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18 ene. 2015

  • 18.1.15
El planeta era más rojo que Marte. La teniente Garrido ajustó la frecuencia de la radio del vehículo. No era una misión rutinaria, por lo que puso toda su atención en la preparación del transporte y la conexión con la base Delta 2, de la que procedía. Las cuestiones existenciales que la asaltaban cada vez que ponía un pie fuera del complejo eran para otro momento.

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Hacía cuatro días terrestres habían perdido la conexión con la base Delta 3, en el hemisferio norte del planeta. Al primer retraso, informaron al control Tierra lo sucedido. La respuesta llegó cuatro horas más tarde. Debían esperar a recibir una señal. Si en el plazo de una semana no acontecía, tendrían que enviar a una patrulla. Pero finalmente la base Delta 3 se puso en contacto con ellos y se reanudaron las actividades con normalidad. La teniente Garrido acudía para hacer un informe de la situación, desconfiando de los que le habían llegado.

Montó en el vehículo, ajustando los niveles de oxígeno para poder quitarse casco. La agobiaba cuando estaba en espacios cerrados. Activó la radio y el cabo saludó para comprobar si le oía bien. Garrido respondió, sin olvidarse de anunciar en todo momento lo que estaba haciendo y viendo. En caso de que se perdiera, lo último que dijera podría ser importante. Terminó de preparar el vehículo y arrancó, levantando la tierra roja a su paso.

Para ella, las huellas que dejaba atrás eran una equivocación. El planeta no había conocido la vida en ningún momento de su historia. Era una gran roca arenosa roja, con un sol aun más rojo, que orbitaba perezosamente a la espera de que llegara su fin. No había vida ni recursos especialmente útiles, estaba a más años luz de la Tierra de lo que a Garrido le gustaba y la misión establecida era secreta. Un planeta así debería haber sido obviado en la búsqueda de recursos o zonas de colonización. Pero los mandos lo habían encontrado útil para investigaciones peligrosas.

La teniente Garrido apenas conocía a los ocupantes de la base Delta 3 personalmente. Enviaban cada dos días a una cuadrilla para corroborar que la situación estaba bien. Eran unas dieciséis personas encerradas en una base, casi sin contacto con el exterior. Podían surgir complicaciones. A la teniente le costaba a veces que los soldados a su cargo no se pelearan o cayeran en la indisciplina, por eso aprobaba que los científicos, menos acostumbradosal aislamiento espacial, recibieran aquellas visitas para controlar que no se volvían inestables.

Pero algo había ocurrido y necesitaba saber el qué con exactitud.

La teniente Garrido estableció contacto con la base Delta 1, que estaba en órbita. Sólo tres personas la ocupaban, técnicos todos. Informaron sobre las lecturas de sus radares. La base Delta 3 funcionaba con normalidad, no como hacía cuatro días, cuando de repente se apagó por completo. Eso quería decir que o bien nada funcionaba en ella o bien habían bloqueado el radar de alguna forma.

Habían esperado que fuera lo segundo, pero los investigadores afirmaron a la primera cuadrilla que se presentó allí que había sido un mal funcionamiento provocado por un accidente en el laboratorio, accidente que ya estaba controlado. Desde la base Delta 1, los ingenieros señalaban que no se lo creían, pues el sistema eléctrico estaba aislado y los laboratorios tenían sus propios generadores de energía. El cabo, desde la base Delta 2, se unió a la conversación:

–Está claro que están investigando armas y que se les ha ido de las manos.

–¿Tú crees? Bueno, el planeta no sirve para otra cosa, ¿no? –respondió un ingeniero, llamado Abel.

–¿Y por qué iban a investigar eso aquí? –preguntó una segunda ingeniera llamada Abigaíl.

–Puede que sean químicas –dijo el cabo.

–Absurdo, no podrían probarlas entonces –sentenció el primer ingeniero.

