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Mostrando entradas con la etiqueta Disculpe si no me levanto [Pablo Poó]. Mostrar todas las entradas
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19 ene. 2015

  • 19.1.15
Todo mi mundo se vino abajo el día que encontré escrito sobre una nota tirada en el suelo de la cocina aquel “me gusta cuando tu bigote me hace cosquillas en la espalda”. Siete años de noviazgo más quince de casados que se iban por el desagüe gracias al vello facial de algún desgraciado que se había entrometido en nuestro matrimonio.

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En un alarde de serenidad, decidí, sin embargo, no montar un espectáculo hasta no haber reunido el número suficiente de pruebas irrefutables que hicieran inútil cualquier intento de explicación por parte de mi, ahora, infiel esposa.

Ella parecía tranquila, indiferente a mi cambio de actitud en ocasiones mal disimulado, como si no fuera con ella la cosa y todo se debiera a uno de mis frecuentes roces con el personal de la oficina.

Al poco tiempo, debajo de la cama, encontré barriendo otro fragmento de papel, roído y arrugado. Había comenzado a ocuparme con ahínco de las tareas del hogar como estrategia para acceder más fácilmente y con causa justificada a cualquier rincón de la casa: revolvía en el cajón de su ropa interior cada vez que colocaba la ropa recién planchada, en la papelera del baño cada vez que tocaba limpieza con lejía y, en general, en cualquier rincón de la casa cada vez que barría o pasaba la fregona.

Había veces que la retenía en cualquier habitación ya examinada más tiempo del necesario para que se secase el suelo mojado; incluso llegué a comprar por Internet un lote de trescientos filtros chinos para el robot aspirador que cambiaba, con la excusa de la mala calidad de los productos asiáticos, cada vez que la máquina patrullaba mi hogar de cuatro a seis de la tarde y de tres a cinco de la madrugada, gracias a su ínfimo nivel de decibelios.

En aquella segunda nota, la de debajo de la cama, habían escrito con distinta caligrafía: “He encontrado tu queso favorito, ¿quedamos esta noche?”.

De manera que, ahora, le gustaba el queso. Para ponerla en un aprieto, bajé de inmediato a la calle y compré una cuña de curado de oveja en una de esas tiendas que venden vinos, embutidos y quesos con un generoso margen de beneficio.

Preparé una cena romántica con la que mi mujer se sorprendió bastante y presenté el queso, ya cortado, en un plato decorado que solamente usamos algunas Navidades, cuando no vienen niños, por miedo a que se rompiese.

Al rechazarlo, le pregunté con suspicacia si ya no le gustaba el queso, pero alegó, en su defensa, que nunca le había gustado. Aquel fallo de concreción en el interrogatorio me dejó con la duda de si no le gustaba ninguna clase de queso o sólo el curado de oveja, y me fui a la cama con un remordimiento que no se alivió ninguna de las dos veces que hicimos el amor esa noche.

Mi vida profesional pronto se vio afectada y, cada vez, pasaba menos tiempo en la oficina y más escrutando mi casa. En el cuarto de baño encontré una nota subida de tono que decía: “Acuérdate de limarte las uñas, hay veces que me arañas el rabo”.

Nunca hubiese imaginado a mi mujer con un tipo tan soez y, sobre todo, que le dijese lo que tenía que hacer: ella se depilaba, se teñía o se limaba las uñas si quería, pero se veía que tantos años de relación con el mismo oficinista medio calvo, socialdemócrata y rutinario la habían espoleado a los brazos de cualquier machito mal hablado que la pusiese derecha.

Después de encontrarme algunas notas más esparcidas por la casa y el garaje, decidí reunirlas todas y presentarlas a mi abogado como pruebas principales en la vista del divorcio. Mi mujer alegó enajenación mental por mi parte y el juez, ante la vehemencia de mis acusaciones probadas y la coherencia de sus argumentos de defensa, no pudo más que decretar el reparto a partes iguales de nuestro patrimonio.

Los nuevos dueños de nuestra casa, una pareja joven recién casada tras siete años de noviazgo, me llamaron para avisarme de que, haciendo reformas, habían encontrado dentro del hueco de la escalera del garaje a un gato copulando con un ratón que, al ser descubiertos, huyeron abandonando una caja con abundante correspondencia amorosa.

Me preguntaban si era yo el dueño del gato.

PABLO POÓ

28 dic. 2014

  • 28.12.14
A pesar de que casi todos lo consideraban un fetichista, entre la lista de las diez cosas que más le excitaban nunca se encontró que lo tomasen por tonto. Siempre había estado desprovisto de aquella capacidad humana para representar sus anhelos y esperanzas en figuritas de madera humanoides y, quizás por ello, no empatizaba al modo en que lo hacía el resto de sus semejantes con los líderes políticos y deportivos sientiéndose, en infinidad de ocasiones, un extraño, un apartado.

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Asistía perplejo cada día a la cita diaria con la mentira y la tergiversación en la que se habían convertido los informativos, y no lograba entender cómo desde su tribuna, sin ni siquiera ruborizarse, alguien podía decir que un banco era solvente cuando se le habían inyectado diez mil millones de dinero público, que tenía una gran liquidez cuando aún eran necesarios otros siete mil quinientos millones más o, lo que era peor, sin que una algarabía de oyentes rabiosos arrasase con la tribuna y su ocupante dejando tras de sí únicamente una estela de polvo.

Las éticas de pacotilla nunca fueron de su agrado, y se incendiaba cada vez que alguien consideraba que una acción concreta estaba bien solo porque la había hecho alguien de los suyos; así, el déficit en una comunidad autónoma se podía convertir, al modo de las prendas reversibles, en sinónimo máximo de honesta transparencia o en alta traición a una patria que, por suerte para él, no tenía el placer de sentir como apéndice corporal.

Tampoco eran de su agrado aquellos que no hablaban claro y buscaban pretenciosa y sibilinamente el giro lingüístico excesivo e impertinente para decir algo sin mencionarlo. Lo que más le molestaba era que alguno de esos infames portavoces de la retórica vacua llegara a pensar que, por no haber pronunciado la palabra "IVA" al anunciar que iba a subir el IVA, no solo no se hubiese dado cuenta de la estafa, sino que, incauto tal vez, llegase a pensar que lo hacían por su bien.

Mientras intentaba asimilar cómo el escenario político se libraba a diario de la aplicación del delito de fraude, esperaba ansioso la próxima cita electoral para ahuyentar, estaca en mano, al mendigo político que se le acercaría por la esquina agitando su hucha de hojalata para seguir con el negocio.

PABLO POÓ

15 dic. 2014

  • 15.12.14
Sándwich, del gaélico /sáenwic^/, procede del nombre de un repudiado mártir cristiano que habitó en la zona del norte de Gales sobre el siglo XI d.C, y no del inglés sandwich, y este de J. Montagu (1718-1792), cuarto conde de Sandwich, de quien se cuenta que se alimentó de esta clase de comida para no abandonar una partida de cartas, como nos pretende hacer creer la historia.

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San Wich Mixto fue el menor de los siete hermanos de una familia dedicada en exclusiva a la agricultura de subsistencia que practicaba en un pequeño e inmundo caserío medio derruido en la zona norseptentrional del latifundio que en aquella zona de Gales poseía sir Nicholas G. Church, decimotercer Duque de Mamlgber, uno de los personajes más nefastos de la Baja Edad Media galesa.

Polémico desde sus primeras apariciones públicas, de las que no tenemos constancia, se sabe que San Wich abandonó a temprana edad el seno familiar para predicar la palabra de Dios siguiendo los preceptos de un misionero que llegó a tener gran fama en la región, pero del que no se han conservado escritos fiables más allá de una serie de manuscritos de dudosa atribución descubiertos hace unos años en la biblioteca personal de la viuda de Mr. Thomas W. Sparson.

Los numerosos milagros que se le atribuyen en las compilaciones de textos de la época resultan de dudosa utilidad. En el condado de Fleminway se afirma que enseñó a hablar a un ciego y que, delante de una multitud enfebrecida que solía acompañarlo, allá donde fuera, devota de la fama de santero que había ido creciendo en torno a su figura, devolvió la vista a un paralítico que abandonó el lugar en su silla de ruedas.

En el Miracula Beatae Nostri Vero Temporis, conservado en la biblioteca de Copenhague como manuscrito Patt 218, encontramos más milagros y otras acciones sobrenaturales que San Wich, supuestamente, llevó a cabo durante su vida.

