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PILYCRIM - BODEGAS NAVARRO

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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19 ago 2021

  • 19.8.21
Antes de arrancar, conviene advertir que todo el texto que leerán a continuación está salpicado de spoilers. Dicho queda. Suena la melodía Herz und mund und Tat und Leben, Cantata BWV 147: Jesu, Joy of Man's Desiring de Johan Sebastian Bach. Mientras, vemos los hechos acaecidos en las películas previas, y Hideaki Anno nos ofrece el final del nuevo génesis. El círculo se cierra.


El 13 de agosto de 2021 se ha estrenado en España, algo antes en Japón, Evangelion 3.0+1.0: Thrice upon a time. Nueve años de espera, tras la inquietante Evangelion 3.0: You Can (Not) Redo. Loado seas, Hideaki Anno.

Hideaki, han pasado 61 años desde que naciste en Ube, en la prefectura japonesa de Yamaguchi. Da igual si es cine de animación o con actores reales. Admítelo, estás obsesionado con los ambientes industriales en los que te criaste.

Love & Pop (Hideaki Anno, 1998). 06:51. Paisaje urbano.

Kareshi Kanojo no Jijō (Hideaki Anno, 1998). Episodio 19. 01:58. Paisaje urbano: 
“Así, a pesar de ser el final del siglo, sería más apropiado llamarlo un tiempo de caos”.

De chaval fuiste un estudiante introvertido y, según la dirección de tu centro de Educación Primaria, problemático. Y seamos sinceros, algo pillín. Con la excusa de que tu nivel de inglés estaba a la altura de Ana Botella, le pediste a tus padres una grabadora para grabar y estudiar audios, y lo aprovechaste para grabar los audios de la serie Space Battleship Yamato (1974). Y es que eras un friki de los de verdad, no como los chavalillos de ahora, que se creen muy otakus por ver Darling in the Franxx (2018), esa mala copia de tu obra magna.

La jugarreta te salió regular. ¡Encima te encaraste con tu profesor de inglés en un calentón! Durante el Bachillerato, pasaste del tema, y decidiste invertir tus ahorros en una cámara, que te sirvió para elaborar tus primeras creaciones amateurs. Sin embargo, no te enamoraste de la animación en papel hasta que no entraste en el grupo de cine independiente Shado.

En 1978 elaboraste tu primer corto de animación, Ubekusei, con fines escolares, donde ya demostraste tu gusto por los mechas y las explosiones en el contexto de la Guerra Fría y el pavor japonés a la guerra nuclear. De hecho, tu película favorita era Gekido no showashi: Okinawa kessen (Kihachi Okamoto, 1971), que refleja la Batalla de Okinawa durante la Segunda Guerra Mundial. Al año siguiente elaboraste un corto de imagen real, Nakamurider, una parodia de Kamen Rider de Shotaro Ishinomori, siempre dentro del contexto escolar.

Como era de prever, el inglés te fastidió el acceso a la universidad y pasaste un tiempo en blanco. Repartir periódicos o atender una gasolinera son buenas dedicaciones pero sabías que no era lo tuyo. Por eso, elaboraste por esa época varios cortos de animación como Katowaza Jiten: Heta na Teppō mo Kazu Ucha Ataru! (“Dice el dicho: ¡Quien mucho dispara, acaba dándole al blanco!”, 1979), Mizu (“Agua”, 1980) y Kūchū Kansō (“Sustitución aérea”, 1980).

En 1980 tuviste a bien liberar a tus padres de la angustia que les ocasionó tu tiempo de perreo y lograste entrar en la Universidad de Arte de Osaka. Tampoco podías ponerte muy gallito. Te aceptaron porque valoraron tus obras artísticas, no porque te aplicaras con el inglés. Sin embargo, lo importante es que entraste, y allí conociste a gente que sería clave en el futuro, como Hiroyuki Yamaga, Takami Akai, Kazuhiko Shimamoto o Masahiko Minami.

Elaboraste diferentes cortos o anuncios publicitarios en el contexto académico, como Katowaza Jiten y con un corto nuevo, Basutei ni te… (“En la parada del bus…”, 1980), Reezōko wo Aketara Sensha ga Tobi Dashita! (“¡Ha salido un tanque de la nevera!, 1980”) o Jōbu na Taiya! SHADO Taiya (“¡Neumáticos duraderos! Neumáticos SHADO”, 1980). Sin embargo, permíteme decirte que lo que más me mola de esta época es tu corto cinematográfico independiente Ultraman (1980), inspirado en el mítico anime, que continuaría en Ultraman Deluxe (1981). Friki de narices.

Tras varios pequeños trabajos, tuviste tu oportunidad como animador en Studio Ghibli, de la mano del considerado por muchos como el dios del anime, Hayao Miyazaki. Como vivías en Osaka, tuviste que trasladarte con lo puesto y estuviste un tiempo viviendo en el propio estudio. La gente debió fliparlo un poco, pero estabas decidido a hacer realidad tu sueño. Trabajaste en Nausicaä del Valle del Viento (1984) y, satisfecho con la remuneración, te pudiste permitir un traje con tres piezas.

Colaboraste en numerosos proyectos, tanto amateurs como profesionales, pero el gran hito de este período fue la fundación en Osaka de una de las productoras más legendarias de la historia del anime: Gainax. Tus amigos de la uni y tú erais tan buenos que Miyazaki iba a tentaros para que fuerais a trabajar con él. Lo invitasteis a ver Royal Space Force (Hiroyuki Yamaga, 1987). ¿Recuerdas las lágrimas de Yamaga al ver su obra estrenada? Tú también estabas emocionado, seguro.

Aunque es probable que no lo sepas, el que mejor ha reflejado la evolución de Gainax y de tu propia obra en España ha sido David Heredia Pitarch, cuya obra Gainax y Hideaki Anno: La historia de los creadores de Evangelion (2019) te recomiendo encarecidamente.

El que esté interesado en saber sobre la evolución de Gainax ya tiene lectura. Por lo que a mí respecta, sigo con nuestro repaso nostálgico por tus grandes obras. Es más, empezamos fuerte con tu primera obra seria como director: Gunbuster (1988).

En ella ya se ven algunas líneas maestras de tus obras: robots, relaciones humanas, elecciones trágicas… Pero todo se fue al traste con tu siguiente obra: Fushigi mo Umi no Nadia (“Nadia, el misterio de la piedra azul”, 1990). Fue una de tus producciones más amargas y estaba destinada a un público más infantil. Tras esta serie, entraste un profundo estado de depresión. Y no me extraña: la producción fue un desastre.

Empezaste a trabajar en proyectos ajenos, incluso, a Gainax, a la que volviste para dirigir un proyecto que no fuisteis capaces de acabar. El pozo en que se estaba metiendo Gainax era profundo, pero el tuyo más. Sin embargo, sería en este estado depresivo donde llegaría la obra que marcaría la historia del anime para siempre: Neon Genesis Evangelion.

El anime podía ser cosa de adultos más allá del hentai. Y lo demostraste. Hay quien dice que es el equivalente en la animación japonesa de El grito de Edvard Munch. Una trama llena de subtramas y simbolismos que comienza con lo que parece una inocente muestra más de género mecha y acaba como una tragedia llena de componentes psicológicos que nos acompañarán toda la vida. Pero es que, además, te rodeaste de tan buenos compañeros, que hasta la apertura del anime sigue siendo de los más cantados en los karaokes japoneses. Una pasada que nadie se esperaba.

The end of Evangelion (Hideaki Anno, 1997) 41:43. El último grito de Shinji Ikari, al borde de la catatonia.

La trama parece simple. Los ángeles atacan la Tierra para hacerse con los restos de un ente llamado Adán. Si lo consiguen, se producirá el tercer impacto, que acabará con toda vida en el planeta. Para evitarlo, la organización Nerv produce unos robots, los Evas, que por alguna razón solo pueden ser pilotados por ciertos adolescentes especiales.

Uno de ellos es un niño abandonado por su padre, Shinji Ikari. Su padre, Gendo Ikari, es el comandante supremo de Nerv y lo llama para combatir a uno de los ángeles, sin más explicación que una orden. Por piedad de una piloto herida, a la que le suena haber visto antes, accede a luchar. Así empieza el Evangelio del Nuevo Génesis, donde existen ciertos paralelismos entre Shinji y Kendo, y tú mismo.

Neo Genesis Evangelion (Hideaki Anno, 1995) Episodio 2, 19:40. El EVA 01 enloquece y combate al ángel a vida o muerte.

La trama se complica hasta tal extremo que se han publicado, incluso, libros interpretativos como el imprescindible Tú (no) necesitas ser un héroe, de Álvaro Arbonés. Sería ilusionante que le escribieras, Hideaki, pidiéndole una reedición con la interpretación del último rebuild. No entro a explicar más porque se sale del objetivo de este texto.

Neo Genesis Evangelion (Hideaki Anno, 1995) Episodio 1, 15:16. Enfrentamiento entre padre e hijo. 
“–¿Por qué a mí? –Porque nadie más puede hacerlo”. Inocencia y autoridad, confusión e imposición. Incomunicación.

La serie salió a la luz en 1997 y tuvo 26 episodios originales y una película en la que dejaste el trasero torcido a media humanidad. No hay fan que haya estado en tu presencia y no te haya preguntado por el sentido de esa mítica escena final.

The end of Evangelion (Hideaki Anno, 1997) 01:25:26. La escena más desconcertante de la historia del anime hasta entonces. 
La traducción ofrecida suele ser “¡Qué asco!” o el más suave “No me gusta este sentimiento”.

Sin embargo, la serie no estaba redonda. Y lo sabías. Pero hablaremos de ello más tarde. Parodiada, referenciada y discutida, tu franquicia empezó a darte billetes y fama. Pocas veces una depresión dio para tanto. Seguiste con una serie que tendría polémica, pero que resultaba más normalita. Adaptaste un manga escrito por Masami Tsuda, Kareshi Kanojo no Jijō (más conocida como Kare Kano, Las circunstancias de él y ella, 1998).

Kareshi Kanojo no Jijō (Hideaki Anno, 1998). Episodio 24. 07:45. Sōichirō Arima se autoflagela por su origen.

De hecho, hiciste la serie tan a tu modo que hasta la autora acabó quejándose. Se trata de la historia de una relación en la que la pareja deberá superar numerosos obstáculos. Pero, sobre todo, deberán superar sus propios miedos. Al igual que Evangelion, Kare Kano habla de relaciones humanas y de su manera de afrontar la realidad.

