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10 jul. 2020

  • 10.7.20
Desde que nos confinamos, un pensamiento habitó mi mente y todavía me persigue: cómo vivieron esos días aquellos seres humanos que habitaban una doble vida. Aquellos que buscaban o encontraron el amor no en el marido o la esposa sino en el amante y en la amante respectivos. Cómo llenaban las horas vacías en sus pensamientos; cómo imaginaban a esa persona desde una memoria cada vez menos fidedigna, más difusa; cómo buscaban un rincón sin nadie en una vivienda de tan pocos metros para escuchar la voz de la otra persona; cómo le prometía abrazos que ya no podría cumplir y cómo estaba dispuesto/a a abrazar la muerte por oler a esa persona cerca de su mascarilla.



Cómo imaginaban estos amantes un futuro extraviado en el azar, cómo intentaron e intentan recomponer los sueños en un puzle encriptado. Les ha dejado esta época de pandemia una expresión quieta, de alguien que no comprende por qué, precisamente ahora, cuando la primavera rompía a florecer y los pájaros se apoderaban del asfalto y de otros árboles arrebatados, por qué ahora alguien ha derramado sobre la tierra esta condena bíblica, esta plaga que solo alumbraba las páginas de los libros, pero nunca los días en que planificábamos una felicidad a nuestra medida. Por qué ahora la literatura se volvió vida y la vida se extravió en los sueños y en las pesadillas.

Aquellos seres humanos, que imaginaron otra convivencia cerca de otra persona, estarán descifrando los desatinos de este paréntesis. Posiblemente el tiempo muerto, como en los partidos de fútbol, decida un final y no otro. Tal vez unos minutos de más o de menos, una palabra mal tirada a la red, una duda infundada o fundada, lleven en sus adentros una fuera motriz capaz de mover este mundo interior que creció en un mundo ya olvidado y que podría fenecer en una nueva normalidad en la que nada es como era antes.

Un tiempo muerto que acabará con la agonía, que le retorcerá el cuello al futuro planificado. Este otro tiempo es un desafío para ellos y para ellas, para quienes movieron la frontera de la libertad y desplazaron sus cuerpos por los laberintos de una doble personalidad.

Ahora tal vez no sepan qué mitad sobrevivió al espanto. Qué mitad de vida merece vivir en mitad de una cotidianeidad que nos amarró y que repudiamos, o si la mitad que fomentaba sueños volubles estalló en el aire como globo inflado de aire que ahora se desvanece.

Quién quedó indemne de aquellos que habitaban dos vidas, dos corazones, dos cuentas corrientes, dos destinos, dos desatinos. Qué parte de cada vida se inmunizó contra los desagravios del destino y qué otra mitad mutiló a la otra mitad para no ser víctima de un vacío irresoluble.

En realidad, aún sosteniendo en nuestros huesos una sola vida, siempre se multiplica en otros muchos canales imposibles de navegar: entre la vida de cada día y la vida onírica; entre la vida real y la otra posible; entre la que ignoramos y aquella que creemos conocer y reconocer. A veces, quién lo diría, somos una incógnita de nosotros mismos y para nosotros también.

Todos somos muchos y ninguno a la vez. Y si además compartimos esa identidad con dos personas, todos nos mimetizamos en personajes de una novela no escrita. La literatura es lo que tiene: en ocasiones nos absuelve de nuestros pecados y de nuestras posibilidades, y otras nos absorbe hasta el exterminio interior. Juan Ramón Jiménez lo escribió también, pero a su modo:

Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.

Somos quizás, quién lo hubiera pensado meses atrás, impostores de nosotros mismos, incapaces de reconocer nuestros zapatos cuando despertamos al amanecer, o de recordar nuestros sueños antes de que el café nos devuelva la amnesia que no queremos, o que el aire de la mañana nos devuelva una sola vida con un solo guion, sin una salida contraincendios interiores, una existencia hermética, sin fisuras, que alguien fabricó a nuestra medida.

Y en lo hondo de ese lodo incoloro solo alcanzamos a ver figuras sin contorno, formas que se diluyen y disuelven en la nada. Pasamos de una doble vida a un espacio sin nadie. Al fondo percibimos la presencia de criaturas que vemos o imaginamos desdobladas, inconcretas, tan abstractas como nosotros ahora, como si nadaran en un aire de nieve sin saber a dónde ir.

Ahora que volvemos a la vida que ayer dejamos desencajada o entreabierta, quienes duplicaron sus querencias y sus caprichos, tal vez hayan aprendido que los sueños son tan solubles e imperecederos como las piedras y que la vida –qué barbaridad– es tan efímera que ya no podemos llevar con nosotros aquellos días que nunca fueron nuestros.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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