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Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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30 ago. 2020

  • 30.8.20
Estaba por titular esta columna como Turismo rupestre, pero pronto imaginé que tendría que dedicar un largo espacio del texto para hacer ver que no se trataba de irse a una cabaña aislada sin electricidad y, por supuesto, sin conexión wifi. Cuando inicialmente lo pensé, quería hacer con ello una referencia a las pinturas prehistóricas que se encuentran en los entornos del lugar en el que pasaría cinco días. Lo reconsideré, intentando reflejar otra de sus cualidades como es la sensación de tranquilidad y silencio que se palpa nada más llegar… Pero comencemos por el principio.



Cuando se acerca el verano, todos pensamos qué vamos a hacer durante el tiempo que disponemos de vacaciones. Ya sabemos que este año la situación ha cambiado radicalmente. Los planes se han trastocado. Tenemos que considerar la situación anómala en la que nos desenvolvemos, por lo que salir allende las fronteras se convierte en un potencial conflicto. Hemos tendido, pues, a buscar la solución dentro del país. Es lo más razonable si se quería salir de casa y tomar unos días con carácter lúdico o de descanso.

Sucede, por otro lado, que en esta ocasión el fuerte calor veraniego no nos ha dado tregua hasta mediados de agosto. Y en lugares como Córdoba la solana se convierte en un verdadero problema, pues las temperaturas alcanzan cotas difíciles de soportar.

Vista la situación, Flora y yo esperábamos que bajaran para salir unos días a algún hotel ‘lejos del mundanal ruido’, es decir, que a ser posible se encontrara ubicado en un entorno natural. Estuve mirando en distintos medios y, casualmente, en un diario digital vi un artículo que hablaba de diez sitios privilegiados del país para contemplar la Vía Láctea. Curiosamente, uno de ellos se encontraba en la Sierra Madrona, cerca del pequeño pueblo de Fuencaliente, en la provincia de Ciudad Real.

Tengo que apuntar que siempre me ha gustado mirar al cielo. Contemplarlo despacio nos conmueve profundamente al sentir la infinitud del universo en el que se encuentra nuestro pequeño planeta. Y, claro, observar un firmamento inmensamente estrellado se convierte en un gozo y en una intensa emoción que siempre ha acompañado al ser humano desde sus orígenes.

Localicé, pues, un pequeño hotel que tenía el mismo nombre que la sierra en la que se encuentra ubicado. Una vez que nos decidimos, reservamos para cinco días, puesto que nuestra intención era la de tener una pequeña estancia en un lugar algo apartado y conectado con la naturaleza.

Salimos el domingo temprano tomando la autovía para Madrid; al llegar a Montoro, giré hacia la izquierda en dirección a Cardeña. Era la primera vez que cogía esta carretera que conducía al lugar en el que se encuentra el hotel Sierra Madrona.



Cuando llegamos, tuvimos la grata sorpresa de que era más amplio de lo que imaginábamos. Especialmente nos llamó la atención que estuviera rodeado completamente de arbolado y que la fachada apenas se distinguiera porque a su alrededor aparecían enormes bambúes que cubrían no solo la parte frontal, sino también los laterales. Y todo ello con el rumor del agua que caía para que las numerosas plantas estuvieran regadas.

Pronto entendí que era un negocio familiar, ya que su dueño, Antonio, una persona de gran afabilidad y con un alto sentido del humor, nos contó que inició la aventura de embarcarse en este trabajo de hostelería en el año 1992, cambiando el rumbo de sus anteriores actividades.

El hecho de que ambos tengamos una edad algo similar daría lugar a que pudiéramos charlar con amplitud de temas muy diversos, mientras que él iba atendiendo a su trabajo.

“Antonio, ¿sabes que es muy difícil hacerse la idea de la imagen del hotel? La razón es que al estar rodeado de tantos árboles, plantas y flores, acaba alejándose de las formas convencionales de los edificios o las casas en las que las fachadas se muestran con cierta claridad para ser reconocidos”, le explico, al tiempo que le hacía ver las semejanzas que presentaba con la arquitectura ecológica que ahora se desarrolla en distintas partes del mundo. Él, en cierto modo, asintió, aunque imagino que era la primera vez que le hacían esta observación.



Una vez que nos asentamos, pronto Flora y yo comenzamos a realizar caminatas por los entornos, iniciándolas por la zona denominada Peña Escrita, una sierra rocosa en la que se encuentran varios vestigios de pinturas rupestres de tipo esquemático.

El acceso a las primeras pinturas no era excesivamente complicado puesto que había tramos de calzada de piedras que encauzaban el ascenso. Sin embargo, ya cerca del final, le indiqué a Flora que permaneciera en el lugar al que habíamos llegado en ese momento, puesto que el resto era bastante complicado para ella.

Cuando alcancé lo más alto, comprobé que las pinturas estaban protegidas por un enrejado que se había colocado para resguardarlas del vandalismo de algunos que no distinguen entre un tesoro prehistórico de una vieja pared en la que pueden hacer pintadas.



El hotel, con una cocina magnífica, contaba con una piscina en uno de los diversos espacios que tenía su alrededor; sin embargo, nuestro objetivo en esta ocasión era el de realizar recorridos por los bosques de pinos y de alcornoques de las sierras. Sentíamos un verdadero placer marchar en medio del silencio absoluto de la naturaleza, escuchando únicamente los sonidos del viento al chocar con las ramas de los árboles.

Pero nos quedaba por contemplar el cielo completamente estrellado. Este era uno de los objetivos que nos habíamos marcados. Así, en una de las tardes, cuando empezaba a anochecer subimos a la altura de la explanada de Peña Escrita. Nos sentamos en unos asientos de madera para ir contemplando las paulatinas apariciones de las luces estelares, al tiempo que el cielo se iba oscureciendo.

Nos mantuvimos un par de horas, hasta que el firmamento se cubrió de esas luces que nos llegan emitidas hace millones de años de las estrellas. Asombro, emoción, sentimiento de pequeñez ante infinitud del cosmos. Sin lugar a duda, contemplar un fragmento de la Vía Láctea es uno de los más bellos espectáculos que podemos recibir de la naturaleza.

Fueron solo cinco días. Los hemos vivido con gran intensidad. Ha sido un auténtico descubrimiento conocer este hotel, así como a su dueño. El regreso a Córdoba estuvo marcado por la convicción de que no será la única vez. Pero antes de montarnos en el coche, le digo a Antonio que debemos hacernos una fotografía delante de la puerta, ya que pretendo hacer un artículo que explique un poco nuestra breve estancia.

Con la pulcritud que ha caracterizado todo el tiempo de nuestra permanencia, acordamos quitarnos en ese momento las mascarillas y situarnos algo separados. De esta forma, en la instantánea que utilizo como portada queda registrado algo de estos magníficos días. Como despedida, y mientras pongo rumbo a Córdoba, solo nos queda por decir: ¡Volveremos!

AURELIANO SÁINZ

23 ago. 2020

  • 23.8.20
"Conspiranoico" es una palabra que escuchamos u oímos en la actualidad y la asociamos a personas que están obsesionadas con las conspiraciones o los complots que explicarían aquello que desconocemos porque deliberadamente se ocultan a las gentes para finalmente dominarlas o controlarlas. Es pues, una contracción de dos vocablos –"conspiración" y "paranoico"– que ha tenido un cierto éxito popular, aunque todavía este término no lo recoge el diccionario de la RAE.



¿Cuándo o dónde podemos considerar que comienza la obsesión colectiva por las conspiraciones? Me imagino que esta pregunta tendría distintas respuestas, según quien la exprese o la escuche. Por mi parte, para no alejarnos excesivamente del tiempo en el que nos encontramos, citaría como punto de partida la caza de brujas que llevó a cabo el senador republicano estadounidense Joseph McCarthy en la década comprendida entre 1947 y 1957.

Diez años, pues, de persecución contra aquellas personas inicialmente ligadas al Gobierno de los Estados Unidos y a sospechosos de ser miembros o simpatizantes del Partido Comunista de este país a los que se consideraban infiltrados en la Administración o en el Ejército. Pero esta caza de brujas, posteriormente, se extiende a todos aquellos que en la mente de McCarthy supuestamente defendían actividades antiamericanas, es decir, a los izquierdistas o simplemente con ideas liberales y progresistas que no las ocultaban.

Son los años en los que comenzó la denominada Guerra Fría entre este país y la otra gran potencia mundial como era la Unión Soviética. De este modo, apoyado en el Comité de Actividades Antiamericanas, acusó a cientos de personas, algunas de las cuales sufrieron verdaderas tragedias personales por las represiones sufridas y la marginación social que se les hacía tanto en el trabajo que se les negaba o del que se les despedía, como en el entorno familiar o de las amistades.

Auténtica psicosis que, de algún modo, se extiende hasta nuestros días, pues, leyendo a la historiadora estadounidense de raza negra y de izquierdas Donna Murch comprobamos, sorprendidos, que para estudiar un posgrado en la Universidad de California en Berkeley tuvo que firmar ‘el juramento de lealtad’ en el que manifestaba que nunca había militado en el Partido Comunista. Y esto en el año 2000 en una universidad pública sobre un partido que está legalizado y tiene su sede central en un edificio del popular barrio de Manhattan de Nueva York.

Para quien quiera comprender el tema de la caza de brujas, también denominado macarthismo, creo que puede servirle la excelente película Buenas noches, y buena suerte, dirigida por George Clooney en el año 2005. En ella se describe minuciosamente la persecución sufrida por el presentador de la CBS Edward R. Murrow por parte del senador Joseph McCarthy. Este último personaje es un claro ejemplo de lo que hoy entendemos como conspiranoico activo.



