sofocante que estamos padeciendo en muchos centros educativos públicos la elaboración artesanal de abanicos de papel es una barbaridad. Bueno, una barbaridad y más cosas que no se deben escribir en un artículo.



Hace unos días, de la quinta clase solo pudimos impartir media hora. El resto lo pasamos en un espacio de sombra que hay en el patio donde corre bastante aire (caliente, eso sí, pero más frescos que en la clase estábamos). Justo antes de bajar, les comenté a los alumnos las declaraciones del consejero de Sanidad de Madrid, Jesús Sánchez: es increíble la riqueza léxica de improperios que poseen mis alumnos.

Ayer, un alumno ha llevado a clase un termómetro con el que hemos podido comprobar que la temperatura en el aula a las 14.05 era de 31 grados, diez menos que en el exterior, que ya es algo. Y es que la provincia de Córdoba, en plena ola de calor, no perdona.

Pero allí estábamos con nuestros abanicos de papel, con las tapas de los cuadernos o con lo que cada uno pillase a mano porque, por desgracia, en nuestro centro el aire acondicionado no funciona. En cada clase tenemos, de adorno, la típica bomba de frío-calor que pueden tener ustedes en sus dormitorios, pero con la diferencia, ya les digo, de que no funcionan: o no enfrían, o emiten un aire de olor desagradable o, si los ponemos en todas las aulas, saltan los automáticos y se va la luz.

La situación es divertida en ese momento: ¿qué aula, de aquellas en las que funciona, se queda sin aire? Les aseguro que no les gustaría ser el profesor de esa hora. Pero, reconozcámoslo, esto les importa (a ustedes) más bien poco. La situación de los centros educativos solo la conocemos los que acudimos a ellos a diario, tanto para trabajar como para recibir clases. El resto no sabe ni explicar con mediano acierto el sistema de calificación que empleamos actualmente.

El tema educativo solo interesa durante una etapa de la vida muy concreta: cuando se tienen hijos en edad escolar. Y eso con suerte de que sean de esas familias que van al centro a interesarse por la evolución académica de sus “criaturas”, como diría la consejera de Sanidad valenciana (en serio, ¿no hay otras personas para elegir de consejeros?), porque la mayoría de ustedes solo acuden a los centros educativos a por las notas. Eso sí, saben perfectamente que los docentes vivimos como marajás.

Una muestra: la CEAPA, a estas alturas de la historia, no ha dedicado ni un mísero tuit al asunto de la ola de calor en los centros públicos. Eso sí, su campaña contra los deberes fue propagada a los cuatro vientos. En parte se entiende: pocos deberes podrá hacer un alumno con lipotimia.

Pero antes, ¿verdad?, cuando ustedes estudiaban, eran cuarenta en la clase, y no tenían aire acondicionado y, en invierno, hasta se llevaban en latas ascuas encendidas para calentarse y no pasaba nada. Pero sí pasa: pasa que eso era hace treinta años y que, desde entonces, hemos evolucionado (entiéndase: hemos ido a mejor) o, al menos, habríamos debido hacerlo.

Si nos congratulamos de que hace tres décadas las cosas iban mejor que ahora es que vamos como los cangrejos. Y, además, antes existía un concepto que, actualmente, está en franco (sin mayúscula) retroceso: el respeto al profesorado.

Así que, para terminar, decirles que lo importante del asunto no es que un consejero de lo que sea de una comunidad autónoma cualquiera haya dicho que, si pasamos calor en las aulas, nos hagamos abanicos de papel; que se meta sus abanicos por donde le quepan.

Lo importante es que los problemas de verdad del sistema educativo, ese que forma a los futuros ciudadanos de un país, les importan a nuestra sociedad menos que un mísero trozo de papel doblado en franjas paralelas unas cuantas veces.

PABLO POÓ
FOTOGRAFÍA: LOCOMÍA

12 may. 2017

  • 12.5.17
La inversión en material TIC (equipos informáticos) para un centro educativo, si no va acompañada de su correspondiente programa de mantenimiento, es dinero tirado a la basura. Este axioma, que cae por su propio peso de obvio, es ignorado constantemente en la gestión económica de nuestro sistema educativo. Ni uno solo de los catorce institutos por los que he pasado –ni uno solo– contaba con una infraestructura TIC completamente funcional.



Hará cosa de una década, la Junta de Andalucía puso en marcha un ambicioso programa de dotación de equipos informáticos para los centros educativos. El objetivo propuesto era que, como mínimo, existiera un ordenador por cada dos alumnos. Algo grandioso y digno de alabar. En principio, claro.

Por si esto no fuera poco, se intentó que cada aula de cada instituto, con instalación gradual dada la gran extensión de la comunidad autónoma, tuviera una pizarra digital. Para los legos, una pizarra táctil dotada de proyector, altavoces y conexión a Internet.

La situación, por idílica, parecía irreal. Ahí estaban esas aulas 2.0 con sus ordenadores con pantalla plana, teclado y ratón para cada pareja de alumnos, con sus pizarras digitales y su conexión wifi global para todo el centro. ¿Finlandia? ¡No, Andalucía! La comunidad líder en abandono escolar.

Obviamente, y teniendo en cuenta la manera de hacer las cosas a la que nos tienen acostumbrados en este país, la situación solo podía empeorar: pronto caímos en la cuenta de que los docentes no contábamos con ninguna clase de software educativo que nos permitiera, no ya impartir nuestra materia con contenidos multimedia, sino controlar las CPU (los ordenadores) de los alumnos.

Imaginen la situación: un profesor delante de 20 pantallas a las que solo se le ven los cables enchufados por la parte de atrás.

—Jaime, apaga la pantalla.

—¡Está apagada, maestro!

—Saray, ¿qué estás haciendo?

—Nada, maestro, ya lo apago…

Y así hasta que se aburran. Pero bueno, teníamos materiales, ¿qué más se podía pedir?

Con el tiempo, el desgaste propio del uso y el vandalismo también propio de algunos adolescentes comenzó a hacer mella en el estado de mantenimiento de este casi recién estrenado material TIC. Las pantallas comenzaron a fallar (algunas no encendían, otras estaban ralladas…), los ordenadores dejaron de funcionar, sobre todo aquellos en los que los alumnos insertaban trozos de papel, de chicles, de papel de aluminio o de rodajas de salami en sus disipadores y ventiladores. La verdad, todo sea dicho, es que el salami calentito olía bastante bien.

Entonces ya no era práctica la división de los alumnos por parejas en los portátiles. Como ya no funcionaban todos, las agrupaciones debían ser mayores. El jaleo en la clase también, en proporción directamente proporcional, valga la redundancia.

Con el tiempo, los ordenadores dejaron de ser funcionales. No es que se quedaran anticuados, que también. Tampoco es que tanto salami y papel de plata en su interior los ralentizara hasta la extenuación, que también. Es que no tenían ninguna clase de mantenimiento: ni actualización del sistema operativo, ni de los navegadores, ni de nada. Todo se controlaba desde Sevilla y hasta que desde allí no caían en la cuenta de que nuestros ordenadores ya no eran capaces de abrir ni Youtube, no liberaban las actualizaciones. Para cuando llegaban, obviamente, ya no los necesitábamos: el ordenador había muerto.