El dilema del erizo y las exigencias sociales son otros puntos comunes. Por desgracia, la serie se canceló antes de que pudiera desarrollar los conflictos del protagonista masculino, más oscuros y profundos que los de ella, más centrados en la autoexigencia. Si Evangelion era trágico, Kare Kano era cómico.

Kareshi Kanojo no Jijō (Hideaki Anno, 1998). Episodio 01. 03:36. Yukino Miyazawa, la estudiante modelo, en un intercambio cómico con sus hermanas menores.

Sin embargo, Kare Kano tiene también un fuerte componente social. Quisiste reflejar ese Japón en crisis, cuyos cambios sociales y económicos hicieron la vida más difícil. Un cambio que también reflejarías en tu primer largometraje de imagen real: Love & Pop (1998).

Love & Pop (Hideaki Anno, 1998). 00:10. Una mujer flota sobre lo que parece agua. Un guiño a Evangelion que refleja lo perdida e inconsciente que está la protagonista.

Love & Pop continúa tu senda experimental, pero te alejas de tus robots para continuar con las relaciones humanas. La obra estuvo basada en la novela homónima de Ryū Murakami y aborda cuestiones que van desde la pérdida de la inocencia a la prostitución enmascarada de las chicas de compañía. El ánimo consumista lleva a las chicas a hacer lo que sea por obtener dinero fácil, y la protagonista tendrá que pagar las consecuencias.

Love & Pop (Hideaki Anno, 1998). 01:32:26. El dolor de la violencia y una prostitución disfrazada y sin ningún tipo de protección para la adolescente, que todavía va al instituto.

Mucho más tuya fue Shiki-Jitsu (Ritual, 2000), que ubicaste en tu propia ciudad, Ube. Los espacios urbanos y un bloque de pisos conectados te sirven para reflejar la evolución de la pareja protagonista. Por un lado, un artista en horas bajas y, por otro, una persona con claros problemas mentales. Juntos logran superar sus traumas y recuperar sus vidas.

Shiki-Jitsu (Ritual, Hideaki Anno, 2000). 00:03:00. Los espacios urbanos de Ube sirven de escenario a esta curiosa pareja que, en este momento de la película, están conociéndose.

La experimentación y el simbolismo que te caracterizan están presentes en un film que recupera tu obsesión por el dilema del erizo. Sin embargo, hay una cuestión fundamental que se debe tener en cuenta. Desde un punto de vista emocional, no hay salvación ni madurez en Evangelion (a estas alturas), y las que ofrecen Kare Kano y Shiki-Jitsu acaban cayendo en la dependencia. Los que necesitan salvarse necesitan de una tercera persona. Idea peligrosa de la que hasta tú acabarías dándote cuenta.

Shiki-Jitsu (Ritual, Hideaki Anno, 2000). 00:56:29. Numerosos elementos simbólicos están presentes a lo largo de toda la película.

¿Quién sabe? Quizá tu relación con tu mujer tuviera algo que ver con esa concepción. Conociste a la santísima Moyocco Anno durante la producción de The end of Evangelion. Ella cuenta que no le caíste bien al principio por callado y brusco. Menos mal que la cosa mejoró.

El día de tu boda, el 28 de abril de 2002, tuvo que ser la bomba. Inolvidable. Para lo bueno y para lo malo. Hayao Miyazaki dio un discurso que calificarías de “extremadamente largo y humillante”, en el que recordó tus tiempos de soltero. Que te recuerden delante de tus padres, tu mujer, tus suegros y el resto de invitados que de joven no te bañabas y que dormías entre cucarachas tiene que ser exquisito.

En 2004 hiciste tu última película, o al menos, por una temporada: Cutie Honey (2004). La película estaba basada en un manga homónimo y, discúlpame Hideaki, parece una versión de los Power Rangers a la japonesa.

Cutie Honey (Hideaki Anno, 2004). 00:08:10. Cutie Honey es la protagonista de este film lleno de acción, disfraces y frikismo.

La película resulta superficial y se aleja mucho del estilo de sus largometrajes anteriores. Eso sí, es digno de un friki como tú. Pero tus escarceos en el cine iban a acabar. Sabías que podía mejorarse. Sabías que Evangelion no había acabado todavía.

En el verano de 2002 viste de una sentada toda la serie y redescubriste tu propia obra. Te diste cuenta de que faltaba algo, un proyecto artístico y, como señalaste con honestidad, dinero, y empezaste a pensar en los denominados rebuild. En 2006, viendo que Gainax estaba en otras cosas, reuniste a buena parte del proyecto original y creaste una productora propia, Khara.

El mundo estaba en vilo. ¿Era un remake? ¿Un universo paralelo? Desde que saliera el primer rebuild, Evangelion 1.0: You’re (not) alone (2007), hemos esperado catorce años para entender qué querías hacer. Catorce años. Se dice pronto.

Evangelion 2.0: You can (not) advance (2009) introduce nuevos personajes y dejas claro que no se trata de un simple remake. Y con Evangelion 3.0: You Can (Not) Redo (2012) nos dejaste a todos en shock. Un cambio absoluto con respecto a la serie original. Y entonces, metiste la pata.

Sí, vale, entiendo que te agobias y te deprimes y esas cosas. Pero… ¿cómo se te ocurre ponerte a hacer una peli de Godzilla? ¡Nueve años! ¡Nueve años esperando a que saliera el final! ¿Parodias de Hitler en El búnker acordándose de toda tu familia no te hacían comprender la urgencia de la situación? Eso no se hace, hombre…

Pero bueno, lo hecho, hecho está. Y hay que admitir que estuvo bien hecho. Has demostrado estar en tu mejor momento. Shin Godzilla (2016) fue un éxito en todos los sentidos. Hiciste el guion, lo codirigiste con Shinji Higuchi y dejaste la banda sonora al glorioso Shirô Sagisu. Una combinación inmejorable.

Shin Godzilla combina tu amor por los monstruos y la tecnología con una crítica social que no te recordábamos desde Love & Pop. Atacas una burocracia que ralentiza todo lo que toca, a los viejos profesores universitarios que demuestran más preocupación por su reputación que por ayudar, a unos políticos ineptos… Y, de manera sorprendente, hasta te metes con la intervención yanki en Japón. Todo ello unido a unos buenos efectos especiales y una magnífica banda sonora.

Sin embargo, desde el punto de vista técnico y sentimental, Evangelion 3.0+1.0: Thrice upon a time (2021) es tu obra maestra, en mi humilde opinión. Una película casi comprensible para lo que eres tú, con buena banda sonora y un guion de escándalo.

Me quedo con dos momentos de la película. En primer lugar, el enfrentamiento directo de Shinji con su padre, tan necesario en la saga. En segundo lugar, la última escena. Shinji en la que el protagonista ha madurado y se ha salvado. No a través del amor ni de chorradas.

No solo se salva –cosa que no hace en la serie original, donde acaba llorando de pura frustración–, sino que se salva él mismo, y salva a los demás. Sin más dramas de los necesarios. Incluso Gendo encuentra la redención. El Evangelio del Nuevo Génesis tiene, por fin, un final feliz, basado en la aceptación.

Tu evangelio lo viví como un asteroide en mi vida. Sé que no soy el único. Prueba de ello es que le pusieran tu nombre a un asteroide, el 9081 Hideakianno. Tu influencia en la cultura otaku y en la vida de tus seguidores es profunda. Quizá, por eso siento ahora un enorme vacío, Hideaki. Te he seguido desde mi más tierna infancia sin saberlo y por fin siento que esto se ha acabado, y para bien.

Por alguna razón, asumiendo tu implicación personal en la saga de Evangelion y tu identificación parcial con Shinji y Gendo, quiero pensar que tú también te has liberado al liberarlos a ellos de sus trabas emocionales. No sé cuál será tu próximo proyecto. Pero, por favor, no toques más el Evangelio del Nuevo Génesis. Ha quedado perfecto, tal y como está.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

5 ago 2021

  • 5.8.21
Es 3 de agosto de 2021 y rondan las 12.00 del mediodía en la Villa de Madrid. La temperatura es de 25,2 grados centígrados, según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Hay mucha gente por la calle, pero en una cantidad muy inferior a la habitual. Una gozada.


Mi pareja se muestra interesada por Freshly, una tienda de cosmética ecológica de la calle Fuencarral, perpendicular a Gran Vía. La acompaño por un momento, pero pronto me aburro y me asomo por la entrada. A mi izquierda, se encuentra la pequeña ermita de la Virgen de la Soledad, que está de esquina con la calle Augusto Figueroa.

Entre la esquina y la propia ermita, hay dos extranjeros de mediana edad vendiendo paquetes de pañuelitos y otros objetos. Uno es alto y ancho de hombros, y viste una camiseta negra a juego con su piel. Un portero de discoteca en potencia, si tuviera los contactos adecuados. En contraste, el otro es flaco y bajito, porta una gorra roja y parece latino, aunque su acento me hace dudar.

A mi derecha, veo salir de una tienda Primor a un individuo de mediana edad, también con gorra roja y, quizá, rondando los cincuenta, que se dirige a la esquina de Fuencarral con Augusto Figueroa. Ha cruzado el umbral de la tienda en que me encontraba y se acerca a la ermita. Va detrás de él una dependienta de la tienda, señalando que no ha pagado un objeto. Cuando me doy cuenta de la situación, me planteo qué hacer, puesto que estoy a más de seis metros de distancia, pero los inmigrantes han sido más rápidos y estaban más cerca.

El hombre de raza negra le corta el paso y el otro le indica que la chica lo estaba llamando. El sospechoso trata de zafarse del armario empotrado, pero la dependienta lo alcanza. Por suerte, no opone resistencia y vuelve a la tienda mientras que el inmigrante de la gorra grita que llamen a la Policía.

Nos quedamos mirando un momento y me indica con un acento que no puedo identificar que aquello pasaba “todos los días”. Era una vergüenza. Al rato, aparecen un furgón y un coche de la Policía. Una de las principales calles de la Capital tiene que ser o, al menos, parecer segura.

Me gustaría decir que mi visita a Madrid comenzó con este incidente, pero lo cierto es que empezó con un corte de tráfico en la calle donde estaba el aparcamiento en el que dejamos el coche. Nada grave, por suerte.