Destacan la curación de las heridas de un ileso y la expulsión de un grupo de sacerdotes de una Domus puellae o escuela infantil de la época. Este acontecimiento no hizo sino precipitar la caída en desgracia de San Wich quien, en juicio sumarísimo, defendió ante el tribunal eclesiástico la supresión del voto de castidad, por lo que se ganó el sobrenombre de Mixto. San Wich Mixto fue condenado a morir emparedado.

PABLO POÓ

1 dic. 2014

  • 1.12.14
Cuando te separa de tus hermanos más de una década te acostumbras a vivir con la sensación de que todo lo que se tenía que hacer se había hecho ya y, a pesar de que te esfuerzas por innovar y llamar la atención del personal, no te queda más remedio que aceptar tu papel de espectador pasivo ante el devenir de una familia que no contaba entre sus planes con tu tardía llegada.

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Aunque a veces dudo de que esta sea la razón achacable, el caso es que mi infancia transcurrió entre las continuas discusiones que se escenificaban en mi casa con toda la pompa y boato de que eran capaces mis hermanos y padres.

Hay que reconocerles, sin embargo, el afán y dedicación con los que se entregaban a la causa y que venían a completar una más que posible predisposición genética a la riña. Juraría que incluso había veces que los oía ensayar en sus dormitorios, en la ducha e incluso a mi madre mientras hacía la comida en soledad, el próximo exabrupto que saldría por su boca, la entonación precisa con la que desgarrar el nombre del interlocutor o aquel rencor recóndito, que es como doble rencor, reservado humeante para el momento adecuado.

En cuanto tuve la edad y mis ahorros me lo permitieron me fui de casa. Mis hermanos ya lo habían hecho hacía tiempo, pero cada vez que venían de visita se reproducía el eterno ritual de gritos y reproches en medio del que, con la práctica adecuada, aprendí incluso a concentrarme en la lectura de la novela que tuviese entre manos aislando mis oídos como si de antenas sordas se tratase.

Aquejado por cierto grado del síndrome de Estocolmo, no obstante, lo primero que hice al entrar a habitar mi nuevo hogar fue colocar en un lugar preferente del salón toda una colección de fotos familiares que nos retrataban tanto por separado como en confluidas escenas grupales, pero una vez superada la extrañeza inicial a la nueva ubicación, comenzaron de nuevo los altercados.

La foto que más problemas dio al principio fue una en la que salían todos mis hermanos juntos a mis padres debajo de una sombrilla varios años antes de que viniera yo al mundo. Como ninguno de ellos estaba dispuesto a interrumpir su baño para hacerse la foto en cuestión, todos refunfuñaban mientras mi padre pedía a gritos silencio y mi madre porfiaba sobre unos hijos a los que no era capaz de domesticar.

Por si esto fuera poco, como los cinco no cabían debajo de la sombrilla, todos se empujaban para arrebatar un centímetro más de sombra al nuevo condenado a posar al sol, de manera que la foto no paraba quieta en su estante y, más de una vez, estuvo a punto de caer al suelo rompiendo el cristal que la protegía.

Los gritos del vendedor ambulante de patatas y pasteles que me despertaron, en más de una ocasión, de alguna que otra placentera siesta me hicieron tomar la determinación de sustituir aquella problemática instantánea por la que venía ya con el marco; donde una silenciosa madre y su hija posaban alegres con un parque de fondo en el que sólo se escuchaban, los días soleados, el suave y distante cantar de algunos pájaros.

Pero este no fue el único reordenamiento fotográfico que me vi obligado a realizar. Con el paso de las semanas descubrí verdaderamente el odio visceral que se profesaban mi hermano mayor y el mediano.

Uno, vestido de militar el día de su jura de bandera y otro, ataviado con chaqueta de ingeniero el día de su graduación se echaban en cara la poca cultura del primero y la falta de huevos del segundo, que fue retrasando su entrada en el servicio militar hasta que la ley cambió y lo libró del tedioso trámite. Lo peor es que les daba igual la hora y no era raro que, en medio de la noche, aprovechase la visita al baño para poner paz entre los dos retratos.

La cosa, sin embargo, fue a más y se trató como punto tercero en el orden del día de la reunión de la comunidad de vecinos, así que no tuve más remedio que dejar al ingeniero en el salón y trasladar al militar a mi despacho.

Pero fueran tantas las protestas del trasladado y tan molestas las risas de desprecio del licenciado universitario que, con mucho gusto, cambié sus retratos por una imagen de un fondo marino con conchas y caracolas que me relajaba en las tardes de verano y por otra de un perro al que conseguí enseñar a que me trajera la correspondencia cada dos días a cambio de situar su marco junto a la cocina.

Con el tiempo terminé sustituyendo todas las instantáneas familiares por imágenes que me bajaba de internet, por cuadros de arena que le compraba a un negro que tenía bien calculada la hora a la que iba algunos sábados a tomarme una cerveza en el bar de debajo de mi casa y por alguna que otra lámina de Ikea en oferta de la temporada pasada.

Las visitas con las que tengo más confianza me preguntan el motivo de la ausencia de retratos familiares en el hogar de un tipo tan bonachón como yo. Entonces los llevo al despacho, les saco el álbum familiar, y los dejo a solas durante quince minutos. No falla.

PABLO PÓO

17 nov. 2014

  • 17.11.14
Nunca he encontrado inconveniente alguno en el hecho de ponerle nombre de persona a una mascota. Tuve un pez que se llamó Manuel –aunque en casa le decíamos "Manolo" porque era como de la familia– y una gata a la que le pusimos Christie por el juego de palabras.

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Hace unos años decidí dar el salto al mundo de las mascotas aladas y me compré un loro con un plumaje tan señorial que no tuve más remedio que añadir dos apellidos después de su nombre: Alfredo González León.

Alfredo era la envidia de todos los canarios y periquitos de la comunidad, que lo miraban recelosos desde sus minúsculas jaulas disfrutar del loft a doble altura amueblado al que se asemejaba la suya.

Con el tiempo, fui cogiéndole un cariño tal que, a pesar de que siempre he estado soltero, llegué a tratarlo como si de mi hijo se tratase; y como todo buen padre quiere para sus vástagos, al menos en la teoría, la mejor de las educaciones, no dudé en matricularlo en el instituto que había a dos manzanas de mi casa y que tan buenos resultados académicos había obtenido desde la implantación de la LOGSE

El cambio de la jaula al aula fue complicado para Alfredo. El primer día de clase tuvimos que soportar las miradas inquisidoras del resto de los alumnos, de sus familias y de los profesores del centro, que no daban crédito a la condición alada del nuevo alumno del instituto.

En Secretaría me recriminaron la ocurrencia de haber matriculado a un loro ocupando una plaza que podría estar disfrutando cualquier niño residente en la zona o hermano menor de otro alumno ya matriculado; pero alegué que el día que di sus datos para la matrícula, nadie puso ningún impedimento a Alfredo González León.

La discusión concluyó en el despacho del director quien, temiendo las posibles repercusiones mediáticas y políticas que la discriminación de Alfredo suponían en la escuela inclusiva de la que estaba tan orgulloso, optó por matricular al loro como un alumno más.

El primer curso de la ESO fue un desastre para mi ornitológico hijo. Fueron muchos los partes de incidencia que, firmados por casi la totalidad de profesores del equipo educativo de la clase de Alfredo, me llegaron a casa: comía pipas en clase, se hacía caca en las mesas de sus compañeros y nunca llevaba hecha la tarea a pesar de que yo le preguntaba cada tarde: “¿Has hecho los deberes?”, a lo que me respondía: “hecho deberes”.

Como no podía ser de otra manera, Alfredo repitió curso. Para mí fue una decepción enorme: uno pone en su hijo todas las expectativas que, por este o aquel motivo, no ha sido capaz de alcanzar en la vida. Yo nunca fui un buen estudiante, y no quería por nada del mundo que Alfredo siguiese mis pasos, así que le animé a que en esa segunda oportunidad que le daban repitiendo se esforzase todo lo posible y consiguiese sacar el curso adelante; pero mis consejos, charlas y súplicas cayeron en saco roto; Alfredo volvió a suspender primero de ESO al año siguiente y pasó a segundo con todas las asignaturas pendientes.

En mis múltiples charlas con el tutor y la orientadora siempre salían a relucir los mismos temas: que estaba en una edad muy complicada, que le estaba costando mucho trabajo asimilar el cambio de la jaula al aula, que debía contar con un espacio de estudio propio (para lo cual compré una pequeña mesa de estudio con un flexo a juego en una tienda de mascotas) y que, probablemente, la falta de una figura materna en el seno familiar era un factor clave para explicar su mal comportamiento en clase.

