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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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20 oct. 2019

  • 20.10.19
De todos es sabido que actualmente en nuestro país el profesorado ha perdido bastante de la autoridad que tiempo atrás poseía. Y no podemos centrar únicamente en una sola causa las razones por las cuales se ha llegado a esta situación, ya que los cambios familiares y sociales han sido lo suficientemente grandes en las dos últimas décadas como para que entendamos que es un problema relevante que se ha enquistado en el cuerpo social.



Así, cada cierto tiempo, saltan a los medios de comunicación noticias en las que leemos que niños o adolescentes, en el colegio o instituto, han agredido a profesores o profesoras de distintas maneras. Y lo que es peor aún, en ocasiones, sus conductas se han visto reforzadas por el apoyo que han recibido de sus padres que se las han justificado.

Este deplorable panorama, que refleja la indefensión en la que se encuentra el profesorado, como producto de la carencia de autoridad dentro de una sociedad altamente permisiva, puede llegar a conocerse, puesto que se expresa en lugares públicos como son los centros de enseñanza. Sin embargo, hay otras formas de agresión y violencia que estos pequeños dictadores las ejercen sin que salgan a la luz pública ya que se desarrollan en el ámbito familiar, espacio que es el germen de estas actitudes.

Sobre este problema, psicólogos y pedagogos buscan las causas, las razones por las que menores de edad llegan a desobedecer, menospreciar, insultar e, incluso, ejercer la agresión física contra sus padres, especialmente contra la madre, convirtiendo la vida de estos en verdaderos calvarios. Y, lógicamente, después la trasladan al ámbito educativo.

Para comprender estas situaciones, acudo a dos autores relevantes que han abordado la psicología y comportamientos de estos niños y adolescentes. Uno de ellos es Vicente Garrido, psicólogo criminalista y profesor titular de la Universidad de Valencia; el otro, Javier Urra, psicólogo que fue el primer Defensor del Menor en España.

Puesto que este trabajo lo divido en dos partes, en esta primera acudo a Vicente Garrido, autor de Los hijos tiranos, quien nos dice lo siguiente:

Son pequeños tiranos, niños que desde pequeños insultan a los padres y aprenden a controlarlos con sus exigencias, hasta convertirse en una pesadilla para ellos. Cuando crecen, los casos más graves pueden llegar a la agresión física. Este tipo de violencia contra los padres, ocultada por la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad de los propios progenitores, comienza a ser un fenómeno cada vez más visible. Los padres están desbordados, no saben qué hacer con estos niños”.

Tras la lectura de su obra, y tomando como referencia las razones que expone el profesor Garrido, describo cinco causas generales que me parecen fundamentales para comprender este fenómeno:

a) En la actualidad nos encontramos con una forma de vida en la que la pretensión de satisfacer los deseos de forma inmediata y sin restricciones se ha convertido en algo común, debido al avance de una sociedad que aspira cada vez a mayores comodidades.

b) Se fomenta el ‘vivir muy deprisa’, sin obligaciones, buscando las metas a cualquier precio. Además, a los jóvenes se les retrasa la adopción de roles de responsabilidad, actitud fomentada por los padres, por su deseo de formación cultural para adaptarse a las fuertes exigencias de la actual sociedad.

c) Esas fuertes exigencias del mercado laboral, muy inestable actualmente, añade más presión a los padres; inseguridad que años atrás no existía. Por otro lado, el paro y la precariedad laboral en los que viven los jóvenes desalientan a los hermanos menores.

d) La falta de entendimiento en el modo de educar a los hijos. Esto puede apreciarse en ciertos casos de rupturas matrimoniales o de parejas, en las que las madres se suelen llevar el peso de las responsabilidades, teniendo que compaginar su trabajo con el cuidado y la educación de sus hijos.

e) No podemos olvidar que la sociedad consumista en la que nos movemos conduce a la pérdida de ciertos referentes morales (valor del esfuerzo, austeridad en la propia vida, proyectos a medio y largo plazo, etc.) por lo que se desatiende la formación en valores sólidos, por lo que no se suele tener claro lo que está o no está bien.

Puesto que por mi parte llevo las investigaciones a través del dibujo, para que veamos cómo se expresan los rasgos autoritarios y agresivos de los niños y adolescentes he seleccionado como ilustración del artículo el dibujo de Andrés, de 13 años, realizado en la clase y sobre el tema de la familia.

Como podemos observar, comienza por él mismo, como signo de autoridad y de afirmación personal; le sigue su hermano en tamaño muy pequeño, y que, tal como apunta detrás de la lámina, es “muy malo”; más alejada, está su madre; y, finalmente, su padre, empequeñecido y sin importancia para el autor.

Queda claro que el autor se ve a sí mismo como un personaje grande, fuerte y agresivo. Para ello, acude a la estética de los cómics o mangas japoneses para retratarse con todos los atributos de los protagonistas de las artes marciales. Como detalle significativo, había escrito por detrás de la lámina que su padre le había regalado una pequeña moto.

Conviene indicar que el que un padre le haga este tipo de regalo a un hijo, al que no es capaz de controlar y con el fin de ‘ganárselo’, no deja de ser una manifestación de haber perdido la autoridad que tenía que haber ejercido con su hijo desde que era pequeño.

A pesar de ello, su hijo lo menospreciaba, tal como se manifiesta palpablemente en este trabajo. Y todo ello como resultado de los errores en los que incurren padres que no han ejercido una autoridad responsable con sus hijos desde que son pequeños, por lo que pueden acabar siendo víctimas de los propios hijos cuando han crecido, encontrándose impotentes para intentar modificar unas conductas que ya se vuelven insoportables.



He indicado que, en ocasiones, las rupturas de las parejas pueden conllevar a un claro desajuste de los criterios a adoptar en la educación de sus hijos e hijas, dado que los conflictos entre ambos pueden dejar en un segundo plano los criterios educativos de los hijos.

Esto se manifestaba claramente en los comportamientos de Eva, una niña de 6 años, inteligente, caprichosa e irascible, que en la clase y en el recreo respondía y agredía a sus compañeras con bastante frecuencia. Estas conductas comenzaron cuando se produjo la separación entre sus padres. Tengo que apuntar que tanto ella como su hermano pequeño quedaron bajo la custodia de su madre, quien se vio desbordada en la nueva situación, siendo excesivamente permisiva con su hija por los sentimientos de culpa que le aparecían, al responsabilizarse de los males de su hija.

Como podemos observar, la niña, a la hora de realizar el dibujo de la familia, se representa en primer lugar, lo que es indicio de un elevado nivel de autoestima, rayano en el narcisismo. Se traza con una corona como si fuera una reina. Por otro lado, en la boca aparecen dibujados los dientes, que es una clara manifestación de agresividad.

Una vez que acabó con su imagen, pasa a representar a su hermano menor subido en una pequeña mesa. Posteriormente, plasma una mesa con útiles encima. Acaba con el trazado de la casa y su madre en el interior de ella, en tamaño pequeño y con escasa relevancia. La figura de su padre no aparece, lo que es indicio de que la pequeña autora no lo tiene en consideración al no darle importancia.

Ni que decir tiene que los comienzos de Eva, aun siendo pequeña, apuntan a una personalidad caprichosa, autoritaria y agresiva, y, dado que las raíces de la personalidad se forman en los primeros años, acabará siendo bastante difícil de soportar si no hay un cambio de actitud por parte de sus progenitores.



En la actual sociedad se dan grandes paradojas en algunas familias, dado que por un lado, se encuentran con verdaderos problemas para llegar a final de mes, pero, por otro, no se privan de gastos que deberían quedar fuera de sus niveles económicos.

Así, en los trabajos de investigación que dirijo he podido observar que a niños muy pequeños cuando llegan las Navidades sus padres les regalan móviles, como si fueran juguetes que deben estar al alcance de cualquiera.

En este segundo caso que comento, de Iván de 9 años, no era exactamente un móvil, sino los videojuegos en los que continuamente estaba inmerso este chico tremendamente agresivo en la clase con su profesor y sus compañeros. Y la razón de esta conducta agresiva la pudimos encontrar cuando se les propuso en clase el dibujo de la familia.

Una vez que hubo terminado el dibujo, le invitamos a que nos lo explicara, puesto que él se había dibujado en medio de su madre y su padre, coloreados de azul, y con forma de ‘muñecos’, muy simples para su edad. Junto a ellos, unas especies de máquinas que eran las protagonistas del grupo.

Lo cierto es que para complacerlo y aplacar sus malos modos, sus padres le compraban los videojuegos que a él le gustaba, todos ellos muy violentos. De este modo, creían que concediéndole sus caprichos le calmarían, cuando lo que lograban era que el niño entendiera que la agresividad y la violencia son formas normales de la vida.

AURELIANO SÁINZ

13 oct. 2019

  • 13.10.19
En un reciente encuentro con unos amigos en la cafetería de la Facultad, y en medio de la charla que manteníamos sobre la situación en la que se encuentra nuestro país, uno de ellos, refiriéndose al estado crítico de un sector de la economía, dejó caer la expresión ‘la espada de Damocles’ que pendía sobre ese sector. Al momento de oírla, la mente se me detiene en ella, dado que hacía poco había estado escribiendo sobre un pintor inglés, Richard Westall, que fue conocido, de modo muy especial, por el lienzo que llevaba por título precisamente La espada de Damocles.



Una vez que acaba quien tenía en ese momento la palabra, le hago notar ha utilizado una expresión que, como bien sabemos, su origen se remonta a la mitología grecolatina.

“¿Os habéis parado alguna vez a pensar la cantidad de expresiones que procedentes de las mitologías de la Grecia y la Roma clásicas utilizamos de modo habitual, y, aunque sabemos sus significados en nuestra lengua, desconocemos sus orígenes concretos o no hemos entrado a averiguarlos?”, les indico con la intención de que nos detengamos un momento en esta cuestión y seamos capaces de memorizar algunas de ellas.

Estuvimos de acuerdo en que el significado de ‘la espada de Damocles’ está bastante extendido en la población, y que se emplea cuando se alude al grave riesgo que pende sobre una persona o un grupo y que puede caer sobre sus cabezas en cualquier momento.

Puesto que, tal como he manifestado, tenía muy reciente el comentario sobre el lienzo de Westall, les indico que la expresión ‘la espada de Damocles’ la conocemos por el uso que hicieron de ella los escritores romanos Cicerón y Horacio, que la tomaron prestada del griego Timeo de Tauromenio.