Con las pizarras digitales ocurría tres cuartos de lo mismo: cuando se estropeaba por el motivo que fuera (ojo, no digo que porque los alumnos jugaran con ellas en los descansos entre clases) solo te quedaba ponerle una vela al técnico para que viniera lo antes posible. Había veces que no venía, como una vez que se me estropeó la pizarra de un segundo de ESO en febrero y ya, hasta junio, tuvimos que usar la tiza y el borrador. Más rústico, sí, pero inmensamente más efectivo: se lo crean o no, este sistema no se nos estropeó nunca.

Como quiera que el material informático se iba estropeando y sus correspondientes soportes en las clases se iban pervirtiendo (en mi tutoría ponemos macetas donde antes iban las sujeciones de las pantallas. No es muy digital, pero queda precioso), en un segundo Plan Marshall de digitalización, al Gobierno de mi comunidad se le ocurrió regalar miniportátiles a los alumnos para que los usaran en clase.

Sí, regalarlos, nada de dotar al centro de infraestructura, que se veía con nitidez que no había funcionado. La calidad de los portátiles era tan reducida como su tamaño o la duración de su batería, así que volvimos a tener el mismo problema, pero esta vez iba y venía de casa: cuando te disponías, rebosante de ilusión docente, a usar los portátiles resulta que un 25 por ciento de la clase no se lo había traído a pesar de tus avisos; que a un 50 por ciento solo le quedaba batería para diez minutos; que un 10 por ciento tenía rota la pantalla y no veía nada; que otro 10 por ciento tenía problemas para conectarse a la única red wifi del instituto; y que el 5 por ciento restante estaba ya, por su cuenta, en la web de “minijuegos”, en la ronda de penaltis de la final del campeonato.



Con el tiempo y el uso, los portátiles se fueron estropeando, pero no pasaba nada: cada nueva generación venía, en lugar de con un pan –pues lo traían guardados en la mochilas para comerlos en el recreo–, con un nuevo portátil bajo el brazo.

La inversión anual ignoraba todos estos problemas hasta que, un buen año, la crisis dijo “basta” y la situación se desmadró: dejaron de regalar miniportátiles y la situación se volvió esperpéntica: cursos con portátiles; cursos sin portátiles; cursos con la mitad de los portátiles rotos; cursos con la mitad de los portátiles vendidos... Total: chicos, dejadlos en casa.

Pero, bueno, siempre nos quedará el aula de Informática, ¿no? Pues no. En mi centro, de los aproximadamente quince ordenadores que la componen, apenas funcionan siete. Las pantallas de rayos catódicos son todo un canto a la decoración vintage y los teclados están mellados como niños de siete años, pues los alumnos tienen la extraña costumbre de arrancar las teclas y coleccionarlas hasta tener el número suficiente para formar sus propios Scrabbles. Del rendimiento de los ordenadores, anclados a principios de los 2000, mejor ni hablamos, tardaría demasiado, igual que ellos en arrancar o ejecutar cualquier programa.

Hoy día, como el Equipo A, sobrevivimos como soldados de fortuna. De las cuatro aulas en las que imparto docencia solo funciona la pizarra digital de una. Bueno, realmente es la única que la tiene. En el resto tenemos proyectores (unos funcionan y otros no) y pantallas que se enrollan con más o menos agujeros enmendados con cinta americana. Eso sí, contamos con algo que nunca falla en todas las aulas: la pizarra y la tiza.

De todo lo expuesto entenderán que el uso de las TIC y la innovación educativa relacionada con las nuevas tecnologías, en determinados contextos educativos, resulte casi imposible a pesar del empeño de algunos profesores que, extenuados de tanto remar contra la corriente, terminamos rindiéndonos ante la evidencia.

PABLO POÓ

21 mar. 2017

  • 21.3.17
No descubro nada nuevo al afirmar que la idoneidad de los exámenes como método para evaluar el nivel de conocimientos de un alumno es escasa. Son múltiples los factores que pueden influir el día del examen y darnos una idea equivocada de lo que sabe o no nuestro alumno. En este sentido, quizá sea el trabajo diario y la variedad de tareas evaluables las que salven estas deficiencias de las que adolecen los exámenes.



Pero no podemos olvidar que el sistema educativo superior, aquel en el que se adentra el alumno a partir del Bachillerato, se basa, precisamente, en estas pruebas tan denostadas actualmente: la Universidad se basa en un sistema de calificación casi exclusivamente basado en exámenes. Incluso para acceder a determinadas profesiones, como la que ejercemos los docentes, tenemos que aprobar –y dentro del rango de plazas disponibles para ese año– un examen terrible: las oposiciones.

La paradoja es tremenda: ¿cómo no preparo a mis alumnos para un sistema académico y profesional basado en exámenes? Cuando surge el debate no puedo sino tener la sensación de que estamos empezando la casa por el tejado: dejemos de hacer exámenes en clase, busquemos métodos de calificación alternativos, fuera las clases donde el profesor explica, ¡arriba los vídeos de menos de cinco minutos!

Y cuando acaben 4º de ESO, ¿qué será de ellos? ¿Es razonable cursar un Bachillerato sin realizar un solo examen como aquellos a los que se habrán de enfrentar en Selectividad? ¿Es razonable entrar en una Universidad sin saber hacer correctamente un examen, o memorizar, o prestar atención durante más de cinco minutos a un humano que te habla en directo?



Lo más sangrante es que, en demasiadas ocasiones, los mismos que te tachan, cuando menos, de decimonónico por hacer exámenes son los mismos que piensan que eres un profesor de segunda por ser interino. ¿No habíamos quedado en que los exámenes son injustos y antipedagógicos? ¿O es que solo durante la etapa escolar?

No podemos renunciar a los exámenes como método de evaluación mientras el futuro académico y profesional de nuestros alumnos se encuentre condicionado, precisamente, por saber realizarlos correctamente. Cambiemos el sistema si es necesario, pero empezando por arriba. Si pretendemos eliminar la natación, antes habrá que vaciar la piscina.

PABLO POÓ

21 feb. 2017

  • 21.2.17
Una de las preguntas que más veces me hacen en mi trabajo, además de cuántos años tengo, es qué hacer para aprobar. Y no piensen que esa es una duda que solo surge entre mis alumnos: sus madres, que son las que acuden normalmente a las citas de tutoría, también se muestran desorientadas sobre qué medidas tomar para que los suspensos se conviertan en aprobados.



Obviamente, no existe ningún método mágico: en el mundo de la enseñanza no hay dietas exprés ni remedios milagrosos. Será la constancia y la asimilación de un buen sistema de trabajo el que permita a nuestros hijos ir aprobando.

Lo primero que hay que hacer es aprender a usar bien la agenda. Puede parecer una tontería, pero la gran mayoría de mis alumnos o no la usa o no sabe hacerlo. Sus familias no se quedan atrás: solo una mínima parte revisa las agendas de sus hijos a diario para saber qué tareas, deberes, exámenes o entregas tienen pendientes.

La excusa es bastante mala: “es que siempre me dice que no tiene nada que hacer”. Vale, muy bien, puede su hijo decir misa si quiere pero, usted, ¿le revisa la agenda? Es fundamental que el alumno sepa que en casa la agenda será revisada. Únicamente así comprenderá que hay un motivo primero y de peso para anotar lo que se vaya mandando en el instituto: "cuando llegue a casa mis padres me la van a revisar".