Sin alejarnos del país que tratamos, damos un gran salto adelante para situarnos en el presente, pues su actual presidente, Donald Trump, aparte de mentiroso compulsivo, es otro de los grandes conspiranoicos del panorama mundial.

No voy a hacer ningún repaso de su alucinante trayectoria, dado que es imposible en unas breves líneas. No obstante, sabemos que China es la nación (aparte de otras como México) a la que le atribuye todas las maldades. No es de extrañar que no tuviera ningún problema, y sin ninguna prueba, en decir que el covid-19 era un virus fabricado en los laboratorios de este país.

Y como sus paranoias no terminan, ahora le ha tocado a TikTok, la aplicación china que permite la creación de breves vídeos musicales que entusiasma a los adolescentes y jóvenes estadounidenses, por lo que ha previsto prohibirla en Estados Unidos.

Pero los conspiranoicos no son solo quienes ejercen altos cargos, sino que también el fanatismo paranoico afecta a gente corriente obsesionada por hechos a los que no encuentran alguna razón que les satisfaga, por lo que les buscan explicaciones insólitas.

Estos individuos o grupos pueden ser más o menos peligrosos, dependiendo del tema que se trate. Uno que actualmente podríamos situar entre los muy dañinos es el movimiento antivacunas que se opone a los avances de la medicina, especialmente en uno de los logros más significativos que se ha alcanzado en el campo de la sanidad preventiva.

Ya sabemos la carrera contra reloj que se está llevando por laboratorios de diferentes países para atajar la pandemia del coronavirus que está causando verdaderos estragos en todo el mundo. Y a pesar de este enorme esfuerzo y de las grandes inversiones que se están llevado a cabo, al rechazo a la medicina se suele unir sus fanatismos religiosos o el argumento de que las distintas marcas farmacéuticas harán verdaderos negocios con las patentes de sus vacunas. Es, pues, una bomba difícil de desactivar de sus mentes.

Un ejemplo muy claro, del que ya hemos hablado, es el de José Luis Mendoza, presidente de la Fundación San Antonio, propietaria de la Universidad Católica de Murcia. Mezclando el Anticristo, que según él reaparece cada nueva generación, con Satanás, que resulta ser el promotor de la pandemia, suelta unas disparatadas declaraciones contra Bill Gates y George Soros porque financian investigaciones en el campo de las vacunas (quizás no conozca a Anthony Fauci, el científico que ahora se ha convertido en la bestia negra de Donald Trump, porque si no lo añadiría a los que siguen a Satanás).

Esto nos puede parecer la chifladura de un personaje que pertenece al grupo integrista de los kikos; sin embargo, conviene tomarse muy en serio el daño que hace el movimiento antivacunas porque logra que en distintos países haya gente que se oponga a las medidas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), como son el uso de la mascarilla, el mantenimiento de las distancias y la higiene habitual, especialmente con la limpieza de las manos, normas necesarias hasta que por fin se logre una vacuna verdaderamente efectiva.

He hablado de la caza de brujas, de Donald Trump, de José Luis Mendoza y del movimiento antivacunas; sin embargo, las tesis y los grupos de los conspiranoicos son muy amplios.

Así, desde aquellos que creen que lo que sucedió el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York contra las Torres Gemelas del World Trade Center fue producto de la CIA, que organizó el atentado como excusa para lanzar una guerra contra Oriente Medio; a los que están convencidos de que la llegada a la Luna se rodó en un estudio de cine; pasando por los que defienden que el Holocausto nazi nunca sucedió; a los que piensan que el mundo está controlado por una sociedad secreta denominada los Illuminati, lo cierto es que las ideas más disparatadas y peregrinas en la actualidad funcionan por la red con total libertad, consiguiendo difundirlas y logrando adeptos a las mismas.

No es de extrañar, pues, que en el caso de nuestro país con la situación tan alarmante en la que se encuentra, y a las puertas del inicio del nuevo curso escolar, con toda su carga problemática, haya descerebrados que se manifiesten en el centro de Madrid contra el uso obligatorio de las mascarillas, como si todas las informaciones científicas no les sirvieran de nada, puesto que sus mentes solo caben sus teorías conspiranoicas.

AURELIANO SÁINZ

16 ago. 2020

  • 16.8.20
Creo que la epidemia en la que nos encontramos ha venido no solo a crearnos numerosos problemas en nuestras vidas cotidianas sino a alterar algunas costumbres que se habían formado en estos tiempos digitales en los que nos encontramos. Y es que desde hace un par de décadas las vidas que llevamos adelante no solo se mueven en realidades tangibles –familia, trabajo, amigos, ocio, etcétera– sino que nuestros tiempos en el campo virtual se han multiplicado exponencialmente.



Esto, en principio, forma parte de la revolución de las tecnologías que en poco tiempo se han incrustado en nuestros hábitos. En gran medida han venido a solucionar numerosos problemas, dado que en el campo laboral o educativo ha sido un factor de gran valor, por citar dos de ellos. Así, por ejemplo, si no se hubieran podido llevar adelante el trabajo o la enseñanza on-line (con todas sus dificultades) durante el confinamiento hubiera sido un auténtico problema el cierre de los centros educativos durante esos meses.

Pero este mundo digital también tienes sus sombras. Y quisiera citar la dependencia que se ha creado, especialmente en adolescentes y jóvenes, no solo de los móviles sino también de la imagen que ellos quieren mostrar a través de las redes sociales en las que invierten muchas horas del día.

Y si abordo esta cuestión es por el contacto que tengo con ellos y sus padres a través de trabajos de investigación en los que compruebo que sus situaciones personales y familiares en nada se parecen a las que presentan en esos medios, especialmente cuando se trata de mostrarse ante los demás, sea por fotografías o por vídeos.

También la lectura de un interesante libro, Happycracia. Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas, de Edgar Cabanas y Eva Illouz, me ha hecho reflexionar sobre estos mundos paralelos en los que se encuentran los chicos y chicas adolescentes. Así, el mundo real en el que viven, con toda su carga problemática, y el mundo que desean proyectar de sí mismos a través de las imágenes raramente coinciden; lo habitual es que se muestren alegres y cargados de felicidad en el segundo, aunque se encuentren solos y deprimidos.

Nos encontramos, pues, ante un libro de análisis crítico de aquellas estrategias provenientes de Estados Unidos para que la gente, supuestamente, se sienta feliz al margen de los verdaderos problemas personales o sociales; aunque perfectamente se pueden aplicar a las situaciones en las que viven los adolescentes de los países desarrollados.



Uno de los aspectos abordados por la investigadora Donna Freitas, citada en el libro, es cómo se expresa el concepto de la felicidad personal en las redes sociales y también cómo los adolescentes y los jóvenes han interiorizado la idea de que deben mostrarse felices a toda costa en las redes que utilizan.

Para que entendamos lo indicado, quisiera extraer un par de párrafos de esta autora, ya que me parecen muy clarificadores:

Los institutos y las universidades en las que he realizado mis investigaciones eran increíblemente diversos desde el punto de vista geográfico, étnico y socioeconómico. La religión podía estar muy presente o totalmente ausente. Algunos eran centros muy prestigiosos, otros nada. Sin embargo, todos los estudiantes tenían una única preocupación recurrente y masivamente propagada a través de las redes sociales: parecer felices. Y no simplemente felices, sino felicísimos”.

Por otro lado, nos indica que esto no es solo característico de los que pertenecen a familias acomodadas que tienen resueltos los problemas vitales más importantes, sino que afecta a todas las categorías sociales. Más adelante continúa:

Los estudiantes han aprendido que las manifestaciones de tristeza o de vulnerabilidad a menudo son recibidas con silencio, rechazadas o –lo que es peor– son objeto de burlas y de acoso. La importancia de parecer feliz en las redes sociales, incluso cuando estás muy deprimido y te sientes solo, es tan primordial que la casi totalidad de los chicos y chicas jóvenes con los que hablé sacaban el tema en un momento u otro de la conversación. Y muchas de ellas prácticamente no hablaban de otra cosa”.

La obligación de ser feliz parece que entre los nativos digitales ha encontrado en las redes sociales el medio perfecto de propagación. Utilizo la expresión de ‘nativo digital’ para referirme a aquellos que pertenecen a una generación que ha nacido cuando los medios digitales ya se encontraban afianzados, por lo que desde muy pequeños están en contacto con estas tecnologías.

Se ha llegado a la situación de que fomentar una imagen lo más positiva de sí mismo al tiempo que supuestamente ‘auténtica’ ha arraigado con tanta fuerza en las generaciones más jóvenes que el hecho de no ajustarse a esta demanda se ha convertido en motivo de exclusión social.

Es ilustrativo lo que nos narra Donna Freitas cuando nos dice que en las encuestas que llevó adelante muestra esa obsesión que alcanza tales extremos que en muchos casos llega a ser enfermiza. Así, la mayoría de los encuestados respondía afirmativamente al enunciado: “Procuro parecer siempre feliz y positivo en todo aquello que se pueda asociar conmigo”, al tiempo que otros expresaban: “Soy consciente de que mi nombre es una marca que debo cuidar”.

Esta segunda frase está muy relacionada con el fenómeno youtuber, tan significativo entre los más jóvenes (aunque habría que añadir a otros no tan jóvenes).

Desconozco si la pandemia en la que nos encontramos ha afectado significativamente a los también llamados influencers, dado que los youtubers se habían convertido en el ejemplo vivo de cómo convertirse en una ‘marca personal’ con el fin de llegar y vender su imagen a millones de seguidores.