La teniente Garrido no les mandó callar a pesar de que la irritaban. Ella también tenía curiosidad por lo que estuvieran haciendo los investigadores en la base Delta 3. Pero no podía decirlo en voz alta. Su única misión era vigilar que no les pasara nada. Algo había ocurrido y tenía que comprobar qué.

Contravenía las órdenes acudiendo sola, podía acabar enfrentándose a un tribunal de guerra por ello. Por eso había decidido no permitir que la acompañaran. No iba a arriesgar a su pelotón, sólo asegurarse de que los científicos habían dicho la verdad, verlo todo con sus propios ojos y redactar un informe. El elemento sorpresa era necesario para evitar que la engañaran antes de llegar.

La radio estuvo en silencio durante un rato. Garrido cada pocos minutos informaba de lo que veía o del rumbo que tomaba. Aquí y allá había depresiones más o menos insalvables y colinas escarpadas. El vehículo estaba preparado hasta cierto punto para cruzar el terreno, pero hacerlo implicaba un riesgo de accidente que no estaba dispuesta a asumir, por lo que condujo a través del terreno más firme y liso que encontraba. El vehículo costaba más que cuatro años de su sueldo, pero su cautela significaba que estaba dando un rodeo y que tardaría cinco horas en llegar a la base Delta 3.

Cuando finalmente estableció contacto visual, anunció de ello y la describió. Estaba tal y como la recordaba: una estructura grande, casi como si alguien hubiera dejado allí un edificio terrestre. Era blanco y rectangular, con tres plantas y ventanas de cristales reflectante. Tenía un pequeño garaje pegado a un lateral, con la puerta levantada. No casaba con el entorno y eso la ponía nerviosa.

–La puerta del garaje está abierta. El vehículo sigue dentro –informó la teniente. Se puso el casco del traje y esperó a igualar las condiciones internas del transporte a las externas. Sintonizó la radio dentro del traje a tiempo de oír la respuesta:

–Esto tiene mala pinta. ¿Podrías encender el vídeo? Grábalo todo.

La teniente hizo caso al cabo. A ella también le parecía buena idea hacerlo, no sabía lo que iba a encontrarse. No era natural hallar la puerta del garaje abierta, aumentaba el riesgo de que las condiciones internas del edificio se vieran alteradas. Además, según su propio escáner, la electricidad no recorría el edificio. Desde la base Delta 1 la contradijeron.

La misión acababa de ponerse más difícil. Algo extraño pasaba y no esperaba que, en caso de hallar una respuesta, pudiera comprenderla. Era de la opinión de que la humanidad no siempre entendería lo que hubiera más allá de la propia Tierra.

Su experiencia en otros planetas había corroborado la teoría. Desde materia que no se comportaba conforme a las leyes de la física hasta alienígenas que escapaban de su entendimiento. Cuando cosas fuera de lo normal ocurrían en el espacio, algo malo podía ocurrir.

Activó la cámara del traje y miró la pistola que había traído. Teóricamente, debía haberla armado con munición aturdidora, pero la había cargado con munición normal llevada por una intuición. No le gustaba, pero en aquellas situaciones, pensaba que mejor ellos que ella.

Observó la puerta del garaje, levantada, y el suelo. Parecía como si algo hubiera escarbado bajo ella para alzarla, algo con la fuerza suficiente para haberlo hecho con una mano. La tela metálica estaba arrugada. Alzó la pistola y encendió la linterna de la misma. Informó de la situación. Los escáneres de la base Delta 1 seguían indicando que había actividad normal en el edificio.

–Voy a entrar –anunció finalmente. Nadie dijo nada al otro lado de la línea–. Parece que han abierto desde fuera. El vehículo está aparentemente en buenas condiciones y no hay nada a simple vista que esté roto o estropeado. Estoy ante la puerta de acceso y… Sí, el cristal está roto. Y por lo que veo la otra puerta también, por lo que es probable que si algo les hubiera atacado al romper la cabina de descontaminación matara a los ocupantes.

