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13 feb. 2015

  • 13.2.15
Clementina Quero Callado era de esa clase de personas que, desde el silencio de la ayuda y la prestación a los demás, al pueblo, se recuerdan para toda la vida, aunque sepamos que están ahí, o han estado ahí como personajes anónimos; personajes más de leyenda que de realidad.

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Pero, los que tuvimos la fortuna de conocer, tratar y ser enseñados en aquellas permanencias de verano, de calor, silloncito de anea, pelo a la imperial usanza romana o trencitas a lo Casa de la Pradera, sabemos que ésta forma parte reconocible e inamovible, por eterna, o al menos yo estoy empeñado en este eternizarla, de nuestros quehaceres más estimados.

Los que, con doña Clementina aprendimos las primeras y más urgentes reglas del conocimiento escolar, aquel “mi mamá me mima”, o aquel otro del “dos por dos son cuatro”, cantado como en una retahíla de inarmónicas músicas, guardamos hacia esta mujer de orondeces y batas de abuela con estampadillos en grises o en negros, la gratitud y la estima, que un día, por falta de ideas y de reconocimiento, no supimos expresarle.

Doña Clementina, la maestra sin título y sin don, aunque don se le dé como una ofrenda de buenaventura, que enseño a leer, a escribir y hacer las cuatro reglas principales de las matemáticas a medio Porcuna, a ese medio Porcuna que se mira hacia los cuatro puntos cardinales del barrio de San Benito.

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Clementina Quero Callado nació en Porcuna en el año del Señor de 1915, siendo hija de Mariana, mujer que, por aquello de sufrir el estigma cruel, señalador y agraz de ser madre soltera, sufrió todo lo dicho y por decir para sacar a su retoño hacía adelante, en medio de una sociedad guerrera, beata, retrógrada y mojigata de principios de siglo, que, hasta al alumbrar de una nueva vida llamaban pecado, bautismo de la hija de la no madre: aquel despectivo mirar por encima de los hombros de los sentimientos previendo las desgracias y un fuego eterno similar al fuego eterno de la fruta del Paraíso.

Por aquello del padre desconocido, la pequeña Clementina iba a sufrir la infancia del mal miramiento, y el señalar con el dedo de la oradora, temerosa, agrícola y parca sociedad local, la alta y la baja: la progresista y la de siempre tradicional en sus inconveniencias; que de todo ha habido y hay en la viña del Señor, menos uvas.

Quizá por eso, Clementina, ya de chica puso su nombre a la voluntad y a la misión de Dios, como para borrar su nombre de un pecado y ganarse un huequecito allá donde los ángeles dibujan nubes y paisajes azulados.

Ya de chica se veía de novicia en un convento, monja en un convento, oradora de altares y de huertos, pastelera de la pastelería monástica, y esposa del Señor sobre todas las terrenales esposas.

Ella no sería madre pero sería esposa, quizá para salvar a su madre, Mariana, del aquel pecado nefando de haber sido madre sin previar acuerdo, atuendo, contrato y compostura matrimonial con el esposo, a la sombra de un altar y con la mirada de Dios nuestro Señor bendiciendo el acarreo de los anillos y dando el visto bueno al beneplácito sabanero de la noche de bodas.

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Clementina, de chica por las calles, correteando callejuelas, enhebrando trompos y muñequitas imaginarias; escarbando yerbas entre las ranuras de las piedras de las calles, jugando a la comba, a las comidicas de mentira con hojas de higuera chumba, o a las comidicas que también eran de mentira o de resignación con cardos borriqueros, de las que se comían en las covachuelas oscuras de las cocinas pobres, las del hollín, las cantareras y las alacenas con garbanzos rebuscados y gotillas de aceite, como lágrimas cayendo de un olivo a un trozo de pan con un postre de agua y un eructo con ecos.

Una mínima familia señalada en el pecado, y familia sin hombre aun peor por donde no cupo el amor si no la brizna de la paja, por no nombrar la inclemencia, para aderezar los contrastes de los huesos pegados a la piel, como una radiografía que dejaba el alma al descubierto: esa alma que nunca debe descubrirse del todo para no perder o dejar al descubierto de las miradas ajenas y acusadoras, el único rincón donde guardar la autoestima y la libertad individual y sagrada.