Esto será tema para indagar, porque vender felicidad digital en los tiempos del coronavirus se ha convertido en una tarea verdaderamente complicada, dado que obtener beneficios publicitarios exhibiendo y mercantilizando la propia figura resulta difícil de imaginar, cuando gran parte de la población se encuentra con auténticas dificultades para sobrevivir en trabajos precarios o en el paro.

AURELIANO SÁINZ

9 ago. 2020

  • 9.8.20
Algunas veces, con los amigos he utilizado la expresión que da título a este escrito intentando explicarles que, aunque me encuentre jubilado, continúo como profesor honorario, dado que la docencia es un trabajo que siempre me ha apasionado y lo vivo como algo que lo llevo en la sangre.



Creo que todos entendemos que la expresión "morir con las botas puestas" se refiere a que uno acaba su vida llevando adelante una actividad con la que se identifica y que de forma habitual desarrolla. No se refiere, por tanto, a grandes gestas o actos heroicos, dado que todos dentro de nuestro mundo podemos vivir con entusiasmo cualquiera de las facetas de nuestra existencia.

Bien es cierto que este dicho popular lo solemos sacar a colación cuando fallece alguien que ha tenido una larga y productiva vida, de modo que se marcha tras una labor encomiable. Es lo que recientemente sucedió con el compositor italiano Ennio Morricone, quien falleció el pasado 6 de julio a la edad de 91 años, dejando tras de sí una larga lista de bandas sonoras de películas tan conocidas como Érase una vez América, La Misión, Novecento, Cinema Paradiso, Los intocables de Eliot Ness o Los odiosos ocho.

Como bien sabemos, dejó una carta de despedida en la que nos decía:

Yo, Ennio Morricone, estoy muerto. Lo anuncio a todos los amigos que siempre han estado cerca de mí y también a aquellos que están un poco lejos los saludo con gran afecto. Imposible mencionarlos a todos (…).  Espero que sepan cuánto los he amado. Por último, pero no menos importante, María. A ella le renuevo el extraordinario amor que nos mantuvo unidos y que lamento abandonar. Para ella mi más doloroso adiós”.

Una sencilla y emotiva despedida que había escrito sabiendo que sus días terminaban, tras dejarnos un enorme legado de bandas sonoras que seguro algunas hemos escuchado.

De todas ellas, yo siempre recordaré la de La muerte tenía un precio, pues, siendo estudiante de Arquitectura en la Universidad de Sevilla, acudí junto a un par de amigos a un cine de barrio en la que la proyectaban. Quedé fascinado, tanto de la película como de su banda sonora, en la que había notas que imitaban a unos lejanos silbidos y que volvían a repetirse en otros filmes del denominado spaghetti western como fueron, aparte de la citada, Por un puñado de dólares, El bueno, el feo y el malo o Hasta que llegó su hora.

A partir de Ennio Morricone, las bandas sonoras de los filmes del viejo Oeste comenzaron a popularizarse, de modo que ya no solo eran las imágenes sino también la música las que daban entidad a esas películas. No obstante, en esta ocasión, como ilustración de "morir con las botas puestas" he seleccionado la imagen de Gary Cooper en otro film inolvidable: Solo ante el peligro.

Caminando serio, erguido, con los brazos descolgados ante el inminente peligro que acecha, marca bien los pasos, por lo que se muestra como el prototipo del personaje que mira de frente hacia su destino sin renunciar a los retos que tiene que afrontar.

Pero creo injusto que siempre sea una imagen masculina la que presida determinados valores. Ahora nos encontramos en un mundo en el que la mujer se ha ganado a pulso el derecho a que ella también se la represente, de forma que conviene que esos valores se apliquen a ambos géneros. De este modo, y dentro de las clásicas películas del Oeste, viene bien esta imagen de Johnny Guitar en la que aparece Joan Crawford en una de las escenas inolvidables que plasmó como director Nicholas Ray.



Siguiendo el rastro del título del artículo, quisiera manifestar que cuando uno echa la vista atrás emergen buenos e, incluso, magníficos momentos de la trayectoria que se ha llevado a lo largo de la vida. En mi caso, como docente, podría explicar muchos de ellos, pues ha sido el propio trabajo educativo el que cotidianamente me aportaba alegrías que las vivía como formando parte de mí (también, qué duda cabe, aparecieron momentos tristes e, incluso, amargos). Pero en esta ocasión quisiera referirme a un hecho que siempre recordaré.

Hace unos años, en la puerta de mi despacho sonó el toque de una mano que pedía permiso para entrar. Tras indicarle que sí, pasó una chica menuda acompañada de quien supuse que sería su madre. Era una estudiante de la Facultad que yo no la había tenido de alumna.

Tras presentarse, su madre me indicó que había sido alumna mía y que siempre me recordaba como un profesor tranquilo y atento con sus alumnos, por lo que quería pedirme el favor de si yo le podía dirigir el trabajo fin de grado a su hija. Estuvimos charlando de aquellos lejanos años en los que yo compatibilizaba el trabajo docente con el de arquitecto. Recuerdos inolvidables de mis comienzos en la Universidad.

“Por supuesto, que le dirigiré el trabajo a tu hija Marina. Pero hay algo que me ha llamado la atención y quiero preguntártelo. ¿Por qué habéis acudido a mí, cuando ella podía haberlo hecho con cualquier profesor o profesora que haya tenido a lo largo de la carrera?”.

La madre de Marina me indica que su hija es muy trabajadora, pero que tenía un carácter bastante tímido e inseguro, por lo que ella pensaba que yo sería el más adecuado para que no se sintiera cargada de dificultades durante la realización de la investigación.

Nos despedimos. Vi la alegría en el rostro de la alumna, dado que ella a lo que aspiraba era sencillamente a aprobar, puesto que defender un trabajo ante un tribunal le provocaba bastante inseguridad.

Algunos días después vinieron a mi despacho tanto su madre como su padre para agradecerme que yo la hubiera atendido. Pero lo más curioso es que también su padre había sido alumno mío y que ambos se habían conocido siendo compañeros de curso.

Me alegró profundamente que tras más de treinta y cinco años ellos me recordaran como el profesor por el que sentían admiración. Ellos eran maestros en ejercicio y ya conocían de primera mano lo que significaba el trabajo de la enseñanza.

Ciertamente, comprobé que Marina era una chica muy trabajadora e insegura que me consultaba habitualmente por correo electrónico la cantidad de dudas que le iban surgiendo.

Cuando se acercaba la fecha en la que tenía que defender su trabajo ante un tribunal, ensayamos varias veces, hasta que estuvo convencida de que lo hacía bien.

Pasada la defensa y anunciadas las notas, se presentó en mi despacho para indicarme, toda exultante, que había recibido una matrícula de honor. No dejaba de darme las gracias por todas las atenciones que le había prestado, pues no imaginaba que pudiera tener esa calificación. También sus padres, días después, me agradecieron el apoyo que le había prestado a su hija.

Hoy Marina es una maestra entusiasmada con su labor docente. Sus padres se encuentran cerca de la jubilación. Por mi parte, continúo como profesor honorario en la Facultad, pues como en cierta ocasión indiqué, y siguiendo el título de este escrito, yo no calzo botas; no obstante, como suelo decir, "moriré con los libros abiertos".

AURELIANO SÁINZ

2 ago. 2020

  • 2.8.20
Cuando en nuestro país se acercaba el final del confinamiento marcado por el Estado de Alarma, era previsible que de nuevo aparecieran rebrotes del covid-19, pues resultaba muy difícil pensar que los contactos que se iban a producir entre la gente no generaran transmisión del virus de unos a otros.



Lo que no podíamos imaginar era que la denominada nueva normalidad se iba a convertir tan pronto en una clara anormalidad, puesto que en menos de dos meses los encuentros familiares, las celebraciones, las fiestas, el ocio nocturno y los botellones iban a ser los medios de transmisión que iban a poner en jaque la apertura de la sociedad a la tan necesaria actividad económica. Sin embargo, los continuos mensajes del uso de la mascarilla, el mantenimiento de las distancias y el no contacto corporal, para algunos parece haber caído en saco roto.

Uno puede comprender que tras meses de confinamiento el deseo de las familias de reencontrarse estuviera muy justificado; pero ya se había advertido que los encuentros no fueran de más de diez miembros y que se evitaran los besos y los abrazos.

En los días en los que escribo, resulta que los rebrotes o nuevos contagios empiezan a ser un verdadero problema. Del total de ellos, la cuarta parte corresponde a encuentros y fiestas familiares y un cuarenta por ciento al denominado ocio nocturno.

No estoy muy seguro, pero pareciera que esto de formar parte de grupos numerosos y de estar muy pegados unos a otros pertenecieran a nuestra idiosincrasia española.

Pensando en ello, me vinieron a la mente algunas obras pictóricas relevantes que explicarían el temperamento hispano de disfrutar de la mesa agrupados y en las que los comensales aparecen muy juntos, casi tocándose.

Una muy reveladora, dado que unía a dos generaciones de los reyes más significativos que hemos tenido, es la que lleva por título El banquete de los monarcas y que he utilizado para la portada. Se trata de un encuentro familiar entre Carlos I y su hijo Felipe II, acompañados de sus esposas y de otros personajes muy ligados a la Casa de los Austrias.

El cuadro pertenece al artista valenciano Alonso Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II. En la escena, encontramos en el lado derecho a Carlos I, al que le están sirviendo vino en su alargada copa; cerca de él se encuentra su hijo Felipe II, todo vestido de negro, con mirada absorta, mientras le colocan un plato sobre la mesa. Las esposas de los monarcas aparecen sentadas en sus lados derechos al igual que las de los invitados, tal como se establecía en el protocolo.