Pero hay otras vías para promover el uso de una agenda escolar: les tiene que gustar a nuestros hijos; solo así se motivarán a usarla. Si compramos la primera agenda que veamos sin asegurarnos de que le gusta a quien la tiene que usar, mal vamos. Mejor gastar dinero en una buena agenda que en clases particulares.

Suelo recomendar que la agenda escolar en cuestión tenga vista de semana. Es mucho más práctico ver de un vistazo toda la carga de trabajo pendiente desde el lunes al viernes. Y hablando de trabajo, fomenten que sus hijos apunten de todo en la agenda, no solo las tareas y exámenes, también sus acontecimientos de ocio.

La vida no es solo estudiar y el ir mezclando anotaciones escolares con cumpleaños, conciertos, fiestas… crea en su hijo la sana costumbre de ir estableciendo pequeñas metas a lo largo de la semana. Cumplir metas ayuda a la autoestima y a parcelar un tiempo que, en ocasiones, nos puede parecer demasiado largo: no es lo mismo afrontar una larga semana sin nada a la vista que amanecer un lunes sabiendo que el fin de semana irás a la playa.



Insístanles a sus hijos en que la agenda, al igual que ocurre con el cuaderno, el estuche o el libro de cada asignatura, debe ser sacada en cada hora de clase. Usamos lo que vemos. Fíjense, si no, en los ahora tan populares programas de cocina (hoy, quien no sabe hacer una esferificación de aceite de oliva con huevas de atún de almadraba es porque no quiere). Tienen todos los instrumentos de cocina delante de sus ojos porque el cerebro tiende a obviar lo que no ve. Será por eso por lo que las relaciones a distancia no funcionan, quién sabe...

Una vez que tenemos una buena agenda, que sus hijos saben que la revisarán en casa y que están concienciados de que han de sacarla en cada hora de clase para anotar todo lo que mande el profesor, lo único que resta es adoptar un buen método, uno eficaz y eficiente, para hacer las anotaciones.

Yo les propongo uno basado en tres símbolos:
  • # para los deberes que se manden en el día.
  • → para el día de la semana que se hagan los deberes.
  • ↑ para anotar cuándo se corrigen en clase, cuándo se entrega algún trabajo o se hace un examen.

Cada uno de estos símbolos irá acompañado de la abreviatura de la asignatura y la página o actividades correspondientes que se hayan mandado hacer. Veamos un ejemplo:

21 de febrero de 2017
# LCL 36 (4,5,6)

Esto querría decir que el día en cuestión (21/02/2017) nos han mandado en clase (#) de Lengua (LCL) las actividades cuatro, cinco y seis (4,5,6) de la página 36 (36). Ahora ya no tienen excusa para averiguar si es verdad que, por la tarde, sus hijos no tienen nada que hacer.

PABLO POÓ GALLARDO

31 ene. 2017

  • 31.1.17
No responda. Les corresponde a ellos esa respuesta. Está claro que ustedes se han desvivido para hacer que sus hijos sean felices. Nosotros, sus profesores, en la escuela y dentro de nuestras posibilidades, también lo hemos intentado, pero ¿lo hemos conseguido? La respuesta dependerá en gran medida de si hemos sido capaces de ofrecerles a nuestros jóvenes una definición válida de lo que es la felicidad. En definitiva, si les hemos enseñado la felicidad verdadera.



La semana pasada estábamos leyendo en 4º de ESO un fragmento de Robinson Crusoe, obra del inglés Daniel Defoe. En concreto, trabajábamos el momento de la novela en que el padre de Robinson, postrado en su recámara por culpa de la gota, aconseja a su hijo que no se vaya al extranjero en busca de aventuras. Buena parte de razón tenía el hombre teniendo en cuenta cómo acabó su vástago…

Le dice que solo los que tienen ánimo de vagabundo o los locos son capaces de abandonar casa y patria por esa clase de extravagantes proyectos. Finalmente, y como argumento principal, le habla de la felicidad, entendida en aquella época como un concepto social y económico: la verdadera felicidad es la de la clase media, que evita las penurias de la clase baja y los agobios de la clase alta. La verdadera felicidad, para el padre de Crusoe, está en no ser ni rico ni pobre.

Discutimos el tema en clase y me di cuenta de que mis alumnos tienen un concepto de felicidad tan sui géneris como el del fragmento leído en clase. Del debate que surgió extrajimos una serie de conclusiones sobre lo que debería ser la auténtica felicidad:

1. La felicidad es algo positivo: nada que te esté haciendo daño te puede hacer feliz. Una relación sentimental, por ejemplo, donde hay más discusiones que palabras de amor, donde hay peleas, celos, desconfianza… te hace sufrir, no ser feliz. La felicidad, por tanto, debe ser buscada en la alegría, en lo que nos motiva a seguir adelante, en lo que nos reconforta. Nunca en lo que nos hace daño.

2. La felicidad se encuentra en muchas cosas a la vez: si centramos nuestra felicidad en una cosa, persona u objetivo, si no conseguimos lo que nos hemos propuesto seremos infelices de por vida. Hay que diversificar y encontrar en cada pequeño detalle y en cada día algo que nos haga felices.



Podemos tener un trabajo que no nos guste pero, en cambio, al salir, nuestras aficiones, familia o amigos pueden darnos todo lo que esa jornada laboral no es capaz de ofrecernos. Claro que hay momentos en la vida en los que nuestra felicidad queda secuestrada por algún motivo importante que capta toda nuestra atención: la enfermedad de un familiar, los exámenes finales… pero la vida continúa inexorablemente y, con ella, nuestra constante búsqueda de la felicidad. Si aprendemos a vivir encontrando esa felicidad dispersa, siempre tendremos un motivo para sonreír cada día.

3. La felicidad no es un regalo, hay que luchar para alcanzarla. En esta vida todo se consigue con esfuerzo, nadie nos va a regalar nada. Si tu sueño es ser mecánico, médica, arquitecto o cantante: lucha por ello. Ponlo todo de tu parte y confía en ti mismo: eres capaz de sobra. Vivimos en un mundo muy competitivo donde solo los mejores consiguen las metas que se proponen, pero ¿quién te dice a ti que no eres tú uno de ellos?

PABLO POÓ GALLARDO

17 ene. 2017

  • 17.1.17
Ya pasó el revuelo creado por la Carta a mis alumnos suspensos. Y ahora, ¿qué? La educación no es una moda pasajera o un fenómeno viral de las redes sociales: es una cotidianeidad, una realidad que viven a día sus hijos, que acuden a los centros de enseñanza de nuestro país; ustedes, sus familias, que sufren como víctimas colaterales el deterioro progresivo del sistema educativo de nuestro país y nosotros, los miles de docentes que día a día lidiamos (enseñamos) en proporción treinta y pico a uno a los adolescentes patrios.



Me resulta especialmente sintomático que un mensaje tan básico como el que lanzaba en el vídeo, en el que solo resaltaba el valor del esfuerzo en nuestra formación como adultos y animaba a mis alumnos a dar lo mejor de sí, haya calado tanto en nuestra sociedad, cuando se cae por su propio peso de obvio. Pero, al parecer, los intereses relativos a la formación de nuestros jóvenes van por otros derroteros. No le veo otra explicación.