En el relato de Cicerón y Horacio se nos habla de Damocles, un ciudadano de Siracusa que envidiaba al soberano de la ciudad siciliana. El rey, conocedor de este hecho, le propuso ocupar su lugar un día para que conociera los agobios y los riesgos que se asumen cuando se ejerce el poder. Cuando Damocles, tras aceptar la propuesta, se sentó en el trono observó que una espada, sostenida por la crin de un caballo, pendía de punta sobre su cabeza. De este modo, este envidioso ciudadano comprobó que al placer de gobernar lo rodea una atmósfera cargada de amenazas y presiones.

Tras comentarles brevemente su origen, le indico a un compañero que mire un momento su móvil, ya que lo tiene sobre la mesa, para que podamos ver el cuadro de Richard Westall.

Al rato aparece la imagen de La espada de Damocles. La observamos y realizamos algunos comentarios sobre la misma. Por otro lado, los datos referidos a su autor nos indican que fue realizado por el pintor británico Richard Westall, nacido en Reepham en el año 1765, habiendo fallecido a la edad de setenta y años en Londres. Como aspecto a retener, conviene apuntar que Westall se destacó por sus pinturas de corte historicista y las de temas literarios, aunque la fama le llegaría por este cuadro y los retratos que le hizo a Lord Byron.

Por otro lado, en la obra, que se encuadra abiertamente dentro una estética neoclásica, parece que asistimos a una escena teatral, ya que muestra a los personajes como si fueran esculturas congeladas por una instantánea.

Además, el lienzo presenta una particularidad: en la escena se han sustituido a los valerosos jóvenes, descritos por Cicerón y que rodean a Damocles, por vírgenes, quizás por el deseo del pintor de resaltar el lujo y la ostentación con los que convivía el monarca de Siracusa.

La conversación que mantenemos en la cafetería ahora ya se centra de lleno en esta temática. Muy pronto, como era de esperar, uno de los contertulios apunta a ‘el talón de Aquiles’, dicho popular que solemos utilizar para aludir al punto débil de una persona o de una cosa, significado con cierta proximidad con el primero que hemos comentado, ya que ambos anuncian ciertos riesgos que no se tienen en cuenta por quienes pueden sufrirlos.

Brevemente, quisiera apuntar esta expresión proviene de la mitología griega, ya que al nacer Aquiles, hijo del rey Peleo y de Tetis, la diosa del mar, su madre lo intenta hacer inmortal sumergiéndolo en las aguas del río Estigia. Pero su madre no tuvo en cuenta que lo sostenía con la mano por el talón derecho, por lo que acabó siendo vulnerable precisamente en esta zona que quedó sin ser bañada por las aguas.

Continuamos pensando en las posibles expresiones de orígenes grecolatinos. De pronto, y relacionándolas con el nombre de una antigua alumna, le pregunto a una de las compañeras de la tertulia: “¿Te acuerdas de aquella alumna rubia de pelo largo que tuvimos un par de cursos atrás y que se llamaba Ariadna? ¿Sí…? Te lo digo porque, aparte del nombre que nos remitía a la antigua Grecia, yo la relacionaba con la expresión ‘el hilo de Ariadna’ que lo utilizamos cuando nos referimos a una serie de explicaciones y razonamientos que conducen hacia la solución de un problema que parece no tener una salida clara”.

Sería esta compañera la que se lanzara a explicarnos el origen etimológico de la frase: “La expresión nace de Ariadna, personaje mitológico griego e hija del rey Minos de Creta, lugar en el que se encuentra el Minotauro dentro de un laberinto. Cuando llega Teseo para librar a la ciudad del monstruo, al que tenían que entregar anualmente siete hombres jóvenes y siete doncellas como tributo, Ariadna, enamorada del héroe, le facilita una espada y un hilo para encontrar la salida del laberinto, una vez que le hubiera dado muerte al Minotauro”.

El tiempo se nos está acabando, puesto que se acerca la hora en la que tenemos que retomar las clases. El suficiente para que alguien apuntara una cuarta expresión que, por ahora, parecía una forma geométrica perfecta, pues nos recordaba a los cuatro vértices de un cuadrado imaginario que encerraba dentro de sí un conjunto de problemas que amenazantes condicionaban el rumbo de muchas vidas. Se trataba de ‘la caja de Pandora’ que en medio de la charla terminó por salir a colación.

“La caja de Pandora”, comentó uno de los contertulios, “la solemos utilizar cuando de pronto salen a la luz todos los problemas y conflictos que han quedado ocultos durante tiempo”.

“Su origen etimológico hay que buscarlo en uno de los mitos griegos, aquel que tiene su origen en la valentía desplegada por el titán Prometeo, el mismo que provoca la furia de Zeus, el mayor de los dioses del Olimpo, cuando arrebata el fuego de los dioses para entregárselos a los hombres”.

“Ante semejante osadía”, continuó con su explicación, “Zeus convoca a los dioses del Olimpo, de modo que cada uno de ellos le entrega una desgracia para ser guardado en la caja que se le entrega a Pandora. Esta, una vez casada con Prometeo, y debido a su ingenuidad, destapa la caja para ver qué contiene, de modo que se esparcen todos los males entre los hombres”.

Miramos el reloj, de gran tamaño, que hay en la pared enfrente al lugar en el que nos encontramos y nos damos cuenta de que faltan solo unos minutos para las doce del mediodía, hora en la que tenemos que reanudar las clases. En esos momentos me viene a la mente la expresión ‘el nudo gordiano’, pero ya no teníamos más tiempo. Nos levantamos, pues, y caminamos hacia la puerta con la sensación de haber penetrado en un mundo bastante ajeno al que ahora tenemos que abordar con los alumnos.

AURELIANO SÁINZ

6 oct. 2019

  • 6.10.19
A principios de diciembre del pasado 2018, se celebró en Katowice, Polonia, la cumbre COP24 (Conferencia de las Partes) de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en la que se abordaban algunas iniciativas para reducir la emisión de gases de efecto invernadero y frenar el cambio climático.



En ella participó la joven sueca Greta Thunberg, que entonces tenía solo 15 años, y que se ha convertido en un icono del movimiento juvenil por la protección del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático, ya que ella fue la iniciadora de Fridays For Future, iniciativa que ha conseguido arrastrar a chicos y chicas de todo el mundo preocupados por el deterioro global en el que se encuentra nuestro planeta.

El discurso de Greta fue bastante contundente, pues no hay tiempo que perder ya que nos encontramos ante las puertas de un hecho irreversible. Del mismo, extraigo las siguientes palabras: “Decís que amáis a vuestros hijos y, sin embargo, les robáis su futuro”.

Creo que a estas alturas, con los veranos tan calurosos que vivimos, los inviernos climáticamente reducidos, los temporales, como ha sucedido recientemente con la gota fría que en el mes de septiembre inundó partes considerables del levante español, con los enormes daños sufridos por la población, los pueblos y los campos, a los que habría que añadir las muertes de personas, la situación nos enfrenta a un problema de dimensiones globales que hay que tomarse muy en serio si no queremos que las alteraciones que sufre el planeta acaben siendo irreversibles.

En días pasados, tras las numerosas marchas que se produjeron en distintos puntos del planeta, encabezabas especialmente por jóvenes, Greta Thunberg tuvo ocasión de intervenir en la Cumbre del Clima en la sede de las Naciones Unidas de Nueva York. Allí se topó con ese personaje despreciable llamado Donald Trump, que como es habitual en él despreció a esta chica que ahora tiene 16 años con una de sus memeces a las que nos tiene acostumbrados. Esto es en cierto modo, lógico, puesto que Estados Unidos es el país con mayor índice de contaminación junto con China.

Sin embargo, tuvo que escuchar la frase que Greta dijo en su discurso, cuando en tono abiertamente enfadado dijo a los presentes: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías (…) Nos están fallando. Pero los jóvenes están empezando a entender su traición. Los ojos de todas las generaciones futuras están sobre ustedes. Y si eligen fallarnos, nunca los perdonaremos”.

En la actualidad, la figura de Greta Thunberg resulta ser el paradigma de la toma de conciencia de los más jóvenes acerca de la educación medioambiental. Una educación que bastantes de ellos ya conocen en sus aulas, necesitándose trasladarla a la práctica y no quedarse meramente como algo de lo que se habla, pero, que en la realidad, no implica cambios de los hábitos de consumo que tenemos. Y esta toma de conciencia real debe darse desde los niveles más próximos, como es la familia, pasando por la localidad en la que se vive, ampliándola hasta que pudiera alcanzar un nivel global.

Hablando de la toma de conciencia de esta problemática, debo apuntar que son muchos los docentes de diferentes niveles -Infantil, Primaria y Secundaria- que desde hace años trabajan en la formación y sensibilización de sus alumnos en sus centros, de modo que quienes trabajamos dentro de la Educación Artística no hemos tenido problemas a la hora de plantear experiencias educativas basadas en la realización de actividades (collages, carteles, dibujos) para que ellos, libremente, dieran rienda suelta a su imaginación sobre la protección del medio ambiente.

Sobre estas experiencias, de los numerosos trabajos que dispongo he seleccionado siete dibujos de chicos y chicas del ciclo superior de Primaria para que veamos cómo es posible la utilización de la Plástica como medio de expresión de sus ideas acerca de los valores ecológicos.

La propuesta planteada en las clases fue lo suficientemente amplia para que representaran escenas en el contexto familiar, el urbano o relacionadas con la propia naturaleza. He aquí, pues, algunos de sus trabajos.



En los trabajos gráficos de los escolares es habitual la plasmación de dos imágenes contrapuestas: la que se logra responsabilizándose del medio ambiente y su contraria, es decir, la que resulta de no mostrar ninguna sensibilidad ante el mismo contaminando el entorno. Así, el autor del dibujo anterior, un chico de 11 años plasma esta contraposición mostrando un campo limpio en un día soleado y otro sucio en un día lluvioso, de modo que ambos están separados por un contenedor lleno de residuos. Ilustra su trabajo con dos frases: “¿Es tan difícil?” y “Reciclar está en tu mano”.



Uno de los problemas medioambientales habituales durante los veranos son los fuegos que acaban arrasando cientos o miles de hectáreas de la naturaleza. Sobre estos deterioros medioambientales nos informan puntualmente los medios de comunicación; pero se ha comprobado que, a pesar de los avisos habituales, siguen apareciendo, incluso, cuando es la mano del hombre el origen del problema. De nuevo, otro chico de 11 años acude a la contraposición de las imágenes para advertir visualmente del daño que causan los incendios.



Los ciclos vitales de la naturaleza ya los conocen los escolares del ciclo superior de Primaria. Saben que la tala de árboles que se lleva a cabo, por ejemplo, en la Amazonía con la aprobación entusiasmada del presidente de Brasil Jair Bolsonaro es un verdadero problema para el mantenimiento de los ecosistemas de esta zona, al tiempo que este inmenso territorio es un “verdadero pulmón” de nuestro planeta que hay que conservar. Es lo que de modo muy sencillo plasma en su dibujo un chico de 10 años, muy sensibilizado sobre la tala de árboles que se produce en zonas boscosas de distintos países.



