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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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6 mar. 2020

  • 6.3.20
Mi hermano Paco me ha recordado alguna vez cuando yo, siendo aún adolescente, me escondía, en la casa grande de los padres de la calle San Fernando, para leer sin que nadie me interrumpiera. A mi padre le gustaba, los sábados por la tarde, después de comer, reunirnos a todos para ver la película de sesión de tarde. Si el tema iba de la conquista del oeste americano, un tema que a mí me fascinaba y me sigue fascinando, me recostaba en el sillón y veía esa segunda película que la imaginación nos ofrece cuando soñamos con cambiar nuestras vidas.



A veces, cuando el film era anodino o no iba con mis intereses de adolescente conflictivo, me escondía en algún rincón de aquella casa inmensa, o me subía al palomar a leer mientras los palomos enamorados arrullaban en su cortejo a las palomas huidizas. La lectura ha sido el gran descubrimiento de mi vida. Los años dejan a su paso tantas horas vacías que yo no sé cómo podría haberlas llenado si no hubiese descubierto la adicción a los libros.

Desde entonces, llevado por mis desvaríos, he podido vivir varias vidas en una misma sin saber con precisión de cuál prescindir y si era la vida real la más seductora en sus propuestas. Ahora poco importa, porque sabemos que los años edulcoran a su paso el sabor pedregoso de las experiencias indigestas.

Mi primo Luis Albornoz me ha recordado muchas veces cuando iba con mis padres y mis hermanos a Málaga en su Seat 124 a pasar el día en la playa. Siempre llevaba varios libros y me sumergía en su lectura como quien descubre otro nuevo mundo del que nunca más lograría salir si no es para respirar. Habla él de mi fascinación por Gabriel García Márquez y de cómo aquel escritor colombiano estaba condenado a ser Premio Nobel de Literatura según mis pronósticos de joven desquiciado por sus fantasías.

Pasan los años y el amor irredento de los demás por la tecnología digital, las redes sociales y los productos gratuitos me hacen pensar si la fascinación por la lectura dejará de ser una pasión para pasar a ser una pieza con que decorar hábitos del pasado.

Algunos datos relativos al índice de lectura entre jóvenes –de los maduros mejor ni hablamos– no dejan crueles y sorprendentes. Se sabe que las mujeres leen más que los hombres en España y la brecha va en ascenso.

Según el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), presentado el pasado viernes, esa diferencia ha aumentado un punto porcentual respecto al estudio anterior, que recogía los datos de 2018. En concreto, el 68,3 por ciento de mujeres lee libros en su tiempo libre frente al 56 por ciento de los hombres. A fin de cuentas, se trata de decir que leemos poco.

Si asumimos esos datos como reales, el perfil más típico del lector de libros en España es una mujer mayor de 55 años, con estudios universitarios y que vive en un área urbana. El 83 por ciento de ellas lee libros al menos una vez por semana, de acuerdo con los datos de esta muestra elaborada con información de 5.000 individuos por la empresa Conecta Research & Consulting para la FGEE, en la que colabora el Ministerio de Cultura y Deporte.

En todo caso, el perfil de los hombres no dista mucho del de las mujeres: un individuo de 55 años o más, también con estudios universitarios y residente en un área urbana. La mayoría de ellos, el 76,7 por ciento, lee en su tiempo libre.

Zadie Smith escribe sobre el desprecio a la lectura y escribe que “nos hemos acostumbrado a no vivir la experiencia privada, arriesgada de la lectura, tanto como a escenificar (en línea) muestra respuesta a lo que leemos”. La periodista mexicana Alma Guillermoprieto se alegra de que algunas voces acreditadas reconozcan, afligidas, que la falta de privacidad que propician las redes sociales es una amenaza directa a la democracia. Y añade: “Somos, en internet, nada más que un agregado de datos que poderes invisibles acumulan y subdividen en ‘mercados potenciales’ de ropa, remedios para la calvicie, información, ilusiones y mentira”.

Nos hemos metido en las redes sociales para exponer nuestra intimidad, nuestros secretos y nuestros pecados, nuestras ilusiones marchitas, los sueños resolubles, al mercado omnipresente. Hemos optado por vender la única vida que tenemos en vez de apostar por las múltiples vidas que nos ofrece la lectura, tantas vías de escape al desmoronamiento que podríamos haber utilizado hojeando las páginas de un libro, tanta posibilidad de ser varios al mismo tiempo en un solo ser.

La lectura ensancha los sueños, nos ayuda a razonar, a enriquecer nuestro léxico, a ver las imágenes desdibujadas que ensombrece el cine, nos ayuda a saber que, detrás de cuanto hemos perdido, lo revivimos y resucitamos con la lectura.

Ahora, consumida la adolescencia, la vida tiene un único sentido: saber a ciencia cierta que el paso de los años se amortiza en la piel, pero que los sueños siguen vivos y saltarines en cada página que desciframos, en cada página que te lleva a otro mundo que, aunque no es real, puede que tampoco importe que lo sea. Es lo que tiene la imaginación: si alcanzas a dibujarla y crees en ella, existe.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

5 mar. 2020

  • 5.3.20
La pasada semana celebramos el Día de Andalucía y, para ser sinceros, me entristece que haya sido con un mediocre Gobierno de derechas en la Junta y un tumor en La Moncloa. ¿Cuándo saldrá el andalucismo de su camarilla ilustrada?



Ninguna de las vertientes del andalucismo actual tiene futuro porque se han alejado de los andaluces. Sus líderes y equipos creen que basta con un proyecto, casi siempre ambiguo, y con preocuparse por cuestiones sociales. Y sí, es cierto, hace falta un proyecto y una preocupación real por los problemas de la gente. Sin embargo, hacerlo desde posiciones que repugnan al andaluz medio no hace sino alejarlos del realismo político.

La mayoría de los andaluces no es nacionalista, o no al menos al estilo de vascos y catalanes. Al revés, al andaluz medio le resulta repugnante el egoísmo norteño y aspira a que, algún día, Andalucía sea cabeza de España, no un Estado separado. Y si fuera Estado, sería dentro de la Patria Común, como tantas veces manifestara Blas Infante.

Es aquí donde encontramos el gran fallo ideológico de Andalucía Por Sí (AxSí) que, a pesar de todo, sigue siendo la opción andalucista más seria. No basta con reunirse con la gente en la calle, ni con tener razón en cuestiones sociales. La política no va de tener razón, sino de poner a la gente de acuerdo. Y la aspiración común de los andaluces es ocupar el sitio que le corresponde.

Andalucía supera los ocho millones de habitantes, siendo la comunidad más poblada. Y aunque siempre somos olvidados, los andaluces que hemos emigrado a la Comunidad de Madrid, Cataluña, Euskadi y a otros territorios nos contamos por millones. Somos la nación más numerosa del país. Y, sin embargo, somos la basura blanca de España.

Tan culpables de esta situación son los andaluces colaboracionistas como los gobiernos títeres de Madrid, siempre dependientes de vascos y catalanes desde los tiempos de Isabel II. Una dependencia que se materializa en votos, medios de comunicación, apoyo empresarial...

No olvidemos el ejemplo de Francesc Cambò, gran empresario y nacionalista catalán. Paladín del independentismo y sanguijuela del Estado, durante la Guerra Civil financió a los sublevados, pues prefería una dictadura en España antes que una Cataluña comunista. A este señor homenajean los que hoy nos acusan a los andaluces de fachas.

Me hacen gracia los progres baratos que afirman ser andalucistas y, a la vez, defienden la independencia catalana. Olvidan que esos mismos que piden la independencia de Cataluña son los que nos llaman "basura blanca", los hijos de los que contrataron a los nuestros en régimen de semiesclavitud, a mayor gloria de la industria catalana, y los que perpetúan los estereotipos que tanto denunciamos.

No entiendo qué lectura de clase hace ahí el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). Nos hemos quedado con la crítica al señorito, y nos olvidamos de quién lo ha puesto ahí. Hoy los señoritos ya no tienen tierras, ahora tienen empresas al norte de Despeñaperros y/o se dedican a la política.

Todo independentista catalán o vasco es supremacista, lo tenga asumido o no. Y sus inferiores somos nosotros. ¿Cómo se puede ser andalucista y, al mismo tiempo, defender lo que ha ocurrido en Cataluña y Euskadi?

Esta es una de las muchas razones por las que hoy Andalucía no tiene representación andalucista. Es la principal razón ideológica por la que a AxSí no convence y por la que Teresa Rodríguez, ahora que se quiere limpiar el olor a gato madrileño, va a seguir sin convencer a la mayoría de los andaluces.

Lo he escrito en este espacio hasta la saciedad. Y lo repetiré cuantas veces sea necesario. Si queremos una Andalucía fuerte debemos unirla bajo un mismo proyecto, que no solo necesita de España, sino que necesita estar incluida en el programa.

Andalucía debe ser la medicina del país, garante de la igualdad real entre españoles y martillo de nacionalistas. El andalucismo debe defender el federalismo simétrico, un empresariado andaluz fuerte que cree empleo sostenible, la gestión de sus propios recursos, sus tradiciones y su dialecto, y una política estatal que impida los despropósitos que estamos viviendo.

Esto sí que lo apoyaría con ganas la mayor parte de la población, sea onubense o almeriense, y el empresariado andaluz le prestaría su altavoz. Esto sí lo temería el tumor sanchista, la carroña de Waterloo y mercader de Ajuria Enea. Pero eso sería un andalucismo serio. Y de eso no tenemos. Seguimos soñando.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

28 feb. 2020

  • 28.2.20
Hay amores nada solubles que anidan como masas etéreas en algún lugar recóndito de nuestra memoria y que van creciendo con los años, a veces mitigando su dolor o su placer extraviado y, en ocasiones, creciendo como una larva que invade la vida presente y se mueve a su antojo como un fantasma reconocido y seguido a nuestro antojo y tal vez al suyo también.



Pero esta incógnita nunca lograremos dilucidarla. Y tal vez así sea mejor. Esquivamos todo obstáculo que no conduce a la razón y tal vez cuando tocamos los sentimientos debamos ingerir unas píldoras de demencia o insensatez.

Eduardo Mendicutti, en su última novela, Para que vuelvas hoy, trata uno de estos amores de un solo día o bien de una sola noche. En el libro, Isabel, ya anciana, le cuenta a Marta episodios de su pasado. En estas confesiones, la cuidadora descubre una vida plagada de emociones y de desvaríos.

Sobre todo, descubre que Isabel ejerció la prostitución y que, como consecuencia, conoció a muchos hombres. A sus 82 años, Isabel había logrado olvidarlos a todos, excepto a Fernando, con el que ella fue delicada y atenta, y al que le devolvió las quinientas pesetas pagadas por sus servicios amatorios con esta nota que dejó en un bolsillo de su chaqueta: “Para que vuelvas hoy”. De ahí el título. Pero este hombre nunca más volvió.