O nos implicamos en los cuatro pilares que sustentan el sistema educativo o el barco se nos hunde definitivamente. Claro que, a veces, pienso que sería bueno tocar fondo para empezar a remontar el vuelo de una maldita vez.

Familias, son ustedes el complemento imprescindible para nuestra labor docente. Si su hijo ha suspendido tres o cuatro asignaturas, las que sean, no pueden regalarle una videoconsola en Navidad: están creando adolescentes indolentes que creen que lo merecen todo por el simple hecho de ser ellos.

En clase se ven reflejados en ocasiones los comportamientos adquiridos en casa: si usted no hace que su hijo ponga la mesa, poco puedo hacer yo para que me entregue aquello que le pido. No dudo de que sus hijos sean personas maravillosas, pero tengan en cuenta que su manera de actuar es distinta en clase y en casa.

En el instituto forman parte de un grupo y, dentro del mismo, desarrollan un rol que no tiene por qué ser el de hijo ejemplar al que les tienen acostumbrados. Créannos: no somos el enemigo; trabajamos para que sus hijos tengan el mejor de los futuros posibles. Vengan a las tutorías, conozcan de primera mano el rendimiento académico de sus hijos, involúcrense. Si vamos a una, la mitad del camino está recorrido.



Políticos, ¿se han decidido ya a contar con docentes en activo para la redacción de las leyes educativas? El tan manoseado “Pacto por la Educación” no sirve para nada si los pactantes no han dado una clase en su vida. Bajen a la realidad, salgan de su burbuja y conozcan a pie de aula cómo se trabaja y cómo se estudia en los institutos de Secundaria de este país. También a los conflictivos, a ellos acudan en primer lugar, si es que su agenda se lo permite.

Compañeros, no perdamos la ilusión. Este trabajo es una putada en muchas ocasiones: frustraciones, vivir lejos de la familia, soportar la apatía y la mala educación de nuestros alumnos, la escasa valoración social… Pero te regala momentos maravillosos que superan con creces los desencantos del día a día.

Tenemos la suerte de dedicarnos al mejor trabajo del mundo. El que no quiera ejercerlo bien, que se vaya. Hay muchísimos docentes en paro con todas las ganas que le faltan a esos garbanzos negros que todos conocemos.

Chavales, jóvenes: espabilad o la vida os comerá con patatas fritas. Ahí fuera hay una verdadera jungla donde reina el principio del "sálvese quien pueda". O llegamos preparados, o empezamos mal la carrera de la vida adulta.

PABLO POÓ GALLARDO

3 ene. 2017

  • 3.1.17
Espero que estés fastidiado por haber suspendido. Si te da igual es una mala, muy mala señal. Siempre me preguntas lo mismo: "¿Para qué quiero estudiar si yo voy a trabajar en el campo?"; o "¿para qué quiero estudiar Lengua si voy a ser peluquera?". No sabes nada de la vida. Y no lo sabes porque lo tienes todo.



A pesar de que en casa no entra mucho dinero, nunca te ha faltado de nada, porque tienes unos padres que se parten el lomo por ti para que, precisamente, nada te falte: tienes tu móvil, tus sudaderas un tanto horteras, te pagan tus botellones, tus videoconsolas... De puta madre todo.

Pero la vida no tiene nada que ver con la burbuja utópica en la que os envolvemos durante toda la ESO. La vida es una putada; y no te espera, no te comprende y no te hace recuperaciones. ¿Crees que cuando vayas a echar una beca fuera de plazo te van a aceptar la solicitud?

Aquí puedes traer la autorización para una excursión cuando te salga del alma, hasta te la cogemos en la misma puerta del bus: "pobrecito, no se vaya a traumatizar". ¿Crees que si no llegas a la nota media del ciclo que quieres estudiar vas a entrar por tu cara bonita? No, te vas a quedar en tu casa y te vas a comer tu título de Secundaria con patatas.

La vida no es la ESO. Desconfía de todos aquellos que quieren que seas feliz entre los 12 y los 16 años. Cuando seas mayor de edad les vas a importar un pimiento: "Hicimos todo lo que pudimos, adaptamos las asignaturas que no aprobaba, firmamos compromisos educativos por su mal comportamiento, le hicimos rellenar cuatrocientas doce fichas de reflexión... No entendemos qué pudo pasar".

Pasó que menos prepararos para la vida, hacen con vosotros de todo; y luego, en tu ciclo, cuando te pongan un examen de más de dos temas, no vas a tener genitales de aprobarlo. No porque seas tonto, sino porque no te hemos enseñado a estudiar, ni a esforzarte, ni a pensar.

Y dejarás el ciclo y volverás a tu casa con un papel que pone que has terminado la ESO y que ya me contarás para qué te sirve. Pero los que quisieron hacerte feliz hasta los 16, hicieron todo lo que pudieron, no vayas a pedirles cuentas. Estarán liados con otra generación.

¿Qué clase de contrato vas a firmar, si no te enteras de lo que pone en los textos que leemos en clase? Cuando te des cuenta, y eso con suerte de que te contraten, habrás estampado tu firma sobre un sueldo de mierda o sobre una jornada laboral eterna. Y si no haces lo que te dicen y como te lo dicen, a la calle. No eres especial, hay treinta más como tú deseando coger ese hipotético puesto de trabajo. "Hipotético" significa "supuesto". "Supuesto", "imaginado".

No te hace falta el Romanticismo para trabajar en el campo; tampoco para coger rulos. Pero sí para saber que, hace doscientos años, unos cuantos tuvieron el valor suficiente para hacerle frente a las normas de una sociedad que creían injusta, con la que no se sentían identificados.

Y tú, que no tienes referentes culturales, que leemos cualquier texto y en cada línea hay tres palabras que no entiendes porque es la primera vez que las escuchas, pensarás que hay cosas imposibles porque, simplemente, mientras rellenabas fichas de reflexión, nadie te enseñó que, antes que vuestra merced, varias generaciones ya lo habían conseguido.



Cuando te hablen desde el atril, aplaudirás como un idiota, te creerás sus monsergas; y todo porque no tienes sentido crítico. Porque nos tienen tan ocupados con la burocracia y con las nuevas triquiñuelas de cada ley educativa que nos imponen para aprobaros por la cara que ya no os enseñamos a pensar. Te echarás piedras sobre tu propio tejado sin darte cuenta, pero luego irás al bar y, en la barra, repetirás lo que quieren que repitas y, entre tus chapucillas y el paro, irás tirando.

Que no, que la vida no es como la ESO. Que estudiar asignaturas distintas te sirve para ampliar tu cultura y, con ella, tu mente. Parece mentira pero, en las mentes abiertas, es más difícil entrar. Una mente simple se conquista fácilmente: solo tiene una puerta. No puedes terminar una maratón si nunca has entrenado, por mucha capacidad física que tengas. No puedes terminar un ciclo o un bachillerato si antes no has adquirido un método y un hábito de esfuerzo y estudio.

Siéntete mal por no haber aprobado, piensa que tu futuro depende en gran parte de lo que hagas ahora. Y, a partir de la semana que viene, vas a venir a clase a dejarte la piel: vas a dejar de dormir en el aula y de pensar que no puedes sólo porque no lo intentas.