Uno de los problemas cíclicos que por el tiempo de verano suele aparecer es el de la sequía, especialmente en los años en los que ha habido pocas lluvias. Entonces se suele recomendar un uso moderado del agua, un bien de la naturaleza limitado. De todos modos, el uso racional del agua debe ser una constante y no limitarse a los momentos de alerta. Sobre esta cuestión trata el dibujo de esta niña de 10 años, al presentar a una chica derrochando agua, dado que deja los grifos abiertos sin importarle la cantidad de líquido que está gastando inútilmente, tal como apuntaba la autora.



La sensibilización que se les fomenta en el aula acaba siendo asimilada por los escolares cuando comprueban, al observarlo directamente, que aquello que se les dice es verdad. Puesto que la educación medioambiental, tal como he indicado, se les presenta de manera amplia, es frecuente que en los dibujos de los escolares aparezcan escenas del deterioro urbano. Es lo que hace la autora del dibujo anterior, que muestra los muros de la esquina de un entorno urbano llenos de pintadas de todo tipo. Precisamente su denuncia va en el sentido de que mayoritariamente son adolescentes los que realizan grafitis sin importarles los lugares que deterioran.



Cuando hablamos de medio ambiente y de cambio climático no debemos pensar exclusivamente en la naturaleza, puesto que los entornos urbanos también son núcleos abiertamente contaminantes. Esto es indicio de que en la clase se había debatido este tema, por lo que los escolares estaban sensibilizados ante la falta de civismo de cierta gente que cuando se encuentran al mando de los volantes de vehículos se convierten en auténticos agentes de contaminación acústica. A este problema, la autora le añadía la suciedad y la violencia urbana, por medio de la escena de un atraco, añadiendo algo tan sorprendente como es un niño abandonado junto a una botella rota y un cigarrillo encendido.



Para cerrar, acudo a otra escena de ámbito urbano, que presenta algunas semejanzas con el dibujo precedente ya que fue realizado por otra chica de 12 años que se encontraba en la misma aula. La autora nos muestra todo un conjunto de violencias y agresiones que padecen las grandes ciudades, quizás influida por los medios de comunicación que suelen abrir los informativos cargados de noticias negativas: agresiones, violencias, robos, contaminación, accidentes, inseguridad de la población, etc., dando lugar a que en el imaginario colectivo acabe configurándose un panorama pesimista, cargado de tensiones, sobresaltos e incertidumbres hacia el futuro.

AURELIANO SÁINZ

29 sept. 2019

  • 29.9.19
No creo descubrir nada nuevo si indico que, por estas fechas, la sociedad española está cansada, aburrida y hastiada del marco político en el que nos movemos. Hay una enorme decepción y me temo que, si no cambia el rumbo, va a ser un tanto complicado recuperar el entusiasmo de la gente, puesto que existe la sensación de que no se les dice las cosas con claridad, que las medias verdades, por no decir las mentiras encubiertas, están presentes en los discursos políticos.



Como apunta el gran sociólogo polaco Zygmunt Baumann, vivimos en una modernidad o ‘sociedad líquida’ en la que no hay nada sólido, dado que los valores son cambiantes y que la verdad y la mentira se entremezclan según los intereses ocultos que no conviene que se conozcan. Y lo más curioso de todo es que, en esta sociedad, las estrategias de la publicidad comercial y de la propaganda política se han mezclado de tal manera que es casi imposible separarlas: ambas conviven con un perfecto maridaje.

Una y otra se confunden, de manera que los enormes avances persuasivos que se han logrado dentro del campo publicitario en la promoción de los productos se traspasan a esos nuevos centros de control de la mente de los ciudadanos como son los equipos de asesores de algunos partidos políticos que diseñan con todo cuidado las estrategias, y que van cambiando según marquen los resultados de las encuestas. Todo ello con la finalidad de planificar cuidadosamente y buscar los modos de convencer a los potenciales electores, por lo que electores y consumidores terminan siendo equivalentes para estos estrategas políticos.

Puesto que no soy en absoluto derrotista, considero que, a pesar de todos los problemas desalentadores con los que nos encontramos, conviene siempre ir a votar lo mejor informados posible, puesto que estar bien enterados de lo que apoyamos nos hace más libres y responsables de nuestros actos. Pero, junto a la información, es necesaria la formación y la reflexión, es decir, saber los modos de funcionamiento de la comunicación política y social de estos tiempos tan acelerados que vivimos.

Así pues, y con el fin de que veamos cómo funciona la propaganda política en nuestros tiempos, podemos remontarnos al primer tercio del siglo pasado, puesto que en él se configuran algunas de las estrategias básicas de la persuasión política que, con el paso del tiempo, se irían perfeccionando hasta llegar a los sutiles modos que se utilizan en el mundo de Internet en el que actualmente nos movemos.

Aunque a algunos pueda parecerles chocante, es necesario acudir a un personaje de la Alemania nazi para ubicarnos en el punto de partida del uso de las estrategias desarrollas por las potentes agencias publicitarias de los países más avanzados económicamente (Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania) para aplicarlas al campo político en las sociedades democráticas en las que los gobiernos se forman a través de las elecciones dentro de los partidos contendientes.

Y ese personaje fue Joseph Goebbels, quien fuera responsable del Ministerio para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich alemán entre 1933 y 1945. Este último año sería en el que se suicidaría ante la inminente derrota de la Alemania nazi.



Hemos de tener en cuenta que Joseph Goebbels se había doctorado en Investigación en la Universidad de Heidelberg a los 24 años, por lo que conocía perfectamente los mecanismos de la comunicación y la publicidad y la propaganda de su época, lo que daría lugar a que él perfeccionaría, posteriormente, los medios de propaganda política, integrando todos los avances que la publicidad había sido capaz de lograr hasta entonces.

Para comprender el éxito de Goebbels, acudo a un párrafo del investigador mejicano Eulalio Ferrer, quien, en uno de sus libros dedicados al estudio de la publicidad y la propaganda políticas, decía lo siguiente: “Hitler reunió en su entorno a un grupo de fanáticos que entienden que la propaganda es la más efectiva de sus armas, sin ocultar su desprecio por las masas que convoca y moviliza, convencido de que estas tienen una capacidad limitada para la absorción de ideas argumentadas y una capacidad de olvido muy grande”.

Es decir, sirve de poco razonar y argumentar ante una parte significativa de la población, por lo que se hace necesario apoyarse en eslóganes o frases cortas (‘ideas-fuerza’ se llaman actualmente), en puestas en escenas, creación de símbolos, apoyo y exaltación del líder, en la constante presencia en los medios de comunicación… para que los mensajes, explícitos y subliminales (aunque este término se utilice posteriormente), penetren en las mentes y, especialmente, en campo emocional de la gente.

No debemos olvidar que estas estrategias planificadas y llevadas a la práctica por Joseph Goebbels ayudaron a Adolf Hitler a alcanzar el poder en Alemania por medio de las urnas, dado que contó con un amplio apoyo de una población enfervorizada, como en la actualidad sucede con Donald Trump en Estados Unidos.

Sus biógrafos nos dicen que comenzó su andadura como propagandista político organizando una de las más espectaculares concentraciones que se habían producido en la ciudad de Colonia. El acto debería culminar con el toque de las campanas de la magnífica catedral que posee esta ciudad. Como el arzobispo de Colonia le negó el permiso, recurrió a la grabación del sonido de las campanas, logrando el efecto buscado al ser transmitido por los altavoces y la radio sin que el truco pudiese ser advertido

Otra de sus hazañas fue seleccionar de entre las pinacotecas nacionales y los museos particulares 650 pinturas y dibujos considerados ‘sacrílegos’ y ‘antipatrióticos’, supuestamente projudíos, con el fin de ridiculizarlos y encender la campaña que habría de culminar con el exterminio de millones de seres humanos.

Paso a paso, la compenetración entre Goebbels y Hitler cada vez fue a más, de modo que el primero se gana la confianza total del Führer, ya que aquel ve a este como el auténtico mesías carismático que necesita el pueblo alemán, para, entre otras cuestiones, resarcirlo de las humillantes condiciones firmadas en el Tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial.

Goebbels lo halagará cuidando sus representaciones públicas a una hora adecuada de la noche para situar mejor los reflectores, a veces con antorchas encendidas; elige los fondos con música de Wagner; crea un clima de expectación para la llegada de su jefe, entre redobles de tambores; mide los silencios, calcula los aplausos, intercala los gritos con los lemas de la multitud enardecida, que repite una y otra vez: ¡¡¡Führer… Führer…Führer…!!! Crea un espectáculo impresionante, montado con gigantescas banderas y miles de banderines en los que ondea la cruz gamada.

En el año 1933, finalmente, Adolf Hitler es nombrado canciller de Alemania tras ganar las elecciones. Su triunfo se basa, entre otros aspectos, en que no tiene que improvisar una política de propaganda, dado que lo que hace es poner en práctica los planes e ideas que se han estudiado y discutido minuciosamente tiempo atrás, supervisados por el nuevo ministro de Propaganda, que, a fin de cuentas, resulta ser el antecedente a los actuales asesores políticos.



Esta planificada propaganda la expone de modo detallado el periodista alemán Emil Dovifat en su libro Política de la Información. En él encontramos esta frase de Joseph Goebbels: “La propaganda fue nuestra arma más afilada en la conquista del Estado y continúa siendo nuestro poder más fuerte en el afianzamiento y en su construcción. Por eso, la propaganda es una función vital e imprescindible del Estado moderno”.

Una vez que Joseph Goebbels asume el cargo del Ministerio de Propaganda, se le otorga nada menos que el diez por ciento del presupuesto total del Gobierno alemán. Además, a los cuatro meses de haber tomado posesión de su cargo, concibe una insólita ley, que será promulgada el 4 de octubre de 1933, en virtud de la cual se transforma a los periodistas en servidores del Estado. Se hace, pues, necesario el control de la información, para que llegue una sola voz a la población alemana.

Para comprender las estrategias de comunicación y persuasión diseñadas por Goebbels, extraigo algunos lemas que son la síntesis de su pensamiento:

a) “No es preciso que una idea política esté avalada por una buena filosofía, si se dispone de una magnífica propaganda”.

b) “Nada es absoluto, todo es relativo. Las verdades duran lo que una imposición las hace durar”.

c) “Una buena propaganda es lo más cercano a la verdad, aun cuando sea la mentira misma”.

