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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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23 jul. 2020

  • 23.7.20
Pocas cosas son tan pueriles y peligrosas como una interpretación egoísta y descontextualizada de la libertad y de la rebeldía. Tenemos numerosos ejemplos, como el pseudoprogresismo, el supremacismo catalán o, desde un punto de vista más doméstico, la rebeldía juvenil. Ahora nos toca hablar de los que empiezan a ser denominados maskholes.



¿Para qué negarlo? En la sociedad del postureo, todo suena mejor en inglés. Te hace parecer guay, culto, progresista y, sobre todo, estar al día. Participas del mainstream, aunque tu lema sea be yourself. Eres la caña, la antítesis de ese rancio de Arturo Pérez-Reverte, que no tiene ni idea de nada. Y el neologismo que nos toca asimilar ahora es maskhole.

Para los rancios y los perdidos que no conocen las últimas tendencias, o sea, que no participan del mainstream, maskhole es una adaptación de la palabra asshole, un término muy guay en el mundo hispano, pero castizo como pocos en el ámbito anglosajón. En concreto, de acuerdo con el Cambridge dictionary, asshole o arsehole significa “una persona desagradable o estúpida”. Y es que el sentido de la palabra ‘gilipollas’ es universal.

Por tanto, maskhole sería una forma despectiva de denominar a una persona que no lleva mascarilla sin razones debidamente justificadas en el actual contexto de pandemia. ¿Qué lleva a una persona a cometer tal acto de irresponsabilidad?

Quizá, los casos más inquietantes son aquellos que no llevan mascarilla por el simple placer de no hacerlo. O lo que es peor, los que la mal llevan en el brazo, la papada o en otras partes del cuerpo, con la idea de ‘cumplir’. Estas personas creen que realizan un ejercicio de libertad. Se exponen a su cuenta y riesgo. Consideran estar en su derecho de hacer con su salud lo que les parezca conveniente y marchan por el mundo como si la pandemia entendiera de caracteres.

Cuando no llevar mascarilla se convierte en un acto de rebeldía y libertad, deja de ser solo un problema de salud pública. Es una tendencia ética, en la que los rebeldes se mueven en una doble vertiente extrema: o no llevan mascarilla o, por el contrario, se disponen a criticar a todos aquellos que salen de sus casas para algo más que trabajar o hacer la compra.

Los maskhole son un peligro para la Salud Pública, pero también son un síntoma de una sociedad pueril e incapaz de estar a la altura de los retos que la vida y sus propios errores les han puesto.

Dicho esto, y pasando otro tema, se cumplen nueve años de la muerte de Amy Winehouse. Un personaje considerado por muchos como la última gran diva de la música, o al menos por ahora. Un personaje decadente, pueril y autodestructivo. Y una diosa de la música para el humilde escritor de estas líneas. No quería acabar esta columna sin recordarla. ¿Sería una maskhole si viviera? Back to black.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

9 jul. 2020

  • 9.7.20
El pasado lunes se publicó en el BOE el Real Decreto-ley 25/2020, de 3 de julio, de medidas urgentes para apoyar la reactivación económica y el empleo. Una medida fundamental, dentro de un programa más amplio. Una medida conservadora, pero a la que es difícil criticar con justicia.



El real-decreto garantiza un apoyo económico para el sector turístico, automovilístico y, por supuesto, a las empresas estratégicas, entre otras medidas de calado. También supone la continuación de medidas sociales populares, como la moratoria de la ejecución de desahucios y cortes de suministros a personas en situación vulnerable.

En cualquier caso, el texto parece estar más preocupado de garantizar la sostenibilidad del modelo económico actual y de renovar los sectores que dan más empleo –en especial, el turístico y el automovilístico–, que en plantear una transformación de la economía española. Y es que es reflejo de una política económica más amplia que parece no estar interesada en cambios de calado.

No vamos a defender a estas alturas a este Gobierno pseudoprogresista. Sin embargo, en este punto hay que ser justo: hiciera lo que hiciera, iba a ser criticado. Apoyando a los sectores que dan más empleo en este país, y fomentando su renovación, lo podemos criticar de conservador. Si no los apoyara y promoviera una transformación más profunda, fomentando nuevos sectores para renovar el modelo económico del país, lo estaríamos acusando de hacer experimentos con gaseosa. Fastidiado queda, haga lo que haga.

Por lo demás, tampoco se le puede acusar de una carencia de imaginación que comparten los países de nuestro entorno. La Gran Recesión fue una oportunidad perdida por Europa para implantar un cambio del modelo económico dentro de la Economía de Mercado –nos guste más o menos, es el único que tenemos en este momento–.

Volvemos a caer en los mismos errores. Ahora, en la era del covid-19, volvemos a tener una oportunidad, casi mejor que la anterior, para cambiar el mundo. ¿Y qué se va a hacer? Nada. No hay ideas. Hay tiros en el aire. Pinceladas en un cuadro. El ecologismo, en lo que respecta a su defensa de la sostenibilidad, es una perspectiva o, quizá, una meta. Sin embargo, no es una ideología, ni un modelo económico en sí. Asimismo, la economía social es un concepto interesante, potente incluso, pero que necesita integrarse en un modelo más amplio.

Por otro lado, medidas aisladas como la renta básica, la tasa Tobin y otras medidas de hondo calado social –y que han sido apoyadas por eminentes académicos, entre los que destaca el carismático Thomas Piketty–, son insuficientes e, incluso, contraproducentes si no se enmarcan dentro de un programa de medidas más amplio.

En Europa nos está faltando imaginación para buscar un modelo económico que sea más sostenible y aproveche la creciente sobrecualificación de la población. Cabe preguntarse qué está haciendo la Academia, y si se la está ignorando, en la necesaria reinvención del Estado Social.

No podemos pedirles innovación a esos apolillados gurús del siglo XX, que no quisieron ver la Gran Recesión y cuya única receta válida ha sido una austeridad que ha ampliado la brecha social. Europa necesita ideas, y España con ella, y sólo pueden venir del mundo académico.

Si hay algo que debemos tener claro es que el salto social y económico que necesitan España y Europa no vendrán por incluir en discursos las palabras ‘ecologismo’, ‘sostenibilidad’ o ‘economía social’. Ese salto que tanto necesitamos vendrá de una revisión amplia del modelo económico y social, donde se siembren las semillas de un auténtico Estado Social. Un progreso al que es inherente la sostenibilidad del nuevo modelo, la centralización de la gestión de los recursos del Estado, si es que no hay que cederlo a entidades supranacionales, y la reducción de la brecha social.

El actual Gobierno puede ser criticado por muchas cosas. Sin embargo, el citado real-decreto no puede ser una de ellas. Europa necesita de la Academia, y la Academia debe ser escuchada por políticos capaces y valientes, que sepan comprender la necesidad de un auténtico salto cualitativo en materia económica y social.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

25 jun. 2020

  • 25.6.20
En los momentos que estamos viviendo, creo que es necesario defender la herejía como una cualidad tan necesaria como escasa. No hablamos de esa herejía pueril propia de la rebeldía adolescente y del pensamiento político infantil. Hablamos de ir contracorriente, de manera razonada y con espíritu tan crítico como constructivo.



En los tiempos de la postmodernidad, la herejía es una cualidad que se asemeja al gusto por la lectura o el ejercicio. Muchos afirman que huyen del rebaño, que disfrutan de la lectura o que van con frecuencia al gimnasio.

Sin embargo, casi todos se esfuerzan en demostrar que se encuentran en el lugar correcto de una ficticia trinchera que otros han creado para ellos; en hacerse fotografías en la Feria del Libro, donde compran el único trozo de papel que van a leer durante el resto año; o bien, se esfuerzan en pagar su cuota en esos templos dedicados al culto al cuerpo como si fueran una ONG, porque o no van, o lo hacen para poner una fotografía en la red social de turno.

Y eso no es lo peor. Lo peor es que, en ocasiones, estos mismos autodenominados ‘herejes’ se atreven a ejercer de censores. ‘Postcensura’ lo denominan, aunque no es más que la vieja costumbre de linchar, antorcha en mano, al que no comparte tus ideas. Eso sí, en redes, que es mucho más civilizado. Dónde va a parar…

La herejía es un atentado contra la corrección política, que no es otra cosa que neopuritanismo disfrazado; un acto de traición a la pureza, que permite al sistema evolucionar; una obligación ética en tiempos de postureo ideológico. Pero no todos tienen el temple, ni de serlo ni de defenderlo sin caer en una suerte de iluminación personalista, cuando no mesiánica.

Un buen ejemplo de lo que estamos hablando es el abolicionismo. El feminismo radical y descerebrado que ahora mismo prevalece pretende imponer la idea de que solo existe un feminismo, y que debe ser abolicionista. Por tanto, de acuerdo con esta lógica, todo aquel que defienda la regulación del trabajo sexual no solo no es feminista, sino que es un machista.

Así lo aceptan los ‘rebeldes’ militantes en redes sociales. Se niega el debate. Y mientras, se ignora y discrimina a asociaciones feministas como Hetaira o Aprosex. ¿Eso no era cosa del heteropatriarcado?

Admito que el abolicionismo siempre me ha parecido una posición más propia de un vecino del barrio de Salamanca que uno de barrio obrero por las razones que ya expliqué aquí. Es fácil tener sólidos principios utópicos desde la comodidad de tu salón y, desde luego, pongo en duda que Irene Montero o Carmen Calvo sean más feministas que Amarna Miller.

En cualquier caso, y a pesar de lo señalado, sí que considero que es necesario un debate público, y jamás lo negaría. De hecho, se perdió una oportunidad excelente cuando el actual Gobierno negó a la Organización de Trabajadoras Sexuales (OTRAS) convertirse en sindicato. La herejía nunca puede ser intransigente, so pena de aspirar a dogma.

Sirva este ejemplo para entender lo necesario que es el pensamiento crítico, y cómo debe actuar. Máxime, en unos tiempos de cambio, donde jamás ha habido tanto borrego creyéndose librepensador. Es momento de ser valientes, aceptar lo que caiga, proponer nuevos debates y, sobre todo, derribar las trincheras ficticias que los populistas de turno tratan de imponernos –otra vez–.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

11 jun. 2020

  • 11.6.20
Estamos acostumbrados a que solo se trate sobre la tercera edad en la prensa para hablar de sus pensiones. Un debate importante, por supuesto, pero que obvia otro igual de relevante: qué hacer con los que no se valen por sí mismos.