Espoleado por las medidas de seguimiento que, desde el Departamento de Orientación, obligaron a los profesores a cumplir, Alfredo fue mejorando durante el segundo curso de la Educación Secundaria Obligatoria: dejó de comer pipas durante las horas de clase y consiguió refrenar su adicción hasta que llegase el recreo. Dejó de revolotear por las mesas de los compañeros y, lo que es más importante, comenzó a estudiar.

Los escasos avances, siendo sinceros, que lograba Alfredo eran muy tenidos en cuenta por el claustro de profesores del centro. En la mayoría de asignaturas, Alfredo tenía una adaptación curricular del contenido, que se amoldaba a las peculiaridades de mi vástago y a su nivel de conocimientos y esfuerzo.

Lengua y Literatura, por ejemplo, la aprobó gracias a su pico de oro, Educación Física, gracias a su habilidad para caminar sobre la barra fija; para Ciencias Naturales, en cambio, se tuvo que esforzar más, dado que al profesor en cuestión, que yo creo que le tenía cierta animadversión, no le bastaba con que supiese diferenciar las pipas de girasol del alpiste, sino que le hizo diferenciar entre sí varios tipos de pipas y varios de alpiste.

El caso es que tras repetir también segundo de la ESO y teniendo en cuenta su buena predisposición al aprendizaje, buen comportamiento, evolución positiva y situación familiar desestructurada, Alfredo, en su cuarto año en el instituto, pasó a tercero por imperativo legal, pero dentro del programa de Diversificación Curricular.

¡Qué orgullo! Mi hijo, mi Alfredito, afrontando ya el segundo ciclo de la Educación Secundaria Obligatoria española. En “Diver, rooar”, como él la llamaba, tenían determinadas asignaturas fusionadas en “Ámbitos”. Así, Lengua y Ciencias Sociales conformaban el Ámbito sociolingüístico; y Matemáticas y Ciencias Naturales el Ámbito científico tecnológico, pero mi hijo, y esto era algo en lo que coincidía la orientadora, había cambiado para bien, había madurado.

Cuando en Ámbito sociolingüístico explicaba el profesor que Lorca era un poeta de la Generación del veintisiete, Alfredo contestaba orgulloso: Lorca, Generación del veintisiete. Y cuando intentaba que el resto de la clase comprendiese que los fonemas son las unidades más pequeñas de la lengua sin significado, él respondía: ¡Fonemas! La sintaxis, la verdad, no se le daba nada bien. Yo, en casa, intentaba ayudarlo, pero no conseguía que cogiese siquiera el bolígrafo, él era más de explicaciones orales.

Alfredo aprobó tercero de diversificación gracias a su desparpajo oral, pues repetía a la perfección la lección que le explicaban los profesores; a su buen comportamiento en clase (me contaban, incluso, que a veces agachaba la cabeza para que le rascara debajo del plumaje el profesor de inglés) y, también he de decirlo, a cierta dejadez de funciones de algunos profesores que le daban clase a primera o última hora de la mañana.

Un año más tarde, y siguiendo con esta línea evolutiva escolar, Alfredo llegó a ser el mejor de su clase en el último año de su paso por el instituto. Era un alumno popular, querido por el resto de sus compañeros, que incluso lo eligieron delegado de clase y estuvo a un par de votos de entrar en el Consejo Escolar.

Nunca olvidaré el día de su graduación. Eso es algo que recuerdo cada vez que, en el salón, veo en el lugar que antes ocupaba su jaula, el título de Graduado en Educación Secundaria de Alfredo González León.

PABLO PÓO

9 nov. 2014

  • 9.11.14
La ciudad despertó, lentamente, con legañas en las ventanas. Sus habitantes tardaron un poco más en bajar de la cama y lo hicieron con la típica crisis de cerebro matutina. Todo parecía correctamente cotidiano y habría sido un día más, sin pena ni gloria, de no ser por ese intenso olor a azufre que todo lo impregnaba.

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El día anterior, el del Armageddon, había sido una movida descomunal. No podíamos decir que nos hubiese cogido desprevenidos, la verdad. Son muchas las religiones que nos habían hablado del evento y, tras varios siglos de lucha por poder escoger la que a cada uno le diese la gana, ya podríamos haberles prestado un poquito más de atención.

Además estaban aquellos programas pseudodocumentales que hablaban del asunto invitando a supuestos expertos en la materia y que, a escondidas, tanta gente seguía; por no hablar del filón que suponía para la industria del cine el tema del apocalipsis y los millones de dólares que se habían enfundado a costa de destruir al planeta y a su civilización de las formas más variopintas.

Sea como fuere, allí estábamos todos, apestando a azufre. Bueno, todos, todos, no; para ser sinceros allí sólo quedábamos los condenados, los no elegidos. Resultaba imposible describir el espectáculo de aquellos millones de enchufados desafiando cualquier ley física conocida ascendiendo al cielo como propulsados por algún tipo de mini cohete a reacción.

Yo intenté engancharme a la pantorrilla de uno, a ver si colaba, pero menudo genio gastaba el santo, que de una patada seca se zafó de mi abrazo dando con mis condenados huesos en el suelo.

Ahora solo nos quedaba esperar; se suponía que teníamos que esperar a que Dios se despertase. Decían, incluso, que tenía resaca, así que, quizá, se levantaría más tarde de la cuenta. Luego imagino que decidiría qué hacer con nosotros.

Pero bueno, entretanto aún tenía tiempo para darme una vuelta por la ciudad y echar un ojo al personal que se había quedado en tierra. A base de respirarlo, había ya asimilado el olor a azufre y apenas podía decir que me molestase.

Algunos incrédulos pululaban alrededor de las iglesias desiertas (ya he dicho que los santos se había ido con pasaje de primera el día anterior) sin descartar la idea de que su abandono en tierra podría deberse a un error. Yo los miraba con entre pena y sorna rezar, desesperados, en corros, cogidos de la mano, demostrando diversos grados de arrepentimiento, según lo que pesase en el curriculum de cada cual.

Seguí avanzando por la avenida que daba al Ayuntamiento. Podría haber dicho que, deambulando por la ciudad, me topé con él y que, ya de paso, curioseé sobre quién se había quedado en tierra y quién había ascendido, pero la verdad es que fui a cosa hecha. Hasta con cierto grado de mala intención, la verdad. Y allí estaban casi todos, con sus trajes de los domingos, esos que se ponían para ir a misa a comprar la salvación de su alma y que, a juzgar por la situación, de poco les ha servido.

Alguno, incluso, mantenía conversaciones telefónicas con ciertos altos cargos del clero que, sorpresivamente para ellos, también se habían quedado en tierra apestando a azufre, intentando obtener un salvoconducto de última hora por el que llegaban a ofrecer cantidades insultantes.

—Por menos de la mitad le expido yo uno ahora mismo –le dije al concejal de Sanidad interrumpiendo su llamada.

—¿Cómo dice?

—Soy buldero –dije entre risas- ya sabe, como el del Lazarillo.

—¡Váyase usted al infierno! –me gritó acompañado de algunos esputos.

Le dije que en eso estábamos sin darme siquiera la vuelta. Era ya casi el mediodía y en muy pocas ocasiones perdono la cerveza de antes de comer.

PABLO POÓ

26 oct. 2014

  • 26.10.14
La patronal oracional y los tres sindicatos mayoritarios de oraciones subordinadas no consiguieron llegar a ningún acuerdo tras varios meses de intensas negociaciones, por lo que se decretó, hace ya hoy varios años, la primera huelga de oraciones subordinadas en busca de una equiparación gramatical que venían reclamando desde hacía tiempo.

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El seguimiento, como era de esperar, fue masivo en todos los ámbitos y sectores en los que se llevó a cabo; así, por ejemplo, en las escuelas, los alumnos al enterarse de que, decidieron y, finalmente, acordaron. Los profesores, por su parte, ante el desconcierto comunicativo provocado por la huelga, convocaron una reunión para en los institutos en que.

Varios piquetes informativos ejercieron con vehemencia su labor en las principales estaciones de metro de la ciudad, donde. Los ciudadanos, estupefactos ante los inesperados circunloquios que se vieron obligados a, no pudieron más que.

Tras varias horas de huelga salvaje, el Gobierno se vio obligado a y convocó al ejército, quien. Los tanques que, incluso los aviones en los que, invadieron las principales ciudades del país obligando a.

Cautivo y desarmado el último bastión de subordinadas sustantivas que se había refugiado en el tejado del Congreso desplegando una pancarta en la que se podía leer: "Insubordinación, únete a la rebelión", la situación volvió a la normalidad.

Los principales cabecillas fueron recluidos en prisión sin fianza. La Constitución, incluso, se modificó para anular el derecho a huelga del colectivo de las oraciones subordinadas; aunque hoy, por desgracia, ya nadie habla de aquello.

