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PILYCRIM - BODEGAS NAVARRO

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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28 oct 2021

  • 28.10.21
Hay muchas formas de clasificar a las personas. Hay personas que viven en un hogar estable sin necesidad, obligación o voluntad de trasladarse cada cierto tiempo. En cierto modo, los envidiosos suelen ser aquellos que no viven la aventura de la movilidad. Muchos desearían despertar en camas ajenas o en camas propias, ubicadas lejos de la residencia habitual. También desearían tener un trabajo que los obligara a moverse con los gastos pagados o viajar por placer más a menudo.


Después, están los obligados a moverse, que requieren su propia clasificación. Sin embargo, con lo que no suelen contar los sedentarios es que también pueden ser objetos de envidia.

Aquellos para los que la movilidad es una realidad impuesta o necesaria, la sensación es la misma. Despiertas o te despiertan, abres los ojos y miras el techo. Se produce un instante de desorientación, un fogonazo mental tan breve como intensa. Los techos suelen ser blancos, lisos y sin peculiaridades evidentes. Sientes un instante de miedo. No sabes dónde estás.

Sin embargo, salvo problema de salud mental o acción mafiosa, al final acabas ubicándote. Sabes que estás en casa de fulanito o fulanita, en el hotel que haya tocado, en la ciudad que no hay quien entienda, en el país de la bandera hortera. Da igual. Al final, te acabas ubicando. Y es en ese preciso instante donde actúan la circunstancia y el carácter.

Una opción, como otra cualquiera, es mirar el techo en penumbras y, si estás acompañado, echar un vistazo rápido –o no tanto– a quien comparte tus sábanas. Puedes aguzar los sentidos. El olfato pide su protagonismo, aunque resulte fugaz. Te haces consciente del tacto de esa piel, tan extraña como propia a la vez. Y, si estás solo, puedes mirar a los lados. Comprobar si hay quien te aguarda en la vigilia o si, más bien, despiertas en la soledad del cubículo.

Hideaki Anno conocía esta sensación. Quizá, por ello, el protagonista de su serie Neon Genesis Evangelion (1995), Shinji Ikari, tiende a mirar los techos después de varios cambios de residencia u hospital. Siempre hay penumbra y solo, en ocasiones, tras ese terrible fogonazo de desorientación, encuentra una figura materna velando por su seguridad.

Sin embargo, hay otra forma más común de dividir a las personas: entre las que tienen una cama y las que no. Según el Instituto Nacional de Estadística, España cuenta con más de 47 millones de habitantes. Hay quien dice que hay más de treinta mil personas sin hogar, mientras otros dicen que superan los cincuenta mil. Nunca me he creído estas cuentas, las diera el Gobierno, Cáritas o el que sea. Siempre he pensado que hay muchas más personas sin cama, propia o ajena.

Estas personas también viven ese fogonazo de desorientación. En su caso, la causa no es el cambio de cama, sino su naturaleza errante. Quizá, según el caso, hasta peregrina. Para unos, la sensación de que han aguantado una noche más. Para otros, que ya les queda una menos, aunque no está claro para qué.

Sería deseable que la calle desintegrara, pero no es el caso. La calle quema y destroza con lentitud. Lleva a quien puede a degradarse o aceptar lo inaceptable y, a quien no, a la resignación al abandono y la insignificancia. Quizá, hasta al estigma.

Vivimos una crisis económica que nunca se ha terminado de ir, una pandemia y, ahora, una inflación –la declaración de estanflación vendrá cuando los medios de comunicación afines a la oposición lo tengan a bien– que se está llevando por delante a familias enteras. Personas que, en ese fogonazo cruel, aspiran a despertar seguros, acompañados y cobijados bajo un techo, y no sobre el suelo de granito o mármol del cajero de un banco.

En medio de una crisis energética que promete seguir subiéndonos la factura de luz, con Vladimir Putin acariciando amenazante la llave del gas y con el gas argelino limitado, cabe plantearse cómo vamos a pasar el invierno los que tenemos cama propia y los que no.

Quizá, algún día, la cuestión de las personas sin hogar y de los que están al borde de serlo se convierta en uno de los “temazos” progresistas. Aunque quizá haya que esperar a las elecciones generales de 2022. Porque hay otra clasificación de personas, las que creen que habrá adelanto electoral en 2022 y las que no. Espero que todos mantengamos nuestras camas para entonces, pase lo que pase. Y que no tengamos que pagar impuestos adicionales por ello.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

14 oct 2021

  • 14.10.21
Isidoro de Sevilla, santo para la Iglesia Católica, fue un visigodo cuyos restos se encuentran, en la actualidad, en San Isidoro de León –un edificio hermosísimo, he de añadir, con unos frescos magníficos que justifican la visita. Sin embargo, se cree que nació en Cartagena y que el apodo Hispalensis le viene de haber sido, en efecto, arzobispo de la actual capital andaluza. Fue hermano de Leandro, otro santo para los católicos, y predecesor de Isidoro en el Arzobispado.


Isidoro es una de las grandes figuras intelectuales del siglo VI, si no la mayor, y la prueba de que los años góticos hispanos no fueron tan oscuros. Gran cronista de la épica visigoda y divulgador por excelencia del saber de su época, una de las obras por las que se le recuerda son las Etimologías, escritas en latín. En ellas, señala un hecho curioso.

Como sabemos, en el Antiguo Testamento, aparte de encontrarnos exabruptos divinos y castigados a mansalva, se narra la historia de Noé. Lo que todos sabemos: hubo un diluvio porque los humanos eran todos muy malos y, en Su omnipotencia, en vez de cambiar los caracteres de la gente, a Yavhé Elohim le da por ahogarlos a todos. Menos a Noé y su familia, que eran buena gente y contaban con información de las altas esferas.

En lo que respecta a Noé, se cuenta que tuvo tres hijos: Sem, Cam y Jafet. De cada uno de ellos desciende un cachito del mundo conocido. De Sem descienden los asiáticos, de Cam, los africanos, y de Jafet, los europeos.

Un día, a Noé le dio por la juerga y se tiró desnudo en el campo para dormir la borrachera. Cam lo vio y fue corriendo a contárselo a sus hermanos para que disfrutaran del espectáculo. Sem y Jafet, que eran buenos hijos, se escandalizaron, miraron para otro lado, y cubrieron el cuerpo de su padre.

Cuando al buen señor se le pasó la resaca y se enteró de lo que había hecho su hijo, maldijo a Cam y a su hijo Canaán. No es tontería. La maldición del patriarca de los africanos justificó durante siglos la esclavitud y el sometimiento de las personas de raza negra. Seamos conscientes de las graves implicaciones de lo que estamos hablando.

De acuerdo con el Génesis, Jafet tuvo siete hijos: Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Mesec y Tiras. Una genealogía que San Isidoro de donde sea mantiene para señalar que, cada uno de ellos, fue padre de un gran pueblo. En las citadas Etimologías, en su libro noveno, señala: “Thubal, antepasado de los iberos, denominados también hispanos; no obstante, hay quienes sospechan que de él tuvieron asimismo origen los italianos”.

San Isidoro no se lo sacó de la nada. Con casi toda probabilidad, esa idea provenía de una tradición anterior. Sin embargo, ahí quedó el origen histórico de Hispania para la propaganda castellana primero, y española después.

Del mismo modo que, en el mundo grecolatino, los pueblos buscaban fundadores heroicos, la lógica judeocristiana hizo buscar en la Biblia a los fundadores de los pueblos altomedievales. Cuando menos, es curioso que el pueblo hispánico, al igual que el itálico, provengan de Tubal, mientras que los godos provenían de Magog y los galos, de Gomer.

El lector de esta columna puede plantearse, con toda lógica, qué sentido tiene escribir –o quizá, incluso leer– sobre todas estas cuestiones. Y es cierto: no tiene ninguna. Porque ningún nacionalismo tiene sentido. Sin embargo, es algo que está ahí, que ha estado durante siglos.

Hace unos días, se ha celebrado el Día de la Hispanidad. Se celebra el 12 de octubre, como todos sabemos, por el descubrimiento de América por los europeos o, si lo prefieren, por el encuentro entre dos culturas.

Todos los años se produce la misma polémica absurda sobre si hay algo que celebrar o no, y qué es lo celebrable. Lo cierto es que se rememora que unos que se creían descendientes de Jafet y Tubal se encontraron con los que ellos creían descendientes de Sem, y que resultaron ser otras personas que no existían en las Sagradas Escrituras.

Hay que celebrar que, desde entonces, la lógica teocéntrica perdió todo su sentido de manera gradual, y que un grupo de personas, financiadas por la Corona de Castilla, fueron los que llevaron a cabo ese acto revolucionario que nos llevó al mundo moderno.

En un momento en el que Chile está llevando a cabo acciones represivas contra los mapuches y en el que el género western –relatos basados en un genocidio en toda regla– es considerado como un clásico sin discusión, digno de amenizar la hora de la siesta en la televisión, quizá sea momento de quitarnos de encima ese sambenito tan hispano de creernos los peores del universo –o los mejores, según extremos–.