Pero no es solamente el estar tan juntos físicamente lo que ahora nos podría servir de ejemplo de una costumbre tan española, sino que, en esta ocasión, quisiera referirme a un hecho que afectó singularmente a la dinastía de los Austrias: la unión por consanguinidad. El matrimonio entre miembros familiarmente próximos sería no solo el origen de graves problemas de salud física, como la esterilidad, el raquitismo, las afecciones renales y la malformación, sino también de problemas mentales como la esquizofrenia, la paranoia, la depresión o la psicosis.

Entiendo que esa proximidad consanguínea es diferente de la que ahora hablamos en la pandemia; sin embargo, hay algo de esa tendencia hispana a estar muy juntos o muy unidos. Por otro lado, recordemos que la Casa de los Austrias (nombre que adoptó en nuestro país la dinastía de los Habsburgo) se inicia con Carlos I. Le sucederían Felipe II, Felipe III, Felipe IV llegando hasta Carlos II, apodado El Hechizado, que fallece sin descendencia, lo que provocó la Guerra de Sucesión Española, que se inicia en 1701 hasta que en 1713 se firma el Tratado de Utrech.

Con Felipe V, nombrado rey en 1700, se inicia la Casa de los Borbones francesa en España que llega hasta hoy. Aunque hay que reconocer que la actual casa real española no es un modelo precisamente de unidad, ya que en ella han aparecido problemas tan graves que es difícil que puedan verse públicamente juntos Felipe VI y el rey emérito.



Hemos echado una mirada hacia atrás, acudiendo a un cuadro paradigmático, para dar una posible explicación a la tendencia a juntarnos, a celebrar fiestas y a comer muy juntos. Pero, tal como he apuntado anteriormente, parece que algunos todavía no acaban de ser conscientes de que nos encontramos bajo una epidemia.

Es por lo que encontramos muchos casos de grave irresponsabilidad. Uno que se lleva la palma, ya conocido de todos, es el que se desarrolló en la discoteca Babylonia de Córdoba. Ha superado los cien contagiados, por lo que ha llegado a ser noticia hasta en The New York Times como ejemplo de imbecilidad colectiva.

La información dada por su corresponsal Ralph Minder a este prestigioso periódico estadounidense fue la siguiente:

“Después de disfrutar de una larga noche de celebraciones de graduación, una multitud de jóvenes ingresó en la discoteca de Babylonia a las 5 a.m. para continuar la fiesta en la ciudad de Córdoba, en el sur de España. Dos semanas después, 91 personas vinculadas a los 400 asistentes a la fiesta identificados de la discoteca Babylonia han dado positivo por el coronavirus y las autoridades regionales todavía están luchando por localizar a todos los que ingresaron al club esa noche, o que luego entraron en contacto con ellos”.

Así pues, los alumnos, profesores y padres de un colegio privado que alegremente se fueron a celebrar la finalización del curso a una finca particular y, posteriormente, se marcharon a una discoteca, han logrado no solo que se contagien más de cien personas, generando un enorme problema sanitario, sino que acaben convirtiéndose en una noticia internacional.

¡Esto sí que se llama responsabilidad cívica y cumplir a rajatabla las normas que han marcado las autoridades sanitarias para prevenir los contagios a los que estamos expuestos todos los españoles!

AURELIANO SÁINZ

26 jul. 2020

  • 26.7.20
Aparte de los enormes daños producidos en la población, la epidemia del coronavirus nos ha sorprendido a la mayoría de la gente, puesto que no teníamos una experiencia similar y no nos imaginábamos que en pleno siglo XXI nos encontrásemos ante un reto sanitario de estas magnitudes.



Sin embargo, esta situación que afecta a todo el planeta, con distintas intensidades, ha dado lugar a que recibamos noticias continuas del virus que la ha provocado y que, en algunos casos, nos informemos acerca de las epidemias que han afectado a la población a lo largo de la historia. Así, nos hemos dado cuenta de que han existido siempre, aunque los avances de la ciencia, la medicina y la sanidad las han reducido y han logrado controlarlas en la mayoría de los casos.

Una de esas epidemias que ha quedado fuertemente registrada en la historia es la peste negra. Según el historiador noruego Ole J. Benedictow, la peste negra o peste bubónica ha sido la pandemia más devastadora en la historia de la humanidad, dado que se inició en el siglo XIV, alcanzando su punto máximo entre 1347 y 1353, aunque en el continente europeo persistiría durante al menos 400 años, muriendo solo en Europa unos 25 millones de personas.

La razón de que le llamara ‘peste’ se debía a que quienes se contagiaban solían aparecérseles bubones o ganglios que al estallar destilaban una fuerte pestilencia.

Los primeros casos se dan en el desierto de Gobi de Mongolia. Posteriormente. se extiende a China, se traslada a la India, llega a Rusia, finalizando su recorrido en los puertos del Mar Negro. Sería, pues, la denominada Ruta de la Seda el camino llevado a cabo por tierra. A partir del Mar Negro, los navíos encargados de transportar las mercancías serán los que la propagarían al resto de los puertos del continente europeo.

La causante de la enfermedad, según Benedictow, fue una bacteria que anidaba en roedores como ratas, ratones y jerbos, transmitiéndose a través de las pulgas de dichos animales. Estos se subían a los barcos de los comerciantes en el Mar Negro y cuando arribaban a algún puerto descendían, transmitiéndose la infección de unas ratas a otras, hasta pasar a las personas a través de las pulgas.

La falta de higiene de entonces daba lugar a que fueran las clases más pobres las que padecieran las consecuencias de la epidemia, por lo que las familias adineradas intentaban ocultarla dado que se la asociaba a la pobreza, incluso estas familias pagaban a médicos para que la enfermedad se mantuviera en secreto.

Por otro lado, tratando de evitar pérdidas económicas, las autoridades encubrían el avance de la enfermedad, con las inevitables consecuencias de su posterior expansión, por lo que cuando quisieron reaccionar era demasiado tarde.

También las familias de los afectados negaban la existencia de los casos, de modo que, incluso, enterraban a los muertos en los corrales de las casas. La razón hay que encontrarla en que si informaban para evitar contagios, la solución adoptada por las autoridades era la de prender fuego a sus casas y a todas sus pertenencias. No sabían otro modo de atajar esta enfermedad de la que desconocían prácticamente todo.



Ante el pavor de la población y su total ignorancia de las causas que generaban esa terrible enfermedad, ¿qué solución buscaba la gente que no entendía los orígenes de ese mal, que hasta los propios médicos no sabían cómo atajarla?

Como era habitual por aquella época, acudiendo a la religión para hallar algo de explicación y consuelo. El clero, por su parte, solía atribuir estos males a los pecados de los hombres, con lo que agudizaban las angustias de aquellos que se sentían impotentes ante una desgracia que los desbordaba.

De este modo, eran habituales las rogativas a través de las procesiones de las imágenes de los santos y patronos locales, lo que, paradójicamente, daban lugar a que la epidemia se extendiera más deprisa al contagiarse las personas sanas con las infectadas cuando se juntaban en el mismo espacio.

Fueron años en los que se gestaron nuevas devociones, bajo la apelación a los milagros que podían realizar algunos santos. Es el caso, por ejemplo, de San Rafael, que se convertiría en el patrón de la ciudad de Córdoba.

Con respecto a Córdoba, quisiera apuntar que hubo tres importantes brotes de la peste negra, siendo el más fuerte el que se produjo a finales del siglo XVI. Hemos de tener en cuenta que la ciudad contaba con unos 50.000 habitantes en 1580, y un siglo después se redujo a unos 30.000 debido a la enfermedad.

Por aquellas fechas, y en medio del pavor generalizado, se da a conocer el sacerdote Andrés de las Roelas quien dice que el arcángel San Rafael se le había aparecido cinco veces para comunicarle que él sería quien salvaría a la población de la peste.

A partir de ese momento, la ciudad de Córdoba se vuelca en la devoción a San Rafael, que etimológicamente quiere decir ‘medicina de Dios’. De este modo, se celebran misas en su honor, se levantan monumentos llamados popularmente ‘triunfos’, se le dedican iglesias, también calles y plazas. Con el paso del tiempo, el nombre de Rafael se convierte en el más popular dentro de los cordobeses.

Las autoridades eclesiásticas afirman que con la devoción que promueve el padre Roelas, fallecido en 1587, desciende el número de contagiados; pero esto, por entonces, no era posible comprobarlo, dado que los datos conocidos se mantenían en secreto.

A pesar de la alta devoción que se promueve a San Rafael, lo cierto es que la peste no desaparece. Así, el segundo gran azote en Córdoba se da entre los años 1647 y 1652. Y para que nos demos cuenta del impacto que produjo en la ciudad, el médico Alonso de Burgos (el que aconsejaba como remedio a la epidemia “Huir rápido, cuanto antes mejor y regresar cuanto más tarde”) hablaba de otros 16.000 muertos.

El tercer gran brote llegaría a Córdoba treinta años después, es decir, en 1682, produciendo, según distintos historiadores, la muerte de otras 12.000 personas.

Tal como dije al principio, la peste negra permaneció en Europa durante nada menos que cuatrocientos años. Y pensando en la que actualmente padecemos, sin haber siquiera cumplido un año entre nosotros, y con la posibilidad de que podamos tener algunas vacunas eficaces en un tiempo reducido, no deja de ser un abierto reconocimiento al enorme trabajo que se ha llevado, tal como he indicado, en los campos de la ciencia, de la medicina y de la salud. A todos ellos tenemos que estarles enormemente agradecidos por la labor que han realizado.

