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PILYCRIM - BODEGAS NAVARRO

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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18 sept 2021

  • 18.9.21
Ya compramos todo por Internet. Todo se hace a escala industrial, en países lejanos, en serie y sin alma. ¡Qué pena que se estén perdiendo los oficios artesanales! Porque a mí me gustan mucho los cuencos hechos a mano, cada uno distinto, paridos todos ellos a distintas horas. No hay dos iguales ni en forma, color o textura. Todo depende de la inspiración del momento. Se ve la mano humana, su falibilidad, la belleza de la imperfección y el mimo puesto en cada pieza.


Igual pasa con la costura. Esos maravillosos trajes de sastre hechos para ti y nadie más, como si se ajustaran a la singularidad exclusiva de tu ADN. A mí, en especial, me encanta el crochet o ganchillo. No practicarlo, porque para mí sería una obligación en vez de una manera de disfrutar, y para eso ya tengo las obligaciones que me ayudan a ganarme el pan sin gluten... El placer me lo proporciona su belleza: esas colchas hechas a mano durante eternas horas, con flores dibujadas por el hilo y las cavidades que quedan entre punto y punto.

Soy romántica. Lo soy desde la más tierna infancia, si es que fue tierna... Camisones bordados, sábanas de algodón con embozos llenos de dibujos garabateados con aguja y paciencia, vainicas primorosas en mantelerías de días de fiesta con sus inseparables seis servilletas... Mil tesoros que custodiaba mi abuela en su arcón. Algunos de esos me acompañan todavía en mi casa y los miro y remiro con la adoración que sentía y siento por su creadora, aunque ya no pueda abrazarla, pero sí sentirla.

Me he hecho un gran regalo: una colcha patchwork que llevo años buscando. Quería una hecha a mano, con sus trozos de telas de colores haciendo un todo, un preciosísimo mosaico donde no faltan las flores, la tira bordada y los lazos. Sensibilidad en vena, mujeres que diseñaron cada cuadro o triángulo y decidieron cómo sería el cuadro final, como en la película Donde reside el amor. Aún no la he estrenado. Espero los días fríos con alegría para poder cobijarme debajo de su belleza.

Una ensaladera comprada en un mercadillo de Portugal de corazones asimétricos, esta maravillosa colcha encontrada en Vielha, un cubrepán bordado que me regaló una buena monja (¿qué habría sido de ella?), el mantel de mi abuela, la colcha de ganchillo de mi bisabuela... Benditas manos. Que no se pierda nunca la artesanía, que los artesanos puedan seguir viviendo de su trabajo y que estos saberes milenarios no se pierdan. Se lo debemos a los que nos precedieron.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

11 sept 2021

  • 11.9.21
Si quieres que el tiempo se pare, si quieres ver que esto de vivir es otra cosa, has de ir a Portugal. El sol calienta pero no quema, la brisa marina todo lo calma. Señoras con pañuelos oscuros en la cabeza que ofrecen sus productos, su artesanía o su bacalao secado al sol. Casas de colores, platos antiguos, vírgenes y santos. Mosaicos en el suelo que simulan olas, pisadas lentas... Pasito a pasito también se llega al destino.


Cadencia en el hablar, cabellos oscuros, mezcla de pieles y ojos que no buscan. ¿Para qué correr? ¿Dónde está el fuego? Comidas largas, paseos calmos buscando un banco en el cancelar y esperar a que la mar se trague el sol. Un sol redondo y naranja que se lleva el calor, dejándonos con el aire húmedo del Atlántico para que nos acune.

Es verano, pero la cama no lo sabe. Sábanas y colchas nos acompañan en estas noches que hablan de otoño. Solo la luz del día te devuelve al verano azul, al mar brillante difuminando la línea que separa los dos azules –el más oscuro es el del mar–. Gente que ríe, familias que saltan las olas, vendedores ambulantes que gritan –pero aquí las voces son más calmas–, líneas de casetas de colores que contrastan con las sombrillas bajas.

Nadie corre, nadie sube la voz. La cámara lenta está siempre presente. No hay obligaciones: solo sentir y descansar. Madres que comen a besos a sus hijos; niños que ríen saltando las obras. Es fácil mimetizarse en este paisaje, olvidar las preocupaciones y relajarse. Piel que siente la brisa húmeda y fresca, ojos pegados por la luz del océano y barcas que vuelven seguidas de miles de gaviotas hambrientas.

Por la mañana, abres los ojos y miras al cielo. Si la niebla y la bruma esconden el sol, es día de paseo. Si el sol brilla, la playa nos espera. Noches suaves con ese clima atlántico que estudiamos en el colegio. Solo queda sentir, cogernos de la mano y andar parándonos de vez en cuando para sorprendernos una vez más con el azul del cielo o con las olas plateadas del atardecer. Luego viene la rebeca, los abrazos, la cena ligera, la película consensuada y dormir juntos ayudados por el fresco.

Aún me queda algún pensamiento de los de "tengo que hacer". Pero, ante tanta calma y parsimonia, una se olvida de los deberes y vuelve al momento único e irrepetible. No quiero que este tiempo se acabe y ese pensamiento me impide disfrutar plenamente. Pero también lo dejo pasar, como pasan los olas: unas tras otras.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

4 sept 2021

  • 4.9.21
Hace tiempo que no escribo, que no te cuento cómo estoy o cómo voy. Es que, a veces, me pierdo por los laberintos de mi mente y aparezco en una cueva cuadrada, herméticamente cerrada, de la que me cuesta escapar. Ya llevo varios años intentando no volver allí porque no me gusta su oscuridad pero, cuando menos lo espero, me levanto allí, sin poder abrir los ojos.