Sin embargo, a la mañana siguiente, el amante efímero dejó a su nombre en la recepción del hostal donde se hospedaba ella un enorme ramo de flores que le había costado las mismas quinientas pesetas que ella le había perdonado el día anterior. Cuenta la anciana en esta novela divertida y dolorosa que aquel hombre, de quien nunca más supo, se convirtió en el amor secreto de su vida.

Tal vez sean secretos porque nunca le contamos a nadie estas peripecias de desvarío que solo conducen a la felicidad. No hay que engañarse: no es fácil administrar los momentos felices. Empezar la relación como un huracán, sabiendo que, después, solo en unas horas, el paisaje solo deja a su paso una dehesa de soledad.

Sin embargo, nadie abandona aquella habitación siniestra que en los sueños es otra, casi indefinida, y que no se parece a ninguna otra. Duran tan poco esos amores de un solo día, o de una sola noche, con su desayuno o su cena, con un adiós precipitado o su despedida eterna, que no nos atrevemos a ponerle remiendos a los recuerdos más sólidos. Y, sobre todo, con su final inesperado e irremediable

A veces, solo a veces, compartimos esos momentos clandestinos con alguien que no es cercano porque, en esa distancia que el tiempo amortiza en olvido, encontramos la coartada perfecta para exponer ante cualquiera esas horas bravías que el vecindario ignora.

No se trata de sueños. Que todos, de alguna manera, damos forma cada noche sin voluntad. Sino de esos sueños reales, pero tan efímeros como estrellas fugaces. En realidad, cuesta pensar que solo unas horas de pasión desbordada nos deje enervados de por vida en otro sueño que, este sí, es ya onírico.

Pero cuando dejamos de evitar sus efectos y que vuele a sus anchas alrededor de nuestras vidas, haciendo a estas más ricas y brillantes, más anchas y generosas, logramos recordar con precisión aquellos momentos compartidos con alguien a quien, en realidad, nunca conocimos, de quien a veces solo sabemos el nombre y, en otras, tampoco sabremos nunca si nos mintió al desvelar su identidad. Y en ese instante solo sonreímos. Porque sabemos ya que poco importa. La magia de todo recorrido, como la propia vida, es que tiene su propio fin. Y cuando lo descubrimos sabemos que ahí no hay tristeza, sino solo sabiduría.

Muchos de estos amores fugaces surgen de un encuentro casual y se ven interrumpidos por el mismo sentido azaroso de la vida, que igual nos lleva que nos trae de una reflexión madura y acertada a un error de ensueño. En otras ocasiones, el momento lo busca cada cual, y él o ella, ya con una vida solvente al lado de otro o de otra, busca la causalidad, y la casualidad, del instante para hacer tangible el sueño.

Y es entonces cuando declara a aquella persona los sentimientos escondidos de años, de cuando ambos eran jóvenes y el mundo parecía fabricado de porcelana. Y se lo tiene que decir, porque la vida esconde momentos que no pueden morir en nosotros y con nosotros, sino que hay que dejarlos que vivan en otra persona, a la que también pertenecen. Sabiendo, eso sí, que después el sentido común se impondrá al desvarío.

La literatura está llena de estos amores efímeros, imposibles y callados. Pero ahora, a mis años, sé que estos sentimientos indomables no nacen con los sueños. Sino que los arrastramos día a día en nuestras vidas y los sacamos a volar cuando la noche nos llama al descanso.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

21 feb. 2020

  • 21.2.20
La vida sin dolor no tiene sentido. Porque el dolor es parte inalienable de la vida. Existimos evitando el virus del dolor, huyendo a cualquier parte con el pretexto sin argumento de que el dolor es sobre todo sufrimiento. Además, nadie es inmune a sus mordeduras. El tiempo, en alguna medida, solapa sus secuelas y sus desbarajustes, aminorando a pasos lentos sus radiaciones inevitables.



Conozco a quienes se sumergen en el dolor como gusanos de seda que se enquistan en el capullo, no para vestirse de mariposas con el paso de los días, sino para evitar el contacto con el aire y con la luz. Y así vivir en la oscuridad de manera imperecedera.

El dolor avanza cauto, sibilino como la serpiente, hasta que nos sorprende en el lugar más inesperado, en el momento menos oportuno. No hay presencia menos requerida que el dolor en cualquiera de sus formatos y registros, y también más exigente entre los invitados a la fiesta.

Los momentos difíciles hay que sufrirlos. Sin lugar a dudas. Y en gran medida, hasta cuánto y hasta cuándo, depende de nosotros. Así lo entiende Lola Morón, especialista en Neuropsiquiatría. Y lo firma que con esta frase definitiva: “El dolor emerge de la víctima, el sufrimiento emerge del victimario”.

El dolor no es el sufrimiento. Tal vez el sufrimiento sea su fase previa, el itinerario inevitable y forzoso al que conduce el dolor. Pero el sufrimiento tal cual vive ausente del dolor que lo ha provocado, inconsciente e ignorante del pozo donde el victimario se lame las lágrimas apagadas y se duele de un dolor conmutado por una oscuridad absurda e irrenunciable. Para Morón, el dolor nos ayuda también a valorar la amistad, el bienestar, la felicidad, la salud, la presencia, el beso.

Este sentimiento no solo ayuda a titular algunos filmes, como recientemente le ha ocurrido a Pedro Almodóvar con Dolor y gloria, sino a implementar miles de páginas de algunos libros. En algún caso, partiendo desde el mismo título: Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag; El dolor, de Marguerite Duras; El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández; El problema del dolor, de C. S. Lewis; Lugares donde se calma el dolor, de César Antonio Molina, o Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron.

Habrá que advertir, eso sí, que no porque la palabra "dolor" aparezca en el título, abarque con más profundidad estos sentimientos del sufridor. El dolor ha rascado muchas páginas interiores en muchos otros libros sin que lo anuncie en la cubierta.

Las pérdidas, aquellas personas que ya no nos acompañan en el periplo vital, son, sin lugar a dudas, el dolor que se acompasa con el paso del tiempo, pero que nunca logra desaparecer por completo. Lo vivimos como una enfermedad crónica que nos acompañará para siempre. Pero la vida –como nosotros– cambia a lo largo del tiempo y se viste con otros ropajes y se esconde en otros argumentos poco anudados.

Al final, el recuerdo nos arrastra a un mundo que se murió con los años, y ya no solo se quedan obsoletas las pérdidas sino el paisaje que se fue con ellas. Y entonces, si no sabemos administrar la nueva realidad, acabamos sucumbiendo a un dolor caducado donde no habita el sufrimiento, porque ya el sufrimiento somos nosotros mismos. Se nos va yendo el dolor y lo que queda son cenizas de un tiempo fenecido, de un mundo desaparecido y amortizado.

Tal vez, partiendo del dolor, adquirimos la dimensión ética de la vida. Lo dice Lola Morón con esta frase definitiva: “Nada tendría valor si no supiéramos que existe el dolor”. Porque la existencia devalúa, en su transcurso hacia el vacío, a todo ser humano inmune a los malos momentos, a las desgracias anunciadas, a toda herida que no deja en la piel una cicatriz que se pueda conmutar con los momentos más floridos y luminosos. El dolor muda, trienio tras trienio, su apariencia de soldado eficiente y victorioso, para dulcificar su veneno inmune a la felicidad.

Después siempre quedan imágenes pixeladas que mudan el dolor por una nostalgia habitable, en una huida ya innecesaria. Pero quien se alimenta de dolor y lo realimenta con razones tristes, siempre será rehén de esta frase de Lola Morón: “El ser doliente es un ser sufriente en la medida en la que se entrega al sufrimiento”. El dolor, para él, será la soga del ahorcado. En caso contrario, el dolor, ya sosegado en sus maldades apagadas, puede un motivo justo y evidente para hacer literatura y no sucumbir a la derrota definitiva.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

20 feb. 2020

  • 20.2.20
El pasado 9 de febrero se celebró una efeméride en la Filmoteca Española: el centenario del estreno de Das Cabinet des Dr. Caligari (El gabinete del doctor Caligari, 1620), de Robert Wiene. El guion de esta película de terror fue elaborado por Hans Janowitz y Carl Mayer, basado en un hecho real vivido por el propio Janowitz.



Como suele decirse en estos casos, ¡ojo! ¡Spoiler! El joven Franzis cuenta la llegada a su ciudad natal del doctor Caligari con un sonámbulo, Cesare. Se suceden varios crímenes, ordenados por Caligari a un Cesare inconsciente. En el quinto acto, el criminal es detenido y metido en un hospital psiquiátrico. Sin embargo, en un último acto añadido al guion original, tras la narración del joven, el espectador se encuentra con la sorpresa de que Caligari es en realidad el director del psiquiátrico, y que Franzis es un internado más. Al final de la película, tras sufrir un ataque del protagonista, el director afirma con una mirada inquietante: “¡Por fin comprendo su locura! ¡Me tiene por el místico Caligari! ¡Y ahora también sé cómo curarlo!”.



Esa es la clave de la película: ¿Quién es el enfermo? ¿El joven o el doctor? ¿La autoridad enloquecedora es la encargada de la curación? Los guionistas manifestaron su deseo de mostrar la superación de la autoridad totalitaria, y se sintieron molestos por el añadido que invirtió los papeles. Si Franzis es el enfermo, el doctor es una autoridad benéfica. Si no, el joven queda a su merced. Una duda imposible de resolver con la información aportada por la película y que ha dado lugar a numerosas publicaciones.

Todavía el lenguaje cinematográfico estaba en construcción y, de hecho, la película tiene mucha herencia del teatro. Los decorados reflejan la mente del desquiciado, con escritorios y sillas de casi dos metros de altura, imágenes retorcidas, paredes de proporciones irregulares... Y a todo ello hay que sumarle las particularidades de las películas mudas del período.



Das Cabinet des Dr. Caligari es considerada la primera película del movimiento conocido como Expresionismo alemán, y fue la primera película notable de la industria cinematográfica de la República de Weimar. Hay quien considera que la primera del movimiento fue la pionera Der student von Prag (El estudiante de Praga, 1913), si bien siempre lo he considerado más como un antecedente que como un hito fundacional.

No todo el cine de Entreguerras en Alemania fue expresionista, pero sí que tuvo un carácter único. Entre el expresionismo y el realismo, nos encontramos con películas emblemáticas como Genuine (1920), Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Nosferatu: Una sinfonía del horror, 1922), Dr. Mabuse (1922, en dos partes, que daría lugar a una saga), Die Straße (La Calle, 1923) Metrópolis (1927), Der blaue Engel (El Ángel Azul, 1930, que lanzó al estrellato a Marlene Dietrich), M, Eine Stadt sucht einen Mörder (M, el Vampiro de Düsseldorf, 1931) y otras joyas desconocidas por el gran público.