–Qué forma tan horrible de morir –dijo la ingeniera Abigaíl.

–Teniente, tal vez debería regresar –sugirió el cabo–. Esto me da mala espina.

–Cabo, hay un pelotón en la base –dijo la teniente–. No creo que sea momento para asustarte.

–Pero es que estoy viendo lo mismo que tú y… Oh, dios mío, ¿es eso un cuerpo?

La teniente Garrido había franqueado la cabina de descontaminación y accedido al interior del edificio. Estaba a oscuras, lo cual era imposible según la base Delta 1. No había dado más que unos pocos pasos cuando encontró el primer cadáver.

Para su sorpresa, no había muerto por el impacto con las condiciones externas del planeta. El científico, un hombre asiático de unos cuarenta años, llevaba el mismo traje que ella. Pero algo lo había desgarrado, como si se hubiera encontrado con un tigre salvaje. Era estúpido, claro, no existían tigres en el planeta.

–Regresa –pidió el cabo–. Teniente, regresa. He intentado establecer contacto con base Delta 3 y no responden. Estoy poniéndome en contacto con base Tierra ahora.

–Que todos se preparen. Puede que lo que haya atacado la base se dirija hacia allí –ordenó la teniente.

–¿Y si siguen ahí?

–Entonces lo sabrás al mismo tiempo que yo.

La teniente Garrido no dejó que le miedo tiñera su voz, pero lo cierto era que estaba aterrada. Las rodillas le flaqueaban ligeramente y tuvo que recordarse que si lo hacían no podía salir corriendo en caso de necesidad. Se pegó a una pared para evitar un posible flanqueo y avanzó lo más silenciosamente posible. Pensó que era una pena que la base Delta 1 no tuviera un escáner de temperatura lo bastante potente como para determinar si dentro había algo vivo aparte de ella.

El recorrido por toda la base le llevó aproximadamente unas cuatro horas en las cuales apenas habló por la radio. Dependía de sus instintos, por lo que debía concentrarse. Pero aparte de ese primer cadáver, no halló otros. Lejos de tranquilizarla, la puso nerviosa. Finalmente, salió al exterior con más preguntas que las que tenía al entrar.

–No hay rastro del resto del equipo –informó–. La electricidad ha sido cortada, como si supieran lo que tenían que cortar. Falta el vehículo de regreso a la base Delta 1, así que es posible que no haya sido nada externo.

–Pero, ¿y las marcas de la puerta? –preguntó el cabo. Había un corrillo de voces de fondo. La teniente Garrido había supuesto que era porque habían acudido a mirar lo mismo que ella.

–Puede que las hicieran ellos mismos para tapar el crimen. Sólo hay un fallecido. Los otros están desaparecidos. No he podido acceder a los datos ni comprendo exactamente qué estaban investigando.

–Aquí no ha llegado nadie –informó con enfado el ingeniero Abel–. Ni tenemos registro alguno de que haya despegado nada del planeta.

–Entonces se han comido la nave –dijo irritada la teniente Garrido.

–Bueno, no estés tan susceptible –se quejó Abel.

La teniente ignoró el último comentario y regresó al vehículo. Se detuvo casi al instante.

–¿Qué pasa? –preguntó el cabo.

–Han roto la ventana –respondió ella. Se acercó más, para que pudiera verlo.

–Teniente, vamos a enviar a una cuadrilla a buscarla –dijo el cabo.

–No, sería desperdiciar efectivos –sentenció ella–. Quedaos donde estáis. El vehículo de la base Delta 3 está intacto.

–Que usted sepa –apuntó el cabo–. Puede que lo hayan saboteado.

–¿Para qué iban a romper su ventana pero dejar intacto el vehículo de al lado? –preguntó alguien, uno de los soldados que se hallaban con el cabo.