Sé que es un espejismo de mi mente, que la realidad está fuera de ese pozo de tristeza, pero me cuesta salir y, sobre todo, me cuesta aceptarlo. Muchas veces creo que mi cabeza es superfuerte y, cuando me veo de nuevo en aquella oquedad, me vengo abajo porque cuando estoy alegre y feliz siempre pienso que todo está superado y que ya soy libre.

Mis hormonas no ayudan. Me dicen los análisis que tengo las hormonas de una chica de 18 años, pero están en el cuerpo de una mujer de 40 que no aguanta más tanta subida y bajada. Solo las mujeres que sufren lo mismo que yo me pueden entender. Las emociones no se controlan y, mucho menos, cuando tu cuerpo se hincha como un globo a punto de explotar.

Intento dejarme llevar por el curso del río que es mi vida, pero la travesía es tumultuosa. He ido a médicos de todo tipo, ya que quiero tener una existencia más plana, pero siempre me dicen que esto es lo que hay. Tengo esta edad y “aguántate”.

Lo peor fue cuando una ginecóloga me dijo que el único arreglo posible era “quitarme veinte años“. Fue muy duro escuchar esto de una mujer, que yo suponía que iba a tener más empatía con mis circunstancias. A lo mejor el karma se lo devuelve cuando tenga mi edad.

Me agarro a estas hojas para no caerme del alambre y poder ver la luz Y no solo la oscuridad de los pensamientos. Hago recuento de lo que tengo, de lo que he conseguido y me digo que tengo que estar bien, como si fuera una obligación.

¡Qué suerte haber nacido con mucha serotonina y no sufrir! El resto de los mortales tenemos que agarrarnos a la hora para no dejarnos arrastrar por la tristeza que da el pasado o por la ansiedad que produce un futuro cada vez más incierto.

Ya no hay seguridades, ¿las hubo alguna vez? Me centraré hoy en el mar y en las olas. Bajaré al cuerpo para disfrutar de sus abrazos y hablaré con la gente que quiero de risas y tonterías.

Tanto cuadrado estúpido para nada. Todo está abierto, todo está en cambio. Mi sensibilidad y mis ganas de vivir son perennes. El fueguito alrededor del corazón aún arde. Hay que cuidar a la niña que se crio sola. Tengo que fusionarme en ella y escribir menos "peros" matadores.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

7 ago 2021

  • 7.8.21
Las mujeres son peores que los hombres: ellos son más nobles. Las mujeres, entre ellas, se llevan a matar, se critican y no se fían unas de otras... Y así, un largo etcétera de estupideces dichas por mujeres machistas y malas. Porque la que piensa mal es la que tiene el problema la que envidia y siente coraje ante la libertad ajena.


Las mujeres, en general, nos llevamos muy bien. Podemos discutir, sí, pero ahí estamos siempre para ayudarnos unas a otras. Nos ponemos en el lugar de la que sufre por un hijo, aunque no seamos madres; o de la que le acaban de extirpar una mama. De la que cuida de sus padres; de la que ha dado más de lo que ha recibido en una relación de pareja...

Sororidad es una palabra preciosa que nos une, con independencia de las diversidades personales. Tengo la suerte de formar parte de varios grupos de hermanas elegidas, que siempre están ahí, en la alegría y en la enfermedad. Me acompañan en mi día a día. Saben cuándo necesito una llamada, un abrazo y disfrutan de mis logros y yo de los de ellas.

Quiero olvidar a aquellas que se cruzaron en mi camino solo para recibir. Somos humanos. Hay hombres y mujeres buenas y malas. Yo me siento muy bien con mis amigos hombres: no distingo sexos en la amistad. Pero, a veces, es necesario hablar con esa amiga a la que le duele la regla como a ti o irse un fin de semana de mujeres con el sano propósito de reírnos por todo. Incluso, de nosotras mismas.

Se acerca el 50 cumpleaños de algunas y estamos inventando viajes. No tienen que ser largos, ni de lujo: solo tienen que ser un tiempo para nosotras, recordando las mil anécdotas que hemos vivido juntas. Un fin de semana en Tarifa puede ayudar a una semana de estrés; una tarde de tortitas caseras abriga más que un edredón nórdico.

Sonrisas cómplices, penas compartidas, risas infantiles, chistes tontos y el cuerpo se relaja y encuentra un oasis en la monotonía diaria. Todas mis amigas son diferentes, pero complementarias. Y lo importante siempre es respetar a la otra, no imponer.

Para mí, lo fundamental, lo que me emociona, es poder ser yo misma, sin tener que medir las palabras o sin creer que me están juzgando todo el tiempo. Las afinidades se dan, como el amor, con unas personas sí y con otras no. Pero me gusta sentirme acompañada en el camino por mi familia, por mi amor, por mis amigos y por ellas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

24 jul 2021

  • 24.7.21
La blancura del calor extremo ha convertido el sol en luna. Luna diurna que preside una nube de polvo que todo lo esconde. Pareciera que Monet hubiese pintado el paisaje con la bruma que usó en aquel cuadro de Londres, donde todo es blancura e imágenes fantasmales de una gran ciudad en la que jugamos al escondite tratando de adivinar dónde está la Torre de Londres o el Big Ben.


