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13 feb. 2015

  • 13.2.15
El periodismo y la política son dos instituciones muy similares. Ambas han guarnecido su inoperancia sustancial bajo un mantra pseudofilosófico con el que justificar su pervivencia. Hoy día sigue siendo igual de difícil encontrar un político honesto o un periodista independiente que hace un siglo, en cualquier parte del mundo. Sin embargo, hasta ahora nadie ha planteado la posibilidad de que dejen de existir, que para qué seguir buscando, si la historia es la enemiga de toda esperanza.

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Por algún azar paradójico, mi área de especialización docente se ha centrado en la ética del periodismo, una materia tan vaporosa como Dios; está en todas partes y en ninguna a la vez. Es como un espíritu al que apelar cuando la situación lo requiere pero al que a la mayoría de la gente le trae sin cuidado en el día a día, siempre supeditado a objetivos más terrenales e inmediatos.

También como Dios, el problema radica en el paso del terreno metafísico al ámbito práctico. Todos estamos de acuerdo con que el periodismo debe ser el engranaje que media entre los poderes del Estado y la ciudadanía soberana, el espacio donde la opinión y el debate público afloran. Y que, por tanto, los periodistas son meros servidores de un fin social superior imprescindible para toda democracia. Pero también estarán de acuerdo que esto, en términos realistas, es una auténtica chorrada.

En primer lugar porque partimos de una contradicción fundamental: la ética se cultiva en una dimensión personal, mientras que el periodista desempeña su labor en un marco colectivo, el medio de comunicación, que además se instituye como empresa en pos de unos beneficios económicos que la sostengan. Aquí, sin necesidad de más argumentos, se finiquita la ética periodística.

Yo no dudo de que los periodistas de La Razón sean personas normales sin taras visibles, o que los profesionales de El País sean de verdad progresistas, pero el fruto de su trabajo indica lo contrario: son fuerza laboral secuestrada por un entramado de intereses políticos y empresariales que acaban con su valor social. Y que se dejen de cuentos de líneas editoriales y demás pamplinas, lo que hacen en los medios de comunicación no es periodismo (en su sentido metafísico): es basura tóxica.

Así pues, tenemos dos opciones: o transigimos en concebir el periodismo como un campo extendido de las relaciones públicas y el marketing y nos dejamos de aspavientos filosóficos, asociaciones de la prensa y códigos deontológicos; o bien intentamos construir un periodismo que realmente cumpla las funciones sociales que está llamado a desempeñar. Para ello, la primera medida es acabar con las empresas de comunicación.

Hace unas décadas esto era como decir que extinguiéramos la profesión, sin embargo, con el desarrollo de Internet y las herramientas digitales asociadas el panorama no es tan apocalíptico. Hagan una prueba: visiten el periódico digital que quieran (verán declaraciones de políticos con mucha paja, fotos del tiempo, el resultado del partido de ayer, alguna nota de prensa encubierta e interpretaciones sesgadas de alguna noticia que apareció antes en redes sociales), y pregúntense si eso mismo no podría hacerlo cualquier periodista o grupo de ellos en su casa, e incluso mejor.

Ustedes me dirán que, entonces, quién paga a los periodistas. Bien, yo me dedico a opinar, no a arreglar el mundo. La cuestión es que estoy tan cansado de las mentiras, medias verdades, silencios y manipulaciones interesadas de los medios de comunicación que me niego a pensar que los periodistas tengamos que seguir hasta el final de los días defendiendo una profesión que pocas veces en la historia cumplió la función para la que supuestamente nació.

JESÚS C. ÁLVAREZ

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