Sí hay algo que celebrar en el Día de la Hispanidad: la llegada del mundo moderno. Y a mí sí me enorgullece que el primero que viera tierra y conectara esas dos culturas fuera un tal Rodrigo de Triana, andaluz humilde y sin más aspiración que la de buscarse la vida, como otros tantos a día de hoy, y no un miembro más de la estirpe de Jafet y Tubal.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

30 sept 2021

  • 30.9.21
La situación del andalucismo me provoca una profunda tristeza. En especial, tras la decepcionante deriva de Andalucía Por Sí (AxSí), que cada día resulta más irracional y contraria al sentir de la mayoría de los andaluces.


El andaluz medio es regionalista, no nacionalista. Y si es nacionalista, lo es en la medida en que lo es ese paradójico “nacionalismo universal” de Blas Infante. Y es ahí donde está el pecado original del andalucismo político actual: el interés en imitar los nacionalismos norteños y, en especial, el catalán. Unos nacionalismos que son despreciables para el andaluz medio y, de paso, para cualquier persona con dos dedos de frente.

El pasado 24 de septiembre, la senadora andalucista Pilar González, de Adelante Andalucía, hizo una absurda reivindicación del andaluz como lengua que compartió en Twitter, lo que ha provocado un aluvión de críticas más o menos acertadas.


El andaluz es un riquísimo dialecto con numerosas hablas y no hay nada malo en intentar unificar una ortografía del andaluz. Ninguna novedad puesto que, en la literatura –e, incluso, fuera de ella–, no son pocas las veces que se ha querido remarcar el dialecto andaluz inventándose una transcripción del hablado al escrito.

Pues, como señaló Antonio de Nebrija: “que assi tenemos de escribir como pronunciamos i pronunciar como escribimos por lo que en otra manera en vano fueron halladas las letras”. No estamos haciendo referencia aquí a la invención de un idioma o la perversión ideológica de una, como ocurre con el mal llamado ‘lenguaje inclusivo’ –mala traducción del inglés y que, en realidad, pretende ser un uso inclusivo de la lengua–. Se trata más bien de una transcripción con ortografía unificada, una forma de transcribir la lengua hablada al escrito.

Por tanto, no veo nada negativo en la propuesta de modelos ortográficos. Quizá, sí entiendo más debate en su uso o en la obligación de usarlos. Juan Porras Blanco hizo una “traducción” al andaluz de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry: el fundamental Er Prinzipito. No estuve conforme con su propuesta, puesto que no acepto la idea del andaluz como lengua, ni algunas incorrecciones que pretendía hacer pasar por propios de la supuesta lengua andaluza.

Sin embargo, sí valoro al proyecto la idea, que ya venía de antes, de que se necesita una transcripción del andaluz para remarcar y reivindicar tanto en un nivel cultural como en un nivel político la identidad andaluza.

Una idea que ha tenido varias continuaciones y que parece cristalizarse en el sistema EPA, disponible aquí, y que, incluso, cuenta ya con un transcriptor en línea, que se encuentra también disponible aquí. El citado sistema ya es de uso habitual en el mundo cultural underground de Andalucía –nótese, por ejemplo, el popular grupo Califato ¾– y tiene variables que permiten su adaptación a las diferentes hablas andaluzas.

Yo mismo he utilizado en una columna reciente esta ortografía. En mi opinión, salvo que se intente imitar la lengua hablada, el andaluz transcrito debería reservarse para estilos directos o, quizá, titulares como el que acompaña este texto. Sin embargo, no deja de ser una opinión. Así lo hago, por ejemplo, en una transcripción de un locutor andaluz en la columna La oportunidad perdida de los Juegos Paralímpicos, y considero que es positivo para reivindicar un dialecto tan denostado como el que nos ocupa.

¿Qué hay de malo en esta propuesta ortográfica? Nada. Lo único negativo es la tontería de reivindicarla como lengua, pues no solo es insostenible, sino que tira por tierra un proyecto prometedor en el espacio sólido y seguro del regionalismo y de la reivindicación de los dialectos de España.

Insistimos: Andalucía es regionalista, no nacionalista. Hablar de independencias, lenguas, ‘Estado Español’ y referéndum es un sinsentido que provoca rechazo en el andaluz medio, da alas al nacionalismo español más rancio y tira por tierra el trabajo de nuestros antecesores.

Por tanto, y esto lo digo en perfecto andaluz: Andaluçía debe reibindicarçe como una rehión o êttao federâh iguâh a lô demâh, ni mâh, ni menô, que âppire argún día a çêh, como diría Infante, "punta de lança" de Êppaña. Argo impoçible çin una reibindicaçión de lo propio que rompa con lô êttereotipô que nô lâttran, y una repreçentaçión política acorde. Una repreçentaçión política que no yegará âtta que el andaluçîmmo no buerba al rehionalîmmo o a un federalîmmo leâh a la idea de Êppaña, pero hamâh çumiça.

Haereticus dixit
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RAFAEL SOTO

16 sept 2021

  • 16.9.21
La Historia de la Comunicación no solo consiste en los productos comunicativos y en sus contenidos. Conocer las condiciones de producción nos permite comprender mejor esos productos y profundizar en cómo los procesos comunicativos contribuyen a (re)configurar las sociedades.


Por eso, en el contexto del ascenso de los talibanes en Afganistán, admito que he disfrutado de la visualización de Mujeres árabes lápiz en mano (Lizzie Treu y Eloïse Fagard, 2021), un documental con historias de vida de varias dibujantes de cómic en el mundo árabe. El documental puede visualizarse con subtítulos en abierto y en castellano en este enlace.

Es probable que las realizadoras del documental no fueran conscientes de su valor para la Historia de la Comunicación, puesto que es evidente que utilizan el prisma del arte para tratar cuestiones político-sociales: el cambio del rol de la mujer, sus dificultades y los retos del feminismo en el mundo árabe.

A lo largo del documental, queda patente el buen número de complicaciones a las que se enfrentan tanto para vivir con cierta libertad como para poder producir. Las novelas gráficas y demás productos en 2D nos ofrecen superheroínas que promueven cambios sociales, autoproyecciones de su creadora en una mujer desnuda, gigante y vigilante entre los rascacielos, tiras satíricas o relatos más o menos fantasiosos que tienen una inspiración y un efecto directos en la realidad.

En especial, admito que me he sentido atraído por el trabajo de la joven Deena Mohamed. Una muestra interesante de su obra es Qahera, una superheroína que lucha por los derechos de la mujer pero que, a la vez, tiene que aprender a no sobrepasarse. La violencia no es la solución. Para goce del lector, le indico que la obra también está en abierto y en lengua inglesa en este enlace.

Llama la atención el segundo número, dedicado a las feministas radicales de Femen. Qahera castiga a un grupo de activistas de Femen por su radicalismo, su islamofobia –aunque, quizá, sería más exacto hablar de una visión demasiado occidental y moralista del feminismo–, y su visión del hiyab como imposición.

“Así que sentíos libres de rescatarme en cualquier momento... La cuestión es, ¿quién os va a rescatar a vosotras?”
(Traducción libre del autor). Fuente: Qahera

Con respecto al perfil de las dibujantes, llama la atención el hecho de que casi todas manejan, al menos, un idioma extranjero. Sus orígenes sociales se encuentran en la clase media-alta de la sociedad y hacen uso de las nuevas tecnologías para crear y difundir sus obras.

Las influencias extranjeras están muy presentes en sus obras y, en especial, en la ya citada Deena Mohamed, que no duda en mostrar su gusto por el manga y el anime. Sin embargo, son muy conscientes de sus localismos y mantienen interrelaciones con otros artistas del mundo árabe.

Todas viven sus vidas con miedo a que, algún día, la represión se cebe con ellas de un modo u otro. También al machismo estructural de la sociedad en la que se integran: “En realidad, no me siento ni libre ni tampoco segura”, confiesa la marroquí Zainab Fasiki.

La creadora del controvertido proyecto Hshouma ha denunciado a lo largo de su carrera la confusión entre delito y pecado, así como esa violencia que no está a la vista. La violación de una chica con discapacidad en un autobús de Casablanca en 2017 dio lugar a una impactante ilustración –en su contexto social– en el que se ve una mujer violada.

“Los autobuses están hechos para transportar a la gente no para violar a las chicas”
(Traducción libre del autor) Fuente: Instagram [@zainab_fasiki]

La tunecina Nadia Khiari no muestra un menor compromiso político con su obra satírica Willis de Túnez, que recopiló en ¡10 años y todavía vivo! Esta obra hace referencia a los diez años que habían pasado desde uno de los últimos discursos del dictador Ben Ali en 2011 y recupera todas las caricaturas de Willis que había difundido desde entonces.

“¿Por qué el diálogo nacional es imposible? Difícil de dialogar. La boca llena”
(Traducción libre del autor). Caricatura de Willis from Tunis de Nadia Khiari. Fuente: Instagram [@willisfromtunis]

Son relatos feministas sin estridencias, sin dobles raseros, honestos y valiosos para comprender el rol social del cómic en la sociedad árabe como forma de manifestación de la disidencia.