El pasado 5 de junio se actualizó el apartado “Salud” de la publicación del Instituto Nacional de Estadística (INE) Mujeres y hombres en España. De acuerdo con este documento oficial: “entre 1999 y 2019 (datos provisionales), la esperanza de vida al nacimiento de los hombres ha pasado de 75,4 a 80,9 años y la de las mujeres de 82,3 a 86,2 años”. Por otro lado, la proyección parece más prometedora, si cabe: “la esperanza de vida al nacimiento alcanzaría los 82,9 años en los hombres y los 87,7 en las mujeres en el año 2033”.

Ahora bien, por la propia naturaleza de la vejez, y por mucho que haya avanzado la ciencia, el aumento de la esperanza de vida de las personas es proporcional al descenso de su calidad de vida. Los problemas físicos y, peor, psíquicos, llevan a muchas familias a situaciones límite que rara vez abren los informativos.

En el modelo familiar tradicional, la mujer se encargaba del cuidado de niños y ancianos que, en todo caso, tampoco solían ser un problema por mucho tiempo. Sin embargo, incluso aceptando un modelo de familia ya obsoleto, el hecho es que la mujer se ha incorporado al mercado laboral, comparte los cuidados familiares con su pareja, y se encuentra con el hecho de que pueden pasar diez o veinte años cuidando de sus mayores.

Menos tiempo y más exigencias. Incluso compartiendo las obligaciones familiares entre todos los miembros de la unidad familiar, la conciliación es un reto. Y casi un imposible si hay niños o si el anciano padece severos problemas de salud mental.

Soluciones habituales suelen ser acudir a cuidadores profesionales, a cuidadores no profesionales o, de manera más radical, pagar una residencia de ancianos. De hecho, he conocido casos absurdos, como una señora que cuidaba de un anciano para poder pagarle la cuidadora a sus padres. Y no entremos ya en la espinosa cuestión de la remuneración de los cuidadores…

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, rememorado hace poco por el compañero Daniel Guerrero, fue tan fecundo en buenas ideas como incompetente para llevarlas a cabo. Dentro de sus políticas sociales, aprobó en 2006 la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia, más conocida como Ley de Dependencia.

La idea que subyacía en la ley era apoyar a las familias con personas dependientes, ya lo fueran por complicaciones físicas o psicológicas. Quizá, fue una de las medidas más interesantes y directas de cara al cuidado de nuestros mayores. Sin embargo, ese problema crónico de nuestro país que es el de las competencias y, sobre todo, los recortes del Gobierno de Mariano Rajoy, dieron lugar a que la medida no tuviera todo el alcance deseado.

Ahora, en plena crisis del covid-19, existe un debate sobre el número de muertos en residencias de mayores y, sobre todo, con respecto a los procedimientos llevados a cabo para proteger a los ancianos que se encontraban en estos espacios.

Yo echo de menos un debate serio sobre qué hacer con nuestros mayores, y cómo conciliar la vida laboral y familiar, que parece más enfocada que nunca al cuidado de los pequeños de la casa.

El hecho es que ha habido un número limitado de residencias de ancianos con casos de covid-19, mientras que otras muchas adoptaron medidas tajantes desde el principio para proteger a sus usuarios. Sin embargo, ¿qué hijo que ame a sus padres los metería ahora, sin un nudo en la garganta, en una de estas residencias?

Partimos de la base de que un número importante de ellos lo hacen porque no tienen más opciones. Y aún así, es un gasto difícil de asumir ante la falta de plazas en las residencias públicas.

Los ancianos son cada vez más longevos, el culto a la productividad nos exige más sacrificios en tiempo y sentimientos, los cuidados son más caros, y el coste público del mantenimiento de nuestros mayores está al alza. Y no podemos abandonarlos: sería una ignominia.

En el Decálogo de preguntas y respuestas sobre el impacto previsional del COVID-19, publicado el pasado mes de abril por el Foro de Expertos del Instituto BBVA de Pensiones, se lleva a cabo una loa del teletrabajo, panacea de todos los males. Aumento de la productividad, facilidades para la conciliación y aumento de la vida laboral… Un chollo para el empresario que esté dispuesto en invertir en los medios.

Desde luego, soy defensor del teletrabajo para los oficios que lo permitan. En efecto, el principal argumento es la relativa facilitación de la conciliación entre la vida familiar y la laboral. Sin embargo, no podemos obviar las trampas que lleva detrás. El empresario sin escrúpulos, que los hay, sabe que estás en tu casa. No puedes escapar del trabajo. Por eso debe ser regulado, y evitar abusos.

Retomando la cuestión de nuestros mayores, todo parece apuntar a que el teletrabajo facilitará la ampliación de la vida laboral, al igual que la conciliación. Sin embargo, está lejos de ser una medida suficiente. Ni siquiera está cerca de ser una medida.

Si hablamos con propiedad, el problema de la tercera edad no es una complicación española en exclusiva. Sin embargo, es dentro de los límites del Estado y del cachondeo autonómico actual donde debemos abordarlo.

La era postcovid-19 debe estar basado en un modelo social más sostenible en un sentido amplio del término. Sostenibilidad ambiental, sostenibilidad económica, sostenibilidad del nuevo modelo de familia… Y el debate sobre el cuidado de la tercera edad es obligatorio. A ver si entre tanta bronca chabacana en el Congreso, le podemos sacar algún hueco…

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

28 may. 2020

  • 28.5.20
El cese del coronel Diego Pérez de los Cobos como jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid es uno de esos hechos políticos que te hacen sentir arcadas de la política española. Desconozco en profundidad la carrera de Pérez de los Cobos. Con el corazón en la mano, no conozco su ideología, su personalidad, ni su trayectoria, de la que diferentes medios destacan lo que les interesa. Unos, su intervención durante el 1 de octubre en Cataluña; otros, su lucha contra ETA. Y lo cierto es que me da igual.



La causa de su cese, así como la caída en desgracia de varios de sus subordinados, ha sido la entrega de un informe a la autoridad judicial, requerido por la misma en el marco de la investigación Operación Sanitario, que viene motivada por una acusación de supuestos delitos de prevaricación administrativa y de lesiones por imprudencia, al permitir las autoridades tanto las manifestaciones como las reuniones en lugares de tránsito público en los días previos al 15 de marzo.

Como es lógico, el foco político se encuentra en la manifestación por el Día de la Mujer, durante el pasado 8 de marzo. Recordemos que, en menos de 24 horas tras su celebración, comenzaron las primeras medidas restrictivas. Sin embargo, el informe tiene un alcance mucho más amplio, pues afecta a otras manifestaciones en la Comunidad de Madrid y otros eventos en el territorio nacional hasta el 14 de marzo, incluyendo ciertos partidos de fútbol internacionales.

La pertinencia judicial del informe solo puede ser confirmado por un juez y debatido en profundidad por juristas. De hecho, el reconocido catedrático Javier Pérez Royo ha sido muy crítico con los conceptos utilizados en el proceso, al considerar que para que haya prevaricación administrativa, primero tiene que haber acto administrativo. En cambio, las implicaciones políticas del documento son demoledoras, pues desmonta, por lo menos, tres argumentos del Gobierno.

El primero es que siempre se ha dejado guiar por la recomendación de los científicos y, en especial, de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El segundo, que no fue consciente de la amenaza hasta el 9 de marzo, fecha en que se producen las primeras medidas restrictivas serias. En tercer lugar, que se permitió la celebración de manifestaciones y reuniones en lugares de tránsito público, sabiendo que podían ser una amenaza para la salud pública.

Existen algunas imprecisiones o errores en el informe, en especial en lo referido a la interpretación de las recomendaciones de la OMS. De poco calado, en cualquier caso, por ser de fácil corrección. En cambio, queda demostrado en este documento aportado en el informe que la OMS recomendó el pasado 29 de enero “evitar las aglomeraciones y no permanecer con frecuencia en espacios cerrados y abarrotados”. Esto incluiría, no solo las manifestaciones, que se siguieron permitiendo, sino que también los eventos deportivos y los de cualquier naturaleza.

Sin embargo, como confirma la propia Delegación del Gobierno en Madrid, estos eventos se siguieron celebrando. Y aquí viene uno de los puntos más inquietantes del documento: varios de sus promotores declararon como testigos, ante la Guardia Civil, que desde la Delegación se pusieron en contacto con ellos por teléfono.

El objetivo de estas llamadas habría sido que desconvocaran los actos previstos por propia iniciativa, poniendo como excusa la amenaza del Covid-19. Estos hechos ya se estaban produciendo antes del 8-M, como reflejan los folios 68 y 69 del informe.

Por tanto, si esto es cierto, desde el pasado 5 de marzo hubo manifestaciones y reuniones en lugares de tránsito público que contaron con todas las bendiciones de la Delegación del Gobierno en Madrid, mientras que otras fueron desaconsejadas verbalmente a causa del Covid-19.

Tampoco se deja en buen lugar a Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Son varias la referencias a declaraciones y decisiones personales y/o profesionales que evidencian su conciencia de la amenaza. Hecho que no impidió al Gobierno mantener los diferentes eventos mencionados.

Otro hecho que deja en muy mal lugar al que ha sido el rostro de la acción del Gobierno contra el Covid-19 es que, en el momento de redactarse el informe, su centro no hubiera aportado la información requerida por la Guardia Civil. Y ello, a pesar de haberlo solicitado en repetidas ocasiones desde el pasado 8 de abril.

No caben aquí todas las pruebas que se dan en contra del Gobierno, si bien, lo expuesto evidencia la miga política del documento. Insistimos en que no estamos en posición de evaluar su carácter jurídico, pero sí el político. Y el hecho es que la destitución de Pérez de los Cobos ha sido un acto miserable, en el que se ha purgado a un cargo por cumplir con su trabajo.

Un acto miserable, y también mediocre, porque lo que ha hecho es evidenciar aún más las tendencias autoritarias de un Gobierno que se cree que vive en un House of Cards permanente. Si viviéramos en un país serio y, de paso, tuviéramos una oposición al Gobierno seria, ya le habría costado la cabeza del Kennedy español. Desde luego, si hubiera estado el Partido Popular en el Gobierno, ya estaría medio país en la calle. Y con razón.

No me cabe la menor duda de que la España de mañana será mucho más autoritaria y pobre, tanto desde una perspectiva económica como intelectual. Y lo peor es que el postureo político de muchas personas de a pie les impide reconocerlo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

14 may. 2020

  • 14.5.20
La crisis del Covid-19 ha roto las costuras del orden económico y político mundial. Si hacemos caso a Slavoj Žižek, esto supone el principio del fin del sistema imperante. En cambio, si escuchamos las advertencias de Byung-Chul Han, ante el peligro, el sistema tenderá a reivindicarse y a ser más autoritario. Creo más a este último, como buen optimista bien informado.