Nuestro plan era pasar el día en Madrid tras desayunar churros con chocolate cerca de nuestra vivienda, en Alcalá de Henares. En vacaciones, Madrid es especial. Como todos los lugares sin playa, supongo. Me hubiera gustado vivir Madrid a lo Virgen de agosto (Jonás Trueba, 2019), y quisiera pensar que no fue tan diferente. La pandemia tampoco ayuda.

La mañana la dedicamos a ir de tiendas, fueran del interés de uno u otro. Tras la experiencia narrada, nos dirigimos a la zona de Universidad por la calle de la Puebla.

Calle Fuencarral

Me gustan los denominados “Malasaña” y “Chueca”, zonas que, en realidad, no existen como tales, sino que se encuentran dentro del barrio de la Universidad y del barrio de Justicia. Tienen un ambiente alternativo que siempre me motiva.

Sin embargo, debo admitir que lo que más me gusta de Malasaña es que tiene la mayor concentración de tiendas de cómics por metro cuadrado que conozco. Quizá, la mayor de España. También hay un número considerable de restaurantes, casi todos orientales. Si bien, también puedes encontrar restaurantes con comida española o, incluso, un restaurante georgiano.

La mayoría de estos establecimientos se encuentran entre las calles paralelas de Luna y Estrella. En lo que a frikismo se refiere, puedes encontrar desde tiendas especializadas en Dragon Ball a otras centradas en cómic americano. También hay otras tiendas fuera de esas calles, como la muy recomendable Generación X, en la calle Puebla, que es donde empecé a echar el rato.

Hicimos una parada en un establecimiento chino de la plaza Santa María Soledad Torres Acosta, más conocida como “de la Luna”, esquina con calle de Silva. Se trata de una galería cultural, “Dinasty”, aunque se vende casi de todo. TeleMadrid le hizo un reportaje hace poco, que se puede ver aquí.

No era la primera vez que entraba, si bien, nunca me había fijado en los libros. Tienen una estantería llena de libros en chino y, en el escaparate, un libro de reproducciones de láminas de Dacheng Li exquisito. Sin embargo, se me iba de precio. Cosas que pasan.

Centro Cultural Dinasty. Plaza de la Luna

La plaza de la Luna es uno de los lugares que más me impactaron cuando conocí Madrid. A pocos metros de la glamorosa Gran Vía, hay una Oficina de Atención al Ciudadano de la Policía Local con numerosos vehículos aparcados cerca, según la hora.

Sin embargo, si sigues todo recto hacia la primera calle, Corredera de San Pablo, empieza a sorprenderte algo. De repente, entre los transeúntes, te puedes encontrar sentada a una señora bien entrada en carnes con los pechos al aire y una cantidad importante de mujeres, más o menos vistosas, cubriendo un amplio abanico de edades y, en menor medida, de nacionalidades.

La prostitución campa a sus anchas a pocos metros de una de las calles más ostentosas del país. De hecho, en una de las calles perpendiculares de Corredera de San Pablo, Loreto y Chicote, se encuentra el local de Microteatro por Dinero, un antiguo prostíbulo cuyas salas eran antiguas habitaciones de placer. También hay otros espacios culturales cercanos.

Esta imagen de convivencia fue chocante para un provinciano como yo y admito que nunca me he terminado de acostumbrar del todo. En cualquier caso, el número de prostitutas suele ser bastante bajo por la mañana.

En lo que a nuestro paseo se refiere, seguimos visitando tiendas frikis hasta que llega la hora del almuerzo. Tenemos una reserva para las 13.30 en el Amargo, en la calle del Pez. La calle del Pez es una de esas vías que demuestran que Malasaña es diferente. Por llevar la contraria, hasta tiene un árbol en flor. En concreto, una rosa de Siria –Hibiscus Syriacus, me alecciona mi pareja, experta en la materia–, que rebosa de vida entre la calle del Pez y la de las Pozas.

Rosa de Siria (Hibiscus Syriacus) entre la calle del Pez y la de las Pozas

La calle del Pez es una vía bohemia en la que, aparte del Teatro de la Victoria, hay numerosas tiendas, restaurantes o establecimientos de todo orden.

Calle del Pez
Calle del Pez
Casa del pez

Almorzamos en el Amargo donde, por supuesto, engullo todo lo que hace dos semanas me ha prohibido mi médico digestivo. Estoy en los alrededores de Malasaña y las reglas, allí, están para romperlas. Aunque no me paso demasiado, por si acaso. Tras el almuerzo, atravesamos Chueca por la calle de las Infantas, donde disfrutamos de un ambiente bohemio y alternativo.

Nos encontramos con una suerte de carteles con pretensiosas reflexiones, por denominarlo así, sobre el arte. En rojo, los atraviesa la siguiente rima: “A Ayuso incluso yo la recuso. A Almeida le doy una tragedia”. De Quevedo para arriba.

Sin embargo, estos patéticos versos me recuerdan que estamos en uno de los espacios más progres –que no progresistas– de Madrid. Su público fue la base de Manuela Carmena y nadie puede negar que gobernó para ellos. Y por eso perdió. Menos banderas de España, puedes encontrar de todo: desde el mayoritario símbolo arcoíris a una bandera de León, pasando por una de la Unión Europea.

Versos en la calle de las Infantas

Nos dirigimos a la Fundación Mapfre, en Paseo de Recoletos. Dejamos atrás la Gran Vía y vemos la Plaza de Cibeles, templete del madridismo y, dicho sea de paso, del nacionalista español más rancio.

Plaza de Cibeles

Si el tándem Malasaña y Chueca tienen el encanto del pequeñoburgués progre con ropa de marca y chapita del Ché Guevara en la mochila, Recoletos cuenta con el encanto de la burguesía rancia. Configurada al estilo de los bulevares parisinos, Recoletos es una vía amplia y lleno de lugares que visitar, como el famoso Café Gijón. Es una continuación del Paseo del Prado donde, entre otros muchos lugares, están el Museo del Prado y el Museo Thyssen.

En nuestro caso, teníamos ganas de ir a la Fundación Mapfre con ánimo de ver una exposición fotográfica de Bill Brandt (1904-1983), uno de los grandes maestros del siglo XX. Dejo aquí un enlace a los textos de la sala. Una exposición bien planteada con numeroso material. Lo disfrutamos mucho. También hay una exposición permanente de Joan Miró.

Volvemos al aparcamiento, cerca de Gran Vía y, tras pasar por Doña Manolita, el mítico establecimiento de loterías, para adquirir números de la Lotería de Navidad para nuestras respectivas familias, nos dirigimos a la Fundación Telefónica. Siempre hay alguna exposición interesante por allí, aparte de la exposición permanente sobre la historia de las telecomunicaciones.

Nos obligan a reservar antes de entrar. Nos salimos a Fuencarral y mi pareja se encarga del asunto. Mientras, yo observo a dos personas que se acercan a otra, sentada sin más. De repente, estas dos personas enseñan una placa: son policías de paisano. Cachean al hombre y registran sus pertenencias. Parece que no han encontrado nada, puesto que lo dejan ir. Mientras que están en la faena, aparece un furgón. ¿Casualidad?

Con las plazas ya reservadas, entramos en la Fundación Telefónica. Nos interesamos por dos exposiciones temporales. Una se titula Color. El conocimiento de lo invisible y, la otra, Joanie Lemercier. Paisajes de luz. No están mal, pero no me emocionan.

Nos movemos a la zona de Embajadores. Tenemos entradas para el Cine Doré a las 20.00 y tenemos que matar el tiempo. Nos sentamos en un local frente al Doré y nos refrescamos un poco. El ambiente es diferente. También tiene su punto alternativo, pero sin ese aire a progre estancado. Admito que es uno de mis lugares favoritos de Madrid. El local en el que estamos se llama Más Corazón y sus baños me sorprenden con el poema de la foto.

Poema en un retrete

Tras refrescarnos, damos un paseo por Embajadores. Me gusta el ambiente. Siempre hay algo que hacer por ahí, más allá de la actividad comercial. Llega un momento en el que ya no sé dónde estoy con exactitud, pero nos orientamos bien. Llegamos a la abarrotada plaza de Lavapiés por Argumosa y nos damos la vuelta callejeando.

Calle de los Tres Peces

Calle del Salitre

Nos sentamos en un banquito de la calle Santa Isabel, haciendo tiempo, y ya nos dejamos caer en el Cine Doré. Este edificio tiene un encanto especial por dos razones. En primer lugar, por su arquitectura de principios de siglo. En segundo lugar, por ser la sala de exhibiciones de la Fimoteca Española, donde puedes ver peliculones patrios o foráneos por tres euros. Es un lugar que adoro y al que no puedo ir desde hace tiempo. En esta ocasión, tocó visualizar Blasco Ibáñez. La novela de su vida (Luis García Berlanga, 1997), tres horas de puro entretenimiento.

Acabada la película, nos dirigimos al aparcamiento y volvimos a casa con la sensación de habernos pegado una placentera paliza. En verdad, podríamos haber ido a muchos otros sitios. Para el que visite por primera vez Madrid, el Museo del Prado, el Reina Sofía, la Plaza de España y otros lugares son de obligada visita, pero no era el caso. No es el Sur, pero tampoco se está mal aquí en lo que a ocio se refiere. Deseando bajar a Andalucía, en cualquier caso.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

22 jul 2021

  • 22.7.21
Recordemos un matiz fundamental: se puede tener perspectiva de clase sin compartir una ideología de clase. Una persona puede creer en la existencia de clases sociales, defender los derechos de los trabajadores e interpretar la realidad desde esa perspectiva y, sin embargo, no ser anarquista, comunista, ni militar en ningún partido de clase –si es que eso existe ya–. Del mismo modo, se puede tener una perspectiva de género sin compartir una ideología de género.


El feminismo es la creencia en la igualdad entre la mujer y el hombre, entre el hombre y la mujer. A partir de ahí, todo es ideología, tal y como ya planteamos en la columna Herejía feminista. Lo mismo podemos aplicar a la locura de ciertos sectores del movimiento LGTBIQ –espero no equivocarme con la sigla, no sería a propósito–, que confunden la búsqueda de la igualdad y la integración, –derechos que aquí defiendo y defenderé siempre–, con la imposición de ciertas visiones de la sociedad.

Pretender imponer una visión excluyente del feminismo o de cualquier otro movimiento es tan antidemocrático como el franquismo más rancio. Por eso me preocupa el concepto de “matria”.