Vas a demostrar que no necesitas que te bajemos el nivel porque sabes que tienes capacidad de sobra. A partir de ahora me vas a entregar todo lo que te pida y como te lo pida, porque si no, pequeño, estás perdido. No ahora, seguramente te sacarás el título. Lo sabes tú y lo sé yo.

Pero a mí me importas de verdad porque nuestra relación no se acaba cuando cumplas dieciséis. Yo he firmado contigo un contrato de por vida.

PABLO POÓ GALLARDO

22 nov. 2016

  • 22.11.16
Tus hijos –que son mis alumnos, vaya– hubieran votado a Trump. Las nuevas generaciones se están idiotizando a velocidades ilegales por autovía; y esto es algo que constato a diario en mi puesto de trabajo: soy profesor de Lengua y Literatura en un instituto público. Hace unos años solía ser bastante frecuente, cuando llegaba a casa después de un día de clase especialmente frustrante, volcar toda mi basura mental en las charlas con mi novia y decirle: “joder, es el curso con menos nivel que he tenido nunca”.



El año académico siguiente me devolvía a hostias a la realidad: “madre mía, si son peores que los del curso pasado”. Entonces recordaba las charlas en clase del año anterior, los "sin el título de la ESO no vais a ningún sitio"; los "yo soy de los pocos de mi grupo de amigos, que son todos licenciados, que tiene trabajo"; los "estáis perdiendo la capacidad de reflexión"; los "van a hacer con vosotros lo que quieran"... Y una mezcla entre arrepentimiento y pena comenzaba a juguetear con mi bilis, que se volvía extrañamente más amarga cada año.

Mis alumnos hubiesen votado a Trump, os lo juro. Los estoy viendo en fila en el colegio electoral, como los abuelitos hoy día con Felipe, preguntando a los policías locales: “¿La papeleta de Trump cuál es?”. Ni perdone ni mierdas: no los hemos enseñado a eso. A lo mejor se hubiesen traumatizado por la existencia de una jerarquía donde ellos no fueran la cúspide.

El instituto más cercano a una capital, de los catorce en los que he trabajado, estaba situado a unos sesenta kilómetros. Allí, y más adentro, lejos de las urbes, donde aún no hacen falta medidores de la calidad del aire ni semáforos, los rumanos vienen a quitarnos el trabajo. Que, a ver, que quizá tu padre cobre a la vez el paro y sea albañil, pero los que de verdad son unos hijos de puta son los gitanos, que no hacen nada y viven de las ayudas y los turnos del Ayuntamiento. Que, yo qué sé, a lo mejor tienes una Beca 6.000 y más de mil olivos, bueno, puede. Pero los moros vienen para varear tres días y arreglarse la boca en el dentista, que es gratis para ellos. Así piensan.

A mis alumnos se la sopla todo, o casi todo: no les toques el móvil. Al menos tú. Si te lo pide tu novio se lo das, que es algo celoso, pero es que "TKMMM 6/09/16 nunka t boy a djar".

–¿Es que tú no le miras el móvil a tu novia, maestro?

—No, cenutrio, no.

Para muchos de mis alumnos no hay homosexuales, hay maricones de mierda. Y a algún compañero, porque lo he vivido, se lo han gritado desde las ventanas de la primera planta cuando salía para casa.

—Bah, déjalo, Pablo, no merece la pena.

Entonces, mi sangre alcanzaba temperatura Varoma y de mis orejas, como en los antiguos dibujitos de la Warner, se escapan silbando en forma de vapor todos los desencantos acumulados.

Desde el momento en que el sistema educativo pierde su papel de ascensor social, la educación en sí deja de tener sentido. Y les ponemos las cosas muy fáciles: solo hay que echar un vistazo a los modelos de triunfo social que exportamos a través de los medios de comunicación. Mis alumnos ya no quieren ser médicos: quieren entrar en Gran Hermano.

Pero no hay que irse tan lejos. Echar la culpa a Telecinco es muy fácil; es el propio sistema educativo el que se está fagocitando desde dentro. Durante los cuatro años de la ESO y los dos de Bachillerato, eso que, con suerte, se cursa en tu mismo pueblo, el alumno vive en una burbuja que explotará sin remedio alguno cuando salga del centro y se enfrente a lo que llamamos vida: donde cobras un sueldo de mierda, donde si eres un vago te despiden, donde hay muy pocas segundas oportunidades y donde, si quieres mejorar, "fueras estudiao".

Hoy día, los docentes tenemos que motivar a los alumnos que el propio sistema desmotiva. Y si repites curso, no te preocupes, voy a enterrar en papeleo al desgraciado de tu profesor y tú, nenito, tranquilo, que vas a promocionar aunque suspendas todas las asignaturas. Es lo que se conoce como Promoción por Imperativo Legal. Me gustaría tomarme unas cervezas con quien la ideó.

El problema ya no es que nuestros alumnos, tus hijos, no sepan: es que ya ni hacen. Los estamos dejando sin unos instrumentos mínimos para desenvolverse autónomamente en la vida. Hagan la prueba: lean juntos un texto y pídanle interpretaciones personales, relaciones con otros hechos similares, extracción de conclusiones. Luego, lloremos juntos.

Yo hago con mis alumnos lo que quiero: los convenzo, luego los disuado, los manipulo, los confundo... Al final de la clase les digo lo que he hecho y les doy permiso, entre risas, para que me digan: “maestro, eres un cabrón”. Pero soy un cabrón porque me lo he currado; porque no me lo han dado todo hecho, porque me he tenido que esforzar para conseguir las cosas.

He tenido que sufrir injusticias, y así aprendí a reconocerlas y combatirlas; y todo ello me ha otorgado capacidad de análisis y reflexión; y eso es lo que no tienen mis alumnos. Por eso votarían a Trump, porque se lo creen todo y porque no dice cosas tan alejadas de su forma pleistocénica de pensar.

Hoy estábamos leyendo una crónica cultural sobre los Oscar de Hollywood y les pedí que identificaran cinco títulos con sus correspondientes premios, y no eran capaces de diferenciarme entre el apellido de algunos actores, algunos topónimos y los títulos en sí de las cintas.

Entonces paré la clase y les expliqué su error comparándolo con la elección del Balón de Oro, para que se dieran cuenta de que me estaban mezclando a Messi, con Suiza y con el Real Madrid. Y en sus risas vi dos cosas: ignorancia y complacencia. Luego les pregunté por Trump, y uno de ellos me dijo que era un tipo muy malo.

—¿Por qué? ¡Cuéntanos!

—Porque lo dice la tele, maestro.

PABLO POÓ

23 abr. 2015

  • 23.4.15
Yo, también, nací en el 83. Formo parte de esa generación que retrataba su infancia en fotografías de esquinas redondeadas. Soy de aquellos que, cuando íbamos al campo de fútbol o al descampado a jugar, teníamos que esperar a que los mayores acabaran o salir pitando del lugar si les daba por aparecer mientras nosotros ocupábamos el campo.

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Recuerdo cómo nos levantábamos cuando entraba un profesor en clase y que, salvo que nos dijera lo contrario, había que hablarle de usted. Soy de aquellos que si no estudiaban, repetían el curso; y si no te entraba alguna asignatura, la única adaptación que te ofrecían era un par de coderas de gomaespuma.