El horizonte ha desaparecido y los contornos borrados con una mala goma. Día apocalíptico que contemplo resguardada desde mi asiento en un viejo tren. ¿Se puede ser viejo con solo 30 años? Hoy todo envejece con rapidez. O quizá ha sido siempre así. Pero no ha sido hasta ahora, cuando se ha poblado de canas mí cabeza, que he sido consciente de esta gran verdad. De hecho, una de mis amigas odia que hable de años, como si convertirlos en tabú fuera el hechizo para parar el tiempo o al menos la consciencia de éste.

Cada vez que levanto la vista de El infinito en un junco y observo esa desasosegante blancura, mi miedo a salir del libro aumenta. En él sigo un camino de luz que me guía por mi vida: los libros. Descubro con Irene Vallejo la eterna rebeldía de las mujeres y cómo desde antes de Cristo nos han querido callar cada vez que alcanzábamos un pequeño alcor.

Vuelta a la cueva del silencio. Hermanas, no bajéis la guardia nunca. Recorro el camino de la oralidad a la escritura, contemplo el nacimiento del alfabeto. Me asombra la sabiduría de pueblos hoy atrasados por creencias. Todo está en movimiento: no solo la Tierra da vueltas, también la inteligencia humana.

Poesía lírica porque se cantaba con una lira; pergamino por la falta de suministro de la planta del papiro. Faraones de origen griego, griegos que se convierten en soldados de Salamina contra el poderoso invasor. La historia de los libros es tan apasionante como ellos.

El origen de las letras está en los signos que representaban al mundo. La escritura cuneiforme, las ganas de pasar a la eternidad a través de una obra, la libertad de Safos... Miles de momentos se hallan en este gran ensayo.

Espero a que la noche, si bien no atenúe mucho la canícula de este día de estío, disipe esta niebla de polvo que nos obliga al sedentarismo y al frío seco que se esconde tras los grandes cristales, privándonos de nuestro supuesto libre albedrío. Vete, sol disfrazado. Y deja a la verdadera luna que contemple nuestros sueños.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

17 jul 2021

  • 17.7.21
Cepillos de dientes de plástico que se tiran continuamente; bolígrafos que regalan por doquier y que, una vez que se les acaba la tinta, terminan en el cubo de la basura sin posibilidad de recambio... Seguimos viviendo como si hubiera mil planetas en los que acumular nuestra mierda. Pero reciclar también contamina.


Hace poco he estado en una hamburguesería y te dan miles de sobrecitos de kétchup. Y muchos terminan tirados, sin abrir siquiera. Plástico por todas partes. Mi bolsa de reciclaje se llena en un santiamén: cartón de leche, yogur, bote de gel, champú, bandeja del pollo, envoltorio de fiambre, producto de limpieza, desodorante... Y así, un largo etcétera.

¿A qué esperamos para cambiar la forma de envasar todo? Hay ya bolsas hechas de patata; los bolígrafos podían ser de otro material y recargables. Y lo mismo con los refrescos: volvamos al cristal y a devolver los cascos usados a las tiendas.

Yo prohibiría todo lo que no sea biodegradable, todo aquello que no pueda devolverse al planeta sin causarle daño. Quiero que Alma respire aire puro, que vea árboles y montañas que no sean de escombros y basura. Que pueda seguir bebiendo agua del grifo y nadando en ríos y en el mar. Que el cielo siga siendo azul.

A mis cuarenta y tantos aún me queda algo de aquella rebeldía juvenil que quería cambiar el mundo para que fuera un lugar mejor. Solo me queda hacer mi parte después de ver cómo se anteponen al bien común y a la salud el dinero a corto plazo o la dudosa libertad para tomar copas. Pero poco espero ya de los de arriba o de la masa.

De todas formas, no puedo vivir enfadada: no me sienta bien. Solo puedo acostarme tranquila sabiendo que, por mi parte, hago todo lo que puedo. Así que ya tengo un estropajo y un cepillo de dientes ecológicos. Y seguiré indagando para buscar más cosas. La Tierra llora nuestra falta de empatía y su resiliencia se acaba.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

10 jul 2021

  • 10.7.21
Me da rabia que a los periodistas y presentadores andaluces les corrijan su acento, que es fruto de nuestra habla. Hablar andaluz no implica en ningún caso incurrir en errores gramaticales, sin embargo, nos inundan de programas en la tele, incluidos los telediarios, en los que abundan los leísmos y los laísmos y no pasa absolutamente nada.


En mi Andalucía, los niños y niñas aprendíamos a encontrar el objeto o complemento directo no solo preguntándole al verbo: "¿Qué es lo que...?", sino también sustituyéndolo por "lo" o por "la". Y ahora, con tanto laísmo, resulta imposible hacerlo.

¿Por qué no exigen en las películas, en los programas o en las noticias hablar correctamente? La Real Academia Española (RAE) solo reconoce el "le" para el masculino singular de persona. Es decir, "no le veo" lo acepta si va dirigido a un hombre, aunque lo correcto es "no lo veo": "No veo al gato, no lo veo"; "no los veo y no, no les veo".

Cada vez que escucho un leísmo –o, peor aún, un laísmo– del tipo "la dije" es como un martillazo en mi cabeza educada en la corrección lingüística. Te lo he dicho muchas veces: el gran capital de los hispanohablantes es nuestro idioma. Y por eso deberíamos cuidarlo más, deberíamos no empobrecerlo con extranjerismos: ya es rico en sí.

