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10 oct. 2019

  • 10.10.19
Seguimos inmersos en las turbias aguas de los títulos, las tesis doctorales escamoteadas, el engaño a cara descubierta. Este tema es más llamativo de lo que podamos pensar. Llamativo porque se da entre personas públicas que se significan con dichas “mentiras”. ¿Cuántas más personas anónimas pueden estar metidas en dicho saco?



En lenguaje coloquial y con sobrecarga despectiva, la definición de “titulitis” viene a decir que es una “valoración desmesurada de los títulos y certificados de estudios como garantía de los conocimientos de alguien” (sic). Quien sobrevalora y se ufana es el sujeto que “supuestamente” se ha ganado dichos títulos y alardea de ello.

La ostentación de un título o de toda una ristra y pavonearse de ellos no garantiza los conocimientos que pueda poseer el titulado. En otras palabras, la titulitis solo es una manera de vender la burra a los demás. La valoración académica desmesurada no la hace quien certifica tales conocimientos sino el propio sujeto que se ufana de poseerlos.

En las últimas semanas han brotado nuevos casos de falsedades académicas contra las que se ha podido bramar pero que ahí siguen. El personal suele preguntarse cuál es la razón para que dicho asunto siga en marcha. ¿Dimisiones? Aquí no dimite nadie.

El daño ya está hecho y quien puede sufrir las consecuencias de tales desmanes es la Universidad que se aviene a entrar en dicho juego, que no cubre la gotera abierta en su tejado. ¿Se han preguntado por qué hay tan pocas universidades españolas en la lista de las más importantes del mundo? Supongo que ésta debe ser una razón. Alguien dijo ya hace tiempo que vivimos en un país de pillos y el más listo suele ser quien manda.

Cargarle el “sambenito” a quien manda no es levantar falso testimonio contra quien manda: solo se ratifica una realidad que está revoloteando entre nosotros y no deja de hacer daño en el sentido más amplio de la palabra…

Para vanidad de muchos y regocijo de piratas, los títulos académicos pueden comprarse, falsearse sin muchas dificultades. Si a alguien le pica la curiosidad, puede entrar en Internet a curiosear cómo comprar títulos y alucinará con la oferta que existe en dicho campo. Hay todo un mercado falsificador en el que se obtienen visados o pasaportes y, de igual manera, titulaciones universitarias sin mayores dificultades.

Oficialmente es posible que algunas personas influyentes, sin asistir a las clases de tal o cual especialidad académica, puedan llegar a poseer una acreditación oficial. Algún caso, aun calentito, da fe de tales incidentes. Es otra manera, poco limpia, de conseguir dicho objetivo.

Todo el relato anterior engarza bien por la manga ancha que desde organismos docentes se pueda llevar a término sin necesidad de cumplir con todos o parte de los requisitos exigidos para obtener el plácet oficial. En resumen, que o se tiene dinero y compro tal o cual título o tengo cierta bula y me regalan el diploma acreditador porque soy o seré importante…

Entre los políticos ha habido y sigue apareciendo mucho “gato por liebre” en este asunto y en otros muchos. El tema de falsear méritos académicos es amplio y no solo ocurre en nuestro país. Si hacemos memoria vendrán a colación engaños académicos varios que van de Pernambuco a Jauja.

Copiar trabajos o fusilar tesis doctorales son liebres que saltan de cuando en cuando. En algunos países, el cazado o cazada renuncian al puesto por incuestionable falsedad. En otros, callan y siguen con el tongo y, los menos, disimulan mirando para otro lado.

¿Es necesario que el político ostente títulos universitarios? Si los tiene, estupendo. Entra dentro de una lógica general el hecho de que mientras más preparado se esté en un tema, mejor rendimiento daremos y mayores beneficios podremos ofrecer a los demás. Hasta aquí, ejemplar. Si se es buen profesional, los títulos pasan a segundo plano.