“Hay algo que hierve”, dice una de las dibujantes en referencia a un espíritu progresista y reivindicativo que sobrevuela el mundo árabe. Es triste. En España, podríamos decir que hay algo que se pudre. Pero eso ya lo dejamos para otro día. Mientras, vale la pena disfrutar de este documental y del mundo que nos abre.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

2 sept 2021

  • 2.9.21
Último día de las vacaciones más ansiadas de mi vida. De lejos. Recién levantado, me doy cuenta de que estoy solo en casa. Es verdad, ya lo sabía, soy el último de los dos en incorporarse a su puesto de trabajo. Necesito espabilar, pero no quiero.


Incluso en verano, las mañanas mesetarias pueden ser frías. La ventana está abierta y corre mucho aire. Cosa de una hora, pero sé que es un momento ideal. Cierro la ventana, me tiro en el sofá y disfruto de la luz que se posa en ella mientras que todavía es agradable.

Reflexiono sobre varias cuestiones. En realidad, he procrastinado mucho. Me he centrado tanto en disfrutar, iniciar ciertas rutinas o resolver cuestiones urgentes que he ido dejando decisiones importantes de lado. Tirado en el sofá, hago una lista para resolverlos o decidir sobre ellos a lo largo del día y me dirijo a la cocina.

Aprovecho mis auriculares inalámbricos para hacer una llamada y, una vez acabada, pongo mi programa deportivo local de cabecera. ‘Biriprensa’, por supuesto, pero la alternativa es Radio Betis y se trata de informarse, no de escuchar el boletín oficial de la directiva. También quiero enterarme de la realidad en otros equipos.

Escucho lo siguiente al inicio del programa: “[…] en orario normâh, […] un día de la temporá normâh, çin Eurocopa, çin Olimpiâh […]”. Algo me alarma. No me cuadra. Había algo, ¿no? Sigue cuando acaba la sintonía: “[…] cuando êttábamô en orario Olimpiá o en orario Eurocopa [êttábamô] âtta lâ cuatro menô cuarto, pero aquí êttamô […]”. ¿Y los Paralímpicos?

No soy periodista deportivo, pero sí soy un ciudadano con cierta conciencia. Los Juegos Paralímpicos empezaron el 24 de agosto y acabarán el 5 de septiembre. Y lo cierto es que ni siquiera Televisión Española le está dando el peso que debería tener en la parrilla. En otros espacios ni siquiera existe. Es cierto, no se puede estar en todo, pero en las grandes citas habría que estar.

Ni las alarmas informativas del móvil, ni los telediarios, ni la prensa escrita. No es que se les ignore de manera sistemática, pero es innegable que los Juegos Paralímpicos no tienen el mismo tratamiento que los Juegos Olímpicos.

Los patriotas se olvidan de que hay atletas defendiendo su bandera en una gran competición internacional, mientras que los defensores a ultranza de la igualdad no se aplican el discurso con unos deportistas que reivindican con su sola presencia, como mínimo, la igualdad de trato y oportunidades.

Son el espíritu olímpico en estado puro. Sin apenas recursos o apoyo, estos atletas son un ejemplo de esfuerzo y superación. Frente a las 17 medallas de los Juegos Olímpicos, tres de ellas de oro, los atletas paralímpicos españoles llevan 24 en el momento en que se escriben estas líneas, de las que ocho son de oro. ¿Repercusión mediática? Mínima.

Termino de fregar y me enciendo. Dejo de lado la columna que tenía por terminar y escribo el borrador de la presente casi sin levantarme de la mesa. No me enfada el hecho de que los Juegos Paralímpicos reciban menos atención. Hay muchas injusticias.

Lo que me enciende es que se ignoren sin mala conciencia. Me fastidia darme cuenta de que se ha perdido una oportunidad excelente, en un momento propicio, de concienciar sobre la discapacidad y normalizar su presencia en la sociedad.

Podríamos hablar también de las desigualdades sociales y económicas en el acceso al deporte –y a casi todo– de los “disminuidos físicos, sensoriales y psíquicos”, como son denominados por la Constitución. Pero dudo de que estemos preparados para este debate.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

19 ago 2021

  • 19.8.21
Antes de arrancar, conviene advertir que todo el texto que leerán a continuación está salpicado de spoilers. Dicho queda. Suena la melodía Herz und mund und Tat und Leben, Cantata BWV 147: Jesu, Joy of Man's Desiring de Johan Sebastian Bach. Mientras, vemos los hechos acaecidos en las películas previas, y Hideaki Anno nos ofrece el final del nuevo génesis. El círculo se cierra.


El 13 de agosto de 2021 se ha estrenado en España, algo antes en Japón, Evangelion 3.0+1.0: Thrice upon a time. Nueve años de espera, tras la inquietante Evangelion 3.0: You Can (Not) Redo. Loado seas, Hideaki Anno.

Hideaki, han pasado 61 años desde que naciste en Ube, en la prefectura japonesa de Yamaguchi. Da igual si es cine de animación o con actores reales. Admítelo, estás obsesionado con los ambientes industriales en los que te criaste.

Love & Pop (Hideaki Anno, 1998). 06:51. Paisaje urbano.

Kareshi Kanojo no Jijō (Hideaki Anno, 1998). Episodio 19. 01:58. Paisaje urbano: 
“Así, a pesar de ser el final del siglo, sería más apropiado llamarlo un tiempo de caos”.

De chaval fuiste un estudiante introvertido y, según la dirección de tu centro de Educación Primaria, problemático. Y seamos sinceros, algo pillín. Con la excusa de que tu nivel de inglés estaba a la altura de Ana Botella, le pediste a tus padres una grabadora para grabar y estudiar audios, y lo aprovechaste para grabar los audios de la serie Space Battleship Yamato (1974). Y es que eras un friki de los de verdad, no como los chavalillos de ahora, que se creen muy otakus por ver Darling in the Franxx (2018), esa mala copia de tu obra magna.

La jugarreta te salió regular. ¡Encima te encaraste con tu profesor de inglés en un calentón! Durante el Bachillerato, pasaste del tema, y decidiste invertir tus ahorros en una cámara, que te sirvió para elaborar tus primeras creaciones amateurs. Sin embargo, no te enamoraste de la animación en papel hasta que no entraste en el grupo de cine independiente Shado.

En 1978 elaboraste tu primer corto de animación, Ubekusei, con fines escolares, donde ya demostraste tu gusto por los mechas y las explosiones en el contexto de la Guerra Fría y el pavor japonés a la guerra nuclear. De hecho, tu película favorita era Gekido no showashi: Okinawa kessen (Kihachi Okamoto, 1971), que refleja la Batalla de Okinawa durante la Segunda Guerra Mundial. Al año siguiente elaboraste un corto de imagen real, Nakamurider, una parodia de Kamen Rider de Shotaro Ishinomori, siempre dentro del contexto escolar.

Como era de prever, el inglés te fastidió el acceso a la universidad y pasaste un tiempo en blanco. Repartir periódicos o atender una gasolinera son buenas dedicaciones pero sabías que no era lo tuyo. Por eso, elaboraste por esa época varios cortos de animación como Katowaza Jiten: Heta na Teppō mo Kazu Ucha Ataru! (“Dice el dicho: ¡Quien mucho dispara, acaba dándole al blanco!”, 1979), Mizu (“Agua”, 1980) y Kūchū Kansō (“Sustitución aérea”, 1980).

En 1980 tuviste a bien liberar a tus padres de la angustia que les ocasionó tu tiempo de perreo y lograste entrar en la Universidad de Arte de Osaka. Tampoco podías ponerte muy gallito. Te aceptaron porque valoraron tus obras artísticas, no porque te aplicaras con el inglés. Sin embargo, lo importante es que entraste, y allí conociste a gente que sería clave en el futuro, como Hiroyuki Yamaga, Takami Akai, Kazuhiko Shimamoto o Masahiko Minami.

Elaboraste diferentes cortos o anuncios publicitarios en el contexto académico, como Katowaza Jiten y con un corto nuevo, Basutei ni te… (“En la parada del bus…”, 1980), Reezōko wo Aketara Sensha ga Tobi Dashita! (“¡Ha salido un tanque de la nevera!, 1980”) o Jōbu na Taiya! SHADO Taiya (“¡Neumáticos duraderos! Neumáticos SHADO”, 1980). Sin embargo, permíteme decirte que lo que más me mola de esta época es tu corto cinematográfico independiente Ultraman (1980), inspirado en el mítico anime, que continuaría en Ultraman Deluxe (1981). Friki de narices.

Tras varios pequeños trabajos, tuviste tu oportunidad como animador en Studio Ghibli, de la mano del considerado por muchos como el dios del anime, Hayao Miyazaki. Como vivías en Osaka, tuviste que trasladarte con lo puesto y estuviste un tiempo viviendo en el propio estudio. La gente debió fliparlo un poco, pero estabas decidido a hacer realidad tu sueño. Trabajaste en Nausicaä del Valle del Viento (1984) y, satisfecho con la remuneración, te pudiste permitir un traje con tres piezas.