Como dice mi amor, es maravilloso coger un avión y, catorce horas después, aterrizar en un país donde hablan tu lengua, donde te entienden. Eso no les pasa a los alemanes o a otros vecinos europeos.

Hablemos español con nuestro acento, pero sin incorrecciones. Pobres alumnos y alumnas que ya no pueden encontrar el objeto directo fácilmente o que ya no lo pueden distinguir del objeto indirecto. En Andalucía hablamos un dialecto pero escribimos castellano con todas sus eses. Señores de la RAE, "limpien, fijen y den esplendor".

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

19 jun 2021

  • 19.6.21
Es maravilloso ser tita: es el mejor rol del mundo mundial. Los padres educan, los abuelos consienten y las titas estamos para disfrutar de los sobrinos. Nos los comemos a besos, les enseñamos cosas, jugamos con ellos y la parte más difícil queda para los padres. Un día de brío con ellos, al que sigue un noche tranquila porque te vas a tu casa; porque no continúas con los baños, con las cenas y con las noches en vela. Lo haces, pero de vez en cuando, no todos los días: ya tienen a sus padres.


Ser tita no es cuestión de consanguinidad. Es cuestión de amor. Yo soy una tita feliz, que vuela cuando siente los brazos de Alma en el cuello y diciendo "ay". Un "ay" de ella es la mejor medicina para un día difícil. Verla correr hacia mí en el parque es una sensación que solo se puede vivir. Imposible desgajar para explicarla.

Ayer, mientras miraba el móvil, me dijo: "Hola, tita". Lo hizo en una videollamada, con sus rizos acaracolados y con esa mirada azul felina que puede ser un peligro en el futuro... Y entonces quieres traspasar la pantalla y comértela a "bocaítos".

Es maravilloso ver el mundo a través de sus ojos. La piscina es una playa y esconderse es el mejor juego posible. ¿Dónde está Alma? Su risa contagiosa cuando la pillo es un estallido de felicidad. Gesticula con sus pequeñas manos iguales a las de su padre y me da explicaciones que apenas logro entender.

Le gusta bailar como a la abuela, que es un trompo. Intenta hacer con su cuerpecito todos los movimientos que ve en la pantalla. Es tan tierno ver cómo su coordinación avanza... Un cuento de cuatro hojas se puede convertir en un libro de 500 páginas. Continuamente quiere que le cuente cosas del mismo y la tita va descubriendo un gusanito que le había pasado desapercibido en la rama de un árbol y disfruta buscando los dinosaurios escondidos en las tres dimensiones. Podemos ver el cuento más de 20 veces seguidas y no se cansa.

Tiene uno de animales con sonidos. El otro día me cogía el dedo mientras me decía "ira, tita" con su media lengua. Y me lo llevaba al botón donde cantaba el pajarito o el pato soltaba su característico "cua, cua".

¿En qué momento perdemos la capacidad de asombro? ¿Cuándo deja de llamarnos la atención la naturaleza y todo lo que nos rodea? La sensación de amor y de protección que me venía cuando estoy con ella es la mejor de las medicinas. Mi mente libera miles de hormonas de alegría y bienestar. Y no puedo parar de decirle que la quiero.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

12 jun 2021

  • 12.6.21
Debería existir un Infierno de verdad, uno al que vaya la gente mala, los seres a los que les gusta hacer daño a los demás, que sienten placer haciéndolo. Recuerdo cómo un genetista me contaba que los seres humanos somos un conjunto de genes y que éstos quieren seguir en el planeta y, para ello, tenemos el instinto de la reproducción. Genes que han sobrevivido miles de años y han llegado hasta aquí. Y quieren seguir existiendo.


Por otro lado, los bebés y los niños están diseñados para despertar nuestra ternura, nuestro instinto de protección, el amor intangible que vive en nuestra mente. Por eso, no entiendo cómo una mala bestia puede matar a sus hijos, matar a su descendencia, a su oportunidad de seguir en la Tierra.

La maldad existe. Tanta filosofía humanista para, al final, descubrir que hay seres que no son humanos; seres malos capaces de cometer atrocidades. ¿Cómo pudo matar a esas niñas, a esos angelitos que empezaban a descubrir la vida? ¿Cómo, después de sentir sus abrazos, su calorcito y ese maravilloso olor a vida pudo planear sus asesinatos?

¿Cómo, después de un "papá, te quiero" mirándote a los ojos, pudiste matarlas, pedazo de cabrón? Creíste que eran de tu propiedad, un juguete que puedes tirar cuando quieras y solo para hacer daño a una madre. Por eso, espero que estés en el Infierno y que hayas tenido una muerte dolorosa.

¿Dónde está la ley? ¿Dónde están la Justicia y sus fiscales para proteger a los menores? Un mensaje de amenaza debe servir para distanciar al maltratador de su prole. Y no, señorías, uno que amenaza y quiere hacer daño no es un buen padre.

Mujeres del mundo, elegid bien a los padres de vuestras criaturas. Para echar un polvo, cualquiera vale; para casarse o tener una pareja, te puedes conformar; pero para seleccionar un padre para tus hijos, no. Igual que la leona elige al león más fuerte y de mejor pelaje, nosotras debemos buscar la bondad, la capacidad de amar y de proteger a las crías. Cualquier indicio de agresividad es suficiente para descartar a un posible padre.

