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23 abr. 2015

  • 23.4.15
Yo, también, nací en el 83. Formo parte de esa generación que retrataba su infancia en fotografías de esquinas redondeadas. Soy de aquellos que, cuando íbamos al campo de fútbol o al descampado a jugar, teníamos que esperar a que los mayores acabaran o salir pitando del lugar si les daba por aparecer mientras nosotros ocupábamos el campo.

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Recuerdo cómo nos levantábamos cuando entraba un profesor en clase y que, salvo que nos dijera lo contrario, había que hablarle de usted. Soy de aquellos que si no estudiaban, repetían el curso; y si no te entraba alguna asignatura, la única adaptación que te ofrecían era un par de coderas de gomaespuma.

Nos estafaron: nos vendieron que la clave del éxito era el talento, el conocimiento y el esfuerzo; y lo creímos tan firmemente que resistimos la tentación y seguimos estudiando cuando en tirantas, mezclando cemento, aquellos que habías visto repetir y abandonar el instituto ganaban lo suficiente como para comprarse un piso y un coche e invitar a cubatas a los amigos, mientras que tú aún tenías que pedir la paga y moverte en transporte público.

Nos dijeron que el conocimiento no ocupaba lugar, y que la puerta del futuro se abría con la llave de una titulación universitaria.

Ahora me doy cuenta de que todo era mentira, y aun así tienen la desfachatez de decirme que aproveche este tiempo para seguir formándome. Soy de esos que viven en peores condiciones que sus padres, con más aparatitos tecnológicos, con menos represión explícita, pero condenados a no poder emanciparse económicamente, a tener que pedir que el mes que viene te paguen la hipoteca, a volver a casa porque no es posible vivir con un sueldo base de 600 euros, con un desempleo de 400 o con la voluntad si ni siquiera has cotizado.

Nos estafaron, vaya si nos estafaron. Y picamos, todos picamos. En este país academia, que forma a sus ciudadanos para que se vayan a trabajar donde verdaderamente los reconocen. La mejor solución es dejarse arrastrar por la marea. Esa que te lleva más allá de los Pirineos.

PABLO POÓ

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