Clementina niña, al cuidado de alguna vecina que recogía niñas pobres como ovejitas descarriadas, para darles el calor y el color de los rostros saludables en gachas de maíz con aguas de la Huerta del Comendador, mientras Mariana, la madre, se recorría los campos para recoger la matalahúva del verano, el algodón del otoño y la aceituna del invierno para poder traer al mínimo hogar de las dos mujeres solas, de estas dos almas abandonadas, los panfleteros cartoncicos del hambre que se cambiaban por pan y algunas otras viandas de secano, o las parcas monedas del jornal de sol a luna, que se canjeaban en la tenducha de la calle por los cuatro garbanzos y las tres cortezas de jamón; cuando no acudir al socorrido sonrojo de abonarse a la caridad que ponía en sus manos la raspa de bacalao o la leche en polvo.

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Y entre tanta pobreza y tanto repetir lo siento, como por arte de magia, donde la magia era algo más que ilusionismo, utopía vana, Clementina niña fue aprendiendo el sentido de las palabras; el encadenamiento de las letras formando palabras que daban a frases, y, como por encantamiento, aprendió a colocar los números en papel de estraza, para que así le nacieran las matemáticas, aunque sólo fueran en restas y divisiones. Sin más escuela que los libros prestados y algunas horas de clase con doña Custodia, Clementina se encerraba en su cámara de cañas, y mientras con una mano le encendía una vela al Santo rostro de la pared, con la otra iba pasando páginas y aprendiendo palabras hasta formarse un todo de fantasías con aulas y niños con mocos.

Y un día aprendió los colores y comenzó a dibujar por las paredes dibujos de flores encarnadas y muñecas azules, y la metáfora de nubes que los colores guardan, y, mientras comía los maimones y el gazpacho, soñó que quería ser maestra para enseñar a los demás lo que ella iba aprendiendo como de la nada, oculta en sí misma como si tuviera miedo de hablar y que la pudieran culpar de brujería por el hecho de decir palabras hermosas o profetizar historias que fueran leyendas antiguas.

-¡Anda tú, ilusionada!
-¡Niña de pájaros!

Murmuraban las gentes de los pliegos sin letras y los murmurios con cuchillos, descabalgándola de la luna de las niñas ilusorias para tenerla con los pies en la tierra para hacer ante los magnates las reverencias de los iletrados
Y un día tuvo el sueño de la revelación, latente en sus oraciones, ante el cristo de yeso que colgaba marrón a la cabecera del colchón de farfolla de su cama y se le iluminó en su cabeza una farolica como hecha de melón cocho anunciándole la buena nueva de los conventos y las santas misiones salvadoras del mundo y de los hombres impíos.

-¡Ya sabía que lo de los santos te quitaría el seso, y te haría deslumbramientos y catalejo de nubes!
-Niña de vírgenes y velas de procesión.

Y poco antes del estallido cruel , indigno y poéticamente raro, cuando no perverso, de la Guerra civil, ingresó Clementina de postulante en el hospital de San Benito, sucursal de la llaga y el caldo de gallina, para estar con Dios estando con los suyos, los más necesitados, los más maltratados, los más urgentes.

Y entre enfermos y rezos, Avemarías y vendas. Entre ánimos y ayudas y enseñanzas de las palabras. Entre el cuerpo y el alma, a la novicia Clementina le estalló la guerra entre las manos, como el error más inclemente, y vio de lo que eran capaces de hacer sus hermanos, esos que no más ayer, se saludaban por las calles y se quitaban la boina o el sombrero.

Clementina salió de Porcuna con dirección a Madrid con las guerras en pañales y un rosario, al que no sabía si mostrarlo u ocultarlo; con un miedo de pueblo retenido en la mirada, y una herida de vecindades sacándose los ojos, como en un cuadro negro de Goya; pero Clementina ya no iba de novicia, sino de monja y como Hermana Clementina entró en la orden de un convento de la capital acorralada.