Aparte de esas tres frases que nos indican el descarado uso de los medios con tal de conseguir lo fines propuestos, aporto otras tres que han llegado hasta nuestros días:

d) “Quien dice la primera palabra al mundo es quien tiene la razón”.

e) “No basta con mentir, debes decir la mentira más grande para que se crea”.

f) “Una mentira repetida mil veces acaba siendo una verdad en la mente de la población”.

Quizás la última frase sea la más famosa de Goebbels, ya que se ha extendido tanto que casi nadie recuerda quien la formuló. Es por ello que en nuestros días, en los que las redes sociales funcionan a tope, se encuentre actualizada a través de las denominadas fake-news, es decir, falsas verdades que funcionan a nivel de vértigo en un mundo en el que la publicidad, la propaganda, las noticias y las tertulias televisivas se han entremezclado de tal modo que resulta muy difícil saber dónde se encuentra la verdad y la información planificada cargada de medias verdades o, llanamente, de mentiras. Esta es, a fin de cuentas, la compleja realidad en la que vivimos.

AURELIANO SÁINZ

22 sept. 2019

  • 22.9.19
Conviene hablar con la gente. También con aquella que no conocemos, dado que vivimos en un mundo que, a pesar de la conexión digital, nos distancia cada vez más, por lo que comenzamos a preferir el contacto indirecto a la mirada franca de quien tenemos al lado. Nos estamos convirtiendo en seres suspicaces: no nos fiamos de los demás. Así, los jóvenes (y no tan jóvenes) suelen caminar con los auriculares colgados que les aíslan del entorno por el que transitan, de modo que quienes les rodean se convierten en extraños de los que parece que es mejor alejarse de ellos.



La actual sociedad nos empuja hacia un individualismo que, me temo, puede ser origen de muchos problemas emocionales, por la falta de contacto con quienes son nuestros semejantes. Y cuando hablo de ‘individualismo’ quiero diferenciarlo de ‘individualidad’, puesto que esta sí que es una de las grandes conquistas que ha tenido la humanidad, al considerar que toda persona tiene derecho a decidir por sí misma sobre su propia vida, sin verse sometida a la tradición impuesta, a los prejuicios o a las normas sobre las que no ha tenido ni tiene posibilidades de pronunciarse.

Creo que podemos convenir que la comunicación directa es un bien que cultivar ante el empuje de aquellas formas que, a fin de cuentas, no dejan de ser sucedáneos bastante superficiales. Esta es la razón por la que los párrafos precedentes me sirven como preludio de hechos muy singulares que me acontecieron en dos ciudades distintas –Barcelona y Madrid–, dejándome claramente sorprendido, pues nunca podría imaginarme que se pudieran dar en la realidad.

Tengo que hacer un inciso para indicar que yo no soy precisamente lo que se dice una persona de entrada muy habladora, dado que tiendo más a escuchar a los demás que a iniciar las conversaciones. Es un rasgo de cierta timidez o de prudencia: no sé cuál de los dos aspectos pesa más.



Pues bien, el primero de los casos, tal como he indicado, me ocurrió en Barcelona, a comienzos del año, con motivo de mi asistencia a un congreso internacional. Dado que la Universidad en la que se desarrollaba el congreso estaba ubicada en la parte alta de la ciudad, en el día que se iba a iniciar salgo del hotel y paro a un taxi para que me acerque a la Facultad en la que se llevarían a cabo las ponencias.

Lo más habitual en estos casos es que, tras indicarle al taxista el lugar al que vas a ir, comenzar a charlar sobre cuestiones convencionales: lo agradable que es la urbe (cosa muy cierta para la Ciudad Condal), lo difícil y congestionado que está el tráfico, las razones por las que uno se encuentra en esa ciudad… Después, y dependiendo de las circunstancias, la conversación puede derivar por distintos derroteros.

Lo cierto es que en este caso, sin saber cómo, la conversación se encauzó hacia la arquitectura. Recuerdo que le manifesté al taxista que yo era arquitecto y que me gustaba mucho la estructura urbana y los edificios de Barcelona, no solo los de estilo modernista, que tanto abundan en la ciudad de Gaudí, sino también las edificaciones más recientes, pues muchos de los grandes nombres internacionales habían realizado proyectos para la ciudad.

No fue necesario que le nombrara a los japoneses Toyo Ito, Arata Isozaki o Tadao Ando, al francés Jean Nouvel o al británico David Chipperfield, puesto que el propio taxista me los fue desgranando uno a uno, explicándome de manera detallada dónde se encontraban sus obras, las características que presentaban y cuándo él había acudido a visitarlas.

Pero no solo eran obras que se habían ejecutado en Barcelona, sino que también me hablaba de otros arquitectos españoles que habían realizado proyectos en distintos puntos de nuestro país (Rafael Moneo, Antonio Cruz y Antonio Ortiz, Alberto Campo Baeza, Luis Moreno Mansilla y Emilio Tuñón…) o de extranjeros que habían recibido el prestigioso Premio Pritzker y de los que yo precisamente ya había publicado en este mismo diario digital.

Era sorprendente el conocimiento que tenía, por lo que le tuve que preguntar de dónde había nacido esa pasión por la arquitectura contemporánea.

“Todo esto nace de que mi gran deseo hubiera sido estudiar Arquitectura; pero por razones económicas nunca pude hacerlo. Esta pasión nunca me ha desaparecido, por lo que cuando viajo al extranjero con mi mujer suelo visitar ciudades como París, Ámsterdam, Berlín, Basilea o Tokio para conocer las obras que han realizado aquellos arquitectos a los que admiro…”, me dijo, con la alegría que le producía explicar su gran afición a alguien formado en el tema.

Antes de despedirme, le indiqué algunos de los enlaces que podía consultar y en los que publico con cierta regularidad sobre la vida y la obra de una profesión como es la arquitectura bastante desconocida para una gran mayoría de la población.



Otra de las grandes sorpresas me la llevé este verano en mi estancia en Madrid. Tengo que apuntar que, a mi modo de ver, durante el mes de agosto es la fecha ideal para visitar la ciudad, puesto que gran parte de la población ha salido de vacaciones y se puede ir a todos los sitios sin las aglomeraciones que habitualmente se dan en la capital del país.

Pues bien, en una mañana que se mostraba espléndida, dado que la noche anterior había llovido intensamente, dejando totalmente limpia la atmósfera y con una temperatura de corte primaveral, acudí a la librería La Central, que se haya muy cercana a la céntrica Plaza de Callao.

La Central es una de las librarías más agradables de visitar de la ciudad, puesto que se encuentra en una casa tradicional, reformada, pero conservando todo el sabor que proporcionan los materiales como la madera, el ladrillo y el hierro visibles a lo largo del edificio.

En ese día adquirí un libro de filosofía titulado El milagro Spinoza del francés Frédéric Lenoir, en el que se habla de la vida y de las ideas de Baruch Spinoza, uno de los autores más relevantes de la historia del pensamiento occidental.

Cerca de la una del mediodía, y aunque todavía era temprano, me apetecía comer, por lo que entré en un restaurante de una cadena muy conocida en la ciudad ubicado en plena Gran Vía. Subí a la primera planta. Comprobé que yo era el primero que se encontraba en el enorme salón. Me senté en una mesa cercana a los grandes ventanales acristalados que proporcionaban una magnífica vista de esta céntrica vía madrileña.

Dejé sobre la mesa el libro con la intención de hojearlo un poco mientras estuviera comiendo. Al momento se me acercó una camarera, joven y rubia, con una agenda digital en la mano para anotar el menú que iba a pedir.

Cuando vio la portada del libro, con una cierta entonación que denotaba que no era de nuestro país, exclamó: “¡Qué curioso, un libro sobre Spinoza!”, al tiempo que añadía entremezclando la afirmación con la interrogación: “Pero ya la gente no se interesa por la filosofía, ¿no cree?”.

Me quedé muy sorprendido que una chica que trabajaba como camarera le interesara la filosofía. Miré el nombre que llevaba puesto en una chapa. Allí aparecía escrito Valerina. Le pregunté por su país de origen; y me indicó que ella era de Rumanía.

Continuamos hablando y derivando la conversación hacia los pensadores de su país: Emil Cioran, Mircea Eliade, Valeriu Butulescu… La verdad que no dejaba de asombrarme su formación en el campo del pensamiento.

La charla continuó. Ella cerró la visión que tenía de los autores de su país con una frase que más bien parecía una máxima: “No se puede ser rumano si no se es pesimista”. Me llamó tanto la atención lo que me manifestaba que inmediatamente le dije: “Esta frase no se me va a olvidar, por lo que cuando escriba sobre los filósofos y pensadores rumanos la citaré, pues tienes bastante razón en lo que dices”, le indico, al tiempo que le pregunto: “Por cierto, ¿puedo decir tu nombre cuando escriba sobre este encuentro?”.

Ella me indica que sí, que no hay ningún problema. Por mi parte, le manifiesto cómo me llamo, cuál es mi trabajo y qué hago durante esos días en Madrid.

Valerina, tras nuestra charla, había tomado nota de lo que iba a comer. Poco a poco, comienza a llegar la gente a la segunda planta del restaurante, por lo que entiendo que debe atender a quienes se sientan cerca de donde me encuentro, puesto que es la parte más atractiva del local.

Finalizado el almuerzo, alcé la mano girando la cabeza hacia la dirección en la que se encontraba con el fin de abonar la cuenta. Una vez que lo hice, me despedí de ella indicándole que escribiría un artículo con una parte que se titularía La camarera que leía a Spinoza. “¿Te parece bien?”, le pregunto. Con una amplia sonrisa y un gesto afirmativo con la cabeza me muestra que está de acuerdo con que ella apareciera en este y otros diarios digitales andaluces, tierra que, por cierto, me había indicado que tenía unas ganas enormes de conocer.

AURELIANO SÁINZ

15 sept. 2019

  • 15.9.19
¿Conocemos bien los españoles la historia de nuestro país? ¿Somos capaces de enlazar correctamente unos nombres con otros? ¿Sabemos ubicar temporal y espacialmente los hechos más significativos que han acontecido a lo largo de los siglos en la denominada popularmente piel de toro?



Me temo que si exceptuamos a los especialistas, la mayoría tiene en su mente una especie de puzle en el que algunas piezas no encajan o lo hacen mal; y, en el mejor de los casos, esas piezas llegan hasta la Guerra de la Independencia, de modo que a partir de ahí empieza la confusión de nombres y de fechas.

Digo esto porque me parece que, por ejemplo, la figura del general José María Torrijos es poco conocida, a pesar de haber sido uno de los grandes defensores del liberalismo en nuestro país en el siglo XIX, y que esa lucha por lograr una nación en la que la libertad de pensamiento y de expresión fueran derechos reconocidos para toda la población acabó con su vida y la de los compañeros que le secundaban.