Hubo una mujer a la que grité para que no tuviera hijos con un personaje que ya había demostrado ser cruel con ella. Pero los tuvo y ahora vive el infierno. Pobres niños. Menos físico y menos atracción loca y más usar nuestra parte racional, que para eso somos humanos.

Debemos procurar tener una maternidad responsable con un hombre que, si el día de mañana se rompe el amor, va a seguir queriendo y cuidando a sus hijos. Es verdad que algunos son perfectos actores, pero a otros se les ve venir desde el principio.

Nuestro hijos no se merecen a esa clase de padres. Nadie se lo merece. Hay miles de hombres buenos que conocer. Buscad, buscad antes de ataros a un ser malvado de por vida. Porque los hijos os van a tener atadas a esos padres para siempre.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

22 may 2021

  • 22.5.21
Volvieron las oscuras golondrinas a Sevilla, pero esta vez no había hermosura o dicha que las refrenaran. Volaban rápidas, haciendo figuras en el aire y decidieron hacer sus nidos en la estación de autobuses que no va a Cádiz. Decenas de nidos fijos pueblan el exterior de la estación, hogar de estas hermosas aves en primavera.


Polluelos que esperan comida sacando sus cabecitas y picos rojos, piando para reclamar sustento. Los padres vienen y van trayendo algún suculento insecto, mientras ellos se resguardan en sus rústicos nidos.

Ellas viven una vida paralela a la que ocurre en el suelo. Gente que entra y sale; enamorados que se despiden; caras llorosas de alegría o pérdida; autobuses que cogen el norte o el oeste a horas fijadas, mientras arriba, en lo alto de la pared de cemento, ellas siguen con su ciclo de la vida.

Atravieso la mañana y las veo volar en vertical, con sus pequeñas alas, en grupo o solas. Espectáculo gratuito matinal que me hace levantar la vista del suelo. El cielo también existe, no solo la rapidez de los pasos. Las encuentro tiernas y preciosas, ¿será por el poema?

No tengo balcón. Las madreselvas no pueden escalar, ni abrir sus flores a la tarde. Solo las golondrinas y el amor me dicen que es primavera en la ciudad de Bécquer. Golondrinas, quedaos un poco más, no es hora aún de ir al sur. Quedaos y regaladnos vuestros vuelos para que nos ayuden a ver la vida que se va.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

15 may 2021

  • 15.5.21
Siempre digo que los seres humanos somos simplemente tiempo. Y ahora que tengo tiempo, no sé qué hacer con él. Mi vida siempre es un Tetris donde mil tareas tienen que encontrar hueco en un día. Y ahora la cuarentena me frena en seco, ya que he tenido contacto con un positivo.


Cuando siempre te mueves por obligaciones y éstas se tienen que parar, tu mente empieza a hacer un escaneo buscando algo que hacer. No estoy preparada para tener tiempo libre. Yo leía y disfrutaba viendo el movimiento del mar. Yo podía mirar al cielo durante horas; yo podía no hacer nada; yo podía dormir horas adormecida por el frío o el calor.

Pero llevo años en que me muevo a golpe de tambor. Y ahora no suena ese tambor en mi cabeza y no sé qué hacer. Me he metido en mi testa y he abierto el baúl para encontrar a aquella "yo" que disfrutaba sin planificación y sin rumbo. ¿Dónde está esa mujer? Sé que fui así: tú lo sabes y mis fotos lo confirman.

Tendré que volver a los libros, a vivir otras vidas sin salir de casa. Espero encontrar en ellos el permiso para abandonarme a la felicidad del libre albedrío. Soy el elefante del cuento de Bucay: estoy atada por un pie a una cuerda inmovilizadora que no es tal. Me he acostumbrado a la cuerda o es quizá la inercia la que no me deja andar y sacar el clavo del suelo.

Sigo divagando y no asumo mi tiempo. Soy yo... Solo soy tiempo y ahora tengo como reto utilizarlo para vivir. Gran misión me queda.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

8 may 2021

  • 8.5.21
Tengo que dejar de ser madre de la humanidad, madre de todos aquellos que me rodean. Dejar de pelear por adultos que deciden por sí mismos y que no quieren abrir los ojos. Me preocupo por todos y por todo, creyéndome una giganta que todo lo puede, que puede cambiar el mundo, que puede puede abrir las mentes y los corazones. Pero no puedo.


Solo soy un ser humano limitado, cansado, sin poderes especiales, que trata de sortear el día a día lo mejor que puede y sabe. Yo no tengo un paraguas grande, yo no puedo salvar el mundo, yo no puedo estar todo el día previniendo al que decide ir en su contra.

Tengo que dejar de ser madre. Los polluelos han crecido, cada uno toma sus propias decisiones y tienen que volar libres. ¿Cuándo me autonombré salvadora de las personas y del planeta? Mi energía se agota y no consigo nada. El pueblo es libre de escoger camino.

Yo seguiré con mi conciencia social y mi sensibilidad, pero ya sin creerme tutora de nadie, aceptando la Historia con sus vaivenes. Necesito descansar: la lucha me ha dejado devastada. No soy un faro que ilumine, simplemente soy un marinero con su pequeña barca que trata de llegar a algún lugar donde cobijarse.

Tener cultura te ayuda en la vida pero también te destroza, te obliga a ver los fantasmas de frente, esos que se esconden tras bonitas palabras, esos que mueven masas sin destino. No soy polvo de estrellas, solo soy un grano de arena. Seguiré en esta solitaria playa mientras las olas del odio lo permitan.