“Patria” es un término traicionero. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua ofrece dos acepciones muy asépticas. La primera, como tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos. La segunda, lugar, ciudad o país en que se ha nacido. Sin embargo, las connotaciones de este término son mucho más amplios y mucho menos inocentes.

Los padres de la Constitución lo sabían. Por eso, salvo error en la enumeración, la palabra “patria” solo aparece una vez en toda la Constitución Española. En concreto, en su artículo segundo: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

Esta excepción puede tener su lógica: se trata de un artículo polémico en su redacción, donde se reconocía el derecho a la autonomía. El uso de la palabra “patria común” es muy diferente al que le dio el franquismo y, a pesar de ello, debatible en su definición.

El franquismo hizo de la patria la representación abstracta de todos los españoles “de bien”. Comunistas, anarquistas, homosexuales o criminales varios, entre otros, no formaban parte de ese concepto. Más bien, eran considerados “enemigos de la patria”. Una concepción que es compartida, a la inversa, en regímenes totalitarios de polo opuesto, como Cuba o Venezuela –esta última tiene Constitución, pero se puede considerar como una auténtica narcodictadura–.

Admito que nunca me he sentido cómodo con la palabra “patria”. En especial, cuando se usa sin el adjetivo “común” o cuando lo pronuncian personas con gustos castrenses. Siempre me he sentido excluido de ese concepto.

Quizá, por este sentimiento de exclusión, me inquieta escuchar de Yolanda Díaz, negacionista de la dictadura cubana, el uso de la palabra “matria”. Si tuviera delante a la ministra, me gustaría preguntarle quién forma parte de ella. Convencido estoy de que contestaría que la matria lo forman aquellos que comparten los ‘valores democráticos’ –o sea, los suyos–, y los que combatan contra los que “quieren romper la convivencia”.

Sin lugar a dudas, el concepto de “matria” es tan excluyente como el de patria. Y de ambos me siento igual de lejano. Por un lado, por llevar el pecado original de tener un trozo de carne entre las piernas sin ser homosexual, inmigrante o partidario de las ideologías de género. Por el otro, por no estar por la labor de excluir a los que ahora están por la labor de excluirme a mí.

Puede sonar enrevesado, pero los hechos son preocupantes. En su ejercicio de la libertad de cátedra, Jesús Barrón, un profesor del IES Complutense en Alcalá de Henares con más de 25 años de experiencia docente, fue suspendido de empleo y sueldo por afirmar que, desde el punto de vista estrictamente biológico, los hombres nacen con cromosomas XY y las mujeres con cromosomas XX y, aunque se puedan transformar con operaciones, genéticamente siempre van a seguir teniendo los cromosomas XY o XX.

Tras el escándalo, la directora del centro ofreció una versión poco convincente de los hechos, en la que se evidenciaba que no solo lo habían suspendido por eso. Que más bien fue una excusa. Incluso en el caso de que fuera cierta una actitud homofóbica por parte del docente, siempre hay medidas disciplinarias previas antes que la suspensión de empleo y sueldo de un empleado público, funcionario de carrera. Fue una medida desproporcionada y, de hecho, al poco tiempo, se le ha levantado el castigo.

Lo interesante de este caso es que, siendo un caso particular, organizaciones conservadoras o, incluso, ultraconservadoras, como Abogados Cristianos, se posicionaron a favor del docente, atacando a la dirección del centro, mientras que el lobby opuesto machacó al profesional, sin contemplaciones, en redes sociales e, incluso, discursos públicos. Un auténtico caso de postcensura por ambas partes.

No es un caso aislado. Por señalar algún caso escandaloso, hemos de recordar que un profesor universitario fue boicoteado en la Pompeu Fabra en diciembre de 2019. Su crimen no fue negar la igualdad de género, ni atentar contra los derechos de nadie. El ataque se produjo por cuestionar algunas de las tesis mayoritarias del feminismo radical y de un sector del movimiento LGTBIQ. Pablo de Lora fue acosado y estigmatizado en un templo del conocimiento sin tener la oportunidad de expresarse en el acto.

Hoy son ellos. Mañana puede ser cualquiera. La ideologización de las aulas recuerda cada vez más al caso catalán e, incluso, a otros más oscuros. Cuando leí el caso del docente del IES Complutense y me interesé por su caso a través de conocidos suyos, no pude evitar el recuerdo de Juventud sin Dios de Ödön von Horváth: alumnos denunciando y acosando al profesor, presiones externas y amenazas… y todo por afirmar que todas las personas son iguales. Algo inaceptable en el primer estadio de la Alemania nazi.

Al protagonista de aquel libro le pusieron de mote ‘El negro’, y su final fue irse a dar clases a África. Cuando oigo la palabra ‘matria’ de boca de Yolanda Díaz, me da por pensar si se puede llegar a ser ‘amátrida’. Mi primer pensamiento es que es una tontería.

Después recuerdo que, hace cinco años, me hubiera parecido una tontería que apareciera un partido de extrema derecha, que un gobierno autonómico diera un golpe de estado, que se creara una comisión contra lo que quieran considerar noticias falsas sin garantías judiciales, ni la opinión de las asociaciones profesionales, que te subieran la luz un 40 por ciento sin protesta alguna en la calle o que una pandemia nos dejara encerrados en casa durante meses. Al final, me entra un escalofrío repentino que espero que quede solo en eso.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

24 jun 2021

  • 24.6.21
Pocos libros son más de mi gusto que Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. Hace años que lo leí y admito que, junto a La peste de Albert Camus, ha sido una de las obras literarias sobre las que más he reflexionado durante la pandemia.


La obra es un conjunto bien hilado de relatos cortos. Narra la llegada de los humanos a Marte y su colonización, a la que no le falta un sentido crítico. Durante los diferentes relatos, podemos encontrar algunos con cierto aire a western o, incluso, algún texto con claras referencias a Edgar Allan Poe. Sin embargo, para mi gusto, los relatos más interesantes son los que relatan la partida de los humanos.

Conforme a la cronología de la obra, en noviembre de 2005, se produce un hecho decisivo. Los últimos marcianos dan aviso a un vendedor de comida ambulante de que algo va a ocurrir esa noche y le otorgan un acta de concesión de más de cien mil kilómetros cuadrados de territorio. Porque aquella iba a ser la Gran Noche –no, no había concierto de Raphael–.

Los últimos marcianos no pudieron escoger una mejor venganza. Sobre las nueve de la noche, el vendedor, su mujer y casi todos los humanos que habitaban Marte contemplaron estupefactos el inicio de la guerra nuclear y la destrucción de parte del planeta Tierra. Ellos habían intentado vivir sin aquel planeta: “Pero ahora, esta noche, se levantaban los muertos, la Tierra volvía a poblarse, la memoria despertaba, miles de nombres venían a los labios. ¿Qué haría Fulano esa noche en la Tierra? ¿Y Zutano o Mengano?”.

En cuanto se produjo el desastre, lo primero que hicieron los colonos fue pensar en sus familiares y amigos. La Tierra hizo un llamamiento para que los humanos volvieran y, lo más curioso, es que casi todos lo hicieron.

Cuando leí esta parte del libro, admito que sentí cierto escepticismo, casi condescendencia. Me pareció un giro romántico por parte del autor. Cuando lo leí en su día, despertaba con noticias diarias sobre el drama de los refugiados sirios. En la vida real, las personas tienden a huir de la guerra, no a meterse en ella de cabeza. Eso pensé.

Sin embargo, en plena pandemia, las personas tendieron a juntarse, a visitar a sus personas queridas, cuando no convivir con ellas. Lo lógico hubiera sido tender al aislamiento social, y el hecho es que es algo que solo se consiguió con amenazas y con la buena disposición de muchos ciudadanos.

Con los años, me doy cuenta de la agudeza de Bradbury, que publicó el libro con apenas 30 años, tras haber pasado una guerra mundial, y en medio de la Guerra Fría. Cuando hay una amenaza, la gente tiende a unirse a los suyos, aunque sea arriesgado. Es difícil mantenerse al margen.

Por eso, en el libro, los terrestres vuelven con los suyos, a pesar de la amenaza. Muchos no salen de un país en guerra, en efecto, por la familia o el entorno. Y muchos otros que sí buscan refugio, lo hacen con los familiares a cuestas.

Puede que sea una idea romántica, pero creo que vale la reflexión. Da igual el modelo de familia, al final, ni todo el individualismo, ni todo el narcisismo propio de la sociedad postindustrial pueden combatir los instintos más primarios.

Aunque hay de todo, la mayoría de las personas demostraron una actitud gregaria durante la pandemia. Para los que no podíamos reunirnos con los nuestros, nada era más duro que el aislamiento. Sabiendo, como sabíamos, que era arriesgado y que lo más lógico y racional era quedarse en casa.

Sin pretender parecer ahora un provida, entre tanto pseudoprogresismo y patriotismo de pandereta, quizá sea buen momento para hablar de la familia, con independencia de su modelo.

Es tiempo de reflexionar sobre la necesidad que tenemos de la familia, sobre cómo seguir cumpliendo el derecho de las personas y el deber constitucional del Estado de protegerla, y de reevaluar las medidas sociales vinculadas con la conciliación, la protección de la infancia y la adolescencia y, sobre todo, la protección de las personas mayores, las grandes víctimas de este desastre.

Quizá va siendo hora de centrarse en lo que de verdad importa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

10 jun 2021

  • 10.6.21
Es fácil criticar a los partidos conservadores, llamados ‘de derecha’ según los convencionalismos de la jerga político-social. Incluso en democracia, la derecha es autoritaria, centralista, tiende a la corrupción por exceso de autoridad y falta de medidas de vigilancia, es religiosa hasta la hipocresía y suele desear lo contrario de lo que requiere el común de la población.


Sin embargo, eso ya lo sabemos. No me faltan textos publicados en los tiempos de Rajoy en los que no critique estas taras. Meterse con la mal llamada ‘derecha’ es fácil. En especial, cuando tienes ideas progresistas. Mucho más valor, agudeza y sentido común requiere evaluar y criticar a aquellos que, en teoría, comparten trinchera contigo. En especial, cuando estás, o te hacen creer que estás en medio de un conflicto.

Aristóteles afirmó que aquellos que cometen injusticias lo hacen porque piensan que “han de quedar ocultos”, o bien, que no sufrirán proceso y que, si lo sufrieran, no tendrían pena o que podría ser mínima. Quizá por ello, el ‘Gobierno progresista’ esté cometiendo tantas.

