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14 feb. 2015

  • 14.2.15
Hay un filósofo alemán del que casi todo el mundo ha oído hablar de él, aunque no se le haya leído. Se trata de Friedrich Nietzsche (1844-1900), ese apasionado pensador que quería construir un sistema moral que rompiera definitivamente con la herencia judeo-cristiana que había dominado la cultura occidental durante siglos, para que, de este modo, naciera un nuevo übermensch, término alemán que se tradujo como ‘superhombre’, en el sentido de que el nuevo ser humano fuera capaz de generar su propio sistema de valores, basado en la voluntad de poder.



Pero es difícil entender la obra de ese gran pensador si antes no le hubiera precedido otro, también alemán, llamado Arthur Schopenhauer (1788-1860), que había fallecido cuando Nietzsche contaba con dieciséis años.

Sobre este último, habría que apuntar que la fama le llegó especialmente por su magna y compleja obra, El mundo como voluntad y representación, que, sorprendentemente, escribió a lo largo de cuatro años y antes de cumplir treinta, por lo que uno no sale de su asombro ante la lectura de este enorme trabajo que fue editado en dos partes, dada la gran extensión del mismo.

Inicialmente, su publicación fue un rotundo fracaso. A pesar de ello, la confianza que tenía el autor en él mismo no le hizo desfallecer. Pasados los años, su tercera edición llegó a convertirse en lo que actualmente llamamos un best-seller, lo que no deja de llamar la atención, dado que se trata de un texto de pensamiento en el que encontramos páginas de una enorme brillantez junto con otras bastante difíciles de seguir.

Y toda esta profunda obra para explicar “un único pensamiento”, tal como el propio autor manifiesta a lo largo de ella. Ese único pensamiento es que “todo está en uno” o lo que es lo mismo “todo se encuentra en este mundo”, por lo cualquier duda o aquellas explicaciones que podamos darnos se deben buscar dentro de la propia realidad que se nos ofrece dentro del espacio y tiempo del universo; así pues, nada existe fuera de ese infinito en el que estamos insertos los seres vivos.



Dado que en su época todavía no habían nacido los daguerrotipos como antecedentes de la fotografía, las imágenes que conservamos de él son dibujos y pinturas, por lo que los breves datos biográficos que vamos a aportar los ilustramos previamente con el fragmento de un cuadro del pintor Ludwig Sigismund Ruhl de su etapa de juventud, ya que es habitual verlo en imágenes de cuando era un anciano.

Arthur Schopenhauer nació el 22 de febrero de 1788 en la denominada “ciudad libre” alemana de Dantzig, que se corresponde con la actual Gdansk de Polonia. Su padre, Heinrich Floris Schopenhauer, era un acaudalado comerciante que esperaba que su hijo varón siguiera sus pasos y continuara con el floreciente negocio que había alcanzado con el paso de los años.

No fue así, pues su amado hijo, aparte de recibir una sustanciosa herencia que le permitió vivir con desahogo y dedicarse a la filosofía que era su verdadera vocación, también le tocó como herencia dos heridas que le marcaron a lo largo de su existencia.

La primera de estas heridas hay que localizarla en lo que aconteció en una fría mañana, cuando contaba diecisiete años. Al despertarse recibió la noticia de que habían encontrado a su padre ahogado en el río, habiendo caído desde el tejado de la casa que era colindante a las aguas fluviales. ¿Y qué hacía subido al tejado?, se preguntaba todo el mundo. Con gran seguridad se trataba de un suicidio, pero esto no se llegó a determinar, quizás por la relevancia social que representaba un padre que sufría fuertes depresiones.

Otra herida que le marcó fue la ruptura total con su madre, posterior al fallecimiento paterno. Él sabía que ella nunca había amado a su padre; pero lo que no aceptaba era que la casa, pasado un cierto tiempo de luto, se convirtiera en centro de encuentro de artistas y de escritores, y que por ella pasaran las jóvenes promesas de Weimar, ciudad en la que por entonces residían. Decide, pues, alejarse y retirarse a Rudolstadt.