Antes de acabar la guerra, y sin saberse por qué causas, que Clementina siempre las calló, como reteniendo apellido, la monja Clementina fue echada del convento madrileño, aunque había rumores, sonando en corrientes de arroyo, que hablaban de hospitales, de heridos, de gritos y de inyecciones de agua, y rebeliones de monja que no consentía el engaño ni tan si quiera en la agonía, y se colocó a trabajar, o aficionar, de sirvienta en la casa-palacio de unos ricos señores de la capital, de los que gozaban abolengos e infusiones monárquicas, hasta que acabó la contienda incivil volviéndose Clementina, la ya monja sin hábitos, para Porcuna, donde la esperaba un pueblo desolado, caído por los suelos, llenas de piedras las calles y las miradas llenas de odios y de venganzas, triste y temeroso pueblo que iba enterrando a sus muertos en las tumbas, en las cárceles o en el recuerdo de los caminos sin cruz, y donde los vencedores dominaban a los vencidos haciéndoles pagar pecados que no habían cometido, y una madre enferma que aguardaba en el lecho sus últimas esperanzas, ya tan sin pedirlas.

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Y en un caminar largo de caminos de polvo, sin casi yerbas, muertos en las cunetas, un cielo ya siempre en tormenta y vencedores guardando y exhibiendo el tesoro de una victoria, venía Clementina con otros tantos más de cientos de porcuneses, que retornaban a su pueblo cansados de guerra, derrotados; cansados de vida, para ver si en Porcuna aún existía aquel rincón de casa que los protegía de la lluvia y que dejaron abandonado, con una abuela de luto guardando la puerta para que no entraran los ruidos ni los moros, para salir a dar o perder la vida mientras cada día miraba por la ventana por ver si se acercaba la sangre que se fue.

Los derrotados, con Clementina, hasta de Dios derrotada, volvían al hogar que los vio nacer, pero, en el fondo, sin saber a dónde volvían.

En Porcuna, Clementina, trabajaba en lo que le saliera: haciendo casas, haciendo recados, haciendo campos, haciendo alumnos, mientras, su madre, con el tifus ardiéndole en su cuerpo que menguaba, siendo todo una llaga que la iba borrando, aguardaba en la cama la agonía del adiós y el ardor supremo, acogida entre las manos de su hija, tras tres años de soledades y necesidades sin vecinos.

San Benito era su hogar y era su iglesia, y tras doce años de muerte y de muerta, murió Mariana, entre sudores de fiebres, pieles en sus huesos y en un delirio, alunado y agónico, de niños expósitos abandonados en el torno de la ermita de San Cristóbal, esperando una caridad de adopción o de milagro, llorando un desconcierto de cordones umbilicales aun sangrando, mientras buscaban por la cuna de la hornacina de madera una leche materna que huía, alocada y pobre, ondeando pañuelos blancos y lágrimas de dolorosa; moribunda que soñaba voces de niños recién paridos y que veía fantasmas infantiles componiéndole los pie de una Inmaculada su coro de angelitos de escayola como dibujando una yerba ya segada o ya mustia, y Clementina comprendió que ya nunca más sabría estar sola, y así puso su primera escuela- al igual que otras ponían azafates de chucherías para la niñez- , en el año de 1953, para eso, para estar acompañada y ofrecer a cambio de unas escasas perras chicas, unas cuantas palabras y unos cuantos números, y donde unos pocos alumnos acudían a las enseñanzas en clases de mañana, siendo los horarios de tarde y los horarios de noche, para los niños que trabajaban, y para los hombres y las mujeres que también trabajaban por esos campos que abre el arroyo Salado.

-Clementina enseño a leer y a escribir a medio pueblo. Me recuerda una vecina que la quería bien y la recuerda mejor, y que ya es, también, olvido de campo santo.

Pasaba el tiempo y Clementina seguía creyendo que no sabía estar sola, que es muy triste el dolor para quien vive solo, y trágica la alegría para quien no tiene la esperanza de la compañía.

