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21 feb. 2015

  • 21.2.15
Leer a Cortázar siempre es sorprendente y, en mi caso, una clase de narrativa. En el relato que esta semana os recomiendo, don Julio utiliza un narrador en primera persona, protagonista, que nos va contando sus impresiones sobre un tema concreto: su autodestructivo amigo Johnny Carter, un jazzman que busca la eternidad con su música, que se enreda en sus pensamientos esquizofrénicos, fruto de una existencia disoluta, aderezada de drogas y alcohol.

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El protagonista es Bruno, un crítico de jazz, del que no sabemos prácticamente nada. Ni su nacionalidad, ni su aspecto físico y tampoco conocemos mucho de su carácter. La única cosa que él nos cuenta de sí mismo es la atracción inexplicable que siente por la vida gris y caótica de un ser que produce de vez en cuando momentos brillantes que salen de su saxo y que producen tanta luz que llegan incluso a iluminar su lado oscuro. Esos momentos muestran la parte inmortal del músico, de Johnny.

Solamente los creadores, los artistas son eternos, ya que sus obras quedan en la memoria colectiva durante generaciones. Como antes lo eran los guerreros de la antigüedad. Me ha encantado la forma en que el autor hace pasar el tiempo. Utiliza un futuro que nos lleva volando de un punto a otro de la historia, como si en cada frase arrancáramos varias hojas de un calendario imagionario.

Cortázar nos muestra, cómo no, su fascinación por París, fascinación que yo comparto. Como seguro sabéis, él era argentino, pero eligió la ciudad de las luces para vivir. Nos invita a pasear una madrugada por sus calles, en compañía de estos dos amigos, que se necesitan mutuamente.

En un punto de la narración nos sitúa en el barrio de Saint-Germain-de-Près, que en la actualidad conserva esa vida que Julio refleja en sus páginas. Os recomiendo un café en uno de sus establecimientos de grandes cristaleras. Sentaos cerca de una de ellas y contemplad sus calles llenas de gente.

El ambiente es un poco “bobo”(la traducción sería burgués-bohemio). Si la noche os acompaña, andad hasta Saint Michel, cruzad el Sena y admirad de frente la gran dama de París: su catedral. Yo podría seguir hasta el infinito recorriendo sus calles…

Os dejo con la maravillosa descripción que hace Cortázar del sentimiento que produce la música. “…las manos que marcan el ritmo, las caras que se aflojan beatíficamente, la música que se pasea por la piel, se incorpora a la sangre y a la respiración…”.

No se me olvida la recomendación musical: en este caso doble. Una del café que lleva el nombre del barrio que os he mencionado y la otra, es un recopilatorio de Charlie Parker, músico cuya vida se dice que inspiró a Cortázar en la creación del personaje de Johnny.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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