Si aceptamos las tesis de Sigfried Kracauer, todas ellas reflejan un estado psicológico favorable al totalitarismo, que facilitó el ascenso del nazismo. En especial, Kracauer hace hincapié en los principios del cine de Entreguerras, netamente expresionista, y el último período, ya influido por la industria estadounidense y más cercana al realismo.

Si bien es fruto de una casualidad, no son pocos a los que se les escapa que la primera película notable de la República de Weimar concluye de la misma manera que la última película importante de este período, Das Testament des Dr. Mabuse (El testamento del Dr. Mabuse, 1933): en un psiquiátrico. Buena metáfora de lo que fue el país.

En 2014 se estrenó el documental Von Caligari zu Hitler: Das deutsche Kino im Zeitalter der Massen, expuesto en el Festival de Cine de Sevilla, que trata de explicar el cine de la República de Weimar desde las tesis de Kracauer: “¿Qué sabe el cine de nosotros, que nosotros no?”. Una pregunta inquietante.



Me he hecho muchas veces esa pregunta en nuestro contexto. ¿Qué sabe el cine de nosotros que nosotros mismos no sepamos? No sé si hay una respuesta. Sería reconocer que es posible extraer las tendencias psicológicas de una población a través del análisis del contenido o, incluso, del discurso, de un corpus conformado por películas.

Sea como sea, vale la pena reflexionar sobre la cuestión en un momento en el que el país no se sostiene: los populismos arrecian, la crisis económica promete agudizarse y no hay valores estables. ¿Qué dicen de nosotros películas como Dolor y Gloria, Quien a hierro mata, Mientras dure la Guerra o Lo que arde? Admito que no me siento capacitado para encontrarle una solución. No soy tertuliano.

En cualquier caso, para los que tengan curiosidad, les diré que el evento de la Filmoteca Española fue un éxito. La sala 1 del Cine Doré de Madrid estuvo casi lleno, y disfrutamos de música en directo de manos de un DJ alemán especializado en la musicalización de obras del período, Raphäel Marionneau. Una gozada que no creo que se repita en mucho tiempo. En cualquier caso, recomiendo visualizar la película a quien no lo haya hecho ya. No deja indiferente a nadie.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

14 feb. 2020

  • 14.2.20
Vivimos el presente. O, mejor dicho, vivimos en el presente. Hay quien no vive, pese a que cueste creerlo. Vivimos el presente como un tiempo eterno en nuestras vidas, como un conjunto de momentos dispersos que vagan por nuestra memoria descontextualizados de cualquier entorno. Ni la memoria más eficaz abarca a ordenarlos con orden y concierto, sin otra música que distraiga de su principal argumento. Vivimos el presente como un tiempo indefinido que se nos escurre de las manos como hielo derretido.



Apenas han pasado unas horas, y ya olvidamos sin pretensión la mirada fugitiva que buscaban nuestras manos o el whisky que nos reconfortó a atravesar la noche. No hay rasguños en la memoria, ni heridas abiertas que sanaron en su día, pero ese olvido nunca premeditado borra a cada instante toda hora vivida, sin ser conscientes de que en ese balance imposible de nuestras vidas dejamos atrás trozos irrecuperables de ese presente, de ese tiempo de ahora, que muere en cada instante.

El presente es ya pasado. La vida, después de todo, se mueve en un hoy huidizo que nunca logramos atrapar para imprimirlo con tinta indeleble. En ese paso indeleble y fugitivo del hoy al ayer, apenas quedan indicios, pruebas o declaraciones que demuestren que las horas que dejamos atrás fueron nuestras o de los más próximas.

Recordar qué hicimos hace apenas dos semanas es un esfuerzo hercúleo que no conduce a ninguna parte. Vivimos entre un tiempo que naufragó hace mucho y cuya memoria es un vacío sin fondo, un agujero negro en una biografía apócrifa que nadie reconoce como propia.

Y el futuro es un argumento que alimentamos en las movedizas arenas de cualquier desierto naufragado. Los océanos, en su misteriosa profundidad, esconden una quietud e inquietud colectivas y anónimas que no pertenece a nadie. Alimentamos el futuro con frases invisibles e imágenes mudas. Trazamos fronteras imposibles e inoportunas entre el presente y el futuro.

Pero solo en los estrechos bastiones que atravesamos en la vida real y en aquellos otros mundos virtuales con que alimentamos la poesía, los tiempos que ensamblan presente y futuro son reales. Pero en aquel mapa virtual de la vida que habitamos y en este otro crucigrama real que construimos con palabras, el hilo de arácnida que une presente y futuro representa la más acertada metáfora de la existencia.

Carlos Revolli es físico teórico, pero de él dice también Gianfranco Angelucci que es poeta. En su memorable obra El orden del tiempo, escribe que la física de los siglos XIX y XX se tropezó también con algo tan inesperado como desconcertante de que el tiempo transcurra a velocidades distintas en diferentes lugares, y es que “la diferencia entre pasado y futuro –entre causa y efecto, entre memoria y esperanza, entre remordimiento e intención– no existe en las leyes elementales que describen los mecanismos del mundo”.

Pero este argumento parece más propio de la poesía que de la física. Tal vez, cuando Revolli se encierra a escribir, le pueda más el corazón del poeta que la razón del físico. O bien puede ser también que ambos mundos no vivan tan equidistantes como los dioses y sus delegados en la tierra nos quieren hacer creer.

Luego viene la noche y nos envuelve en una oscuridad que admitimos sin dilemas y que, extraviados en esos sueños que doblegan toda razón y fantasía, nos llevan y traen de un mundo irreal a otra fantasía tangible. Pero, al despertar, buscamos ante el espejo un rostro que no reconocemos como propio y nos palpamos los ojos y la mirada y allá tampoco encontramos a nadie con quien convivimos en esas pesadillas que siempre pasan a ser pedazos de un puzle al que llamamos "olvido".

Vivimos entre un mundo que se extinguió y que se extingue y que cada vez ocupa más espacio en nuestras vidas. Y en ese perímetro que denominamos "pasado" tendemos un puente hacia un futuro imaginado e imposible, para no caer al vacío difícil y estrecho del tiempo presente, una provincia sin país, un tiempo sin límites y tan limitado, una casa que se derrumba ladrillo a ladrillo, como un movimiento sísmico implacable y eterno que destruye y consume todo a su paso. Un tiempo al que llamamos "presente" y que nada más pronunciado es territorio de un pasado que deja paso al olvido más pertinaz y que deja de ser, como consecuencia, parte inalienable de nuestras vidas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 feb. 2020

  • 7.2.20
Hace ahora casi cinco años, la foto del niño sirio de tres años Aylan Kurdi, muerto en las arenas de la playa de Bodrum (Turquía) conmocionó a todo el mundo. La imagen exponía sin tapujos la tristeza del espanto, el reducto de una realidad que nos costaba admitir. Pero ahora teníamos el documento que enfrentaba nuestra conciencia a los hechos. Más vale una imagen que mil palabras. Pero también habría que preguntarse cuántas palabras necesita la memoria para olvidar lo que ha visto.



Tal vez no sea así. Y las palabras sigan siendo necesarias para contextualizar aquella foto de la infamia. Después siempre viene el olvido deshojando racimos de perfume que nos narcotiza. Si no nos ponen otra vez la foto delante de las narices, no hay razones que esgrimir, ni siquiera para ponderar una felicidad acomodada a nuestro antojo.

Podemos pensar que nada es eterno, incluida la posibilidad de la vida después de la muerte. Pero no es cierto. El hambre y la miseria, la pobreza en todas y cada de sus manifestaciones, sobrevive a todos los reveses del tiempo, se encapsula en los nudos de los troncos de árboles más longevos, en los archivos oxidados de las academias, en las iglesias cerradas a otros cantos, en los restaurantes donde los pobres nunca tocaron un tenedor.

Tres años después de haber visto aquella foto, al menos 640 niños migrantes o refugiados perdieron la vida en el Mediterráneo desde 2014. Pero las cifras siguen creciendo. El número de menores ahogados cuando trataban de alcanzar las costas europeas no ha dejado de aumentar. La ONG Save the Children cree que las cifras podrían ser aún mayores. Se sabe que muchas desapariciones no están certificadas ni documentadas.

Esta organización advierte de que los niños migrantes y refugiados, sobre todo los que viajan solos, son los más vulnerables, no solo por sus desplazamientos por mar o tierra, sino por el peligro de poder sufrir explotación, violencia y tráfico de personas.

Una foto vale más que mil palabras. Pero cuánto valen las estadísticas. Qué credibilidad les podemos dar. Al terminar 2014, los países más pobres eran los más solidarios con los 60 millones de desplazados y refugiados del mundo. Al contrario que Europa. En solo dos años, esta cifra se había duplicado. En 2015, superaba los 62 millones.

A día de hoy, sin estadísticas, no cabe duda de que los números engordan. Huyeron y huyen de sus países por múltiples razones: guerras, hambre, persecución étnica. Pocos regresan a su país. En 2014, apenas 100.000 personas volvieron a la tierra donde nacieron. Los números solo se podrían modificar al alza.

Después de estas cantidades, siempre nos queda una imagen redonda que no sabemos dónde ubicar. Tal vez un par de miles de fotos de niños muertos en las playas de Europa no nos harán más humanos y sensibles, porque la razón evita la contundencia de una argumentación severa y rotunda. Preferimos digerir el desastre en cápsulas, como enfermos crónicos incapacitados para traducir tanta catástrofe en un solo plato de sopa.

La primera vez lloramos la foto de Aylan tirado para siempre en una playa turca, pero las lágrimas se evaporan de usarlas, y después se pierde su rastro entre las cremas y los perfumes que nutren nuestra piel en cada fiesta.

Las fotos se olvidan y las estadísticas se manipulan al paladar del cliente más exquisito. No hay satisfacción mayor que codificar módulos para trocear el dolor, o dosificar grajeas contra la tormenta justiciera que se nos amontona por momentos en la fe de cualquier creyente.

Es plausible ignorar para no forzar el olvido, saber restar a sumar para que los números no nos desborden, entender que una foto no es un símbolo, sino imagen aislada del entorno, desperdigada por azar de una exposición que nunca tuvo lugar.