PABLO PÓO

19 oct. 2014

  • 19.10.14
Aquel resplandor lejano que se divisaba entre los gruesos troncos del final del sendero calmó de golpe toda la angustia que había acumulado hasta el momento. Ciertamente, perderme en el bosque durante la realización de aquella ruta en apariencia sencilla no estaba previsto ni en el más agorero de los pronósticos.

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Caminé únicamente guiado por la luz hasta un claro donde se erguía una cabaña de madera. La construcción gritaba que estaba hecha a mano y no desentonaba en absoluto con el ambiente que la rodeaba; parecía surgir de la propia naturaleza como si, por algún azar del destino, los sucesivos troncos de árboles que habían ido muriendo y sido derribados por el viento hubiesen dispuesto aquella forma caprichosa de cabaña de madera en el claro del bosque.

La noche se cerraba y, con ella, el frío se hacía cada vez más intenso, de manera que aunque no fuese lo más sensato, no tuve más remedio que acercarme a la puerta y llamar en busca de auxilio; la opción alternativa de pasar la noche al raso perdía enteros por momentos cada vez que el ruido de algún animal no identificado me hacía girarme bruscamente sobre mi cintura y escudriñar, con las pupilas dilatadas al máximo, en aquella oscuridad impenetrable.

Un hombre de aspecto amable se asomó por la rendija de la puerta que dejó entreabierta por seguridad y me preguntó qué deseaba a tan altas horas de la madrugada. Debieron de convencerle mis disculpas por haberlo despertado y la historia de cómo me perdí al tomar el camino equivocado en aquella bifurcación que no aparecía en ninguno de los mapas que consulté, porque la verdad es que el hombre me dejó entrar sin formularme ni una sola pregunta.

Pasé con la extraña sensación de que aquel señor de la barba y el peto vaquero sin camiseta me estaba esperando desde hacía tiempo, pero lo absurdo del planteamiento y el descaro con el que me miraba una silla de madera que había justo debajo de la ventana me hicieron olvidarme de mi presagio.

Para evitar la indiscreta mirada opté por sentarme encima y empezar a responder las preguntas que el cabañista del peto me comenzaba a hacer sobre mi persona. Aquello, sin embargo, no pareció gustarle demasiado a la silla, que comenzó a moverse y recolocarse, incómoda con el peso que le había caído encima.

Le conté que, tras el divorcio, me aficioné a las excursiones por la naturaleza como especie de terapia autoimpuesta con la que aprender a olvidarme de todos los problemas que me perseguían en aquella época. En mitad del bosque disfrutaba de una paz que nunca logré encontrar en cualquier otro sitio; a pesar de los numerosos cursos de meditación a los que me apunté y descartando también, cómo no, las clases de yoga.

Mientras me sinceraba con mi extraño anfitrión, me fue preparando una sopa con los restos de lo que habría sido, probablemente, su cena. La mesa en la que me invitó a sentarme para tomarla parecía que intentaba advertirme de algo, pero bien sea porque no lograba expresarse con claridad o porque, por educación, me pareció descortés dejar de oír lo que me decía alguien que me estaba preparando desinteresadamente una sopa en su casa para escuchar aquello que me tuviera que decir esa mesa, no le hice demasiado caso.

Para pasar la noche me acomodé en una habitación cuya ventana daba a la parte trasera de la cabaña, donde había un pequeño cobertizo de madera que, a juzgar por el olor, debía de servir de alojamiento a cualquier clase de animal de granja. Me inclinaba personalmente por los cerdos o caballos a la vez que deseaba que no hubiese ningún gallo de esos que cantan a cualquier hora del día o de la noche.

La cama me arropó de tal manera que me sentí reconfortado como cuando de niño mi madre iba añadiendo sobre mí, en invierno, una capa de sábanas, otra de manta, otra de edredón y por último, la bata, que en mi casa se usaba tanto como prenda de vestir como de accesorio de cama. Le agradecí los arrumacos y caí rendido enseguida.

Al día siguiente acordé con mi anfitrión descamisado pasar una corta temporada con él a cambio de realizarle las tareas que me fuese encomendando. La mesa en la que comía no parecía demasiado conforme con la idea y, cada vez que nos quedábamos a solas, intentaba por cualquier medio entablar conversación conmigo, cosa que yo siempre rehusaba; entonces me encontraba con la mirada inquisitiva de la silla y no me quedaba más remedio que volverme a mi cuarto y dejarme seducir por los arrumacos de la cama.

Así pasaron varios días hasta que, una tarde, comencé a sentir una rigidez extrema en los pies. Me senté en el suelo como pude y, al descalzarme, contemplé sorprendido como éstos se habían convertido en los pies de madera de un perchero. Alarmado por la metamorfosis, consulté con el cabañista la situación y me recomendó que me frotara, varias veces al día, con un jabón especial que hidrataba, reparaba y, además, prevenía la carcoma.

No debí nunca ducharme con aquel jabón. Eso fue algo que comprendí a la mañana siguiente, cuando desperté convertido en un perchero de madera. Desde la cama vi cómo el cabañista entraba en mi habitación, sonriente, y me tomaba para colocarme en el salón, junto a la mesa.

“Ahora sí que esto se parece más a un hogar”, dijo al contemplar la estancia justo antes de salir por la puerta para acondicionar el camino falso de la bifurcación.

“Eres gilipollas”, me dijo la mesa mientras la silla, desde debajo de la ventana, se descojonaba de mí.

PABLO POÓ

5 oct. 2014

  • 5.10.14
Una precaución básica que ha de tomarse a la hora de hacer una maleta de letras es la de separar concienzudamente las vocales de las consonantes. Las letras, con el ajetreo del transporte, pueden mezclarse y formar oraciones ciertamente inoportunas en determinados momentos.

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Hace unos años viajaba en tren muy temprano, casi de madrugada, intentando aprovechar el trayecto para recuperar el sueño que le había robado a la noche. A unos pocos asientos de distancia charlaba, vigorosamente, un señor con un interlocutor que no debía de hacerle mucho caso, puesto que solo se escuchaba su molesta voz en todo el vagón.

El traqueteo del tren fue haciendo que, poco a poco, mi maleta se desplazara y recolocara en la repisa superior en que la tenía tumbada. De manera muy lejana, tan solo perceptible por aquel que sabe que viaja con una maleta cargada de letras, comencé a escuchar un murmullo lejano de frases sin sentido, pero fue unos kilómetros más adelante cuando, tras un bamboleo impropio de un tren, mi maleta espetó un seco “Es usted un hijo de la gran puta”.

Un silencio atronador se apoderó al instante del vagón, callando, de golpe, al molesto pasajero, que no volvió a abrir la boca en lo que restó de trayecto, y despertando algunas risas y toses a partes iguales.

Yo, cobijado bajo el anonimato que me confería el antifaz que usaba en aquellos viajes vespertinos, sonreí imperceptiblemente y esperé, una vez que llegamos a nuestro destino, a que se bajara todo el mundo para no delatarme como dueño de la maleta impertinente.

Hay que tener en cuenta que la vocales son muy ruidosas, de modo que, al colocarlas en su bolsa independiente y bien cerrada dentro de la maleta, es aconsejable envolverlas en una manta que amortigüe el constante sonido de la unión de débiles y fuertes que haría de su equipaje una emulación en miniatura de un patio de colegio a la hora del recreo.

Recuerdo una ocasión en la que paré con mi maleta a tomar algo en un bar bastante concurrido. Aunque tomé la precaución de retirarla convenientemente del paso, un despistado que caminaba escribiendo en su teléfono móvil tropezó con ella volcándola en el suelo.

Un imponente “¡estamos cerrando!” tronó en el interior del local provocando una estampida de clientes que el dueño intentaba frenar asegurándoles que permanecían abiertos hasta bien entrada la noche. Fingiendo obedecer al hostelero, permanecí sentado a la mesa observando con cierta sorna cómo las personas iban y volvían de sus mesas dejando las consumiciones a medio tomar.

Por último, no olvide separar aquellas consonantes susceptibles de formar grupos pronunciables en español si no quiere portar consigo un equipaje que sisee sin educación a la gente o imite el sonido de una escandalosa moto.

PABLO POÓ

28 sept. 2014

  • 28.9.14
El día que comuniqué en el departamento de Literatura Española de la Universidad mi intención de presentarme a las oposiciones de Secundaria, todos se llevaron las manos a la cabeza; no lograban entender cómo una persona que subía los cafés aún calientes, hacía unas fotocopias tan soberbias y lograba vivir de alquiler con un contrato de protobecario de investigación podía sentirse atraída por ese tipo de educación.