Colaboraste en numerosos proyectos, tanto amateurs como profesionales, pero el gran hito de este período fue la fundación en Osaka de una de las productoras más legendarias de la historia del anime: Gainax. Tus amigos de la uni y tú erais tan buenos que Miyazaki iba a tentaros para que fuerais a trabajar con él. Lo invitasteis a ver Royal Space Force (Hiroyuki Yamaga, 1987). ¿Recuerdas las lágrimas de Yamaga al ver su obra estrenada? Tú también estabas emocionado, seguro.

Aunque es probable que no lo sepas, el que mejor ha reflejado la evolución de Gainax y de tu propia obra en España ha sido David Heredia Pitarch, cuya obra Gainax y Hideaki Anno: La historia de los creadores de Evangelion (2019) te recomiendo encarecidamente.

El que esté interesado en saber sobre la evolución de Gainax ya tiene lectura. Por lo que a mí respecta, sigo con nuestro repaso nostálgico por tus grandes obras. Es más, empezamos fuerte con tu primera obra seria como director: Gunbuster (1988).

En ella ya se ven algunas líneas maestras de tus obras: robots, relaciones humanas, elecciones trágicas… Pero todo se fue al traste con tu siguiente obra: Fushigi mo Umi no Nadia (“Nadia, el misterio de la piedra azul”, 1990). Fue una de tus producciones más amargas y estaba destinada a un público más infantil. Tras esta serie, entraste un profundo estado de depresión. Y no me extraña: la producción fue un desastre.

Empezaste a trabajar en proyectos ajenos, incluso, a Gainax, a la que volviste para dirigir un proyecto que no fuisteis capaces de acabar. El pozo en que se estaba metiendo Gainax era profundo, pero el tuyo más. Sin embargo, sería en este estado depresivo donde llegaría la obra que marcaría la historia del anime para siempre: Neon Genesis Evangelion.

El anime podía ser cosa de adultos más allá del hentai. Y lo demostraste. Hay quien dice que es el equivalente en la animación japonesa de El grito de Edvard Munch. Una trama llena de subtramas y simbolismos que comienza con lo que parece una inocente muestra más de género mecha y acaba como una tragedia llena de componentes psicológicos que nos acompañarán toda la vida. Pero es que, además, te rodeaste de tan buenos compañeros, que hasta la apertura del anime sigue siendo de los más cantados en los karaokes japoneses. Una pasada que nadie se esperaba.

The end of Evangelion (Hideaki Anno, 1997) 41:43. El último grito de Shinji Ikari, al borde de la catatonia.

La trama parece simple. Los ángeles atacan la Tierra para hacerse con los restos de un ente llamado Adán. Si lo consiguen, se producirá el tercer impacto, que acabará con toda vida en el planeta. Para evitarlo, la organización Nerv produce unos robots, los Evas, que por alguna razón solo pueden ser pilotados por ciertos adolescentes especiales.

Uno de ellos es un niño abandonado por su padre, Shinji Ikari. Su padre, Gendo Ikari, es el comandante supremo de Nerv y lo llama para combatir a uno de los ángeles, sin más explicación que una orden. Por piedad de una piloto herida, a la que le suena haber visto antes, accede a luchar. Así empieza el Evangelio del Nuevo Génesis, donde existen ciertos paralelismos entre Shinji y Kendo, y tú mismo.

Neo Genesis Evangelion (Hideaki Anno, 1995) Episodio 2, 19:40. El EVA 01 enloquece y combate al ángel a vida o muerte.

La trama se complica hasta tal extremo que se han publicado, incluso, libros interpretativos como el imprescindible Tú (no) necesitas ser un héroe, de Álvaro Arbonés. Sería ilusionante que le escribieras, Hideaki, pidiéndole una reedición con la interpretación del último rebuild. No entro a explicar más porque se sale del objetivo de este texto.

Neo Genesis Evangelion (Hideaki Anno, 1995) Episodio 1, 15:16. Enfrentamiento entre padre e hijo. 
“–¿Por qué a mí? –Porque nadie más puede hacerlo”. Inocencia y autoridad, confusión e imposición. Incomunicación.

La serie salió a la luz en 1997 y tuvo 26 episodios originales y una película en la que dejaste el trasero torcido a media humanidad. No hay fan que haya estado en tu presencia y no te haya preguntado por el sentido de esa mítica escena final.

The end of Evangelion (Hideaki Anno, 1997) 01:25:26. La escena más desconcertante de la historia del anime hasta entonces. 
La traducción ofrecida suele ser “¡Qué asco!” o el más suave “No me gusta este sentimiento”.

Sin embargo, la serie no estaba redonda. Y lo sabías. Pero hablaremos de ello más tarde. Parodiada, referenciada y discutida, tu franquicia empezó a darte billetes y fama. Pocas veces una depresión dio para tanto. Seguiste con una serie que tendría polémica, pero que resultaba más normalita. Adaptaste un manga escrito por Masami Tsuda, Kareshi Kanojo no Jijō (más conocida como Kare Kano, Las circunstancias de él y ella, 1998).

Kareshi Kanojo no Jijō (Hideaki Anno, 1998). Episodio 24. 07:45. Sōichirō Arima se autoflagela por su origen.

De hecho, hiciste la serie tan a tu modo que hasta la autora acabó quejándose. Se trata de la historia de una relación en la que la pareja deberá superar numerosos obstáculos. Pero, sobre todo, deberán superar sus propios miedos. Al igual que Evangelion, Kare Kano habla de relaciones humanas y de su manera de afrontar la realidad.

El dilema del erizo y las exigencias sociales son otros puntos comunes. Por desgracia, la serie se canceló antes de que pudiera desarrollar los conflictos del protagonista masculino, más oscuros y profundos que los de ella, más centrados en la autoexigencia. Si Evangelion era trágico, Kare Kano era cómico.

Kareshi Kanojo no Jijō (Hideaki Anno, 1998). Episodio 01. 03:36. Yukino Miyazawa, la estudiante modelo, en un intercambio cómico con sus hermanas menores.

Sin embargo, Kare Kano tiene también un fuerte componente social. Quisiste reflejar ese Japón en crisis, cuyos cambios sociales y económicos hicieron la vida más difícil. Un cambio que también reflejarías en tu primer largometraje de imagen real: Love & Pop (1998).

Love & Pop (Hideaki Anno, 1998). 00:10. Una mujer flota sobre lo que parece agua. Un guiño a Evangelion que refleja lo perdida e inconsciente que está la protagonista.

Love & Pop continúa tu senda experimental, pero te alejas de tus robots para continuar con las relaciones humanas. La obra estuvo basada en la novela homónima de Ryū Murakami y aborda cuestiones que van desde la pérdida de la inocencia a la prostitución enmascarada de las chicas de compañía. El ánimo consumista lleva a las chicas a hacer lo que sea por obtener dinero fácil, y la protagonista tendrá que pagar las consecuencias.

Love & Pop (Hideaki Anno, 1998). 01:32:26. El dolor de la violencia y una prostitución disfrazada y sin ningún tipo de protección para la adolescente, que todavía va al instituto.

Mucho más tuya fue Shiki-Jitsu (Ritual, 2000), que ubicaste en tu propia ciudad, Ube. Los espacios urbanos y un bloque de pisos conectados te sirven para reflejar la evolución de la pareja protagonista. Por un lado, un artista en horas bajas y, por otro, una persona con claros problemas mentales. Juntos logran superar sus traumas y recuperar sus vidas.

Shiki-Jitsu (Ritual, Hideaki Anno, 2000). 00:03:00. Los espacios urbanos de Ube sirven de escenario a esta curiosa pareja que, en este momento de la película, están conociéndose.

La experimentación y el simbolismo que te caracterizan están presentes en un film que recupera tu obsesión por el dilema del erizo. Sin embargo, hay una cuestión fundamental que se debe tener en cuenta. Desde un punto de vista emocional, no hay salvación ni madurez en Evangelion (a estas alturas), y las que ofrecen Kare Kano y Shiki-Jitsu acaban cayendo en la dependencia. Los que necesitan salvarse necesitan de una tercera persona. Idea peligrosa de la que hasta tú acabarías dándote cuenta.

Shiki-Jitsu (Ritual, Hideaki Anno, 2000). 00:56:29. Numerosos elementos simbólicos están presentes a lo largo de toda la película.

¿Quién sabe? Quizá tu relación con tu mujer tuviera algo que ver con esa concepción. Conociste a la santísima Moyocco Anno durante la producción de The end of Evangelion. Ella cuenta que no le caíste bien al principio por callado y brusco. Menos mal que la cosa mejoró.

El día de tu boda, el 28 de abril de 2002, tuvo que ser la bomba. Inolvidable. Para lo bueno y para lo malo. Hayao Miyazaki dio un discurso que calificarías de “extremadamente largo y humillante”, en el que recordó tus tiempos de soltero. Que te recuerden delante de tus padres, tu mujer, tus suegros y el resto de invitados que de joven no te bañabas y que dormías entre cucarachas tiene que ser exquisito.