Save the Children nos previene: la mitad de las personas que requieren protección internacional hoy son niños y niñas. Pero vivirán afuera en la calle, pensamos, porque por casa no andan. Si miramos, no vemos. Y si no vemos, será con toda seguridad que no hay foto. Porque las palabras, quién lo diría, sabemos que se las llevó el tiempo hace mucho. Y eso que entonces todavía andaban inventando internet.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

6 feb. 2020

  • 6.2.20
El coronavirus o neumonía de Wuhan ha sacado a la palestra al grupo racial más discreto del país: los asiáticos. ¿Chinos, japoneses, camboyanos, tailandeses? “¡Todos los chinos son iguales!”, dice el castizo. Muchos acaban de darse cuenta de que la población asiática, en especial la china, existe más allá de los restaurantes y de las tiendas de alimentación. Se suben a los medios de transporte, esperan en las salas de espera e, incluso, asisten a nuestras escuelas, que también son suyas.



El Instituto Nacional de Estadística cuantificó la población china en España en 190.600 personas en enero de 2019. Una cifra con muchos matices. China no reconoce la doble nacionalidad a sus ciudadanos, lo que hace que muchos inmigrantes abracen la ciudadanía española en cuanto tienen oportunidad, y sus hijos nacidos en España ya son considerados nacionales.

Por otro lado, no podemos menospreciar el numeroso colectivo de chinas adoptadas como consecuencia del documental Las habitaciones de la muerte. De acuerdo con datos de 2017 del entonces Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, el 24 por ciento de las adopciones internacionales en España procedieron del país asiático. Por tanto, estamos hablando de un colectivo amplio y subestimado.

El caso es que siempre ha estado ahí. En mayor o menor número, pero siempre. En especial, en las grandes ciudades. Va siendo hora de concienciarse de la presencia de los asiáticos, de sus derechos y deberes, y dejar de sorprenderse por el hecho de que algunos hablan mejor español que muchos españoles. Véase ejemplos como los de Quan Zhou, hija de emigrantes y dibujante de cómics con perfecto dialecto andaluz o Chenta Tsai, más conocido como “Putochinomaricón”, cantante taiwanés criado en Madrid.

El coronavirus ha alarmado a parte de la población. No es para menos, puesto que la Organización Mundial de la Salud ha llamado a tomar precauciones. Si dejamos aparte el lamentable tratamiento informativo que se le ha dado a la cuestión, confundiendo alerta con alarma, es cierto que la llegada del virus a Europa ha preocupado a muchas personas. Personas que, en ocasiones, por falta de formación, información o por racismo, no dudan en señalar o marginar a los asiáticos desconocidos que se encuentran en los lugares públicos.

La posibilidad de que un chino que comparte espacio con nosotros haya estado recientemente en China y que haya contraído la enfermedad es ínfima. Y, sin embargo, he visto en un tren de Cercanías de Madrid cómo una asiática se sonaba la nariz con un pañuelo y la gente se alejaba de ella con discreción. No quiero pensar en los menores asiáticos que tengan que vérselas en la escuela con otros chavales inconscientes.

La xenofobia y el racismo no necesitan de justificación, pero la agradecen. La posibilidad remota, casi inexistente, de contraer una rara enfermedad no puede servir de excusa para la discriminación.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

23 ene. 2020

  • 23.1.20
Hay épocas mejores o peores para vivir. Al cómico Aristófanes (444 a.C.-385 a.C.) le tocó una regular, tirando a malísima: la Guerra del Peloponeso. Atenas había alcanzado su máximo apogeo político, económico y cultural, y a Aristófanes le tocó vivir las zozobras de la crisis económica, política y social que se vivió durante la guerra, así como sus consecuencias.



El conflicto era habitual entre las polis griegas. Sin embargo, esta guerra tuvo un cariz distinto. Atenas y sus aliados –y sus colonias, habría que añadir– se enfrentaron a la disciplina de los espartanos y sus asociados, así como la amenaza de su sistema de gobierno autoritario. En aquel momento, se trataba de una crisis sistémica de la Hélade, que no se resolvió hasta la ocupación macedonia, pasando por la hegemonía espartana y, después, por la fugaz estrella tebana, Epaminondas.

Suele calificarse a Aristófanes de conservador, aunque lo cierto es que en sus comedias se metió tanto con lo humano como con lo divino. Igual ridiculizaba al populista Cleón en Las avispas o Los caballeros, que a los dioses en Las ranas. Ni siquiera se libraron los ejércitos de Atenas y Esparta en Lisístrata, donde los dejaba sin sexo hasta que resolvieran el conflicto.

Como suele ocurrir en los tiempos de crisis, la sociedad se polarizó y empezaron los etiquetamientos indiscriminados. Aristófanes pone en boca de Bdelicleón, “el que odia a Cleón”, una afirmación que nos es cotidiana:
Es fuerte cosa que, sea grande o pequeño el motivo, a todo lo hemos de llamar tiranía y conspiración. Durante cincuenta años, ni una sola vez oí ese dichoso nombre de tiranía; pero ahora es más común que el del pescado salado, y en el mercado no se oye otra cosa. Si uno compra orfos y no quiere membradas, el que vende estos peces en el puesto inmediato grita al momento: «Ese hombre quiere regalarse como durante la tiranía». Si otro pide puerros para sazonar las anchoas, la verdulera, mirándote de soslayo, le dice: «Puerros, ¿eh? ¿Quieres restablecer la tiranía? ¿O piensas que Atenas te ha de pagar los condimentos?».
Es curioso comprobar cómo la historia se repite una y otra vez. Hace treinta años estaba pasado de moda hablar de fachas y rojos, los “tiranos” de la actualidad. En cambio, hoy los demagogos engatusan en todas las esquinas, hay personas tan sumisas como para prestarles oídos y, lo peor, se está fomentando una polarización social que augura lo peor.

Cada vez hay personas más convencidas de que la política va de llevar razón, y no de llegar a acuerdos con los demás. La ‘razón’ que lo justifica todo. Y no basta con ser ‘progresista’ o ‘patriota’, sino que hay que demostrar el compromiso con el ‘sentido común’.

¿Qué supremo juez de la moral decide qué se puede calificar como “feminista”, “progresista”, “facha”, “patriota” o “rojo”? ¿Cómo hemos llegado a aceptar este discurso como algo cotidiano? Es la tiranía de las etiquetas. Material para la comedia.

No podemos olvidar un hecho: los discursos no se imponen, se aceptan. Hace años que Vox existe, y no es tan lejano el recuerdo de Falange. Izquierda Unida también es una vieja conocida. Salvo el Partido Socialista, nadie ha cambiado de discurso de manera significativa, ni han cambiado sus filias, sus fobias, ni sus etiquetas. ¿Por qué ahora la población está más dispuesta a aceptarlas? ¿Han cambiado los discursos o han cambiado las personas?

Estas preguntas no tienen respuesta fácil. En cualquier caso, vivimos tiempos de populismos. Sálvese quien que pueda, y consumamos buena comedia.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO

9 ene. 2020

  • 9.1.20
El acceso al alquiler es más complicado cada día. Las exigencias de los arrendadores se han vuelto exorbitantes, no valiendo ya con la fianza y un contrato fijo, sino que hay quien pide ya dos avalistas. Cualquier día de estos nos encontraremos un anuncio donde exijan, también, lágrimas de político honrado y orina de populista moderado.



En un momento de inestabilidad político-social y de bajos salarios –cuando lo hay–, la posibilidad de muchas personas e, incluso, familias enteras de abordar el imparable aumento del precio del alquiler y las garantías exigidas por los dueños de las viviendas resulta imposible. Un hecho que se ve agravado por la creciente presencia de viviendas destinadas al turismo.

En especial, resulta una grave complicación para que los jóvenes accedan a la vivienda. Incluso con empleo, la falta de una cotización mínima que les asegure un subsidio en caso de desempleo y los bajos sueldos les impide ofrecer la seguridad que los arrendadores ansían. Tampoco el resto de la población lo tiene fácil.

Por otro lado, la falta de solvencia de muchos inquilinos y la ausencia de agilidad en los trámites para expulsar a los morosos, por no hablar del estado en que, en ocasiones, dejan las viviendas, son argumentos sólidos de los arrendadores para mantener estas limitaciones.

La imagen que muchas personas tienen de los arrendatarios que no pagan el alquiler es la de familias bienintencionadas, con sus miembros en situación de desempleo y con graves problemas económicos. Y es cierto que es una realidad. Por desgracia, otro perfil que también existe es el del sinvergüenza que aprovecha su ocupación de la vivienda para vivir gratis, en lo que tarda la Justicia en dar la razón al arrendador y expulsar al inquilino.

Ahora bien, el aumento desorbitado del precio de la vivienda reduce las opciones de solvencia de los inquilinos. Y al reducirse estas opciones de solvencia, aumentan las inquietudes del arrendador, que aumenta las exigencias. Y así entramos en un círculo vicioso que solo puede resolver una equilibrada acción gubernamental.

Una de las promesas del tumor sanchista y su Gobierno pseudoprogresista es regular el alquiler en España. Habrá que ver si esta medida se lleva a buen fin y, sobre todo, si se hace bien.

La persona que pone en alquiler su vivienda lo hace para obtener un beneficio. Si se le perjudica en exceso, preferirá mantener su vivienda vacía antes que correr el riesgo de que se la dejen en mal estado a cambio de una miseria. O lo que sería peor, que a pesar de la medida, el moroso no pueda ser expulsado con agilidad de la vivienda y el arrendador prefiera no correr riesgos.

Por tanto, el nuevo Ejecutivo deberá alcanzar un equilibrio entre las necesidades de los arrendatarios y las debidas seguridades de los arrendadores. Sin embargo, la presencia de tantos populistas en el Gobierno me hace dudar de la capacidad del mismo de adoptar medidas equilibradas. Tiempo al tiempo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

26 dic. 2019

  • 26.12.19
Negar la realidad o llamar "fachas" o "rojos" a quienes no comparten nuestras ideas no soluciona la situación política actual. El hecho de que cada vez más personas apoyen la idea de un golpe de Estado es muy sintomático de la degeneración que está alcanzando la democracia española. Obra y gracia de todos los partidos políticos y, en especial, de un tumor llamado Pedro Sánchez, que ha vendido Andalucía y a España por un plato de lentejas.



Ya no queda ni un solo partido con representación parlamentaria en posición de defender la democracia española. Ni siquiera Ciudadanos está aprovechando su cambio de liderazgo para proporcionar una alternativa. No es una cuestión coyuntural, sino sistémico.

La ofensa a Andalucía, que es la comunidad autónoma que más diputados proporciona al Congreso, es demasiado grande. Su viraje a la derecha es irreversible. La intervención de unas cuentas por otras propuestas y aprobadas por el propio PSOE suponen la última traición a una tierra que, no lo olvidemos, tiene familias enteras con tres generaciones de votantes socialistas. Familias que ahora sienten como un agravio comparativo las prebendas prometidas al supremacismo catalán.