Posdata:

El cuadro que ilustra la portada del artículo es del pintor francés Alexandre Hesse (1806-1879) titulado La muerte de Tiziano, en el que hace un homenaje al gran pintor italiano que falleció en 1576 a causa de la peste negra.

La ilustración del interior pertenece al también artista francés Michel Serre (1658-1733) en la que expresa una escena de la peste negra en Francia.

AURELIANO SÁINZ

19 jul. 2020

  • 19.7.20
¿Somos los españoles un país de jaraneros, de modo que lo único que nos preocupa son las fiestas y disfrutar del buen vino? ¿Nos visitan los extranjeros pensando que, aparte del sol y de las playas, esto es Jauja y que aquí los desmadres están a la orden del día creyendo que por todos lados hay sanfermines o tomatinas y que los más jóvenes, antes de que apareciera el dichoso bichito, se pasaban los fines de semanas de botellón en botellón?



No sé si esta es la imagen que se hacen quienes vienen a visitarnos y que, inevitablemente, este año la cifra se reducirá de modo considerable. Lo que sí puedo afirmar es que cuando me he encontrado con profesores de universidades de Francia o Suiza, en medio de las charlas, solían salir estos temas, derivándose hacia los magníficos vinos que tenemos los españoles. También era motivo de debate la admiración que sentían por los grandes pintores de nuestro país, lista que encabezaba uno de los genios de la pintura de todos los tiempos: Diego Velázquez.

“Me imagino, Aureliano, que en España hay un verdadero culto al vino, pues aparte de que tengo algún conocimiento de los excelentes caldos que se producen en tu tierra, para mí hay un cuadro de Velázquez que me gusta mucho como es 'El triunfo de Baco' y que tengo colgado en mi despacho”, me indica un profesor de la universidad de Neuchâtel, con un buen español, en un encuentro que tuvimos en un pueblecito de Suiza.

Le dije que estaba muy de acuerdo con lo que decía, al tiempo que le indicaba que este espléndido cuadro de Velázquez en España le llamamos también Los borrachos, aunque en el lienzo no se aprecie el estado etílico de los que aparecen en el mismo.

Ciertamente, nuestro país no se entiende sin los buenos vinos que salen de sus viñas y sin la compañía de los amigos en la barra del bar o sentados en alguna terraza disfrutando de esas charlas que tanto nos gustan, al tiempo que nos tomamos unas tapas acompañadas del regalo del dios Baco, aunque ahora, en tiempo de pandemia, tengamos que seguir unas estrictas normas para evitar el contagio.

Y ya que hablamos de algo tan ligado a la antigua Hispania como es el vino, no viene nada mal que recordemos a este dios mitológico que tanta ligazón tiene con la alegría y el disfrute de la vida. Para ello nada mejor que hacer un pequeño recorrido por cómo ha sido representado en algunas obras pictóricas, dentro de la numerosa iconografía en la que aparece.

Así, he tomado para la portada un fragmento de la figura de Baco que realizó en 1598 el pintor italiano Caravaggio. El lienzo, que se encuentra en la Galería Uffizi de Florencia, muestra a un joven, relajado, parcialmente tapado por una túnica blanca y con un ramo de pámpanos coronándolo, al tiempo que sostiene una copa de vino tinto.



Treinta años después de la representación de Caravaggio, es decir, en 1628, Velázquez pinta El triunfo de Baco, cuyo protagonista tiene ciertas similitudes con las del pintor italiano. Sin embargo, en este caso, aparece rodeado de acólitos y gente de extracción humilde.

En la obra hay dos partes bien diferenciadas: en la izquierda se muestra a un joven con el torso descubierto, sentado sobre un tonel, coronado de pámpanos, al tiempo que sostiene una copa con vino. A contraluz, la figura de un segundo personaje con similar corona, por lo que se deduce que también es un seguidor del dios del vino.

El grupo de la derecha lo componen seis personajes, algunos con el rostro abotargado por los efectos de la bebida. Uno de ellos, un humilde soldado, en actitud reverencial y a punto de convertirse en un nuevo iniciado; el resto es gente de extracción modesta, tal como lo manifiestan las ropas que portan.



Remontándonos hacia atrás, y como bien sabemos, en la Grecia antigua se rendía culto a Dionisos y en Roma a Baco. Durante las celebraciones en honor de estos dioses corría el preciado líquido de forma generosa en las denominadas bacanales, ya que las mujeres encargadas de animar esos festejos recibían el nombre de bacantes.

No obstante, el ascenso del cristianismo en el Imperio romano supuso una abierta censura de estas fiestas; de todos modos, conviene apuntar que el propio Senado de Roma las prohibió en el año 186, aunque ello no impidió que continuaran celebrándose de forma privada.

Una interpretación de estas fiestas la encontramos en el cuadro La bacanal de los andrios del pintor italiano Tiziano, el favorito de Felipe II. En la escena nos muestra los placeres de una bacanal, en la que no aparece representado el dios Baco, puesto que está llegando a la isla de Andros en una barca.

Vemos personajes masculinos y femeninos bailando; otros desnudos, caso de la mujer del lado inferior derecho; otros bebiendo y algunos completamente ebrios yacen en el suelo. Teniendo en cuenta el moralismo de Felipe II, Tiziano nos expresa su idea de una bacanal como la de una fiesta en la que se da rienda suelta a los placeres de los sentidos corporales y, en consecuencia, moralmente condenable.



Otro cuadro es el del pintor holandés Cornelis de Vos, que también recibe la denominación de El triunfo de Baco, similar al de Velázquez. En este caso, el dios del vino no es un joven de piel rosácea, sino un ser obeso y grotesco que se encuentra completamente desnudo y sentado en un carro tirado por dos tigres. Vemos que con su mano derecha abraza a una joven y rubia bacante que agita un tímpano con sonajas.

En su lado izquierdo se encuentra un sátiro que, con mirada irónica, palpa uno de los pliegues de su carne adiposa a la altura de la cintura, al tiempo que otro ya viejo apenas se tiene sobre el asno que lo sostiene. Aquí, la referencia al dios Baco tiene un aire burlón y cómico, como si el pintor holandés quisiera ridiculizar las fiestas paganas dedicadas al disfrute con las alegres bacantes.



La quinta obra lleva el título de El sacrificio a Baco del pintor italiano Massimo Stanzione, que, junto a las tres anteriormente citadas, se encuentra en el Museo del Prado. En este caso, nos muestra un cortejo de bacantes que cantan y bailan ante una escultura de Baco que aparece desnudo, con una corona de pámpanos y de pie sobre un pedestal.

Algunas de las seguidoras del dios del vino se encuentran cubiertas de pieles de animales y engalanadas con ramas de hiedra y de parra, al tiempo que le ofrecen cestas de uvas, de frutas y jarras de vino. Otras tocan la flauta, los címbalos o portan una paloma. En este caso, la bacanal no adquiere el tinte de desenfreno de los sentidos, sino un aire entre lúdico y poético.

Para cerrar, convendría recordar las palabras del historiador griego Tucídides cuando decía que “los pueblos del Mediterráneo empezaron a emerger del barbarismo cuando aprendieron al cultivar olivos y vides”. O, siglos más tarde, las palabras del escritor francés François Rabelais al sostener que “el vino es lo que más ha civilizado el mundo”.

A pesar de los tópicos, podemos decir que mayoritariamente en España sabemos beber bien; que disfrutamos, como país mediterráneo, de las fiestas populares y que, en estos tiempos en los que nos vemos acosados por una pandemia, es posible recuperar, eso sí, de modo razonable el disfrute de la calle tan ligado a nuestra cultura abierta al aire libre.

AURELIANO SÁINZ

12 jul. 2020

  • 12.7.20
No sé si la gente joven de ahora entiende el significado de la frase con la que he titulado este artículo. Reconozco que, en mi caso, desde hace bastante tiempo que no la he escuchado, fundamentalmente porque ya nadie defiende que el castigo físico sea el medio educativo para que las nuevas generaciones fueran aprendiendo.



Sin embargo, quienes somos mayores no solamente entendemos su significado sino que también, en mayor o menor intensidad, recibimos algún tortazo, algún palmetazo o algún cogotazo para que en la escuela nos entrara la tabla de multiplicar o entendiéramos el correcto uso de la ‘h’ o de la ‘q’. Lógicamente, cuando te dan una colleja, acompañada de la expresión ‘¡so burro!’, para que sepas que es el Guadalquivir el que pasa por Córdoba y no el Guadiana, nunca se te olvidará el río que atraviesa la hermosa ciudad andaluza.

Pero esa forma de aprendizaje deja siempre unos recuerdos cargados de amargura, por lo que ya no se olvidarán las respuestas correctas; no obstante, es probable que te creen un carácter inseguro, temeroso de equivocarte cuando tengas que contestar a las preguntas que se te hacen o en el momento en el que debas tomar decisiones de cierta importancia.

Hay que entender que en épocas pasadas el castigo físico, incluso el maltrato, era una manera que tenían padres y maestros para que se obedeciera o se aprendiera lo que por entonces eran los comportamientos correctos. Pero no solamente eran los padres y los maestros, sino que esa forma de educar estaba bien vista por la sociedad, por lo que la frase ‘La letra con sangre entra’ era una especie de máxima o sentencia que, de vez en cuando, se repetía como justificación a los golpes que se les podía dar a los críos.

Por suerte, y en contra de la opinión de los pesimistas, creo que en líneas generales la sociedad avanza y la mayoría de la gente intenta eliminar los errores que comete. Como prueba de ello es que, en gran medida, se han erradicado los maltratos tanto en la familia y en la escuela.

