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Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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28 ago. 2020

  • 28.8.20
Ringo Starr ha cumplido 80 años. Lo vemos vestido de negro, con gafas oscuras y cascos, sentado a la batería e interpretando con la cantante californiana Sheila E. Come Together, la canción mítica que abría Abbey Road, el último long play de The Beatles, aunque en realidad al final lo fuera Let it be, grabado unos meses antes. Come Together fue un plagio involuntario por parte de John Lennon de la canción de Chuck Berry You can’t catch me.



Este le demandó y llegaron al acuerdo de que John debía grabar un disco que se titularía Rock’n’roll y donde incluiría una versión original de la canción de Berry. Pese a todo, Come togheter se mantuvo como uno de los himnos más identificativos del grupo de Liverpool.

Veo ahora a Ringo Starr pegándole a la batería con una edad impostada, una técnica más refinada y una pasión por la música insólita. Fue el último en incorporarse al grupo, el menos creativo, un cantante mediocre y músico con poco que decir, pero era simpático, no demasiado alto, narigudo, y siempre tenía una sonrisa abierta que ha logrado cultivar y mantener con los años.

John Lennon decía de él –bromeando seriamente– que había sido el peor batería de The Beatles. Desde luego, a los 80 años maneja los tambores mejor que cuando se unió a los amigos con los que obtendría la inmortalidad, en este y en el otro mundo.

Ahora es abuelo de ocho nietos y un bisnieto, sigue igual de dicharachero que siempre y el año pasado publicó su último álbum titulado Waht’s my name, en cuya canción con igual título y, con el mismo humor al que nos tiene acostumbrados, él se pregunta cuál es su nombre y el coro le responde: “Ringo”.

Como no era nada creativo, sus compañeros le incluían alguna vez palabras o alguna frase en sus canciones y por esa misma razón puso voz a dos temas icónicos del grupo de Liverpool: Yellow submarine y With a little help from my friends. Y solo alcanzó a componer entonces dos canciones: Don’t pass me by y Octopus's Garden.

Mi generación vivió con la música de The Beatles, pero a partir de su separación. En 1970 Ringo Starr cantaba en solitario It don’t come easy, canción producida por su compañero George Harrison y compuesta a medias con él, igual que ocurriría con Photograph, sus dos principales éxitos. Yo había cumplido trece años y el grupo ya llevaba un año separado.

My sweet lord, de George Harrison, fue el himno de mi adolescencia. Prefería al beatle tranquilo antes que al siempre controvertido Lennon, al vanidoso McCartney y al inoperante Starr. Conservo una foto de aquel entonces en Las Zorreras y mi semejanza con el Harrison del disco blanco, como dice también Manuel Bellido, es asombrosa. Nos mimetizabámos.

Ringo Starr siempre fue un tipo con suerte. Nació con estrellas y las ha lucido hasta ahora en su nueva vida de octogenario feliz. Se había criado en una familia obrera y había sido dependiente en la carnicería de un pariente, pero a sus 13 años ya sabía que quería ser músico. Ignoraba, eso sí, que el destino le reservaba un lugar privilegiado donde acomodar sus sueños de adolescente.

En 1960 sustituyó a Pete Best como batería del grupo musical. También hizo sus incursiones en el cine, pero el azar no le había reservado ninguna butaca en la primera fila del éxito. En 1975 se divorció de Maureen Cox, que murió de leucemia en 1994, madre de tres de sus hijos, y fue en 1981, en el rodaje de la película Caveman, cuando conoció a Barbara Bach, con quien lleva casado 39 años.

La vida le fue amable siempre, ha reconocido en alguna ocasión, pese a los excesos en sexo, alcohol y sobre todo drogas de los que abusó durante años, pero un día optó por una vida más serena junto a su mujer y en ella se ha alambicado con una energía que nadie sabe de dónde le brota. Tanto es así, que confiesa que seguirá tocando la batería después de los 80.

No era el líder, ni mucho menos, pero sí el más simpático del grupo, y servía de lazo de unión entre los demás. Nunca dio un palo al aire –sirva como metáfora, claro–. Nació de pie y vivió en la gloria todos estos años. No es nada vanidoso, porque sabe, a ciencia cierta, que todo su arte es haber formado parte del grupo más icónico de la música pop.

Siempre fue un cantante de medio pelo y batería mediano, pero supo poner una sonrisa a cualquier desaguisado entre John y Paul. George era con quien siempre le unieron mejores lazos de amistad. El beatle tranquilo vivía una soledad impuesta por los dos líderes y se dedicó a componer canciones de un triple LP para cuando el cuarteto se fuera a la mierda.

Ayudó a Ringo en la grabación de sus primeros discos y contó con él para grabar The Concert for Bangladesh. A nuestros trece años vimos el concierto en un cine de Córdoba. Nos acercamos a la capital en un tren de cercanías que tardó más de dos horas en poner punto final a su carrera de caracol. Cada vez que el maquinista veía un cortijo, hacía una parada. Logramos llegar a tiempo en aquel tren que nunca tuvo problemas con las prisas.

Ahora veo al octogenario Ringo Starr tocando la batería con más ímpetu que cuando lo hacía en aquel concierto por Bangladesh o en otros anteriores con sus compañeros de The Beatles, y veo que la vida ha pasado, no solo por él, sino por todos, y que, pese a los años, nos ha quedado en la piel un amor tan hondo por la música que sin ella sería imposible descifrar nuestras horas presentes e imponer a los días otro ritmo que no sea una secuela de aquellas melodías que nos transformaron para siempre en lo que ahora somos. El abuelo Ringo seguro sé que estará de acuerdo conmigo. Ahora lo veo sonreír. Como siempre. Y sigue sin dar un palo al agua. Pero ahora toca la batería mejor que antes. A sus 80 años.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

21 ago. 2020

  • 21.8.20
La periodista y escritora Laura Fernández ha escrito que la nueva normalidad no es la vieja normalidad con mascarilla. ¿Entonces de qué va esto? Bueno, es un pensamiento de ella pero que también es nuestro o lo ha sido alguno de estos días. No. La nueva normalidad es otra manera de mirar el mundo y de entender la vida.



No hay que recular al pasado, porque, como decía Joaquín Sabina, adonde uno fue feliz nunca has de volver. Esta, qué duda cabe, ya es otra vida. Y la mascarilla solo es el símbolo más visible e insignificante de un cambio mucho más profundo y no siempre negativo.

En aquellos días que dejamos atrás, hemos ganado en salubridad e higiene. Los baños de bares y restaurantes están aseados o más aseados que antes. Antes de sentarte en una terraza desinfectan sillas y mesa, te sirven servilleta personalizada, mantenemos una distancia prudente, aunque no siempre suficiente. Hay un respeto distanciado entre los ciudadanos que antes no alcanzábamos a imaginar. Se grita menos. Qué placer.

Se pone en duda, y con razón, si para ver una corrida de toros tenemos que estar apiñados como sardinas en escabeche. El argumento siempre es el mismo: no es rentable. Tampoco las discotecas son rentables ni otros espacios de ocio. No es así. Son rentables, pero no tanto como antes. Son los negocios del pelotazo. Turismo y restauración generaban generosos ingresos a los empresarios y creaban empleo estacional y precario. Pues tampoco será para tanto.

El permanente pelotazo de las empresas en este país, que nació con el franquismo en los años sesenta y se desarrolló con toda solvencia en plena Transición y años posteriores. Con el turismo, el ocio, el fútbol y la hostelería. Entre otros chiringuitos. Pero que nadie se engañe: esta crisis económica –también sanitaria–, además de apretar el cinturón a los desheredados de siempre, lo hará a su vez a los pilotos de Iberia y otras compañías aéreas –y no me refiero al cinturón de la cabina del avión–. Y a otros asalariados de la elite empresarial. Esta crisis, quién sabe, igual nos hace un poco más iguales.

Es cierto, como escribe Mar Padilla, que en el código del ser humano está escrita a fuego su condición de animal social. Y ahora, tan sociales como somos, resulta que tenemos que aprender a vivir con el imperativo de la distancia social. Incluso con la posibilidad de volver al confinamiento.

Ahora somos especialistas en abrazos rápidos, de lado y con mascarilla. Saludamos con el codo o con el pie, claro, y sonriendo, porque, en esta ceremonia del absurdo, hay aspectos que no entendemos o no queremos descifrar. Viajamos toda la familia en el coche: pero mejor callados y cubiertos.

Hay en esta nueva vida, pero tan real, un postureo de desconfianza que no es de nuestros días, aunque tampoco inventado. El miedo sigue siendo nuestro mejor aliado. Mar Padilla cita a la escritora Helena Fitzgerald cuando dice que el amor es lo contrario de la higiene: “De la saliva al sudor, nuestros flujos íntimos se contienen ante el riesgo de contagio”.

Hanif Kueishi, en su fabuloso libro Intimidad, escribe esta gran verdad antes de que la covid-19 contagiara nuestros hábitos más íntimos: “Por desgracia, nada es tan fascinante como el amor. Sé que el amor es un trabajo sucio; tienes que mancharte las manos. Si te mantienes a distancia, no sucede nada interesante. Además, debes encontrar la distancia adecuada entre las personas. Si están demasiado cerca, te aplastan; si están demasiado lejos, te abandonan”. Me da la impresión, en cualquier caso, que estos ejercicios tan íntimos los hemos abandonado para la última fase de todas las desescaladas que nos esperan.

No vale solo con la comunicación visual, aunque sí es cierto que en la profundidad de los ojos hemos descubierto un lenguaje que se perdía con el rostro descubierto. Aunque también la mirada engaña o puede engañar, claro está. Tal vez, como apunta Laura Fernández, se trata de afinar la puntería, de pensar en pequeño, de reducir nuestras posibilidades de felicidad a un mundo más estrecho, pero también real y cercano, para que no nos despisten de los sueños que se disipan en cualquier amanecer.

Ella siempre quiso pensar y soñar en pequeño, pero la normalidad impuesta hasta ayer se lo impedía, le obligaba a pensar en grande, había algo que siempre perdía y la pérdida, en realidad, eras tú, escribe: “Vivíamos desplazados, lejos de nosotros mismos. Puede parecer absurdo, pero nunca habíamos paseado tanto por el pequeño pueblo en el que vivimos como ahora. No conocíamos a nuestros vecinos, ni ellos a nosotros. La acción, la vida, siempre estaba en otra parte. Pero ¿lo estaba en realidad?”.

Ahora la película ha venido a nuestras propias vidas para meternos en ella, participamos en la redacción del guion, no inventamos, sino que sufrimos todos el mismo dolor y el mismo miedo. Hay un contagio participativo de querer vivir, de reinventarnos, o de inventarnos de una vez por todas, de saber quiénes somos aún con el pánico encendido de saber o de adivinar que todo se puede acabar, que toda película, buena o mala, tiene un final feliz o no. Pero lo escribimos nosotros. Ahora podemos arrimarnos o mantener la distancia con la vida, pero, sobre todo, habrá que inventar un nuevo método para no dejar de ser quienes realmente somos. O de una puta vez, para ser nosotros de verdad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

14 ago. 2020

  • 14.8.20
Hay historias nacidas de la Historia y para la Historia, aunque en realidad se parecen mucho más a la Literatura. La vida es así de caprichosa. Y basta con que le soples un sueño en el oído a un ciudadano que cruza la calle para que le salga un conejo de la oreja. La fantasía, en cualquier caso, tiene sus propias reglas y no le vale cualquier protagonista para generar una fábula inspirada en un tiempo pretérito o en el devenir.