España no se sostiene. Así de sencillo. El tumor sanchista empezó siendo un bulto en el susanismo, se ha expandido alimentándose de las ansias progresistas de un sector importante de la sociedad española y ahora está llevando a cabo su metástasis, llevándose por delante al Estado.

Fue Sánchez, y no otro, el que elevó a Vox al debate parlamentario para dividir a la Derecha y compensar la división de la Izquierda. Fue él el que ha hecho populismo con las víctimas del franquismo, sacando a Franco del Valle mientras mantiene a los muertos en sus cunetas. Recuerdo para los ‘progres’ baratos que la Ley de Memoria Histórica fue aprobada en 2007. Se ha cambiado el nombre a calles de todas las ciudades de España, y no siempre con justicia. Y, en cambio, lo más importante, lo que lo justificaba todo, sigue bajo tierra.

Es Sánchez el que ha prometido el cielo a los nacionalistas. ¿Cómo va a tomarnos en serio Europa si el propio presidente del Gobierno en funciones negocia con aquellos a los que pretendemos enchironar? También ha sido él el que ha intervenido las cuentas andaluzas mientras mantiene los privilegios de Cataluña en el Fondo de Liquidez Autonómico, con el silencio de un susanismo herido de muerte.

Mientras que Carmen Calvo justifica lo injustificable, el diálogo con unos supremacistas que nunca han querido, ni quieren, ni querrán nunca dialogar, los que quieren vernos hundidos siguen aprovechando para enfrentar a trabajadores con trabajadores. Mientras que se usan con un populismo descarado las pensiones, el salario mínimo y el ecologismo, no existe en ningún partido –y menos en el PSOE– la más mínima intención de entrar en un debate sobre el sistema.

La sociedad española requiere un plan progresista que ofrezca seguridad jurídica y económica. Un camino que recorrer con independencia de la ideología de cada uno, capaz de unir y no de dividir. Que nos dirija a una sociedad más justa, igualitaria y sostenible. Y no este concurso por ver quién tiene menos ‘complejos’.

Solo hay que entrar en redes sociales para comprender el pozo de porquería en que se ha convertido la política española, en el que cada cual compite por ser más radical que los demás, donde el insulto es el pan de cada día y la poscensura una realidad justificada.

Jamás ha estado tan polarizada la sociedad española desde los tiempos de la Guerra Civil y, desde los tiempos de Tejero, nunca ha habido tanta gente convencida de que una intentona golpista es posible, aunque improbable.

Estamos tan acostumbrados a vivir al borde del abismo que ya no somos conscientes de la gravedad de nuestra situación. Estamos degenerando hacia algo que no sabría bien definir. Solo la pertenencia a la Unión Europea me hace mantener cierta esperanza, aunque a veces meta la pata y justifique lo injustificable.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

12 dic. 2019

  • 12.12.19
Como historiador del Periodismo comparto la idea de que este oficio siempre ha estado en crisis. Siempre. Los cambios y amenazas han sido el día a día de la prensa desde los tiempos de la carta informativa manuscrita hasta la era del tuit. Incluso en los tiempos dorados en los que se vendían dos ediciones diarias, o más, han existido amenazas y cambios a los que enfrentarse. Si bien, en toda la Historia del Periodismo hay una constante que, cada vez que es amenazada, hace saltar por los aires el sistema informativo del momento: el contrato de veridicción.



Imaginemos que un periodista informa en una noticia de un suceso. Una parte del contrato, el periodista y, por extensión, el medio que lo avala, garantizan que lo narrado se basa en la verdad o, al menos, tiene intención de hacerlo. Por el otro lado, el lector acepta el pacto y cree, con mayor o menor ojo crítico, que lo que le están contando es cierto o pretende serlo. Si el periodista o el medio mantienen su credibilidad, el lector aceptará lo narrado, aunque sea falso. Este es el contrato de veridicción.

Pido disculpas por una explicación tan chapucera para un concepto tan complejo, pero entenderlo es fundamental para comprender parte de la crisis que vive en la actualidad el Periodismo, así como la que ha vivido en otros momentos.

La crisis de credibilidad del Periodismo en todos los momentos históricos ha dado lugar a la ruptura de ese contrato no escrito entre los profesionales y la ciudadanía. Ya a finales del siglo XVIII, cansados de las mentiras vertidas por las gacetas oficiales, los lectores decidieron no seguir renovando el contrato de veridicción.

Al no ser creíble la información, el lector apoyó un tipo de publicaciones que, aunque no siempre desterraba la información, sí daba preeminencia a una opinión que consideraban más o menos honesta. Empezaron los tiempos del Periodismo Opinativo. Fue un momento dorado que coincidió con las revoluciones liberales y en el que cristalizaron los principales géneros de opinión, desde el editorial a la columna, pasando por el artículo y la crítica literaria.

En los tiempos de las fake news y la poscensura, el contrato de veridicción vuelve a estar en entredicho de manera sistémica. Ya no es cuestión de un periodista o un medio. Todo el sistema informativo está en entredicho.

Ahora bien, no creo que el único culpable de la crisis del contrato sea el periodista o el medio, aunque sí sea el principal responsable. El ciudadano consume lo que demanda.

En el momento en que se vende opinión como si fuera información, no hay un contraste suficiente de fuentes y se prioriza la inmediatez frente a la seguridad, es innegable que el medio no está cumpliendo con su parte.

Sin embargo, el periodismo se sustenta en el principio capitalista de la oferta y la demanda. No solo narra la realidad, sino que narra lo que es de interés y, dentro de las posibilidades tecnológicas, lo hace de la manera que le da más beneficios. De hecho, hasta las formas de narrar la realidad ya están cambiando como evolución natural de la tecnología y los intereses de los lectores.

Es un caso similar a la televisión. Un colectivo inmenso se queja de programas como Gran Hermano, que ha sido acusado, incluso, de ocultar una violación por negocio. Sin embargo, lo cierto es que sigue existiendo porque tiene un amplio público que lo sigue.

La ciudadanía no consume buena información. No porque no la haya, que la hay, sino porque no la requiere o no sabe identificarla. En la era del tuit y la infoxicación, la información es consumida de manera compulsiva, sin contrastar y, muchas veces, sin más lectura que el titular.

Un contrato requiere de dos partes. El ciudadano medio se siente defraudado por la falta de ética de numerosos medios pero este, a su vez, rara vez sabe o se preocupa de leer críticamente lo que se le cuenta. Es más, el lector ni siquiera sabe jerarquizar o valorar la información. ¿Cómo es posible mantener el contrato de veridicción en estas condiciones?

Si a estas circunstancias le sumamos la crisis económica, la precaria situación de numerosos profesionales y el creciente deseo del público de escuchar solo lo que quiere oír, nos encontramos con una información cada vez más sesgada y de peor calidad.

El sistema informativo global tiene dos retos por delante para salvar la presente crisis. La primera implica a los propios medios. La lucha contra los fake news y la voluntad de aportar productos informativos de calidad es importante. Sin embargo, saber inculcar el espíritu crítico en los consumidores de información —que no es sinónimo de criticar todo lo que se mueva—, y dotarlos de herramientas para jerarquizar y valorar tanto la información como la opinión es un desafío que no se está sabiendo abordar. Y no es por la ausencia de iniciativas.

El contrato de veridicción entre medios y ciudadanos se está rompiendo y nadie puede saber cuál será la evolución exacta del Periodismo para salvarlo. Sin embargo, lo que tengo claro es que no es tarea exclusiva de los medios, que también, sino que debe involucrar a una ciudadanía que consume con el mismo tenedor un análisis de política internacional que una noticia falsa y sin fuentes.

RAFAEL SOTO

29 nov. 2019

  • 29.11.19
No sé si Santiago Abascal, líder del partido ultraderechista Vox, sonríe con los vídeos de gatitos. Asumo que sí. Es un ser humano, al fin y al cabo. Lo que sí sé con seguridad es qué le hace sonreír en política. Y os aseguro que las muestras de estupidez de ciertos ‘progres’ inconscientes las celebra como goles.



El pasado viernes 22 de noviembre se inauguraba el Congreso Internacional “Bioderecho, Administración y Dignidad Humana” en la Universidad de Sevilla. La primera ponencia iba a llevarse a cabo a las 10.00 de la mañana, de la mano de Jaime Mayor Oreja. La siguiente quedaba en manos de Francisco José Contreras Peláez, diputado de Vox, sí, pero también catedrático de Filosofía del Derecho, que iba a tratar sobre la gestación subrogada.

No vamos a descubrir ahora quién es Mayor Oreja, que lo fue casi todo en el Partido Popular, ni quién le acompañaba en la mesa. Sí era más desconocida la fundación que presidía, Valores y Sociedad, vinculada con movimientos europeístas, sí, pero también ultraconservadores. Y, desde luego, lo que no conocía nadie era el Congreso, de interés solo para los entendidos del ámbito.

De hecho, el salón estaba lejos de alcanzar el lleno, como correspondería a la presencia de un personaje, guste más o menos, de la trayectoria política de Mayor Oreja. Y casi vacío hubiera estado, si no hubiera sido por una pandilla de radicales sin seso que intentaron boicotear el acto.

Es más, en las imágenes del acto se puede comprobar que muchos de los asistentes eran los propios radicales gritando “¡fuera fascistas de la Universidad!” y "¡fuera rosarios de nuestros ovarios!". Dicho de otra manera: gracias a estos radicales descerebrados, un acto desconocido y minoritario ha salido en la prensa y, lo que es peor, ha beneficiado a Vox.

La estrategia comunicativa de Vox prioriza la defensa, por mucho que dedique al ataque. Como buen partido extremista, se escuda en un discurso victimista. En este caso, la cruzada contra la ‘dictadura progre’. Una dictadura que identifica con las políticas de género, la supuesta flexibilidad de las políticas migratorias o el cachondeo territorial.

Cada acto de represión impuesta por la corrección política es usado como argumento por la extrema derecha. Máxime cuando se produce en ‘suelo sagrado’, como es un acto de carácter académico en la Universidad. Sin embargo, quizá lo peor de todo es que este acto, que no es el primero que se da en las universidades españolas, se realiza desde la más profunda inconsciencia.

Como señala Juan Soto Ivars en su interesante reflexión sobre la poscensura Arden las redes, su mayor éxito es la inconsciencia de su ejercicio. Estoy convencido de que los radicales que quisieron reventar el acto no entendían que estaban censurando un acto académico.

Si les preguntamos en qué estaban pensando, estoy seguro de que nos dirán que estaban luchando por sus derechos y por los de todos, impidiendo un acto político de extrema derecha en la Universidad. La censura la ejerce el Estado, represor por naturaleza, no unos ciudadanos comprometidos con la ‘lucha pacífica’. Porque la cruzada contra el fascismo justifica todos los medios. Y si eso implica boicotear cuentas en redes sociales, actos políticos o actos académicos, se hace.