Nos estafaron: nos vendieron que la clave del éxito era el talento, el conocimiento y el esfuerzo; y lo creímos tan firmemente que resistimos la tentación y seguimos estudiando cuando en tirantas, mezclando cemento, aquellos que habías visto repetir y abandonar el instituto ganaban lo suficiente como para comprarse un piso y un coche e invitar a cubatas a los amigos, mientras que tú aún tenías que pedir la paga y moverte en transporte público.

Nos dijeron que el conocimiento no ocupaba lugar, y que la puerta del futuro se abría con la llave de una titulación universitaria.

Ahora me doy cuenta de que todo era mentira, y aun así tienen la desfachatez de decirme que aproveche este tiempo para seguir formándome. Soy de esos que viven en peores condiciones que sus padres, con más aparatitos tecnológicos, con menos represión explícita, pero condenados a no poder emanciparse económicamente, a tener que pedir que el mes que viene te paguen la hipoteca, a volver a casa porque no es posible vivir con un sueldo base de 600 euros, con un desempleo de 400 o con la voluntad si ni siquiera has cotizado.

Nos estafaron, vaya si nos estafaron. Y picamos, todos picamos. En este país academia, que forma a sus ciudadanos para que se vayan a trabajar donde verdaderamente los reconocen. La mejor solución es dejarse arrastrar por la marea. Esa que te lleva más allá de los Pirineos.

PABLO POÓ

14 abr. 2015

  • 14.4.15
Los cómics formaron parte indisoluble de nuestra infancia hasta que la era digital trajo consigo de la mano a los videojuegos, que en pocos años consiguieron cambiar el hábito de la lectura ilustrada por el de la estrategia de supervivencia zombie, el manejo de futbolistas virtuales o la ordenación de figuras por tipos, tamaños y colores, por poner sólo algunos ejemplos más asequibles para los menos duchos en el tema virtual.

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La capacidad empática que desarrollábamos los lectores de cómics con los héroes y personajes, defensores del bien, de una moralidad concreta y un sistema de valores determinado que poblaban las páginas que leíamos en la cama (debajo de las sábanas, incluso, cuando habíamos sobrepasado esa hora límite que marcaba cuándo un niño bueno debía estar acostado), en los recreos, en la piscina o en el trono (no me digan que se sorprendían al entrar en algún baño y ver cómics sobre la tapa del cesto de la ropa sucia) poco tiene que ver con los títeres virtuales que uno maneja a su antojo y cuya muerte, lejos de producir un trauma en el jugador, se sustituye por una nueva vida en función del número de ellas que hayas acumulado durante la partida.

Únicamente me queda la duda de si el cambio de valores de la sociedad fue el que enterró a los héroes de los cómics y los sustituyó por matones pistoleros de aliens y zombies o se produjo todo en orden inverso.

El caso es que desde que me enteré, el sábado por la tarde, de que íbamos a ser rescatados (por razones de espacio omito circunloquios que tanta mofa provocan en los periódicos internacionales) no he podido parar de pensar en Numerobis.

Si tuviera que quedarme con uno sólo entre toda la nómina de personajes esporádicos que desfilan por las páginas de los geniales cómics de Astérix y Obélix, elegiría, sin dudarlo, a Numerobis.

Este simpático arquitecto sin talento, bonachón, de baja estatura y nariz generosa fue, para lo que al arte de la construcción en el bajo Nilo se refiere, el precursor de la arquitectura cubista; aunque sus obras adolecían de un defecto principal: se derrumbaban.

No eran construcciones válidas las de Numerobis con aquellos escalones asimétricos, tabiques torcidos y puertas atrancadas. No fallaban los materiales, fallaba el sistema de construcción. Y tanto era así que para lograr edificar el Templo de Cleopatra y librarse de ser servido como plato único a los cocodrilos sagrados, necesitó de ayuda extranjera, porque como ya les digo, por muchos ladrillos que le proporcionase la reina del Nilo, lo que fallaba era su método constructivo.

Los Numerobis del siglo XXI se llaman "banqueros" y no visten de egipcios del siglo I a. C., sino con traje y corbata. Han construido un sistema financiero que se ha derrumbado y, en vez de cambiar el sistema, les estamos dando más materiales para que sigan construyendo más chiringuitos económicos cubistas, asimétricos, torcidos y desproporcionados. ¡Por Osiris! No falta dinero (rebusquen si no en las cuentas corrientes de directivos de bancos y cajas de ahorro), ha fallado, estrepitosamente, el sistema.

PABLO POÓ

31 mar. 2015

  • 31.3.15
Lo más complicado fue aprender a tallar la madera. El resto de indicaciones sobre cómo aprender a construir un barco (uno pequeño, en su caso) las fue sacando de los fascículos que, con ahínco casi obsesivo, comenzaba a coleccionar al final de cada verano y al principio de cada año. Pronto entabló amistad con el joven de la casa de maderas, un pequeño establecimiento familiar dedicado a la venta de prácticamente cualquier clase de tablón proveniente de los árboles más remotos.

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El negocio apenas había cambiado tras la muerte de su dueño, un trágico suceso muy comentado en el lugar por las implicaciones familiares que, aunque la Policía nunca llegó a confirmar, siempre estuvieron presentes en las mentes y lenguas de los oriundos del lugar.

Cada noche, después de volver a casa y dejar los zapatos escrupulosamente alineados debajo del sinfonier del armario, abría una cerveza de la primera balda del frigorífico, la que más refrescaba sin llegar a congelar, y bajaba al improvisado astillero en que había convertido el sótano.

Comenzó tallando la quilla. Adecuó las dimensiones de los inmensos tableros que habrían de formar el esqueleto de su embarcación con una cuchilla de carpintero que había pertenecido a su abuelo y que le provocaba un remordimiento insomne y cruel que no se saciaba con las escasas lágrimas que conseguía derramar apenas. Con una lija repasó los bordes repletos de astillas que se introducían en su piel con un silencio furtivo que exasperaba su paciencia y que intentaba apaciguar con respiraciones hondas, largas y pausadas.

Comenzó a ser consciente de que la empresa que había emprendido no admitía vuelta atrás en el momento en que introdujo a martillazos los clavos del primer listón del casco. Que fue seguido por un segundo y, luego, por un tercer listón que fueron concatenando martillazos y clavos con un ruido semejante al de los pasos de una vida que se escapa.

Pensando en las interminables tardes que pasaría en alta mar contemplando los ocasos, se esmeró especialmente en dotar al banquito de popa desde el que manejaría el timón de una comodidad poco usual en los asientos de ese tipo de embarcaciones; y remachó el acolchado con los antiguos adornos de los que desposeyó a una silla de asiento y respaldo de piel recia sin curtir que había encontrado agonizante junto al contenedor de la basura.

No fue menos complicado convencerla para que viniese a casa una vez que hubo terminado la embarcación, asunto que, por cierto, no mencionó en absoluto. A regañadientes y con el taxi, incluso, arrancado en la puerta, accedió a su propuesta a pesar de las precisas órdenes de su psicóloga.

Y fue justo antes de marcharse, esta vez para siempre, cuando, en un momento de descuido en que ella abrió los párpados más de la cuenta, se arrojó sobre el barquito sin apenas coger impulso y se introdujo en su azul para perderse, esta vez también para siempre, mar adentro.

