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30 abr. 2020

  • 30.4.20
En tiempos del Covid-19, no paro de darle vueltas a una publicación que leí hace unos meses, en el contexto de una investigación. El texto en cuestión salió a la calle en 1607, de la mano de Antonia Ramírez. Fue la viuda de un impresor, que se hizo cargo del taller de su marido en Salamanca y que, según el Diccionario de impresores españoles (siglos XV-XVII) de Juan Delgado Casado, estuvo al cargo de su imprenta entre 1603 y 1646.



Este hecho no era extraño, pues conocemos varias esposas de impresores que se ponían al mando de imprentas cuando enviudaban. Si bien, llama la atención su longevidad como regente del negocio. En la misma ciudad, compitió con diversos impresores, entre los que hubo otras mujeres, como Susana Muñoz (1610-1621) o “La viuda de Diego de Cosío” (1931).

En concreto, la publicación a la que hago referencia se denomina de la siguiente manera: Coplas del año mil y quinientos y nouenta y nueue las quales contienen las notables cosas que acontecieron en estos dos años esteriles, compuestas por Sebastian de Granadilla pintor y vezino de Salamanca en este Año presente de 99.

Uno de los tipos de publicación informativa más habituales fue el verso, que conectaba con los gustos del momento y que ayudaba a los ciegos a memorizar los textos con más facilidad. En este caso, como indica el título, el texto es una copla, una variedad habitual.

Sin embargo, como ya indico, lo extraordinario del texto no es ni el género de la persona que lo editó, ni tampoco el género textual. Lo que lo hace especial, o al menos para mí, es su tono.

Estamos haciendo referencia a una obra de finales del siglo XVI que, como todas, tenía que pasar por una censura previa. Si bien, la censura no fue tan exhaustiva en los reinos hispánicos como en otros países europeos –pese a lo que ha transmitido la Leyenda Negra–, lo cierto es que la autocensura y la censura previa fueron dos elementos decisivos para comprender hoy el tono y contenido de los textos.

Por ello, la mayoría de los textos informativos u opinativos del período eran bastante dóciles con respecto a los poderes fácticos del momento. Un hecho que hace que esta pieza sea tan extraordinaria. Y es evidente que no soy el único que lo ha pensado, puesto que los estudiosos Víctor Infantes y Jacobo Sanz Hermida ya le dedicaron un buen estudio.

De cara a la censura, llama la atención que el texto fue compuesto en el año 1599 y que narra hechos acaecidos en ese año en Salamanca. Felipe II muere en septiembre de 1598, dejando los reinos hispánicos en una situación económica mejorable. Sebastián de Granadilla ofrece un testimonio de los estragos que vivió su ciudad, Salamanca, en este momento.

Empieza con el año 1598. Tras mencionar la muerte del rey, afirma lastimeramente: “Año fragoso y esquivo / triste miserable y fuerte / no se para que te escrivo / puesto ya el pie en el estrivo / con las ansias de la muerte” (grafía modernizada, así como los siguientes).

Tras esto, hace referencia al hambre y a la mortandad que se vivió aquel año, así como a las guerras y a las malas cosechas: “Tampoco nos faltan guerras / porque esta el mundo perdido, / y al tiempo venido / que se cansan ya las tierras / de dar el fructo devido”. Inmediatamente después, ofreciendo una imagen aún más oscura si cabía, señala el hecho de que debieron ponerse de luto por la muerte del rey.

A partir de aquí, Granadilla ofrece unos hechos aislados, que denomina “niñerías”, que reflejan la miseria y oscuridad de aquellos días. En especial, hace énfasis en la crueldad de los panaderos por la subida del precio del pan: “que nos roban los dineros. // Y tienen con este fuero / a Salamanca assolada, / despoblada, y sin dinero”.

En especial, resulta interesante el relato, que no sé si calificar de costumbrista, de un soldado que roba a una panadera. Cuando la mujer pide auxilio, los presentes, en vez de perseguir al ladrón, hacen la vista gorda, “y comiençan de decir / ojos que le vieron ya / no le veran mas en Francia”. El desempleo es otra lacra, consecuencia de la falta de consumo y, a su vez, causa de la misma.

Sigue con el año 1599, donde se muestran los mismos males: “Mira que gran desconsuelo / los muertos llevan sin luz, / sin ataud, y sin duelo, los arrrojan por el suelo / sin clerigos y sin cruz”. Más adelante, indica que incluso los más nobles se encuentran con dificultades porque alguien, asumimos que la autoridad municipal, no daba licencia para enterrar.

Ante tanta necesidad, señala la única salida posible para mucha gente: enrolarse en el ejército o dejar su “patria”, “desesperados”, asumimos que a las Indias u otros lugares por el estilo. Sin embargo, es curioso que denuncia la emigración a Salamanca de otros pobres de zonas aún más pobres, de Portugal y Galicia, “que el año de la langosta / no nos hizo tanto mal”. Concluye el año criticando a los mercaderes de cereales.

Finalmente, incluye una glosa y un villancico. En este último, cambia el tono, haciendo un elogio al nuevo rey y al fin de los conflictos. No descartamos que fuera un añadido posterior para hacer el texto más digerible a la censura, aunque no deja de ser una hipótesis.

El texto fue publicado en 1607, si bien la licencia señala que fue aprobado en abril de 1599. Por tanto, aunque se hiciera referencia a dos años, lo más probable es que se ocupe de menos de un año natural. Asimismo, con casi toda seguridad fue una reedición, y que haya por ahí perdido un original de 1599 o 1600.

Como ya he indicado, su tono es excepcional. No es extraño que un texto de la época hiciera alusiones a las malas condiciones de vida de la gente. Sin embargo, en su género, este es uno de los textos más oscuros y críticos que he leído.

Si recopilamos la información, este testigo de los hechos hace referencia al hambre, a la enfermedad, a las guerras, a la inflación, a la emigración y la inmigración –culpándola de empeorar su situación–, al desempleo, a malas cosechas y otras realidades.

Insisto, en los últimos tiempos pienso mucho en este texto y me fascino del hecho de que los tiempos no hayan cambiado tanto. La realidad humana sigue siendo la misma. Sí, hay más bienestar, por ahora y por suerte. O al menos en nuestro país.

Sin embargo, los males que asolan al mundo siguen siendo los mismos. Sebastián de Granadilla fue pintor y es probable que sufriera en gran medida los avatares de aquella época. A falta de redes sociales, quizá necesitara de la imprenta para expresar su relato de ese momento tan oscuro que vivió.

Su texto no tiene calidad informativa en términos modernos, y tampoco puede considerarse un texto historiográfico. Sin embargo, expresa lo mejor que puede una realidad que padeció y de la que, por tanto, fue testigo.

Por suerte, insisto, en España vivimos con cierto bienestar, o al menos por ahora. Sin embargo, salvando las distancias, ¿cuántos Sebastianes de Granadilla saldrán en los próximos años? Dos meses de encierro, familias enteras viviendo los horrores de la amenaza invisible, el recuerdo de la locura e insensatez de ciertas personas, el miedo al paro o la desazón del desempleo, sin tener la posibilidad de despejarse…

Granadilla no guardó nada bueno de aquello. O, al menos, no nos lo transmitió. Quizá nosotros sí podamos. Ahora comienza la desescalada. Esperemos que todo quede en un mal sueño. Vivimos los relatos del ahora a través de la prensa. Observemos lo que el Periodismo, la Literatura y el Arte nos ofrecerán en los próximos años. Algo diferente habrá.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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