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3 mar. 2015

  • 3.3.15
Uno de los mayores errores al realizar un análisis o, peor, un juicio, es aislar los hechos y conservarlos en metacrilato. Para hablar con propiedad, hay que contextualizar los hechos, ponerlos en relación con otros, y hacer juicios moderados, pero precisos. Lo demás es charla de panadería, con los debidos respetos a los panaderos y sus clientes.

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Hace unos días, cuatro descerebrados emitieron cánticos favorables a la violencia de género en el Gol Sur del estadio Benito Villamarín. Fue un cántico compartido por tan pocas personas, que ni muchos que estaban en el estadio se percataron de tan vergonzoso comportamiento.

De hecho, como indica el comunicado emitido por la directiva del Real Betis Balompié el pasado día 25 de febrero: “[…] tampoco algunos celosos opinadores a más de 542 kilómetros de distancia ni otras partes muy interesadas comunicaron nada relativo a estos cánticos con anterioridad a la publicación del vídeo citado, ni denunciaron ante otras instancias ni trasladaron al Real Betis Balompié nada relativo a estos cánticos”.

Una persona sube a Youtube un vídeo que refleja dichos cánticos (que por cierto, técnicamente plantea muchas dudas), y explota la bomba a nivel nacional. La directiva bética responde pronto, expresando su rechazo a los cánticos y su apoyo a la Justicia, y empieza a surgir la opinión de que hay que cerrar el estadio.

El pasado 25 de febrero, la Comisión Estatal Contra la Violencia, el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia en el Deporte, más conocida como la Comisión Antiviolencia, propone a la Federación Española de Fútbol el cierre parcial del estadio. Concretamente, el Gol Sur.

Hasta aquí, los hechos. Y si practicáramos ese fácil ejercicio de reducir los hechos a eso, acontecimientos aislados, el juicio es claro: aunque paguen justos por pecadores, poco es que se cierre sólo parte del estadio.

Sin embargo, la realidad es compleja. No hace falta remitirse a los clásicos de la Filosofía para hacer ver, si es que hace falta, que los hechos nunca están aislados, y que la memoria está, entre otras cosas, para emitir juicios más o menos correctos o adecuados. Y eso es lo que hace en estos momentos el aficionado bético. Hacer memoria de lo pasado, y expresar su hartura a través del hashtag #ElBetisSeRespeta, pues no tiene más medios para hacerlo.

Lo cierto es que, si se cumpliera la amenaza, no sería la primera vez que al Betis le cierran parcial o totalmente el estadio. Fueron destierros y sanciones más o menos justas, que el Betis acató. Pero mientras, han ocurrido otros hechos que los ignorantes, los desmemoriados o, directamente, los defensores de la injusticia, obvian. No vamos a hacer un listado de todo lo que ha ocurrido en los campos de fútbol de España, pero sí de algunos de los eventos más importantes. No son acusaciones, sino hechos probados y sabidos por todos.

¿Hay algo más precioso que la vida humana? Radicales del Atlético de Madrid han matado ya a dos personas: Aitor Zabaleta, seguidor de la Real Sociedad, y Francisco Javier Romero Taboada, Jimmy, un ultra del Deportivo de la Coruña. Entre cánticos, estos desalmados han llegado a cantar: "Aitor Zabaleta, era de la ETA".

Pero especialmente dolió a los sevillanos, independientemente de su color, el cántico “Ea, ea, Puerta se marea”. Antonio Puerta fue un jugador del Sevilla F.C. que cayó inconsciente defendiendo su camiseta en medio de un Sevilla-Getafe, y que murió al día siguiente para consternación de toda la capital andaluza.

Los ultras del Atlético de Madrid han llevado a cabo numerosas fechorías, y han llegado a demostrar actitudes violentas en el mismísimo campo de entrenamiento del Atlético de Madrid. A pesar de la repercusión social de tales actos, no se tocó el Calderón.

En estadios vascos se han emitido cánticos pro-etarras, y aficionados del Athletic de Bilbao y del F. C. Barcelona han pitado el Himno Nacional. En el Camp Nou se han tirado mecheros, e incluso una cabeza de cerdo. Sin sanciones. Aún se pueden oír gritos racistas e incluso los odiosos chillidos onomatopéyicos de los monos para insultar a jugadores de raza negra en diversos campos de fútbol. En Villarreal se ha llegado a tirar plátanos a estos jugadores, con sólo una sanción de 120.000 euros. Y un largo etcétera.



Si en estos campos no ha ocurrido nada, ¿cómo puede tomarse el aficionado bético que se le cierre parcialmente el Villamarín? Algún iluminado puede decir que "por alguno hay que empezar". Pero ese argumento, de nuevo, se desmorona ante los hechos. El Betis ha sido desterrado tres veces de su estadio en veinte años, si es que no se nos olvida alguno, por no hablar de distintas multas y sanciones menos gravosas.

En 1996, precisamente tras un Real Betis Balompié-Atlético de Madrid, fue desterrado de su estadio por el Comité Antiviolencia, por hechos violentos ocurridos durante este partido de Copa del Rey. En 2002, en el Colombino, el Betis alcanzó una gran victoria contra el Fútbol Club Barcelona, en lo que fueron tiempos mejores.

En 2007, el todavía Ruiz de Lopera fue clausurado tras un partido de Copa con el eterno rival. Todo esto, si no se deja nada en el tintero, y teniendo en cuenta el daño que le supuso al club tanto a nivel de imagen como a nivel económico.

Por tanto, esto de cerrar campos de fútbol no es nada nuevo. No se empieza con nadie. Se empezó hace mucho. El aficionado bético siente un agravio comparativo, que se suma a otros hechos acontecidos en los últimos años y que han demostrado que el Real Betis –y los equipos andaluces en general– es un cero a la izquierda en Madrid.

¿Por qué ejemplarizar con el Real Betis Balompié? Sencillo. El Real Betis Balompié es un equipo grande que pasa por malos momentos desde hace tiempo. A pesar de estar en Segunda División y de vivir en una ciudad dividida, la pasada semana rebasó los 37.000 socios, y atesora en su sala de trofeos una liga y dos copas del Rey, entre otros muchos premios.

Paradójicamente, su peso como institución sólo es comparable con su absoluta falta poder de acción en la Real Federación Española de Fútbol. Un equipo al que, si molestas repetidamente, no te hace daño, pero que te garantiza una repercusión mediática. ¿Alguien se imagina cerrado el Calderón, el Camp Nou o el Bernabéu? Y de ahí viene hablar de respeto.

El aficionado bético está conforme con que se atrape a aquellos que han llevado a cabo los cánticos, y si en España hubiera justicia deportiva, no vería mal el cierre parcial de su estadio, si finalmente se ejecutara. Lo que no puede hacer es quedarse impasible ante su papel de cabeza de turco, mientras que los responsables siguen yendo al estadio y en otros campos se hacen auténticas barbaridades. El aficionado no puede permitirlo, ni la directiva.

Dicho esto, sólo queda hacer una afirmación a cocineros sin gracia, a ignorantes y a feministas que no ven más allá de un libro de Simone de Beauvoir (con mis respetos a esta gran mujer, que sí sabía de lo que hablaba, a diferencia de las tres cuartas partes de las feministas que la evocan): la libertad de expresión no es excusa para decir lo que a uno le dé la gana, sino la oportunidad de que todos hablen con propiedad para construir un país mejor. Úsese sin moderación alguna, mientras se hable con argumentos y con conocimiento de causa, dejando de lado el juicio fácil y la demagogia, por muy de moda que esté.

M. J. MOLINA / REDACCIÓN


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