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22 feb. 2015

  • 22.2.15
The Legend of Zelda: Ocarina of Time levantó pasiones en 1998. Era lógico: Link, Zelda, Ganondorf y el resto de iconos de la famosa franquicia de Nintendo se trasladaban a un mundo en 3D, dejando a un lado los planos cenitales de las anteriores entregas. Se trataba de una revolución técnica sin precedentes, ante la cual los usuarios cayeron rendidos sin oponer resistencia.

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Por aquella época concreta, Nintendo no estaba terminando de obtener buenos números. PlayStation había llegado al mercado pisando fuerte, arrebatando clientes que, por tradición, habían pertenecido a la firma de Mario Bros. o a SEGA. Ahora eran tres a repartirse el pastel, algo que se notó. Para sacar a flote la sobremesa del momento, Nintendo 64, necesitaban de otro gran juego que obligara a los amantes del videojuego a adquirir esta consola. Lo tuvieron claro: The Legend of Zelda era la clave.

Pero no todo era tan sencillo como podría parecer. Y no lo decimos porque Link se hubiera tomado unas vacaciones tras su periplo por Hyrule. Más bien aseguramos esto por las condiciones y presiones bajo las cuales se tuvo que trabajar para que este nuevo juego estuviera a punto.

La primera, de la cual surge la próxima problemática, era el factor tiempo. Antes de que pasaran más meses en los que los números no fueran favorables, había que poner en el mercado este software. El plazo que desde la cúpula de la Gran N se le concedió al equipo de desarrollo fue el de un año. En apenas 365 días debían tener listo un juego completamente nuevo. La labor parecía una odisea.

Consecuentemente, en tan poco tiempo habría que reutilizar gran parte del material de Ocarina of Time para que diera tiempo a que todo estuviera preparado para la fecha. De llegar a ponerse a construir otro tipo de elementos, habrían superado con facilidad los dos años. Con poco margen y utilizando partes del trabajo anterior, ¿cómo iban a conseguir elaborar algo realmente inédito? Dando una perspectiva nueva, pero sobre todo contraria a todo lo visto hasta entonces. Nació el concepto de The Legend of Zelda: Majora's Mask.

En esta aventura, el Héroe del Tiempo tenía que evitar que la Luna se cayera sobre la región de Términa en el corto periodo de tres días a manos de Skull Kid, el máximo enemigo y poseedor de la tenebrosa Máscara de Majora. Por primera vez –hasta el momento, la única– no debíamos rescatar a la princesa Zelda, sino que nuestro objetivo era evitar que el mal acabara con el mundo. La premisa de la que se parte ya es bastante inusual, pero no todo queda aquí. Hay muchas piedras que examinar por el camino.

Majora's Mask es, sin lugar a dudas, todo lo contrario a Ocarina of Time, debido precisamente a la intención de diferenciarse polarmente a su predecesor. Donde Ocarina ponía luz, Majora pone sombra, donde uno ponía alegría, el otro, nostalgia.

Esta secuela está envuelta por un halo indescriptible, casi místico, que transmite constante e incesantemente una sensación de nostalgia y pesadumbre perpetua. En pocas ocasiones estaremos ante situaciones felices, ya que, en su mayoría, tanto Link como el resto de habitantes de la principal localización, Ciudad Reloj, están cubiertos por una capa de pesadumbre que permanece de forma constante.

Es este el motivo por el cual, a pesar de ser bastante recordado, nunca ha tenido el éxito que tuvo el título del 1998. Exactamente, esta obra vendió la mitad de lo que hizo la primera aventura en 3D del hyliano, culpa en gran parte de esta ambientación tan sombría. La otra mitad se debe a lo repetitivo de su mecánica: volver al primer día casi cada hora, borrándose gran parte de tus avances por el camino, no era un plato de gusto para todos. La paciencia tiene un límite.

Nintendo, curiosamente, vuelve a retomar ahora esta aventura por petición de los jugadores. La mayoría de los que no entendieron la profundidad de este cartucho, con un aura único y repleto de misiones secundarias interesantes, ahora superan la veintena y están dispuestos a disfrutar de lo que es capaz de ofrecerles.

El remake The Legend of Zelda: Majora's Mask 3D llega a Nintendo 3DS con unos gráficos vistosos, que captan mejor que nunca los ciclos día-noche y algunas renovaciones jugables como la revisión del Cuaderno de los Bomber, donde se especifica las tareas que nos quedan por solucionar.

Skull Kid puede que nunca tuviera una recepción especialmente amplia, pero no subestiméis este título. Es el más sorprendente de toda la saga y el que más satisfechos os dejará. Si es que no tenéis miedo de darle una oportunidad, claro.

SALVADOR BELIZÓN

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