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24 feb. 2015

  • 24.2.15
Vuelvo al tema del terrorismo por dos valores que creo importantes y un tímido deseo. La libertad, ya sea de expresión, religiosa, civil o política y la tolerancia que, ante todo, rechaza cualquier acción violenta. Parece que el lápiz puede volver a tener punta con la que trazar una serie de rasgos de humor, ironía y si hace falta sarcasmo. Charlie Hebdo volverá en breve a dar la batalla de la libertad de expresión. ¡Buena noticia!

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Vivimos en un mundo heterogéneo y plural. La diversidad étnica, ideológica, cultural, social o religiosa debe estar cobijada bajo el paraguas del pluralismo. En una sociedad plural no puede ni debe prevalecer la representación monopólica de un solo sector, sea ideológico o religioso, sino que la autoridad debe cimentarse a partir del razonamiento y el debate.

Se trata, por lo tanto, de ampliar la base del diálogo, lo que no significa tener que estar plenamente de acuerdo con el otro. La esencia de una sociedad democrática está en la diversidad y, dentro de ella, debemos atenernos a normas y reglas de juego, es decir a los principios marcados por la mayoría.

El meollo de la cuestión estriba en que oponerse a la interculturalidad es una quimera, un darse de golpes contra el gran muro de la globalización. No se puede poner puertas al campo ni olvidar que existen dificultades para conseguir mejores cotas de convivencia. ¿Problema? En Occidente parece que va calando la idea de convivir, compartir, aunque actos como los últimos vividos en Francia consiguen que retrocedamos unos pocos de años.

Esta es la punta de lanza que se clava alevosamente sobre todo intento de integración y multiculturalismo. Los detractores dirán que quien no quiera integrarse que se quede en su tierra; hasta dirán que somos blandos y estamos perdiendo terreno. ¿Solución? Difícil pregunta que aun costará sangre.

No pretendo napar esta información con lindezas. La realidad es la que es. Hay buena gente en todas partes, personas que no se les siente porque no montan “la pirula”. Son esas a las que solemos llamar la mayoría silenciosa.

Ciertamente ese amplio grupo de personas, simplemente busca vivir y que le dejen en paz, que no le compliquen la vida. Alguien podrá pensar, y puede que con razón, que esa postura es muy cómoda pero no se puede negar el derecho a vivir lo más tranquilos posible. Esa mayoría silenciosa es la que trabaja, sufre y mantiene con su esfuerzo todo el andamiaje.

Cierto que también hay mala gente, muy mala y que cuando monta un “cipostio” se nota en todo el planeta. Son gentuza a la que les importa tres pitos las ideas, los demás y el daño o quebranto que puedan causar. Morralla que se disfraza de lo que sea para destruir por fanatismo, odio, desprecio de la vida –del otro, se entiende–. Ese rebaño embucha entre nosotros y en cualquier otro cubil. Esa chusma ha existido a lo largo de los tiempos y en cualquier rincón de la tierra. París, Madrid, New York, Londres pueden dar fe de ello.

Tampoco vale que cualquier mentecato argumente que dichos actos sanguinarios han ocurrido porque Occidente está masacrando a quien le viene en gana. Dichos lerdos da la impresión que recurren a la Ley del Talión cuando les interesa y eso nos comportaría consecuencias aún peores, más atroces. Incluso dichos sandios hasta defienden que los macabros vídeos que circulan sobre el tema son un montaje interesado.

Esto me hace retomar el trasfondo de los atentados de Paris. La clave era un pretendido humor irreverente. La realidad una masacre amparada en la sinrazón, máxime cuando el germen provocador es una idea escudada en unas creencias, en este caso o pudiera ser un proyecto político manejado por un tirano, en pro de otras circunstancias.

Recojamos los trozos del grafito arrancados a ese lápiz que jugueteaba creando sonrisas en los lectores con su toque de fina ironía y a veces de sarcasmo. Jugaban a defender la libertad de expresión aunque pueda molestar, lo que no significa ofender.