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Aprovechando mis conocimientos literarios, decidí prepararme para las oposiciones la parte del temario correspondiente a la Historia de la Literatura patria pero, por desgracia, las más de doce páginas que dediqué a la gestación y evolución de la Comedia Nueva de Lope de Vega no fueron suficientes para los ilustres miembros de mi tribunal quienes, a cambio de no reconocer que no tenían ni idea de lo que les estaba hablando, me obsequiaron con una nota alta, aunque insuficiente.

A pesar de todo, pronto fui llamado de la bolsa de sustituciones, dando así comienzo a una prometedora carrera docente. Los comienzos, sin embargo, fueron más duros de lo esperado, y desde la Inspección educativa miraban con recelo el alto índice de suspensos que presentaban mis cursos.

Aconsejado por mis compañeros y con el objetivo de adaptarme en el menor tiempo posible al nuevo régimen de enseñanza, no dudé en apuntarme al Programa de Mejora del Profesorado; a fin de cuentas, el folleto resultaba atrayente; yo, a la postre, era un profesor, y qué duda cabía de que quería mejorar.

Acuciado por la rapidez con la que desaparecían las plazas libres, me inscribí de inmediato en el curso titulado “Aprendiendo a olvidar las aspiraciones personales”, de 100 horas de duración semipresenciales.

El encargado de impartir el curso, una bellísima persona bastante conformista, nos habló de las bondades del horario matutino, de la corrección de exámenes al peso y de la utilidad de las páginas webs de minijuegos para el desarrollo intelectual y emocional del menor.

Aunque únicamente estipularon necesario un sesenta por ciento de asistencia para la consecución del diploma correspondiente, encontré el curso tan interesante que asistir cada martes y jueves al Centro de Enseñanza del Profesorado producía en mi organismo una descarga de endorfinas solo asimilable a cualquiera de las prácticas que prohibíamos a los alumnos de mi centro, especialmente en los baños y durante el recreo.

La finalización del curso provocó en mi ánimo y en mi persona en general una sensación de vacío que pronto notaron mis amigos y familiares. Casi a diario consultaba el tablón sindical que había justo al entrar, a la derecha, en la sala de profesores, en busca de algún nuevo curso con el que saciar mis ansias de mejorar y de ofrecer a mis alumnos una educación de calidad.

Por suerte, pronto encontré una convocatoria de mi agrado: “Olvido de los principios de la gramática generativa de Chomsky”. ¡Chomsky! ¡Mi adorado viejo lingüista! Tengo que reconocer que, a pesar de haber centrado mis investigaciones en el campo de la Literatura, las teorías neolingüísticas a partir del siglo XX, en especial las chomskianas, me apasionaban, así que no dudé en volver a cargarme las tardes con otro curso del CEP.

Algo que me llamó la atención desde el principio de las sesiones fue la joven edad media de los apuntados al curso: todos con la licenciatura aún humeante y sin rebasar, salvo algunas excepciones, la treintena.

El seminario no tenía desperdicio: uno a uno fueron desmontando y aparcando los principales axiomas del innatismo y de la gramática generativa en general. Entusiasmado, quise compartir con mis alumnos los contenidos que estaba aprendiendo durante el horario extraescolar, y pronto dejé de hacer debates sobre el origen del lenguaje humano, sobre la mayor utilidad del estructuralismo o el generativismo y los ya clásicos trabajos sobre las biografías de Saussure y Chomsky.

Desde Inspección comenzaban a parecer, que ya era algo, más contentos conmigo, y mis índices de aprobados fueron mejorando tras cada evaluación. Estaba en racha y no debía parar, así que llamé de nuevo al CEP, desde la secretaría del centro, para ver si quedaban plazas libres para “Nueva pedagogía literaria: desterremos los clásicos de la E.S.O”.

¡Por fin algo que tocaba de lleno mi especialidad! Comentando con el profesor mi pasado investigador en la Universidad, me dijo que este curso lo iba a aprovechar maravillosamente. Y la verdad es que hoy, haciendo introspección, no puedo más que darle la razón a aquel señor canoso del bigote.

Cervantes dio paso en mis clases a Federico Moccia; sustituimos al Lazarillo por Cincuenta sombras de Grey, que era una trilogía, y dejamos de analizar los sonetos de Quevedo para entrar de lleno en las canciones de Dani Martín.

Los alumnos, entusiasmados, mejoraron sus calificaciones hasta rozar casi el cien por cien de aprobados. Desde Inspección, incluso, me ofertaron el puesto de colaborador del CEP entre loas y alabanzas a mi persona que me hicieron ruborizar por inmerecidas y en los corrillos del claustro no paraba de comentarse mi idoneidad para el puesto de director. Con el número de horas necesarias en mi haber, solicité mi primer trienio.

PABLO POÓ

14 sept. 2014

  • 14.9.14
Estaba preparando para mis alumnos unos esquemas sobre la literatura española actual cuando encontré mi nombre por casualidad en la nómina de escritores españoles contemporáneos. Como tenía algo de tiempo y mucha curiosidad, comencé a leer con atención el epígrafe dedicado a mi figura.

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Fue así como enteré de que viví una primera etapa en la que manifesté las influencias de mis lecturas de juventud, fundamentalmente de autores hispanoamericanos del Boom y algunos clásicos, que ya sabemos que nunca pasan de moda y sus libros son, además, más baratos y de mayor calidad que los best seller actuales.

Destacaban en esta etapa un relato de cuentos breves publicados en prensa titulado Disculpe si no me levanto y una novela corta, Tiempo perdido, en la que volcaba algunos acontecimientos familiares sobre la trama de un joven que, durante la Guerra Civil, se ve obligado a huir de su Constantina natal y viajar a pie hasta Barcelona.

A raíz de la publicación, en 2016, de Baja el volumen, me adentré en una nueva etapa donde una literatura de corte surrealista basada en las neuras de un personaje que creé en torno a la figura de un profesor frustrado de Educación Secundaria despertó las simpatías del público lector que veía, en las manías del protagonista, una crítica mordaz de la situación política y social del país después de la salida en falso de la crisis de 2008. Baja el volumen vendría a completarse en los años siguientes con la aparición de Mesa para uno (2018) y El eterno interino (2019) formando una trilogía.

El viaje a Nueva York que realicé en 2022 marcó profundamente una nueva tendencia en mi manera de escribir más centrada desde entonces en el ensayo filosófico y social. Fue a partir de entonces cuando, decepcionado por el carácter zafio y conformista que encontré en la ciudad americana, me di cuenta de que no son solo rasgos propios de la población española y que el triunfo de la mediocridad es una constante a escala planetaria.

Las palomas de Central Park ya no comen alpiste (2023), De vuelta a ningún sitio (2026) y Lecciones para después del Armaggedon (2030) son algunos de los títulos que se publican en esta etapa. A partir de los años treinta, mi producción literaria baja su ritmo hasta casi desaparecer y me dedico a otras artes como la pintura abstracta o la fotografía.

Los temas más presentes en mi obra son el análisis del comportamiento humano, la desesperación por el paso del tiempo y la búsqueda constante de una verdad que explique en sinsentido del mundo.

Aunque siempre se me ha achacado cierto proselitismo, el caso es que se aprecia en mis escritos un grado bastante elevado de pedagogía, sacrificando en muchas ocasiones una sintaxis y adjetivación demasiado barroca en pos de la comprensibilidad del texto.

Fallecí en Guadalajara en 2064. ¿Qué carajo haría yo en Guadalajara?

MANUEL J. MOLINA SALAS / REDACCIÓN

1 dic. 2013

  • 1.12.13
La actitud paternalista con la que algunos políticos tratan con condescendencia al personal justificando sus acciones propias en pro del bien común está bien para aquellos que no son especialistas en alguna materia concreta o que se conforman con la información interesada con la que se nos bombardea a diario desde los medios de comunicación más seguidos.

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Pero cuando las acciones se toman sobre el campo de experiencia vital o laboral de uno, los discursos oficiales comienzan a indigestarse, las ruedas de molino las devolvemos intactas para que comulgue con ellas su padre y una mala leche hervida asciende vertiginosamente hasta concentrarse en la zona genital, provocando su hinchazón.

Andalucía ha decidido convocar oposiciones docentes de Educación Secundaria con la ridícula cifra de doscientas plazas. A la mayoría de afectados por esta decisión nos parece una calamidad sibilina, pero por la opinión pública corre la postura de que esta es una idea valiente que marca las diferencias entre la política de recortes del PP, que está hundiendo a la clase trabajadora, y la decidida apuesta por el empleo del ejecutivo andaluz, que convoca oposiciones contra viento y marea con diez cañones por banda.