Es por ello por lo que creo oportuno hablar de su figura puesto que, si no me equivoco, el mayor lienzo que hay en el Museo del Prado es el que lleva por título El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, que por encargo del propio museo lo pintó Antonio Gisbert, el mismo que realizara Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo.

Y es que, tal como apunté en el artículo anterior, ambos cuadros se encuentran, frente a frente, en una sala del Museo del Prado para conmemorar el Bicentenario (1819-2019) de esta grandiosa pinacoteca de la que tenemos que sentirnos orgullosos todos los españoles.

Por otro lado, ambos cuadros, aparte de reflejar la simpatía de Antonio Gisbert (1834-1901) por los ideales del liberalismo, en el fondo configuran el reflejo de dos oportunidades perdidas para la modernización de España que fracasaron a favor del continuismo al afianzarse el letargo y el retraso secular de nuestro país.

Sobre el cuadro que ahora comento, conviene apuntar que tiene 6 metros de largo por 3,90 de alto, de modo que ocupa todo un lienzo de pared del Museo del Prado en una de las salas dedicadas a los cuadros de tipo histórico. Pero no es destacable solamente por sus grandes dimensiones, sino porque se trata de una magnífica obra no solo del siglo XIX sino de todos los tiempos del arte hispano.

Este es el motivo por el que Miguel Falomir, actual director del Museo del Prado, la compara con La rendición de Breda de Velázquez, Los fusilamientos de Goya o el Guernica de Picasso, referentes pictóricos en nuestro país, o el de La libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix de nuestra vecina Francia. Todo un auténtico reconocimiento a una obra que debería ser más conocida en las tierras hispanas.

Cuando se terminó de pintar este cuadro, habían pasado 28 años desde que Antonio Gisbert plasmara el ajusticiamiento de los comuneros de Castilla. En esta ocasión, se aprecia la madurez lograda por el artista en el campo del retrato de personajes, superándose pictóricamente, puesto que la grandeza de Torrijos y sus compañeros la muestra sin la escenificación teatral del anterior cuadro.

En este lienzo, el artista alcoyano recrea la escena en la que Torrijos y sus 48 compañeros están siendo fusilados en las playas de Málaga el 11 de diciembre de 1831, es decir, tres años antes de que naciera el pintor, por lo que la traición sufrida quien había sido el capitán general de Valencia, al ser delatado, era una historia próxima a la vida de quien, años después, la inmortalizaría en uno de los cuadros más relevantes de los que se exhiben en el Museo del Prado.



Y es que la maestría de Antonio Gisbert había alcanzado su plenitud pictórica cuando, en 1888, concluyó este enorme cuadro. Basta contemplar el rostro de José María Torrijos para comprender que no es meramente un retrato el que Gisbert realiza, sino un verdadero tratado de psicología, en el que intenta expresar con sus pinceles las emociones más profundas que le embargan al cabecilla de la rebelión en esos críticos momentos.

¿En qué piensa el general, cuyo protagonismo y destino comparte con sus compañeros? Ese rostro serio y sereno, cuyos ojos no miran hacia ningún lugar sino hacia el interior de sí mismo, se diferencia de los que tiene a su lado, pues basta un pequeño cambio en la mirada para que el significado del gesto se modifique. Es lo que sucede con el que muestra por parte del que aparece a su derecha, que sugiere un matiz algo interrogatorio sobre lo que acontece; o el del siguiente, que mira hacia el cielo, como apelando a la justicia divina, para el creyente una justicia superior a la de los hombres que parecen guiarse por el sentimiento de venganza.



Otro gesto que dentro del grupo se expresa es el de un gran afecto entre dos de los condenados. Y es que en los momentos previos a la muerte se suelen perder ciertas composturas establecidas socialmente, pudiéndose dar salida a los sentimientos más profundos. No es de extrañar, pues, que dentro de esta gran descripción de la psicología de personajes ante el término de la vida, también aparezca el de despedida entre hermanos o leales amigos.

No sabemos la relación que une a esos dos compañeros de Torrijos que se encuentran detrás del fraile franciscano que va tapando, uno a uno, el rostro de quienes van a ser ejecutados. Da igual. El fuerte abrazo entre ambos y el beso en la mejilla que uno da al otro se muestran como un signo de unión entre dos camaradas que han compartido la lucha por unos ideales y sienten que han llegado al final del camino. El camino de quienes lucharon por una sociedad más libre, más justa, pero que bajo el absolutismo de un rey, bastante necio y cretino como fue Fernando VII, se truncó, como no podía ser de otro modo.



En líneas generales, hay cierta evocación en el lienzo de Antonio Gisbert hacia el cuadro de Los fusilamientos de Goya cuando este muestra a los primeros fusilados yacientes en el suelo. Así, en el caso del pintor de Fuendetodos, vemos que tres de los ejecutados, el 3 de mayo de 1808, aparecen ya muertos en un suelo terroso, de modo que el más destacado aparece con el cuerpo volcado hacia abajo, los brazos extendidos en cruz y en medio del gran charco de sangre que ha derramado. En cierto modo, Goya evoca la idea de martirio en esos vecinos de Madrid ejecutados y que se alzaron contra la invasión francesa.

En el caso de Gisbert, la expresión general de su obra es más laica, más humanista, tal como correspondían a los ideales del liberalismo. Aquí, la sangre de los ejecutados apenas aparece, puesto que el pintor no quiere connotar en El fusilamiento de Torrijos la idea de martirio, tal como se desprende de la que mostró años atrás Francisco de Goya. Cuestión algo curiosa, puesto que Goya, otro gran defensor de los ideales del liberalismo, acabó exiliándose a Francia al no soportar el absolutismo de un rey que menospreció abiertamente la gesta heroica del pueblo.

Cuando indico que hay un cambio hacia una visión más humanista en el lienzo de El fusilamiento de Torrijos, quisiera apuntar que no es una mera interpretación subjetiva que realizo acerca de la obra de Antonio Gisbert. Si observamos en su anterior cuadro Los comuneros de Castilla, comprobamos que allí adquiere gran significado la concepción religiosa de la muerte, dado que los tres dominicos que acompañan a Padilla, Bravo y Maldonado tienen un importante protagonismo dentro de la escena, reforzado por las cruces que portan los frailes, así como por la incorporación de la iglesia de Villalar que sirve de fondo de toda la escena.

Sin embargo, en este segundo lienzo, los franciscanos que acompañan a los condenados tienen un papel secundario, al tiempo que las evocaciones religiosas son mucho más contenidas.

Para cerrar este escrito, y con el fin de no alargarme en exceso, quisiera indicar que soy consciente de que me he centrado más en el significado del lienzo que en la biografía de José María Torrijos, el mismo que llegó al cargo de capitán general de Valencia y ministro de la Guerra en el denominado Trienio Liberal, período breve de la historia de España que se extiende de 1820 a 1823. Pero entiendo que cualquier lector o lectora interesado en el tema puede ampliar la información de su figura por los medios digitales que ahora disponemos.

AURELIANO SÁINZ

8 sept. 2019

  • 8.9.19
En este año de 2019 se cumple el Bicentenario del Museo del Prado, de modo que quienes por estas fechas se encuentren en Madrid y sean amantes de la historia pueden recibir una grata sorpresa si se acercan a esta gran pinacoteca (para mí la mejor del Europa junto con el Louvre parisino).



La razón no es solo que haya una exposición antológica de tres grandes pintores: Velázquez, Rembrandt y Vermeer, sino que también se ha habilitado una sala para exponer el cuadro Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo que Antonio Gisbert pintó en 1860 y que se encuentra instalado en una de las salas del Congreso de los Diputados.

Contemplar este espléndido cuadro, que ocupa uno de los laterales de la sala en la que ahora está expuesto, junto con el Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, también del mismo autor, y que se muestra en la pared opuesta, es asistir a una verdadera muestra de arte pictórico de dos momentos claves de la historia de España.

Sobre ambas obras quisiera hablar, comenzando por la que cronológicamente es la primera, dado que una se refiere a los hechos acaecidos en 1521 y la segunda a los fusilamientos en la playa de Málaga de 1831, por lo que algo más de tres siglos separan a estos hechos históricos.

Acerca de su autor, el pintor Antonio Gisbert, quisiera apuntar que nació en Alcoy en el año 1834 y falleció en París en 1901. Contando con solo 26 años, presenta el lienzo de Los comuneros a la convocatoria que se lleva a cabo anualmente de la Exposición Nacional de Bellas Artes de España de 1860, recibiendo la primera medalla de esta convocatoria. Tras este reconocimiento, y como he indicado, el cuadro lo adquirió el Congreso, lugar en el que se encuentra de modo habitual.

El enorme éxito de la obra y el prestigio alcanzado por su autor dieron lugar a que posteriormente, con solo 34 años, fuera nombrado director del Museo del Prado, cargo que ocupó entre 1868 y 1873.

Las ideas político-sociales de Gisbert se inscriben dentro del liberalismo, que en el siglo XIX se contraponían a las conservadoras dominantes, por lo que no es de extrañar que en sus cuadros de corte histórico aparezcan personajes defensores a ultranza de la libertad individual, tal como sucede en el cuadro que ahora comentamos o en el que, como veremos en la siguiente entrega, el que realizó acerca del general José María de Torrijos, también de ideas liberales.

En el primero de los lienzos, el pintor alcoyano plasma la sublevación de los comuneros de Castilla contra las directrices de Carlos I, rebelión que comenzó en 1520 y acabó dos años después, hecho de gran significado, puesto que hay historiadores que la consideran como la primera ‘revolución’ o sublevación popular que se produce en Europa en los inicios de la Edad Moderna.

Recordemos que el 23 de abril de 1521 fueron decapitados Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado en la Plaza Mayor de la villa vallisoletana Villalar, pequeña localidad que en la actualidad recibe la denominación de Villalar de los Comuneros, en recuerdo al levantamiento que se produjo en algunas comunidades de la Corona de Castilla en contra de Carlos I, el rey que habiendo nacido en el año 1500, en Gante (Bélgica), llega a las Cortes de Valladolid en 1518, sin saber apenas nada de la lengua castellana y trayendo consigo un amplio número de nobles y de clérigos flamencos como su propia Corte.



Lógicamente, el recelo mostrado por las élites castellanas ante la posible pérdida de poder se extiende posteriormente a otras capas sociales que sienten las fuertes presiones fiscales, especialmente cuando el nuevo monarca pretende trasladarse a Alemania para ser coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

A esa pérdida de poder de los sectores señoriales se le empieza a sumar el descontento de las clases populares al saber las cargas de impuestos que se les imponen; más aún, las que residen en la parte central de la Corona de Castilla, ya que son las que han sufrido una crisis económica por las largas sequías de años anteriores.