De todos modos, soy realista y sé que hay formas de abusos con los menores que quedan ocultos y no salen a la luz. Es por lo que recientemente se aprobó la ‘Ley de los derechos y oportunidades en la infancia y adolescencia’, aparecida en el BOE el 27 de mayo.

Esto es un gran avance en la protección integral tanto de niños y niñas como de adolescentes. Dentro de la amplitud de temas abordados en la ley se encuentra el rechazo total al castigo físico como modo de educar y de enseñar. Bien es cierto que también se alude al castigo psicológico, que puede ser incluso más dañino al pasar desapercibido por la sutiliza y ocultamiento con los que se lleva a cabo.

Como he apuntado, los mayores sabemos bien el significado de ‘la letra con sangre entra’, ya que en nuestra infancia vivimos un tiempo en el que la pedagogía admitía los castigos corporales como medio de aprendizaje. Y pesar de que quien escribe esto recibió más de un palmetazo, es preciso reconocer que los castigos físicos, si se miran desde una perspectiva histórica, eran más reducidos que los de las generaciones precedentes.



Para que entendamos de lo que estoy hablando nada mejor que la portada del artículo que corresponde a un cuadro de nuestro gran pintor Francisco de Goya titulado exactamente La letra con sangre entra, que ejecutó entre 1780 y 1785, encontrándose en la actualidad en el Museo de Zaragoza. De igual modo, el dibujo del interior se ha extraído de un libro educativo inglés de mediados del siglo pasado, dado que en Inglaterra la filosofía pedagógica que defiende el castigo físico se ha mantenido hasta recientemente.

Con respecto al lienzo de Goya, podemos apreciar que la escena se desarrolla en una pequeña y oscura escuela. Curiosamente, en ella aparece un perro cercano al maestro que azota con un pequeño látigo de varias hiladas en las nalgas descubiertas de uno de los niños de la clase. El crío se encuentra inclinado, sostenido por una mujer, sin que se le aprecie el rostro, por lo que no podemos contemplar su expresión de sufrimiento. No obstante, a la derecha puede verse a un par de ellos que llorosos acaban de recibir el mismo castigo, mientras que los otros están en sus tareas.

¿Es una descripción la que hace Goya de lo que acontecía en las escuelas o una crítica a los duros castigos corporales que por entonces se utilizaban?

La verdad es que a ciencia cierta no lo sabemos, porque otro título que recibe el cuadro es el de Escena de escuela. Este título parece inducirnos a pensar que lo pintado se correspondiera con algo habitual de aquellos años.

Ciertamente, esos brutales castigos los de mi generación no los conocíamos (si exceptuamos algún caso muy sonado). Es más, las referencias a los maestros que tuvimos en nuestra niñez se hacen con cierto respeto y consideración hacia ellos, pues, desde nuestra perspectiva ya de adultos, podemos entender la sociedad en la que vivíamos y las difíciles condiciones en las que tenían que desenvolverse: escasos recursos educativos, aulas pequeñas, críos de distintas edades y niveles todos juntos, exiguo reconocimiento económico a un trabajo de tanta importancia, etc.

Por otro lado, los juegos de los muchachos de entonces eran mayoritariamente en la calle, por lo que oscilaban desde los más tranquilos a los que implicaban significativos riesgos, de los que no éramos conscientes. Así pues, a pesar de la dureza y la precariedad en la que vivíamos, la escuela era nuestro primer nivel de socialización y en la que comenzábamos a relacionarnos fuera de casa, a conocernos unos a otros y a formar pandillas de amigos.

Han cambiado los tiempos. La escuela se ha transformado mucho. Desde el inicio de la democracia, la escuela pública no separa por sexos. Niños y niñas actualmente acuden juntos a centros mucho mejor dotados y con un profesorado que ha recibido una buena formación especializada en las distintas materias que el alumnado debe recibir.

Hoy, la importante tarea que llevan adelante maestros y maestras se entiende como fundamental dentro del panorama de incertidumbre en el que nos movemos. Y, a pesar de que nos encontramos en una gran encrucijada por la pandemia que sufrimos, se dan avances relevantes que se recogen dentro del campo legislativo: la erradicación de los maltratos que aún pudieran sufrir los más pequeños, puesto que, a pesar de que hay quienes sostienen que alguna vez ‘viene bien un buen cachete’, lo cierto es que el cachete se queda en el fondo del alma de quien lo recibe.

AURELIANO SÁINZ

5 jul. 2020

  • 5.7.20
En el siglo pasado, el autor francés Robert Guérin nos decía que “el aire que respiramos está compuesto de oxígeno, nitrógeno y publicidad”. Y si esto lo expresaba hace nada menos que cincuenta años, no me puedo imaginar lo que pensaría de lo que acontece hoy en nuestro mundo, en el que las marcas comerciales las llevamos encima como si fueran auténticos símbolos de distinción. Solo nos queda tatuárnoslas en los brazos, en las piernas o en el pecho, por encima del corazón, para que ese culto a los logotipos y eslóganes publicitarios acaben bien dentro de nosotros.



La publicidad, tan necesaria para promocionar y vender productos, se ha introducido tanto en nuestras vidas que finalmente no sabemos si ahora nos encontramos en una realidad real (y perdonadme por la tautología) o en una especie de videoclip en el que no somos más que actores secundarios de una historia planificada por las agencias publicitarias.

Relacionado con lo que he apuntado, hace bien poco no sabíamos que vivíamos en la normalidad, hasta que el Gobierno de este país nos anunció la ‘buena nueva’ de que entrábamos en la Nueva Normalidad. Frase que bien parece sacada de una agencia publicitaria a la que se le hubiera encargado la expresión más certera para levantar los ánimos alicaídos de una población hartísima del dichoso bichito.

Por entonces, cada cual construía su propia historia dentro del complejo, contradictorio y bastante absurdo mundo; aunque, como es lógico, entre todos, con distintos puntos de vista, buscamos que sea un poco más ordenado y racional. Si no fuera de este modo, las vidas de unos y de otros se parecerían tanto que viviríamos dentro de una normalidad que nos uniformaría más de lo deseable.

Sin embargo, y por suerte, no es así. Algunos son adictos al fútbol, mientras que otros u otras lo odian; unos son devotos de determinados santos, mientras que hay quienes no pisan una iglesia desde que hicieron la Primera Comunión; uno sueña con dar la vuelta al mundo, mientras que su vecino fantasea con tener un romance con Miley Cyrus; unas aguantan a un pesado marido que no mueve el culo del sofá en todo el día, al tiempo que sus amigas está tramitando los papeles del divorcio; unos no saben cómo llegar a fin de mes con el miserable sueldo que tienen como riders en Amazon, en tanto que Froilán no sabe cómo gastarse el sueldazo que recibe cada mes de sus papás…

En fin, que hablar meses atrás de normalidad para el conjunto de la población hubiera sido tan absurdo como pensar que todos los mamíferos se parecen a los gatos.

Si acaso había algo que pretendía, y pretende, normalizarnos era la publicidad que cotidianamente recibimos ‘por tierra, mar y aire’: familias todas muy felices, con chalés y piscinas, cuyos niños muy rubitos se toman sonrientes las verduras que les han preparado sus mamás con todo amor; o chicas muy monas cuya única preocupación es estar seguras de que la longitud de sus pestañas son las ideales; o jovenzuelos obsesionados por el último modelo de iPad que está a punto de salir al mercado…

Ah, y de los viejos (o aspirantes a viejos) no digo nada porque esos nunca aparecen en la publicidad, pues, aparte de no consumir como es debido, provocan tristeza en ese mundo idílico que se nos vende como la gran Normalidad de la sociedad consumista.

En todo caso, pueden aparecer en algunos spots televisivos en Navidades, porque eso de la nostalgia, de volver a casa y de estar todos reunidos alrededor de una mesa es bueno para esas fechas en las que hay que comer y beber mucho, además de comprar Lotería de Navidad, dado que son ellos los que recuerdan que hay que repartir décimos con la familia y los amigos.



Lo que ha faltado en esta campaña de promoción de la Nueva Normalidad, como tiempo atrás se hizo internacionalmente con la Marca España, es encontrar un buen logotipo formado por las dos ‘enes’ iniciales de ambos vocablos. De este modo, como acontece con las grandes marcas, caso de Apple, Nike, Adidas, New Balance o Huawei, cuyos logotipos son bien conocidos, lograría completarse ese optimista mensaje.

Y puestos a arrimar el hombro, ahí presento algunas propuestas de logotipos, desde el más minimalista al más romántico, que hasta puede servir a animar a la gente a casarse en estos fríos tiempos de distanciamientos. Pero advierto que, a pesar de que el diseño gráfico es una de mis pasiones y que he realizado numerosos logotipos, los que acabamos de ver los he sacado del banco de imágenes de Google.

Dudando de la eficacia de la nueva fórmula, yo me pregunto: ¿no hubiera sido más sencillo decir que entramos en un periodo sin confinamiento o en una etapa tras el estado de alarma, sin necesidad de acudir a la creación de un nombre que suena a expresiones codificadas como Año Nuevo, Estado del Bienestar, Semana Santa, Fin de Semana, Comunidad Autónoma… que, como vemos, están formadas por dos palabras?

La verdad, es que no creo que nos sintamos muy normales teniendo necesariamente que protegernos con mascarillas y con el dichoso bichito que sigue ahí amenazante, de forma que no podemos abrazarnos, darnos la mano, entrar y salir cuando a uno le plazca, acudir a los sitios que habitualmente lo hacíamos sin necesidad de estar atentos a los que tenemos alrededor… y, peor aún, sin saber qué va a suceder con nuestros trabajos o saber, por ejemplo, qué pasará con los críos cuando tengan que juntarse en los colegios.