En 2004 hiciste tu última película, o al menos, por una temporada: Cutie Honey (2004). La película estaba basada en un manga homónimo y, discúlpame Hideaki, parece una versión de los Power Rangers a la japonesa.

Cutie Honey (Hideaki Anno, 2004). 00:08:10. Cutie Honey es la protagonista de este film lleno de acción, disfraces y frikismo.

La película resulta superficial y se aleja mucho del estilo de sus largometrajes anteriores. Eso sí, es digno de un friki como tú. Pero tus escarceos en el cine iban a acabar. Sabías que podía mejorarse. Sabías que Evangelion no había acabado todavía.

En el verano de 2002 viste de una sentada toda la serie y redescubriste tu propia obra. Te diste cuenta de que faltaba algo, un proyecto artístico y, como señalaste con honestidad, dinero, y empezaste a pensar en los denominados rebuild. En 2006, viendo que Gainax estaba en otras cosas, reuniste a buena parte del proyecto original y creaste una productora propia, Khara.

El mundo estaba en vilo. ¿Era un remake? ¿Un universo paralelo? Desde que saliera el primer rebuild, Evangelion 1.0: You’re (not) alone (2007), hemos esperado catorce años para entender qué querías hacer. Catorce años. Se dice pronto.

Evangelion 2.0: You can (not) advance (2009) introduce nuevos personajes y dejas claro que no se trata de un simple remake. Y con Evangelion 3.0: You Can (Not) Redo (2012) nos dejaste a todos en shock. Un cambio absoluto con respecto a la serie original. Y entonces, metiste la pata.

Sí, vale, entiendo que te agobias y te deprimes y esas cosas. Pero… ¿cómo se te ocurre ponerte a hacer una peli de Godzilla? ¡Nueve años! ¡Nueve años esperando a que saliera el final! ¿Parodias de Hitler en El búnker acordándose de toda tu familia no te hacían comprender la urgencia de la situación? Eso no se hace, hombre…

Pero bueno, lo hecho, hecho está. Y hay que admitir que estuvo bien hecho. Has demostrado estar en tu mejor momento. Shin Godzilla (2016) fue un éxito en todos los sentidos. Hiciste el guion, lo codirigiste con Shinji Higuchi y dejaste la banda sonora al glorioso Shirô Sagisu. Una combinación inmejorable.

Shin Godzilla combina tu amor por los monstruos y la tecnología con una crítica social que no te recordábamos desde Love & Pop. Atacas una burocracia que ralentiza todo lo que toca, a los viejos profesores universitarios que demuestran más preocupación por su reputación que por ayudar, a unos políticos ineptos… Y, de manera sorprendente, hasta te metes con la intervención yanki en Japón. Todo ello unido a unos buenos efectos especiales y una magnífica banda sonora.

Sin embargo, desde el punto de vista técnico y sentimental, Evangelion 3.0+1.0: Thrice upon a time (2021) es tu obra maestra, en mi humilde opinión. Una película casi comprensible para lo que eres tú, con buena banda sonora y un guion de escándalo.

Me quedo con dos momentos de la película. En primer lugar, el enfrentamiento directo de Shinji con su padre, tan necesario en la saga. En segundo lugar, la última escena. Shinji en la que el protagonista ha madurado y se ha salvado. No a través del amor ni de chorradas.

No solo se salva –cosa que no hace en la serie original, donde acaba llorando de pura frustración–, sino que se salva él mismo, y salva a los demás. Sin más dramas de los necesarios. Incluso Gendo encuentra la redención. El Evangelio del Nuevo Génesis tiene, por fin, un final feliz, basado en la aceptación.

Tu evangelio lo viví como un asteroide en mi vida. Sé que no soy el único. Prueba de ello es que le pusieran tu nombre a un asteroide, el 9081 Hideakianno. Tu influencia en la cultura otaku y en la vida de tus seguidores es profunda. Quizá, por eso siento ahora un enorme vacío, Hideaki. Te he seguido desde mi más tierna infancia sin saberlo y por fin siento que esto se ha acabado, y para bien.

Por alguna razón, asumiendo tu implicación personal en la saga de Evangelion y tu identificación parcial con Shinji y Gendo, quiero pensar que tú también te has liberado al liberarlos a ellos de sus trabas emocionales. No sé cuál será tu próximo proyecto. Pero, por favor, no toques más el Evangelio del Nuevo Génesis. Ha quedado perfecto, tal y como está.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

5 ago 2021

  • 5.8.21
Es 3 de agosto de 2021 y rondan las 12.00 del mediodía en la Villa de Madrid. La temperatura es de 25,2 grados centígrados, según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Hay mucha gente por la calle, pero en una cantidad muy inferior a la habitual. Una gozada.


Mi pareja se muestra interesada por Freshly, una tienda de cosmética ecológica de la calle Fuencarral, perpendicular a Gran Vía. La acompaño por un momento, pero pronto me aburro y me asomo por la entrada. A mi izquierda, se encuentra la pequeña ermita de la Virgen de la Soledad, que está de esquina con la calle Augusto Figueroa.

Entre la esquina y la propia ermita, hay dos extranjeros de mediana edad vendiendo paquetes de pañuelitos y otros objetos. Uno es alto y ancho de hombros, y viste una camiseta negra a juego con su piel. Un portero de discoteca en potencia, si tuviera los contactos adecuados. En contraste, el otro es flaco y bajito, porta una gorra roja y parece latino, aunque su acento me hace dudar.

A mi derecha, veo salir de una tienda Primor a un individuo de mediana edad, también con gorra roja y, quizá, rondando los cincuenta, que se dirige a la esquina de Fuencarral con Augusto Figueroa. Ha cruzado el umbral de la tienda en que me encontraba y se acerca a la ermita. Va detrás de él una dependienta de la tienda, señalando que no ha pagado un objeto. Cuando me doy cuenta de la situación, me planteo qué hacer, puesto que estoy a más de seis metros de distancia, pero los inmigrantes han sido más rápidos y estaban más cerca.

El hombre de raza negra le corta el paso y el otro le indica que la chica lo estaba llamando. El sospechoso trata de zafarse del armario empotrado, pero la dependienta lo alcanza. Por suerte, no opone resistencia y vuelve a la tienda mientras que el inmigrante de la gorra grita que llamen a la Policía.

Nos quedamos mirando un momento y me indica con un acento que no puedo identificar que aquello pasaba “todos los días”. Era una vergüenza. Al rato, aparecen un furgón y un coche de la Policía. Una de las principales calles de la Capital tiene que ser o, al menos, parecer segura.

Me gustaría decir que mi visita a Madrid comenzó con este incidente, pero lo cierto es que empezó con un corte de tráfico en la calle donde estaba el aparcamiento en el que dejamos el coche. Nada grave, por suerte.

Nuestro plan era pasar el día en Madrid tras desayunar churros con chocolate cerca de nuestra vivienda, en Alcalá de Henares. En vacaciones, Madrid es especial. Como todos los lugares sin playa, supongo. Me hubiera gustado vivir Madrid a lo Virgen de agosto (Jonás Trueba, 2019), y quisiera pensar que no fue tan diferente. La pandemia tampoco ayuda.

La mañana la dedicamos a ir de tiendas, fueran del interés de uno u otro. Tras la experiencia narrada, nos dirigimos a la zona de Universidad por la calle de la Puebla.

Calle Fuencarral

Me gustan los denominados “Malasaña” y “Chueca”, zonas que, en realidad, no existen como tales, sino que se encuentran dentro del barrio de la Universidad y del barrio de Justicia. Tienen un ambiente alternativo que siempre me motiva.

Sin embargo, debo admitir que lo que más me gusta de Malasaña es que tiene la mayor concentración de tiendas de cómics por metro cuadrado que conozco. Quizá, la mayor de España. También hay un número considerable de restaurantes, casi todos orientales. Si bien, también puedes encontrar restaurantes con comida española o, incluso, un restaurante georgiano.

La mayoría de estos establecimientos se encuentran entre las calles paralelas de Luna y Estrella. En lo que a frikismo se refiere, puedes encontrar desde tiendas especializadas en Dragon Ball a otras centradas en cómic americano. También hay otras tiendas fuera de esas calles, como la muy recomendable Generación X, en la calle Puebla, que es donde empecé a echar el rato.

Hicimos una parada en un establecimiento chino de la plaza Santa María Soledad Torres Acosta, más conocida como “de la Luna”, esquina con calle de Silva. Se trata de una galería cultural, “Dinasty”, aunque se vende casi de todo. TeleMadrid le hizo un reportaje hace poco, que se puede ver aquí.

No era la primera vez que entraba, si bien, nunca me había fijado en los libros. Tienen una estantería llena de libros en chino y, en el escaparate, un libro de reproducciones de láminas de Dacheng Li exquisito. Sin embargo, se me iba de precio. Cosas que pasan.

Centro Cultural Dinasty. Plaza de la Luna

La plaza de la Luna es uno de los lugares que más me impactaron cuando conocí Madrid. A pocos metros de la glamorosa Gran Vía, hay una Oficina de Atención al Ciudadano de la Policía Local con numerosos vehículos aparcados cerca, según la hora.