La imaginación del escritor español siempre encontró en el pícaro uno de sus personajes favoritos, pero nunca desdeñó a la nobleza, incluidos los reyes, porque tampoco estos escapan a la engañifa que tanto engancha al lector. Hay dos reyes en la península ibérica que vivieron escenas de cine. El primero es el emperador de Brasil Pedro I. El segundo, Juan Carlos I, nuestro rey emérito.

En 2011, el escritor Javier Moro ganó el Premio Planeta con una novela titulada El imperio eres tú, una minuciosa crónica de la vida del emperador de Brasil Pedro I, que reinó en la primera mitad del siglo XIX, un hombre, que encarna, dijo entonces su autor, "la larga historia de la lucha del hombre por la libertad, en concreto el hombre que forjó la independencia de la primera nación latinoamericana" y que define como una de las personas "más sorprendentes, pintorescas y originales".

Moro también dijo entonces a Felipe VI, en el acto de entrega del premio, que Pedro I fue "español, nieto de Carlos IV, digno y glorioso antepasado vuestro, que estuvo siempre del lado de la Historia, en una época de monarquías absolutas".

Para quien no lo sepa o no lo recuerde, la Independencia de Brasil comprende una serie de eventos políticos ocurridos entre 1821 y 1824, que incluyeron conflictos entre Brasil y Portugal. La proclamación de independencia presentada por el Imperio de Brasil tuvo lugar el 7 de septiembre de 1822.

A diferencia del resto de guerras de independencia hispanoamericanas, la de Brasil fue un proceso independentista pacífico y además fue dirigido por un miembro de la familia real, el príncipe heredero Pedro I, que se convertiría en emperador.

El régimen resultante fue el Imperio de Brasil, una monarquía constitucional que perduró hasta 1889, el régimen monárquico independiente más duradero de América. Es decir, el príncipe heredero apostó a favor de la colonia portuguesa contra la propia metrópolis. Es la razón por la que Brasil es un solo país y no se diseminó como ocurrió con la independencia de las colonias españolas. Aún hoy, Brasil es el país más extenso de América Latina, con 8.514.877 kilómetros cuadrados. Le sigue Argentina, con 2.794.600.

Pedro I fue un marido desleal. Se le atribuyen 120 hijos y reconoció a una docena. No se olvide que por sus venas corría sangre borbónica. La familia de Pedro I se vio obligada a huir a América huyendo de Napoleón, y así aconteció, dijo entonces Moro, cómo “la primera vez que una monarquía europea se fue a las colonias y con ella el 10% de la población de Portugal, que trasladó la capital del reino desde Lisboa a Río de Janeiro". Lo que vino después ya es Historia y Literatura.

La segunda historia, protagonizada por Juan Carlos I, todavía es tiempo presente, pero ya comienza a ser leyenda. Es decir, Literatura. Vivió 58 años en La Zarzuela. Así que, una vez que decide salir de aquel palacete, extrañará su zona de confort.

El comunicado con el que la Casa Real anunció la marcha del Rey emérito, en la tarde del 3 agosto, tiene los cabos bien atados. Miguel González ha escrito en El País que cada palabra del texto estaba cuidadosamente medida, sobre todo siete de ellas: “Trasladarme, en estos momentos, fuera de España”.

Como apostilla González, para funcionarios y militares, trasladarse es cambiar de destino a otro lugar, ya sea de modo voluntario o forzoso. En este caso, el rey emérito abandona el que fue su reino –y lo sigue siendo de algún modo– obviando algunas obligaciones. Como dice el proverbio, el capitán nunca abandona el barco y, en caso de naufragio, siempre es el último en saltar al vacío.

Pedro Cruz Villalón, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente emérito del Tribunal Constitucional, nos ha aclarado estos días si el actual lugar de residencia de don Juan Carlos ha sido o es una cuestión puramente privada: “Este padre del Rey, como es frecuentemente el caso, forma parte de la dinastía histórica en cuya virtud la Constitución, con su nombre y apellidos, lo reconoció como Rey de España y cabeza del vigente orden sucesorio. En esa condición, don Juan Carlos en encuentra indefectiblemente incorporado al orden de sucesión en la Corona y, en su caso, a la provisión de la Regencia”.

Por esta razón, el rey emérito es hoy el tercero, como dice la Constitución, “más próximo a suceder en la Corona”. Salvado el supuesto, añade Cruz Villalón, “de que se hiciera efectiva una hipotética renuncia acompañada de la preceptiva ley orgánica”.

En cualquier caso, este catedrático emérito advierte: “Las Cortes Generales no pueden sustraerse a la inmensa responsabilidad de poner orden con sentido auténticamente político en un descomunal desaguisado constitucional del que como comunidad política debemos ser capaces de salir con la dignidad requerida”.

Mientras, tanto el Gobierno como la Casa Real eluden informar del paradero de Juan Carlos I. La razón que esgrimen es una boutade: se trata de un viaje privado. Pero, como recuerda Miguel González, no se trata de un ciudadano cualquiera: sigue formando parte de la Familia Real, viaja custodiado por escolta policial que pagan todos los españoles, está aforado al Tribunal Supremo y, como antes se ha dicho, no ha renunciado a sus derechos dinásticos sobre la Corona.

El príncipe portugués Pedro I se proclamó emperador de Brasil. La corona de Portugal se le antojaba que no le encajaba en la cabeza. Vivió como un rey sentado en el trono de un emperador. Juan Carlos I anda en paradero desconocido. También ha vivido como un rey siendo también monarca. Pero la vida, al final, reserva sus propias paradojas para quienes quisieron escribir en la Historia su propia Literatura.

Así que a nadie escapa que este trance nacional tenga final de novela. O, como ha escrito Manuel Cruz, recordándonos el cuento clásico y sin hacer referencia alguna a nuestro rey emérito: “No es que el rey esté desnudo: es que se ha quedado sin reino. Y lo que es peor: no lo sabe”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 ago. 2020

  • 7.8.20
"Tocata" es una palabra que proviene del italiano -toccata, «para tocar»-, cuyo significado hace referencia a toda pieza de la música renacentista y de la música barroca para instrumentos de tecla, como el clave o el órgano, normalmente con una forma libre que en general enfatiza la destreza del intérprete.



Leo que las tocatas, también denominadas praeludium, o preludio, tienen una estructura que consiste en una sucesión de secciones fugadas que se alternan con otras de estilo libre y con carácter de improvisación. Leo también que, en las fases más avanzadas del desarrollo de las tocatas, estas secciones fugadas serán la culminación y tendrán relativa independencia. En el siglo XVIII, leo además, la asociación de tocata y fuga era habitual.

Con menos frecuencia, se utiliza el término para referirse a trabajos con múltiples instrumentos. En la vida, que cada cual la compone a su modo y manera, se suele poner primero la fuga y después se componen la cantata y la tocata. Para el caso que nos trae ahora, debemos esperar a los carnavales de Cádiz para que le pongan música y letra. Los chistes, las viñetas y las tiras cómicas están al caer.

Para entonces, ya sabremos algo más del paradero de Juan Carlos I. Mientras tanto, Doña Sofía, desafiando los vientos más adversos, anda de compras por las calles de Palma de Mallorca. Y aquí medio país se las trae a regañadientes con la covid-19 y la otra mitad intrigada y cosiendo un traje a luces y sombras al rey emérito.

Los españoles nunca votamos a favor o en contra de que este país fuese una monarquía, porque ya nos la vendieron en el paquete constitucional. Con el paso de los años, esta falacia de ofrecer dos por uno en el mismo sobre la copiaron con esmero las grandes superficies en su afán recaudatorio y benéfico. Así que durante décadas fuimos una monarquía constitucional a regañadientes, pero efectiva, claro.

El debate de si un día seremos república nos lo ha puesto en las manos el puro azar. España es diferente, como hubiera insistido en calificarla Fraga Iribarne, y nos ha cambiado el guion de un día para otro. No hay precedentes en nuestra historia más reciente de que un rey abandone su país y nos deje a todos sin una explicación infundada pero creíble.

Algunos miembros del Gobierno aducen que el monarca no está imputado y, como consecuencia, es libre de viajar por este mundo de dios a donde le plazca. Iván Redondo, a quien han investido de un conocimiento extenuante en retruécanos mágicos que desconoce la propia ciencia de la comunicación institucional y política, también calla, porque no sabe cómo hincarle el diente a la picardía rocambolesca de nuestro rey.

Se dice que el presidente conoce su paradero y, por supuesto, lo debe saber también Felipe VI. Sea como fuere, un silencio tan prolongado –la comunicación institucional castiga los silencios y las mentiras (Iván Redondo debería saberlo y también la Casa Real)– ponen en solfa a Sánchez y a la corona. Porque el silencio deslegitima y condena, abre paso a otras versiones y cuestiona el derecho a hacerlo.

Donde no hay palabras que justifiquen los actos, los actos encubren, o suelen encubrir, presuntos delitos. Más allá de los amores del rey emérito con Corinna Larsen y sus detalles millonarios –que ya da para una telenovela– este silencio infundado abre paso a otras escaramuzas que esconden incuestionables sorpresas.

Pero Juan Carlos I no sabe bien lo que ha hecho, dónde se ha metido y qué mochila le ha colgado a su descendiente varón con la corona. Ha dejado a su hijo Felipe abandonado en un trono en tenguerengue, en un momento de crisis sin precedentes.

Sobre todo, cuesta entender cómo Juan Carlos ha dilapidado todo un currículum que, con sus luces y sus sombras, había logrado atar el cariño de muchos, el reconocimiento de unos, la alergia también de otros. Su perfil de hombre bonachón y cercano, amante de las mujeres, del buen whisky y de las motos, se ha desbarato como por arte de birlibirloque. Sus implicaciones o sus distancias en la intentona del golpe de estado del 23-F es una escena de este sainete aun por vislumbrar sin las dudas que todavía alimentan muchos españoles.

Hay en esta tocata y fuga de este rey emérito una música de verano pellizcona y fácil de interpretar y una letra de serpiente estival que todos los periódicos alimentarán para vender más papel estos meses, que falta hace.

De entre todas las versiones posibles, yo mantengo mi propia teoría, que es la siguiente. El rey emérito tiene una nueva amante, también rubia, mucho más joven, inteligente y tierna, que le canta su música favorita al oído y le hace carantoñas a cada paso.