El tándem Pedro Sánchez-Iván Redondo ha conmocionado a la izquierda española, si es que eso existe. Llamó y sigue llamando al progresismo español a una cruzada contra el supuesto fascismo, esgrimiendo argumentos cambiantes, según las necesidades de su voluntad de poder.

Los que se llaman progresistas ya no están solo obligados a serlo, sino que tienen que demostrarlo, mutando el progresismo de ideología o mentalidad a identidad. Ya no basta con ser progresista: tienes que ser antifascista. Y fascista es todo aquel que no se involucre en la cruzada. Los tibios son los peores.

Lo cierto es que los mal autodenominados ‘progresistas’ están teniendo que hacer la vista gorda ante demasiadas cosas. La defensa de la monarquía; la ausencia de regulación en el precio del alquiler; la falta de veracidad de los datos oficiales; la corrupción del PSOE andaluz; el autoritarismo dentro de los partidos ‘progresistas’; la gestión politizada de la pandemia; el ataque continuo a la libertad de información; el malgasto de dinero público; el debilitamiento del Estado del Bienestar; las mentiras descaradas y los “temazos”; el encarecimiento de los bienes de primera necesidad; el empobrecimiento del sistema educativo… Demasiados hechos que callar, que ignorar…

Es muy fácil atacar la corrupción de la derecha, el recorte de libertades que sufrimos en tiempos de Rajoy, el austericidio… Pero lo cierto es que Sánchez, con pandemia o sin ella, ha recortado más derechos y empeorado más la vida de la población que los gobiernos de Aznar y Rajoy juntos.

El equipo Sánchez-Redondo sigue llamando a la cruzada. La población demuestra lo progre que es compartiendo noticias y opiniones, no siempre verdaderas, para recordarnos a diario dos cosas: lo progresistas que son y lo malos que son los de enfrente. La crítica a las propias filas es una herejía imperdonable.

Y parte de la población, poco capacitada, se alía con el enemigo, los partidos de “extrema necesidad”, incluso sin estar de acuerdo con toda su ideología. Pero en la guerra hay que posicionarse. Y la cruzada es una guerra de identidades. Como diría Juan Soto Ivars, esto es la catalanización de España.

La subida de la tarifa de la luz es un crimen en tiempos de pandemia. Un escándalo. FACUA-Consumidores en Acción ha solicitado la intervención de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia y denuncia que el recibo mensual del usuario medio se ha disparado un 42 por ciento interanual en los siete primeros días de junio. Una barbaridad.

Sin embargo, este atentado contra la población no ha tenido ni una cuarta parte de la contestación social que tuvo proceso del rapero supremacista Pablo Hasél. De nuevo, el equipo Sánchez-Redondo ha utilizado la cortina de humo de los presos catalanes, un guante que tanto el Partido Popular como Vox y Ciudadanos han tomado con placer.

El mensaje progresista se ha pervertido hasta tal punto, que hasta los ministros del Gobierno se unen a manifestaciones dirigidas contra ellos mismos. Sin embargo, el llamamiento a la cruzada sigue teniendo sus efectos. Los pseudoprogresistas callan, disculpan o defienden las medidas del Gobierno que atentan contra sus propios principios, dando armas a una derecha que no debería tener ninguna.

Afirmaba Michel de Montaigne: “Si como la verdad, la mentira no tuviera más que una cara, estaríamos mejor dispuestos para conocer aquélla, pues tomaríamos por cierto lo opuesto a lo que dijera el embustero; mas el reverso de la verdad reviste cien mil figuras y se extiende por un campo indefinido”. La verdad a medias –o la mentira a medias– ha sido, durante años, la herramienta de manipulación de los dos extremos políticos y de los supremacistas vascos y catalanes.

El tándem Sánchez-Redondo ha convertido esas “cien mil figuras” en piedra angular de su estrategia comunicativa, para desesperación de aquellos que quieren ver progresar el país, que quieren estar en el lado correcto de la trinchera, pero que no pueden evitar discrepar ante tanta manipulación.

Y ante cualquier duda o quebranto, solo es necesario echarle la culpa a Franco o sacar el argumento del feminismo. Como si el feminismo fuera “una, grande y libre”, los popes –y sí, estoy usando el masculino–, hacen uso de ello cada vez que se encuentran en un apuro. Lo hace Sánchez a diario, así como lo hacía Iglesias hasta que se volvió contra él. Lo último, el “temazo” de Carmen Calvo. La división ideológica ya ha llegado al Gobierno por la cuestión de la transexualidad y es cuestión de tiempo que se visualice en más aspectos.

“¡Qué fácil nos resulta rechazar y desterrar cualquier idea que moleste o importune nuestra alma, para sentirnos tranquilos!”, meditó en su día Marco Aurelio. Es cierto. ¡Cuántas cosas tiene que ignorar el progresista español para no ser tachado de facha, machista… o hereje! El valor para denunciar y combatir la injusticia empieza en el discurso, que ya es acción. Y para ello, hay que acabar con la cruzada y la agitación propagandística continua en la que vivimos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO ESCOBAR

27 may 2021

  • 27.5.21
El dos de agosto de 2004 tenía 14 años, y estaba a pocos días de cumplir los quince. Aburrido en casa, mi familia ya se había metido en la cama y yo era dueño y señor del mando de la televisión. Estaba a oscuras, como siempre me ha gustado ver la tele de noche, y no tenía ganas de leer.


Tirado en el sofá, iba de un canal a otro sin rumbo fijo. Zapping lo llaman los amantes del anglicismo. Veía esto, veía aquello. Nada me convencía. Nada me llamaba la atención. Como teníamos canales de pago –uno de los pocos lujos que mi familia se permitía por aquel entonces–, me dirigí a ellos con la esperanza de encontrar algo. Paré en un canal de contenido musical, pero no aguanté mucho. Al final, decidí pulsar el botón número 1 y volver a revisar todos los canales uno a uno.

No tuve que esperar mucho. Me llamó la atención La 2. Había una película en blanco y negro, con una imagen muy degradada –al menos, para lo que yo estaba acostumbrado–, y me llamó la atención ver actores asiáticos vestidos con atuendos tradicionales. Era una película japonesa subtitulada. Decidí darle una oportunidad.

El argumento acontecía en el Japón feudal y, en él, se sucedían y combinaban hechos vulgares y cotidianos con otros sobrenaturales. Había acción sin especial espectacularidad. La fotografía estaba cuidada y todo el filme ofrecía belleza, o al menos me pareció eso. Era algo nuevo para mí, algo fascinante que quería que se repitiera.

Sin embargo, ¡ay! No es sabio volver donde se fue feliz. Sin ser cinéfilo, he disfrutado mucho con el cine. Incluso he llegado a llorar de emoción. Pero jamás he vuelto a tener ese mismo sentimiento de descubrimiento.

Con los años, supe que la película que vi fue Ugetsu Monogatari (Cuentos de la luna pálida de agosto, 1953), de Kenji Mizoguchi. Se proyectó en el programa número 415 de ‘Qué grande es el cine’, presentado por José Luis Garci y que, en aquella ocasión, contó con la colaboración de Oti Rodríguez Marchante, Clara Sánchez y Juan Miguel Lamet.

Mentiría si dijera que es mi película favorita. Más allá del cariño, ni siquiera estaría en una selección de diez. Y, sin embargo, puedo afirmar con rotundidad que fue una llave importante para ver otro cine, un cine diferente.

Es cierto que fue una combinación perfecta: aburrimiento, curiosidad, oportunidad. Si bien, no es óbice para que otros jóvenes puedan, al menos, llegar a tener acceso a un cine más allá de la actual industria de Hollywood.

Quizá sea hora de dar un mayor protagonismo al cine en las aulas, educando en el cine del mismo modo que se educa en la lectura. No estoy diciendo que se les proyecte El gatopardo a chicos de 12 años, ni que se enseñe Historia del Cine, si bien creo que se debería favorecer cierta educación cinematográfica que fomente la creatividad, el ocio sano y el conocimiento de los adolescentes.

Ahora que la nueva reforma educativa favorece la vagancia y la ley del mínimo esfuerzo, estoy convencido de que se puede encontrar hueco para estas propuestas. Hay algunas interesantes, como Educafilmoteca, un proyecto de Filmoteca Española para acercar el cine a las aulas.

En cualquier caso, creo que es importante integrar el cine en las aulas como una fuente de cultura, y no como una simple solución para las guardias o para ilustrar contenidos. Una ventana a la cultura para una generación abocada a la ignorancia y, aún más que hoy, a los caprichos del mercado.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

13 may 2021

  • 13.5.21
El día después de las elecciones en la Comunidad de Madrid está marcado por la extrañeza. Una sensación similar a cuando la Selección Española de Fútbol ganó el Mundial o, por el contrario, le tocó caer antes de tiempo. Salvo el día en que Vox entró en el Parlamento andaluz, lo cierto es que nunca he visto que la expresión “resaca electoral” tuviera tanto sentido. En especial, en la propia Comunidad.


Me acerqué a votar después del trabajo. En mi colegio electoral, la cola ocupaba el perímetro de más de media manzana. Cerca ya de la entrada, una señora mayor que andaba apoyada en muletas se acercó a un policía. “Con usted quería yo hablar”, le indicó al agente, que no tardó en acercarse.

“¿De verdad tengo que esperar toda esta cola?”, preguntó con voz lastimera mientras señalaba con una de las muletas a las personas que esperaban su turno. “Por supuesto que no, señora. ¡Venga conmigo!” le respondió el policía, muy bien dispuesto. Alrededor, había unas personas de mediana edad que intentaban colarse y que desistieron por la presencia policial.


Había ganas de votar. Había ganas de expresarse. Que yo haya vivido, no he visto nunca una jornada electoral con tanto ambiente. El proceso se desarrolló con tranquilidad, salvo el circo de FEMEN en el colegio electoral de Rocío Monasterio. Algunos fueron con la idea de vencer al comunismo. Otros, con la idea de parar al fascismo.

En cambio, no fueron pocos los que rumiaban en las colas los agravios del sanchismo a una Comunidad que ha sabido equilibrar salud y economía. Y si hay algo que ha demostrado la política en los últimos años es lo que une un agravio. Los madrileños han sido los apestados de la pandemia, señalados por un sanchismo que obviaba a propósito las proporciones relativas de otras zonas donde la gestión había sido mucho más nefasta. En especial, Navarra y Cataluña.