No es una nueva crisis. El que quiera vender este engaño, tened claro que lo hace para tapar sus vergüenzas del pasado. Es la misma crisis que llevamos atravesando desde hace más de una década. Una crisis que nunca superamos, pero que ya llevábamos mejor.

Tampoco nos engañemos a nosotros mismos. Sería exagerado afirmar que lo que viene será el Apocalipsis, en especial tras los meses de septiembre y octubre, pero tampoco será bonito. Pedro Sánchez hará pasar a Mariano Rajoy por hermanita de la caridad. Y, al igual que él, lo hará en nombre del mismo pueblo al que desvalija. Hablamos de recortes presupuestarios, por supuesto, pero también de la vulneración de derechos que ya estamos sufriendo y de un aumento, otra vez, de la polarización política.

Ante tanta acción, la reacción será inevitable. Ahora bien, ¿qué reacción? La rebeldía es un sentimiento, no una acción. Es un decir no, a la vez que se dice sí, tal y como señala Albert Camus. Las acciones emanan de las ideas y de las emociones. Y aquí es donde yo encuentro el error de Žižek.

Pongo un ejemplo claro. El movimiento independentista catalán actual, consecuencia indudable del movimiento 15M como continuación de la misma en la región catalana, se caracteriza por su carácter rebelde. Dice “no” a España, símbolo de todos los males, y “sí” a una República Catalana que es vista como la nueva Arcadia.

Ahora bien, si tomamos la masa social del independentismo catalán y la segmentamos, podemos comprobar que buena parte de la misma no tiene un carácter comprometido. Se trata de una rebeldía pueril, que se retroalimenta por el sentimiento de pertenencia a un colectivo. Además, el independentismo fomenta un objetivo claro, tangible, que la sociedad europea actual no puede proporcionar. Es la opción fácil.

Si a estos mismos los ponemos ante un análisis racional, no pueden aceptar el carácter supremacista y contraproducente de su movimiento. Y, en cualquier caso, son incapaces de sacrificios reales por su causa. Como mucho, pueden aspirar a la rebeldía estética de los dandies. “Vivir o morir delante del espejo”, como diría Charles Baudelaire. Hoy diríamos “vivir o morir en las redes”.

En cambio, existe una minoría abultada de rebeldes comprometidos, dispuestos a sacrificar, incluso, la vida por obtener la tierra prometida: una Cataluña libre y perfecta. Sin embargo, son fanáticos que no solo no aguantan el análisis racional, sino que están dispuestos a reventarla sin mala conciencia.

Si pretendiéramos encerrarlos en una habitación, como de hecho ha pasado con sus representantes políticos, solo habría división. El independentismo no es una ideología. La independencia es un fin cuestionable. No hay unidad para un proyecto común más elaborado. Y eso solo consigue cortocircuitar el movimiento. Los posconvergentes son los herederos de la burguesía catalana más reaccionaria. ¿Cómo pueden ponerse de acuerdo con los antisistema?

Volviendo a Žižek, este cuenta con una rebeldía comprometida y un sistema insostenible. Sin embargo, la ausencia de un proyecto realista y esperanzador hace, y seguirá haciendo, que esa rebeldía comprometida se materialice en fanatismo, como ha ocurrido en España con un buen sector de Unidas Podemos, Bildu, Candidatura d'Unitat Popular (CUP) o Vox –movimiento reaccionario, pero no por ello menos rebelde–. Y el fanatismo justifica la represión.

Ante tanta opresión y caos como se nos viene, la reacción mayoritaria será una rebeldía pueril, cuando no estética, y una rebeldía comprometida minoritaria y fanática, repulsiva para los moderados, que será incapaz de hacer cumplir las expectativas de Žižek. De hecho, en España es un hecho que ya hemos vivido.

Queda cierto resquicio de esperanza en cierta minoría crítica y moderada que, con toda probabilidad, será aplastada por los fanáticos, tal y como ocurrió en España con el partido Podemos. El movimiento 15M y el partido Podemos esperanzaron a muchos y todos sabemos cómo han acabado: siendo un conjunto de movimientos de fanáticos de extrema izquierda, muy lejos del espíritu integrador del 15M.

Vienen malos tiempos para las personas. También para el pensamiento crítico.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

30 abr. 2020

  • 30.4.20
En tiempos del Covid-19, no paro de darle vueltas a una publicación que leí hace unos meses, en el contexto de una investigación. El texto en cuestión salió a la calle en 1607, de la mano de Antonia Ramírez. Fue la viuda de un impresor, que se hizo cargo del taller de su marido en Salamanca y que, según el Diccionario de impresores españoles (siglos XV-XVII) de Juan Delgado Casado, estuvo al cargo de su imprenta entre 1603 y 1646.



Este hecho no era extraño, pues conocemos varias esposas de impresores que se ponían al mando de imprentas cuando enviudaban. Si bien, llama la atención su longevidad como regente del negocio. En la misma ciudad, compitió con diversos impresores, entre los que hubo otras mujeres, como Susana Muñoz (1610-1621) o “La viuda de Diego de Cosío” (1931).

En concreto, la publicación a la que hago referencia se denomina de la siguiente manera: Coplas del año mil y quinientos y nouenta y nueue las quales contienen las notables cosas que acontecieron en estos dos años esteriles, compuestas por Sebastian de Granadilla pintor y vezino de Salamanca en este Año presente de 99.

Uno de los tipos de publicación informativa más habituales fue el verso, que conectaba con los gustos del momento y que ayudaba a los ciegos a memorizar los textos con más facilidad. En este caso, como indica el título, el texto es una copla, una variedad habitual.

Sin embargo, como ya indico, lo extraordinario del texto no es ni el género de la persona que lo editó, ni tampoco el género textual. Lo que lo hace especial, o al menos para mí, es su tono.

Estamos haciendo referencia a una obra de finales del siglo XVI que, como todas, tenía que pasar por una censura previa. Si bien, la censura no fue tan exhaustiva en los reinos hispánicos como en otros países europeos –pese a lo que ha transmitido la Leyenda Negra–, lo cierto es que la autocensura y la censura previa fueron dos elementos decisivos para comprender hoy el tono y contenido de los textos.

Por ello, la mayoría de los textos informativos u opinativos del período eran bastante dóciles con respecto a los poderes fácticos del momento. Un hecho que hace que esta pieza sea tan extraordinaria. Y es evidente que no soy el único que lo ha pensado, puesto que los estudiosos Víctor Infantes y Jacobo Sanz Hermida ya le dedicaron un buen estudio.

De cara a la censura, llama la atención que el texto fue compuesto en el año 1599 y que narra hechos acaecidos en ese año en Salamanca. Felipe II muere en septiembre de 1598, dejando los reinos hispánicos en una situación económica mejorable. Sebastián de Granadilla ofrece un testimonio de los estragos que vivió su ciudad, Salamanca, en este momento.

Empieza con el año 1598. Tras mencionar la muerte del rey, afirma lastimeramente: “Año fragoso y esquivo / triste miserable y fuerte / no se para que te escrivo / puesto ya el pie en el estrivo / con las ansias de la muerte” (grafía modernizada, así como los siguientes).

Tras esto, hace referencia al hambre y a la mortandad que se vivió aquel año, así como a las guerras y a las malas cosechas: “Tampoco nos faltan guerras / porque esta el mundo perdido, / y al tiempo venido / que se cansan ya las tierras / de dar el fructo devido”. Inmediatamente después, ofreciendo una imagen aún más oscura si cabía, señala el hecho de que debieron ponerse de luto por la muerte del rey.

A partir de aquí, Granadilla ofrece unos hechos aislados, que denomina “niñerías”, que reflejan la miseria y oscuridad de aquellos días. En especial, hace énfasis en la crueldad de los panaderos por la subida del precio del pan: “que nos roban los dineros. // Y tienen con este fuero / a Salamanca assolada, / despoblada, y sin dinero”.

En especial, resulta interesante el relato, que no sé si calificar de costumbrista, de un soldado que roba a una panadera. Cuando la mujer pide auxilio, los presentes, en vez de perseguir al ladrón, hacen la vista gorda, “y comiençan de decir / ojos que le vieron ya / no le veran mas en Francia”. El desempleo es otra lacra, consecuencia de la falta de consumo y, a su vez, causa de la misma.

Sigue con el año 1599, donde se muestran los mismos males: “Mira que gran desconsuelo / los muertos llevan sin luz, / sin ataud, y sin duelo, los arrrojan por el suelo / sin clerigos y sin cruz”. Más adelante, indica que incluso los más nobles se encuentran con dificultades porque alguien, asumimos que la autoridad municipal, no daba licencia para enterrar.

Ante tanta necesidad, señala la única salida posible para mucha gente: enrolarse en el ejército o dejar su “patria”, “desesperados”, asumimos que a las Indias u otros lugares por el estilo. Sin embargo, es curioso que denuncia la emigración a Salamanca de otros pobres de zonas aún más pobres, de Portugal y Galicia, “que el año de la langosta / no nos hizo tanto mal”. Concluye el año criticando a los mercaderes de cereales.

Finalmente, incluye una glosa y un villancico. En este último, cambia el tono, haciendo un elogio al nuevo rey y al fin de los conflictos. No descartamos que fuera un añadido posterior para hacer el texto más digerible a la censura, aunque no deja de ser una hipótesis.

El texto fue publicado en 1607, si bien la licencia señala que fue aprobado en abril de 1599. Por tanto, aunque se hiciera referencia a dos años, lo más probable es que se ocupe de menos de un año natural. Asimismo, con casi toda seguridad fue una reedición, y que haya por ahí perdido un original de 1599 o 1600.

Como ya he indicado, su tono es excepcional. No es extraño que un texto de la época hiciera alusiones a las malas condiciones de vida de la gente. Sin embargo, en su género, este es uno de los textos más oscuros y críticos que he leído.

Si recopilamos la información, este testigo de los hechos hace referencia al hambre, a la enfermedad, a las guerras, a la inflación, a la emigración y la inmigración –culpándola de empeorar su situación–, al desempleo, a malas cosechas y otras realidades.

Insisto, en los últimos tiempos pienso mucho en este texto y me fascino del hecho de que los tiempos no hayan cambiado tanto. La realidad humana sigue siendo la misma. Sí, hay más bienestar, por ahora y por suerte. O al menos en nuestro país.

Sin embargo, los males que asolan al mundo siguen siendo los mismos. Sebastián de Granadilla fue pintor y es probable que sufriera en gran medida los avatares de aquella época. A falta de redes sociales, quizá necesitara de la imprenta para expresar su relato de ese momento tan oscuro que vivió.