Sin embargo, si sigues todo recto hacia la primera calle, Corredera de San Pablo, empieza a sorprenderte algo. De repente, entre los transeúntes, te puedes encontrar sentada a una señora bien entrada en carnes con los pechos al aire y una cantidad importante de mujeres, más o menos vistosas, cubriendo un amplio abanico de edades y, en menor medida, de nacionalidades.

La prostitución campa a sus anchas a pocos metros de una de las calles más ostentosas del país. De hecho, en una de las calles perpendiculares de Corredera de San Pablo, Loreto y Chicote, se encuentra el local de Microteatro por Dinero, un antiguo prostíbulo cuyas salas eran antiguas habitaciones de placer. También hay otros espacios culturales cercanos.

Esta imagen de convivencia fue chocante para un provinciano como yo y admito que nunca me he terminado de acostumbrar del todo. En cualquier caso, el número de prostitutas suele ser bastante bajo por la mañana.

En lo que a nuestro paseo se refiere, seguimos visitando tiendas frikis hasta que llega la hora del almuerzo. Tenemos una reserva para las 13.30 en el Amargo, en la calle del Pez. La calle del Pez es una de esas vías que demuestran que Malasaña es diferente. Por llevar la contraria, hasta tiene un árbol en flor. En concreto, una rosa de Siria –Hibiscus Syriacus, me alecciona mi pareja, experta en la materia–, que rebosa de vida entre la calle del Pez y la de las Pozas.

Rosa de Siria (Hibiscus Syriacus) entre la calle del Pez y la de las Pozas

La calle del Pez es una vía bohemia en la que, aparte del Teatro de la Victoria, hay numerosas tiendas, restaurantes o establecimientos de todo orden.

Calle del Pez
Calle del Pez
Casa del pez

Almorzamos en el Amargo donde, por supuesto, engullo todo lo que hace dos semanas me ha prohibido mi médico digestivo. Estoy en los alrededores de Malasaña y las reglas, allí, están para romperlas. Aunque no me paso demasiado, por si acaso. Tras el almuerzo, atravesamos Chueca por la calle de las Infantas, donde disfrutamos de un ambiente bohemio y alternativo.

Nos encontramos con una suerte de carteles con pretensiosas reflexiones, por denominarlo así, sobre el arte. En rojo, los atraviesa la siguiente rima: “A Ayuso incluso yo la recuso. A Almeida le doy una tragedia”. De Quevedo para arriba.

Sin embargo, estos patéticos versos me recuerdan que estamos en uno de los espacios más progres –que no progresistas– de Madrid. Su público fue la base de Manuela Carmena y nadie puede negar que gobernó para ellos. Y por eso perdió. Menos banderas de España, puedes encontrar de todo: desde el mayoritario símbolo arcoíris a una bandera de León, pasando por una de la Unión Europea.

Versos en la calle de las Infantas

Nos dirigimos a la Fundación Mapfre, en Paseo de Recoletos. Dejamos atrás la Gran Vía y vemos la Plaza de Cibeles, templete del madridismo y, dicho sea de paso, del nacionalista español más rancio.

Plaza de Cibeles

Si el tándem Malasaña y Chueca tienen el encanto del pequeñoburgués progre con ropa de marca y chapita del Ché Guevara en la mochila, Recoletos cuenta con el encanto de la burguesía rancia. Configurada al estilo de los bulevares parisinos, Recoletos es una vía amplia y lleno de lugares que visitar, como el famoso Café Gijón. Es una continuación del Paseo del Prado donde, entre otros muchos lugares, están el Museo del Prado y el Museo Thyssen.

En nuestro caso, teníamos ganas de ir a la Fundación Mapfre con ánimo de ver una exposición fotográfica de Bill Brandt (1904-1983), uno de los grandes maestros del siglo XX. Dejo aquí un enlace a los textos de la sala. Una exposición bien planteada con numeroso material. Lo disfrutamos mucho. También hay una exposición permanente de Joan Miró.

Volvemos al aparcamiento, cerca de Gran Vía y, tras pasar por Doña Manolita, el mítico establecimiento de loterías, para adquirir números de la Lotería de Navidad para nuestras respectivas familias, nos dirigimos a la Fundación Telefónica. Siempre hay alguna exposición interesante por allí, aparte de la exposición permanente sobre la historia de las telecomunicaciones.

Nos obligan a reservar antes de entrar. Nos salimos a Fuencarral y mi pareja se encarga del asunto. Mientras, yo observo a dos personas que se acercan a otra, sentada sin más. De repente, estas dos personas enseñan una placa: son policías de paisano. Cachean al hombre y registran sus pertenencias. Parece que no han encontrado nada, puesto que lo dejan ir. Mientras que están en la faena, aparece un furgón. ¿Casualidad?

Con las plazas ya reservadas, entramos en la Fundación Telefónica. Nos interesamos por dos exposiciones temporales. Una se titula Color. El conocimiento de lo invisible y, la otra, Joanie Lemercier. Paisajes de luz. No están mal, pero no me emocionan.

Nos movemos a la zona de Embajadores. Tenemos entradas para el Cine Doré a las 20.00 y tenemos que matar el tiempo. Nos sentamos en un local frente al Doré y nos refrescamos un poco. El ambiente es diferente. También tiene su punto alternativo, pero sin ese aire a progre estancado. Admito que es uno de mis lugares favoritos de Madrid. El local en el que estamos se llama Más Corazón y sus baños me sorprenden con el poema de la foto.

Poema en un retrete

Tras refrescarnos, damos un paseo por Embajadores. Me gusta el ambiente. Siempre hay algo que hacer por ahí, más allá de la actividad comercial. Llega un momento en el que ya no sé dónde estoy con exactitud, pero nos orientamos bien. Llegamos a la abarrotada plaza de Lavapiés por Argumosa y nos damos la vuelta callejeando.

Calle de los Tres Peces

Calle del Salitre

Nos sentamos en un banquito de la calle Santa Isabel, haciendo tiempo, y ya nos dejamos caer en el Cine Doré. Este edificio tiene un encanto especial por dos razones. En primer lugar, por su arquitectura de principios de siglo. En segundo lugar, por ser la sala de exhibiciones de la Fimoteca Española, donde puedes ver peliculones patrios o foráneos por tres euros. Es un lugar que adoro y al que no puedo ir desde hace tiempo. En esta ocasión, tocó visualizar Blasco Ibáñez. La novela de su vida (Luis García Berlanga, 1997), tres horas de puro entretenimiento.

Acabada la película, nos dirigimos al aparcamiento y volvimos a casa con la sensación de habernos pegado una placentera paliza. En verdad, podríamos haber ido a muchos otros sitios. Para el que visite por primera vez Madrid, el Museo del Prado, el Reina Sofía, la Plaza de España y otros lugares son de obligada visita, pero no era el caso. No es el Sur, pero tampoco se está mal aquí en lo que a ocio se refiere. Deseando bajar a Andalucía, en cualquier caso.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

22 jul 2021

  • 22.7.21
Recordemos un matiz fundamental: se puede tener perspectiva de clase sin compartir una ideología de clase. Una persona puede creer en la existencia de clases sociales, defender los derechos de los trabajadores e interpretar la realidad desde esa perspectiva y, sin embargo, no ser anarquista, comunista, ni militar en ningún partido de clase –si es que eso existe ya–. Del mismo modo, se puede tener una perspectiva de género sin compartir una ideología de género.


El feminismo es la creencia en la igualdad entre la mujer y el hombre, entre el hombre y la mujer. A partir de ahí, todo es ideología, tal y como ya planteamos en la columna Herejía feminista. Lo mismo podemos aplicar a la locura de ciertos sectores del movimiento LGTBIQ –espero no equivocarme con la sigla, no sería a propósito–, que confunden la búsqueda de la igualdad y la integración, –derechos que aquí defiendo y defenderé siempre–, con la imposición de ciertas visiones de la sociedad.

Pretender imponer una visión excluyente del feminismo o de cualquier otro movimiento es tan antidemocrático como el franquismo más rancio. Por eso me preocupa el concepto de “matria”.

“Patria” es un término traicionero. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua ofrece dos acepciones muy asépticas. La primera, como tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos. La segunda, lugar, ciudad o país en que se ha nacido. Sin embargo, las connotaciones de este término son mucho más amplios y mucho menos inocentes.

Los padres de la Constitución lo sabían. Por eso, salvo error en la enumeración, la palabra “patria” solo aparece una vez en toda la Constitución Española. En concreto, en su artículo segundo: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

Esta excepción puede tener su lógica: se trata de un artículo polémico en su redacción, donde se reconocía el derecho a la autonomía. El uso de la palabra “patria común” es muy diferente al que le dio el franquismo y, a pesar de ello, debatible en su definición.

El franquismo hizo de la patria la representación abstracta de todos los españoles “de bien”. Comunistas, anarquistas, homosexuales o criminales varios, entre otros, no formaban parte de ese concepto. Más bien, eran considerados “enemigos de la patria”. Una concepción que es compartida, a la inversa, en regímenes totalitarios de polo opuesto, como Cuba o Venezuela –esta última tiene Constitución, pero se puede considerar como una auténtica narcodictadura–.