Soy luz de día azul a la que sigue la luz de las estrellas, cambios en los astros, frío y lluvia seguidos de calor y viento. Cuatro estaciones, siete días, cambios que se repiten. Esto es lo único que tengo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

1 may 2021

  • 1.5.21
Llevo una semana odiando. Odiando a la gente que no se informa, a la gente que opina sin saber, a la gente que no conoce la Historia y quiere que se repita. Odiando la frivolidad, la injusticia, la falta de conciencia social, el egoísmo supino y la mentira que somete.


Vuelvo al periodo de entreguerras del siglo XX. Veo cómo se manipula a la gente sin esperanza para que apoyen a parásitos que no aportan nada y, además, minan la paz y el equilibrio tan necesarios en la convivencia de cualquier pueblo.

Me he dado cuenta de que odiar no me hace bien: mi corazón no está preparado para ese sentimiento negro y oscuro que absorbe mi energía y encoge mi alma, produciendo un latido sordo entre mis costillas que retumba hasta en mi cabeza. Otra vez soy una campana.

Y es que he caído en las redes de los voceros odiadores. Sí, he sucumbido a sus malas artes. He terminando odiando, odiándolos a ellos y a sus simpatizantes. Y no, yo no quiero ser como ellos. Yo soy una buena persona que siempre mira al prójimo y lo trata de ayudar.

Si me radicalizo, me vuelvo como ellos y ellos ganan en su batalla por amargar la vida a todos. Hoy me sacudo ese odio y esa intolerancia y acepto que cada uno lleva un camino y es hijo de sus circunstancias. Yo quiero seguir siendo yo. Quiero seguir sintiendo que es el amor el que mueve el mundo. Fuera los demonios.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

24 abr 2021

  • 24.4.21
Recién duchada, oliendo a serenidad, con la niña que fui en brazos, prometiéndole cuidarla cada día. Diluida en mi sofá y descubriendo que la vida tiene que ser otra cosa, vislumbrando un camino de paz y dejando sobre una piedra el latido sordo que me vuelve campana. Hoy la noche me susurra que el cambio es posible…


La tarde ha sido suave como el tiempo. Me gusta la felicidad serena y descubrir cómo una persona que antes estaba poseída por el estrés, ahora disfruta de la vida que corre por sus venas. La clave: el contacto con la naturaleza y compartir su vida con un amor de verdad.

Además de la paz que me ha transmitido, me ha regalado dos mermeladas hechas por él. Disfruto de la paz y de la felicidad ajenas. Ayer unos árboles me invitaron a entrar en un bosque, a sentir el crujido de las hojas de otoño al pasear, a contemplar el juego de luces que el sol provoca entre las copas de los árboles, abrazar un álamo y yo, como Ulises, quise seguir ese canto… Pero no pude.

El vigilante del museo no me habría dejado nunca meterme dentro del Bosque de Marly pintado por Pissaro... Cristales sucios, casas que corren, pinos al borde de la vida, oscuridad dentro de la montaña, camino del rey, presa con agua, gente que habla, una chica que observa...

Movimiento que acuna, vías anchas y antiguas, tiempo que corre, el mar que se acerca, nubes que se esconden, alguien solo que espera, alma que se expande, cuerpo que busca, calma que se encuentra. Viaje en tren. Mientras yo leo ayudada por la luz que inunda mi salón, ellas hacen su fotosíntesis en silencio, enhiestas, atrapando mi mirada con su belleza, sacándome del libro, hablándome de realidad, de naturaleza…

La posición del sol va cambiando y me cuenta que los días de estío llegan a su fin y a mí me inunda una sensación de agradecimiento por los días de verano pasados. Mi verano ha sido tranquilo, en familia, lleno de horas de sueño, de tardes viendo romper las olas, de sardinas, de paseos bajo el sol de la mañana, de nuevas amistades, de visitas queridas con viajes en carrusel y charlas a deshoras; de tiempos muertos y cambios en el destino del viento.

Y doy gracias por haber sido consciente de que esto es la vida: sin objetivos, sin viajes lejanos, sin deberías… A veces hay que darse cuenta de que ser rica es tener los cinco sentidos, gente que te quiere, una casa donde vivir y comida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

17 abr 2021

  • 17.4.21
Alma crece a la velocidad de la luz. Hace solo unos meses andaba agarrándose a la mesa y ahora vuela con su patinete. Es maravilloso ver en ella las etapas de evolución del ser humano. Primero te arrastras por el suelo, luego gateas, te vas izando y, un buen día, andas sola. Le puedes al miedo a la gravedad y corres, saltas y bailas.


Hasta hace dos semanas solo hablaba una especie de japonés. Me miraba con sus grandes ojos azules, gesticulaba con sus manecitas y soltaba sonidos esperando que yo la entendiera. Soltó un "papá", luego un "mamá" y ahora ya dice "abuela" y "tita". Y saluda. Aprende palabras por días.

Pero aún huele a bebé y tiene ese calorcito de vida que enternece. Cuando sus bracitos rodean mi cuello y me dan un "ay", me derrito y soy consciente de que soy feliz. El tiempo se para y ya me concentro en sentirla.

Físicamente, Alma es muy fuerte y, a veces, casi kamikaze. Pero luego es un pajarito asustado cuando ve a alguien nuevo o va a un sitio desconocido. Se agarra a sus padres o a su abuela buscando refugio mientras sus ojos se vuelven enormes por el miedo y su cuerpecito tiembla.