El humor es la pimienta que da cierto sabor picante a la monotonía diaria. Poner humor a los diversos momentos del día es darle sabor a la rutina. Es la válvula de escape por la que expulsamos malos tufos. Como botón de muestra, cercano a nuestro entorno, están las chirigotas de los carnavales en las que, con gracejo y cierta socarronería, nos reímos de todo lo que vuela. Las comparsas carnavalescas, en nuestro caso, son un ejercicio de risoterapia que salpimienta amarguras. Los psicólogos nos recuerdan que la risa es sana y prolonga la vida.

El humor es incorrecto en la medida que ridiculiza situaciones e incluso personas pero su esencia es divertir, porque caso contrario no sería humor. Ahora bien, ser incorrecto y divertido no significa ser ofensivo. ¿Puede el humor llegar a ser ofensivo? Depende de la trascendentalidad que le concedamos al tema tratado.

Otro cantar es que el personal, determinado tipo de personal, esté tan sensible que no admita, bajo ningún concepto, la posibilidad de hacer parodia con cuestiones que creen sagradas e incuestionables, –por supuesto para ellos–, y en ese caso el límite estaría a capricho y la censura al acecho. ¿Debe haber un límite? Una cuestión queda patente: ¿Pensamiento único? ¡No, gracias!

Debería quedar claro que cuando se critica una idea no se está insultando a la persona que defiende dicha idea, caso contrario perderemos de vista que el respeto se le debe a las personas. Pero ¿todas las opiniones son respetables? El filósofo Fernando Savater defiende que no todas las opiniones son respetables. Respetables son las personas, no las creencias en sí mismas. Todas las religiones merecen ser respetadas pero nunca se deben imponer, aunque ésta no sea ni haya sido la trayectoria de muchas de ellas.

Laicismo frente a religión es la meta y el desafío a conseguir en nuestro entorno y sería deseable que en muchos otros países. La religión es un universo de creencia que cada individuo debe vivir hacia dentro.

Esta asignatura la tenemos pendiente en nuestro país porque, aunque en teoría somos aconfesionales, en la práctica la religión católica copa el terreno. El problema se mueve entre un histórico celo exclusivista y un negarse a que entren en el juego otras religiones. La clave podría ser: ¡todas a sus templos! Es decir, “cada uno en su casa y dios en la de todos”.

El gran problema es haber hecho de la religión el banderín de enganche de una multitud que, necesitada de líderes, ansía un edén aun a riesgo de la propia vida. El mal llamado Estado Islámico seguirá haciendo de las suyas mientras consiga fanatizar a gente que no tiene nada que perder y crean en un paraíso preñado de bellas y fulgurantes náyades o huríes. El caballo de batalla para Occidente es la libertad de expresión que ha costado mucho conseguirla, en tiempo y en vidas.

Una espina enquistada. Tras los hechos de París queda el regusto amargo de pensar que hay muertos de primera y segunda categoría. Las víctimas de enero eran de primera porque habían sido sacrificadas por defender la libertad de expresión. Vamos, lo mismo que ocurrió en España cuando el atentado de Atocha. Madrid solitario en sus víctimas, sin líderes mundiales, vivía esos momentos sorbiendo su rabia hacia dentro.

Aquello no atentaba contra la libertad de expresión. Era una masacre indiscriminada que dejó 191 muertos y más de 1.800 heridos. Era un ataque frontal contra unos ciudadanos inocentes de todo pecado político o religioso que iban a sus quehaceres diarios. Aun hoy duele aquella herida.

La grandeza de un pueblo como Francia reside en que los muertos eran de todos. Recomiendo el libro ¡Matadlos! de Fernando Reinares, catedrático de Ciencias Políticas, en el que analiza todas las claves de la matanza de Atocha. Y como cierre, un pensamiento para la reflexión. El fanático intolerante esculcará en El Corán, en los Evangelios o en La Torá motivos para justificar sus actos de atrocidad y muerte. Recomiendo darle una lectura al artículo Religión y violencia.

PEPE CANTILLO

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