Admito que nunca me he sentido cómodo con la palabra “patria”. En especial, cuando se usa sin el adjetivo “común” o cuando lo pronuncian personas con gustos castrenses. Siempre me he sentido excluido de ese concepto.

Quizá, por este sentimiento de exclusión, me inquieta escuchar de Yolanda Díaz, negacionista de la dictadura cubana, el uso de la palabra “matria”. Si tuviera delante a la ministra, me gustaría preguntarle quién forma parte de ella. Convencido estoy de que contestaría que la matria lo forman aquellos que comparten los ‘valores democráticos’ –o sea, los suyos–, y los que combatan contra los que “quieren romper la convivencia”.

Sin lugar a dudas, el concepto de “matria” es tan excluyente como el de patria. Y de ambos me siento igual de lejano. Por un lado, por llevar el pecado original de tener un trozo de carne entre las piernas sin ser homosexual, inmigrante o partidario de las ideologías de género. Por el otro, por no estar por la labor de excluir a los que ahora están por la labor de excluirme a mí.

Puede sonar enrevesado, pero los hechos son preocupantes. En su ejercicio de la libertad de cátedra, Jesús Barrón, un profesor del IES Complutense en Alcalá de Henares con más de 25 años de experiencia docente, fue suspendido de empleo y sueldo por afirmar que, desde el punto de vista estrictamente biológico, los hombres nacen con cromosomas XY y las mujeres con cromosomas XX y, aunque se puedan transformar con operaciones, genéticamente siempre van a seguir teniendo los cromosomas XY o XX.

Tras el escándalo, la directora del centro ofreció una versión poco convincente de los hechos, en la que se evidenciaba que no solo lo habían suspendido por eso. Que más bien fue una excusa. Incluso en el caso de que fuera cierta una actitud homofóbica por parte del docente, siempre hay medidas disciplinarias previas antes que la suspensión de empleo y sueldo de un empleado público, funcionario de carrera. Fue una medida desproporcionada y, de hecho, al poco tiempo, se le ha levantado el castigo.

Lo interesante de este caso es que, siendo un caso particular, organizaciones conservadoras o, incluso, ultraconservadoras, como Abogados Cristianos, se posicionaron a favor del docente, atacando a la dirección del centro, mientras que el lobby opuesto machacó al profesional, sin contemplaciones, en redes sociales e, incluso, discursos públicos. Un auténtico caso de postcensura por ambas partes.

No es un caso aislado. Por señalar algún caso escandaloso, hemos de recordar que un profesor universitario fue boicoteado en la Pompeu Fabra en diciembre de 2019. Su crimen no fue negar la igualdad de género, ni atentar contra los derechos de nadie. El ataque se produjo por cuestionar algunas de las tesis mayoritarias del feminismo radical y de un sector del movimiento LGTBIQ. Pablo de Lora fue acosado y estigmatizado en un templo del conocimiento sin tener la oportunidad de expresarse en el acto.

Hoy son ellos. Mañana puede ser cualquiera. La ideologización de las aulas recuerda cada vez más al caso catalán e, incluso, a otros más oscuros. Cuando leí el caso del docente del IES Complutense y me interesé por su caso a través de conocidos suyos, no pude evitar el recuerdo de Juventud sin Dios de Ödön von Horváth: alumnos denunciando y acosando al profesor, presiones externas y amenazas… y todo por afirmar que todas las personas son iguales. Algo inaceptable en el primer estadio de la Alemania nazi.

Al protagonista de aquel libro le pusieron de mote ‘El negro’, y su final fue irse a dar clases a África. Cuando oigo la palabra ‘matria’ de boca de Yolanda Díaz, me da por pensar si se puede llegar a ser ‘amátrida’. Mi primer pensamiento es que es una tontería.

Después recuerdo que, hace cinco años, me hubiera parecido una tontería que apareciera un partido de extrema derecha, que un gobierno autonómico diera un golpe de estado, que se creara una comisión contra lo que quieran considerar noticias falsas sin garantías judiciales, ni la opinión de las asociaciones profesionales, que te subieran la luz un 40 por ciento sin protesta alguna en la calle o que una pandemia nos dejara encerrados en casa durante meses. Al final, me entra un escalofrío repentino que espero que quede solo en eso.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

24 jun 2021

  • 24.6.21
Pocos libros son más de mi gusto que Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. Hace años que lo leí y admito que, junto a La peste de Albert Camus, ha sido una de las obras literarias sobre las que más he reflexionado durante la pandemia.


La obra es un conjunto bien hilado de relatos cortos. Narra la llegada de los humanos a Marte y su colonización, a la que no le falta un sentido crítico. Durante los diferentes relatos, podemos encontrar algunos con cierto aire a western o, incluso, algún texto con claras referencias a Edgar Allan Poe. Sin embargo, para mi gusto, los relatos más interesantes son los que relatan la partida de los humanos.

Conforme a la cronología de la obra, en noviembre de 2005, se produce un hecho decisivo. Los últimos marcianos dan aviso a un vendedor de comida ambulante de que algo va a ocurrir esa noche y le otorgan un acta de concesión de más de cien mil kilómetros cuadrados de territorio. Porque aquella iba a ser la Gran Noche –no, no había concierto de Raphael–.

Los últimos marcianos no pudieron escoger una mejor venganza. Sobre las nueve de la noche, el vendedor, su mujer y casi todos los humanos que habitaban Marte contemplaron estupefactos el inicio de la guerra nuclear y la destrucción de parte del planeta Tierra. Ellos habían intentado vivir sin aquel planeta: “Pero ahora, esta noche, se levantaban los muertos, la Tierra volvía a poblarse, la memoria despertaba, miles de nombres venían a los labios. ¿Qué haría Fulano esa noche en la Tierra? ¿Y Zutano o Mengano?”.

En cuanto se produjo el desastre, lo primero que hicieron los colonos fue pensar en sus familiares y amigos. La Tierra hizo un llamamiento para que los humanos volvieran y, lo más curioso, es que casi todos lo hicieron.

Cuando leí esta parte del libro, admito que sentí cierto escepticismo, casi condescendencia. Me pareció un giro romántico por parte del autor. Cuando lo leí en su día, despertaba con noticias diarias sobre el drama de los refugiados sirios. En la vida real, las personas tienden a huir de la guerra, no a meterse en ella de cabeza. Eso pensé.

Sin embargo, en plena pandemia, las personas tendieron a juntarse, a visitar a sus personas queridas, cuando no convivir con ellas. Lo lógico hubiera sido tender al aislamiento social, y el hecho es que es algo que solo se consiguió con amenazas y con la buena disposición de muchos ciudadanos.

Con los años, me doy cuenta de la agudeza de Bradbury, que publicó el libro con apenas 30 años, tras haber pasado una guerra mundial, y en medio de la Guerra Fría. Cuando hay una amenaza, la gente tiende a unirse a los suyos, aunque sea arriesgado. Es difícil mantenerse al margen.

Por eso, en el libro, los terrestres vuelven con los suyos, a pesar de la amenaza. Muchos no salen de un país en guerra, en efecto, por la familia o el entorno. Y muchos otros que sí buscan refugio, lo hacen con los familiares a cuestas.

Puede que sea una idea romántica, pero creo que vale la reflexión. Da igual el modelo de familia, al final, ni todo el individualismo, ni todo el narcisismo propio de la sociedad postindustrial pueden combatir los instintos más primarios.

Aunque hay de todo, la mayoría de las personas demostraron una actitud gregaria durante la pandemia. Para los que no podíamos reunirnos con los nuestros, nada era más duro que el aislamiento. Sabiendo, como sabíamos, que era arriesgado y que lo más lógico y racional era quedarse en casa.

Sin pretender parecer ahora un provida, entre tanto pseudoprogresismo y patriotismo de pandereta, quizá sea buen momento para hablar de la familia, con independencia de su modelo.

Es tiempo de reflexionar sobre la necesidad que tenemos de la familia, sobre cómo seguir cumpliendo el derecho de las personas y el deber constitucional del Estado de protegerla, y de reevaluar las medidas sociales vinculadas con la conciliación, la protección de la infancia y la adolescencia y, sobre todo, la protección de las personas mayores, las grandes víctimas de este desastre.

Quizá va siendo hora de centrarse en lo que de verdad importa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

10 jun 2021

  • 10.6.21
Es fácil criticar a los partidos conservadores, llamados ‘de derecha’ según los convencionalismos de la jerga político-social. Incluso en democracia, la derecha es autoritaria, centralista, tiende a la corrupción por exceso de autoridad y falta de medidas de vigilancia, es religiosa hasta la hipocresía y suele desear lo contrario de lo que requiere el común de la población.


Sin embargo, eso ya lo sabemos. No me faltan textos publicados en los tiempos de Rajoy en los que no critique estas taras. Meterse con la mal llamada ‘derecha’ es fácil. En especial, cuando tienes ideas progresistas. Mucho más valor, agudeza y sentido común requiere evaluar y criticar a aquellos que, en teoría, comparten trinchera contigo. En especial, cuando estás, o te hacen creer que estás en medio de un conflicto.