Tampoco nos equivoquemos. La derecha ‘sin complejos’ tiene la misma actitud, pero con una diferencia notable. Que un ultracatólico antiabortista de extrema derecha pueda ser autoritario es terrible, pero entra dentro de la lógica. En cambio, que un defensor de las libertades públicas, del librepensamiento y de la democracia nos trate como a niños y decida por su cuenta qué cabe y qué no en el espacio público, es una incoherencia difícil de justificar.

No sé a vosotros, pero no me gusta que elijan por mí. Hay a quien le gusta ejercer el masoquismo político, pero no es mi caso y es tema para otro día. La cuestión es que si me apetece leerme el Mein kampf o un discurso de José Antonio Primo de Rivera de los que están en abierto en la Biblioteca Nacional de España, pues me los leo. Porque tenemos el derecho de crearnos nuestro propio criterio. Y nadie tiene derecho a escoger por nosotros a qué discursos podemos tener acceso.

Cada vez que un ‘progre’ decide por nosotros, Abascal sonríe. Cada vez que un inconsciente hace un escrache o boicotea en redes sociales o actos públicos, Abascal sonríe. Cada vez que hay un ataque desproporcionado e irreflexivo contra lo que alguien decide que es fascista, Abascal sonríe. Y eso no me hace ninguna gracia.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

14 nov. 2019

  • 14.11.19
Si tuviera que escoger un lote de 10 libros para que sobrevivieran a un cataclismo, tengo muy claro que uno de ellos sería la Historia de Roma, de Indro Montanelli. He perdido la cuenta de las veces que he releído muchos de sus capítulos, que me han acompañado en los mejores y peores momentos.



Montanelli fue un periodista que vivió la etapa de Benito Mussolini y que pasó de admirar el fascismo a apoyar al bando republicano durante la Guerra Civil española. Enemigo declarado tanto del fascismo como del comunismo, viajó como corresponsal por varios países europeos y tuvo la oportunidad de conocer a las personas. Y es por eso que, de todos los libros más o menos serios que he leído de Roma, el suyo es el que más disfruto.

Sus retratos psicológicos y sus descripciones de los grandes procesos sociales reflejan una realidad que, muchas veces, olvidamos: la Historia la escriben las personas, no los dioses, ni los héroes.

Julio César no fue un dios, por más que lo divinizaran. Fue un mujeriego que sentía vergüenza de su calvicie. Augusto fue un hombre enfermizo y austero que no supo mantener a su familia a raya. Sila fue un hombre despiadado, que no perdonó una ofensa –como recordaba la inscripción de su lápida–, pero tuvo la inteligencia de abandonar el gobierno absoluto a tiempo y morir entre placeres. Con ánimo moralizante, Montanelli nos explica cómo Roma se convirtió en la gran República que fue, cómo empezó a degradarse, y cómo se autodestruyó.

Uno de los momentos de inflexión de la obra es la aparición de Cayo Mario. Como describe Montanelli, ya había habido populistas antes, como fue el caso de los hermanos Graco. Sin embargo, a su juicio, es con Mario con quien empieza a agonizar la República.

En este sentido, queda aquí la reflexión: “[…] la gente […] estalló con violencia cuando supo que Metelo, pese a ser de los mejores, se oponía a la elección al consulado de Cayo Mario, lugarteniente suyo, solo porque no era aristócrata. Y, sin siquiera saber exactamente quien era, la Asamblea votó unánimemente por él y le confió el mando de las legiones. Pues en Roma se decía a la sazón lo que dondequiera y en todos los tiempos se dice cuando la democracia entra en la agonía: «Hace falta un hombre…»”.

Roma no era una democracia, o no tal y como la concebimos nosotros, pero tuvo la mejor clase gobernante de la Historia. Cuando empezó a corromperse y la población perdió la fe en sus dirigentes, empezó la búsqueda del hombre. Mario fue un gran militar y un mal político, que lideró una de las facciones de la primera guerra civil de la República. Más famoso fue su sobrino y, en muchos sentidos, heredero político, Julio César, que dejaría herida de muerte la República. A su vez, el sobrino de este, Octavio, firmaría la partida de defunción.

Levanto la cabeza, paseo por las calles y leo las redes sociales. Admito que me estremece leer o escuchar a personas que tengo por capaces que Pablo Iglesias, Pedro Sánchez o Santiago Abascal son “el hombre que hace falta” para salvar al país –o la persona, por eso del lenguaje inclusivo–.

¿Acaso nuestra democracia era una ilusión? ¿O es que está agonizando? Que cada uno saque sus propias conclusiones. Indro Montanelli lo tendría claro. Yo también.

RAFAEL SOTO

31 oct. 2019

  • 31.10.19
Me he decidido a haceros el favor de no hablar de las Elecciones de 10-N. Ya cansa. Prefiero hablar de un fenómeno que, aunque no me sorprende, me alarma como ciudadano y demócrata: la demonización de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. En especial, por parte de los que militan o simpatizan con la extrema izquierda.



Pongamos el siguiente caso: Unidas Podemos o cualquier otro partido ‘progresista’ alcanza la Presidencia del Gobierno. Perplejos ante el milagro, en vez de hacer peregrinación a Lourdes, los militantes y simpatizantes de la extrema derecha más rancia se dedican a cortar vías de tren y queman contenedores en las calles.

¿Cómo pensáis que actuaría este Gobierno? Antes de pensarlo, recordemos que estamos hablando de unos señores que se manifestaron contra los resultados de unas elecciones autonómicas legítimas solo porque no les gustó que Vox entrara en las instituciones.

A la vez que reprimo la carcajada, fantaseo con la imagen de unos mediadores enviados a las carreteras cortadas, portando ramos de flores con lazos morados. ¡Mejor! Con lazos verdes o rojigualdos, por eso de la empatía.

En cualquier caso, ser un agente del orden es como ser periodista o político: supone ejercer un oficio con mala fama. Del mismo modo que en una biblioteca no se tendrá aprecio al bibliotecario que mande a callar o que sancione por devolver un libro con retraso, por más que sea su trabajo, un agente del orden no levanta simpatías cuando ejerce su trabajo. Sin embargo, es un miembro vital para garantizar el buen funcionamiento de la sociedad.

En su pueril rebeldía, un amplio sector de militantes y simpatizantes de Unidas Podemos, así como de otros partidos de extrema izquierda, no dudan en criticar a lo que consideran un órgano represor. Se ha visto con claridad en los actos violentos de Cataluña, donde contamos con más de un centenar de mossos heridos, así como otros muchos policías nacionales. Quizá, el señor Iglesias comparta la idea de Sánchez Gordillo de que una mayor presencia de policías repercute en mayor inseguridad...

De hecho, no son pocos los descerebrados de extrema izquierda que han aplaudido en redes sociales la agresión e intimidación a agentes, e incluso los han hecho objeto de sus mofas. No voy a volver a entrar en lo que pienso sobre su incoherente posicionamiento con respecto al cachondeo catalán.

Sin embargo, me resulta escandaloso que estos radicales e intelectuales de medio pelo olviden algo esencial: los agentes que se están partiendo la cara en Cataluña también son trabajadores. Sí, trabajadores. Tanto como lo son los bomberos, los profesores o los bibliotecarios. Son personas que han pasado por un durísimo proceso selectivo y que invierten trabajo y horas de su vida en una serie de labores para obtener un salario.

Bajo el uniforme puede haber un neonazi o un votante de Unidas Podemos. También una persona a la que le dé igual todo mientras cobre a final de mes. Incluso de las Fuerzas Armadas, la institución más conservadora de este país, han salido miembros de Unidas Podemos –nada menos que José Julio Rodríguez, ex Jefe del Estado Mayor. Tanto o más podemos esperar de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

No estamos hablando de Villarejo, ni tampoco de personas que acostumbren a almorzar con políticos o empresarios. Esos agentes que sostienen una porra o disparan pelotas de goma siguen órdenes, sin posibilidad de indisciplina alguna, mientras sus superiores les transmiten las órdenes por radio.

Hemos podido comprobarlo en los mossos, enviados a dar palos por el presidente Joaquim Torra, a la vez que han sido criticados por el mismo. Durante los incidentes del 1 de octubre, se les dio orden de pasar del referéndum, y pasaron. Incluso salieron inconscientes como Albert Donaire, mosso independentista, apoyando aquel sinsentido.

Ahora, los mossos se están partiendo la cara en las calles de Cataluña por la misma razón que no lo hicieron el 1 de octubre: porque es lo que se les ha ordenado. Son víctimas del sinsentido catalán, igual que otros muchos. Desde luego, son pocos los agentes que están por gusto en la Vía Laietana.

¿Hay agentes neonazis? Sí. ¿Hay agentes de extrema izquierda? También. Y maravíllense: los hay latinos, homosexuales, bisexuales, del Madrid y del Barça. ¿Que a veces se excede alguno? Sí. Y que algún palo no ha sido merecido, seguro que sí. Pero ningún vídeo, ninguna conversación de WhatsApp, ni ninguna declaración puede justificar la generalización y demonización de un cuerpo tan amplio y esencial para nuestra sociedad.

Son trabajadores que, en contadas ocasiones, no están a la altura de sus responsabilidades. Igual que muchos profesores y maestros, bomberos, funcionarios de prisiones… Porque es un colectivo humano. Y, sobre todo, trabajadores que ejercen su oficio para ganar un sueldo. Y en lo que respecta a las personas, en esta vida hay de todo.

El ataque descerebrado de la extrema izquierda en redes y en medios de comunicación a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad demuestra la inmadurez democrática de este país, así como favorece que la extrema derecha siga apropiándose, aunque sea simbólicamente, de las instituciones y símbolos que son de todos.

Que se sancione al que no haga bien su trabajo, sea en el ámbito que sea, y valoremos a los diligentes. Sobre todo, seamos maduros, analicemos bien las cosas y, si hay que pedir responsabilidades, que se haga a los auténticos responsables. Y ahora, llamadme facha.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

18 oct. 2019

  • 18.10.19
“Que la ponzoña que acecha en el fango salga a la superficie”, dictamina el emperador Claudio, beodo y enigmático, en Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, de Robert Graves. Avisado por una profecía, había decidido propiciar que lo peor de Roma saliera a la luz para dar paso a su ansiada República. Consiguió lo primero, pero no lo segundo. Porque como le diría su hijo, ya nadie creía en la República. “Nadie, excepto tú”.



En España, hemos llegado a ese momento. Es el momento de llevar el Procés a su límite. Que todos los actores políticos se muestren tal y como son, tanto de un lado como del otro. Si es que podemos hablar de dos bandos, claro…

Los fanáticos más violentos han salido a la superficie. Siempre han estado ahí, pero ya los podemos distinguir de los pacifistas, supremacistas, sí, pero pacifistas. Ya podemos encontrar al auténtico enemigo que hay que combatir sin contemplaciones.

