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17 ago. 2019

  • 17.8.19
Él dice que la culpa de todo lo que le ha pasado en la vida la tiene él. Él es culpable de haber tenido una infancia llena de carestías; él tiene la culpa de trabajar como un burro para que a su familia no le falte de nada. Culpable de haberle dado todos los caprichos a sus hijos porque no quería para ellos la misma infancia que él había tenido. Culpable de generosidad, de gastar ese dinero que tantas carreteras le costó.



Él piensa que no debería haberle regalado a su hijo aquella moto. Él piensa que lo malcrió y que por eso ya no está…. También piensa que el ictus que lo ha dejado medio dependiente se lo ha buscado él por tanto correr. ¡Qué duros somos con nosotros mismos! Sobre todo cuando se ha ido por la vida con buena fe.

Querer escapar del frío y del hambre, querer que sus hijitos tuvieran todo lo que él no tuvo, que ni siquiera se atrevió a soñar. No era despilfarro: eran sonrisas. Las sonrisas de sus niños con sus regalos y su mesa llena de comida. Es difícil encontrar el equilibrio; es difícil realizar perfectamente el papel de padre. Nos movemos por instintos y el de protección es enorme, sobre todo cuando te duele tu sangre.

Padrazo de brazos abiertos que no supo dar con goteo, que no supo crear frustraciones, que solo supo trabajar y regalar. ¿Quién se atreve a juzgar? ¿Quién ha vivido en su piel? Nos reparten unas cartas cuando lanzamos el primer grito y las movemos lo mejor que sabemos.

No nos hicieron perfectos, no es verdad. No nos acercamos, ni de lejos, a esos modelos ideales de sonrisas dentífricas. Nuestra mente es complicada, nuestras decisiones están llenas de emociones, de sentimientos y, a veces, de muy poca razón. Pero es que solo somos humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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