Aristóteles afirmó que aquellos que cometen injusticias lo hacen porque piensan que “han de quedar ocultos”, o bien, que no sufrirán proceso y que, si lo sufrieran, no tendrían pena o que podría ser mínima. Quizá por ello, el ‘Gobierno progresista’ esté cometiendo tantas.

El tándem Pedro Sánchez-Iván Redondo ha conmocionado a la izquierda española, si es que eso existe. Llamó y sigue llamando al progresismo español a una cruzada contra el supuesto fascismo, esgrimiendo argumentos cambiantes, según las necesidades de su voluntad de poder.

Los que se llaman progresistas ya no están solo obligados a serlo, sino que tienen que demostrarlo, mutando el progresismo de ideología o mentalidad a identidad. Ya no basta con ser progresista: tienes que ser antifascista. Y fascista es todo aquel que no se involucre en la cruzada. Los tibios son los peores.

Lo cierto es que los mal autodenominados ‘progresistas’ están teniendo que hacer la vista gorda ante demasiadas cosas. La defensa de la monarquía; la ausencia de regulación en el precio del alquiler; la falta de veracidad de los datos oficiales; la corrupción del PSOE andaluz; el autoritarismo dentro de los partidos ‘progresistas’; la gestión politizada de la pandemia; el ataque continuo a la libertad de información; el malgasto de dinero público; el debilitamiento del Estado del Bienestar; las mentiras descaradas y los “temazos”; el encarecimiento de los bienes de primera necesidad; el empobrecimiento del sistema educativo… Demasiados hechos que callar, que ignorar…

Es muy fácil atacar la corrupción de la derecha, el recorte de libertades que sufrimos en tiempos de Rajoy, el austericidio… Pero lo cierto es que Sánchez, con pandemia o sin ella, ha recortado más derechos y empeorado más la vida de la población que los gobiernos de Aznar y Rajoy juntos.

El equipo Sánchez-Redondo sigue llamando a la cruzada. La población demuestra lo progre que es compartiendo noticias y opiniones, no siempre verdaderas, para recordarnos a diario dos cosas: lo progresistas que son y lo malos que son los de enfrente. La crítica a las propias filas es una herejía imperdonable.

Y parte de la población, poco capacitada, se alía con el enemigo, los partidos de “extrema necesidad”, incluso sin estar de acuerdo con toda su ideología. Pero en la guerra hay que posicionarse. Y la cruzada es una guerra de identidades. Como diría Juan Soto Ivars, esto es la catalanización de España.

La subida de la tarifa de la luz es un crimen en tiempos de pandemia. Un escándalo. FACUA-Consumidores en Acción ha solicitado la intervención de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia y denuncia que el recibo mensual del usuario medio se ha disparado un 42 por ciento interanual en los siete primeros días de junio. Una barbaridad.

Sin embargo, este atentado contra la población no ha tenido ni una cuarta parte de la contestación social que tuvo proceso del rapero supremacista Pablo Hasél. De nuevo, el equipo Sánchez-Redondo ha utilizado la cortina de humo de los presos catalanes, un guante que tanto el Partido Popular como Vox y Ciudadanos han tomado con placer.

El mensaje progresista se ha pervertido hasta tal punto, que hasta los ministros del Gobierno se unen a manifestaciones dirigidas contra ellos mismos. Sin embargo, el llamamiento a la cruzada sigue teniendo sus efectos. Los pseudoprogresistas callan, disculpan o defienden las medidas del Gobierno que atentan contra sus propios principios, dando armas a una derecha que no debería tener ninguna.

Afirmaba Michel de Montaigne: “Si como la verdad, la mentira no tuviera más que una cara, estaríamos mejor dispuestos para conocer aquélla, pues tomaríamos por cierto lo opuesto a lo que dijera el embustero; mas el reverso de la verdad reviste cien mil figuras y se extiende por un campo indefinido”. La verdad a medias –o la mentira a medias– ha sido, durante años, la herramienta de manipulación de los dos extremos políticos y de los supremacistas vascos y catalanes.

El tándem Sánchez-Redondo ha convertido esas “cien mil figuras” en piedra angular de su estrategia comunicativa, para desesperación de aquellos que quieren ver progresar el país, que quieren estar en el lado correcto de la trinchera, pero que no pueden evitar discrepar ante tanta manipulación.

Y ante cualquier duda o quebranto, solo es necesario echarle la culpa a Franco o sacar el argumento del feminismo. Como si el feminismo fuera “una, grande y libre”, los popes –y sí, estoy usando el masculino–, hacen uso de ello cada vez que se encuentran en un apuro. Lo hace Sánchez a diario, así como lo hacía Iglesias hasta que se volvió contra él. Lo último, el “temazo” de Carmen Calvo. La división ideológica ya ha llegado al Gobierno por la cuestión de la transexualidad y es cuestión de tiempo que se visualice en más aspectos.

“¡Qué fácil nos resulta rechazar y desterrar cualquier idea que moleste o importune nuestra alma, para sentirnos tranquilos!”, meditó en su día Marco Aurelio. Es cierto. ¡Cuántas cosas tiene que ignorar el progresista español para no ser tachado de facha, machista… o hereje! El valor para denunciar y combatir la injusticia empieza en el discurso, que ya es acción. Y para ello, hay que acabar con la cruzada y la agitación propagandística continua en la que vivimos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO ESCOBAR

27 may 2021

  • 27.5.21
El dos de agosto de 2004 tenía 14 años, y estaba a pocos días de cumplir los quince. Aburrido en casa, mi familia ya se había metido en la cama y yo era dueño y señor del mando de la televisión. Estaba a oscuras, como siempre me ha gustado ver la tele de noche, y no tenía ganas de leer.


Tirado en el sofá, iba de un canal a otro sin rumbo fijo. Zapping lo llaman los amantes del anglicismo. Veía esto, veía aquello. Nada me convencía. Nada me llamaba la atención. Como teníamos canales de pago –uno de los pocos lujos que mi familia se permitía por aquel entonces–, me dirigí a ellos con la esperanza de encontrar algo. Paré en un canal de contenido musical, pero no aguanté mucho. Al final, decidí pulsar el botón número 1 y volver a revisar todos los canales uno a uno.

No tuve que esperar mucho. Me llamó la atención La 2. Había una película en blanco y negro, con una imagen muy degradada –al menos, para lo que yo estaba acostumbrado–, y me llamó la atención ver actores asiáticos vestidos con atuendos tradicionales. Era una película japonesa subtitulada. Decidí darle una oportunidad.

El argumento acontecía en el Japón feudal y, en él, se sucedían y combinaban hechos vulgares y cotidianos con otros sobrenaturales. Había acción sin especial espectacularidad. La fotografía estaba cuidada y todo el filme ofrecía belleza, o al menos me pareció eso. Era algo nuevo para mí, algo fascinante que quería que se repitiera.

Sin embargo, ¡ay! No es sabio volver donde se fue feliz. Sin ser cinéfilo, he disfrutado mucho con el cine. Incluso he llegado a llorar de emoción. Pero jamás he vuelto a tener ese mismo sentimiento de descubrimiento.

Con los años, supe que la película que vi fue Ugetsu Monogatari (Cuentos de la luna pálida de agosto, 1953), de Kenji Mizoguchi. Se proyectó en el programa número 415 de ‘Qué grande es el cine’, presentado por José Luis Garci y que, en aquella ocasión, contó con la colaboración de Oti Rodríguez Marchante, Clara Sánchez y Juan Miguel Lamet.

Mentiría si dijera que es mi película favorita. Más allá del cariño, ni siquiera estaría en una selección de diez. Y, sin embargo, puedo afirmar con rotundidad que fue una llave importante para ver otro cine, un cine diferente.

Es cierto que fue una combinación perfecta: aburrimiento, curiosidad, oportunidad. Si bien, no es óbice para que otros jóvenes puedan, al menos, llegar a tener acceso a un cine más allá de la actual industria de Hollywood.

Quizá sea hora de dar un mayor protagonismo al cine en las aulas, educando en el cine del mismo modo que se educa en la lectura. No estoy diciendo que se les proyecte El gatopardo a chicos de 12 años, ni que se enseñe Historia del Cine, si bien creo que se debería favorecer cierta educación cinematográfica que fomente la creatividad, el ocio sano y el conocimiento de los adolescentes.

Ahora que la nueva reforma educativa favorece la vagancia y la ley del mínimo esfuerzo, estoy convencido de que se puede encontrar hueco para estas propuestas. Hay algunas interesantes, como Educafilmoteca, un proyecto de Filmoteca Española para acercar el cine a las aulas.

En cualquier caso, creo que es importante integrar el cine en las aulas como una fuente de cultura, y no como una simple solución para las guardias o para ilustrar contenidos. Una ventana a la cultura para una generación abocada a la ignorancia y, aún más que hoy, a los caprichos del mercado.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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