Su texto no tiene calidad informativa en términos modernos, y tampoco puede considerarse un texto historiográfico. Sin embargo, expresa lo mejor que puede una realidad que padeció y de la que, por tanto, fue testigo.

Por suerte, insisto, en España vivimos con cierto bienestar, o al menos por ahora. Sin embargo, salvando las distancias, ¿cuántos Sebastianes de Granadilla saldrán en los próximos años? Dos meses de encierro, familias enteras viviendo los horrores de la amenaza invisible, el recuerdo de la locura e insensatez de ciertas personas, el miedo al paro o la desazón del desempleo, sin tener la posibilidad de despejarse…

Granadilla no guardó nada bueno de aquello. O, al menos, no nos lo transmitió. Quizá nosotros sí podamos. Ahora comienza la desescalada. Esperemos que todo quede en un mal sueño. Vivimos los relatos del ahora a través de la prensa. Observemos lo que el Periodismo, la Literatura y el Arte nos ofrecerán en los próximos años. Algo diferente habrá.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

16 abr. 2020

  • 16.4.20
Una creencia común es que las palabras no son inocentes. No me atrevo a añadir que “nunca” lo son. Sin embargo, considero que no es necesario explicar que la palabra puede matar, del mismo modo que puede dar vida. Esa fuerza maravillosa de la palabra nace de su anatomía. Toda palabra tiene un contenido, que es universal, y un continente, que es único en cada idioma. La idea del canalla, con sus variantes, es un concepto universal. La forma de denominar al canalla varía de un idioma a otro. Y es con los conceptos con los que construimos nuestra realidad.



De hecho, las palabras pueden crear mundos, incluso los del más allá, lo que explica que los sacerdotes de cualquier religión y los escritores de ficción sean sus especialistas. Hasta el destructor de valores, Friedrich Nietzsche, reivindicó a los poetas por su faceta creadora, a pesar de que “mentían demasiado” para su gusto, e incluso identificó a su Zarathustra con uno.

Y es ese peligro potencial de las palabras el que impone el imperativo moral de la claridad, so pena de parecer deshonesto. “¡Cuán viciosa será la oración, cuya principal virtud es la claridad, si necesita de intérprete!”, afirmaba Quintiliano en su De institutione oratoria, para criticar a los torticeros del lenguaje.

Hay quien confunde el pícaro arte de la retórica con la manipulación de la lengua. La retórica es un donjuán que puede llegar a jugar con las palabras y llevarlas al límite para persuadir, convencer y conmover. Busca salirse con la suya, y eso no gusta a los débiles de espíritu.

Sin embargo, la retórica respeta el concepto si bien, en ocasiones, juegue con él para crear belleza o convencer. La manipulación de la lengua es la profanación del concepto. Cuando la retórica hace uso de ella, ese simpático canalla que es el donjuán pasa a ser un violador sin escrúpulos. El respeto al concepto es un deber ético que no podemos saltarnos a la ligera.

George Orwell lo sabía bien. Por eso, en su distopía 1984, tenía tanta importancia la manipulación de las palabras. En su obra, el concepto de ‘guerra’ se asociaba con la palabra ‘paz’; la esclavitud con la libertad; y la fuerza con la ignorancia. Así se difuminaban los conceptos. ¿Quién no querría la paz? Había que ir a la guerra.

En España vivimos esa distopía. La guerra se identificaba con cruzada; la libertad, con aislamiento; y la ignorancia, con fe ciega. El buen español defendía la santa cruzada, su libertad en el aislamiento de los enemigos de la Patria, y la fe ciega en un señor bajito que iba bajo palio y sus representantes en provincias. Y funcionó, que es lo peor de todo.

Por desgracia, empezamos a revivir la distopía. Ya no es una retórica fastidiosa. A la violación de derechos la llamamos seguridad; a la imposición, libertad; a saltarse el Estado de Derecho, adaptarse a los tiempos; al culto a la personalidad, progresismo, y un largo etcétera.

Ahora se empieza a hablar de “pacto”. Muchos aplauden. Otros, como yo, nos sobrecogemos. De acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua, árbitra en la unión de contenidos y continentes en la lengua castellana, un pacto es un “concierto o tratado entre dos o más partes que se comprometen a cumplir lo estipulado”.

Es cierto, la palabra ‘pacto’ evoca a una señora necesaria y esencial en democracia. Una bendición que da pan, trabajo y estabilidad. A fin de cuentas, la verdadera política consiste en poner a la gente de acuerdo, aunque sea alrededor de una mentira.

Sin embargo, me temo que tan virtuosa dama será próximo objeto de violación por los vividores del país, que no entienden de colores. Difuminado el concepto, quizá ‘pacto’ pase a confundirse con ‘arma arrojadiza’ o, quizá, ‘carta blanca para el saqueo’. ¿Quién sabe?

El Kennedy español no exagera: es necesario un pacto para la reconstrucción nacional. Ahora bien, que de verdad esté dispuesto a pactar con sinceridad con alguien que no sea su propio reflejo sonriente en el espejo, es como pedirle moderación a Santiago Abascal. Impensable. Iván Redondo es el auténtico Ejecutivo en un Gobierno más preocupado por aparentar que gobierna que en hacerlo.

Y seamos sinceros: tampoco los apoyos potenciales del Gobierno son más responsables. Al trifachito le importa un ardite el Estado, que solo defiende cada vez que hay que sacar la bandera; a la pseudoizquierda otro tanto, más preocupada por demostrar su supuesto progresismo que ejerciéndolo; y a los partidos supremacistas de Euskadi y Cataluña… mejor los dejamos para otro día.

Observemos el uso que se hace de las palabras estos días. Democracia, progresismo, pacto, responsabilidad y otros conceptos importantes serán manipulados. De hecho, lo están siendo ya. Hasta cierto punto, siempre lo han sido. Pero habría que volver a la Dictadura para recordar algo así. No caigamos en la profanación del concepto, so pena de permitir la profanación de nuestro pensamiento.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

2 abr. 2020

  • 2.4.20
Es imposible no recordar una de las mejores sátiras sobre la Guerra Fría, ¿Teléfono rojo: volamos hacia Moscú? (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb). Ante la inevitable catástrofe nuclear, al Gobierno de Estados Unidos no se le ocurre otra cosa que preparar la vida después de la catástrofe en los mismos términos que lo habían llevado al desastre. Mientras, el embajador soviético aprovecha para espiar a los americanos, con el mismo fin de retomar las hostilidades en mejor situación.



La lección de la película es que el ser humano, aparte de ser estúpido, no aprende de sus errores. Lo que estamos viviendo no es, ni de lejos, una catástrofe nuclear. Pero sí es una catástrofe económica y sanitaria de la que tardaremos tiempo en salir. Y estoy convencido de que, por desgracia, no aprenderemos tampoco la lección.

En lo que respecta al caso español, los mismos que hasta hace poco bramaban contra el “Estado totalitario” ahora reclaman que este les salve. Y, en efecto, esa es la obligación del Estado. Esté en el gobierno quien esté y con independencia de lo que dijera el imbécil de turno. Y precisamente por eso, muchos lo hemos defendido siempre frente a los feudos autonómicos, que están demostrando ser una traba en la gestión de esta crisis.

A decir verdad, echo de menos los imprescindibles debates sobre la violación de las gallinas por parte de los gallos, el derecho de autodeterminación de los cruzados amarillos, del buen dormir del Kennedy español y, añadimos, las tan necesarias ayudas a la tauromaquia, el gravísimo problema de la inmigración ilegal y la imperiosa necesidad de poner banderas en los balcones. La estupidez no entiende de colores políticos.

La vida ha puesto a muchos en su sitio. Ahora, los mismos que han destrozado el Estado, ya fuera concediendo lo esencial a los feudos autonómicos, o metiendo mano a la caja, por no hablar de sus defensores, reclaman al Estado recursos y decisiones. ¿Qué recursos, si entre unos y otros han dejado la caja vacía?

Ahora no es momento de criticar, sino de arrimar el hombro. O eso dicen los que han apoyado al tumor sanchista. Y obvian que en mitad de una declaración unilateral de independencia, no pocos fueron los que criticaron a Mariano Rajoy por aplicar un artículo constitucional que, por lo demás, solo fue criticable por su suavidad. Y ahora ha quedado patente.

Un país serio ya hubiera quitado de en medio a Quim Torra desde hace mucho. Es más, los posconvergentes deberían haber sido ilegalizados hace mucho por su apoyo a los Comitès de Defensa de la República (CDR). Cuando hablábamos del problema catalán, era a situaciones como la que estamos viviendo a las que nos referíamos.

Siempre he defendido que la Educación, la Sanidad, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y, por supuesto, todas las decisiones de carácter económico, deben estar en manos del Estado para su gestión centralizada. Y ello no atenta contra la identidad de nadie. Que el Estado tenga que estar consultando si puede llevar a personas ubicadas en las Unidades de Cuidados Intensivos de una comunidad a las de otra es una vergüenza.

El cachondeo autonómico ha dado lugar a una organización ineficiente en un momento de crisis como la que vivimos. Y como empecemos a hablar de la incompetencia del propio Gobierno desde que se desató esta crisis, les dejo material de lectura para todo el confinamiento.

En cualquier caso, no hagamos más sangre. Ya habrá tiempo para ello. Me conformo con que algunos sectarios empiecen a entender que un trabajador no tiene más patria que, como mucho, la sentimental. Y lo dice un defensor de la Patria Andaluza.

Sería estupendo que algunos tomaran conciencia de que el Estado es una herramienta para el bien público que depende del que lo use, y lo estamos desmantelando para que unos pocos puedan rascar más de la tarta. Que el debate debe centrarse siempre en cómo organizar mejor los servicios públicos, y no en quién tiene el derecho medieval de hacerlo.

Cuando esto acabe, sea como sea, habrá que reconstruir la economía del país. Y aunque a todos nos tocará participar en ello, no seremos nosotros los que decidamos qué hacer. Serán los miembros del Gobierno pseudoprogresista, el trifachito y los nacionalistas pirómanos. Desalentador, cuando menos.

Lo único que nos queda es, con los años, defender y revisar nuestra concepción del Estado. Defenderlo en las urnas y en las calles, del mismo modo que hemos defendido la igualdad, la protección del medio ambiente, y otros derechos y deberes que hace quince años no estaban en la agenda política.

