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17 mar. 2015

  • 17.3.15
Nadie vio con buenos ojos aquella relación desde el principio. Sobre todo por él y por la fama que arrastraba. El párroco del pueblo, gran amigo de la familia desde los tiempos en que ella pasaba las tardes de primavera correteando descalza por el jardín recogiendo flores con las que formar un centro para adornar la mesa del comedor, insistía en que era de buenos cristianos perdonar, y que el lastre con el que muchas personas se nos presentan ante los ojos por sus vivencias pasadas se puede desprender con facilidad.

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—Sólo hace falta voluntad –decía-. ¿Qué habría sucedido, si no, con María Magdalena si Jesús la hubiese apartado por lo que había sido?

Aquellos argumentos pesaron como losas en las conciencias de sus familiares y los vecinos del pueblo, esa segunda familia con la que no compartes lazos de sangre pero que siempre parece estar más atenta de tus asuntos que tú mismo, y en un plazo de tiempo bastante admirable, no solo él se encontró perfectamente integrado en la familia, sino que ella, sin apenas darse cuenta, se vio realizando los preparativos para una boda, su boda, que habría de cambiarle la vida para siempre.

Al principio todo fueron promesas de una vida mejor, de una felicidad, por desconocida, ni imaginable ni cuantificable y de largos paseos por el jardín, en las tardes de primavera, recogiendo flores con las que adornar el centro de su mesa de comedor.

Sin embargo, sus palabras fueron ligeras como plumas de ave y el viento, demasiado frecuente por aquella zona, terminó arrastrándolas tan lejos de allí que hasta parecía mentira que algún día hubiesen podido salir de sus labios.

Pero ella lo amaba y, a cada nuevo desengaño, una nueva disculpa brotaba de su imaginario haciendo uso del argumento exacto y necesario para condonar esa deuda de fidelidad y sinceridad que, de manera cada vez más frecuente, él contraía con ella.

Con el tiempo, la lástima que hacia ella sentían sus allegados se tornó en incomprensión. La incomprensión en condescendencia y esta última, en ira. Nadie fue capaz de comprender cómo una mujer como ella pudo amar y perdonar a un hombre que sólo le correspondía con mentiras.

Pero bueno, volviendo a la realidad... Qué cabreo te coges cuando alguien te engaña. La mentira es una de las mayores decepciones a las que nos enfrentamos en el día a día, sobre todo por el peligro siempre asumido de la reincidencia y la pérdida de confianza hacia quien no ha sido sincero con nosotros.

Sin embargo, qué asumida tenemos la infidelidad electoral. Ahí sí da igual que nos engañen y nos prometan el oro y el moro que, si no lo cumplen, ya nos encargamos nosotros de buscar las excusas pertinentes. Pues ¡hala, todos con cuernos!

PABLO POÓ

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