PABLO POÓ

17 mar. 2015

  • 17.3.15
Nadie vio con buenos ojos aquella relación desde el principio. Sobre todo por él y por la fama que arrastraba. El párroco del pueblo, gran amigo de la familia desde los tiempos en que ella pasaba las tardes de primavera correteando descalza por el jardín recogiendo flores con las que formar un centro para adornar la mesa del comedor, insistía en que era de buenos cristianos perdonar, y que el lastre con el que muchas personas se nos presentan ante los ojos por sus vivencias pasadas se puede desprender con facilidad.

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—Sólo hace falta voluntad –decía-. ¿Qué habría sucedido, si no, con María Magdalena si Jesús la hubiese apartado por lo que había sido?

Aquellos argumentos pesaron como losas en las conciencias de sus familiares y los vecinos del pueblo, esa segunda familia con la que no compartes lazos de sangre pero que siempre parece estar más atenta de tus asuntos que tú mismo, y en un plazo de tiempo bastante admirable, no solo él se encontró perfectamente integrado en la familia, sino que ella, sin apenas darse cuenta, se vio realizando los preparativos para una boda, su boda, que habría de cambiarle la vida para siempre.

Al principio todo fueron promesas de una vida mejor, de una felicidad, por desconocida, ni imaginable ni cuantificable y de largos paseos por el jardín, en las tardes de primavera, recogiendo flores con las que adornar el centro de su mesa de comedor.

Sin embargo, sus palabras fueron ligeras como plumas de ave y el viento, demasiado frecuente por aquella zona, terminó arrastrándolas tan lejos de allí que hasta parecía mentira que algún día hubiesen podido salir de sus labios.

Pero ella lo amaba y, a cada nuevo desengaño, una nueva disculpa brotaba de su imaginario haciendo uso del argumento exacto y necesario para condonar esa deuda de fidelidad y sinceridad que, de manera cada vez más frecuente, él contraía con ella.

Con el tiempo, la lástima que hacia ella sentían sus allegados se tornó en incomprensión. La incomprensión en condescendencia y esta última, en ira. Nadie fue capaz de comprender cómo una mujer como ella pudo amar y perdonar a un hombre que sólo le correspondía con mentiras.

Pero bueno, volviendo a la realidad... Qué cabreo te coges cuando alguien te engaña. La mentira es una de las mayores decepciones a las que nos enfrentamos en el día a día, sobre todo por el peligro siempre asumido de la reincidencia y la pérdida de confianza hacia quien no ha sido sincero con nosotros.

Sin embargo, qué asumida tenemos la infidelidad electoral. Ahí sí da igual que nos engañen y nos prometan el oro y el moro que, si no lo cumplen, ya nos encargamos nosotros de buscar las excusas pertinentes. Pues ¡hala, todos con cuernos!

PABLO POÓ

1 mar. 2015

  • 1.3.15
Visité Francia en esa edad en la que París no es más que un suburbio de Eurodisney. Aburrido como una ostra (hecho que habría que comprobar científicamente, ya que dudo que las ostras tengan la capacidad del hastío) durante la protocolaria visita al Palacio de Versalles, recuerdo que una de las pocas frases de la guía a la que presté atención fue: Versalles apestaba desde lejos.

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Y debía ser verdad, el tufo, al parecer, se extendía varios kilómetros a la redonda y hacía innecesaria la presencia de carteles indicadores que condujeran al Palais Royal. La cosa no era para menos ya que, al no disponer de baños, las heces y la orina humana eran lanzadas por las ventanas del palacio: ¡Gardez l'eau! y todos a cubierto.

El aseo tampoco figuraba entre las actividades favoritas de la realeza absolutista francesa. Pocas eran las ocasiones al año en la que la corte visitaba la bañera: se creía que el agua abría los poros y dejaba a los individuos expuestos a las enfermedades.

De hecho, las bodas se celebraban en mayo por coincidir con uno de los baños anuales y, ya puestos, de paso, instauraron la tradición del ramo de novia, que de alguna manera había que disimular el olor (¿o se pensaban que era de adorno?).

Sin embargo, y a pesar de los siglos y las medidas de higiene adoptadas, los centros de poder actuales también siguen apestando. Apesta la Kanzleramt, apesta el Palacio Chigi, Downing Street y apesta, cómo no, La Moncloa.

Reconocerán enseguida el tufillo agridulce del Neodespotismo Ilustrado, ese juego macabro que ha dado en aceptar la ciudadanía consistente en gobernar para los poderes económicos haciendo creer que se hace para la ciudadanía.

Pero, ¿cómo soportamos este abuso nauseabundo? Siempre me sorprendió la capacidad de los basureros nocturnos para recorrer la ciudad asidos a la parte trasera de los camiones recogedores, sin mostrar la menor señal de repugnancia por un hedor que, sin duda, torturaba sus pituitarias. "Se habrán acostumbrado", me repetía una y otra vez, no sin sorprenderme de que alguien pudiese haberlo hecho con un olor tan fuerte.

En cierta ocasión me acerqué a un camión que pasaba por mi barrio y no pude evitar hacerle la incómoda pregunta. "¿Has visto alguna vez a alguien votar con la nariz tapada? ¿Te la tapas tú cuando ves el Telediario? ¿Lo hacen, acaso, los peatones cuando caminan delante del Congreso? A todo se acostumbra uno, chaval". Es cierto, a todo se acostumbra uno.

PABLO POÓ

13 feb. 2015

  • 13.2.15
El vigilante de seguridad redactó en su informe que fue aproximadamente quince minutos antes de las cuatro de la madrugada cuando encontró mal cerrada la cámara del pabellón de la gramática, al noroeste del edificio de la Academia. Anotó que, al principio, no le dio gran importancia, pues las limpiadoras del turno de noche acababan de hacer su salida y, tras la reciente edición de la Nueva gramática de la lengua española, ya se sabía cómo los investigadores panhispánicos dejaban los pasillos y salas de lectura repletos de recortes de verbos copulativos, cáscaras de preposiciones y manchas de adjetivos calificativos por doquier.



En Youtube, en seguida se publicó un video en el que cuatro filólogos encapuchados reclamaban la autoría del robo de las oraciones subordinadas. El comunicado terminaba con un lapidario “Estáis jodidos”, pronunciado con la rabia y corrección gramatical del licenciado universitario que sirve hamburguesas a tiempo completo. En pocos minutos alcanzó las mil visitas, que se multiplicaron hasta llegar al millón en algo menos de dos horas.

A partir de ese momento, el ministerio del Interior decidió que, y desde el de Educación, le mostraron su total apoyo y colaboración. Se comenzó por, pero no todo el mundo creyó que, sobre todo donde.

La falta de resultados hizo que, por lo cual. Pero los cuatro filólogos, convertidos en símbolos de una insubordinación gramatical que amenazaba con, seguían en paradero desconocido y, con ellos, su botín.

Temiendo que, se llamó al ejército, cuyos ordenaron que, bajo pena de alta traición, porque. Las principales vías de comunicación del país fueron cortadas, incluso Internet, que. Pero tanto el grupo como la causa de los cuatro filólogos cada vez tenía más aceptación entre una población donde, así que y, a los pocos días, los tanques y los soldados volvieron a sus guaridas.