Cuando la veo reír y jugar con cualquier cosa, mi corazón se expande y descubre que el paraíso está en una infancia querida y protegida. Bendita risa y bendita inocencia. Mi muñeca, mi Alma, mi reina, mi sitio favorito del mundo... Me hace pensar que hubo un tiempo en que siempre éramos felices y la vida era fácil.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

3 abr 2021

  • 3.4.21
Tengo –tenemos– dos opciones en este momento: o nos miramos el ombligo y despotricamos todo el día acerca de nuestra mala suerte y nos hundimos en el lodo del victimismo o miramos alrededor para ver qué hacer que nos haga sentir bien, dentro de las posibilidades de la jaula de la pandemia. Buscar emociones que nos hablen de vida y no de muerte.


El viernes pasado fue uno de esos días en los que algo se rompió en mí y pensé: "esto no es vivir, es dejarse arrastrar por las malas noticias". ¿Qué me hace feliz a mí? ¿Qué me emociona? Claramente, el arte en todas sus versiones.

Busqué la oferta cultural de mi ciudad y esa misma tarde había un recital de la soprano Ainhoa Arteta y la mezzosoprano Nancy F. Herrera. Ahí iba a estar yo. Sola o acompañada. Al final, una de mis amigas del alma me acompañó. Otra alma que vibra con la música.

Nos tomaron la temperatura, respetamos las distancias de seguridad y nos sentamos en nuestros asientos. Una entrada no muy cara nos permitió volar durante casi dos horas. Dos mujeres brillantes que no se hicieron sombra. Ainhoa, con sus agudos y su divismo no histriónico, y Nancy, con la artista que es. ¡Qué Carmen más maravillosa! Con su vestido fucsia de cola y sus movimientos de mantón bordado capaces de derrotar a toda la tropa francesa.

"Lo necesitaba". Ese fue el suspiro que se nos escapó a las dos a la salida. Necesitábamos sentirnos vivas, ya sea con un paseo por el campo, comiendo al aire libre con un amigo o escuchando a todo volumen ese disco de rock que nos vuelve locas.

Ayer practiqué otra de mis pasiones: hice una visita guiada a un pueblo cercano y aprendí algo más de nuestra historia, de cómo vivían los que nos han precedido. De cómo el hombre y la mujer siempre se han movido para descubrir nuevos lugares; de cómo han ido evolucionando y de lo que aún nos queda por mejorar.

Plantéate qué hace tu día diferente, qué pequeño gesto o decisión pueden marcar la diferencia entre la rutina y un momento para recordar. No se necesitan grandes estridencias, solo buscar la ilusión y dejarse llevar por ella. No quiero que el tiempo me huya: seré yo la que lo controle con mi reloj de arena.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

20 mar 2021

  • 20.3.21
Los sentidos son los únicos que nos permiten viajar a un tiempo pretérito. A menudo a momentos felices o, cuando menos, alegres. He recuperado aquella camisa de organdí que tanto me acompañó en esas noches de risas y bailes por bares desconocidos, con mi traje sastre y mi reloj con cadena, herencia de algún antepasado.


Aquello era libertad: vestir como quería, ir a clubes llenos de gente diferente donde todo el mundo cabía. "Diversidad" era la palabra. Nadie criticaba a nadie, la música nos unía. La uniformidad me aterra. Jóvenes con salud de hierro capaces de bailar sin parar durante horas.

Nunca probé las drogas, no más allá del alcohol y algún cigarro que me supo a estiércol. Era la novedad: había que probar el maldito cigarro. Gracias que a mí no me atrapó. Mi droga favorita es la música, la buena música, esa que es eterna y está llena de sensaciones, que te libera, a la par que te hipnotiza.

Cuando suenan los primeros acordes de guitarra de Long train running, de The Doobie Brothers, las piernas reviven, cobran independencia: son serpientes indias que solo responden a la flauta. Ese veneno va subiendo por la cintura, se extiende por los brazos y suelta el cuello. La cabeza no puede parar de moverse y los pensamientos desaparecen. Explosión de emociones que me hacen etérea e insuflan mi pecho con un cosquilleo de pura felicidad.

Podría saltar, gritar. Miradas cómplices con mis amigas adictas al baile. Esta nos gusta. Va muriendo la canción y la mente se prepara para la siguiente. Por favor, por favor, que sea Show me love de Robin S. El disc jockey era un mago: mezclaba con tanta elegancia que te mantenía todo el tiempo en una nube de endorfinas, sin parar el ritmo. Y todo por una camisa...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

13 mar 2021

  • 13.3.21
Tengo miedo de que ganen los tuyos. Tengo miedo de que ganen los míos. Tengo miedo de los extremos, de las polaridades que se están dando en nuestra tierra. No la mía, ni la tuya, sino la de todos. La nuestra. Recuerdo mis charlas con don Daniel cuando me hablaba de la guerra fratricida que asoló España en el siglo XX. Pero nosotros no necesitamos ir a ninguna guerra mundial: nos matamos entre nosotros. Me contó lo que era el frente, cómo intercambiaban tabaco con el otro bando antes de dispararse.


En un país siempre dividido, donde conviven aún distintos reinos, el odio es muy peligroso. Hay gente que se empeña en que nos odiemos, en que veamos al que piensa diferente como el enemigo. Tú contra mí, yo contra ti.