Están tendidos en una toalla doble, en las arenas blancas de una isla paradisiaca que adquirió hace años nuestro monarca con fondos opacos a cuenta de sus inagotables comisiones. Ahora le está diciendo que viajarán a África, le apetece ir de safari antes de que los elefantes se extingan de la faz de la tierra, pobrecitos. E

lla le mira incrédula y nada enamorada, pero supuestamente feliz. Y después, le dice también, no te preocupes, volveremos a España. Él la mira con media sonrisa y le susurra muy cerca de sus labios embriagadores: “Igual están preguntando por mí”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

31 jul. 2020

  • 31.7.20
Julio es el mes de la luz, de los días inabarcables, de los viajes esperados. Agosto trae ya un regusto a tiempo efímero, a vacaciones apresuradas, a días que encogen sin miramientos y a noches que se apresuran a extenderse por el firmamento, cada hora, cada minuto, con más tenacidad. Los días son claros y luminosos, y las noches convocan a la algarabía controlada. Rosa Montero ha escrito: “No sé qué tienen las noches de verano que fomentan los momentos oceánicos, esos instantes en los que te atraviesa, como un rayo, la conciencia de estar vivo”.



Hemos viajado a Zamora y allí, sentados en la terraza de un bar próximo a la plaza Mayor, cerramos el guion del día siguiente. Habíamos pensado visitar alguna bodega de Toro y beber vino de la zona hasta que la ebriedad o las altas temperaturas nos devolvieran de nuevo a este mundo de estío y de ensueño.

Pedro Crespo opta por regar las matas de tomates de su propio huerto en Manganeses de la Lampreana y preparar el equipaje de vuelta a Andalucía. Pero Paco Luis Córdoba, Francisco Sierra y yo preferimos tomar la carretera y acercarnos a Babia.

Desde que leí En Babia, una compilación de artículos de Julio Llamazares, siempre supe que un día desembarcaría en esa comarca leonesa fronteriza con Asturias. Tal vez Paco Luis tuvo desde entonces la misma sensación. Una señalización, con dibujo amable y divertido de bienvenida, advierte al viajero dónde se encuentra: “Estás en Babia”.

Se ha escrito que los reyes de León, en la Edad Media, viajaban a este lugar para descansar y olvidar por unos días o unos meses las responsabilidades cotidianas de la corona. Hay quien apuesta por que el origen del dicho “estar en Babia” sea este. Pero no hay prueba alguna que sostenga esta posibilidad de que Babia fuera lugar de recreo real ni que el rey desatendiera aquí sus obligaciones reales llevado por el relax o el desinterés. Hoy, para nosotros, la expresión “estar en Babia” hace referencia a alguien que está distraído o ausente, ensimismado o lelo, o que está en las nubes.

Esta es solo una versión. También se cuenta que, con la expiración del verano, los pastores reunían a su ganado para salir en trashumancia a Extremadura y, por la noche, reunidos todos frente a la fogata, alguno sentía nostalgia de aquella tierra, mientras otro se le acercaba para decirle: “Despierta, que estás en Babia”.

No importa qué versión sea la verdadera, pues la leyenda supera siempre los límites de la realidad y la expresión, fuese cual fuese el origen, ha quedado para nosotros para definir a aquella persona que está absorta, meditativa, ausente de la realidad que le circunda, con el pensamiento muy distante de donde andamos los demás. Algunos estudios observan, eso sí, que fue Quevedo quien primero –o de los primeros– utilizó esta expresión. Habiéndolo leído, nada escapa a que pueda ser cierto.

Babia, una palabra con orígenes en el vocablo vasco Ur, agua, es un topónimo que deriva del latín medieval en la forma Vadabia. Limita al norte con Asturias, al este con la comarca de Luna, al sur con la comarca de Omaña y a oeste con la comarca de Laciana. Las praderas son muy verdes y abunda el agua.

Las ovejas merinas comparten los pastizales con las vacas color canela, con los caballos de raza hispano-bretona y con las cigüeñas, que pican en la hierba en bandadas de cuarenta o cincuenta ejemplares. Tal vez sea el único lugar de España donde estas aves pisan la tierra con firmeza y a sus anchas en vez de andar siempre metidas en el nido o colgadas en la torre de la iglesia o del ayuntamiento.

En julio las cumbres de las montañas, que son de granito y alcanzan los 2.000 metros de altura, están peladas. El macizo de Ubiña alcanza majestuosamente los 2.414 metros. Más abajo, las montañas, que rodean y encierran esta comarca en un lugar único, están cubiertas de verde. En invierno, el paisaje está nevado. En primavera, el valle se cubre de un verde esmeralda. Dicen también que otoño es la estación idónea para observar su belleza hipnotizadora.

Los valles fueron moldeados por los glaciares. De ese pasado glaciar se conservan algunos lagos y lagunas. Los bosques han desaparecido y ahora los valles verdes y las hoces estrechas comparten territorio con cascadas, arroyos, ríos y embalses.

El verde de Babia no tiene la protuberancia y rotundidad de Asturias o Cantabria, pero encierra una belleza discreta y equilibrada difícil de describir. Aunque el principal protagonista en sus mañanas de julio es el silencio perfecto y compacto, incomparable a cualquier otro silencio de nuestra península. Las guías turísticas hablan de un silencio elevado al cubo. Y no exageran.

Tal vez julio no sea el mejor mes para quedarse embelesado por Babia y en Babia. Pero la lectura de tantos libros le llena a uno la cabeza de rincones mágicos que componen nuestra geografía más cercana y no hay otro mes como este para tirarse al camino, solo o acompañado, y conocer de manera presencial, que no telemática, la materia que conforman algunos de nuestros sueños más recurrentes. Sobre todo, este año que el Tour de Francia lo han bajado a agosto.

Ahora, sentado frente a mi escritorio, escruto la orografía de mis literaturas leídas y me pregunto, y me respondo, cuál será el próximo viaje antes de que el otoño nos atrape en la telaraña de sus predicciones infundadas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

24 jul. 2020

  • 24.7.20
Luis Eduardo Aute, Luis Sepúlveda, Carlos Ruiz Zafón… y tantos otros. Ahora también Juan Marsé. Van dejando un rastro tras su muerte que no lleva a ninguna parte, porque todo lo dejaron en sus libros: esos mundos atávicos, absurdos, irreales, fantásticos y fantasiosos, extraños tal vez pero reconocibles, como si fuesen parte de nuestra vida, o una fotocopia desvirtuada de la vida real, de la de afuera, esa que se escapa por los desconchones de las casas abandonadas y los descosidos de los pantalones, paisajes de una posguerra nunca olvidada, imposible de recordar, una sombra en las páginas de esas novelas que siempre serán un anexo de nosotros mismos.



Todos fueron grandes, pero Marsé era grandísimo. Un hombre que nunca perdonó los reveses que da la vida, que maldecía a los idiotas y a los corruptos, que no creía en ninguna bandera porque decía, con Faulkner, que todas las banderas están manchadas de sangre y de mierda. Su madre murió en el parto, hijo adoptado, agradecido a los padres postizos pero tal vez nunca superó haber llegado a este mundo solo, huérfano, la palabra más triste del diccionario.

En 2014, publicó la novela breve titulada Noticias felices en aviones de papel, felizmente ilustrada por María Hergueda, entonces una joven ilustradora que creció en Soria y se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca. La novela arranca con el último consejo que Bruno recibió de su padre tres días antes de cumplir los quince años, cuando esperaba no volver a verle nunca más en la vida: “Nunca olvides que el amor verdadero que puedas merecer de una mujer no será el que estás buscando, sino el que no sabías que estabas buscando”.

No estudió Periodismo, pero lo sabía. Decía que la primera frase de una buena historia debía agarrar al lector por el cuello y nunca más soltarlo y que, al mismo tiempo, esa frase debía ser una síntesis del tema central tratado. Le gustaban también frases que fuesen sentencias, axiomas, proverbios, adagios, máximas.

La posguerra le metió entre ceja y ceja el paisaje en blanco y negro de una Barcelona devastada con la guerra, y en las aventis encontró la herramienta imprescindible para contar cuanto derramaba por dentro. Dicen que su prosa era fácil. Pero nada es más incierto. Su prosa era tan pulida y natural que aparentaba ser sencilla, pero, nada más arañar un tanto su superficie bruñida y pulimentada, el lector podía detectar su intensa labor de orfebrería, ese barroquismo encubierto que, aun asemejándose o confundiéndose, quedaba muy lejos del lenguaje oral que aparentaba ser.

Nació en Barcelona el 8 de enero de 1933, con los primeros zarandeos que los militares traidores comenzaban a dar a la República. Desde los trece años hasta 1959 trabajó como operario en un taller de joyería. En 1959 pasó de pulir piedras preciosas a transformar palabras pedregosas en auténticos diamantes.

Comenzó a publicar relatos en revistas literarias y ese mismo año obtuvo el premio Sésamo de cuentos. Después se atrevió con la novela. En 1961 concurrió al premio Biblioteca Breve con Encerrados con un solo juguete, que resultó finalista. Pero fue ya en 1965 cuando obtuvo el premio Biblioteca Breve con Últimas tardes con Teresa. Le siguió La oscura historia de la prima Montse (1970).

Yo lo conocí en 1977 cuando estudiaba en Madrid. Firmaba ejemplares en la Feria del Libro de Si te dicen que caí, la novela que hizo de él un grandísimo escritor y que le consagró como uno de los mejores escritores en castellano, ese idioma de Cervantes que él tanto amaba. La novela acabó en las tijeras de la censura franquista, de manera que la primera edición vio la luz en México, en la editorial Novarro.

Marsé tuvo que esperar hasta la muerte del dictador para que se publicara en España. Seix Barral lo hizo en 1976 y en marzo de 1977 entró en máquinas la primera reimpresión, que fue la que a mí me dedicó. Los estudiantes entonces, como ahora, no disponíamos de mucho dinero –yo me lo gastaba todo en libros y bocadillos de calamares–, y le dije que un escritor de izquierdas como él debía cuidar los precios de los libros. Pero él y yo sabíamos que esa no era su competencia. En la dedicatoria me decía: “A Antonio López, lamentando que el libro sea tan caro, pero con un abrazo. Juan Marsé. 77”.

Escribió, como tantos escritores, de los derrotados, de los vencidos más que de los vencedores, de aquellos desheredados de la tierra que pagaron con su sangre y su honor el precio de anteponer la vida ante cualquier otro fracaso que no fuese vivir de pie antes que morir arrodillado. Llevaba dentro el coraje nunca mancillado, la pena del niño que creció en una posguerra hambrienta y necesitada, el paisaje hecho añicos de unos ideales siempre inalterables en los que creyó a pies juntillas, la Barcelona rota por las bombas y la metralla, los sueños alimentados con palabras hasta reconstruir el fracaso colectivo, el fracaso que fundaría la mejor narrativa de nuestra posguerra, la mejor literatura de siempre.

Juan Marsé era así. Se vengó con sus novelas de una vida miserable que nadie, entonces, merecía. El Premio Cervantes le dio la razón, aunque ya no necesitaba ningún reconocimiento para que todos supiéramos que él era el reconocido escritor que hoy es y será para siempre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

17 jul. 2020

  • 17.7.20
Anoche viví un sueño muy tentador. El paisaje era cualquier playa de este país, atiborrada de sombrillas y de turistas precarios armados de mascarilla y leyendo. Y todos asfixiados de la risa. Unos leían en el BOJA la orden del 14 de julio de este año que obliga a cubrirse con mascarilla incluso cuando hacemos el amor.