Tras una semana de turbación lingüística generalizada que condujo incluso a, apareció en la puerta de la ilustre Academia una caja envuelta con extraordinario mimo en la que colgaba una nota que decía: “Tan difícil era el problema que nadie lo resolvió. El padre que has estado buscando no era quien creías. Creemos que ya es hora de cambiar los ejemplos de oraciones subordinadas en los institutos.”

El contenido era evidente.

PABLO POÓ

3 feb. 2015

  • 3.2.15
Una de las tareas más engorrosas que conlleva la realización de un examen por parte del profesor, junto con planificarlo, repartirlo, explicarlo y esperar el tiempo necesario para su realización intentando que ningún alumno copie es, sin duda, corregirlo. Para hacerlo siempre he necesitado mucha concentración, por lo que siempre procuraba hacerlo en algún lugar tranquilo, como la poco frecuentada biblioteca de mi instituto.

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Sentado en una mesa apartada estaba sacando los exámenes de mi maletín cuando me percaté de que no llevaba bolígrafo. Esto era realmente un engorro: había olvidado el instrumento fundamental de mi trabajo.

Siempre procuraba llevar en el maletín varios bolígrafos de repuesto: los había sobre todo de publicidad: bolígrafos de hoteles, de bares, de medicamentos… pero todos se quedaban sin tinta enseguida.

También guardaba otros que me iba encontrando por ahí. Fueron muchos los que dejé olvidados por el mundo, así que encontrarme alguno lo interpretaba como una especie de compensación del karma por todos aquellos que había donado involuntariamente a la causa. Pero en aquel maletín no había ni rastro de nada que fuese un bolígrafo o se le pareciese.

Pensé en acercarme a conserjería, pero el hecho de atar un bolígrafo a una cadena te insinúa un par de cosas: que les han robado muchos y que no te lo van a prestar. Así que no tuve más remedio que ponerme a mirar por las mesas y por el suelo en busca de alguno extraviado.

Dos mesas delante de mí, en una especie de cajonera que formaba una segunda tabla colocada en paralelo debajo del tablero, encontré uno. La sola idea de tener que volver a casa me había hecho extremar los criterios de búsqueda y terminé mirando en casi cualquier parte.

El encontrado era un magnífico ejemplar: todavía conservaba el capuchón y su cuerpo era redondo y suave al tacto, de esos que no se quedan marcados en los dedos después de varias horas escribiendo.

Era de color rojo opaco, por lo que no se veía la tinta que aún tenía. Intenté encontrar la manera de sacar el recambio, pero era imposible al modo de los BIC, única manera factible ya que no tenía ninguna tapa o elemento de rosca para quitar. De todas maneras, como escribía, lo demás me daba igual, sería uno de esos bolígrafos de usar y tirar y cuando se acabase la tinta se acabaría nuestra relación.

Muy contento con mi nueva adquisición volví a mi mesa y me puse a trabajar, pero pronto me di cuenta de que el bolígrafo no escribía. Después de dejar bien marcada en el folio en blanco que usaba como carpetilla la E de “examen” continué probando con todo tipo de firmas y garabatos y formas geométricas, pero nada, la cabeza permanecía seca como el ojo de una plañidera en paro.

En esa misma posición de escritura me quedé absorto pensando si merecía la pena ir a casa a por un bolígrafo y volver para seguir trabajando o ya quedarme allí cuando me di cuenta de que el bolígrafo estaba escribiendo solo, arrastrando de mi mano, en aquella hoja surcada por cauces secos de garabatos.

Conforme escribía, fui leyendo la historia de dos hermanos pertenecientes a una familia muy humilde que simulaban ataques epilépticos en lugares concurridos para aprovechar el revuelo que se formaba y robar algo de dinero de las carteras de los curiosos con el que pagar las facturas, el alquiler, la comida y la Universidad.

El bolígrafo era un genio: en apenas un par de párrafos creó el ambiente perfecto para introducir al lector en el relato despertando su interés, pero sin destripar la historia. La descripción de los personajes era sublime, por no hablar de la caracterización psicológica de que los dotó, creando una empatía que te hacía comprender sin el menor remordimiento el modo de proceder de los dos hermanos: robaban, sí, pero solo sustraían la mitad de efectivo y lo hacían para sobrevivir.

El bolígrafo se las ingenió para presentar aquella narración como la consecuencia inevitable a la que se vieron arrastrados dos hermanos honrados por culpa del contexto de crisis generalizado que estábamos pasando. Además de escribir solo, tenía ideología propia.

Con el tiempo fui reuniendo una colección de relatos que publiqué bajo el título Cuentos de la mano tonta. El éxito alcanzado fue rápido. En pocas semanas, gracias en parte a una política de precios agresiva por debajo de los estándares del mercado, nos situamos entre los más vendidos en formato físico y entre los más descargados en Ebook.

Esto, al principio, me dejó un sabor agridulce, porque nunca fui partidario de la literatura de best seller. Cuando alguien me pedía consejo sobre qué libro leer solía decirle: “Cualquiera que no se encuentre en la estantería de los diez más vendidos”.

El agente editorial pronto me dejó caer lo beneficioso que sería para ambos sacar alguna novela al gusto actual: corta y fácil de leer. Le dije que lo intentaría guardando para mí el secreto de que no era yo realmente quien escribía, sino un bolígrafo con ideología propia que me encontré en la biblioteca de mi instituto, así que todas las tardes, cuando llegaba a casa, me sentaba frente a un paquete de folios en blanco con el bolígrafo en la mano.

Pero los escritores, ya sean humanos o utensilios de escritura, son esclavos de la inspiración y esta no viene siempre cuando uno quiere. Fueron muchas las tardes en blanco sosteniendo el bolígrafo mientras intentaba continuar con mi vida normal: aprendí a mecanografiar solo con la izquierda, a cocinar, a cambiar de canal en cualquiera de los tres mandos a distancia que tenía y a hacer otras cosas tan solo con la mano izquierda que no vienen al caso.

Finalmente, un buen día, el bolígrafo comenzó de nuevo a escribir una novela corta y fácil de leer, ya saben, al gusto actual. En apenas un mes terminó el proceso de escritura y comencé a corregirla, pero nunca había nada que reprocharle a aquella especie de bolígrafo cervantino.

El nuevo éxito de ventas hizo que nos llovieran las ofertas editoriales. En una entrevista para una revista literaria confesé que realmente no era yo quien escribía, lo que me granjeó la fama de escritor excéntrico, aumentando aún más mi popularidad.

Cuatro libros, dos adaptaciones al cine y una nueva colección de relatos después el bolígrafo dejó de escribir para siempre. Le compré una bonita caja con tapa de cristal que más bien parecía el ataúd de una capilla ardiente.

Agobiado por la continua sensación de ver a mi amigo amortajado tras el vidrio de una urna, terminé por incinerarlo y arrojar sus cenizas en la playa de Costa Rica donde me había comprado una preciosa cabaña para pasar los inviernos europeos. No sabía mucho de últimas voluntades de bolígrafos escritores, pero imaginé que podría ser de su agrado. La verdad es que nunca cruzamos una sola palabra.

PABLO POÓ

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