Sin Estado solo existen dos opciones coherentes: la utopía anarquista o el caos. No se puede ser de izquierdas y atacar el Estado. Es la Derecha la que, de siempre, ha fomentado los feudos y los nacionalismos. No termino de entender cómo en España hemos podido retorcer tanto la ecuación.

Sea de la naturaleza que sea, ninguna crisis tiene sentido si no se sale fortalecido de la misma. Y si queremos fortalecer España, hay que defender al Estado, con independencia del color político del inquilino de La Moncloa. Porque llegan momentos como el que vivimos, y encontramos al Estado famélico y debilitado. No es patriotismo de bandera: es la necesidad de la gente.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

19 mar. 2020

  • 19.3.20
Albert Camus empezó El extranjero con unas palabras contundentes que, además, reflejan el estado mental de Meursault, protagonista del relato: “Mamá ha muerto hoy. O tal vez fue ayer, no lo sé”. Por suerte, yo puedo empezar esta columna con menos urgencia y más precisión. Mi padre falleció hace tres semanas. Un infarto sin antecedentes cardiovasculares. Fue el mismo día en que me dieron otra noticia impactante, que tendré el buen gusto de no desvelar. Porque los males suelen venir juntos, y deben saborearse en soledad.



Desde ese veinticinco de febrero, vivo en una cuarentena intelectual de la que tardaré tiempo en salir. El teletrabajo se ha vuelto una realidad y la realidad, un trabajo. La familia en el Sur, y tanto mi pareja como yo exiliados laborales en la Meseta. Pero tranquilos, nos queda papel higiénico.

No es el dolor, ni el agobio, ni las ansias de libertad los que me han llevado a esa cuarentena intelectual a la que hacía referencia. Son preguntas personales que, quizá, me habría hecho en vida de mi padre o bien, libre de encierros forzados. Preguntas que se suman a inquietudes políticas y sociales, que me resultan inaplazables. Quizá como a todos, pero de diferente manera.

Desde que observé por primera vez el cadáver de mi padre en el tanatorio hasta el día de hoy, en que observo la fauna de los supermercados tratarse como rivales en potencia, hay una palabra que no deja de rondar en mi cabeza: humanidad.

Si echamos un vistazo al diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, ‘humanidad’ es un término polisémico. Cuenta con nueve acepciones. De la que yo hablo es de la cuarta, que hace referencia a la fragilidad o flaqueza propia del ser humano.

Filólogos, escritores y demás especialistas gustan de hablar de los fenómenos humanos universales: el amor, el odio, la envidia, el desprecio, la decepción, la ira, el miedo… Yo los he vivido todos en estas últimas tres semanas. Y puedo decir, con perdón de los especialistas, que todo se puede resumir en la palabra ‘humanidad’, pues todas las pasiones nacen de la fragilidad y la flaqueza.

Desde los relatos homéricos hasta el último premio Planeta, casi todas las obras de ficción, por no decir todas, han tratado sobre la fragilidad del ser humano. Desde la Ilíada hasta la última novela que medio valga la pena que haya salido de una imprenta, ha versado sobre las reacciones de los seres humanos o equivalentes ante un conflicto. Por ello, quizá, los grandes autores y pensadores tienen también algo de psicólogos, en la acepción menos profesional del término.

Albert Camus fue un gran pensador y, por ello, un psicólogo respetable. Así lo reflejó en esa obra que ahora parece haberse puesto de moda, La peste. Una novela que pretendía ser un reflejo de la sociedad francesa durante la ocupación nazi. Sin embargo, nos da lo mismo.

Camus nos ofrece personajes que se encuentran en una situación extrema y retrata las reacciones sin juicios de valor. La humanidad es humanidad. Del primero al último, todos son frágiles. Desde el que se siente feliz en mitad de la epidemia hasta los que sufren el mal físico.

En tiempos como los que hoy vivimos, Camus nos ofrece el ejemplo del sufriente doctor Rieux. Se queda encerrado e incomunicado en la ciudad, lejos de su esposa enferma. El estrés y la presión a los que se ve sometido llegan a su punto álgido cuando, casi al final del camino, ve morir por la enfermedad a su única amistad.

La actitud de Rieux tiene una profunda dimensión ética. En momentos de excepción, Albert Camus no muestra a un personaje que cumple con su deber como médico sin patetismos, ni quejas. No critica a nadie, y tiene claro cuál es el bien superior. La templanza es el deber ético del ciudadano en tiempos de crisis. Una actitud de la que él mismo dio ejemplo durante su participación en la Resistencia Francesa.

En su Mito de Sísifo, Camus reconocía la absurdez de la existencia, que conlleva a tres conclusiones que suponen el sustento de sus personajes literarios: la rebeldía, la pasión y la libertad. Pero como bien señaló en El hombre rebelde, no hace referencia a la pueril rebeldía del adolescente, sino a un estado de levantamiento comprometido con un bien superior. Y en ese sentido, el doctor Rieux fue un rebelde. Aceptó la situación y, desde la aceptación, escogió con libertad y pasión rebelarse contra la epidemia.

Quizá, lo que me es más difícil de aceptar del pensamiento camusiano es la renuncia a la esperanza. A día de hoy, la aceptación sin esperanza me resulta una actitud inhumana, que conduce al nihilismo más pasivo imaginable. La acción, que es elección, solo puede nacer de la esperanza.

Por eso, quizá sin pretenderlo su autor, Rieux no es un personaje irreal. Son su dolor silencioso y su esperanza de vencer a la epidemia lo que lo hace humano, cercano a nosotros. Es un personaje frágil, del que esperamos actos de flaqueza a lo largo del libro. Por eso, pese al propio Camus, y quizá por lo que él no pretendiera, el doctor Rieux es un ejemplo en tiempos de excepción.

Decía Friedrich Nietzsche en Más allá del bien y del mal que hay que despedirse de la vida como Odiseo se despidió de Nausícaa: dándole las gracias, pero sin amarla. No sé si mi padre le dio las gracias a la vida. Dudo que tuviera tiempo.

Mi abuelo fue mi segundo padre o el primero, según se mire, y sí pudo. Y dio gracias. No sé si, a la hora de despedirme de mi vida, tendré ocasión de darle las gracias. Sobre estas cosas se pueden tener muchos posicionamientos y, sin embargo, retractarse frente al verdugo de todos.

Lo único que podemos gestionar en el momento presente es la actitud que adoptamos ante la vida. Y comparto con Camus la idea de la rebeldía comprometida sin sobreactuaciones ni heroicidades trágicas. Lo hago, sin renunciar a la esperanza, sin criticar a los que se aferran a la religión, o al carpe diem. Porque también yo podría haberlos escogido. Porque soy frágil. Porque todos somos frágiles. Somos humanos.

El único límite en tiempos de excepción es el civismo. Y quizá debiéramos actuar siempre como si estuviéramos de excepción. Cierro este capítulo de mi cuarentena intelectual recordando un poema de Roger Wolfe, La condición humana, que hoy interpreto de otra manera. Que cada cual lo haga a la suya:

La vida nos tiene 
tan ocupados
con sus absurdas menudencias 
(como comer mañana, por ejemplo)
que nunca recordamos
lo que verdaderamente es importante. 
Y ahora que lo pienso 
no consigo recordar
lo que me ha impulsado a sentarme a escribir este poema. 
Aunque seguramente carecía 
por completo 
de importancia.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

6 mar. 2020

  • 6.3.20
Mi hermano Paco me ha recordado alguna vez cuando yo, siendo aún adolescente, me escondía, en la casa grande de los padres de la calle San Fernando, para leer sin que nadie me interrumpiera. A mi padre le gustaba, los sábados por la tarde, después de comer, reunirnos a todos para ver la película de sesión de tarde. Si el tema iba de la conquista del oeste americano, un tema que a mí me fascinaba y me sigue fascinando, me recostaba en el sillón y veía esa segunda película que la imaginación nos ofrece cuando soñamos con cambiar nuestras vidas.



A veces, cuando el film era anodino o no iba con mis intereses de adolescente conflictivo, me escondía en algún rincón de aquella casa inmensa, o me subía al palomar a leer mientras los palomos enamorados arrullaban en su cortejo a las palomas huidizas. La lectura ha sido el gran descubrimiento de mi vida. Los años dejan a su paso tantas horas vacías que yo no sé cómo podría haberlas llenado si no hubiese descubierto la adicción a los libros.

Desde entonces, llevado por mis desvaríos, he podido vivir varias vidas en una misma sin saber con precisión de cuál prescindir y si era la vida real la más seductora en sus propuestas. Ahora poco importa, porque sabemos que los años edulcoran a su paso el sabor pedregoso de las experiencias indigestas.

Mi primo Luis Albornoz me ha recordado muchas veces cuando iba con mis padres y mis hermanos a Málaga en su Seat 124 a pasar el día en la playa. Siempre llevaba varios libros y me sumergía en su lectura como quien descubre otro nuevo mundo del que nunca más lograría salir si no es para respirar. Habla él de mi fascinación por Gabriel García Márquez y de cómo aquel escritor colombiano estaba condenado a ser Premio Nobel de Literatura según mis pronósticos de joven desquiciado por sus fantasías.

Pasan los años y el amor irredento de los demás por la tecnología digital, las redes sociales y los productos gratuitos me hacen pensar si la fascinación por la lectura dejará de ser una pasión para pasar a ser una pieza con que decorar hábitos del pasado.

Algunos datos relativos al índice de lectura entre jóvenes –de los maduros mejor ni hablamos– no dejan crueles y sorprendentes. Se sabe que las mujeres leen más que los hombres en España y la brecha va en ascenso.

Según el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), presentado el pasado viernes, esa diferencia ha aumentado un punto porcentual respecto al estudio anterior, que recogía los datos de 2018. En concreto, el 68,3 por ciento de mujeres lee libros en su tiempo libre frente al 56 por ciento de los hombres. A fin de cuentas, se trata de decir que leemos poco.

Si asumimos esos datos como reales, el perfil más típico del lector de libros en España es una mujer mayor de 55 años, con estudios universitarios y que vive en un área urbana. El 83 por ciento de ellas lee libros al menos una vez por semana, de acuerdo con los datos de esta muestra elaborada con información de 5.000 individuos por la empresa Conecta Research & Consulting para la FGEE, en la que colabora el Ministerio de Cultura y Deporte.

En todo caso, el perfil de los hombres no dista mucho del de las mujeres: un individuo de 55 años o más, también con estudios universitarios y residente en un área urbana. La mayoría de ellos, el 76,7 por ciento, lee en su tiempo libre.