Tras unos breves episodios de amores juveniles, definitivamente vive solo en Frankfurt, siempre acompañado de alguna de sus mascotas, pequeños perros lanudos. Con el último de ellos, de nombre Atma, se paseaba solitario por la ciudad, al tiempo que lo presentaba a sus visitantes como si fuera un miembro de su corta familia. Su vida se apagó un 21 de septiembre de 1860, dejándonos un libro con valor imperecedero.



Aparte de su magna obra, Arthur Schopenhauer publicó otras ‘menores’, entre las que se encuentran Parerga y paralipómena o Aforismos sobre el arte de saber vivir.

La lectura de la segunda citada enlaza y nos conduce hacia algunas de las publicaciones de contenido moral de Friedrich Nietzsche, como puede ser Así habló Zaratustra. En ambas se invita al ser humano a afrontar su propia existencia, sabiendo que no hay una conciencia o un ojo supremo que vigila y enjuicia los comportamientos humanos, sino que cada uno debe ser el juez de sus propias acciones.

Para que conozcamos algo de Schopenhauer, de Aforismos sobre el arte de saber vivir extraigo algunos párrafos que nos sirven como reflexiones acerca de la necesaria fortaleza interna del individuo que obtiene en su propia soledad y de la búsqueda de la felicidad.

Para el primero de estos dos pensamientos, el filósofo alemán se apoya en lo que Luciano de Samosata apuntaba en sus Epigramas: “La verdadera riqueza es solo la riqueza del alma; todo lo demás trae más sinsabores que ganancias”.

He aquí, pues, tres reflexiones del filósofo alemán acerca de la necesidad de autodominio personal:

“Conceder demasiado valor a la opinión de los demás es un error muy común… en cualquier caso, ejerce sobre el conjunto de nuestra conducta y quehaceres una influencia desmesurada, enemiga de nuestra felicidad”.

“Y más indiferentes nos volveremos… cuando aprendamos por propia experiencia con qué desprecio se habla de cualquiera en cuanto ya no se le teme o en cuanto se cree que no llegará a sus oídos lo que se dice”.

“Lo que uno representa, es decir, el valor de lo que goza nuestra existencia en la opinión de los otros, es algo que por lo general se tiene en demasiado aprecio debido a una debilidad particular de nuestra naturaleza. En efecto, apenas hay aclaración posible para explicar cuánta alegría siente el hombre al advertir signos de la opinión favorable que de él tienen los demás o cuando siente que de alguna manera se halaga su vanidad”.

Para la idea de felicidad se apoya en una frase de su admirado Goethe cuando este dice: “Todo aquel que nació con talento para algún menester, en él encuentra la felicidad de su vida”.

Sobre este pensamiento se asientan los tres párrafos siguientes que selecciono de Schopenhauer:

“Lo que uno ‘es’ contribuye más a nuestra felicidad que lo que uno ‘tiene’, y lo que uno ‘representa’ lo conocemos ya más o menos de una forma general. Siempre será lo principal lo que uno sea, pues su individualidad lo acompaña constantemente y a todas partes, e impregna todo lo que vive y experimenta”.

“Lo más esencial para la felicidad en la vida es lo que uno ‘tiene en sí mismo’. Pero como esto, por regla general, es tan escaso, la mayoría de aquéllos que ya no tienen que luchar contra la necesidad en el fondo se sienten tan desdichados como los que aún se hallan en la lucha contra ella”.

“Cuanto más limitados sean nuestro horizonte y nuestro círculo de acción, más felices seremos; cuando más extensos sean, más a menudo nos sentiremos inquietos y atemorizados. Pues con la extensión de los límites también se extienden las preocupaciones, los deseos y los temores”.

Cierro este escueto recorrido por este gran filósofo alemán con una breve frase que más bien parece estar pensada para nuestros tiempos, en los que parecemos movernos como zombis pululando por un mundo buscando constantemente medios y artilugios que nos distraigan y nos alejen de nosotros mismos y de nuestro mundo interior.

“El ocio se convertirá para el hombre ordinario en una carga y, finalmente, en una tortura si no puede ocuparlo con infinidad de medios artificiosos y motivos fingidos”.

AURELIANO SÁINZ

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