Los años se le venían encima con las asfixiadoras manos temblorosas de la ancianidad, y como en un cuento de hadas contado clásicamente, conoció a Benito Millán. Benito le mandaba a Clementina zorzales agarrados de las trampas de las aludas, allá por las solás de los olivos, para el almuerzo del aperitivo, y almanaques con números y con santidades para que Clementina señalara, en el rojo de lo festivo, la onomástica del casorio, enviándoles en ellos su amor como enamorado que mandara rosas y otras flores sin olor, pidiendo su mano, y Clementina le devolvía a Benito los zorzales desplumados y si entrañas para que Benito se los comiera con el no pretensional de su reclamo de perdiz en jaula, y los almanaques sin marcar, ni en fecha de boda, ni en horario de visita. Finalmente a Clementina se le colaron los zorzales en el alma como si fueran pajarillos del Señor, o palomas blancas y sin pecado, y se le iluminaron los números de las fechas, devolviéndole al ajuar sus ilusiones de niña con bastidor y una serenata con luna; abrió de su corazón la jaula de los impensables y de los imposibles, pasó su brazo por el brazo del amado, y decidieron casarse, así, por las buenas, para matar dos soledades de un tiro, y vivir juntos como si fueran matrimonio de asilo, dándose muchos cariños y muchos besos en las mejillas, y muchos besos en la frente, que eran como sus besos a Dios, y sin más pensar niños que los niños que a Clementina le asistían a su clases de maestra sin título, cargados con sus sillas y sus sillones, y los que no, para ocupar escaños en las largas banquetas de madera.

Y un día hubo una boda, sin más arroz que una granizada y sin más centimicos que el ensueñe de imposibles maternidades. E iba Clementina con traje de chaqueta oscuro, dado al negro, bolso de mano como, si en lugar de ir a casarse fuera a asistir a una boda de la comida con cuchara en su pepitoria y su pollo frito, y esas gafas de artista o de intelectual a lo belle epoque , que siempre serán las gafas de doña Clementina. E iba con la elegancia y la ilusión de la novia más tierna, sin traje blanco ni velo, subiendo escalinatas como una virgen niña a la que, en lugar de casar don Rafael “el nuestro”, fuera a casar el ángel de la guardia que protege a las mujeres dadas a vestir santos eternamente.

E iba Benito Millán en traje de caballero o galán de antaño, pañuelo semioculto asomándole por el bolsillo de la chaqueta, y bolígrafo mostrándosele desde dentro, y dispuesto para firmar todos los papeles que fueran necesarios, con tal de dejar constancia de un amor tan dichoso, y aposturas de amado que renuncia a todo para estar con ella, con esa amada última y única que un buen día, y tras muchos intentos, al fin le aceptó su ofrenda de zorzales y de gorriones, y una rosa que de tanto insistir quedó en rosa momificada con unos versos de arroz escritos sobre sus pétalos, y unos besos castos que siempre serían dados a escondidas, como solían ser los besos castos de los ancianos.

Y los padrinos, Pilar Torres y Rafalito “el del casino”, brindaron con gaseosa de naranja por el buen avenir de los recién maridados, luciendo anillos de oro en la clásica foto, más que de boda, de feria, que don César Cruz elaboró con estos dos tiernos enamorados pisando baldosines de ajedrez al lado de un espejo dorado y un candelabro de bombilla, y una aureola de ángeles imaginarios bendiciendo desde las alturas el amor sobre todas las cosas.

Y al abandonar la iglesia parroquial los recién casados, se dispararon cohetes como si fuera día de romería en Alharilla, o domingo de Virgen de la Cabeza lanzando sus fuegos artificiales por los llanos de Jesús, y a la puerta de la Parroquia acudieron los curiosos para ver a Clementina y Benito, esa pareja de novios tan compuestos y tan avanzados, descendiendo las escalinatas de piedra enfrentados a una lluvia de arroz que lanzaban los niños malcriados mientras decían picardías y otras mofas ante la pareja tan tardía, tan vetusta y tan matusalén, que más que pareja de novios de altar, bien pareciera pareja que sale de un entierro o de una misa de ocho.

