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21 ene. 2015

  • 21.1.15
Hay dos rasgos que contrarrestan la soberbia del hombre y lo relegan al lugar humilde que ocupa en la realidad, donde manifiesta la insignificancia de su existencia gracias a la risa y la muerte. Estos dos rasgos, la capacidad de reír y la consciencia de la muerte, son atributos exclusivos del ser humano, junto al lenguaje recursivo, que lo diferencian del resto de los seres vivos, puesto que ningún animal es capaz de mostrar la emoción que se expresa con la risa –aunque las hienas parezcan emitir un sonido que se asemeja– y ninguno asume la muerte como finalidad biológica que perturba su presente y condiciona su futuro.

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Sin embargo, en el hombre la risa tiene la virtud de relativizar los condicionantes del vivir, incluida esa desaparición definitiva que a todos nos persigue, y aliviar el desconsuelo racional de nuestra inevitable irrelevancia. Si la risa nos rebaja los humos, la muerte, con su perturbadora presencia, nos conduce a la modestia al enfrentarnos con esa finitud inesquivable que determina nuestra real y minúscula importancia, sin más trascendencia que la nada.

La risa es expresión de alegría y felicidad. La muerte significa la finitud de la existencia. Ambas expresiones nos aligeran el carácter trágico de la vida al exigirnos la reconciliación con nuestra condición de mortales insignificantes.

La primera es resultado de la felicidad, una felicidad que se consigue más fácilmente cuanto menor es el deseo de riqueza. Y la segunda nos predispone a otorgar el máximo valor a la vida humana al reconocerla única e irrepetible, despojándola del deseo absurdo de inmortalidad.

La risa y la muerte nos muestran, así, el privilegio y la condena de vivir, permitiéndonos asumir con “deportividad” esa limitación espacial y temporal de la existencia que se nos antoja intolerable.

Por ello, no es exagerado decir que nuestras vidas transcurren entre la risa, que esbozamos en cuanto empezamos recién nacidos a reconocer nuestro entorno, y la muerte, que amortiza nuestro contrato con la existencia. Ambas expresiones, ambos extremos, nos posibilitan enfrentarnos con el presente y sus adversidades y afrontar un futuro en el que puede sobrevivir nuestra memoria a través de la cultura.

Que la felicidad no la da la riqueza es algo reconocido aunque no sea muy aceptado. Pero puede ser constatado. De hecho, según un estudio reciente realizado a finales de 2014 entre 64.000 personas en 65 países del mundo, se detecta que Europa, perteneciente al primer mundo rico y desarrollado, es el continente con más ciudadanos tristes, y que África, asolado por la pobreza y las epidemias, es en el que la gente se declara más feliz y donde un 83 por ciento de sus habitantes encara la vida con una sonrisa.

Ello no evita que, quizás, sea también en la risueña África, con toda seguridad, donde la mortalidad alcanza sus mayores cotas a edades tempranas y por causa de toda clase de infortunios. Pero la muerte y la risa se alían allí contra la adversidad existencial para no privar de felicidad y resignación a los africanos.

La contradicción ontológica de la muerte, que imprime trascendencia a la vida al agotarla, no implica la renuncia a la felicidad ni a intervenir en el futuro mediante nuestros hijos –de ahí el deseo de reproducción para perpetuar la especie– y nuestras obras. Como escribe Augusto Klappenach en Defensa de la muerte, “las pirámides de Egipto no se habrían construido sin la muerte”.

La risa y la muerte, por tanto, nos reconcilian con nuestro tamaño vital de pura insignificancia, pero sin conferir a la vida humana una pulsión inútil, como creía Sartre. La grandeza de la vida humana está determinada por su finitud y por esa capacidad racional de ser autoconsciente de sus propias limitaciones espacio-temporales, es decir, de la muerte.

De esta manera, cuenta con la mejor de las disposiciones para encarar cada uno su mejor vida posible, la buena vida que Ortega y Gasset llamaba vocación, asumiendo la verdadera dimensión humana, lo que nos libera de prejuicios, temores infundados y afanes baldíos que nos impiden alcanzar una vida plena, entre la risa y la muerte.

DANIEL GUERRERO

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