El Gobierno andaluz, muy pudiente, y consciente de que aquí en el sur fornicar no nos va nada, no ha querido expresarse al respecto. Y con su silencio, debe entenderse –así lo entiendo yo– que cada cual se las apañe como pueda. Eso, si nos posicionamos horizontalmente sobre una cama o cualquier otra superficie que no dañe la columna vertebral, pero siempre en espacios cerrados, propios o ajenos. A este respecto el BOJA tampoco da pistas sobre una u otra conveniencia.

Pero si te tiendes horizontalmente sobre una tumbona en esta o aquella playa, debes utilizar mascarilla. Aunque solo miremos enajenados el horizonte que no nos pertenece o chupemos con pajita una fanta. No importa que el calor sofocante alcance los 40 grados y el mercurio alerte sobre sus estragos. Si vamos al baño, debemos también ir con mascarilla. Y si el turista definitivamente opta por bañarse, puede hacerlo siempre que deje la mascarilla sobre la arena lo más próximo posible al lugar donde nos damos el chapuzón.

En tanto que el número de turistas podría ser muy elevado este año, porque –como es de suponer– el confinamiento invita ahora al desenfreno, conviene identificar nuestra mascarilla con nuestras iniciales bordadas en una esquina o, mejor, con el DNI. Así evitamos que cualquier intruso nos la robe o confunda la suya con la nuestra. En verano, ya se sabe, los ánimos se relajan demasiado.

Si nuestra posición es vertical y estamos sentados a la mesa en una terraza, también debemos vestir mascarilla. En el borrador del manual de instrucciones que escribo en estos momentos para enseñar a comer mariscos con mascarilla, recomiendo evitar hacerlo con las manos. Sabemos que el resultado no es el mismo en el paladar, pero estos placeres dejan después un tufo imposible impregnado en la mascarilla.

Igual medida debemos adoptar con las sardinas y otros pescados que apetece devorar con las manos. De cualquier manera, cualquiera puede pensar que tomar un bocado y volver a vestir con mascarilla, es un engorro. Pero, cuando nuestros políticos nos invitan a ello, deben guardar algún as en la manga. Aunque en verano, las mangas, como tales, no son muy recomendables.

El BOJA tampoco especifica cómo les explicaremos a los turistas que se acerquen a nuestras playas cubiertos hasta las orejas. Y estos, sobre todo los ingleses, que son de trago fácil, jamás se acostumbrarán a beber cerveza con pajita.

Odio el turismo de borrachera, el turismo cutre, el turismo masificado y hortera que en ocasiones invade este país como si fuésemos nativos a los que se compra con piedras redondas de arroyo. Pensé que nunca lograríamos desprendernos de estos intrusos, pero ahora, gracias a las medidas adoptadas por el Gobierno autónomo, los turistas se pensarán muy mucho si morir estrangulados de calor en nuestras playas o sucumbir al confinamiento voluntario de no moverse de su terruño patrio.

En cualquier caso, más allá de cualquier diatriba penosa que no conduce a conclusión alguna, la mascarilla debe ser obligatoria en cualquier caso y en todo momento. Pero la letra de las normas, en ocasiones, abre lugar a la duda y al sarcasmo.

Por ejemplo, la orden mencionada advierte de que el uso de mascarilla no será exigible para las personas que presenten algún tipo de enfermedad o dificultad respiratoria que pueda verse agravada por esta circunstancia. Claro, pero no especifica.

A mis amigos, por ejemplo, se les corta la respiración cuando escrutan el paisaje humano que habita nuestras playas. Yo los animo a que se desprendan de ellas antes de morir víctimas de un sofocón. Igual estoy cometiendo un delito. Pero me da tanta pena de ellos. También de ellas.

Se recomienda, dice la orden, el uso de la mascarilla en los espacios abiertos o cerrados privados cuando existan reuniones o una posible confluencia de personas no convivientes. Me pregunto cómo podremos acceder al interior de los hogares para decir a la abuela que no abrace y pellizque a los nietos en los mofletes. A los nietos tampoco les gusta tanto manoseo.

La norma también es muy específica respecto a los funerales. A este respecto, la participación en funeral o comitiva para el enterramiento o cremación de la persona fallecida se restringe a un máximo de veinticinco personas, entre familiares y allegados, además, en su caso, del ministro de culto o persona asimilada de la confesión respectiva para la práctica de los ritos funerarios de despedida del difunto. Se entiende –entiendo– que todos y todas deben ataviados con sendas mascarillas.

Sobre el difunto no se dice nada, pero es fácil concluir que también debe estar protegido del mal en esta vida que abandona. El número de 25 asistentes es válido tanto para los singles como para las familias numerosas donde muchos ni se hablan, y para una aldea de 220 habitantes como para un torero enterrado en Sevilla al estilo Paquirri. In memoriam.

Cuando el 1 de diciembre de 1955 Rosa Parks se negó a ceder su asiento a un joven blanco en un autobús de Montgomery, Alabama, se puso de manifiesto que la desobediencia no era un acto de rebeldía gratuita, sino un gesto cívico que podía cambiar el rumbo de la historia. Rafael Narbona ha escrito que la posteridad ha cuestionado el papel de Rosa Parks, afirmando que sólo se trataba de una costurera cansada y no de una activista como Irene Morgan Kirkaldy, pionera del movimiento por los derechos civiles, o Ida Bell Wells-Barnett, copropietaria y redactora del periódico antisegregacionista Free Speech, quienes habían protagonizado incidentes similares con anterioridad. Actitudes todas basadas, aunque no la primera, en el principio de desobediencia civil, principio de que Henry David Thoreau desarrolló en una conferencia de 1849 y que publicó con ese mismo título.

El uso de mascarilla debe ser obligatorio, qué duda cabe. Pero a veces pecamos de remilgados. El Ejecutivo andaluz apremiaba al Gobierno de Sánchez a que el desconfinamiento en Andalucía fuese el mismo para todas las provincias. Daba igual que entre Huelva y Málaga el desfase de personas infectadas fuese tan desequilibrado. Su actitud, ahora que manejan estas competencias, es totalmente opuesta a la anterior.

El número de jóvenes infectados crece cada día. En las noches, tendidos en las playas comparten porros y abrazos tan necesarios. La policía local, en cada ciudad, mayor o menor, sabe de estos encuentros, pero los agentes a esa hora están agotados de hacer prevaler las normas que nos impone el BOJA con una precisión de espasmo.

En mi sueño, yo andaba escribiendo este manual sobre instrucciones para entender el uso de mascarilla y su posible rechazo cuando se excede en desajustes desorbitados. El desconfinamiento nos tiene a todos sin aliento. Si a eso unimos la protección ineludible de mascarilla, la gota de sudor frío es solo una sutil secuela de esta asfixia sentimental a la que nos someten nuestros gobernantes.

Por cierto, algunos compañeros quieren compartir con nosotros una primicia. Lo saben porque les han instalado una cámara oculta. En sus despachos, ellos, quienes escriben para nosotros las órdenes para el BOJA y con las que nosotros nos desgañitamos trepados en la tumbona, lo hacen sin mascarilla y a una distancia de dudosa salubridad. Ya los sabemos: siempre escribe quien no debe.

Y que nadie se engañe: mascarilla hasta para dormir. Por si la covid-19 intenta seducirnos en los sueños.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

10 jul. 2020

  • 10.7.20
Desde que nos confinamos, un pensamiento habitó mi mente y todavía me persigue: cómo vivieron esos días aquellos seres humanos que habitaban una doble vida. Aquellos que buscaban o encontraron el amor no en el marido o la esposa sino en el amante y en la amante respectivos. Cómo llenaban las horas vacías en sus pensamientos; cómo imaginaban a esa persona desde una memoria cada vez menos fidedigna, más difusa; cómo buscaban un rincón sin nadie en una vivienda de tan pocos metros para escuchar la voz de la otra persona; cómo le prometía abrazos que ya no podría cumplir y cómo estaba dispuesto/a a abrazar la muerte por oler a esa persona cerca de su mascarilla.



Cómo imaginaban estos amantes un futuro extraviado en el azar, cómo intentaron e intentan recomponer los sueños en un puzle encriptado. Les ha dejado esta época de pandemia una expresión quieta, de alguien que no comprende por qué, precisamente ahora, cuando la primavera rompía a florecer y los pájaros se apoderaban del asfalto y de otros árboles arrebatados, por qué ahora alguien ha derramado sobre la tierra esta condena bíblica, esta plaga que solo alumbraba las páginas de los libros, pero nunca los días en que planificábamos una felicidad a nuestra medida. Por qué ahora la literatura se volvió vida y la vida se extravió en los sueños y en las pesadillas.

Aquellos seres humanos, que imaginaron otra convivencia cerca de otra persona, estarán descifrando los desatinos de este paréntesis. Posiblemente el tiempo muerto, como en los partidos de fútbol, decida un final y no otro. Tal vez unos minutos de más o de menos, una palabra mal tirada a la red, una duda infundada o fundada, lleven en sus adentros una fuera motriz capaz de mover este mundo interior que creció en un mundo ya olvidado y que podría fenecer en una nueva normalidad en la que nada es como era antes.

Un tiempo muerto que acabará con la agonía, que le retorcerá el cuello al futuro planificado. Este otro tiempo es un desafío para ellos y para ellas, para quienes movieron la frontera de la libertad y desplazaron sus cuerpos por los laberintos de una doble personalidad.

Ahora tal vez no sepan qué mitad sobrevivió al espanto. Qué mitad de vida merece vivir en mitad de una cotidianeidad que nos amarró y que repudiamos, o si la mitad que fomentaba sueños volubles estalló en el aire como globo inflado de aire que ahora se desvanece.

Quién quedó indemne de aquellos que habitaban dos vidas, dos corazones, dos cuentas corrientes, dos destinos, dos desatinos. Qué parte de cada vida se inmunizó contra los desagravios del destino y qué otra mitad mutiló a la otra mitad para no ser víctima de un vacío irresoluble.

En realidad, aún sosteniendo en nuestros huesos una sola vida, siempre se multiplica en otros muchos canales imposibles de navegar: entre la vida de cada día y la vida onírica; entre la vida real y la otra posible; entre la que ignoramos y aquella que creemos conocer y reconocer. A veces, quién lo diría, somos una incógnita de nosotros mismos y para nosotros también.

Todos somos muchos y ninguno a la vez. Y si además compartimos esa identidad con dos personas, todos nos mimetizamos en personajes de una novela no escrita. La literatura es lo que tiene: en ocasiones nos absuelve de nuestros pecados y de nuestras posibilidades, y otras nos absorbe hasta el exterminio interior. Juan Ramón Jiménez lo escribió también, pero a su modo:

Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.

Somos quizás, quién lo hubiera pensado meses atrás, impostores de nosotros mismos, incapaces de reconocer nuestros zapatos cuando despertamos al amanecer, o de recordar nuestros sueños antes de que el café nos devuelva la amnesia que no queremos, o que el aire de la mañana nos devuelva una sola vida con un solo guion, sin una salida contraincendios interiores, una existencia hermética, sin fisuras, que alguien fabricó a nuestra medida.