No, veamos: con el hachazo presupuestario que el Gobierno central le metió al sistema público educativo, las comunidades autónomas tuvieron que hacer muchos recortes, entre ellos se aumentó la ratio de las aulas y se añadieron dos horas más a la jornada laboral de los docentes.

Otras comunidades autónomas decidieron que esas dos horas de más no fueran lectivas, de modo que dicho aumento se tradujo en dos horas de guardia más a la semana, con lo que no se veía aumentado el número de profesores despedidos por el aumento de la ratio; pero Andalucía no lo hizo así y, recrudeciendo aún más las medidas del gobierno del PP, determinó que esas dos horas de más fueran lectivas, con lo que aumentó drásticamente el número de profesores despedidos hasta la famosa cifra de los 5402.

Ahora dicen que convocan tan pocas plazas porque el Gobierno central no les deja, echando la culpa de la actual situación de descalabro a Wert, Mariano y compañía y presentándose ante la opinión pública como un gobierno de izquierdas maniatado por los recortes que vienen desde Madrid y obligado a actuar en contra de su voluntad por estas mismas directrices centrales; de tal manera que, a pesar de todo, convocan oposiciones por su compromiso por el empleo y por el bien de interinos y aspirantes. No están diciendo toda la verdad.

En primer lugar no explican que la decisión de que las dos horas de más fuesen lectivas y no de guardia, con la cantidad de despidos que supuso, fue unilateralmente andaluza; no hay más que ver que otras comunidades autónomas no lo hicieron así.

En segundo lugar, convocar unas oposiciones donde no hay plazas para todas las especialidades y con un número, en las afortunadas, ridículo, no hace más que perjudicar al opositor, ¿por qué? Porque aún quedan muchos interinos con mucho tiempo de servicio y, por más nota que saque algún aspirante o alguien con poco tiempo de servicio, nunca podrá competir, en el baremo final, con el peso de dichos años de servicio, máxime si, por tribunal, hay únicamente una o dos plazas.

En resumen: convocar oposiciones es una estrategia sibilina para conseguir tres objetivos fundamentales: el primero, cómo no, recaudar dinero: para 200 plazas serán miles las personas que paguen las tasas más altas de España sin esperanza, alguna, de conseguir una de ellas.

El segundo, eliminar aspirantes: los aspirantes e interinos con tiempo de servicio que no pueden acogerse a las prebendas del decreto 302 necesitan aprobar para seguir en la bolsa de trabajo. El sistema de oposiciones ha vuelto a endurecerse, ya no es el transitorio de anteriores convocatorias, con lo cual, quien suspenda, se verá fuera de la bolsa de trabajo, ergo sin posibilidad alguna de trabajar en el sistema público de educación andaluz.

Y, por último, de paso, engañar a la opinión pública, porque hay muchos que piensan “pero al menos hay oposiciones, que es lo importante” y, como ven, lo importante hubiera sido, en todo caso, que no las hubiera.

PABLO POÓ

2 nov. 2013

  • 2.11.13
¿Sabes? Cuando te has llevado toda la vida viviendo día a día, es muy difícil asimilar lo que te deparará el futuro cuando llegas a viejo. Al fin y al cabo has pasado la mayor parte de tu vida siendo joven y cuesta aclimatarse a este nuevo estatus. Siempre me imaginé contigo; cómo imaginarme con otro, ¿verdad? ¿Te das cuenta de que eres el único hombre que ha pasado por mi vida? Yo era guapa, muy guapa si me apuras, no tienes más que mirar el cuadro que rescataste hace unos años del trastero para ponerlo en el salón y que nadie olvidara cómo había sido tu mujer, y podría haber estado con el hombre que hubiera querido, pero te elegí a ti.

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Tienes que reconocer que no tenías nada del otro mundo, es más, eras hasta un poquito feo, reconócelo, pero tu dedicación al final valió la pena y cedí sin grandes esfuerzos. Qué años aquellos, los primeros, compartiendo casa con tus padres y tus hermanos y aquella cama de noventa. Y te insistí, mira si te insistí: “Dos sueldos es mejor que uno, no se me van a caer los anillos por trabajar en lo primero que me salga, es más, ¡pero si no llevo ni anillos!”

Pero no había manera, la verdad es que a terco no te gana nadie, y mira que soy testaruda, como mi padre, vendrá de familia, imagino, aunque esas cosas no sé si se heredan. Querías darme una vida tan idílica que hasta te pusiste a estudiar de noche y trabajar de día mientras íbamos ahorrando como podíamos. Hay veces que, en el baño, dejas mal cerrado el grifo, y yo me quedo mirando cómo, gota a gota, se termina casi llenando el lavabo. Siempre lo cierras antes y me miras con las gafas empañadas por el vapor del agua de la bañera y la camisa remangada para no mojarla: ¿Por qué no me has avisado? Yo sonrío. La verdad es que no te aviso porque me entretiene. A lo que he llegado.

Poco a poco, como ese lavabo, fuimos ahorrando lo suficiente como para poder comprarnos un piso, en el barrio de tus padres, por supuesto. Creo que nunca superaste una dependencia que, dada tu valía, no entendía para nada. Pero eras feliz cerca de ellos; además, hay que reconocer que con Juan ya en camino nos venía bien su ayuda ¡Qué cara pusiste al saber que sería niño! Tú no te viste, como es lógico pero, de haberlo hecho, te habrías reído tanto como yo me reí, a pesar de la vergüenza que te dio que lo hiciera delante de aquel médico tan serio que te recomendó Miguel Vázquez, tu jefe de entonces, porque era Miguel Vázquez, ¿no?

Te quejarás de la memoria que tengo, es prácticamente el último vestigio de mí que me queda, por eso la mimo tanto, sin ella ya… mejor ni pensarlo. La verdad es que los niños de ahora tienen de todo, ¿te imaginas haber tenido entonces las cosas que tiene ahora tu nieta Alba? Nosotros nos aviábamos con menos; muchísimo menos, todo prestado, pero muy bien empleado. Y si no hubiera sido porque tu madre me enseñó a coser, no sé qué ropitas le habríamos puesto, porque tu sueldo de botones nos daba para lo justo, sin ninguna clase de excesos, pero éramos felices. Y qué nervios en el hospital.

De haber tenido móviles, como ahora, te hubiera dado tiempo a llegar, pero estabas trabajando; que conste que no te lo reprocho, a fin de cuentas sólo te perdiste el primero, aprendiste la lección, y eso que juré no volver a pasar por aquello. Qué dolor, ¡por Dios! Pero salen, digo si salen. Salen al final tan rápido como se olvida todo por lo que has pasado y, cuando quieres darte cuenta, estás otra vez embarazada ¡Otra vez! Aunque en aquella época era lo normal, más aún teniendo en cuenta que tus promesas prematrimoniales incluían muchos niños, cinco decías ¡cinco!, y se te llenaba la boca con un número que para ti significaba la realización completa de tu plan vital.

Yo tampoco quería tantos, la verdad. Me había criado siendo hija única y, aunque tengo que reconocer que en alguna ocasión eché de menos el apoyo de un hermano, las amigas que conocí en el internado de las monjas suplieron con bastante éxito el rol fraternal. ¿Dónde estarán ahora mismo? Espero que ninguna haya terminado como yo. No las he vuelto a ver desde hace… me marea la cifra, toda una vida, dejémoslo ahí. Tú lo llenabas todo y poco a poco nos fuimos dejando. A saber. Aunque ahora estoy recordando que Angélica vino a ver a Juan al hospital. A Juan y a María, a partir de ahí ya le perdimos la pista. María, tu segunda hija. María, como tu madre, con lo que me gustaba a mí el nombre de Elena; o Carmen, como yo. Realmente se lo debíamos, se lo merecía.

Hasta que te ascendieron no habríamos podido seguir adelante únicamente con tu sueldo sin la ayuda de tus padres. Pero yo siempre confié en ti, y supe que llegarías hasta donde quisieras, que es hasta dónde has llegado, aunque ahora te haya tocado sacrificar tu jubilación junto a este estorbo en el que siento que me he convertido.

No encuentro la manera ni de agradecerte lo que estás haciendo por mí, ni de pedirte perdón por todo esto; es más, aunque intentara decírtelo, no me entenderías, porque no me entiendes cuando hablo, lo sé. Nadie lo hace ya, y yo lo noto: simulan, fingen que me entienden y se dedican a contestarme con afirmaciones, con negaciones o con un “tú de eso no te preocupes”. Antes me importaba. Intentaba por todos los medios repetir lo que había dicho, más alto, más despacio, pero esta maldita saliva que ya no me deja ni respirar se interponía en mi camino.