Para comprender la relevancia de esta rebelión, hemos de tener en cuenta que por entonces la Península Ibérica estaba conformada por los reinos de Portugal y Navarra junto a la corona de Aragón (configurada por el Aragón actual, Cataluña, Valencia y las Islas Baleares) y la corona de la propia Castilla.

Entre las ciudades que se rebelan se encuentran Valladolid, Segovia, Madrid, Palencia, Salamanca, Toledo, Plasencia… todas en la Meseta o parte central del Reino. No lo hacen las del norte y las del sur de la península, si exceptuamos a Murcia y otras divididas en los dos bandos, como lo fueron Jaén, Úbeda y Cádiz, en Andalucía. Entre los años 1520 y 1522 se mantuvo la sublevación, pero la derrota de los comuneros en Villalar fue un golpe definitivo para este levantamiento.

Una vez expuestos sucintamente los hechos históricos, y que explican el significado del cuadro, conviene analizar artísticamente la obra presentada, por lo que daré unos breves apuntes de la composición. No cabe la menor duda de que el protagonismo de la escena se lo lleva la figura de Juan de Padilla, ubicada en el centro del cuadro, de modo que con gesto majestuoso, concentrado y sereno, parece meditar sobre la muerte que le es inminente.

Su serenidad se manifiesta en la frase que previamente le había dirigido a Juan Bravo, el primero en ser decapitado: “Señor Juan Bravo, ayer fue día de pelear como caballeros, hoy lo es de morir como cristianos” (frase que he extraído del libro Una pintura para una nación de Javier Barón, jefe del Departamento de Pintura del siglo XIX, del Museo del Prado).

Y es que el significado de la religión, tanto para los vencedores como para los vencidos, era fundamental en el momento de la muerte. De ahí que en el cuadro aparezcan tres miembros de la orden de los dominicos que han acompañado a cada uno de los que van a ser ajusticiados. El más destacado es el que le habla a Juan de Padilla, ya que aparece mostrando sus brazos hacia lo alto, como indicándole que no es lo mismo el juicio y la sentencia de los humanos que el juicio de Dios al que se verá expuesto una vez fallecido.

Conviene señalar que por entonces las ejecuciones era públicas, especialmente cuando estaban relacionadas con la alta traición al reino, que es la condena que recibieron los tres cabecillas de los comuneros derrotados en Villalar.

Comprobamos, por la estructura de la composición que Juan Bravo ya había sido decapitado, de modo que el verdugo, ubicado en un lateral de la escena, muestra con su mano izquierda la cabeza del ejecutado, al tiempo que con la derecha porta el hacha con el que la ha seccionado. A su lado, se encuentra el ayudante que corta las cuerdas que ataban al condenado, para dar paso a la ejecución de Juan de Padilla.

En el cuadro, Antonio Gisbert intenta no sobrecargar la escena con excesiva morbosidad, evitando, por un lado, la acumulación de sangre, al tiempo que aleja al pueblo apiñado alrededor del cadalso, siendo apenas perceptible para quien contempla el lienzo, puesto que las cabezas de los aldeanos se muestran un tanto difuminadas.

El valor histórico del cuadro se refuerza el cuidado que el pintor tuvo a la hora de documentarse en la vestimenta de todos los personajes, así como del entorno urbano, puesto que refleja fielmente la espadaña de la iglesia de Villalar con las dos campañas que actualmente posee.

Finalmente, quisiera apuntar que durante largo tiempo las figuras de los comuneros de Castilla fueron denostadas por los sectores más conservadores de nuestro país, puesto que ensalzaban la del monarca Carlos I. Sin embargo, a partir del siglo pasado empieza a ser valoradas por distintos historiadores, de modo que dan razón al levantamiento de los comuneros, llegando, de este modo, a que con la entrada en la democracia se instituyera el 23 de abril como el día de la Comunidad de Castilla y León, como reconocimiento a la gesta de quienes defendieron con sus vidas los derechos del pueblo.

AURELIANO SÁINZ

1 sept. 2019

  • 1.9.19
Recientemente he dirigido un trabajo fin de carrera referido a las adopciones familiares, estudiadas a través de los dibujos de los niños y niñas adoptados. La autora, María, la tuve como alumna en segundo curso. Ya en esos momentos me preguntó si al finalizar cuarto curso le podría dirigírselo sobre el tema de la adopción, puesto que, a pesar de tener un hijo biológico, era madre adoptante de dos niñas de origen chino, que ya eran adolescentes.



Esto nos hace ver que María era de edad mayor, pero con gran coraje y esfuerzo quería terminar los estudios de Magisterio, ya que, anteriormente, por responsabilidades familiares no pudo continuar con los estudios.

A partir de lo indicado, me ha parecido de interés abordar en esta ocasión cómo niños y niñas adoptados expresan cómo se sienten dentro de la familia a partir del dibujo, dado que en nuestro país se ha dado un salto importante en cuanto al número de adopciones. Se calcula que aproximadamente se han llevado a cabo unas cincuenta mil adopciones en la última década. Si a ello le añadimos que son muchos años trabajando con el dibujo de la familia en los centros de enseñanza, no era de extrañar que en algún momento me tropezara con dibujos de niños y niñas adoptados.

Y si hablamos de adopción, inevitablemente tenemos que consultar las obras del que creo que es la persona más formada sobre ello desde el punto de vista de la psicología. Me refiero a Jesús Palacios, que es catedrático de Psicología Evolutiva en la Universidad de Sevilla. A él acudiré en este artículo para recabar su autorizada opinión, puesto que mi faceta es la de la interpretación de los dibujos.

Ante todo hay que considerar que las familias adoptivas son muy diversas: familias biparentales y monoparentales, parejas heterosexuales y homosexuales (en nuestro país es legal el segundo caso indicado), con hijos biológicos previos o sin ellos, adoptantes de un solo niño o que adoptan más de uno, que lo hacen de bebés o de niños algo mayores, con problemáticas especiales o sin ellas… Todo esto hay que tenerlo en cuenta, puesto que habitualmente se tiene una idea un tanto simplificada o idealizada de la adopción.

De todos modos, tal como Palacios apunta, “aunque el número de quienes adoptan teniendo hijos biológicos ha crecido en los últimos años (estimándose en, aproximadamente, la cuarta parte de los adoptantes españoles), la mayoría llega a la adopción a través de la infertilidad”. Esto quiere decir que sin que la infertilidad en la pareja no estuviera presente, posiblemente, la adopción sería bastante más reducida de lo que hoy acontece.

Sobre el tema de la adopción hay bastantes ideas erróneas, como la creencia de que hay muchos bebés huérfanos que esperan ser adoptados, cuando, según Jesús Palacios, “la realidad es que quienes esperan ser adoptados tienen cierta edad, y casi en ningún caso llegan a la adopción a través de la orfandad, sino por la vía del abandono o el maltrato”.

De igual modo nos dice que “son mayoría los niños y niñas que han tenido alguna experiencia de maltrato (con predominio de la negligencia, pero con presencia de cualquier otro), y son mayoría los que han pasado por experiencias de institucionalización de mayor o menor duración y en condiciones de mejor o peor calidad”.

Lo que he indicado anteriormente nos conduce a erradicar la idea de que la vida de un niño o una niña adoptados parte de cero, ya que no es una página en blanco sobre la que se comienza a escribir la nueva historia de los padres y del hijo adoptado.

Hay que ser conscientes de que en este proceso se encuentra siempre el sentimiento de pérdida de quien ha sido adoptado, al tiempo que ha tenido que sufrir hasta que la adopción sea posible; sentimientos que están relacionados con la familia de origen, con la cual pudo o no haber convivido, a la cual pudo o no haber conocido, y de la que –de grado o, más habitualmente, por fuerza- ha sido separado.

Sin embargo, es frecuente que quienes adoptan crean que cuando reciben al niño o la niña que tanto desean comienzan desde cero, como si el cariño y la ilusión con que los reciben pudieran borrar lo que ha acontecido en la vida anterior de los pequeños. Por otro lado, y a lo largo de la convivencia, según Palacios, se dan casos de adoptantes “que tenían la expectativa de un cierto comportamiento, de una cierta relación de afecto, de una cierta vida familiar, pero se encuentran con la realidad de un nuevo hijo o hija y de una nueva vida familiar que puede distar poco o mucho de la imaginado”.

Por otro lado, a pesar de las dificultades y de los muchos interrogantes, puesto que también tendrán influencia el mayor o menor apoyo del entorno, “la vida familiar adoptiva transcurre por senderos muy parecidos a los de cualquier otra familia, con sus muchas alegrías y sus inevitables tensiones, con sus satisfacciones y sus frustraciones…”, nos apunta este gran psicólogo.

Con el fin de que conozcamos cómo representan sus familias algunos escolares que han sido adoptados, comienzo por el dibujo de una niña de origen chino de 10 años. En este caso, se trata de una familia monoparental, puesto que su madre de adopción no estaba casada.

Tal como la autora expresa por medio de la numeración, comenzó dibujando en la izquierda a su madre, para pasar, en segundo lugar, a ella misma, en el lado derecho. No obstante, su concepción de la familia se ampliaba con las dos hermanas de su madre -sus “titas”-, y las hijas de estas, que las había asumido como sus primas. Por el dibujo, se aprecia que la niña vive en un ambiente dichoso, sabiendo que es adoptada y siendo consciente de sus raíces.

Por otro lado llama la atención que todos los rostros fueran similares: ovalados, con dos circulitos para los ojos, sin nariz y bocas lineales sonrientes, como si la niña quisiera manifestar que todas las figuras femeninas se parecen a ella y entre sí.



Tal como nos dice Jesús Palacios, las familias adoptivas viven las alegrías y las tristezas de manera similar a las familias biológicas. Y entre esas tristezas se encuentran aquellas que se han separado o divorciado, dado que, necesariamente, este hecho repercute emocionalmente en los hijos, aunque posteriormente sea posible amortiguar el sentimiento de pérdida.

Es lo que le acontece a la autora del dibujo precedente, una niña de 8 años, que había sido adoptada por sus padres que tenían hijas biológicas mellizas. Lo cierto es que se produjo la separación y ella comenzó a trazar la figura de la madre, en el centro de la lámina. Después pasó a la del padre, pero, a continuación, la borró, como si ya no formara parte de la familia; en el lado izquierdo, algo distanciadas de ella a sus hermanas mellizas; pasó a trazarse a sí misma con su mascota; para finalizar con la casa, que sorprendentemente la llama “hotel”.