Y en lo hondo de ese lodo incoloro solo alcanzamos a ver figuras sin contorno, formas que se diluyen y disuelven en la nada. Pasamos de una doble vida a un espacio sin nadie. Al fondo percibimos la presencia de criaturas que vemos o imaginamos desdobladas, inconcretas, tan abstractas como nosotros ahora, como si nadaran en un aire de nieve sin saber a dónde ir.

Ahora que volvemos a la vida que ayer dejamos desencajada o entreabierta, quienes duplicaron sus querencias y sus caprichos, tal vez hayan aprendido que los sueños son tan solubles e imperecederos como las piedras y que la vida –qué barbaridad– es tan efímera que ya no podemos llevar con nosotros aquellos días que nunca fueron nuestros.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

3 jul. 2020

  • 3.7.20
El teletrabajo, promovido por la tempestad del confinamiento, ha levantado un vendaval de despropósitos que el Gobierno ya se ha puesto manos a la obra para intentar reordenarlos. Con este propósito aprobará un anteproyecto de ley para resolver el entuerto. Como toda ley que se preste, también esta establece principios inalcanzables: el trabajo a distancia deberá ser voluntario.



Cuando se enfatiza sobre derechos fundamentales, siempre la realidad viene a desmentir o corregir las intenciones menos perversas. Uno de los principios más hermosos sobre los que se sustentaba la constitución fundacional de los Estados Unidos decía que el hombre tiene derecho a la felicidad. Aprobar una ley fundamentada en que el teletrabajo será voluntario es como obligarnos a creer en la Santísima Trinidad sin más explicación posible.

Pero la futura ley nace con buenas intenciones. El problema es que la realidad se muestra siempre muy tosca con las conquistas laborales. El texto tiene como objetivo “el establecimiento de derechos y garantías de las personas que realizan trabajo a distancia” y “establecer claramente los límites del ejercicio del trabajo a distancia pero que también le permita desplegar sus posibilidades”.

Entre sus retos principales está el de "los tiempos de trabajo y descanso", un factor que deberá estar especialmente protegido por la legislación. Claro, pero si nos atenemos a la experiencia de estos meses, es fácil deducir que, a distancia, la rentabilidad del trabajo es menor y las horas dedicadas al mismo son muchas más. La eficacia, en definitiva, es muy cuestionable.

En principio, el teletrabajo supone un ahorro cuantioso para las empresas: luz eléctrica, conexión con internet, teléfono, limpieza de espacios, material de oficina. La nueva ley plantea que la empresa deberá pagar los costes. Como siempre, se supone que será tirando a bajo coste. La empresa se ahorrará presupuesto en espacios.

El nuevo texto también recoge que la empresa deberá verificar que el lugar de trabajo es idóneo para los criterios de salud laboral. En principio, ya se sabe que no. La vivienda de un ciudadano medio no es excesivamente espaciosa. No digamos ya si trabaja el matrimonio o la pareja. La brecha social, que nos asoma cada día más al abismo después de estos meses de confinamiento, nos ha mostrado la precariedad telemática de muchos hogares.

Hay dos aspectos, a priori, positivos con la implantación del teletrabajo. De una parte, puede facilitar, en cierto modo, la conciliación familiar. De otra parte, el desplazamiento al lugar de trabajo facilitará la circulación del tráfico y podría ayudar a reducir la contaminación en grandes ciudades.

Pero hay un tercer aspecto a debatir. Quién define o estipula qué trabajo se puede ejercer telemáticamente y cuál no. Y esta duda nos conduce inevitablemente a un callejón sin salida. O mejor, a una pregunta sin respuesta: ¿Algunas empresas aprovecharán esta encrucijada tecnológica para abaratar costes y precarizar aún más a los trabajadores? Sin duda.

No obstante, imagino que el impacto será desigual según los sectores. En el marco laboral en el que yo me desenvuelvo, que es la docencia, sospecho que el trabajo a distancia tiene mal arreglo. Sobre todo, en el ámbito universitario.

A raíz de la experiencia de estos meses, la presencialidad es incuestionable en el mundo de la Universidad. Es verdad que buena parte de la gestión se puede resolver a distancia, que algunas asignaturas teóricas podrían vivir eternamente en tiempos de pandemia sin sufrir apenas infecciones. Pero las materias prácticas –como en mi caso ocurre con las escrituras periodísticas– estamos condenados no a reinventar su docencia, sino tal vez a empezar a enterrar en agosto un sueño que durante muchos años fue real.

La presencialidad se hace imprescindible porque, cuando el profesor hace de la empatía el mejor método de enseñanza, los jóvenes alcanzan a entender que la magia de la escritura necesita de un espacio real donde aprenderla. Porque más tarde, cuando el conocimiento es ya parte de sus vidas, es en otro espacio ficticio, a distancia, o desde las nubes o bien desde los sueños, donde la escritura se muestra ya no como un milagro, sino como un género concreto, como un formato sólido, donde la cadencia marca el ritmo de la prosa. Ahí ellos comienzan a respirar. No me imagino a mis alumnos y alumnas esforzándose con pasión frente a una pantalla donde alguien les habla del origen del periodismo moderno o de cómo se escribe el titular de un reportaje.

Me pregunto también a qué dedicarán el tiempo libre los conserjes, el personal de la limpieza, los técnicos. Y cómo se las apañarán, sobre todo, los inspectores, en su afán de alcanzar un mínimo nivel de codiciados espías sin vocación, buscando en el aula al profesor descarriado al que se le pegaron las legañas o que escucha la cadena SER en un atasco de tráfico.

Tal vez entonces, en un tiempo venidero, nos visiten en casa, podamos compartir con ellos un café –que pagaremos nosotros, claro– pero que también nos devolverá el rostro humano de aquellos perfiles profesionales que cumplían funciones parapoliciales pero que, en el fondo, estaban deseando que se inaugurara la era de la telemática para ellos, por fin, los inspectores, poder realizar un verdadero trabajo presencial, aunque sea en nuestras casas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

26 jun. 2020

  • 26.6.20
Esta semana, en un solo día, Sanidad ha notificado 196 casos positivos de coronavirus. La luz del verano relaja los ánimos, incrementa los riesgos de contagio y los brotes se multiplican. Las sociedades médicas se echan las manos a la cabeza ante este descontrol.



El coronavirus sigue al acecho y se alimenta de reencuentros familiares, de botellones donde los jóvenes buscan la felicidad encriptada por la pandemia, de turistas que vienen a tirarse en las playas después de haber colapsado aeropuertos y estaciones de ferrocarril. Todos van dejando un rastro de sangre en sus homilías, en sus descuidos, en su inconsciencia. No será fácil reencontrarnos en los hoteles con huéspedes que llevan marcada en la frente la cicatriz del exterminio, del caos, del fin.

A los familiares de residentes en 44 centros de mayores de Madrid vuelven a prohibirles las visitas por nuevos contagios. Leo en la prensa las manifestaciones de dos gestores de la empresa de ambulancias que contrató la Comunidad de Madrid para las residencias de ancianos. Denuncian que hay centros que no tenían sedación y que se podría haber evitado la muerte de entre un 30 y un 40 por ciento de los ancianos. La contundencia de la frase la elevó a encabezar la noticia: “El doctor hacía el certificado de defunción en la calle y se iba”.

Ayer la nota pintoresca la protagonizó un temporero de Almería que había viajado a Navalmoral de la Mata, en Cáceres. Se trata del paciente cero de un brote que había dejado 24 casos positivos de coronavirus. Como poco llama la atención de quien huye de la ley y de sus penalizaciones llevando consigo la consigna del contagio, la herida de la muerte.

Mientras tanto, el alcalde de Lanjarón bailaba bajo una lluvia artificial en la noche de San Juan abrazando a los vecinos. Los abrazaba, dijo luego, porque siempre estaba con ellos. En un país donde las autoridades democráticas no tienen dos dedos de cabeza será más difícil salir de este callejón donde nos ha atrapado la covid-19. En fin, como siempre, las anécdotas desbancan a otros titulares posibles para el interés de los lectores.

Las colas siempre anuncian las secuelas del caos. Así ocurre con las colas para conseguir alimentos y productos básicos. Cada día, las colas comienzan antes. Leo que, a las seis de la mañana, cuatro horas antes de que los comedores sociales abran sus puertas, los ciudadanos con necesidades comienzan a agruparse en colas cada vez antes y cada vez más largas.

La crisis de 2008 ya nos enseñó que este país no estaba libre de esos contagios de necesidades. Y esta pandemia nos ha devuelto el mapa apenas olvidado. Carecen los alimentos, los productos más básicos, los pañales. La situación, claro, es preocupante.

Los inmigrantes irregulares se meten en estas colas a hurtadillas, pendientes de que la Policía no les eche el ojo, porque sospechan que pretender alimentarse en tiempos de pandemia debe un delito condenatorio indeclinable. Vivir fuera de la tierra donde uno nace siempre es un viaje imprevisible y sin meta definitiva, sobre todo cuando solo llevamos con nosotros el papel para envolver el bocadillo. Cuando hay bocadillo.

En la otra acera, media España diseña sus días de vacaciones, su eterno confinamiento o su precariedad inalienable. En cualquier caso, miramos por la ventana y nunca vemos a quienes aún viven peor que nosotros, peor que nadie. Pero estas colas interminables, integradas por criaturas que lo han perdido todo para siempre, son el reverso de nuestra propia identidad, el espejo donde no nos vemos, el lugar en el que nunca querremos estar. Pero que nadie puede asegurar jamás que nunca integrará estas largas colas del infortunio.

Los supermercados ya no colaboran con las entidades solidarias. Leo el argumento y me quedo de piedra: o bien no les sobra nada o bien están haciendo su agosto. Bueno, estarán haciendo su junio y su julio. Y después vendrá agosto.

Y seguirán las colas interminables, los turistas estarán tirados en la arena de nuestras playas llenos de cerveza, y la covid-19 seguirá vigilando los movimientos de nuestros excesos y los escondrijos donde los amantes se limpian la piel con los besos que han esperado tantos meses. Entre un dislate y otro, como siempre, vencerá el amor.

Y mientras los nuevos amantes pasean por una ciudad reinventada, allá, en la esquina, las colas de los desheredados de la tierra, que seguirán pidiendo alimentos y otros productos de primera necesidad, serán un objetivo inapreciable para quienes saben ahora ya que el amor te aísla, afortunadamente, del mundo en el que vives.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

19 jun. 2020

  • 19.6.20
La fuerza letal de la covid-19 y el pánico social que ha arrastrado en estos meses de uno a otro país han hecho explosionar por los aires y en añicos las teorías conspirativas. Nos han podido más el miedo a lo desconocido y la fragilidad de la existencia que la causa que motivó la extensión del virus por todo el planeta.



Las primeras semanas se hablaba de que este virus pudo ser producido por la propia naturaleza, motivado por una mutación o por el propio azar. Se dijo también que pudo ser creado en un laboratorio chino y que accidentalmente, producido por un fallo de seguridad, escapó a los cuatro vientos para dar la vuelta al mundo.