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Y para su convivencia se instalaron en el número cuatro de la calle Cruz de la monja, donde Clementina, doña Clementina ya, instaló e instauró su definitiva escuela de pago, un pago mínimo contado en pocas pesetas, con su viejo banco pintado de verde, que igual ni verde era, pero yo lo recuerdo en verde, sacado de alguna escuela cerrada o alguna iglesia en ruinas, disponiendo de todo su saber y de su mejor hacer, y todo aquel sueño antiguo de maestra rural, de maestra amiga, al servicio de los demás, de los que más necesitaban aprender, por ser los más desfavorecidos, de los veraniegos niños vagabundos de las calles, los huertos, los cantones y los lejíos; y de los hombres molidos de campos y ebrios de tabernas, y de las mujeres del potaje y el tapujo, que sonreían ruborizadas cada vez que les tocaba leer la cartilla, como si les diera vergüenza u otras delicadezas.

Y luego fueron pasando los años, con sus inviernos y sus veranos, sus flores de mayo y sus flores de muerto.
Nacían generaciones y generaciones morían.

Pasaban los años y los cientos y cientos de niños que aprendimos de doña Clementina las letras de las palabras y los números de las cuentas, crecimos y nos hicimos lo que cada uno se quiso hacer o lo que hacer le dejaron, sin más lección y elección, que una sociedad arrecida.

Y aquel olor de la escuela de Clementina, olor de abuela con velo y moño; un olor que con los años me lo hicieron recordar otras circunstancias, de chisco, ascuas, gracias y braseros de picón, y faldas revoloteando en el contoneo de las caderas y en el habla de los latiguillos. Un olor de niñez que no era olor verdadero, sino sensaciones sin lluvias.

Y aquel ponerse de pie a las doce de la mañana para rezar el Ángelus que desde Radio Popular radiaba con su voz de corneja o de monja con pellizco, Juanita Pastor: “El ángel del Señor se anunció a María…”, y todos los niños con la retahíla mística en un coro de voces sin armonía, mientras doña Clementina dirigía la orquesta desde la orondez de lala de sus grises estampados y su permanente con rulos de la Joselita caracoleando sus cabellos canos.

Y luego otra vez a lo del “mi mamá me mima”, y el “dos por dos son cuatro” recitados de carrerilla como aprendiendo coplas y pasodobles sin toro, y la tabla de gimnasia sin moverse del asiento: los brazos hacia un lado, los brazos hacia el otro, por encima de las cabezas, dibujando primorosos bailes de estático ballet, que era Clementina, también, mujer de gimnasia, que se salía a la calle para hacer sus ejercicios matinales y así entrarle al día con bravura y al corazón con oxígenos: atletilla de acera en sus flexiones de loseta y en sus estiramientos de ventana, hacía la que se volvían los moños de las viejas intentando regañar los marimachos pecados y poner orden en el desorden de las faldas de quien un día se hizo Esposa de Dios Nuestro Señor.
A Clementina se le fueron acumulando los años como arrugas y olores y cansancios, y un buen día jubiló su escuela para siempre, su mínima escuela donde apenas cabía el aire:

Una puerta de entrada con visillos para que entrara la luz natural de la calle, un saloncito mínimo de ladrillos blancos y rojos, pero ya en colores viejos. Unos cuadros de almanaque con estampas tradicionalistas de imitadores de un Goya festivo y bucólico y una alacena con las maderas grises donde se amontonaban los platos y los vasos, los garbanzos y las habichuelas. Una banca de madera pintada de verde, y una docena de niños sentados en sillitas y silloncitos sin barnizar que los alumnos se traían de sus casas, un segundo portal con más niños en sus aneas y doña Clementina sentada ante su mesa rectangular, con sayuela de invierno, sobria en su verde botella, y un blanco tapetito de ganchillo dibujando filigranas moras, con sus libros y sus libretas, un mapamundi con países extraños y un catecismo con reglas de urbanidad.

Sobre la mesa, también, un bolígrafo azul y un bolígrafo rojo, un lápiz recién afilado y una goma de borrar, una Historia de España para párvulos, un Quijote resumido, y una regla de madera, como aquellas que medían conciencias pero que a doña Clementina sólo le servía para hacer subrayados.