Este país no es más que la sangre de todos aquellos que vivimos cobijados bajo su manto de mar y montañas, de sol y nieve, de frío y de calor. Todo es necesario, todo cabe. No dejemos que nos metan mierda en la cabeza. No dejemos que se pierda esa hospitalidad con la que todos nacemos. No permitamos que nos convenzan de que el otro es una cosa.

Por favor, no volvamos al siglo XX. Avancemos en empatía. Conozcámonos, hablemos y descubriremos que todos somos iguales. Todos reímos y tenemos miedos. Todos necesitamos un abrazo y tener el derecho a ser nosotros mismos

Individualidad y colectividad es posible si nos miramos como hermanos con gustos diferentes. Aprendamos a respetarnos, hagamos de la democracia nuestra máxima vocación. Como dice Juanes, "ama tu sangre y no la riegues por ahí". Me niego a ser una odiadora.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

27 feb 2021

  • 27.2.21
Es verdad lo que dicen las voces del mundo de la cultura: ir a un espectáculo es seguro. Hay un protocolo rígido, se mantienen las distancias de seguridad y, en todo momento, portamos la mascarilla salvadora. Estuve viendo hace poco, por segunda vez, la obra teatral de Valle Inclán titulada Luces de Bohemia.


No fue una segunda vez predeterminada. Simplemente, cuando subieron el telón, me di cuenta de que esta magnífica representación del Teatro Clásico de Sevilla la había visto tiempo atrás. Pero mereció la pena verla de nuevo porque muchas de las reflexiones que se hacen de la sociedad y de la política están totalmente vigentes.

Escrita en los años veinte del siglo XX, Luces de Bohemia describe el esperpento que aún en pleno siglo XXI vivimos. Seguimos con desigualdades, con falta de justicia social, con persecución al diferente y denostando al librepensante. Políticos que se disfrazan para chupar del bote del erario. Pobreza intelectual y que aviva el mal ingenio. Gentes que se dedican a robar a los que menos tienen.

La representación era sobria, pero cargada de verdad y de reflexiones vitales. Somos el país del esperpento. El final fue muy emocionante y emotivo: un grupo de actores que nos habían llevado a pensar y a sentir bajaban sus cabezas en muestra de agradecimiento a un público cubierto con mascarillas y que aplaudía con entusiasmo.

Sus ojos agradecían no solo el aplauso, sino la valentía de haber pasado la puerta, comprado una entrada y haber apostado por la cultura, tan necesaria en estos tiempos. Fue un mismo final teatral, pero un final humano muy diferente al mundo antes de la pandemia. No fueron las mismas representaciones. Desde aquí me inclino hacia todos aquellos que nos alimentan el alma con sus creaciones y con sus puestas en escena. ¡Bravo!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
FOTOGRAFÍA: TEATRO CLÁSICO DE SEVILLA

20 feb 2021

  • 20.2.21
Regla, periodo, menstruación... Todos términos que hay que esconder, que provocan pudor, que no existen, que es una cosa de mujeres que no debe salir en ninguna conversación. Las abuelas decían que no te podías bañar porque se cortaba el flujo de sangre, que la leche se podía cortar si la tocaba una mujer en esos días en los que el endometrio sabe que no va a albergar una nueva vida y se desintegra.


Algunas tribus indias llevaban a las mujeres menstruantes a una choza aparte, como si aquello fuera algo sucio, algo que había que alejar de la comunidad; como si no fuera un proceso natural o un ciclo que, mes a mes, ocurre en el cuerpo de las mujeres.

Nuestro cuerpo es como la luna. No permanece estable: crece y mengua cada 28 días. Hay mujeres que han sido bendecidas por la madre naturaleza y no sufren dolores o cambios de humor, pero son pocas. La mayoría notamos los cambios: el cuerpo se expande para que, una vez finalizada la riada, vuelva de nuevo a su ser.

Tenemos días en los que la vida es más difícil porque millones de hormonas corren por nuestro organismo como locas adolescentes, haciéndonos pasar de la risa al llanto, de la necesidad de mimos a querer estar solas. Días de montaña rusa en los que es imposible bajarse de la atracción.

En mi caso, solo el chocolate y las pelis moñas pueden ayudarme. Cualquier cosa que haga una mujer lleva un esfuerzo extra. Cuando veo a las atletas o a las montañistas siempre pienso que el público no piensa en que son mujeres: las ven como hombres.

Ellas tienen que lidiar con sus hormonas, con el enfango que es tener que llevar todas esas "cosas" que necesitamos en los días en que la sangre fluye sin poder evitarlo. Hay que sentirse limpia, hay que cambiarse. Imagino a una gimnasta que tiene que hacer sus piruetas uno de esos días y me duele. Empatizo con ella y mi admiración es mayor.

La naturaleza es así: para el hombre los retos no tienen tantos frenos como para nosotras. Me consta que muchas mujeres recurren a pastillas para regular el ciclo, para que esos días negros no caigan en día de competición, pero no siempre es posible.

Es hora de que la gente deje de ver la menstruación como un tabú, como algo que hay que esconder. Y, sobre todo, que a ningún hombre se le ocurra utilizar lo que ocurre en nuestro cuerpo para atacarnos. Menos mal que ya quedan pocos cromañones. Mi chico, por ejemplo, se convierte esos días en un osito de peluche que me colma de mimos y de lindas palabras.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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