Y también se especuló con que podía ser de naturaleza artificial y que había sido diseminado de manera intencionada con propósitos ocultos que no escapan a nuestra imaginación: provocar una epidemia de pánico social a escala planetaria, que derivara en una en una catástrofe económica y provocara profundas transformaciones en la sociedad más allá del aspecto sanitario. Transformaciones, obviamente, que redundarían en una brecha social y económica que volcaría al plano de la pobreza a unos cuantos millones de ciudadanos.

Pero la tenacidad del coronavirus en sus amenazas siniestras ha doblegado nuestros pensamientos a pensar, más que en las causas, en las consecuencias de esta pandemia, en el dolor que arrasó hogares, en quienes se fueron para siempre sin duelo y con dolor. Ahora masticamos la fragilidad de la vida de manera distinta. Sabíamos del paso efímero del ser humano por la tierra, pero los últimos meses nos han atado más al miedo de poder perder el aliento.

El infectólogo Santiago Moreno se ha enfrentado a tres pandemias. Pero este año, la covid-19 le mordió mortalmente. Pero ha sobrevivido. Ejerce como jefe de servicio de enfermedades infecciosas en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid. En su demencia por sobrevivir, nos ha dejado un diario para dar fe de cómo podría ser el infierno. El 10 de marzo escribe: “La planta se ha llenado de enfermos de covid-19 en una noche”. Ya enfermo de coronavirus, confiesa el 19 de marzo: “Nunca me han dado una paliza. Pero me imagino que, si te dan una paliza y te rompen los huesos, tiene que ser algo parecido a esto”.

Resucitó de su propia muerte donde se hallaba inmerso para advertir el 24 de mayo: “Lo que me ha pasado me ha puesto de manifiesto que puedes estar bien hoy y de la manera más tonta dejar de estar”. Y añade: “Es de las pocas cosas que se han quedado conmigo. Esa sensación de que no estás protegido. De que no hay nada que te haga resistente, inmune a los miles de peligros que nos acechan. Pero es también verdad que el ser humano tiene capacidad para vencer de manera repetida los obstáculos de salud que se presentan. Con este pensamiento espero la siguiente batalla”.

Sí. El mismo pensamiento es el que ha arraigado en cada uno de nosotros. De un lado, esas ansias locas de beber en el bar como si la existencia fuera una habitación a la que le abres la mampara y vuelve el tiempo pretérito intacto, y lo puedes moldear a tu antojo y añadirlo a ese futuro incierto sin que entre un tramo y otro se perciban las fisuras de una herida. Pero no es así. Se nos ha quedado en la piel la sensación honda de que la vida es frágil, mucho más frágil de lo que sospechábamos, y de que, en las próximas batallas, sean cuales sean, nos acecha la duda de cuál es el camino más seguro para no sucumbir a los peligros que acechan.

Entre el miedo a no salir de la cabaña por miedo a infectarnos y la deducción lógica de pretender bebernos la existencia en una sola noche por miedo a la oscuridad total, hay un sendero en el que ambos caminos no se bifurcan, sino que confluyen en un estado anímico que es no la demencia, la ebriedad ni el pánico, sino una serenidad buscada que no encontramos en otros días, porque el paisaje cotidiano desdibujaba su perfil, y que ahora, conscientes del paisaje después de la batalla o de la fiesta, necesitamos más que nunca.

Seis años antes de la aparición de La peste, probablemente en 1941, Albert Camus publicó el texto “Exhortación a los médicos de la peste”, en el que aconsejaba a estos que no visitaran a sus pacientes en ayunas: “No lo resistirían. Sin embargo, no coman de más. Perderían el ánimo”. Y en otro momento del mismo texto aconseja: “Cultiven una alegría razonable a fin de que la pena no altere la fluidez de la sangre y la prepare para la descomposición. En este sentido, no hay como usar el vino en buena cantidad, para aligerar un poco el aire de pesadumbre que les llegue de la ciudad apestada”.

No sé si el doctor Moreno ha leído las recetas del premio Nobel francés y se las anda ahora de copa en copa huyendo de la fragilidad de su propia existencia. Yo, de momento, me dispongo a descorchar una botella de tinto gran reserva, temperatura de bodega. Igual no logro doblegar los ánimos invasivos de la covid-19, pero con toda seguridad que acabo machacando los malos pensamientos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

12 jun. 2020

  • 12.6.20
Ayer me zambullí por primera vez esta temporada en aguas del Atlántico. Como cada verano, la sensación de libertad me pudo. Más, tal vez, que otros veranos. El agua, la velocidad, el alcohol, el amor desbocado son registros en los que la libertad se siente cómoda y los síntomas de adicción son insobornables.



Una brisa suave se rompió a última hora de la tarde a favor de un viento algo más violento que expulsó a los intrusos del agua. Una playa blanca y vacía, enorme y acogedora. Apenas una veintena de bañistas. Jóvenes golpeando sin técnica el balón, amantes poniéndose al día en cuestiones de amor y sexo, terrazas vacías, o casi. Algunos visitantes sentados oteando el horizonte marino con un gintónic por todo equipaje. Un día de una alegría serena y buscada.

Pensaba –estos días de confinamiento todos hemos pensado mucho– que las playas estarían estos días atoradas de advenedizos, de claustrofóbicos que huyen del encierro involuntario e inmerecido, de una vida minada de normas e instrucciones y decretos que regulan nuestros días como si fuéramos cobayas de laboratorio.

En el fondo, esta vida vivida tiene algo de ese mundo recóndito de la investigación, del ensayo, del suspense, de la fantasía desbordada. Es lógico que nadie creyera, cuando se acercó sigilosa a nuestras vidas, que la covid-19 viniera para quedarse en nuestro regazo.

Sí. Vino para matarnos y advertirnos. De cuántas cosas. Sobre todo, para expulsarnos de la normalidad. En ese término inconcreto y abstracto se esconde no solo la nostalgia de un tiempo fulminado, sino también deshechos de un mundo impuro y putrefacto, que olía a amoniaco y a perfume a la vez, con un tacto de metal oxidado y un sonido vulgar que identificábamos con alguna canción de verano.

Ahora, en las altas instancias del poder político y económico, estudian cómo envasar la nueva normalidad, cómo editar los diccionarios de la vida cotidiana, si los medios digitales son más propicios y cercanos para bajarnos las versiones novísimas de otras biblias y otros cuentos. Ya lo escribió León Felipe: “Me han dormido con todos los cuentos. Y sé todos los cuentos”. De este cuento nunca quisimos saber nada. Por eso nos mordió la mosca.

Miro el mar, pero hay nadie. Los informativos audiovisuales hablan de fiestas nocturnas, de excesos, de jóvenes que se escurren por los rincones de las calles para poner en orden las hormonas locas propias de la edad. Miro el mar, y hay en su soledad compacta una belleza de pintura salvaje, de espacio donde el ser humano nunca pisó sus arenas.

Pero hace unos días, nada más amanecer, me tiré a la calle, a examinar las venas abiertas de esta ciudad hermosa que es Sevilla, y tampoco había nadie. Y más allá de las doce de la mañana, los bares abrían sus puertas para nadie, apenas para nadie. Bebí una cerveza solo y fría, como la ciudad.

Hay un miedo estancado en los hogares que nos ata a defender la vida por las esquinas del inmueble, que nos precipita del baño a la cocina y de la cama al sillón de la terraza. Y abajo, donde los perros vomitan sus caquitas de siempre, sus dueños y dueñas se apresuran a que el can haga sus necesidades con premura porque aquí abajo hay una alegría difícil de decodificar.

Frédéric Beigbeder ha escrito estos días que, si no aceptamos la idea de que podemos morir, no podemos vivir. Y advierte: “La vida es imposible con este miedo a morir. Queriendo protegernos de la muerte, suprimimos la vida. El canguelo que tenemos nos ha impedido vivir durante dos meses. A partir de ahora va a haber que aceptar que arriesgamos la vida saliendo de casa. Yo creo que estoy preparado”.

Creo que hemos nacido para vivir, para vivir con amor y en libertad. Dos conceptos que no tienen por qué ser antagónicos, sino complementarios. Si nos acompañamos de un gintónic elaborado por un profesional, mejor que mejor. Esconderse de la vida no vale, porque en los rincones es donde anidan las telarañas y las ideas oscuras que florecen en el alma.

Frente al mar, sin embargo, aunque el viento te despeine los pensamientos, puedes respirar un aire puro que no te atrapa en la nostalgia de una normalidad perdida, pero que sí ayuda a mirar a donde la luz se proyecta.

Beigbeder es un escritor divertido y profundo a la par. A veces es capaz de esbozar vaticinios que terminan cumpliéndose, como pronostica el título de su novela El amor dura tres años. Yo habría añadido: o menos. Las pasiones muy longevas, ya se sabe, acaban oliendo a naftalina.

En este libro me robó la definición de mujer que yo hubiera escrito. Estuve por plagiarle, pero al final opté por escribir algún día una mejor. Sugiere Beigbeder: “Lo más hermoso de una mujer es que sea sana. Me gusta que respire Salud, ¡esa edad de placer! ¡Quiero que tenga ganas de correr, de reír a carcajadas, de hartarse de comer!

Dientes tan blancos como el blanco de los ojos, una boca fresca como una cama grande, labios cereza en los que cada beso es una joya, una piel tersa como la de un tam-tam, senos redondos como bolas de petanca, clavículas delgadas como alas de pollo, piernas doradas como la Toscana, un culo respingón como una mejilla de bebé y, sobre todo, sobre todo, NADA DE MAQUILLAJE. Debe oler a leche y a sudor más que a perfume o a cigarrillo”.

Beigbebder no habla de los defectos de nuestra mujer perfecta. A mí, de hecho, me gusta que los tenga. Este anuncio, después de todo, no es sino una propuesta de amor y libertad. Ella, o ellas, si alguna se atreve, puede buscarme y encontrarme en las redes, puede buscarme en la playa: soy aquel que mira el mar con un libro abierto. También frecuento bares, paseos matutinos, librerías, parques donde no hay niños destrozando pelotas ni perros que siempre hacen caca cerca de los viandantes que más los detestan.

Pero ella, sea quien sea, que no me cite en su apartamento. El amor y el confinamiento, en ocasiones, se asemejan demasiado. Prefiero una cita frente al mar. Propongo solo unos momentos de felicidad. Podrían ser, claro, unos momentos eternos. Eso sí, no se acerquen incautas ni hurañas. La covid-19 me ha vuelto muy selectivo y con muchas ganas de vivir. Seguro que alguna pica, en el buen sentido. Para mí, esta nueva normalidad sería el mejor antídoto para derrotar al desasosiego.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

5 jun. 2020

  • 5.6.20
Hay un mundo que no conocemos y que crece de manera arbitraria en nuestro interior, un mundo ajeno a nuestras vidas, que siendo el de antes también es otro distinto. Cuesta entender la razón de esta metamorfosis y sus múltiples mutaciones en una lucha irrefutable contra el tiempo. Tanto es así que apenas percibimos determinados cambios cuando ya han modificado su naturaleza y sus ángulos. En este mundo por venir todo es igual que antes, aunque al revés. Todo es lo mismo sin serlo ya. Y todo lo que no es tampoco sabemos a ciencia cierta si un día lo fue.