–Porque quieren que suba a él –determinó la teniente–. Quieren mostrarme algo y no sé qué es.

–Teniente. –Era la voz de una mujer. Le costó identificarla. Se llamaba Carla y era nueva en el pelotón, apenas hablaba o se relacionaba con sus compañeros– ¿Está segura de que han llegado por el exterior?

A la pregunta le llegó un silencio sepulcral. La teniente Garrido repasó mentalmente lo visto y descubrió que no podía saberlo. Las puertas rotas no tenían cristales, las habían forzado pero parecían igual de dañadas por un lado y otro.

–No estoy segura –acabó diciendo. Supuso que el cabo estaría revisionando el vídeo.

–¿Teniente? –La voz del cabo era tensa, casi susurrante–. Teniente, alguien está llamando a la puerta exterior.

–No abráis –ordenó ella, corriendo hacia su transporte. Con ventana rota o sin ella, el vehículo podría llevarla de regreso. Simplemente no tendría oportunidad de quitarse el casco. Abrió la puerta, quitó los cristales sobre el asiento con cuidado.

–No lo hemos hecho –dijo el cabo–. Teniente, no estoy recibiendo señal de la base Delta 1. El canal está mudo de repente.

–Llámalos. –La teniente puso en marcha el vehículo. Los niveles de combustible eran normales y todas las mediciones eran estables. Aparte de la ventana rota, estaba tal cual lo había dejado.

–No responden. –La voz del cabo era tensa. Lo oyó ordenar el cierre de la estación al completo– Estoy cerrando toda la estación. Pondré una barricada en la puerta de la sala. Estoy mandando ahora un mensaje a la base Tierra, enlazándolo con el vídeo. Pero si la base Delta 1 está dañada, puede que el satélite de transmisión también lo esté.

–Bien hecho, cabo. –El vehículo dio un ligero salto al terminar la ascensión de una duna– Cabo, voy para allá. Si hay algo fuera, lo aturdiré. Poneos los trajes protectores por si acaso.

–Hecho, teniente.

–También apago la cámara. Se está quedando sin batería.

La teniente olvidó toda precaución y puso el vehículo a máxima velocidad, atravesando dunas y saltando desde pendientes escarpadas. El sistema de amortiguación funcionaba, aunque la teniente Garrido se sentía como si la vapulearan cada vez que daba un bandazo.

–Ya he informado a base Tierra –anunció el cabo–. Me dicen que están mandando un equipo de apoyo. Tardarán tres horas en llegar al planeta.

–Sigue informándoles.

Si el viaje a la base Delta 3 había durado cinco horas, estaría de regreso en una. Sólo podía rezar para llegar a tiempo. No creía en ningún Dios, nunca lo había hecho, y ahora deseó poder creer. Pero la fe no funcionaba así para ella, no podía rezar a nada y luego olvidarse de nuevo. Sólo pudo desear con toda su fuerza de voluntad que no ocurriera nada, que fuera una falsa alarma, el viento golpeando la puerta.

–Teniente, alguien ha abierto la puerta –informó el cabo. Llevaba quince minutos de camino–. No sabemos qué ha pasado, pero no han llegado a las barricadas todavía. Las he puesto en las salas principales. El centro está asegurado.

–¿Cuántos hay por barricada? –preguntó la teniente.

–Una escuadra –respondió el cabo.

Hizo el cálculo mental. Su pelotón se componía de cuarenta y tres efectivos. Sin ella, eran cuarenta y dos para cubrir el terreno. Había seis salas principales alrededor del centro, cada una con cuatro soldados. Aquello dejaba con veinticuatro custodiando la sala de control.

–Has hecho bien –dijo ella–. Aguantad.