¿Cómo responde un chico o una chica cuando sus padres toman la decisión de aumentar la familia a través de la adopción de un nuevo hijo? ¿Se sentirán tan contentos o sus respuestas emocionales son de otra índole? En estos casos, es casi inevitable que surjan los celos, ya que habitualmente sienten que un “intruso” se ha incorporado a la familia. Esto es lo que expresa la autora anterior dibujo, una chica de 11 años, cuando en clase se les pidió que dibujaran la familia.

Como vemos, en el lado izquierdo de la lámina se encuentran su padre y su madre que tienen cogidos de la mano al niño que habían adoptado. La autora no se recata de poner claramente “hermano adoptado”, para que entendamos que, por un lado, están los hijos biológicos y, por otro, el que no lo es. Posteriormente, dibuja a sus dos hermanos y, en el extremo derecho, se traza a sí misma con un hipotético novio, de manera que debajo de ambos escribe “yo en el futuro”. En este caso se siente desplazada de la atención y del cariño de sus padres, manifestándolo, también, por la lejanía con respecto a sus padres y por el hecho de haber sido la última en representarse.



Por último, traigo el caso de un matrimonio que tenía tres hijas y decidieron llevar a cabo la adopción de dos niños. Lo cierto es que, curiosamente, adoptaron uno de raza negra y otro blanca, aunque el segundo tuviera la tez un tanto morena, pues era de origen latinoamericano.

Al llevar a cabo la investigación, se dio la circunstancia de que ambos se encontraban en el mismo centro, aunque en dos cursos distintos (2º y 5º de Primaria), pues uno tenía 8 años, el niño de raza negra, y el otro con 10 años.

Cuando el primero realizó el dibujo de la familia en la clase, inicialmente representó a sus padres adoptivos, en la izquierda de la lámina, para, a continuación, trazar una figura, coloreada con rotulador marrón, para sí mismo, lo que es manifestación de que se siente como el hijo preferido de la pareja, por la proximidad hacia ellos. Posteriormente, representó las figuras de dos hermanas; tras ellas, el otro hermano de adopción; vuelve con la tercera hermana; para cerrar, sorprendentemente, con el hermanito que habían tenido recientemente sus padres adoptivos.



Más tarde, recogí de la clase de quinto curso el dibujo del otro hermano adoptado. Y de nuevo, me encontré con otra representación un tanto curiosa, ya que el propio autor era el único que se había coloreado, dejando a los padres y al resto de los hermanos sin hacerlo.

Pero lo más llamativo es que al otro hermano de adopción le pinta de color negro la cara y las manos, al tiempo que los labios de color rojo, para que manifestar claramente que era de raza negra. Por otro lado, él se encuentra entre las figuras de sus padres adoptivos, al tiempo que a su padre, en este caso sí, lo representa sosteniendo al bebé que ha venido a incrementar el grupo familiar.

AURELIANO SÁINZ

25 ago. 2019

  • 25.8.19
Dentro del campo del arte hay un grupo reducido de pintores, de diferentes corrientes artísticas, que son admirados de manera casi incondicional. Contemplar sus obras nos remiten de modo inmediato a los autores que las han realizado. Y uno de ellos, de nombre conocido de todos, es el holandés Vincent van Gogh.



Pero el iniciar este escrito por un pintor tan reconocido no nos lleva directamente a que el tema del mismo sea abordar su vida o su obra. Si lo nombro es precisamente porque el título del artículo me remite a las apasionadas imágenes que creó acerca de uno de los trabajos más nobles del ser humano: el campesino sembrando en la tierra que previamente ha sido preparada para recibir las semillas y que, con paciente e incierta espera, piensa en los frutos con los que le recompensará la madre naturaleza en el tiempo de la cosecha.

Y esa imagen de carácter netamente impresionista que muestro, no solo en portada sino en otras tres versiones que Van Gogh realizó en el año 1888, cuando se encontraba en Arles (Arlés en castellano), pueblo del sur de Francia, lugar al que acudió por consejo de su hermano Theo para recuperarse del lamentable estado psicológico en el que se encontraba.

¿Y qué son si no los padres y madres que muy tempranamente acogen a la criatura que llega a la vida y que, con la mayor de las ilusiones, y derrochando toda la paciencia posible, esperan que un día ese hijo o esa hija levante el vuelo e inicie su propio camino con las herramientas que le han proporcionado a lo largo de los años?

Pero esta faceta de sembradores que ejecutan los padres se complementa con otra que se lleva a cabo fuera de las paredes del hogar: la del maestro. Y hablo de maestro de manera genérica, refiriéndome a todos aquellos, hombres y mujeres, que asumen con vocación la importante tarea de formar a sus pupilos, de cualquier nivel, esperando que su trabajo germine y que un día lejano lleguen a buen puerto.

Creo que una clara manifestación de lo que expreso ahora se reflejaba ya en las cartas que se intercambiaron Albert Camus, premio Nobel de Literatura, y quien fuera su maestro en la infancia. Ambas aparecieron en el artículo Educar con pasión.

Esta idea de sembrador que, de un modo u otro, está presente en la conciencia de quienes trabajamos en este campo, volvió a renacer cuando leí el artículo Sementeras y cosechas, dentro de los que semanalmente publica mi buen amigo Miguel Ángel Santos, catedrático de Pedagogía, en el diario La Opinión de Málaga.

En su escrito, Miguel Ángel planteaba el paralelismo entre el agricultor que siembra esperando la futura cosecha y el maestro que lo hace con su labor, aguardando también los frutos de su trabajo, habitualmente logrados a largo plazo.

Puesto que sus artículos dados a conocer en La Opinión, posteriormente, se encuentran dentro de un blog titulado El Adarve, en el que habitualmente participamos docentes de distintos niveles, me ha parecido oportuno realizar un extracto del escrito que en esa ocasión le remití para expresarle mi criterio sobre el tema.



Comencé de este modo:

“Recuerdo, Miguel Ángel, que en los debates que manteníamos contigo hace años en los cursos de doctorado en Málaga, salió el tema de fondo que planteas en esta ocasión.

Puesto que yo había trabajado en dos profesiones distintas, como arquitecto y profesor universitario, comenté que los resultados del primero eran bien diferentes de los que se alcanzaban con el segundo.

Entonces, manifesté que el producto del trabajo de un arquitecto era palpable, visible, pues los proyectos terminados como edificios podían contemplarse y mostrarse a los demás.

Sobre esto, apunté, como ejemplo, que con aquellos amigos que visitaban Sevilla, lugar en el que comencé a trabajar, al pasar por el centro les invitaba a cruzar por una estrecha calle peatonal en la que se encuentra un pequeño bloque de viviendas que había sido el primer proyecto que yo había firmado, al que, lógicamente, le tenía un especial cariño. Era una manera clara y tangible de decirles: ¡Ahí está la primera obra que proyecté!

Sin embargo, la labor educativa es un proceso continuo que no acaba en un momento determinado, como sucede en el caso de la arquitectura; a menos que se considere el final del curso como el cierre y el comienzo del nuevo como el inicio de otro proyecto.

Además, el resultado de la educación no es tan visible, pues se trabaja con personas, con ideas, conocimientos, valores o actitudes, que son los ‘materiales’ que nosotros manejamos en nuestra profesión, lo que conlleva que no haya un tiempo determinado en el que se recoja la cosecha o los frutos de la educación”.

También, en el escrito que le remití a este amigo, le manifestaba que su artículo estaba cargado de bellas metáforas sobre la educación que podrían ser comprendidas por quienes aman esta profesión. Sin embargo, yo estaba seguro que si lo leía otro tipo de docente todo aquello le sonaría a ‘música celestial’, es decir, frases muy bonitas pero que con ellas no se pisaba la verdadera y dura realidad, ya que los estudiantes no son tan ingenuos, por lo que hay que ejercer una clara y dura disciplina con ellos.

Sobre la posible diferencia entre enseñantes y educadores, yo le preguntaba: ¿Crees que todos los que trabajan en la enseñanza también son educadores? ¿Consideras que todos esperan esas lejanas cosechas y que tan admirablemente describes en tu artículo?

Personalmente, tras muchos años en este trabajo, temo que no a todos se les pueden llamar educadores, dado que hay gente que llega a esta profesión para, fundamentalmente, ganarse el sustento, por lo que no conviene hablarles de vocación, inclinación, amor o disfrute; esas cosas no están dentro de sus mentes”. Con estas líneas cerraba mi primer escrito.



El intercambio epistolar continuó entre los dos, ya que, por aquellas fechas, me encontré con un caso que pasé a comentárselo posteriormente, puesto que siendo los dos profesores de la Universidad era posible que nos llegara algún estudiante que había sido suspendido varias veces y nos pedía ayuda para salir del atolladero en el que se encontraba.

En mi caso, resultó que a principios de curso había recibido el correo de un antiguo alumno, quien, tras presentarse como tal, me pedía que por favor le dirigiera el Trabajo Fin de Grado, puesto que se veía en una situación bastante desesperada. Según me indicó, resultaba que su antiguo tutor no le había atendido en absoluto y en las dos convocatorias anteriores del curso anterior había sido suspendido y, ahora, comprobaba que nadie quería hacerse cargo de él, viendo, además, que su promoción ya estaba fuera de la Facultad, sin que pudiera enlazar con los que se encontraban estudiando.

Puesto que le recordaba, y sabiendo que era bueno y trabajador, pero no de los mejores de la clase, le cité en mi despacho. Tras recibirle, me explicó su situación. Una vez que acabó, le hice la siguiente pregunta:

“Daniel, ¿por qué no me pediste en su momento que te dirigiera el Trabajo Fin de Grado, cuando tu hermana, que también era alumna mía, sí lo hizo y presentó muy buena investigación?”, le indiqué. “Esa misma pregunta es la que yo me he estado haciendo tiempo atrás”, me respondió bastante angustiado.

“Bueno, voy a ser tu tutor y te aseguro que aprobarás. Te voy a acompañar en este nuevo trabajo, que llevaré junto al de tu compañera Ana María, que la conoces y sabes que se atrancó en una asignatura que, por fin, ha superado. Pero debes prometerme que seguirás puntualmente todas las indicaciones y vendrás a todas las convocatorias que yo te haga”. Me afirmó que sí, que cumpliría y haría todo lo que le indicara.

Dado que Daniel y Ana María tenían una gran inseguridad en ellos mismos, y puesto que las defensas de lo que llamamos TFG son públicas, aunque no es habitual que los tutores asistan a ellas, cuando se acercaba el momento del examen extraordinario de marzo les indiqué que allí me encontrarían. De este modo, estuve con cada uno de ellos, para que sintieran confianza y seguridad al verme a su lado.

Al final, las calificaciones que recibieron fueron muy altas, muy por encima de las que habían obtenido a lo largo de la carrera.