Los perros ya no serán animales de compañía, sino agentes contratados por los servicios de información del Estado y por algunas multinacionales, y estarán adiestrados para utilizarlos en la detección del coronavirus entre la población. Serán espías chivatos que adivinarán no solo nuestras enfermedades, sino también nuestros sueños y nuestros días vacíos.

Los árboles no crecerán verticalmente. Más bien vivirán buscando sus propias raíces y se hundirán en la tierra persiguiendo el corazón del planeta. Y el paisaje será un espacio muerto que, visto desde el cielo con ojos de águila, se asemejará a un enorme bosque poblado de cráteres microscópicos donde antes los árboles teñían de verde el horizonte. Y los días almacenarán las horas por si los siglos fenecieran. Y el cielo se tornará de uno y otro color, según el ánimo del que nosotros mismos dispongamos.

Se sabe ya que otros mamíferos se vestirán se plumas y que las gallinas, aún sin alcanzar el vuelo, se agruparán en manadas como pollos despeluchados y las veremos correr por miles o millones en los campos abandonados por temor, no a la olla, sino a una vida eterna sin bendición alguna.

Los peces alcanzarán el cielo y, ya extraviados en un paraíso que nunca fue suyo, sucumbirán en una caída abismal que, en sus dimensiones millonarias de animales que se precipitan desde el infinito, tornará el día gris, como si una lluvia de muerte se desprendiera de las nubes y se nos pegara a la piel en su caída inmisericorde. Y la noche dejará de ser el paisaje más conmovedor cuando proyectas en él tus sueños.

Un día saldrás a la calle y nadie te reconocerá porque, después de tres meses confinado en casa, tu piel será de color gris picón o vainilla, y las uñas te habrán crecido sin función alguna, como apéndices inútiles que esconderás en los bolsillos sin poder desprenderte de ellas. Y te pedirán el DNI para entrar al bar de siempre.

Reconocerás a la camarera, una muchacha de una belleza impoluta. Ella no te reconocerá a ti. En este sentido, la vida seguirá igual. Pedirás una cerveza helada de una marca que dejó de existir a saber hace ya cuánto tiempo. Pero su sonrisa, el mejor regalo del día, te hará entender que cualquier marca vale. Habrá tanta distancia entre nosotros que nos comunicaremos por gestos, y en la mirada hallaremos el enigma de la confabulación. Para entonces, la mentira no será posible, porque los ojos nunca engañan.

Hablaremos de los besos como si fueran un fósil extraviado en la memoria. Y de los abrazos como una estrategia bélica en un mundo sin guerras. Inaugurarán museos sobre nuestro pasado que no seremos capaces de reconocer. Y en algunos libros leeremos versos indescifrables.

Y recordaremos una frase que Margaret Atwood, la autora de El cuento de la criada, escribió en estos días: “Es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos. El modo en que vivas este periodo dependerá, en parte, de ti. Si estás leyendo esto es que estás vivo, supongo yo. Y si no lo estás, mi sorpresa va a ser mayúscula”. Te quedarás babeando, sin entender nada. Porque está manufacturado para que existas sin entender apenas qué te está pasando.

El interior de los edificios te lo habrán cambiado. Serán espacios asépticos y distantes. Las paredes cubiertas con cartelitos y pegatinas que ofrecen órdenes, consejos, horarios, multas. Pese a la magnitud del drama que inventas en tu cerebro, la vida será bella. No habrá lugar a la duda, pues la estética será solo una, que compartiremos como iguales.

Estaremos localizados con pulseras electrónicas, nos dirán quiénes somos –si lo olvidamos– a través de sistemas avanzados de reconocimiento facial. El gran debate tecnológico de nuestra era entre la libertad y la seguridad ya lo fue. Y venció la segunda. Es decir, ya nada nos puede ocurrir. Elegiremos los sueños como antes pedíamos el plato más sabroso en cualquier restaurante. Da lo mismo uno u otro. Todos sabrán igual. Una duda menos que resolver.

Seremos mansos, como bueyes castrados, dotados de una sonrisa impostada que nos gusta y que tendremos adherida al rostro como una máscara que necesitamos en lo más hondo para que nadie penetre en nuestra alma y modifique nuestras entrañas. Habrá un silencio útil, una uniformidad perfecta en todas las cosas que toquemos y un ánimo sereno que nos ayudará a poder vivir sin nada.

Un día despertaremos y sabremos, afortunadamente, que todo fue un sueño. Correremos escalera abajo buscando el bar de toda la vida y una muchacha de sonrisa ancha y salvaje nos servirá una cerveza helada. Ya nunca podremos olvidar su mirada y aquella vida que nunca será, se habrá deshecho como por ensalmo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

29 may. 2020

  • 29.5.20
Escucho a Cayetana Álvarez de Toledo, en mitad del Congreso, decirle a Pablo Iglesias que es hijo de un terrorista. La tal Cayetana, que nunca ríe –porque nunca ha reído– tiene siempre una expresión de mala leche que no da miedo. Da pena. También da vergüenza. Tiene aire de criatura avinagrada, una delgadez que no es secuela de la inanición –las marquesas no pasan hambre– sino de las dimensiones que absorbe el odio a los pobres en su estómago malherido y atrofiado también por tantos otros odios.



Cayetana tiene lengua viperina, un sentido del humor que solo alcanzan a entender los seres mediocres de una fuerza popular que pretende sobrevivir con el insulto, el argumento chusquero de un pasado vomitivo y un futuro incierto donde ya no cabe el franquismo sociológico.

Está enamorada –políticamente hablando– de Pablo Casado, que tiene por todo currículum un expediente académicamente adulterado o plagiado. Le gusta porque siempre anda también cabreado. Nada le gusta del país que nosotros amamos.

Vivió de las tetas del partido. Podría mostrarnos sus premios, sus artículos publicados en revistas indexadas, sus libros, sus conferencias. Pero no tiene. Nació para el estrellato electoral. Ahí no valen oposiciones ni concursos. Ni aduanas. Todo es vía libre. No hay nada como un buen padrino.

Pero hay estrellas que no brillan. Porque dentro de él –o de ellos– no hay nada. Un día José María Aznar se enamoró de él. Era joven, sonreía de vez en cuando y no sabía de nada. Aznar, que tampoco sabe de nada, le pareció un delfín fotocopiado para que su obra no naufragara en Las Azores.

Mientras lo pensaba, se hizo millonario –también su hijo– aprovechando la mala suerte de las criaturas desahuciadas en otra crisis que ya olvidamos. Cuando la covid-19 nos amenazó, el expresidente se escabulló y acabó –sin querer, claro– en Marbella con su esposa, su perro y sus guardaespaldas. Rajoy, más digno, creyendo que no vulneraba ninguna norma, siguió corriendo a su ritmo en un empeño inútil de crear una nueva modalidad en el deporte olímpico.

Cayetana nunca ríe. Y no se entiende. Porque lo que ocurre en su partido es de risa. Siempre están cabreados. Todos y todas. Con ellos. Con el país. Con los rojos en el poder. Como les pagaron los estudios sus padres o sus abuelos –y les fue fácil y bien–, no acaban de enterarse de qué va la vida. Y cómo se puede sobrevivir en el tumulto del mundo sin amuletos familiares.

Heredaron apenas sin un rasguño el cabreo de los abuelos. Genéticamente, están fabricados para insultar. Los educaron en buenos colegios, pero en aquel entonces las monjas –solo algunas, claro– se dedicaban a robar bebés y no a educar a niñas y niños de mamá y de papá.

Hoy están tristes. Porque andan extraviados y extraviadas en el ruedo de la política sin saber qué decir y qué hacer. Es lo que tiene abrir el micrófono y solo derrochar mala leche. O frases incorrectas, incómodas, en las que la educación de clase no deja más tarde la más mínima huella. Tampoco deja una delgada y sutil metáfora en estos tiempos de confinamiento en los que tanto se agradece una frase bien construida.

Cayetana, que seguro se duele cada noche de la muerte incomprendida e injusta de nuestro caudillo Franco, dice que el padre de Iglesias era un terrorista. Ya la Antigua Grecia hablaba del derecho al tiranicidio. Pero, claro, ella, que nunca ríe, porque hay muertes que duelen tanto, es incapaz de entender la lucha contra un régimen que solo trajo a este país un tizne de infamia que no logramos borrar.

Pero ella ignora también que en este país hay una derecha educada, culta, que no se cabrea tan fácilmente y cuida muy mucho de operar con palabras de mal gusto y que hieren. Ella de esto no sabe. Porque, hoy, ser marquesa no significada nada. El título ya no derrama inteligencia, elegancia, el conocimiento por las palabras hábilmente expresadas para dignificarnos sin necesidad de que la propia frase nos defina como personas no gratas.

Estos días hemos escuchado –como tantos otros– en el Congreso el insulto, el desagravio, la palabra malsonante, el argumento vacío, la voluntad torpe de pretender romperlo todo, la verdad impostada. En mitad de una pandemia, donde solo debería importarnos la vida –y nadie escapa al mordisco de esta mosca– solo escuchamos palabras avinagradas, frases ácidas, metáforas desafortunadas, fruto todas de un programa político que huele a tiempo pasado y muerto, que huele a momia irreconocible. Esta derecha triste que nos deja la covid-19 ya no cuenta con ese conglomerado de esa otra derecha que no quiere aquella historia que todavía hoy nos denigra en Europa.

Por eso, a veces, y tantas veces, me encierro con mis libros y descubro en sus páginas otras palabras que no son estas; otras palabras en las que belleza brilla como estrellas en la noche y guían como luciérnagas en los sueños más contumaces.

Hay autores y libros que me mantienen ajeno y vigilante de esta otra vida que unos cuantos se empeñan en quitarnos y que deben aprender ya que ese empeño solo es una vocación frustrada e inútil. Porque si la felicidad que la derecha busca implantar no es compartida, no tendrá lugar en ese futuro que todavía está con por construir. Y que tal vez no se parezca tanto al que dejamos atrás, pero que tampoco será una fotocopia de esa historia miserable que heredamos hasta ahora. Y que tan mal huele. Esto, desgraciadamente, ya no es de risa. Visto así, igual Cayetana acierta a entenderlo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

22 may. 2020

  • 22.5.20
Conocí la tristeza, por antepenúltima vez, en una residencia de ancianos. Desde entonces, "tristeza" e "impotencia" son palabras que no logro desintegrarlas de un todo compacto. Busqué otra palabra: "angustia". Los diccionarios dicen más o menos que la angustia es un estado de intranquilidad o inquietud muy intensas causado especialmente por algo desagradable o por la amenaza de una desgracia o un peligro.



La palabra "peligro" contiene en su propia naturaleza más significados de los que le atribuimos. Una palabra polisémica con muchos significados, todos aquellos que le queramos atribuir. La angustia, lo sé, y el peligro caminan al mismo compás y siempre a nuestro lado.

Nos gusta mirar, eso sí, los cisnes en el lago, la puesta de sol, la novia ante el altar, el horizonte cuando nadie nos ve. Hace unos años publiqué una novela breve titulada El peligro y su memoria. Hoy la hubiera titulado El peligro y su angustia. Siempre nos gusta mirar a otro lado.