Sobre la pared, detrás de Clementina, un Cruz de madera y un Cristo de yeso.

En frente, un Sagrado Corazón de escayola, enseñando, en púrpura y en oro, un dedo señalador; un mueble con vasos y una radio de números por donde, puntualmente, a las doce de la mañana, doña Clementina nos hacía levantar para escuchar el Ángelus radiado desde Radio Popular por Juanita Pastor.

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A la derecha de la mesa de Clementina, una escalera de yeso pintada de rojo inglés, por la que subía y bajaba Benito Millán de las habitaciones del palacio: su dormitorio, su salita y la cocinilla techada sobre una terraza donde lucía en granito una pila de lavar y un barreño de lata, y aquel Benito Millán que subía y bajaba las escaleras llevando las bolsas de plástico de los mandados, por donde asomaban los rabos verdes de las cebolletas y de donde salían los efluvios de los pescados de la Plaza.

Un patio con dos geranios, un jazmín de verano y unos claveles de olor, y el entechado del retrete, con su retrete y su cubeta de plástico siempre llena de agua, y colgados de un clavo un anuario de recortes del ABC para las limpiezas traseras, su lavamanos, su espejo cariado con un bote de plástico con agua de limón, y una toalla rosa bordada sin iniciales, donde doña Clementina nos encerraba a los niños malos, vocingleros, o sencillamente insoportables, como castigo a comportamientos tan deshonrosos para la educación, nombrando dicho cubículo con el nombre de “El cuarto de las ratas”, y que, a algunos, alguna vez, nos vino la mar de bien, el castigo y el encierro con tan extraño y sutil acompañante cerámico del “Cuarto de las ratas”, donde, sentados sobre esa novedad llamada retrete, dábamos alas a la imaginación de las casas señoriales y se nos venían las descomposiciones de barriga como si hubieran sido llamadas por el mago escondido de los estercoleros, que enhebrando paradojas, nos vaciaba hasta quedarnos lesos.

Tiempos de escuela los de aquella escuela de Clementina Quero Callado por la Cruz de la Monja, llena de niños y niñas acarreando sillas y banquitos como si fueran asientos para muñecas, y a donde tantos entramos analfabetos a pesar de no ser primerizos y salimos triunfando sobre las letras y sobre los números mientras enseñábamos por las calles nuestras palabras ya con sentido y el dibujo de nuestros números dando ya soluciones matemáticas en el sumar y en el restar.

Escuela que un día tuvo que cerrar sus puertas cuando ya Clementina no estaba para más jaleos de niños, y se le habían cansado tanto sus carnes y sus ojos, y por su cabeza otros pájaros le iban volando sus otros paisajes, tan distintos y tan armoniosos hasta dibujarle una vejez hecha de ahorros de alcancías.

Luego, al poco del cierre de la escuela, se le murió su Benito, y aquella soledad de postguerra se le vino de nuevo encima a doña Clementina, dada ya a pensar tanto en cementerios, como el lugar de los seres queridos y del deseo postrero y definitivo.

Y como en Porcuna estaba todo por hacer, cuando no en mangas por hombro, y tras un primer paso por la Residencia de ancianos que Manolita Garrido instaló en la calle Salas, doña Clementina fue trasladada a la Residencia de las Hermanitas de los Desamparados de Córdoba, con el dolor más grande y las más amargas lágrimas.

Y allí nos dejó para siempre un once de noviembre de 1996.

Un día después, las desamparadas madres, trajeron su cadáver a Porcuna, y un buen número de porcuneros y porcuneras que habíamos sido niños con ella, y con quien tanto aprendimos las reglas básicas de la enseñanza, le dijimos el adiós definitivo despidiendo su ataúd al pie de la Cruz de San Cristóbal, recordando aun, reteniendo aun, sus claras y amigas maneras de enseñar.