Ya he desistido, por eso os miro tanto, por eso abro tanto los ojos cuando habláis entre vosotros o cuando lo hacéis conmigo sin esperar más respuesta por mi parte que no sea un sonido, un movimiento de cabeza o una triste sonrisa; porque mi sonrisa ya no es la que era, ¿verdad? ¡Lo siento, de verdad! La impotencia me concome por dentro, esa es mi angustia diaria, porque no paro de pensar, ni un solo momento paro de pensar, pero esta prisión de incomunicación me está matando más lentamente que esta terrible enfermedad.

¿Qué hora es ya? Deben de ser las ocho y media. Desde aquí no veo el reloj, pero ya ha empezado ese programa de deportes que ves todos los días. Y, después, la cena. ¿Qué vamos a cenar hoy? Hoy me apetecería una tortilla, que hace tiempo que no me la haces. Y una pera, me gustan las peras, siempre, desde pequeña, han sido mi fruta preferida, aunque ahora me da miedo comerlas porque no es la primera vez que me atraganto con el jugo, y te pones nervioso y de mal humor.

¿Hacemos un trato? Te cambio la pera por un cigarro. Me hace muchísima gracia verte encendiéndome el cigarro, tú, que siempre has renegado del tabaco; tú, que siempre venías a atosigarme con que tu mujer iba a morir de cáncer. Es irónica la vida, ¿verdad? En este invierno perpetuo en el que vivimos, el cigarro es mi único placer cotidiano. De todas maneras, tengo que reconocer que has aprendido a cocinar muy rápido, porque antes no pisabas la cocina; pero tranquilo, llegabas muy tarde de trabajar todos los días y a mí ha sido siempre algo que se me ha dado bien.

¡Cómo disfrutabas con mis comidas de fin de semana! ¿Recuerdas las Navidades del año pasado? Fue la última vez que tuve fuerzas para preparar la cena de Nochebuena, con tu ayuda, claro, pero todavía podía hacerla yo. Me alegraba mucho a la vez que me agobiaba verte tomando nota de todo: por fin te involucrabas en una de mis grandes pasiones, pero tomabas notas porque no sabías si al año siguiente tendrías que hacerlo todo tú, conmigo de convidado de piedra, como este año.

Pero, al menos, siguen viniendo todos, los cinco. No sé qué pasará cuando faltemos; toda la vida hemos intentado inculcarles el valor de permanecer unidos, ¿verdad? Pero tienen caracteres muy fuertes y conforme han ido creciendo he ido notando en ellos un independentismo frente al resto de hermanos que no me ha gustado nada. Aquí vienen y comen juntos, aunque algunos no se hablan entre ellos, lo sé. Te escucho cuando te vas a la cocina a hablar por teléfono. Cuando no puedes hablar, aprendes a escuchar.

Pero vienen a casa y fingen que no hay ningún problema, por mí. Demasiados fingimientos para una persona tan adulta como yo, a veces siento que me tratáis como a un niño pequeño, pero yo, a diferencia de ellos, me doy cuenta de todo. Sé, por ejemplo, que Jesús no está bien con Laura. Jesús, nuestro pequeño y el primero que se nos casó. No voy a hacer de madre dramática y decirle que se veía venir. Hemos vivido más que nuestros hijos y hemos cometido los mismos errores que ellos, hasta más incluso, y sabemos las respuestas; pero ellos quieren vivir a su manera y pocas veces nos han hecho caso. Ya lo decía tu madre: Nadie escarmienta en cabeza ajena. Y no se debería haber casado. Al menos con Laura, no.

Nunca pensé que reunirías el suficiente valor para decírselo; yo no pude, pero veíamos que ese matrimonio no tenía buenos cimientos. Una madre, y un padre, no te molestes, saben desde el principio cuándo una pareja es adecuada para su hijo; para eso los hemos criado y yo, incluso, hasta los he llevado dentro.

La tranquilidad que te aporta saber que está en buena compañía no la sentimos con Laura, pero ahora, ¿Qué hacen? Sin darse apenas cuenta se han visto rodeados por tres hijos, y cuando hay hijos de por medio vives más por ellos que por ti mismo, eso bien lo sabemos nosotros, que hemos pasado mucho. Siempre juntos y sin dudar un momento, por eso estamos aquí, cuarenta y tres años después de nuestra boda, viviendo este improvisado epílogo que nos ha cogido por sorpresa. Pero no pienso en la muerte, ¿sabes? Hay veces, no te lo voy a negar, que me gustaría terminar con todo, dormir, descansar y no despertar. Sé que no te gusta oírlo, que vas a estar ahí siempre, no sabes cuánto me gustaría estar ahí para ti también.

Me duele la espalda. Paso las horas en este sofá y no quiero molestarte cada vez que me apetece cambiar de postura, por eso lo intento yo sola aunque no te guste, sin embargo ahora mismo cambiaría con gusto. Pero estás tan embobado viendo el resumen del partido de ayer de tu equipo que no te quiero molestar.

- ¿Qué me miras? Llevas un rato que no me quitas el ojo de encima. ¿Quieres algo? Anda, acerca la boca, que te limpio.

PABLO POÓ

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18 oct. 2013

  • 18.10.13
Quizá si mi madre me hubiese llevado a tiempo al médico me hubiesen diagnosticado esa hiperactividad que todos imaginaban, pero de la que nadie hablaba con certeza y que yo, sufrido objeto de todas las miradas y comentarios, padezco desde que tengo memoria.

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Al principio quise ser escritor. La lectura de grandes éxitos editoriales me dejaba un regusto amargo en el pensamiento que no me producía la de los considerados clásicos de la literatura. "Eso soy capaz de hacerlo yo", rumiaba mentalmente mientras imaginaba un argumentario suficiente como para copar varias colecciones dedicadas sólo a mi figura, encumbrada ya a aquellas alturas del pensamiento a la categoría de best seller mundial.

Pero una sola vuelta por cualquiera de las desiertas librerías que me encontraba en mi camino me bastaba para darme cuenta de que no era el único que había pensado en ello y, además, por simple ley de vida, cada vez la competencia entre los que respiraban y los que ya no aumentaba de manera casi exponencial. "¡Maldito acceso a la educación!", llegué a pensar en alguna ocasión mientras empujaba o tiraba de la puerta de salida del establecimiento, según me indicase el cartel que en ella colgaba.

El boyante mundo de las aplicaciones móviles también me atrajo desde el principio. Desde el principio de su desarrollo, quiero decir, porque ya me pilló entrado en la veintena, época dorada de mis fabulaciones literarias, así que la pugna por hacerse un hueco entre mis ocupados pensamientos fue más dura de lo que a una mente multitarea pudiera suponérsele.

Siempre intenté basar los diseños de estas aplicaciones incuestionables en la resolución de los pequeños problemas del día a día en los que una cabeza tan ajetreada como la mía –no olviden que al principio les mencioné que creo que soy hiperactivo- repara con mucha más facilidad que otra convencional.

Pero se me planteaba tan ardua la tarea de aprender a programar procediendo de una familia y formación de letras, y había tantos millones de aplicaciones en las tiendas virtuales, que decidí arrinconar esta labor creativa y reconvertirla en pensamiento recurrente para las numerosas horas que paso al volante porque, no sé por qué, nunca me destinan cerca de casa.

Y así podría seguir rellenando páginas con una biografía que terminaría por agotarles físicamente aunque para su lectura no hubiesen abandonado en ningún momento el sillón. Pero, ya les digo, soy hiperactivo  –o eso creo- y ya llevo demasiado tiempo sentado escribiendo de lo mismo.

PABLO POÓ
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11 oct. 2013

  • 11.10.13
Realmente escogimos la democracia como modo de organizar el funcionamiento de las sociedades por descarte. La tecnocracia les debió parecer a nuestros archipasados demasiado excluyente, mientras que las tiranías nunca fueron bien vistas por aquellos que acababan enterrados en cualquier fosa; a veces nos ponemos de un exquisito…

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Siempre nos han dicho que la democracia es el poder del pueblo, y exaltamos a los griegos como mentes vanguardistas que ya practicaban, siglos antes de la venida del Mesías y sus repercusiones planetarias, un sistema de gobierno que sigue vigente; aunque deberían echar un vistazo a lo que los griegos consideraban “pueblo”.