Quizás, podamos hablar de un tipo normalidad cuando se encuentre disponible para todos nosotros una vacuna realmente efectiva, de modo que este tiempo en el que el virus ha trastocado nuestros ritmos cotidianos lo veamos como una especie de pesadilla o paréntesis en las más o menos ajetreadas vidas que llevábamos.

Bueno, como no quiero ser un aguafiestas, espero que tú, amable lector / amable lectora, te haya sentado bien la entrada en esta Nueva Normalidad y te encuentres lleno o llena de proyectos, al tiempo que el presente no se te haya complicado mucho.

AURELIANO SÁINZ

28 jun. 2020

  • 28.6.20
Nos encontramos en un mundo en el que la mentira ha hecho acto de presencia de manera habitual en nuestras vidas, como si mentir fuera lo más normal del mundo y sin que se le dé excesiva importancia a las consecuencias que conlleva, por lo que cualquiera estaría dispuesto a hacerlo, especialmente si supiera que no iba a ser descubierto.



Hay que entender que las mentiras no son solo aquellas que nos decimos directamente, dado que vivimos en una sociedad en la que los medios de comunicación y las redes sociales se han hecho omnipresentes, de modo que la saturación de noticias y de comentarios de toda índole nos han invadido, acompañándose, claro está, de las denominadas fake news (bulos o mentiras planificadas) que pululan por los espacios digitales como aves dispuestas a posarse en el cerebro de los ciudadanos.

Pero no solo que estén muy presentes en estos medios, sino que las mentiras, en todas sus modalidades –engaños, bulos, embustes, simulaciones, falsedades, medias verdades, ocultamientos, tergiversaciones– forman un entramado tan complejo que es necesario estar bien preparado para no ser una de sus víctimas.

Sobre esta cuestión, recientemente, un amigo me escribía que “la mentira es una de las grandes calamidades de nuestra sociedad. La verdad, sencillamente, no se lleva ni se practica. Lo vemos a diario; asistimos perplejos al triste espectáculo de la política española en la que se ha impuesto la modalidad de la ofensa basada en mentiras. Es repugnante. Hay catedráticos de la intoxicación, maestros del lanzallamas con el combustible de las mentiras. Cosas horrorosas montadas en el artificio del embuste”.

Pasando al plano personal, quisiera apuntar que siempre he sentido un fuerte rechazo a la mentira y al uso de las variantes que se emplean para engañar. Estoy, pues, muy de acuerdo con lo que manifestó el psiquiatra Carlos Castilla del Pino cuando escribió aquello de que “no hay pecados, si los hubiera, se resumirían en uno: la mentira. Adán fue el primero que mintió a Dios al desobedecerle”. En otro párrafo manifestaba que “la mentira es el mal por excelencia. Cualesquiera que sean los males, siempre tienen una cosa en común: la mentira”.

Hay que reconocer que la mentira forma parte de la historia de humanidad y que, en más de una ocasión, no es fácil descubrirla, pues el que miente busca las estrategias a su alcance para no ser sorprendido como autor del engaño. Por otro lado, en el caso de que la víctima se percatara de ello y quisiera conocer la verdad, quien ha sido el autor de la mentira jurará y perjurará que eso que se le atribuye no es cierto, haciéndose el ofendido ante los interrogantes que se le hacen o las pruebas que se le presentan.

He de manifestar que Castilla del Pino, un gran humanista, no era creyente, aunque en la frase citada se remontaba al propio Génesis para hablarnos del supuesto comienzo de este vicio moral. No obstante, y remitiéndonos otra vez al texto bíblico, quizás el ejemplo más conocido, y del que se nos habló desde pequeños, fue el juicio del rey Salomón, quien tuvo que aclarar cuál de las dos mujeres mentía cuando alegaban ser las madres de un niño recién nacido.

Es significativo que la escena que explica ese relato haya sido plasmada en distintos lienzos por grandes pintores, caso de Peter Paul Rubens cuyo cuadro se encuentra expuesto en el Museo del Prado. También en el mismo museo puede verse la versión que realizó el pintor español José de Ribera, en este caso, dentro del estilo tenebrista, bastante distanciado del empleado por Rubens, tal como podemos apreciarlo en la imagen siguiente.



Recordemos esa historia bien conocida: dos mujeres que habían sido madres cada una de ellas de un niño, uno fallecido y el otro vivo, se presentan ante el rey alegando ser la verdadera madre del niño vivo. Salomón, para averiguar finalmente quién decía la verdad, dio la orden a uno de sus soldados para que con la espada lo partiera y le diera a cada una de ellas la mitad.

Una de las madres, aterrorizada, le suplicó que no lo hicieran y que se lo dieran a la otra; esta, sin embargo, estaba de acuerdo en que cada una se llevara la mitad del niño. Salomón entonces no tuvo ninguna duda y mandó que se le entregara a la primera mujer, ya que consideraba que era la verdadera madre.

¿Y por qué hablo de la mentira si, como bien apunto, forma parte de las relaciones humanas y nos tropezamos con ella con más frecuencia de la que quisiéramos? La razón proviene de que, no solo como persona sino como profesor, se me ha intentado engañar en más de alguna ocasión, por lo que me he visto en casos en los que he tenido que dilucidar cuál de los dos alumnos o alumnas decía la verdad y quién mentía.

El más reciente se me ha producido durante el confinamiento, en el que he estado desde casa corrigiendo los trabajos que me remitían los alumnos. El hecho me creó un malestar bastante grande, pues no solamente era el sentimiento de pesar de verte engañado por algunos de los que formaban parte de una clase a la que te has entregado con todo el entusiasmo, sino también porque no tenía la posibilidad de encontrarme presencialmente en mi despacho con las implicadas.

Tengo que aclarar que, como criterio pedagógico, siempre me he decantado por la evaluación continua a partir de trabajos que íbamos desarrollando a lo largo del curso; en vez de acudir a los exámenes tradicionales en los que el alumnado se lo juega todo a una carta. Por otro lado, como profesor, oriento y proporciono los recursos, teóricos o prácticos a los estudiantes para que puedan realizarlos con mi apoyo.

En el caso aludido, se trataba de dos alumnas que me presentaron trabajos muy similares. A ambas, por correo electrónico, les manifesté mis dudas para que me explicasen qué había acontecido. Una de ellas, la segunda en enviarme el trabajo, y sobre la que yo sospechaba que sería la que había copiado, juraba y perjuraba que ella no lo había hecho, e insistía en que no entendía qué es lo que podía haber sucedido.

Les indiqué que en cursos anteriores había tenido algunas experiencias similares, como fue el de dos amigas que me entregaron sus trabajos escritos que eran exactamente iguales, incluso con los mismos errores. Al llamarlas a mi despacho y podérselo demostrar, la que había sido la autora original me indicó que se lo había pasado solamente para que le sirviera de orientación, pero que en ningún momento imaginó que podía ser engañada.

Consecuencia del engaño: la amistad que mantenían, como me dijeron tiempo después sus compañeros, se rompió para siempre. Y es que la amistad, tal como he manifestado en alguna ocasión, no admite el engaño ni la mentira.

En este último caso que comento, al igual que hizo Salomón, solo cuando las amenacé con anular sus trabajos o llevarlos ante una Comisión del Departamento, empezaron a contar algo de la verdad. Pero soy consciente que, al no poderme ver con ellas, ambas se pusieron de acuerdo para no desvelar del todo lo que habían estado haciendo.

Lo triste, tal como se lo expresé a las dos, es que iban a ser maestras y sus comportamientos no auguraban nada bueno para el futuro cuando tuvieran que educar a sus alumnos, pues las personas que mienten dejan detrás un reguero de daños morales de graves consecuencias.

AURELIANO SÁINZ

21 jun. 2020

  • 21.6.20
Todos sabemos que Atenas fue la cuna de la democracia. Algo verdaderamente insólito por aquella época, dado que las naciones o los imperios conocidos por entonces estaban gobernados por reyes o emperadores déspotas o tiranos, cuyas crueldades nos asombran en la actualidad.



También que en la antigua Grecia surgen lo que actualmente llamamos filósofos, que, organizados en distintas escuelas de pensamiento, trataban de entender, a partir de la razón, el significado de la realidad en la que se encontraban insertos, al tiempo que buscaban el sentido de la vida o cómo vivir acorde con la naturaleza humana.

Era, pues, una búsqueda al margen de los dioses y los relatos mitológicos, tan complejos y abundantes, cuyas lecturas hoy las entendemos como verdaderas fábulas cargadas de una imaginación desbordante.

Dentro de las distintas escuelas filosóficas hay una sobre la que ahora quisiera hablar. Se trata de la que formaban aquellos desencantados de la sociedad y del ser humano. Era la que formaban los cínicos (término que ha llegado a nosotros con un significado algo diferente). De ellos, tenemos especial conocimiento de Diógenes de Sinope, de quien sabemos su vida y sus ideas por otro filósofo, Diógenes Laercio, ya que lo incluyó en su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, dado que el de Sinope no escribió nada a lo largo de su vida.

Por otro lado, sobre su figura, el filósofo francés Michel Onfray, y en su obra Las sabidurías de la antigüedad, nos dice lo siguiente:

Más tarde, Diógenes –conocido como “el Perro Regio”– efectúa variaciones parecidas sobre el mismo tema. De allí la anécdota del filósofo con su linterna que tanto ha contribuido (¡en contra!) a la reputación del cínico. Con el pelo largo y un bastón en la mano, una capa doble que le envuelve el cuerpo vagamente hediondo, sin alejarse del tonel y de las pajas sobre las que duerme todas las noches, Diógenes camina a plena luz del día por las calles de Atenas con una linterna en el extremo del brazo, que hace girar y apunta hacia los viandantes mientras explica que busca a un hombre…”.

