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5 mar. 2020

  • 5.3.20
La pasada semana celebramos el Día de Andalucía y, para ser sinceros, me entristece que haya sido con un mediocre Gobierno de derechas en la Junta y un tumor en La Moncloa. ¿Cuándo saldrá el andalucismo de su camarilla ilustrada?



Ninguna de las vertientes del andalucismo actual tiene futuro porque se han alejado de los andaluces. Sus líderes y equipos creen que basta con un proyecto, casi siempre ambiguo, y con preocuparse por cuestiones sociales. Y sí, es cierto, hace falta un proyecto y una preocupación real por los problemas de la gente. Sin embargo, hacerlo desde posiciones que repugnan al andaluz medio no hace sino alejarlos del realismo político.

La mayoría de los andaluces no es nacionalista, o no al menos al estilo de vascos y catalanes. Al revés, al andaluz medio le resulta repugnante el egoísmo norteño y aspira a que, algún día, Andalucía sea cabeza de España, no un Estado separado. Y si fuera Estado, sería dentro de la Patria Común, como tantas veces manifestara Blas Infante.

Es aquí donde encontramos el gran fallo ideológico de Andalucía Por Sí (AxSí) que, a pesar de todo, sigue siendo la opción andalucista más seria. No basta con reunirse con la gente en la calle, ni con tener razón en cuestiones sociales. La política no va de tener razón, sino de poner a la gente de acuerdo. Y la aspiración común de los andaluces es ocupar el sitio que le corresponde.

Andalucía supera los ocho millones de habitantes, siendo la comunidad más poblada. Y aunque siempre somos olvidados, los andaluces que hemos emigrado a la Comunidad de Madrid, Cataluña, Euskadi y a otros territorios nos contamos por millones. Somos la nación más numerosa del país. Y, sin embargo, somos la basura blanca de España.

Tan culpables de esta situación son los andaluces colaboracionistas como los gobiernos títeres de Madrid, siempre dependientes de vascos y catalanes desde los tiempos de Isabel II. Una dependencia que se materializa en votos, medios de comunicación, apoyo empresarial...

No olvidemos el ejemplo de Francesc Cambò, gran empresario y nacionalista catalán. Paladín del independentismo y sanguijuela del Estado, durante la Guerra Civil financió a los sublevados, pues prefería una dictadura en España antes que una Cataluña comunista. A este señor homenajean los que hoy nos acusan a los andaluces de fachas.

Me hacen gracia los progres baratos que afirman ser andalucistas y, a la vez, defienden la independencia catalana. Olvidan que esos mismos que piden la independencia de Cataluña son los que nos llaman "basura blanca", los hijos de los que contrataron a los nuestros en régimen de semiesclavitud, a mayor gloria de la industria catalana, y los que perpetúan los estereotipos que tanto denunciamos.

No entiendo qué lectura de clase hace ahí el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). Nos hemos quedado con la crítica al señorito, y nos olvidamos de quién lo ha puesto ahí. Hoy los señoritos ya no tienen tierras, ahora tienen empresas al norte de Despeñaperros y/o se dedican a la política.

Todo independentista catalán o vasco es supremacista, lo tenga asumido o no. Y sus inferiores somos nosotros. ¿Cómo se puede ser andalucista y, al mismo tiempo, defender lo que ha ocurrido en Cataluña y Euskadi?

Esta es una de las muchas razones por las que hoy Andalucía no tiene representación andalucista. Es la principal razón ideológica por la que a AxSí no convence y por la que Teresa Rodríguez, ahora que se quiere limpiar el olor a gato madrileño, va a seguir sin convencer a la mayoría de los andaluces.

Lo he escrito en este espacio hasta la saciedad. Y lo repetiré cuantas veces sea necesario. Si queremos una Andalucía fuerte debemos unirla bajo un mismo proyecto, que no solo necesita de España, sino que necesita estar incluida en el programa.

Andalucía debe ser la medicina del país, garante de la igualdad real entre españoles y martillo de nacionalistas. El andalucismo debe defender el federalismo simétrico, un empresariado andaluz fuerte que cree empleo sostenible, la gestión de sus propios recursos, sus tradiciones y su dialecto, y una política estatal que impida los despropósitos que estamos viviendo.

Esto sí que lo apoyaría con ganas la mayor parte de la población, sea onubense o almeriense, y el empresariado andaluz le prestaría su altavoz. Esto sí lo temería el tumor sanchista, la carroña de Waterloo y mercader de Ajuria Enea. Pero eso sería un andalucismo serio. Y de eso no tenemos. Seguimos soñando.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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