No era optimista. Si algo había entrado y los mataba a todos, no veía cómo ella podía salvarles. No era una heroína, apenas había disparado en el espacio. Sólo en un planeta se encontró en la situación de tener que apuntar a otro ser vivo y disparar, y fue a un colono humano que se había vuelto loco tras la ingesta de plantas autóctonas. No lo hizo a matar, el hombre amenazaba a su compañera llamándola demonio. Debido a que era una situación tan urgente y que no se encontraba cerca, sacó su pistola y disparó a su pierna. El dolor y la impresión le devolvieron parcialmente a la realidad. Pudieron salvarle, pero aquello supuso que tacharan el planeta de inhabitable para colonos.

Ahora era posible que tuviera que disparar a matar. Se dijo que desde luego no era su día de suerte. No la asustaba el hecho de tener que hacerlo, sino contar con tan poca experiencia real en una situación de acción en solitario.

El sol se ponía ya, haciendo que la tierra a su alrededor fuera más roja. Había pasado más de media hora y el cabo informaba cada cinco minutos de que no había habido cambios. El vehículo subió a una gran loma y desde allí el sol rojo incidió directamente sobre ella, haciéndole guiñar los ojos. Un brillo metálico en el suelo era la base.

–En diez minutos estoy allí –informó.

–No recibimos noticias de dos de las barricadas –dijo el cabo–. Las otras aseguran que no han visto nada todavía. Les he advertido de que ahora puede que les ataquen desde atrás.

–¿Ni siquiera han avisado de que estaban siendo atacados?

–No, teniente. Les dije que tuvieran la radio siempre encendida. De repente, se han quedado mudos. Como si la hubieran apagado.

–¿Qué narices está pasando? –La teniente no quería reconocer que estaba nerviosa. Se suponía que iba a ser una misión sencilla, sin grandes problemas, y ahora era muy posible que no regresara a la Tierra. Pensó en ella mientras recorría los últimos kilómetros. Echaba de menos su aspecto azul, sus nubes blancas, el olor del mar.

No había nacido allí, sino a años luz, en una estación espacial donde su madre servía. Pero para ella había sido su hogar, donde había crecido hasta enrolarse en el ejército. Viajar al espacio era su sueño tanto como lo era estar en la Tierra. Mientras paraba el vehículo, odió la tierra roja que pisaba. Ahora era como la sangre, espesa y oscura, mientras los últimos rayos del sol se ocultaban. Hasta dentro de dieciocho horas no regresaría. Cogió con fuerza la pistola y avanzó.

–¿Sigues ahí, cabo? –preguntó ella.

–Sí, teniente. La situación sigue igual.

–¿Se ha ido la luz?

–No, teniente. Todo parece en orden, hay electricidad.

Pero ella se encontraba en un pasillo a oscuras. No podía ser, se dijo. El cabo no mentiría. Avanzó en silencio.

–Cabo, estoy entrando en la sala de descanso D2.

–Hay una escuadra ahí, Carla les está informando de que va en su dirección.

Pero la sala estaba a oscuras.

–Cabo, aquí no hay nadie –dijo la teniente.

–Imposible. –La voz del cabo estaba sorprendida– Teniente, estoy hablando con ellos ahora mismo.

La teniente Garrido no comprendía lo que estaba sucediendo, pero bajó el arma y corrió directa hacia la sala central.

–Voy hacia ti, cabo –le dijo–. Las luces están apagadas y no hay nadie.

–Imposible, teniente. –El cabo se interrumpió– Algo está arañando la puerta.

La teniente Garrido llegó hasta ella. Había marcas de uñas y zarpas en ella.

–¿Cabo? –preguntó mientras entraba.

–Teniente, no sé qué está pasando –reconoció el cabo, con tanto miedo en la voz que la teniente dejó de fingir que no estaba aterrada.

–Yo tampoco, cabo –dijo ella. Las luces seguían apagadas, pero las pantallas seguían funcionando por algún extraño motivo, iluminando débilmente el lugar, mostrando la misma imagen que ella veía.

La sala estaba vacía.

CARMEN SUÁREZ

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