Mi padre se había roto la cadera. Sufrió la intervención quirúrgica propia de estos casos: sufrir el peligro a tu lado para nada. Necesitaba tantos cuidados que lo ingresamos en una residencia de mayores. No era barata. Ninguna lo es. Aquí ya nada es barato. Lo visitábamos con bastante asiduidad. Pero en esos espacios impersonales los días se hacen muy largos y, cuando has alcanzado sin saber por qué los 80 años o más, la noche se impone como una cárcel inmerecida.

Había leído unos años atrás Arrugas, de Paco Roca. Un cómic que te mete de lleno en las vísceras de esas cárceles de viejos que nosotros mismos diseñamos para nosotros mismos. Un buen día, mi madre, mi hermano Paco y yo optamos por llevarnos a papá a casa, pese a que nos advirtieron de esa decisión, pues no podían asegurarnos que meses después, cansados y equivocados, volviéramos a volver a solicitar la plaza perdida y ya no fuera posible. Nos arriesgamos.

Y una tarde de un otoño tardío, aún lo recuerdo, murió con nosotros al lado. Los últimos días se los pasó besando a mi madre y confesándole lo mucho que la quería y la había querido. La vida, paradojas de la propia vida, no nos ofrece tiempo suficiente para decir lo más esencial y evidente sin ternura impostada antes de que la posibilidad de hacerlo sin premura lo impida.

Hasta que rompió nuestras vidas la covid-19, no supimos que estas residencias de ancianos estaban tan cerca de nuestras vidas. Aquellos ancianos que se fueron estos días, y quienes lo hicieron antes, eran los mal llamados "hijos de la guerra", que comenzaron a trabajar siendo unos infantes.

Mi padre tenía 11 años cuando acabó la guerra y empezó a trabajar y, cuando se jubiló, a los 65, lo celebró con una alegría inaudita ese tiempo libre tan merecido. Murió hace unos años, un año antes que mi madre, y tal vez lo hicieron intuyendo una pandemia que ya no les cabía en sus vidas.

Como ellos, otros muchos miles de ancianos sufrieron la guerra, la postguerra, la hambruna, algunos los campos de exterminio. Vivieron la felicidad de ver crecer a sus hijos, de que estos pudieran estudiar, ser libres, ocupar un sitio en la vida. Eso decían.

Les vimos esa alegría de años en cada pequeño acto de sus insignificantes existencias. Ellos eran así. Un ángel vengativo, al que llaman coivd-19, ha cruzado todos los vientos y violado todas las falsas fronteras para mostrarnos la cara viva de la angustia: tantos miles de ancianos muertos solos, sobre todo solos, y sin duelo los últimos días de su residencia en la tierra. Solo en España, el 86 por ciento de los muertos por la covid-19 tenía más de 70 años. Sabemos que nuestra estancia en este mundo era imperfecta. Ahora tenemos más razones y más evidencias para atrevernos a cambiarla.

El pensador norteamericano Noam Chomsky, a sus 91 años, sostiene que la puesta en manos privadas de funciones públicas explica en buena parte el desastre en la crisis del coronavirus. Las residencias de ancianos fracasaron. Solo buscaban beneficios. Las farmacéuticas también buscaban beneficios. El caos estaba servido.

Dice Chomsky: “En EE UU, la mayor parte de las víctimas son ancianos en residencias. ¿Por qué mueren tantos allí? Porque las residencias se privatizaron durante la plaga neoliberal y quedaron en manos de fondos de inversión. Y esos hicieron lo que suelen, recortar por lo sano: servicios, personal, material. Pasa cualquier cosa y todo se desploma. Pero hay más. Hay un gran puñado de grandes empresas que gestionan la mayor parte de las residencias y su gestión ha sido alabada públicamente por Trump. Porque es uno de los grandes inversores”.

En nuestro país, el capital riesgo había apostado por un modelo de residencias para mayores con grandes márgenes de beneficios que la pandemia se ha dedicado a devastar y traducir en escombros. El tamaño de las residencias, el diseño arquitectónico, la calidad de la atención, la adopción de medidas rápidas y oportunas por parte de cada centro, su capacidad de comprar equipos de protección y test o su exposición en territorios más o menos expuestos al virus han sido elementos que han jugado a favor o en contra de cada residencia.

Como escribe María Fernández, el sector, que hasta ahora vivía el boom de inversión por su rentabilidad, ahora hace todo lo posible para restar importancia a los beneficios. Hasta se han inventado un eslogan para estos tiempos: “No curamos, cuidamos”.

Un día que fui a visitar a mi padre en la residencia, estaba sentado en su silla de ruedas. Él estaba de espaldas a mí y frente a la ventana viendo un paisaje que no había. Tal vez mirara para ninguna parte. Tenía la cabeza apoyada en el hombro izquierdo. No sé cómo podía estar cómodo en esa posición.

Iba con mi hermano Paco. Lloré de impotencia. No podía contenerme. Y no suelo llorar. Estaba, como todos los demás ancianos y todos los demás días, anestesiado, harto de tranquilizantes para que no diera guerra. Mi padre era mucho de dar de guerra. A mi madre le decía siempre que íbamos a verlo: “Vámonos ya”. Entonces yo me iba a ver el paisaje más inútil que nunca pude contemplar.

Muchos amigos ingresaron a sus padres en este tipo de residencias. Allí fallecieron. Ahora sabemos que no era un buen lugar. O lo sabíamos y mirábamos otro paisaje. Leo el título que encabeza este artículo, y pienso que me equivoqué. En realidad, debería haber titulado: ¿Qué hacemos ahora con nosotros?

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

15 may. 2020

  • 15.5.20
Estos días de confinamiento me han ayudado a refugiarme, todavía más, en las páginas de algunos libros. Y, sobre todo, a descubrir las historias de otras obras que fui postergando con los años y que el apremio del trabajo no abría un horario posible donde decodificarlas. Tal vez también la covid-19 nos haya empujado a la lectura para evadirnos de un momento que vivimos y que no logramos entender ni olvidar. Así que me refugié en los clásicos y, ni corto ni perezoso, escogí un volumen de la Biblioteca Clásica Gredos. Y no uno cualquiera: al mismísimo Homero. Tarde o temprano, todo buen lector debe blandir páginas como espadas con o contra o a favor del maestro.



Pero ya en las primeras líneas me tropiezo con la amenaza de una “maligna peste”. La Ilíada narra la cólera de Aquiles, como sabemos. En las primeras páginas de la obra, la Musa cuenta que Agamenón, jefe de los aqueos, desoyó la petición de Crises, sacerdote de Apolo, que le suplicó la devolución de su hija Criseida, que había sido otorgada a Agamenón como parte del botín obtenido al capturar una fortaleza aliada de Ilio. Crises clamó venganza a Apolo, y este envió una peste contra los aqueos.

Las referencias a gripes, pestes y pandemias en la literatura a lo largo de la historia son numerosas. Y creo que sobran los ejemplos, que todos conocemos. Pero hay algunos silencios sospechosos que abren paréntesis inauditos o que no se pueden esquivar. Guillermo Altares escribe que, por ejemplo, la gripe española mató entre 2018 y 2019 entre 50 y 100 millones de personas. La explosión económica después de la Primera Guerra Mundial y la vida loca de los años veinte sepultaron en el olvido las secuelas de esta pandemia.

Apenas se escribieron libros. Tampoco el cine prestó atención a aquel viento de muerte. Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway o John Dos Passos sufrieron el infierno de alguna manera, o por ellos mismos o por familiares próximos. Pero no lo escribieron.

La literatura española tampoco arañó muchas páginas al caos impuesto por la naturaleza. Pla es una excepción. Altares recuerda la frase de Antonio González Macías, entrevistado en 1972: “La gente llamaba a 1918 el año de la gripe, mucho más que el año en que acabó la guerra”. La fiesta loca de los años veinte, que no lograba entenderse con un olvido que se resistía, desembocó en el crash de 1929.

Los europeos, condenados a que el mundo se rindiera a nuestros pies desde muchos siglos atrás, no quisimos ver nunca que la peste, cuando se empeña, echa abajo todos los muros. El magnífico escritor turco, premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, ha escrito que, en los mapas de los siglos XVII y XVIII, la frontera política del Imperio Otomano, donde se pensaba que comenzaba el mundo más allá de Occidente, coincidía con el Danubio: “Pero la frontera cultural y antropológica entre los dos mundos la marcaba la peste, así como el hecho de que era mucho más probable contagiarse al este del Danubio”.

Claro, al parecer los dioses seguían protegiendo bajo su paraguas a los niños caprichosos y crueles de Occidente. De modo que, cuando la covid-19 ya se había metido en nuestras vidas hasta saber cuándo, aquí no supimos reaccionar.

Boris Johnson, antes de sufrir su dolor, negaba su poder de infección. Trump hablaba de virus chino y Bolsonaro los imitaba con semejantes payasadas, con frases de este aliento: “No hay motivo para el pánico”. Después se puso –quién sabe– a contar cadáveres por las noches.

El 2 de marzo Italia sumaba ya 52 muertes y más de mil infectados. En España pensábamos quizás que los chinos morían como chinches porque eran feos, delgados y bajitos. Y que Italia, después de todo, queda muy distante de los Pirineos, nuestra eterna frontera de país chusquero. Si paramos en su día a los franceses en nuestra inmortal guerra de liberación –esbozaría alguien–, cómo no vamos a parar a un simple virus, más chico que un mosquito.

Como no teníamos referencias literarias a las que acudir, recurrimos adonde siempre lo hacemos desde tiempos inmemoriales: los paganos pagarán los destrozos de esta fiesta. Lo grave de las algarabías y de las alegrías prestadas es que no nos dejan escuchar el silencio. Ahora, las lluvias pertinaces clausuran las terrazas que tanto anhelábamos y las calles vacías y solas se muestran ineficaces para engendrar otra posibilidad de entendimiento. Las calles están ahí pero el síndrome de la cabaña nos protege de promesas que nadie entiende y que tampoco queremos escuchar.

Comenzamos a sospechar que el virus vino para quedarse, que debemos inscribirnos en cursos para aprender a hacer sexo con eficacia y con mascarilla, que esperamos como niños el amanecer de un 6 de enero la vacuna que nos inmunizará de ese enemigo del que siempre quisimos desentendernos. Los mensajes iban llegando como cuentagotas: sida, ébola, gripe aviar. De hecho, todavía persiste la malaria en algunos países pobres, incluso la tuberculosis en nuestro propio país.

No hay literatura de referencia que nos distraiga de estos pormenores que nos están matando. O la hay, y nosotros nos empeñamos en dormir con series repetidas que anuncian con acierto los desastres que después la naturaleza nos muestra a sus anchas en nuestras propias vidas. Aunque ya algunas series, como Diarios de la cuarentena, nos acercan, aunque de manera difuminada y con un humor impostado, al espejo que dibuja nuestros rostros. Pienso en las mesas vacías de las terrazas atravesadas por esta lluvia de primavera, y nosotros, como cantara Antonio Machado, viéndolas venir desde nuestras imprescindibles ventanas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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