Hoy en día, cuando paseo o voy o vengo por la Cruz de la monja, y paso ante ese número cuatro cerrado a todo y ante su balcón sin macetas, miro aun con nostalgia y melancolía, esa fachada de apenas dos metros, con persiana que cuelga lánguida y recordatoria: ese sencillo balcón a la calle que está, como esperando a un torero, a un tuna, a una procesión o a una novia, o a que vuelva Clementina para subir la persiana y darle los buenos días al mundo; esa puerta de marrones distintos, y esos cristales con unos visillos, iguales o tan parecidos a los que, en nuestra infancia de escuela en “lo de doña Clementina” nos protegían del sol del mediodía y de las miradas de las gentes que pasaban o hacían siestas de tarde en las tertulias de las aceras.

Aun miro esa visillada puerta tras la que doña Clementina nos enseñó las letras y los números, mientras mordíamos la madera del lapicero o comíamos la extraña pastelería de la goma de borrar; redondeábamos las letras del “mi mamá me mima” en el marcado azul de la libreta de dos rayas , aprendimos a poner nuestros nombres correctamente y a recitar de memoria el “Dios te salve María llena eres de gracia…” en el mediodía de la radio de números, y la enseñanza diaria, y la ilusión diaria de estar siempre aprendiendo para sentirnos vivos y necesarios, más o menos, correctamente; y estar en el ejemplo de su ejemplo de mujer luchadora, digna y fuerte, sobria, sabia y enseñante, en una sociedad mojigata que no comprendía a las mujeres humildes que sabían leer un libro, y que, un día decidió enseñar, los mundos que en ese libro había aprendido, a los que no sabíamos nada. Y a fe que lo consiguió.

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Por la Cruz de la Monja la escuela de Clementina, tapadita con cortina y con visillos de encaje, una especie de aquelarre de bruja con permanente, desnudando de su frente los sudores de las letras y una aureola de estrellas dejando sobre el espacio de los ángeles volantes unos números de encaje sumando y restando versos. Clementina del convento sin ser del convento nunca, pagando la absurda multa de ser monjita de heridos sin consigna ni partidos sino de heridos y muertos por el Madrid de los yertos almanaques sin festivos. Clementina de los vivos coloretes de sus ojos, casó monja con asombro de las piedras parroquiales y de los albos misales y de los cirios con migas, que a la soltera hizo higas y a la monja confesión dándole por comunión un beso de amor eterno a un Benito medio tierno y medio viejo también, que le dijo a todo amén por tal de sembrar posada junto a su rosa comprada con zorzales al ajillo y un siempreviva amarillo prendido en la flor del pecho. Clementina en el gracejo de sus gafas parisinas, parada tras la cortina siente la lluvia caer como quien siente llover sin sentir que está lloviendo, mientras se sienta leyendo las rimas de Campoamor y las prosas de Pereda en un banco de escalera mientras Benito le friega las baldosas coloradas y le perfuma las faldas con una ramo de jazmines y un piar de colorines silbándole por su boca. Clementina de las tocas y los vestidos austeros, le da paleta al brasero y a su pellejo cabrillas mientras nos lee la cartilla a treinta niños con mocos, a unos cuantos viejos locos y a tres mujeres con miedo, a una corrala de obreros con callos en las cabezas por cuatro o cinco pesetas y un manojo de cardillos recién cogidos del campo, mientras les enseña el canto de sus nombres y apellidos. Doña Clementina nido de los pájaros sin vuelo, saliendo el sol por enero y por agosto tormenta, y por la calle calcetas y tiendas con dos Dolores, un hornero tornaflores sirviendo el pan de ceniza a esta monjita clarisa que dio su vuelo a volar para ser monja de altar y maestra con deberes que al dolor de los ayeres pidió perdón sin permiso dibujándole al aprisco de la espina y de la malva una sonrisa descalza y unas manos siempre abiertas, y un corazón con macetas, y unos ojos con estanques y un tesoro con diamantes a gentes analfabetas que en lugar de echar la siesta, y mordiendo atardeceres, se ponían a hacer deberes y libertades con lápiz.

(Texto original de 1999 publicado en el Programa de Feria real de Porcuna de 1999, revisado, corregido y aumentado en Mijas playa en julio de 2013 y Martos a 12 de febrero de 2015)

ALFREDO GONZÁLEZ CALLADO

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