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19 jun. 2020

  • 19.6.20
La fuerza letal de la covid-19 y el pánico social que ha arrastrado en estos meses de uno a otro país han hecho explosionar por los aires y en añicos las teorías conspirativas. Nos han podido más el miedo a lo desconocido y la fragilidad de la existencia que la causa que motivó la extensión del virus por todo el planeta.



Las primeras semanas se hablaba de que este virus pudo ser producido por la propia naturaleza, motivado por una mutación o por el propio azar. Se dijo también que pudo ser creado en un laboratorio chino y que accidentalmente, producido por un fallo de seguridad, escapó a los cuatro vientos para dar la vuelta al mundo.

Y también se especuló con que podía ser de naturaleza artificial y que había sido diseminado de manera intencionada con propósitos ocultos que no escapan a nuestra imaginación: provocar una epidemia de pánico social a escala planetaria, que derivara en una en una catástrofe económica y provocara profundas transformaciones en la sociedad más allá del aspecto sanitario. Transformaciones, obviamente, que redundarían en una brecha social y económica que volcaría al plano de la pobreza a unos cuantos millones de ciudadanos.

Pero la tenacidad del coronavirus en sus amenazas siniestras ha doblegado nuestros pensamientos a pensar, más que en las causas, en las consecuencias de esta pandemia, en el dolor que arrasó hogares, en quienes se fueron para siempre sin duelo y con dolor. Ahora masticamos la fragilidad de la vida de manera distinta. Sabíamos del paso efímero del ser humano por la tierra, pero los últimos meses nos han atado más al miedo de poder perder el aliento.

El infectólogo Santiago Moreno se ha enfrentado a tres pandemias. Pero este año, la covid-19 le mordió mortalmente. Pero ha sobrevivido. Ejerce como jefe de servicio de enfermedades infecciosas en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid. En su demencia por sobrevivir, nos ha dejado un diario para dar fe de cómo podría ser el infierno. El 10 de marzo escribe: “La planta se ha llenado de enfermos de covid-19 en una noche”. Ya enfermo de coronavirus, confiesa el 19 de marzo: “Nunca me han dado una paliza. Pero me imagino que, si te dan una paliza y te rompen los huesos, tiene que ser algo parecido a esto”.

Resucitó de su propia muerte donde se hallaba inmerso para advertir el 24 de mayo: “Lo que me ha pasado me ha puesto de manifiesto que puedes estar bien hoy y de la manera más tonta dejar de estar”. Y añade: “Es de las pocas cosas que se han quedado conmigo. Esa sensación de que no estás protegido. De que no hay nada que te haga resistente, inmune a los miles de peligros que nos acechan. Pero es también verdad que el ser humano tiene capacidad para vencer de manera repetida los obstáculos de salud que se presentan. Con este pensamiento espero la siguiente batalla”.

Sí. El mismo pensamiento es el que ha arraigado en cada uno de nosotros. De un lado, esas ansias locas de beber en el bar como si la existencia fuera una habitación a la que le abres la mampara y vuelve el tiempo pretérito intacto, y lo puedes moldear a tu antojo y añadirlo a ese futuro incierto sin que entre un tramo y otro se perciban las fisuras de una herida. Pero no es así. Se nos ha quedado en la piel la sensación honda de que la vida es frágil, mucho más frágil de lo que sospechábamos, y de que, en las próximas batallas, sean cuales sean, nos acecha la duda de cuál es el camino más seguro para no sucumbir a los peligros que acechan.

Entre el miedo a no salir de la cabaña por miedo a infectarnos y la deducción lógica de pretender bebernos la existencia en una sola noche por miedo a la oscuridad total, hay un sendero en el que ambos caminos no se bifurcan, sino que confluyen en un estado anímico que es no la demencia, la ebriedad ni el pánico, sino una serenidad buscada que no encontramos en otros días, porque el paisaje cotidiano desdibujaba su perfil, y que ahora, conscientes del paisaje después de la batalla o de la fiesta, necesitamos más que nunca.

Seis años antes de la aparición de La peste, probablemente en 1941, Albert Camus publicó el texto “Exhortación a los médicos de la peste”, en el que aconsejaba a estos que no visitaran a sus pacientes en ayunas: “No lo resistirían. Sin embargo, no coman de más. Perderían el ánimo”. Y en otro momento del mismo texto aconseja: “Cultiven una alegría razonable a fin de que la pena no altere la fluidez de la sangre y la prepare para la descomposición. En este sentido, no hay como usar el vino en buena cantidad, para aligerar un poco el aire de pesadumbre que les llegue de la ciudad apestada”.

No sé si el doctor Moreno ha leído las recetas del premio Nobel francés y se las anda ahora de copa en copa huyendo de la fragilidad de su propia existencia. Yo, de momento, me dispongo a descorchar una botella de tinto gran reserva, temperatura de bodega. Igual no logro doblegar los ánimos invasivos de la covid-19, pero con toda seguridad que acabo machacando los malos pensamientos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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