Pero, en la actualidad, ¿a qué pueblo nos referimos exactamente cuando hablamos de democracia? Simplemente al que ejerce su derecho a voto. Entendemos que quien no vota –bien porque sea una conclusión a la que hayamos llegados nosotros solitos sin ayuda, bien porque a base de oírlo en tertulias de aquí y allá nos haya convencido la idea- pasa del sistema político y de contribuir a la gobernaza del país, condenándolo, de inmediato, a cuatro años de ostracismo y reproches: “¡Haber votado!”.

Y nos parecen tan normales las mayorías absolutas que sufrimos cada cierto tiempo simplemente porque un 20% del total de la población se ha puesto de acuerdo para votar a aquellos que defienden sus intereses o que consiguieron persuadirlos cuales flautistas de Hamelín.

Un poco de calma y reflexión. Si queremos democracia, debemos contar con todo el pueblo, con el que vota y con el que no. Votar es expresar tu preferencia por una de las opciones planteadas; no votar es poner de manifiesto la incapacidad de los actuales partidos políticos para representar tus intereses. Pero llamar “democracia” a un sistema que condena al 75% de la población a los intereses de un movilizado 25%, por favor.

PABLO POÓ
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4 oct. 2013

  • 4.10.13
TVE ha relegado al histórico y laureado Informe Semanal a la medianoche del sábado. Su lugar será ocupado por Uno de los nuestros, programa de entretenimiento conducido por Carlos Latre.

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La popularidad del programa de reportajes ha descendido hasta mínimos históricos lastrada por las polémicas surgidas tras la emisión de algunos como los del Caso Bárcenas o los escraches producidos ante las casas de algunos políticos populares.

La solución a esta vertiginosa caída en picado hubiera sido un replanteamiento del enfoque informativo con el que abordar los documentales, pero han preferido seguir emitiendo reportajes perniciosos, sesgados y manipulados antes que dar entrada en la rancia televisión pública popular a la imparcialidad y el buen hacer democrático informativo.

Ya poco les queda por arrebatarnos: primero nos robaron la confianza que depositamos en unos mandatarios que pedían el voto con un programa electoral cargado, no ya de falsas promesas, sino directamente de mentiras. Más tarde desmontaron ante nuestras narices un Estado del Bienestar que tardamos décadas en construir. El único resquicio de libertad que nos sigue quedando es el derecho a recibir una información veraz, imparcial y contrastada.

Pero estamos ya tan hechos a su medida que cedemos sin luchar. Aunque realmente creo que no luchamos porque no somos conscientes ni de que nos están robando ni de la importancia de su botín.

Adiós al análisis de la actualidad más allá de las opiniones de cuatro tertulianos mercenarios predicadores de doctrinas de usar y tirar. Bienvenido sea el humor de Carlos Latre. Seremos borregos, pero borregos sonrientes.

PABLO POÓ
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20 sept. 2013

  • 20.9.13
El pasado once de septiembre se abrieron oficialmente las bolsas de trabajo para los profesores interinos de enseñanza secundaria planteando un panorama muy distinto al del curso pasado, que supuso la no contratación de casi cinco mil profesionales docentes.

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El reparto de un número significativo de vacantes –plazas de profesor sin ocupar en un determinado centro- durante el verano ha propiciado que muchos que el año pasado tardamos tanto en ser llamados que casi se nos echó el final de curso encima, este curso estemos ya a punto de comenzar a trabajar en algún instituto de Andalucía.

Sin embargo, las cosas se siguen haciendo mal y cientos de interinos sufren personalmente las consecuencias de un reparto de plazas a todas luces injusto, veamos.

En estas primeras semanas de curso aún siguen existiendo numerosas plazas vacantes –las más interesantes, puesto que suponen ocupar un puesto de trabajo durante un curso completo-. Esto es debido a que en algunos centros aún no se han cubierto las que fueron ya anunciadas y a que, una vez hecho el reparto de alumnos por clase, surge la necesidad de crear un grupo nuevo que habrá de ser atendido por nuevos profesores.

El problema se crea cuando, en estas primeras semanas de apertura de la bolsa, la Consejería de Educación reparte tanto vacantes –curso completo-, como sustituciones, que pueden ser de dos meses, dos semanas o vaya usted a saber…

Las bolsas de trabajo están ordenadas jerárquicamente en función de una serie de méritos baremados, de manera que a aquellos que ocupan una posición superior, en virtud de dichos méritos, les debe corresponder una vacante antes que a los de las posiciones inferiores, ya que para eso ocupan los primeros escalafones de las bolsas.

Pero la CEJA, saltándose este criterio jerárquico de ordenación, está repartiendo indiscriminadamente un tipo de plazas y otras, de manera que, en virtud de la suerte y el azar, alguien situado, pongamos, en el puesto 180 puede obtener una plaza mejor –hablamos siempre de duración del contrato, no de calidad del centro-, al ser una vacante, que a alguien que, en el puesto 50, le hayan ofrecido una sustitución corta, de un mes, por ejemplo.

Lo cabal y justo sería repartir al principio todas las vacantes entre aquellos que ocupan los primeros puestos de las bolsas de trabajo docentes y, una vez agotadas, comenzar con las sustituciones. Con el actual sistema, ¿qué beneficio obtengo al situarme en los puestos superiores en función de mis méritos personales? De locos, como siempre.

PABLO POÓ
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13 sept. 2013

  • 13.9.13
Echando una ojeada a las ofertas de empleo que se publican diariamente en prensa e internet, se da uno cuenta de que el inglés lo exigen ya hasta en trabajos en los que cuesta imaginarse ese momento en que de verdad se haga preciso su uso.

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Parece que el dominio de un idioma extranjero se ha impuesto como marca personal de un nivel formativo adecuado más que como herramienta necesaria, en algunos casos.

Hablar un inglés duodenal no debería ser motivo de mofa y escarnio para nadie, no todos hemos tenido la oportunidad de formarnos con igualdad ni de medios ni oportunidades; pero cuando la que habla un inglés que nació después de los dolores es la alcaldesa en persona de la capital de España defendiendo una candidatura olímpica ante el Comité Olímpico Internacional y, a la postre, de millones de personas de todo el mundo espectadores de un evento retransmitido, la cosa cambia.

La marca España, concepto abstracto, interesado y partidista donde los haya, se hace más evidente que nunca en actos en los que un alto representante de todos los españolitos de a pie se permite el lujo de hablar un inglés fistro sin ningún tipo de complejo.

Viendo hablar a la señora del amigo de Bush sentí pena y vergüenza ajena, esa que nos vemos abocados a padecer cuando alguien carente de sentido del ridículo delega en nosotros una ruborización que no nos corresponde.

Pero si yo fuera madrileño, más que por el lamentable nivel de inglés de alguien que, probablemente, no haya necesitado hablarlo en su vida para llegar donde ha llegado, me preocuparía por los recortes en servicios sociales que está llevando a cabo, me preocuparía por el modelo de sociedad que están creando estos adalides del neoliberalismo y porque se vea como algo normal ir en coche oficial a la peluquería.

PABLO POÓ

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6 sept. 2013

  • 6.9.13
La jugada es de una mezquindad tremenda, no sólo teniendo en cuenta al cabeza visible del ministerio, sino a toda la pléyade de asesores y consejeros implicados en ella que vaya usted a saber su currículo y la manera en la que llegó a dicho cargo.

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La drástica reducción de becas universitarias ha reabierto el debate sobre la idoneidad de la fórmula de concesión de las mismas y la meritocracia individual de cada aspirante. La conclusión parece clara: los únicos zoquetes que se pueden permitir tener un grado universitario son los ricos, que se pueden pagar sus estudios en cualquier universidad privada.

Se ha criticado que los alumnos con mayores dificultades para el estudio de un determinado grado –carrera universitaria- saturen sus cursos académicos con un número de asignaturas a las que seguro no podrán hacer frente. ¿Sabían que para poder optar a una beca universitaria el alumno ha de matricularse, obligatoriamente, de un número determinado de créditos –horas de clase, se traducen en asignaturas- que marca el ministerio?

El irresponsable, quién es, entonces. ¿El que obliga a un alumno a matricularse de un número de asignaturas a las que no podrá hacer frente para que opte a una beca que no le van a conceder porque no aprobará el número mínimo de ellas? ¿o el alumno que se ha visto obligado a plantearse un curso académico insuperable antes de abandonar sus estudios por motivos económicos?
Cada cual debería tener la libertad de plantearse un curso académico a su medida en relación a sus capacidades académicas y tener la posibilidad de estar becado por ello.

Como siempre ocurre en todos los casos, hay casos deshonestos, muchos, que deberían ser evaluados individualmente por el profesor de turno en un informe que avalara o contraargumentara la concesión de una beca para una determinada asignatura.

PABLO POÓ
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