Zadie Smith escribe sobre el desprecio a la lectura y escribe que “nos hemos acostumbrado a no vivir la experiencia privada, arriesgada de la lectura, tanto como a escenificar (en línea) muestra respuesta a lo que leemos”. La periodista mexicana Alma Guillermoprieto se alegra de que algunas voces acreditadas reconozcan, afligidas, que la falta de privacidad que propician las redes sociales es una amenaza directa a la democracia. Y añade: “Somos, en internet, nada más que un agregado de datos que poderes invisibles acumulan y subdividen en ‘mercados potenciales’ de ropa, remedios para la calvicie, información, ilusiones y mentira”.

Nos hemos metido en las redes sociales para exponer nuestra intimidad, nuestros secretos y nuestros pecados, nuestras ilusiones marchitas, los sueños resolubles, al mercado omnipresente. Hemos optado por vender la única vida que tenemos en vez de apostar por las múltiples vidas que nos ofrece la lectura, tantas vías de escape al desmoronamiento que podríamos haber utilizado hojeando las páginas de un libro, tanta posibilidad de ser varios al mismo tiempo en un solo ser.

La lectura ensancha los sueños, nos ayuda a razonar, a enriquecer nuestro léxico, a ver las imágenes desdibujadas que ensombrece el cine, nos ayuda a saber que, detrás de cuanto hemos perdido, lo revivimos y resucitamos con la lectura.

Ahora, consumida la adolescencia, la vida tiene un único sentido: saber a ciencia cierta que el paso de los años se amortiza en la piel, pero que los sueños siguen vivos y saltarines en cada página que desciframos, en cada página que te lleva a otro mundo que, aunque no es real, puede que tampoco importe que lo sea. Es lo que tiene la imaginación: si alcanzas a dibujarla y crees en ella, existe.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

5 mar. 2020

  • 5.3.20
La pasada semana celebramos el Día de Andalucía y, para ser sinceros, me entristece que haya sido con un mediocre Gobierno de derechas en la Junta y un tumor en La Moncloa. ¿Cuándo saldrá el andalucismo de su camarilla ilustrada?



Ninguna de las vertientes del andalucismo actual tiene futuro porque se han alejado de los andaluces. Sus líderes y equipos creen que basta con un proyecto, casi siempre ambiguo, y con preocuparse por cuestiones sociales. Y sí, es cierto, hace falta un proyecto y una preocupación real por los problemas de la gente. Sin embargo, hacerlo desde posiciones que repugnan al andaluz medio no hace sino alejarlos del realismo político.

La mayoría de los andaluces no es nacionalista, o no al menos al estilo de vascos y catalanes. Al revés, al andaluz medio le resulta repugnante el egoísmo norteño y aspira a que, algún día, Andalucía sea cabeza de España, no un Estado separado. Y si fuera Estado, sería dentro de la Patria Común, como tantas veces manifestara Blas Infante.

Es aquí donde encontramos el gran fallo ideológico de Andalucía Por Sí (AxSí) que, a pesar de todo, sigue siendo la opción andalucista más seria. No basta con reunirse con la gente en la calle, ni con tener razón en cuestiones sociales. La política no va de tener razón, sino de poner a la gente de acuerdo. Y la aspiración común de los andaluces es ocupar el sitio que le corresponde.

Andalucía supera los ocho millones de habitantes, siendo la comunidad más poblada. Y aunque siempre somos olvidados, los andaluces que hemos emigrado a la Comunidad de Madrid, Cataluña, Euskadi y a otros territorios nos contamos por millones. Somos la nación más numerosa del país. Y, sin embargo, somos la basura blanca de España.

Tan culpables de esta situación son los andaluces colaboracionistas como los gobiernos títeres de Madrid, siempre dependientes de vascos y catalanes desde los tiempos de Isabel II. Una dependencia que se materializa en votos, medios de comunicación, apoyo empresarial...

No olvidemos el ejemplo de Francesc Cambò, gran empresario y nacionalista catalán. Paladín del independentismo y sanguijuela del Estado, durante la Guerra Civil financió a los sublevados, pues prefería una dictadura en España antes que una Cataluña comunista. A este señor homenajean los que hoy nos acusan a los andaluces de fachas.

Me hacen gracia los progres baratos que afirman ser andalucistas y, a la vez, defienden la independencia catalana. Olvidan que esos mismos que piden la independencia de Cataluña son los que nos llaman "basura blanca", los hijos de los que contrataron a los nuestros en régimen de semiesclavitud, a mayor gloria de la industria catalana, y los que perpetúan los estereotipos que tanto denunciamos.

No entiendo qué lectura de clase hace ahí el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). Nos hemos quedado con la crítica al señorito, y nos olvidamos de quién lo ha puesto ahí. Hoy los señoritos ya no tienen tierras, ahora tienen empresas al norte de Despeñaperros y/o se dedican a la política.

Todo independentista catalán o vasco es supremacista, lo tenga asumido o no. Y sus inferiores somos nosotros. ¿Cómo se puede ser andalucista y, al mismo tiempo, defender lo que ha ocurrido en Cataluña y Euskadi?

Esta es una de las muchas razones por las que hoy Andalucía no tiene representación andalucista. Es la principal razón ideológica por la que a AxSí no convence y por la que Teresa Rodríguez, ahora que se quiere limpiar el olor a gato madrileño, va a seguir sin convencer a la mayoría de los andaluces.

Lo he escrito en este espacio hasta la saciedad. Y lo repetiré cuantas veces sea necesario. Si queremos una Andalucía fuerte debemos unirla bajo un mismo proyecto, que no solo necesita de España, sino que necesita estar incluida en el programa.

Andalucía debe ser la medicina del país, garante de la igualdad real entre españoles y martillo de nacionalistas. El andalucismo debe defender el federalismo simétrico, un empresariado andaluz fuerte que cree empleo sostenible, la gestión de sus propios recursos, sus tradiciones y su dialecto, y una política estatal que impida los despropósitos que estamos viviendo.

Esto sí que lo apoyaría con ganas la mayor parte de la población, sea onubense o almeriense, y el empresariado andaluz le prestaría su altavoz. Esto sí lo temería el tumor sanchista, la carroña de Waterloo y mercader de Ajuria Enea. Pero eso sería un andalucismo serio. Y de eso no tenemos. Seguimos soñando.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

28 feb. 2020

  • 28.2.20
Hay amores nada solubles que anidan como masas etéreas en algún lugar recóndito de nuestra memoria y que van creciendo con los años, a veces mitigando su dolor o su placer extraviado y, en ocasiones, creciendo como una larva que invade la vida presente y se mueve a su antojo como un fantasma reconocido y seguido a nuestro antojo y tal vez al suyo también.



Pero esta incógnita nunca lograremos dilucidarla. Y tal vez así sea mejor. Esquivamos todo obstáculo que no conduce a la razón y tal vez cuando tocamos los sentimientos debamos ingerir unas píldoras de demencia o insensatez.

Eduardo Mendicutti, en su última novela, Para que vuelvas hoy, trata uno de estos amores de un solo día o bien de una sola noche. En el libro, Isabel, ya anciana, le cuenta a Marta episodios de su pasado. En estas confesiones, la cuidadora descubre una vida plagada de emociones y de desvaríos.

Sobre todo, descubre que Isabel ejerció la prostitución y que, como consecuencia, conoció a muchos hombres. A sus 82 años, Isabel había logrado olvidarlos a todos, excepto a Fernando, con el que ella fue delicada y atenta, y al que le devolvió las quinientas pesetas pagadas por sus servicios amatorios con esta nota que dejó en un bolsillo de su chaqueta: “Para que vuelvas hoy”. De ahí el título. Pero este hombre nunca más volvió.

Sin embargo, a la mañana siguiente, el amante efímero dejó a su nombre en la recepción del hostal donde se hospedaba ella un enorme ramo de flores que le había costado las mismas quinientas pesetas que ella le había perdonado el día anterior. Cuenta la anciana en esta novela divertida y dolorosa que aquel hombre, de quien nunca más supo, se convirtió en el amor secreto de su vida.

Tal vez sean secretos porque nunca le contamos a nadie estas peripecias de desvarío que solo conducen a la felicidad. No hay que engañarse: no es fácil administrar los momentos felices. Empezar la relación como un huracán, sabiendo que, después, solo en unas horas, el paisaje solo deja a su paso una dehesa de soledad.

Sin embargo, nadie abandona aquella habitación siniestra que en los sueños es otra, casi indefinida, y que no se parece a ninguna otra. Duran tan poco esos amores de un solo día, o de una sola noche, con su desayuno o su cena, con un adiós precipitado o su despedida eterna, que no nos atrevemos a ponerle remiendos a los recuerdos más sólidos. Y, sobre todo, con su final inesperado e irremediable

A veces, solo a veces, compartimos esos momentos clandestinos con alguien que no es cercano porque, en esa distancia que el tiempo amortiza en olvido, encontramos la coartada perfecta para exponer ante cualquiera esas horas bravías que el vecindario ignora.

No se trata de sueños. Que todos, de alguna manera, damos forma cada noche sin voluntad. Sino de esos sueños reales, pero tan efímeros como estrellas fugaces. En realidad, cuesta pensar que solo unas horas de pasión desbordada nos deje enervados de por vida en otro sueño que, este sí, es ya onírico.

Pero cuando dejamos de evitar sus efectos y que vuele a sus anchas alrededor de nuestras vidas, haciendo a estas más ricas y brillantes, más anchas y generosas, logramos recordar con precisión aquellos momentos compartidos con alguien a quien, en realidad, nunca conocimos, de quien a veces solo sabemos el nombre y, en otras, tampoco sabremos nunca si nos mintió al desvelar su identidad. Y en ese instante solo sonreímos. Porque sabemos ya que poco importa. La magia de todo recorrido, como la propia vida, es que tiene su propio fin. Y cuando lo descubrimos sabemos que ahí no hay tristeza, sino solo sabiduría.

Muchos de estos amores fugaces surgen de un encuentro casual y se ven interrumpidos por el mismo sentido azaroso de la vida, que igual nos lleva que nos trae de una reflexión madura y acertada a un error de ensueño. En otras ocasiones, el momento lo busca cada cual, y él o ella, ya con una vida solvente al lado de otro o de otra, busca la causalidad, y la casualidad, del instante para hacer tangible el sueño.

Y es entonces cuando declara a aquella persona los sentimientos escondidos de años, de cuando ambos eran jóvenes y el mundo parecía fabricado de porcelana. Y se lo tiene que decir, porque la vida esconde momentos que no pueden morir en nosotros y con nosotros, sino que hay que dejarlos que vivan en otra persona, a la que también pertenecen. Sabiendo, eso sí, que después el sentido común se impondrá al desvarío.