Tampoco fueron pocos los que recordaron las afirmaciones de precampaña de dirigentes del Partido Socialista y de Unidas Podemos, que señalaban a Madrid como poco menos que un paraíso fiscal. La negativa de Gabilondo a subir impuestos no era creíble. Tan poco como su deseo de regular el mercado del alquiler, que manifestó días después de que los dirigentes del PSOE estatal desecharan la idea, para frustración de Unidas Podemos.

La noche fue corta, y no por el toque de queda. La paliza de Ayuso a sus contrincantes se hacía manifiesta con menos del 50 por ciento escrutado. Ni siquiera iba a necesitar a Vox. Algunos no entendimos el hecho de que Casado diera un discurso antes que la candidata, y tan largo. Estuvo fuera de lugar. Incluso Vox, ese partido tan machista y retrógrado, dejó hablar a Monasterio antes que a su líder.

Sin embargo, como ya es costumbre, la nota la tuvo que dar otro Pablo, Iglesias en concreto. Tras lloriquear que su fracaso se había debido a que el mundo no lo comprendía y que todos eran muy malos, malísimos, –o tontos, tontísimos–, manifestó su deseo de abandonar todos sus cargos políticos. Y lo hace el día en que el partido fundado por su amigo, y ahora rival, Íñigo Errejón, hiciera en Madrid lo que él no pudo nunca: el sorpasso al PSOE. De la mano de Mónica García, eso sí, tras una campaña en la que demostró que Más País mantiene lo peor de Podemos: el feminismo descerebrado, las propuestas radicales vacías de contenido y la propaganda populista.

Como ya se ha indicado, el día después fue de resaca. De acuerdo con la propaganda pseudoprogresista, el fascismo había pasado. Los insultos, el mal perder, y la incomprensión a los madrileños por su elección recuerdan al ascenso de Vox en Andalucía. Autocrítica nula, empatía en extinción.

Para otros, se mantiene la calma y el orden. Un día normal, con muchas ganas de comentar los resultados... o muy pocas. Y un placer casi generalizado por la fuga de Iglesias, incluso, entre los votantes pseudoprogresistas. Tras la hiperventilación, no hay cambios significativos en el día a día.

Como todavía no me ha tocado la lotería, he tenido que ir a trabajar todos los días entresemana desde entonces, y admito que todavía no he tenido que saludar a la romana a nadie.

Como la Mahou, Ayuso solo gusta en Madrid, por más que para los medios generalistas, España se reduzca a la Meseta. Llevará a cabo políticas que gusten más, y otras que gusten menos. Como todo en democracia. Seguirá la tendencia privatizadora y seguirá el enfrentamiento con Sánchez, que el Kennedy español alimenta con placer en su orgía de agitación política.

Madrid Central ha caído, como no podía ser de otra manera. Eso sí, con el pecado original de que Almeida ha sido incapaz de proponer una alternativa. Pablo Iglesias ya no tiene cola para que se la agarren. Gabilondo y Franco han caído en desgracia ante su amo. En cuanto a Ciudadanos, que tanta paz lleve como descanso deja.

La pseudoizquierda española tiene ahora un problema, como refleja el hecho de que el primer movimiento ha sido mirar a Andalucía. Y también se la juega Casado, impotente en su mediocridad y en su incapacidad para limpiar la casa... En este sentido, tiene mucho que aprender de Sánchez. Al menos, él lo aparenta. La vida sigue igual.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

29 abr 2021

  • 29.4.21
El anecdotario de las singulares elecciones a la Asamblea de Madrid es extenso. Me gustaría compartir algunas de mi cosecha puesto que, estoy convencido, reflejan el ambiente político madrileño con casi tanto rigor que el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Reitero la veracidad de las anécdotas, que es más de lo que puede garantizar el señor Tezanos.


Primera anécdota. Hace un mes, alrededor de las 15.00 o 15.30 de la tarde, estaba volviendo de mi puesto de trabajo junto con mi pareja. Había sido un día duro para ambos y nos arrastrábamos cabizbajos hacia casa. El sol no era de justicia, pero emanaba suficiente luz y calor como para hacernos pesados los abrigos que nos colgaban del brazo y las mochilas que cargábamos en la espalda.

Ensimismados, rumiábamos los eventos de la mañana cuando oímos voces procedentes de un bar. Se trataba del dueño, que conocíamos de vista por la frecuencia con la que pasábamos por la entrada del local. Las palabras que escuchamos fueron las siguientes: “[…] Porque Ayuso es la única que nos quiere ayudar. Pero el cabrón de Sánchez lo quiere cerrar todo […]”.

No pude escuchar bien el final de su queja. Teníamos puesta la marcha automática y no tuvimos la agilidad mental suficiente como para detenernos a escuchar el final. Tampoco hay que tener una bola de cristal para imaginarla.

Segunda anécdota. Ante la imposibilidad de visitar a nuestras familias en Andalucía, inquietos por la cantidad de personas que sabíamos que huirían a la Sierra de Madrid entre el Miércoles y el Jueves Santos, decidimos ir a la Sierra los primeros días de la semana para descansar. El jueves nos volvimos, dejando atrás colas kilométricas que se dirigían hacia el lugar que nosotros abandonábamos.

Dejamos las maletas en casa y nos dirigimos al centro de la ciudad para comer. Era temprano, sobre las 12.30-13.00, pero no me importaba. Si no fuera por el trabajo, sería de esas personas que disfrutarían del brunch, anglicismo cool que viene a referirse a la comida del que desayuna tarde o almuerza temprano.

Nos dirigimos a la calle Mayor de Alcalá de Henares, vía principal de la Ciudad, que nos coge cerca de casa. Las calles están abarrotadísimas y nos damos cuenta de que, en Semana Santa, había ocio fuera de la Sierra para los habitantes de la Meseta. Abarrotada la calle hasta el punto de inquietarnos, con o sin covid, nos encontramos un tapón de personas junto a la casa natal de Miguel de Cervantes. Hay varias cámaras y curiosos.

Como soy sevillano y es Semana Santa, me dirijo de cabeza hacia el centro de la bulla sin pensármelo demasiado y no tardo en alcanzar mi objetivo. Solo faltaba el olor a incienso para empezar a buscar la cruz de guía. Sin embargo, lo que encontré estaba lejos de ser una cofradía, aunque tenía algo de crucificado.

Delante de un roll up, una suerte de cartel enrollable, Edmundo Bal, candidato de Ciudadanos, estaba dirigiéndose a la prensa. “Buen movimiento para ganar visibilidad”, pensé, “si no hubiera covid”. Tras acordarme de toda su familia por taponar la calle principal de la ciudad, me dispongo a alejarme del lugar para buscar un espacio más tranquilo y seguro. “Vaya elemento, que tengan narices de quejarse de la saturación de los espacios públicos”, pensé, si bien omito alguna palabra malsonante que negaré ante cualquier juez.

Mientras nos damos la vuelta, veo a un señor gritando desde el otro lado de la calle al candidato naranja: “¡Pero si estáis acabados!”. Los viandantes de alrededor nos dividimos entre los que nos reprimimos la carcajada y los que no. No ofende el que dice verdad.

Tercera anécdota. Es 15 de marzo. Nos llega la noticia de que Pablo Iglesias abandona la Vicepresidencia para presentarse a la Asamblea. Lo hablo con un compañero poco sospechoso de ser ‘facha’. Su expresión fue clara: “Me van a obligar a votar a quien no quiero”.

Mientras que hablamos de esta cuestión, mis amistades debaten sobre lo mismo en un grupo de WhatsApp. Cuando me paro a mirar, me sorprenden las palabras de una buena y sensata amiga: “Al final me van a obligar a votar a quien no quiero, únicamente por no tener a ese gilipollas de presidente [tres emoticonos de caritas sonrientes boca abajo]”.

No sé qué me sorprendió más, si el hecho de que usara la misma expresión que mi compañero o el hecho de que creyera que Iglesias podría llegar a presidente. Yo solo podía pensar en lo a gusto que debía de haberse quedado Pedro Sánchez, mientras me lo imaginaba en La Moncloa, fumándose un puro con los pies sobre su escritorio y con una sonrisa de oreja a oreja. También me lo imaginé con un whiskey con hielo en la mano, y admito que eché de menos no poder tomar un trago.

Cuarta anécdota. Las puertas de los retretes son interesantes. No suelen ofrecer muestras de alta cultura, si bien, no dejan de ser un elemento cotidiano donde se producen procesos interesantes.

Tal y como se puede comprobar en la imagen, un día me sorprendió ver pegada en la puerta de un retrete una imagen electoral de Más País. En ella, se puede ver un retrato de Mónica García con las palabras sobreimpresas “Mónica ǀ Madrileña ǀ Médica ǀ Madre”.

Intenté reflexionar sobre el mensaje. ¿Qué mérito político supone ser madrileña, médica y madre? Gádor Joya es madrileña, médica y madre, y eso no es óbice para que pertenezca al sector más reaccionario de Vox. ¿Mal mensaje? ¿Intento de apropiación?

Unos días después, tal y como puede verse en la foto, me encontré con que la imagen apareció tachada y rodeada de dos mensajes escritos: “VOX” y “VIVA ESPAÑA”. “Los extremismos de siempre”, pensé.

Sin embargo, un par de días después, encontré una respuesta que me sorprendió. Al mensaje “VOX” se le añadió un “FUCK”, que no pienso traducir, así como un recuadro para darle unidad al mensaje. Por otro lado, al mensaje de “VIVA ESPAÑA”, se le añadió una coma y las siguientes palabras: “NO LA ESPAÑA QUE VOX QUIERE”. Para concluir el panorama, entre ambos mensajes encontré dos líneas cruzadas que, asumo, era un tachón, cuya función comunicativa me es imposible descifrar puesto que, como pueden comprobar, no tachan nada.

Para ser sinceros, no sé qué fue lo más sorprendente. Como persona interesada en la comunicación política, admito que me fascinó comprobar que esa comunicación podía producirse hasta en la puerta de un retrete. En efecto, al haber intercambio e intencionalidad, se producen las condiciones para hablar de acto comunicativo.