También podremos ver a víctimas, mutados en verdugos. Junto a los Comitès de Defensa de la República (CDR) hay muchos manifestantes que son jóvenes, estudiantes en su mayoría, producto del adoctrinamiento en las aulas. Personas a las que se les ha dicho que acosar a un españolista es cosa de buen patriota. También ellos son víctimas.

No vemos trabajadores reivindicando una sociedad más igualitaria, ni vemos a personas ordinarias golpeando a policías. Vemos supremacistas y rebeldes de medio pelo. Los que se han cargado la convivencia en Cataluña. No porque muchos no piensen lo mismo, sino porque ya no dan más de sí.

Pero no solo es el momento de identificar y combatir a los radicales que están boicoteando la convivencia en las calles. También es el momento de meter mano a los que han provocado esta situación. No solo los sediciosos, que no son más que una pequeña muestra. Personajes como Elsa Artadi deben ser identificados y anulados de la vida política –democráticamente hablando– antes de que terminen de romper la convivencia en Cataluña. Y también habrá que buscar responsabilidades entre los empresarios que han financiado el Procés. ¿Lo veremos algún día?

No tengo muchas esperanzas puestas en el Kennedy español. Es en un momento como este donde hay que demostrar capacidad, determinación e inteligencia. Y Pedro Sánchez no tiene ninguna de las tres cosas. Tampoco sus rivales políticos han demostrado mucha inteligencia. No dan para más. Esa ponzoña también saldrá a la superficie.

También vemos la mediocridad de un sector de la Izquierda, que condena la violencia, pero se queja de la “represión del Estado”. Esta pandilla también es peligrosa, y es momento de denunciarlo. No se puede estar con la víctima y el verdugo. Y si hay una víctima aquí, es el catalán no independentista, que no ha hecho ningún mal a nadie, que tiene miedo a hablar e, incluso, a salir a la calle.

¿Cómo puede un progresista rechazar la sentencia del Tribunal Supremo? Es lo que tiene el postureo, que no entiende de coherencias. Si la mitad de las energías invertidas por los supremacistas y los progres ‘equidistantes’ en atacar al Estado las hubieran invertido en reivindicar el Estado del Bienestar, España estaría a la altura de Suecia en servicios sociales.

Es un hecho que el Procés en sí “ya no da para más”, como ha señalado el filósofo independentista Bernat Dedéu. No es que todo vaya a acabarse en cuestión de horas, hay para largo. Pero los últimos cartuchos importantes del independentismo se están quemando ahora. La decepción es demasiado grande entre las propias filas.

El propio Joaquim Torra se ha visto obligado a condenar los actos vandálicos de los CDR, a los que tanto ha apoyado. Con más de un centenar de mossos heridos, por no hablar de agentes de otros cuerpos. No ha podido hacer otra cosa. La presión interna es demasiado grande.

Me quedo con que, en este momento, si observamos bien, todos los males del país van a salir a flote. Hay que aguantar el tirón, sin sobreactuaciones y templanza. No es momento para el artículo 155. Hay que dejar que la llama se extinga sola, que se agoten impactando contra el muro de la Ley y el orden.

Y después, hacer lo necesario, que va a ser mucho y doloroso. Y si tiene que ser la aplicación del artículo de marras, bien estará. Pero ahora hay que aguantar y demostrarles que todo lo que están haciendo por esta vía no les servirá de nada.

Mientras que Cataluña siga disponiendo libremente de la competencia en Educación, la ponzoña no hará más que aumentar hasta envenenar toda Cataluña y, con ella, al resto del país.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

3 oct. 2019

  • 3.10.19
Las verdades a medias son peligrosas. Un arma de propaganda y desinformación masiva. Su lógica se ha aplicado con atino desde los tiempos antiguos y todavía hoy es el instrumento de manipulación más afectivo para los populistas.



Este hecho se debe a que tienen una parte de verdad –o, al menos, desde un punto de vista intencional–, y otra que es inexacta, silenciada o, incluso, mentira. ¿Por qué funcionan tan bien? Porque permite a cada uno quedarse con lo que prefiera. Y siempre será la parte que quieran escuchar. Cataluña es buen ejemplo.

Ya avisé de que la violencia en Cataluña (y en España en general) era una cuestión de tiempo y, por ello, no me sorprendió en absoluto saber que una pandilla de fanáticos estaba preparando explosivos caseros. Tampoco comprobar que aumentan las agresiones a periodistas. Sin embargo, hay cuestiones que no me cuadran.

El independentismo catalán tiene un marcado carácter supremacista que se sustenta, entre otras virtudes y excelencias, en la superioridad moral del buen patriota. Por ello, una mayoría de catalanes se oponen a todo tipo de violencia. Es más, resulta su único argumento contra su supuesto Estado opresor. Dicho de otra manera, el independentismo catalán es supremacista, pero no violento. Es más partidario de la imposición, de la marginación del contrario y del acoso. Pero no es violento desde un punto de vista físico.

Pero los fanáticos, los que no necesitan excusas para hacer barbaridades, están en todos los bandos, y son ellos los que condicionan al resto. Tan cierto es que unos impresentables agredieron a Laila Jiménez, periodista de Telecinco, como que otros independentistas hicieron de barrera para ayudarla a salir de donde estaba.

En lo que respecta a los miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR) detenidos, la información que se está filtrando tiene una dimensión política seria. Conexiones activas entre las CDR, la Generalitat y los fugados, la posible existencia de una célula terrorista, objetivos para atentar supuestamente confirmados por los propios detenidos…

Como suele ocurrir en estos casos, ante el secreto de sumario, la información filtrada viene avalada por atribuciones on background, o sea, fuentes señaladas, pero indeterminadas: “personas cercanas a la investigación”, “fuentes judiciales”… Por supuesto, nadie se responsabiliza de la información ofrecida.

Es posible que todas estas informaciones se confirmen cuando se levante el secreto de sumario. Mientras, lo único que de verdad sabemos, por las imágenes ofrecidas, es de la existencia de cuatro parias influidos por la kale borroka que pretendían hacer ruido con explosivos caseros. Nada más.

Lo más extraño del asunto es que, a la luz de estas informaciones, el presidente del Gobierno en funciones ha dado un giro, –otro más–, a su discurso, y ahora promete aplicar la Ley de Seguridad Nacional y, llegado el caso, el artículo 155 de la Constitución en Cataluña si fuera necesario para garantizar el orden. Con ello, no solo calienta el ambiente en todos los frentes ante las próximas elecciones, sino que le quita a Ciudadanos su único argumento ante el electorado más moderado.

Muy raro todo. Pedro Sánchez y su equipo son populistas baratos, cínicos y manipuladores que se creen inmersos en una especie de House of cards. Juegan con la ciudadanía como si fueran cartas de mus y, encima, se creen grandes estadistas por ello. ¿Quién nos asegura que no han aprendido de los supremacistas vascos y catalanes que la mejor manera de manipular a la población es con verdades a medias? Mucho suponer es eso.

Sin embargo, hay una serie de realidades evidentes. Carles Puigdemont y Joaquim Torra son unos conspiradores, pero no necesitan de las CDR para estar conectados. Y las CDR, por mucho fanático que tenga entre sus filas, no es ETA, ni tiene el apoyo en su territorio que sí tuvo la banda terrorista en Euskadi.

No descartemos que, tras el levantamiento del secreto de sumario, se desinflen muchas de las acusaciones vertidas contra los fanáticos presos. Pero, para entonces, las elecciones habrán pasado. Hoy, más que nunca, cuidémonos de las verdades a medias, que las cargan los populistas, y pueden provocar heridas irreversibles.

RAFAEL SOTO

19 sept. 2019

  • 19.9.19
Estimados lectores, tengo conciencia plena de lo mediocre que resulta empezar una columna apelando a vosotros. Lo sé. Pero hoy es uno de esos días en los que no sé de qué escribir o cómo escribirlo. O lo que es peor, tengo muy claro lo que quiero decir y cómo decirlo, pero pondría a este medio de comunicación en un apuro. Siento auténtica frustración por la repetición electoral. Y hartura, mucha hartura. Pero antes de seguir, os voy a hacer una petición: por favor, en las próximas elecciones, no os abstengáis.



Como sabéis, siempre he advertido contra el “Kennedy español”, siempre encantado de conocerse, así como de los peligros de los extremos, sean por la izquierda o la derecha. Hemos hablado de la mediocridad del Partido Popular y de la crisis adolescente de los naranjitos. Y en días como hoy, duele comprobar que llevábamos razón: no están a la altura.

Asumo que, igual que yo, no sentís especial lástima por los individuos que tendrán que volver a gastarse el dinero de todos en papeletas, correo electoral, eventos, etcétera. Tampoco por la banca y el gran empresariado, que sabemos que siempre acaba sacando beneficio.

Si os soy sincero, no me molesta levantarme un domingo e ir a votar. Otra vez. Voto y me voy a desayunar con mi pareja a una cafetería estupenda que tenemos debajo de casa. Y tan a gusto.

Mi frustración proviene del desasosiego. Las amenazas que nos acechan son muchas e inminentes: el Procés, la desaceleración económica, el Brexit, y un largo etcétera porque, en los últimos años, nos hemos acostumbrado a vivir en el precipicio. Y esas amenazas, que parecen lejanas y extrañas, son las que acaban acusando nuestros bolsillos, cuando no nuestras vidas.

No solo no hay un gobierno estable, sino que el Kennedy español no tuvo ni la decencia de cumplir su deber constitucional de presentar unos presupuestos, se aprueben o no, en los últimos meses de 2018. No tenemos a qué agarrarnos si estalla la tormenta, salvo el gastado recurso de los decretos-leyes y papá Europa –lejos nos queda ya eso de papá Estado–.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Voy a ser franco: me importa un pepino. Me dan igual las teorías judeo-masónicas, las diatribas podemitas, el Falcon y el ingeniero que lo diseñó, las veletas y los diccionarios de latín. Es que me da exactamente lo mismo. Porque, al final, el auténtico efecto de toda esta constelación de irresponsabilidades, planeadas o no, es alejar a la ciudadanía de los asuntos públicos.

Una población hastiada y con miedo al futuro es susceptible de abandonarse a los brazos del primer encamisado populista que se presente. O, peor, de abandonar la res publica con la convicción, difícil de objetar, de que su opinión no importa.

No exagero si afirmo que esta repetición electoral, por lo que implica, es uno de los grandes golpes que ha recibido nuestra democracia desde el Golpe de Estado del 23-F y la cacicada del Procés. Hay mucho ruido, mucha infoxicación y mucho hastío. Jamás ha habido tanto pesimismo en la política española contemporánea.