La literatura está llena de estos amores efímeros, imposibles y callados. Pero ahora, a mis años, sé que estos sentimientos indomables no nacen con los sueños. Sino que los arrastramos día a día en nuestras vidas y los sacamos a volar cuando la noche nos llama al descanso.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

21 feb. 2020

  • 21.2.20
La vida sin dolor no tiene sentido. Porque el dolor es parte inalienable de la vida. Existimos evitando el virus del dolor, huyendo a cualquier parte con el pretexto sin argumento de que el dolor es sobre todo sufrimiento. Además, nadie es inmune a sus mordeduras. El tiempo, en alguna medida, solapa sus secuelas y sus desbarajustes, aminorando a pasos lentos sus radiaciones inevitables.



Conozco a quienes se sumergen en el dolor como gusanos de seda que se enquistan en el capullo, no para vestirse de mariposas con el paso de los días, sino para evitar el contacto con el aire y con la luz. Y así vivir en la oscuridad de manera imperecedera.

El dolor avanza cauto, sibilino como la serpiente, hasta que nos sorprende en el lugar más inesperado, en el momento menos oportuno. No hay presencia menos requerida que el dolor en cualquiera de sus formatos y registros, y también más exigente entre los invitados a la fiesta.

Los momentos difíciles hay que sufrirlos. Sin lugar a dudas. Y en gran medida, hasta cuánto y hasta cuándo, depende de nosotros. Así lo entiende Lola Morón, especialista en Neuropsiquiatría. Y lo firma que con esta frase definitiva: “El dolor emerge de la víctima, el sufrimiento emerge del victimario”.

El dolor no es el sufrimiento. Tal vez el sufrimiento sea su fase previa, el itinerario inevitable y forzoso al que conduce el dolor. Pero el sufrimiento tal cual vive ausente del dolor que lo ha provocado, inconsciente e ignorante del pozo donde el victimario se lame las lágrimas apagadas y se duele de un dolor conmutado por una oscuridad absurda e irrenunciable. Para Morón, el dolor nos ayuda también a valorar la amistad, el bienestar, la felicidad, la salud, la presencia, el beso.

Este sentimiento no solo ayuda a titular algunos filmes, como recientemente le ha ocurrido a Pedro Almodóvar con Dolor y gloria, sino a implementar miles de páginas de algunos libros. En algún caso, partiendo desde el mismo título: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag; El dolor, de Marguerite Duras; El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández; El problema del dolor, de C. S. Lewis; Lugares donde se calma el dolor, de César Antonio Molina, o Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron.

Habrá que advertir, eso sí, que no porque la palabra "dolor" aparezca en el título, abarque con más profundidad estos sentimientos del sufridor. El dolor ha rascado muchas páginas interiores en muchos otros libros sin que lo anuncie en la cubierta.

Las pérdidas, aquellas personas que ya no nos acompañan en el periplo vital, son, sin lugar a dudas, el dolor que se acompasa con el paso del tiempo, pero que nunca logra desaparecer por completo. Lo vivimos como una enfermedad crónica que nos acompañará para siempre. Pero la vida –como nosotros– cambia a lo largo del tiempo y se viste con otros ropajes y se esconde en otros argumentos poco anudados.

Al final, el recuerdo nos arrastra a un mundo que se murió con los años, y ya no solo se quedan obsoletas las pérdidas sino el paisaje que se fue con ellas. Y entonces, si no sabemos administrar la nueva realidad, acabamos sucumbiendo a un dolor caducado donde no habita el sufrimiento, porque ya el sufrimiento somos nosotros mismos. Se nos va yendo el dolor y lo que queda son cenizas de un tiempo fenecido, de un mundo desaparecido y amortizado.

Tal vez, partiendo del dolor, adquirimos la dimensión ética de la vida. Lo dice Lola Morón con esta frase definitiva: “Nada tendría valor si no supiéramos que existe el dolor”. Porque la existencia devalúa, en su transcurso hacia el vacío, a todo ser humano inmune a los malos momentos, a las desgracias anunciadas, a toda herida que no deja en la piel una cicatriz que se pueda conmutar con los momentos más floridos y luminosos. El dolor muda, trienio tras trienio, su apariencia de soldado eficiente y victorioso, para dulcificar su veneno inmune a la felicidad.

Después siempre quedan imágenes pixeladas que mudan el dolor por una nostalgia habitable, en una huida ya innecesaria. Pero quien se alimenta de dolor y lo realimenta con razones tristes, siempre será rehén de esta frase de Lola Morón: “El ser doliente es un ser sufriente en la medida en la que se entrega al sufrimiento”. El dolor, para él, será la soga del ahorcado. En caso contrario, el dolor, ya sosegado en sus maldades apagadas, puede un motivo justo y evidente para hacer literatura y no sucumbir a la derrota definitiva.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 feb. 2020

  • 20.2.20
El pasado 9 de febrero se celebró una efeméride en la Filmoteca Española: el centenario del estreno de Das Cabinet des Dr. Caligari (El gabinete del doctor Caligari, 1620), de Robert Wiene. El guion de esta película de terror fue elaborado por Hans Janowitz y Carl Mayer, basado en un hecho real vivido por el propio Janowitz.



Como suele decirse en estos casos, ¡ojo! ¡Spoiler! El joven Franzis cuenta la llegada a su ciudad natal del doctor Caligari con un sonámbulo, Cesare. Se suceden varios crímenes, ordenados por Caligari a un Cesare inconsciente. En el quinto acto, el criminal es detenido y metido en un hospital psiquiátrico. Sin embargo, en un último acto añadido al guion original, tras la narración del joven, el espectador se encuentra con la sorpresa de que Caligari es en realidad el director del psiquiátrico, y que Franzis es un internado más. Al final de la película, tras sufrir un ataque del protagonista, el director afirma con una mirada inquietante: “¡Por fin comprendo su locura! ¡Me tiene por el místico Caligari! ¡Y ahora también sé cómo curarlo!”.



Esa es la clave de la película: ¿Quién es el enfermo? ¿El joven o el doctor? ¿La autoridad enloquecedora es la encargada de la curación? Los guionistas manifestaron su deseo de mostrar la superación de la autoridad totalitaria, y se sintieron molestos por el añadido que invirtió los papeles. Si Franzis es el enfermo, el doctor es una autoridad benéfica. Si no, el joven queda a su merced. Una duda imposible de resolver con la información aportada por la película y que ha dado lugar a numerosas publicaciones.

Todavía el lenguaje cinematográfico estaba en construcción y, de hecho, la película tiene mucha herencia del teatro. Los decorados reflejan la mente del desquiciado, con escritorios y sillas de casi dos metros de altura, imágenes retorcidas, paredes de proporciones irregulares... Y a todo ello hay que sumarle las particularidades de las películas mudas del período.



Das Cabinet des Dr. Caligari es considerada la primera película del movimiento conocido como Expresionismo alemán, y fue la primera película notable de la industria cinematográfica de la República de Weimar. Hay quien considera que la primera del movimiento fue la pionera Der student von Prag (El estudiante de Praga, 1913), si bien siempre lo he considerado más como un antecedente que como un hito fundacional.

No todo el cine de Entreguerras en Alemania fue expresionista, pero sí que tuvo un carácter único. Entre el expresionismo y el realismo, nos encontramos con películas emblemáticas como Genuine (1920), Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Nosferatu: Una sinfonía del horror, 1922), Dr. Mabuse (1922, en dos partes, que daría lugar a una saga), Die Straße (La Calle, 1923) Metrópolis (1927), Der blaue Engel (El Ángel Azul, 1930, que lanzó al estrellato a Marlene Dietrich), M, Eine Stadt sucht einen Mörder (M, el Vampiro de Düsseldorf, 1931) y otras joyas desconocidas por el gran público.

Si aceptamos las tesis de Sigfried Kracauer, todas ellas reflejan un estado psicológico favorable al totalitarismo, que facilitó el ascenso del nazismo. En especial, Kracauer hace hincapié en los principios del cine de Entreguerras, netamente expresionista, y el último período, ya influido por la industria estadounidense y más cercana al realismo.

Si bien es fruto de una casualidad, no son pocos a los que se les escapa que la primera película notable de la República de Weimar concluye de la misma manera que la última película importante de este período, Das Testament des Dr. Mabuse (El testamento del Dr. Mabuse, 1933): en un psiquiátrico. Buena metáfora de lo que fue el país.

En 2014 se estrenó el documental Von Caligari zu Hitler: Das deutsche Kino im Zeitalter der Massen, expuesto en el Festival de Cine de Sevilla, que trata de explicar el cine de la República de Weimar desde las tesis de Kracauer: “¿Qué sabe el cine de nosotros, que nosotros no?”. Una pregunta inquietante.



Me he hecho muchas veces esa pregunta en nuestro contexto. ¿Qué sabe el cine de nosotros que nosotros mismos no sepamos? No sé si hay una respuesta. Sería reconocer que es posible extraer las tendencias psicológicas de una población a través del análisis del contenido o, incluso, del discurso, de un corpus conformado por películas.

Sea como sea, vale la pena reflexionar sobre la cuestión en un momento en el que el país no se sostiene: los populismos arrecian, la crisis económica promete agudizarse y no hay valores estables. ¿Qué dicen de nosotros películas como Dolor y Gloria, Quien a hierro mata, Mientras dure la Guerra o Lo que arde? Admito que no me siento capacitado para encontrarle una solución. No soy tertuliano.

En cualquier caso, para los que tengan curiosidad, les diré que el evento de la Filmoteca Española fue un éxito. La sala 1 del Cine Doré de Madrid estuvo casi lleno, y disfrutamos de música en directo de manos de un DJ alemán especializado en la musicalización de obras del período, Raphäel Marionneau. Una gozada que no creo que se repita en mucho tiempo. En cualquier caso, recomiendo visualizar la película a quien no lo haya hecho ya. No deja indiferente a nadie.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

14 feb. 2020

  • 14.2.20
Vivimos el presente. O, mejor dicho, vivimos en el presente. Hay quien no vive, pese a que cueste creerlo. Vivimos el presente como un tiempo eterno en nuestras vidas, como un conjunto de momentos dispersos que vagan por nuestra memoria descontextualizados de cualquier entorno. Ni la memoria más eficaz abarca a ordenarlos con orden y concierto, sin otra música que distraiga de su principal argumento. Vivimos el presente como un tiempo indefinido que se nos escurre de las manos como hielo derretido.