Por otro lado, me pareció curiosa la voluntad de imponer el mensaje propio, recordándome a los salvajes procesos de intercambio de pareceres de las redes sociales. Admito que también me llamó la atención la defensa del concepto de España por un militante o simpatizante de extrema izquierda en España. ¿Un rayo de esperanza?

Por último, no dejó de ser fascinante comprobar cómo la extrema izquierda y la extrema derecha llevaban a cabo acciones propias de redes sociales en la puerta, no lo olvidemos, de un retrete. Para que después digan que no se pueden tener pensamientos profundos mientras se vacía la vejiga…

Tengo algunas anécdotas más vinculadas con Gabilondo, pero son casi tan sosas como el propio político, por lo que me las ahorro. Todo lo narrado, insisto, es verídico. Desde la conciencia de que no dejan de ser fragmentos de una experiencia personal, no dejan de ser vivencias que todos los que vivimos “a la madrileña” nos encontramos en el día a día.

Asisto perplejo a una campaña sucia en la que ambas partes –porque ellos mismos han decidido dividirse en dos bloques, no lo olvidemos–, intentan demostrar la barbarie de su rival. Ambos justifican la violencia contra el enemigo, ya sea el ataque antidemocrático que recibió Vox en Vallecas –o Vallekas, como gustéis–, o las amenazas recibidas por diferentes políticos “demócratas” –me encanta ese sentido del humor tan retorcido–.

Unas amenazas que, de ser ciertas, reflejan serios agujeros de seguridad que sorprenden en un contexto como el español. Hay cosas que no me cuadran. Que Rocío Monasterio actúe como una macarra, no tanto. Ni tampoco que los estómagos agradecidos calienten una campaña que, si no fuera por este circo, el bloque de la pseudoizquierda tendría perdida por goleada.

Mientras escribo estas líneas, la última hora es que Isabel Díaz Ayuso ha recibido también amenazas. ¿En un año serán recordadas como simples anécdotas de campaña? Estoy convencido de ello.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

15 abr 2021

  • 15.4.21
Philipp Eduard Függer recibió una carta singular el 14 de abril de 1592, proveniente de Venecia. Philipp pertenecía a una de las familias más poderosas del mundo y tenía informadores repartidos por toda Europa. Ya fuera por promoción suya o por acción de sus informadores, era habitual que las cartas exclusivas que recibía acabaran en una imprenta.


Se entiende que los Függer eran informados de asuntos de peso, que podrían influir en sus intereses financieros o comerciales, o que les permitieran conocer alguna circunstancia de interés de reyes y príncipes. Por otro lado, Venecia era uno de los grandes nodos informativos manuscritos de la Europa Moderna.

El contenido de esta carta singular es interesante, en tanto en cuanto nos permite comprender la mentalidad del lector moderno y sus vicios. Se trataba de una noticia que informaba del posible nacimiento del Anticristo.

La carta comienza justificándose, afirmando que se basaba en un “boletín de noticias” atribuido al gran maestre de la Orden de Malta –quizá Hugues Loubenx de Verdala–, y “varios príncipes más”. Es probable que se tratase de una gaceta manuscrita u otro tipo de publicación politemática o miscelánea, o sea, con diferentes narraciones. Se comprueba que la atribución autoriza lo que sigue, haciendo referencia a una persona de alto rango social.

Una vez justificada la fuente, el informador ofrece la narratio, que empieza con una atribución para pasar a la enunciación de la información:

El boletín informa de que en cierta provincia de Babilonia ha nacido de una mujer de mala reputación un niño cuyo padre es desconocido. Afirma que el niño está cubierto de pelo de gato y tiene un aspecto terrorífico. Comenzó a hablar ocho días después de nacer y a caminar al cabo de un mes. Se dice que ha confesado ser el Hijo de Dios.

Tras ubicar el acontecimiento, se ofrece la información en tercera persona, de manera clara y concisa. El texto sigue narrando hechos prodigiosos, que generan el escepticismo del lector contemporáneo en el mejor de los casos. Sin embargo, el redactor no solo sustenta su credibilidad en la supuesta autoría del boletín, sino que rechaza otras fuentes que afirma tener a su disposición por su escasa fiabilidad:

Para ser breve, omitiré otros informes al respecto que no parecen muy creíbles. Se dice que los rabíes han llegado a la conclusión de que la criatura es en realidad el hijo de la perdición, el Anticristo.

Parémonos un momento a recapitular. Uno de los hombres más poderosos de la época, Philipp Eduard Függer, comerciante y hombre de sólida formación, paga una red de informadores que le mandan cartas manuscritas. Y un día se presenta en su casa una carta señalando el posible nacimiento del Anticristo y, como señala la carta en otro punto, que ya se le rinde culto local. Inconcebible para el lector actual, pero lógico para el lector moderno. Sabemos que la carta fue después impresa, convirtiéndose así en un producto del primer periodismo europeo.

Y es que Honoré de Balzac se quedó corto en su crítica a la prensa cuando escribió, en el contexto de la prensa parisina de la década de 1840, que “para el periodista todo lo que es probable, es verdadero”. Ese juicio de verosimilitud también corresponde al lector.

Como bien señalan las teorías más recientes sobre la recepción, se trata de un proceso interactivo y de negociación del sentido entre un emisor y un receptor. Es un proceso de producción activa y que está marcada por diferentes variables.

Dicho de otra manera, el lector también participa en el proceso informativo, no es un elemento pasivo. Por ejemplo, las noticias falsas con intención de serlo, más conocidas como fake news en el universo de los anglicismos, se verían muy limitadas si los lectores fuesen críticos y exigentes. Ellos son los que le dan credibilidad, ellos son los que los difunden.

El profesional de la información tiene una responsabilidad, pero el lector también. José Ortega y Gasset lo sabía bien. El autor de La rebelión de las masas hizo un llamamiento al público en el primer número de El espectador, “Verdad y perspectiva” (1916), un conjunto de ensayos con claros matices periodísticos:

El escritor, para condensar su esfuerzo, necesita de un público, como el licor de la copa en que se vierte. Por esto es El Espectador la conmovida apelación a un público de amigos de mirar, de lectores a quienes interesen las cosas aparte de sus consecuencias, cualesquiera que ellas sean, morales inclusive. Lectores meditabundos que se complazcan en perseguir la fisonomía de los objetos en toda su delicada, compleja estructura. Lectores sin prisa, advertidos de que toda opinión justa es larga de expresar. Lectores que al leer repiensen por sí mismos los temas sobre que han leído. Lectores que no exijan ser convencidos, pero, a la vez, se hallen dispuestos a renacer en toda hora de un credo habitual a un credo insólito. Lectores que, como el autor, se hayan reservado un trozo de alma antipolítico. En suma: lectores incapaces de oír un sermón, de apasionarse en un mitin y juzgar de personas y cosas en una tertulia de café.

A hombres y mujeres de tan rara índole se dirige El Espectador, que es un libro escrito en voz baja.

Ortega y Gasset no quería cualquier público, sino que quería lectores “sin prisa”. Solicitaba su atención, consciente de que el gran público es un estercolero. Una conclusión a la que Mariano José de Larra llegó con 23 años.

Larra publica en agosto de 1832 El pobrecito hablador: Revista satírica de costumbres en Madrid (disponible aquí). Lo hace con el pseudónimo “Bachiller D. Juan Pérez de Munguía” y, en el primer número, tras dedicar “dos palabras” a los lectores para presentar su publicación, titula el primer texto como “Quién es el público, y dónde se le encuentra”:

[…] el ilustrado público gusta de hablar de lo que no entiende […] no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos sé compone la fisonomía monstruosa del que llamamos publico; que este es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasageras; que ama con idolatría sin por que, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido ó de su desprecio el mérito modesto […].

La impresora María Pérez publicó en la Ciudad del Betis, en 1621, Victoria que el armada de Inglaterra alcançò con solos diez Galeones de diez y siete Naos de Turcos, a vista de Tarifa, tres dias despues de la que alcançò nuestra Armada en el Estrecho de Gibraltar y assi mismo se refiere el daño que la dicha Armada hizo (disponible aquí).

Sobre el público, Pérez destaca al final de su texto, tras una breve reivindicación profesional:

Nuestro trabajo es fuerza que salga a manos de cultos y de idiotas, a las del sabio y a las del rustico, al uno no hay para que satisfacer, el otro contentese con entretenerse por un cuarto.

La heterogeneidad del público es un hecho reseñado en los tres casos. Asimismo, todos señalan de manera implícita o explícita que el lector no siempre está capacitado para comprender o gestionar bien la información.

Por un lado, tanto emisor como receptor comparten un espacio comunicativo, con sus imaginarios y creencias, que facilita la credibilidad de ciertos mensajes. Por otro, hay un público que demanda un producto, sea información, opinión o entretenimiento. Y mientras que haya demanda, habrá oferta. Los programas más repugnantes de la televisión triunfan porque tienen una audiencia fiel. Los bulos se difunden porque son creíbles y porque, en el fondo, el lector le quiere dar credibilidad.

No había alfabetización mediática en el siglo XVI. Es un invento moderno, de los buenos, que Natalia Bernabeu y otros expertos definen como “la capacidad para acceder, analizar y evaluar el poder de las imágenes, los sonidos y los mensajes a los que nos enfrentamos día a día y que son una parte importante de nuestra cultura contemporánea, así como la capacidad para comunicarse competentemente disponiendo de los medios de comunicación a título personal”.

La alfabetización mediática, en especial la informacional, tiene sus límites. Como ya hemos indicado, si crees en el Anticristo, es más probable que estés dispuesto a creer una información vinculada con su llegada. En cualquier caso, la Sociedad de la Información exige una especial sensibilidad con la transmisión de información, y que es esencial si queremos mantener un entorno mediático sano y unas instituciones democráticas libres.

Porque ayer creían en el Anticristo. Hoy, en Estados Unidos, hay una parte importante de la población que cree en un fraude electoral. Y mañana, Iván Redondo nos puede hacer creer lo que le plazca... si es que no lo hace ya.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

1 abr 2021

  • 1.4.21
La muerte es siempre una cuestión delicada, y lo es aún más en los tiempos que corren. Sin embargo, es Semana Santa. Da igual cómo se quiera endulzar, la Pasión es una historia de muerte y, sí, también de resurrección.


Puesto que las ‘pelis de romanos’ están ya muy vistas, vamos a recomendar dos películas que toda persona cultivada debería conocer y que están de aniversario. En concreto, nos centraremos en sus representaciones de la muerte, la Muerte como personaje: Las tres luces y El séptimo sello. Advertencia: el texto está plagado de spoilers, pero también de buen cine.