Nunca se me olvidará el rostro de alegría de ambos al conocer los resultados y el agradecimiento que me mostraron. Sabían que habían superado la prueba que se les hacía tan difícil. Ya contaban con el título. Estaban verdaderamente felices, puesto que ahora podrían afrontar nuevos retos sabiendo que la barrera que les bloqueaba la habían dejado atrás.



Quisiera cerrar este escrito sobre el sembrador indicando que, como educador, he tenido a lo largo de mi vida miles de alumnos, que he dirigido bastantes tesis doctorales y muchos trabajos fin de grado. De todos mis antiguos doctorandos he recibido la gratitud y el cariño por haberles acompañado tantos años en las elaboraciones de sus tesis. Hoy, algunos son profesores universitarios que continúan con los aprendizajes que tuvieron conmigo. Esos son los frutos que siento haber recogido con ellos.

También, por ejemplo, estoy seguro que Ana María y Daniel siempre me recordarán y yo les recordaré. Sé que no olvidarán la ayuda que les ofrecí en unos momentos en los que se veían desamparados y habrán comprobado que algunos educadores, por encima de la inteligencia, valoramos el esfuerzo y la nobleza personales, puesto que, a fin de cuentas, lo que necesitan es que confiemos en ellos y que les prestemos ese apoyo que les ayuden a superar los momentos difíciles.

AURELIANO SÁINZ

18 ago. 2019

  • 18.8.19
¿Estuvo la vida de Vincent van Gogh marcada por el sentimiento de culpa como resultado de la estricta moral con la que le educaron sus padres? ¿Fueron los fracasos amorosos y los que le imposibilitaron acceder al rango de pastor protestante los que acabaron conduciéndole a continuas crisis psicológicas? ¿Qué razón le impulsó a pintarse continuamente en los últimos cuatro años de su vida, dejando plasmado su rostro en los lienzos, como si temiera no llegar a reconocerse con el paso del tiempo?



Estos interrogantes están estrechamente relacionados con su biografía, una corta historia que alcanzó los 37 años de una existencia altamente singular en el mundo de los pintores del siglo XIX; pero que, no obstante, dio lugar a que dejara una extensa producción pictórica.

Sé que entrar en los sentimientos íntimos, que son en última instancia el motor de muchas de las conductas de la persona, supone un riesgo, especialmente cuando se hace a posteriori, es decir, cuando el personaje en cuestión ya no vive. Pero hay hechos de la vida de Van Gogh que solamente pueden entenderse a partir de la rígida educación religiosa, que, posiblemente, le hacía incluso sentirse responsable de la pobreza de los trabajadores de Groot-Zundert a los que llegó a conocer en sus grandes penurias.

Desde el punto de vista pictórico, diré que Vincent van Gogh es el paradigma de artista independiente, apasionado, que hace de la pintura el centro de su existencia, es decir, aquello que le da sentido a su vida.

Hay que apuntar que en el siglo XIX, en el que vive, ya no existen los pintores al servicio de los reyes, los nobles o el alto clero que como mecenas sostenían a sus pintores favoritos. La industrialización capitalista había creado una nueva clase poderosa, la burguesía, que sería el motor de la economía, por lo que las nuevas relaciones de trabajo y producción traen también nuevos cambios en el arte y en el modo de encargo y venta de las obras pictóricas.

Desde este punto de vista de la nueva autonomía del artista, podemos interpretar la libertad con la que Van Gogh se autorretrataba de manera reiterada, especialmente, en sus últimos años. Bien es cierto que hubo casos de pintores renombrados en siglos anteriores, caso de Durero o de Rembrandt, que se hicieron retratos en distintas épocas de sus vidas, pero no de la manera reiterativa y obsesiva del pintor holandés, dado que lo hizo con 40 autorretratos.

En esta segunda entrega, en la que continuaremos con ese breve recorrido de su biografía, incorporo seis autorretratos, que unidos a los ocho anteriores, nos dan una visión bastante ajustada de sus aspectos pictóricos y psicológicos.


Izquierda: Autorretrato como artista. Arles, 1888 (es uno de los pocos casos en los que Van Gogh se representa como pintor).
Derecha: Autorretrato con vendaje. Arles, 1889.

Tal como indiqué en el anterior artículo, su vida amorosa parecía ser un continuo fracaso, puesto que tras el rechazo de Úrsula Loyer, al poco tiempo, uno nuevo vuelve a sumarse al anterior: esta vez vendrá de su prima Kate, que desatiende de manera ostensible a sus requerimientos.

Más tarde, en 1882, instalado en La Haya, conoce a Clasina María Hoornik, llamada Sien, una prostituta alcoholizada, que se encontraba embarazada, y que le sirve de modelo, ya que, por entonces, estos los encuentra en los barrios más pobres y marginales de la ciudad.

A pesar de la lamentable situación de su pareja, desea casarse con ella. Será su hermano Theo el que, tras visitarle en 1883, le insta a que corte con esa relación ya que considera que esa mujer hace aumentar la locura de su hermano, al tiempo que le pide que abandone La Haya.

De esta relación hereda dos problemas: por un lado, Sien Hoornik le contagió la sífilis y, por otro, su afición a beber grandes cantidades de absenta, a la que se haría tan aficionado. Vincent se acercaba a los 30 años. El carácter inestable y los rasgos patológicos ya asomaban a su rostro, aunque todo esto solamente fuera conocido por su hermano Theo.


Izquierda: Autorretrato con vendaje. Arles, 1889.
Derecha: Autorretrato. Saint-Remy, 1889


Tras su ruptura con Sien Hoornik vuelve a la casa paterna, ya que sus padres ahora viven en Neunen, pequeño pueblo holandés. En esta ocasión, se suavizan las relaciones tirantes que había mantenido con su progenitor. Por entonces, está plenamente decidido a convertirse en un pintor rural, una vez que ha dejado atrás sus deseos de seguir los pasos de su padre y hacerse pastor protestante.

El pequeño pueblo agrícola de Neunen le ofrece grandes motivos para sus obras. Así, pinta a los campesinos, los tejedores, los molinos, los riachuelos, los huertos y los campos que rodean al pueblo. Por aquellas fechas, el padre de Vincent muere, cuando él cuenta con 32 años y se encuentra trabajando en una de sus obras más conocidas de su primera época: Los comedores de patatas.

A pesar de los choques que habían mantenido, Vincent se siente muy afectado por el fallecimiento de su padre, por lo que decide dejar el mundo rural y trasladarse a París, centro mundial de la pintura, y lugar en el que vive su hermano Theo, que, como apuntamos, era marchante de arte.

En la gran ciudad entra en contacto con los más relevantes pintores impresionistas y hace especial amistad con dos de ellos: Henry Toulouse-Lautrec y Paul Gaugin. Este periodo será una etapa de gran creatividad, ya que pinta alrededor de 200 lienzos y 23 autorretratos.

Pero su salud física y mental se va deteriorando debido a los excesos parisinos. Asustado, su hermano Theo le aconseja que viaje y se instale en el sur de Francia. Vincent le obedece, y en febrero de 1888, con 35 años, llega a Arles, un pequeño pueblecito del mediodía francés. El lugar le gusta; no obstante, se encuentra muy solo, por lo que invita a Paul Gauguin a compartir el estudio y las cuatro habitaciones que había alquilado de la denominada Casa Amarilla.

Su soledad termina con la llegada de su amigo; sin embargo, y debido a las diferencias de carácter, los enfrentamientos entre ellos son frecuentes desde el primer momento. A los dos meses de estar juntos, el 23 de diciembre, llega la ruptura final entre ambos, produciéndose la famosa pelea en la que Vincent, en uno de sus arrebatos de locura, se corta el lóbulo de una oreja.


Izquierda: Autorretrato. Saint-Remy, 1889.
Derecha: Último autorretrato afeitado. Saint-Remy, 1889.


A esas fechas corresponde los lienzos que pinta fumando en pipa y con parte del rostro vendado. El fondo, de un rojo intenso, nos remite inevitablemente a la sangre que podía haber derramado en ese acceso de locura. En contraposición, una vez recuperado de este trance, se nos muestra con el deseo de volver a los pinceles como su tabla de salvación: se retrata con la paleta y con un fondo de color violeta intenso.

De todos los autorretratos que Vincent se hizo, este último que presento (a la derecha de la imagen) es el único en el que aparece sin barba. La razón se debe a que su madre, Anna, cumplía 70 años y él quiere hacerle un regalo mostrándole que se encuentra bien de salud. Desconocemos si logra con este lienzo engañar a su madre, dado que esta estaba al tanto del deterioro físico y mental de su hijo mayor.

Como era de esperar, y asustado por el derrotero de su amigo, Paul Gauguin regresa a París, al tiempo Vincent ingresa en el psiquiátrico de Arles. Su vida parece rodar cada vez con más fuerza por un precipicio hacia la locura, aunque mantiene momentos de enorme lucidez, tal como lo demuestran las cartas que nunca deja de enviar a su hermano Theo.

Este, que sigue financiando su existencia, le comunica su intención de casarse. Vincent se inquieta porque es consciente de que Theo va a formar una nueva familia y piensa que es difícil que le pueda seguir manteniendo, y, lo que es peor, siente que el cariño que le profesa tendrá que dividirse entre su mujer y él. Esto le desestabiliza aún más.

El declive del pintor se acelera. Pide voluntariamente ser internado en el asilo de Saint Paul de Mausole en Saint-Remy. Aquí pinta todo lo que ve desde su ventana. En estos días, padece su primer ataque epiléptico grave, una enfermedad hereditaria que se ceba en su cuerpo y su mente. Y, en enero de 1890, último año de su existencia, sufre un ataque que le dura una semana.

A finales de abril de ese año, siente la necesidad de abandonar el asilo, y, a pesar de que los ataques son casi seguidos, él nunca deja de trabajar. En mayo, viaja a París a conocer a su pequeño sobrino. En casa de su hermano recibe una tremenda decepción cuando ve almacenados los cuadros que había ido enviando a Theo. Se da cuenta de que nunca ha vendido ninguna obra, que todas las que había remitido a su hermano se encuentran intactas.

Regresa, de nuevo, al sur de Francia. Finalmente, el 27 de julio de 1890, sale a pasear con la intención de acabar con su vida. En medio de los campos que habían sido su gran devoción, apunta con la pistola hacia el pecho y dispara. Se cierra, de este modo, la vida atormentada de Vincent.

Una vida en la que insólitamente se conjugan las paradojas existenciales: fracaso humano, sentimientos de culpa, soledad total y desconocimiento absoluto de su obra en vida por el gran público; asombro, admiración y aclamación unánime tras su muerte. En ningún momento pudo intuir Vincent que sería un día reconocido como una de las cumbres de la pintura mundial y que acabaría siendo uno de los grandes símbolos de su país de origen: Holanda.

AURELIANO SÁINZ

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