Apenas han pasado unas horas, y ya olvidamos sin pretensión la mirada fugitiva que buscaban nuestras manos o el whisky que nos reconfortó a atravesar la noche. No hay rasguños en la memoria, ni heridas abiertas que sanaron en su día, pero ese olvido nunca premeditado borra a cada instante toda hora vivida, sin ser conscientes de que en ese balance imposible de nuestras vidas dejamos atrás trozos irrecuperables de ese presente, de ese tiempo de ahora, que muere en cada instante.

El presente es ya pasado. La vida, después de todo, se mueve en un hoy huidizo que nunca logramos atrapar para imprimirlo con tinta indeleble. En ese paso indeleble y fugitivo del hoy al ayer, apenas quedan indicios, pruebas o declaraciones que demuestren que las horas que dejamos atrás fueron nuestras o de los más próximas.

Recordar qué hicimos hace apenas dos semanas es un esfuerzo hercúleo que no conduce a ninguna parte. Vivimos entre un tiempo que naufragó hace mucho y cuya memoria es un vacío sin fondo, un agujero negro en una biografía apócrifa que nadie reconoce como propia.

Y el futuro es un argumento que alimentamos en las movedizas arenas de cualquier desierto naufragado. Los océanos, en su misteriosa profundidad, esconden una quietud e inquietud colectivas y anónimas que no pertenece a nadie. Alimentamos el futuro con frases invisibles e imágenes mudas. Trazamos fronteras imposibles e inoportunas entre el presente y el futuro.

Pero solo en los estrechos bastiones que atravesamos en la vida real y en aquellos otros mundos virtuales con que alimentamos la poesía, los tiempos que ensamblan presente y futuro son reales. Pero en aquel mapa virtual de la vida que habitamos y en este otro crucigrama real que construimos con palabras, el hilo de arácnida que une presente y futuro representa la más acertada metáfora de la existencia.

Carlos Revolli es físico teórico, pero de él dice también Gianfranco Angelucci que es poeta. En su memorable obra El orden del tiempo, escribe que la física de los siglos XIX y XX se tropezó también con algo tan inesperado como desconcertante de que el tiempo transcurra a velocidades distintas en diferentes lugares, y es que “la diferencia entre pasado y futuro –entre causa y efecto, entre memoria y esperanza, entre remordimiento e intención– no existe en las leyes elementales que describen los mecanismos del mundo”.

Pero este argumento parece más propio de la poesía que de la física. Tal vez, cuando Revolli se encierra a escribir, le pueda más el corazón del poeta que la razón del físico. O bien puede ser también que ambos mundos no vivan tan equidistantes como los dioses y sus delegados en la tierra nos quieren hacer creer.

Luego viene la noche y nos envuelve en una oscuridad que admitimos sin dilemas y que, extraviados en esos sueños que doblegan toda razón y fantasía, nos llevan y traen de un mundo irreal a otra fantasía tangible. Pero, al despertar, buscamos ante el espejo un rostro que no reconocemos como propio y nos palpamos los ojos y la mirada y allá tampoco encontramos a nadie con quien convivimos en esas pesadillas que siempre pasan a ser pedazos de un puzle al que llamamos "olvido".

Vivimos entre un mundo que se extinguió y que se extingue y que cada vez ocupa más espacio en nuestras vidas. Y en ese perímetro que denominamos "pasado" tendemos un puente hacia un futuro imaginado e imposible, para no caer al vacío difícil y estrecho del tiempo presente, una provincia sin país, un tiempo sin límites y tan limitado, una casa que se derrumba ladrillo a ladrillo, como un movimiento sísmico implacable y eterno que destruye y consume todo a su paso. Un tiempo al que llamamos "presente" y que nada más pronunciado es territorio de un pasado que deja paso al olvido más pertinaz y que deja de ser, como consecuencia, parte inalienable de nuestras vidas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 feb. 2020

  • 7.2.20
Hace ahora casi cinco años, la foto del niño sirio de tres años Aylan Kurdi, muerto en las arenas de la playa de Bodrum (Turquía) conmocionó a todo el mundo. La imagen exponía sin tapujos la tristeza del espanto, el reducto de una realidad que nos costaba admitir. Pero ahora teníamos el documento que enfrentaba nuestra conciencia a los hechos. Más vale una imagen que mil palabras. Pero también habría que preguntarse cuántas palabras necesita la memoria para olvidar lo que ha visto.



Tal vez no sea así. Y las palabras sigan siendo necesarias para contextualizar aquella foto de la infamia. Después siempre viene el olvido deshojando racimos de perfume que nos narcotiza. Si no nos ponen otra vez la foto delante de las narices, no hay razones que esgrimir, ni siquiera para ponderar una felicidad acomodada a nuestro antojo.

Podemos pensar que nada es eterno, incluida la posibilidad de la vida después de la muerte. Pero no es cierto. El hambre y la miseria, la pobreza en todas y cada de sus manifestaciones, sobrevive a todos los reveses del tiempo, se encapsula en los nudos de los troncos de árboles más longevos, en los archivos oxidados de las academias, en las iglesias cerradas a otros cantos, en los restaurantes donde los pobres nunca tocaron un tenedor.

Tres años después de haber visto aquella foto, al menos 640 niños migrantes o refugiados perdieron la vida en el Mediterráneo desde 2014. Pero las cifras siguen creciendo. El número de menores ahogados cuando trataban de alcanzar las costas europeas no ha dejado de aumentar. La ONG Save the Children cree que las cifras podrían ser aún mayores. Se sabe que muchas desapariciones no están certificadas ni documentadas.

Esta organización advierte de que los niños migrantes y refugiados, sobre todo los que viajan solos, son los más vulnerables, no solo por sus desplazamientos por mar o tierra, sino por el peligro de poder sufrir explotación, violencia y tráfico de personas.

Una foto vale más que mil palabras. Pero cuánto valen las estadísticas. Qué credibilidad les podemos dar. Al terminar 2014, los países más pobres eran los más solidarios con los 60 millones de desplazados y refugiados del mundo. Al contrario que Europa. En solo dos años, esta cifra se había duplicado. En 2015, superaba los 62 millones.

A día de hoy, sin estadísticas, no cabe duda de que los números engordan. Huyeron y huyen de sus países por múltiples razones: guerras, hambre, persecución étnica. Pocos regresan a su país. En 2014, apenas 100.000 personas volvieron a la tierra donde nacieron. Los números solo se podrían modificar al alza.

Después de estas cantidades, siempre nos queda una imagen redonda que no sabemos dónde ubicar. Tal vez un par de miles de fotos de niños muertos en las playas de Europa no nos harán más humanos y sensibles, porque la razón evita la contundencia de una argumentación severa y rotunda. Preferimos digerir el desastre en cápsulas, como enfermos crónicos incapacitados para traducir tanta catástrofe en un solo plato de sopa.

La primera vez lloramos la foto de Aylan tirado para siempre en una playa turca, pero las lágrimas se evaporan de usarlas, y después se pierde su rastro entre las cremas y los perfumes que nutren nuestra piel en cada fiesta.

Las fotos se olvidan y las estadísticas se manipulan al paladar del cliente más exquisito. No hay satisfacción mayor que codificar módulos para trocear el dolor, o dosificar grajeas contra la tormenta justiciera que se nos amontona por momentos en la fe de cualquier creyente.

Es plausible ignorar para no forzar el olvido, saber restar a sumar para que los números no nos desborden, entender que una foto no es un símbolo, sino imagen aislada del entorno, desperdigada por azar de una exposición que nunca tuvo lugar.

Save the Children nos previene: la mitad de las personas que requieren protección internacional hoy son niños y niñas. Pero vivirán afuera en la calle, pensamos, porque por casa no andan. Si miramos, no vemos. Y si no vemos, será con toda seguridad que no hay foto. Porque las palabras, quién lo diría, sabemos que se las llevó el tiempo hace mucho. Y eso que entonces todavía andaban inventando internet.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 feb. 2020

  • 6.2.20
El coronavirus o neumonía de Wuhan ha sacado a la palestra al grupo racial más discreto del país: los asiáticos. ¿Chinos, japoneses, camboyanos, tailandeses? “¡Todos los chinos son iguales!”, dice el castizo. Muchos acaban de darse cuenta de que la población asiática, en especial la china, existe más allá de los restaurantes y de las tiendas de alimentación. Se suben a los medios de transporte, esperan en las salas de espera e, incluso, asisten a nuestras escuelas, que también son suyas.



El Instituto Nacional de Estadística cuantificó la población china en España en 190.600 personas en enero de 2019. Una cifra con muchos matices. China no reconoce la doble nacionalidad a sus ciudadanos, lo que hace que muchos inmigrantes abracen la ciudadanía española en cuanto tienen oportunidad, y sus hijos nacidos en España ya son considerados nacionales.

Por otro lado, no podemos menospreciar el numeroso colectivo de chinas adoptadas como consecuencia del documental Las habitaciones de la muerte. De acuerdo con datos de 2017 del entonces Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, el 24 por ciento de las adopciones internacionales en España procedieron del país asiático. Por tanto, estamos hablando de un colectivo amplio y subestimado.

El caso es que siempre ha estado ahí. En mayor o menor número, pero siempre. En especial, en las grandes ciudades. Va siendo hora de concienciarse de la presencia de los asiáticos, de sus derechos y deberes, y dejar de sorprenderse por el hecho de que algunos hablan mejor español que muchos españoles. Véase ejemplos como los de Quan Zhou, hija de emigrantes y dibujante de cómics con perfecto dialecto andaluz o Chenta Tsai, más conocido como “Putochinomaricón”, cantante taiwanés criado en Madrid.

El coronavirus ha alarmado a parte de la población. No es para menos, puesto que la Organización Mundial de la Salud ha llamado a tomar precauciones. Si dejamos aparte el lamentable tratamiento informativo que se le ha dado a la cuestión, confundiendo alerta con alarma, es cierto que la llegada del virus a Europa ha preocupado a muchas personas. Personas que, en ocasiones, por falta de formación, información o por racismo, no dudan en señalar o marginar a los asiáticos desconocidos que se encuentran en los lugares públicos.

La posibilidad de que un chino que comparte espacio con nosotros haya estado recientemente en China y que haya contraído la enfermedad es ínfima. Y, sin embargo, he visto en un tren de Cercanías de Madrid cómo una asiática se sonaba la nariz con un pañuelo y la gente se alejaba de ella con discreción. No quiero pensar en los menores asiáticos que tengan que vérselas en la escuela con otros chavales inconscientes.

La xenofobia y el racismo no necesitan de justificación, pero la agradecen. La posibilidad remota, casi inexistente, de contraer una rara enfermedad no puede servir de excusa para la discriminación.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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