Hace un siglo, en 1921, se estrena en Alemania Der müde Tod, de Fritz Lang, que llegaría a España en 1923 como La muerte cansada o Las tres luces. Su estreno germano vino precedido por otras películas que se integran en el movimiento conocido como ‘Expresionismo Alemán’, al que ya dedicamos unas palabras aquí –para profundizar en el cine alemán de Entreguerras, recomiendo el exquisito documental Von Caligari zu Hitler: Das deutsche Kino im Zeitalter der Massen (De Caligari a Hitler: el cine alemán en la era de las masas, 2014), presentado en el Festival de Cine de Sevilla.


El director de Der müde Tod, Fritz Lang, es uno de los grandes directores de la Historia del Cine. Maestro en todos los géneros que trató, es conocido por la primera gran saga cinematográfica de la Historia, la del Doctor Mabuse o por su monumental Metrópolis (1927). Sus dos partes de Die Nibelungen (Los Nibelungos, 1924), siguen siendo una lección de fotografía y hasta tuvo la valentía de dar voz a un asesino de niños ante un tribunal de mafiosos en M (M, el vampiro de Düsseldorf, 1931).


Si bien, vamos a desacralizar. Lang era un maestro del espectáculo al que se le daba genial narrar. Su padre era arquitecto y lo convirtió en un estudiante forzoso de Arquitectura. El muchacho tenía aspiraciones artísticas en una sociedad destrozada por la guerra y encontró en el cine, todavía en pañales como arte, y en la industria cinematográfica alemana –que todavía podía competir con Hollywood–, un ámbito artístico donde desarrollar su enorme talento.

Es fácil y, a la vez, complejo comparar Der müde Tod con la sueca Det sjunde inseglet (1957), que llegaría hace sesenta años a España, en 1961, a través de San Sebastián como El séptimo sello. Se trata de una de las obras clave de la cinefilia gafapasta y, sin duda, una de las mejores representaciones de la muerte en el Séptimo Arte.

Su director, Ingmar Bergman, era hijo de un pastor luterano y su obra cinematográfica está salpicada de conflictos humanos, casi metafísicos, necesitados de narración. Abnegado en su obra cinematográfica y teatral, Jungfrukällan (El manantial de la doncella, 1960), la perturbadora Vargtimmen (La hora del lobo, 1968) o la descorazonadora Gycklarnas afton (Noche de circo, 1953) son algunas de sus obras más relevantes.


Tanto en Der müde Tod como en Det sjunde inseglet, la muerte aparece como un personaje masculino condicionante de la acción. En Der müde Tod, en un momento y lugar indeterminados que se asemeja a la Alemania profunda decimonónica, la Muerte se lleva al amado de la protagonista mientras están de luna de miel.


La Muerte (Bernhard Goetzke) ofrece cuatro oportunidades a la protagonista (Lil Dagover) para recuperar a su amado (Walter Janssen). En las tres primeras, debe evitar que la Muerte, personificada y caracterizada, acabe con el amado antes de que se apaguen tres velas encendidas. Cada vela se corresponde con tres escenarios y situaciones diferentes: una ciudad musulmana durante el Ramadán, Venecia durante su carnaval o la China Imperial. Por supuesto, la Muerte triunfa en todas las ocasiones.

Sin embargo, la protagonista tiene una última oportunidad, que es donde la película alcanza cierto fondo moral: intercambiar el alma de su esposo por el de cualquier otro. Inconsciente, la recién casada cuenta su historia y pide a otros que hagan el sacrificio de sus vidas. Los interesados se niegan, como es lógico.

Tras producirse un incendio, un bebé queda atrapado y la protagonista debe decidir entre cambiarlo por su esposo o devolvérselo a su madre. En un último acto de lucidez, la amante devuelve el niño a su madre y acepta la oferta de la Muerte de ir con él para reencontrarse con su amado.

Der müde Tod es una historia romántica en el que un conflicto humano es excusa para llevar a cabo una película de aventuras con fondo moralista. No hay tanta reflexión metafísica como tal. Todo lo contrario que Det sjunde inseglet. Un cruzado (Max von Sydow) y su escudero (Gunnar Björnstrand) retornan a Suecia. Naufragan en el camino y la Muerte se dispone a llevarse al cruzado, Antonio Block.


Block no se siente preparado para morir y desea tiempo para encontrar un sentido a su vida. Le pide una partida de ajedrez a la Muerte, que acepta por diversión. Una prórroga que alargará lo inevitable, pero que le permitirá profundizar en sus conflictos y realizar una buena acción antes del fin. Por otro lado, Block se encuentra con unos comediantes vitalistas que contrastan con el ambiente opresivo de la Suecia medieval y con la angustia generalizada que produce la peste negra.

En ambos casos, la Muerte como personaje tiene un rol clave. De hecho, no son pocos los que han señalado la influencia de la Muerte representada por Goetzke en la Muerte de Ekerot. Sin embargo, sus concepciones son diferentes.

Bernhard Goetzke nos ofrece una personificación de la muerte que, en efecto, es ineludible. Serio y eficiente, se las arregla para llevar a cabo sus ejecuciones con precisión. Si bien, lo más interesante del personaje puede ser que es un ente de la existencia que siente cierta piedad y compasión. Ejerce su cometido porque tiene que hacerlo, puesto que forma parte de algo más grande que él.

Una muerte romántica a la alemana. Es el final de la joven, que encuentra en su fin la única manera de reencontrarse con su amado. Llegados a este punto, quizá sea interesante señalar, como anécdota, que el título de la película fue traducido como Destiny en su versión inglesa. El destino de todos es la muerte, aunque le pese a él mismo.

A todos los efectos, la Muerte de Bengt Ekerot es un funcionario. No tiene piedad, ni concede prórrogas, aunque no duda en posponer la ejecución de la ‘resolución administrativa’, por decirlo de algún modo, si puede divertirse un poco. En cualquier caso, al final, la ejecución de la resolución es ineludible. Forma parte de algo más grande que él, al igual que la Muerte de Der müde Tod, pero al mismo tiempo desconoce qué cosa es esa. No se integra en una realidad superior sino que, al igual que el ser humano, él mismo es una pieza aislada bajo un cielo que guarda silencio.

La Muerte se permite jugar con el cruzado y, frente al rostro serio e, incluso, amargado del ejemplo anterior, Ekerot nos muestra una Muerte de sonrisa irónica, casi pícara. Mientras mata a uno de los comediantes, que había simulado un suicidio, no duda en hacer uso del sarcasmo: “¿Acaso no te habías suicidado?”. Admite no saber qué hay más allá de él. No conoce el ‘sentido’ que busca Block. Sin embargo, al final, sin que aparezca ante la cámara, su presencia se torna tan oscura como temible, deshumanizada.

Si la característica más humana de la Muerte de Der müde Tod es su compasión, hasta el punto de ofrecer consuelo –aunque a su manera–, las de la Muerte de Det sjunde inseglet son su desconocimiento de lo que hay más allá de él y su curiosidad. El ejecutor de la ira de Dios desconoce de Su existencia y siente cierta curiosidad por las tribulaciones del cruzado.

Si la imagen de la Muerte con un muro sin fin a sus espaldas tiene un cariz romántico, la escena de la confesión de Block es una oda al existencialismo. Atormentado, Block se aferra a una reja: “Quiero confesarme y no sé qué decir; mi corazón está vacío”. Al otro lado de la reja, sin que él lo sepa, no lo escucha un sacerdote, sino la propia Muerte. Caronte hacia lo desconocido –la nada, el Infierno, el Purgatorio o la Salvación–, la Muerte escucha con curiosidad las tribulaciones del cruzado y le cuestiona sobre el origen de sus sufrimientos.

Lang toma una cuestión existencial de excusa para narrar al gusto de un público de Entreguerras necesitado de evasión, mientras que Bergman hace uso de los artificios del discurso cinematográfico para ofrecer una reflexión de carácter existencia a la generación del baby boom, la generación que aprendió a temer la bomba atómica.

Una diferencia notable en la narración que no podemos obviar es que, aunque ambas películas están en blanco y negro, Der müde Tod es una película muda, mientras que Det sjunde inseglet está llena de sonidos y matices. La película germana se encuentra más limitada en la narración, aunque no lo consideramos excusa para no ofrecer cierta profundidad.


Las también alemanas Das Cabinet des Dr. Caligari (El gabinete del doctor Caligari, 1920), de Robert Wiene, y Von morgens bis Mitternacht (Del mediodía a la medianoche, 1920), de Karl Heinz Martin, son dos películas que ofrecen reflexiones interesantes que, sin embargo, preceden a Der müde Tod.


La pasión es otro punto divergente. La joven esposa no gestiona bien el duelo y, en un acto romántico, acepta la muerte como forma de reencontrarse con su amado. Por tanto, Der müde Tod es la historia de un duelo. Por el contrario, Det sjunde inseglet es una historia de pasión. Aunque llega a alcanzar cierto grado de aceptación en el momento en que facilita la huida a los comediantes, al final, Block se derrumba, tapándose la cara con las manos. Da lo mismo, pues acaba sumándose a la danza macabra.

El fondo de la película alemana es interesante, pero trivial, al igual que ocurre con otras películas de Lang, como la saga de Mabuse o Die Nibelungen. Quizá, la excepción la encontremos en M –me niego a aceptar Metrópolis como una película profunda–, donde el guion ofrece una reflexión genuina y valiente. Como bien señala Siegfried Kracauer, la mafia resulta más eficiente que el Estado, los mafiosos se convierten en jueces de la moral y un asesino de niños acaba siendo víctima de la enfermedad mental y del loco deseo capitalista.


Si bien conviene señalar que M desciende a los asuntos humanos más inmediatos, y no entra en cuestiones metafísicas. Por el contrario, Bergman nos ofrece un canto a la vida tan potente como el Zarathustra nietzscheano. Gozar la vida como los comediantes, desde la aceptación de la muerte.

Lang se nos presenta como maestro del artificio, Bergman como el filósofo de la cámara. Las tres luces y El séptimo sello son dos relatos de muerte, pero también de amor y compasión. Dos recomendaciones cinematográficas que están de aniversario y que pueden ofrecer una visión alternativa de un tema manido, sí, pero interesante, en tiempos de Pasión.

RAFAEL SOTO

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