Jamás ha habido tanto miedo y tanto desaliento. Porque ya hemos perdido la esperanza de que alguien nos salve. No será un desastre inmediato, ni tampoco ofrecerá un cuadro dramático. Será un proceso de putrefacción, peor que la que vivimos con la crisis que no terminamos de cerrar. Un proceso que viviremos como cotidiano. La única esperanza es que se disipen las nubes y podamos sobrevivir hasta que el que sea decida que hemos votado correctamente.

Por todas estas razones, os invito a votar cuando corresponda. A votar por el que queráis. Me da igual si a socialistas, peperos o antitaurinos. Pero votad, aunque sea a un partido minoritario.

Porque si nos abstenemos, ellos ganan. Y no podemos permitirnos bajar los brazos cuando nuestra democracia está en peligro. Es aquí y ahora cuando nos toca demostrar lo que somos. No al día siguiente, para manifestarse como descerebrados contra lo que han votado los pocos que han tenido el valor de hacerlo. Tampoco en redes sociales, donde lloramos con amargura lo que no hay valor de defender en la calle y en las urnas.

Y si no somos capaces de dar esta lección de democracia… ¿Qué puedo decir? Quizá es que no la merezcamos. Que nos invada Alemania, que al menos tiene buena cerveza, y que le den a todo. O Andorra. El que sea. Porque habremos perdido el derecho a ser libres.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

5 sept. 2019

  • 5.9.19
¿Qué nos ha pasado para que, 230 años después de la Revolución Francesa, hayamos sustituido a los curas por ideólogos y tertulianos de medio pelo? Seguimos siendo rebaño. Durante la Revolución, una turba de súbditos, hartos de serlo, se movilizó contra el que era su monarca "por derecho divino". Con Luis XVI iba también un Antiguo Régimen apuntalado por la Iglesia Católica. “Todo lo sagrado fue profanado”, llegaría a decir Karl Marx.



Desde entonces, mucha sangre ha corrido para que hubiera una separación entre la Iglesia y el Estado, y para que fuera la diosa Razón, y no la moral, la que guiaran los actos de los ciudadanos. Por desgracia, a veces pienso que todo ha sido en balde.

Pongamos un caso ficticio, que apuntalaremos después con hechos. Imaginemos que los cordobeses se encuentran mañana por la mañana con una escultura en mitad de la Avenida del Gran Capitán. Los indigentes que rondan por la zona no saben nada, nadie sabe de dónde proviene tal invento. Sin embargo, sus cualidades artísticas son innegables.

Pongamos que el Ayuntamiento mantiene la escultura en su sitio y empieza a ser valorada por la población. Con los años, se convierte en uno de los símbolos de la ciudad. Los turistas llegan a Córdoba con la intención de ver la Mezquita-Catedral, tomar salmorejo y hacerse una foto con la escultura. Imaginémonos, incluso, que en las tiendas de recuerdos de cualquier parte de España se puede conseguir un llavero con la imagen de marras.

Pasan los años y los investigadores de la Universidad de Córdoba descubren que el autor fue una persona de moral dudosa. Pongamos, un violador, un ladrón de guante blanco, un asesino en serie, un maltratador... Se le atribuyen los peores delitos. ¿Cuál será la nueva relación de los ciudadanos con la obra de arte?

Como suele ocurrir en estos tiempos, habría reacciones para todos los gustos. Sin embargo, estoy convencido de que no faltaría tertuliano o ideólogo ilustrado que, desde el púlpito que le tocara, bramaría contra la escultura. La obra no puede ser separada del artista. El artista debe estar limpio de pecado para que su estigma social no alcance su arte.

No hay espacio para el ciudadano racional, ese ideal republicano por el que tanto se ha luchado. Una ciudadanía que valorara al artista y pidiera a la vez las responsabilidades penales que correspondiesen al autor. Tiene que haber una víctima por consenso social, y un villano al que, con independencia de lo que digan los jueces.

Como bien explicó Zigmunt Bauman,“esa cultura de victimización y compensación evoca la antigua tradición de la vendetta que la modernidad tanto se esforzó por ilegalizar y desterrar, pero que en estos tiempos modernos líquidos parece estar resurgiendo reencarnada de su mal sellada tumba”. Sobra decir, que la vendetta contra el artista no sólo le afectará a él, sino que también a su obra inocente.

Por todo ello, admito que me escandalizó la declaración de Lucrecia Martel, afirmando que no vería la proyección de la última película de Roman Polański. Era la presidenta del jurado del Festival de Venecia, uno de los más importantes del mundo, y su actitud fue más propia de un Torquemada que de una artista del siglo XXI: “Yo no separo al hombre de la obra”.

El seguimiento de la moral del rebaño y la interpretación de la Historia con los ojos del presente no son males exclusivos de España. Los hechos que se exponen ahora son del año pasado. Se le negó un homenaje a la escritora Enid Blyton, nacida en 1897 en el Imperio Británico, por considerarla “racista, sexista, homófoba y una escritora poco reconocida”.

Podría entender que esta acusación fuera un inconveniente para homenajear a un contemporáneo. Sin embargo, seamos serios. ¿Vamos a acusar de racismo y sexismo a una escritora nacida en el siglo XIX? No podremos homenajear sino a contemporáneos que compartan nuestros valores. Contemporáneos que, por supuesto, no tengan mácula. Cualquier día de estos, encontraremos en las plazas de las principales ciudades una hoguera para la quema de libros. ¿Qué va primero? ¿Un Don Juan Tenorio? ¿Unas Novelas ejemplares?

Quizá debamos depurar El Quijote, para eliminar las críticas a los “moros”, las escenas sexistas y las disertaciones morales. Dejemos solo el episodio de la pastora Marcela, y otros relatos sin contenido inapropiado. ¿Y Shakespeare? ¡A la hoguera con Hamlet!

En vez de reflexionar sobre una ética ciudadana, estamos imbuidos en una reivindicación continua de la moral del rebaño. Y el que no siga esa moral, o al menos lo aparente, tendrá que sufrir la estigmatización social: facha, machista… En algunos casos, podemos estar hablando de acoso en redes sociales o situaciones peores en la vida real. Es la represión de la turba.

A diferencia de los curas, los nuevos popes no tienen ninguna biblia a la que aferrarse. Quizá eso sea lo peor. Sus ideas cambian conforme cambian las modas y las ideologías predominantes. Hoy, los jueces de la moral dicen que algo es correcto y, mañana, pueden cambiar su juicio. Y siempre se te juzgará por los cánones más actualizados.

Hoy estás con la jauría, pidiendo la cabeza del hereje. Mañana puedes estar en la picota. Y así están las cosas. Polański es un genio, y eso no quita que deba responder por lo que hizo –confesó ante un juez, no ante un tertuliano, ni ante un provocador en redes sociales–.

Por su parte, Blyton promovió más la cultura con sus relatos que muchos escritores contemporáneos y ministros progres. Y, sin embargo, fue hija de su tiempo, que no se caracterizaba por la defensa de la igualdad social. ¿Quemamos sus obras? La plaza va a parecer el Amazonas…

Yo sí separo la obra del autor, y trato de juzgar desde el contexto. Los hijos no deberían pagar las deudas de sus padres. Y las obras de arte de cualquier tipo no deberían sufrir lo que pensemos de sus creadores.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

22 ago. 2019

  • 22.8.19
El tratamiento informativo del caso de los refugiados del Open Arms ha sido sensacionalista e irresponsable. Suele pasar. ¿Qué puede haber más patético que unas personas jugándosela en mitad del mar? ¡Hasta Homero le encontró el filón!



El dramatismo aumenta con dos curtidos actores. Matteo Salvini en el rol de autoridad cruel y sin escrúpulos, frente a Pedro Sánchez que, como sabemos, nunca deja escapar la oportunidad de ponerse ante los focos, aunque sea en Twitter desde la tumbona. Más aún cuando es para hacerse el progre. Al final, entre tanta sobreactuación, el hecho es que ha sido un fiscal el que ha resuelto la situación. Ni Europa, ni Italia, ni España. Un simple fiscal. ¿Acaso no toca pedir responsabilidades?

En cuestiones internacionales, son las entidades supranacionales las que deben establecer las normas y procedimientos. La UE cuenta con poder ejecutivo para establecer un protocolo que señale qué hacer en estos casos. En cambio, ha dejado la iniciativa a los estados, quedándose en un segundo plano. Ha visto mejor evitar dar indicaciones que puedan ser mal valoradas por la ciudadanía, o bien que puedan abrir brechas en el cada vez más frágil escenario europeo. Así están las cosas.

Hay una realidad que no podemos obviar. Una vez que los refugiados llegan a tierra, las cámaras se marchan a por el siguiente barco, o a por la noticia sensacionalista que toque. El refugiado se queda en tierra y, tras comprobarse que no es un terrorista infiltrado, al país de destino le queda decidir si mantenerlo en su territorio o devolverlo a su patria. Y mantenerlo en el territorio implica subvencionar su bienestar y su integración. Y eso es peligroso, porque puede dar pie al efecto llamada.

Ninguna decisión de esta naturaleza debería de ser tomada por un estado. Es la UE la que debería adoptar planes con su correspondiente financiamiento para afrontar estas situaciones con eficiencia.

Si la UE decidiera mañana algo tan inmoral como que los refugiados deban quedarse en el mar, al menos sería una decisión aplicable a todos los estados. Dentro y fuera de Europa, todo el mundo tendría claro qué hay que hacer ante tales casos. Y, sobre todo, si los refugiados lo supieran, no saldrían en tal número a la aventura. Sin embargo, vivimos en la incertidumbre de que, ante unos mismos hechos, lo que se decide hoy puede ser diferente a lo que se decida mañana. Y eso no es serio.

La prensa también tiene su responsabilidad. Salvo honrosas excepciones, se ha enfocado en la sobreactuación de las autoridades españolas e italianas, así como en el drama humanitario. En cambio, he echado en falta el análisis racional, el enfoque a la autoridad que correspondía, el estudio del origen de los refugiados –más allá del geográfico–, el enfoque, en fin, que permite un debate democrático y racional.

Prueba de ello es el ataque a Carmen Calvo por señalar la posibilidad de una sanción al Open Arms, debido a que no tenían permiso para rescatar a personas en el mar. Aunque admito que es una cuestión más que debatible, también es cierto que debe abrirse una seria investigación a la ONG. ¿Quién garantiza que, en efecto, no están asociándose con las mafias? Torres más altas han caído.

Sin embargo, el progresismo barato impone la creencia en el buen talante de sus héroes, mientras que la extrema derecha prefiere creer, sin aportar pruebas, en lo contrario. ¿No es más propio de una democracia avanzada dejar que la Justicia investigue lo que sea necesario? Eso sí que sería serio, pero no vende.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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