Embustes, fraudes y mentiras se agarran del brazo como un matrimonio bien avenido y, cómo no, la “titulitis” nos visita un día sí y al otro también; los enchufes y el nepotismo son otro terreno bien regado en este compás de espera, callejón en el que nos ha metido la eventualidad política.

Pero no nos engañemos. Ni beneficiados ni sufridores de tales despropósitos: la deuda por enchufismo o por nepotismo hay que pagarla. O por el donador o por el receptor. “No te preocupes, ya me la pagarás cuando llegue el momento”. El enchufado suele ser una “persona aduladora y servil” (sic), es decir, un “lameculos” que prefiere el peloteo y la sumisión antes que el esfuerzo personal. El padrino, un listillo.

Un ejemplo sin mayor importancia. En el momento que escribo estas líneas, en el Ayuntamiento de Móstoles iban ya por siete los casos de nepotismo muy sonados. La hermana y el tío de la alcaldesa son dos de ellos. Claro que todo esto puede ser “pecata minuta” (error o falta leve) si lo comparamos con grandes dosis de dinero evadido desde algún punto del país, con comisiones recibidas por honorables personas. Y una larga estela de chanchullos.

Empecemos por la cabeza. Una moción de censura da el poder al PSOE. Así tenemos un presidente de Gobierno legal pero no salido de las urnas. Democráticamente estamos en una situación anómala. Las posibilidades de continuidad son pocas. Sánchez anunció en su momento (mayo de 2018) que las elecciones generales serían "cuanto antes". No tarda en mover ficha, cambia de opinión y anuncia que terminará la Legislatura.

La idea era resistir en el poder más allá de lo razonable y así culminaría la Legislatura. El siguiente paso fue convocar nuevas elecciones que salieron frustradas en abril de 2019. Era la convocatoria a Cortes Generales para la XIII Legislatura. Para los supersticiosos, el número 13 trae mala pata. Vuelta a empezar.

Elecciones ¡ya! Para llegar a dichas elecciones hemos pasado unos pocos-bastantes meses. ¿Ha mejorado el escenario? Sinceramente creo que no. Políticos anunciando hoy un plan de pactos para estabilizar la situación y que mañana cambiaron de opinión.

Yo pacto, ¿tú pactas, pactamos? Hemos vivido la duda deshojando la margarita: si, no, si, tal vez… Esperemos que en noviembre se aclare por fin el tema, gane quien gane. La verdad es que apostillar de sabios a los políticos actuales, sean del color que sean, suena a choteo para unos e ironía para muchos. Mientras tanto, los listillos y las listillas siguen haciendo su agosto.

Vivimos en tiempos confusos. Nuestro entorno se había acostumbrado a subsistir sin grandes contratiempos, sin demoledores huracanes que destrozan lo que encuentran al paso. Y vivir en la bonanza de la mano de la paz era todo un lujo.

Pero el fanatismo, la intolerancia de cualquier color, de cualquier tipo de fe –política o religiosa– cercena vidas o machaca esperanzas a la par que derrama angustias, miedo. Y de nuevo parece que apostamos por la enemistad a sabiendas de que es posible vivir en armonía, aunque nadie dijo que fuera fácil. ¿Falta voluntad y sobra egoísmo? Parece que a mayor desarrollo corresponde menor grado de humanidad. Y así nos va…

Tengamos presente que en la ausencia de la paz termina por diluirse la libertad y la carcoma agujerea a la justicia. En tales circunstancias, la democracia peligra porque no puede funcionar sin demócratas, es decir sin personas que apuesten por la tolerancia y la solidaridad desde una responsabilidad libremente aceptada.

Tengo que reconocer que la cultura del esfuerzo no está de moda, incluso se la machaca alegando que es un valor cutre, facha, porque no es solidario. Quizás el trasfondo pueda reducirse a que “hay que llegar a la meta propuesta como sea, a costa de lo que sea, pero sin esfuerzo; si hay que hacer trampa se hace y si algo puede obtenerse gratis mejor que mejor”. ¿Esfuerzo? No, gracias. No está valorado.

PEPE CANTILLO

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