Esta es, quizás, la imagen más divulgada que nos ha llegado de este filósofo que abandonó todas las aspiraciones humanas establecidas ya que las consideraba falsas y alejadas de la verdadera virtud: la renuncia de todo lo superfluo.

Tomando como referencia los relatos que traspasaron los tiempos, el artista francés Jean-Léon Gérôme (1824-1904) nos muestra a Diógenes en su tonel, con la linterna y acompañado de sus amigos, cuatro perros, que vigilan el tonel en el que duerme sobre un montón de paja.

Cualquiera puede hacerse la idea de los desconcertados semblantes de sus compatriotas, que se ríen y se burlan de él porque no entienden que el filósofo, que ha renunciado a todo, lo que busca con su lámpara encendida en pleno día es un hombre de verdad, un hombre digno de merecer esta denominación. De ahí que la escuela cínica sea una filosofía del desencanto, de la duda sistemática, de la renuncia, del alejarse de las convenciones sociales al entender que los hombres están llenos de vanidades y mentiras que les hacen aparentar lo que no son.

Otra de las anécdotas relacionadas con Diógenes de Sinope es aquella en la que el rey macedonio Alejandro Magno, cuyo mayor deseo era la construcción de un gran imperio, quiso conocerlo y hablar con él, asombrado de que hubiera una escuela filosófica que predicaba la renuncia a todo deseo de poder.

Así, una vez que lo localiza, y sorprendido de su modo de vida, le pregunta qué puede ofrecerle. A esta invitación del rey, Diógenes le responde que lo que desea es que se separe un poco pues le está tapando la luz y el calor del sol. Esta segunda anécdota de renuncia a todo deseo de bienestar y de poder también ha sido motivo para que otros pintores de corte historicista realizaran algunos lienzos sobre la figura del filósofo junto a Alejandro Magno.



Si he traído en estos momentos la figura de Diógenes de Sinope, del que, tal como he apuntado, no dejó nada escrito, se debe a que recientemente he recibido de dos amigos la referencia de un blog que han creado y que me han invitado a participar en él, fuera con el propio nombre o con el seudónimo que yo prefiera.

De este modo, con el lema de Arte, literatura, filosofía y alguna otra reflexión infundada, han comenzado una aventura, cargada de ingenio, ironía y humor irreverente, y que, bajo una lectura apresurada de supuesto humor trivial, se esconden reflexiones de gran calado.

En un tiempo dominado por la pandemia y la crispación política que soportamos, pienso que es necesario recuperar el humor y la ironía que tradicionalmente ha existido tanto en la literatura como en el arte español. No en vano, en nuestro país surgieron la literatura picaresca, Francisco de Quevedo, Ramón del Valle Inclán, Salvador Dalí, Luis García Berlanga, Tip y Coll… en los que a su desbordante imaginación se les unía el absurdo y el humor surrealista que tanto molesta a los poderes establecidos y a la gente bien pensante.

Por mi parte, y atendiendo a la invitación de sus dos promotores, he publicado Highway to hell (cuento para aguantar el bicho) y La importancia de llamarse Cayetana. Por parte de los creadores del blog, ya han aparecido varios artículos que oscilan desde el humor ácido y surrealista a la crítica bien fundada. Todo alejado del simplismo, de los tópicos o del maniqueísmo que tanto abundan en los muchos medios digitales a los que actualmente podemos acceder.

Nos encontramos, pues, con un blog abierto al debate, a la opinión y a la participación. No viene mal en estos tiempos de miedos, dogmas e intolerancia penetrar en el pensamiento escéptico (que no nihilista) que parte de la duda sistemática para encontrar algo de luz, tal como abogaba milenios atrás Diógenes con su lámpara cuando buscaba ‘un hombre de verdad’.

AURELIANO SÁINZ

14 jun. 2020

  • 14.6.20
Tras una cierta pausa en esta sección, quisiera hacer un homenaje a la música negra que nos llega de Estados Unidos en estos tiempos en los que la lucha contra el racismo ha vuelto a explosionar ante la terrible muerte sufrida por el ciudadano de raza negra George Floyd en Powderhorn (Minneapolis) a manos de un policía.



A pesar de que la población negra estadounidense lleva siglos en este país, el racismo que sufre, y que un indeseable presidente como es Donald Trump lo fomenta o al menos no hace nada por combatirlo, pervive como una lacra. Por otro lado, es imposible entender a esta enorme nación sin las aportaciones culturales de quienes fueron llevados como esclavos desde África, especialmente si nos centramos en el campo musical.

¿Qué son el góspel, el blues, el jazz, el soul, el R&B o el hip-hop sino ramificaciones de las músicas tradicionales que, como medio de supervivencia, los esclavos negros llevaron consigo a las plantaciones en las que usaban los sonidos procedentes de la tierra de la que fueron arrancados?

Hoy, el grito de Black Lives Matter se ha extendido como la pólvora, por lo que puede escucharse tanto en todos los rincones de Estados Unidos como en otros países que se han sumado a la indignación de ver cómo de forma impune se mata a un hombre negro cuando un policía blanco lo ahoga con su rodilla puesta en su cuello contra el suelo.

Esta es la razón por lo que en esta ocasión, y como pequeño homenaje a la música negra estadounidense, traigo una selección de diez discos que considero imprescindibles, aunque, lógicamente, se podrían realizar otras muchas y buenas selecciones. Quisiera, por otro lado, ser breve en los comentarios para no hacer muy extensa esta presentación.



Nada mejor que comenzar esta selección con It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back de Public Enemy que se publicaría en 1988. El segundo álbum del grupo estadounidense, tal como se apunta en la añorada revista Rockdelux, supone una reflexión cultural, experimentación musical y concepto pop del espectáculo, a lo que habría que añadir rebeldía permanente dentro del hip-hop. La propia revista lo seleccionó como el mejor disco en su Especial 30 Aniversario, que cubría desde 1984 hasta 2014.



Retrocedemos hasta el año 1959 para tropezarnos con uno de los álbumes más relevantes de la historia del jazz. “En el momento en el que se grabó, 'Kind of Blue' fue una revolución por sí mismo. Volviéndole la espalda a las progresiones de acordes tradicionales, el trompetista Miles Davis utilizó escalas modales como punto de partida para la composición y la improvisación”, nos dicen en el número especial de la revista Rolling Stone dedicado a los 500 mejores álbumes de la historia.



No me importa volver a traer a esta sección a la gran dama del soul: Aretha Franklin. Cuando llegó al sello Atlantic Records comenzó a desplegar todas sus energías por las músicas que la apasionaban: el góspel y el rhythm & blues. De esa conjunción nace su espléndido tercer disco con el título de Aretha: Lady Soul, que se iniciaba con el inolvidable Chains of Fools y se cerraba con Ain’t No Way. En resumen: diez magníficas canciones que la coronaban dentro del soul y de cuyo trono nunca se bajaría.



Si citamos a Aretha Franklin como la cumbre del soul femenino, por justicia habría que traer a Otis Redding que sería algo así como su versión masculina. Tras el éxito que había tenido su música en el Festival de Monterrey, se animó a grabar (Sittin On) The Dock of the Bay el 6 de diciembre de 1967. Cuatro días después fallecería en un accidente cuando viajaba en una avioneta, junto su grupo, al caer en el lago Monona de Wisconsin. The Dock of the Bay llegó, posmortem, al número uno del Hot 100 y de R&B del Billboard.



En 1971, Marvin Gaye tuvo muchas dificultades para publicar What’s Going On en el sello Motown, ya que Berry Gordy, fundador del sello, no estaba precisamente encantado de que en el disco se hablara de derechos humanos y del medio ambiente. Pero Gaye prometió no volver a grabar en la Motown a no ser que What’s Going On se editara en single. Resultado: un gran éxito que forzó a que poco después el álbum se editara completo. Casi medio siglo después, se puede escuchar esta magnífica suite como una defensa de los derechos de la comunidad negra de Estados Unidos.



¿Podemos incluir a Michael Jackson en una lista de música negra? Ya sabemos todos su trayectoria, su deseo de cambiar de color de piel que acabó en un verdadero desastre. Pero no lo podemos dejar fuera especialmente cuando se trata de Thriller el disco más vendido de la música popular. Creo que poco se puede añadir a todo lo que se ha dicho de esta joya que se ayudó de un magnifico videoclip para escalar a una fama inusitada. Ah, todavía en el año 1982 a Michael Jackson se le podía reconocer como a un artista negro.



¿Podía alguien competir e, incluso, destronar a Michael Jackson de la cumbre en la que estaba instalado allá por la década de los ochenta? Alguien se lo llegó a plantear cuando en 1987 apareció Introducing the hardline according to Terence Trent D’Arby. Este primer álbum causó unas enormes expectativas, pues sus temas se movían entre el funk y el R&B, conteniendo temas tan potentes como If you let me stay y Dance little sister. Sin embargo, Sign your name lo catapultó al primer puesto de las listas británicas y al tres de Estados Unidos. Tras este magnífico disco las expectativas sobre Terence Trent D’Arby no se llegaron a cumplir.



He hablado de los distintos estilos musicales predominantes en los artistas negros; sin embargo, cabe preguntarse: ¿el folk, también? A esta pregunta habría que responder que son muy escasos, aunque entre ellos se encuentra Tracy Chapman. Y de esta gran cantautora, con una inclinación por las letras de tipo social, destacaría su primer álbum que lleva su propio nombre. Ahí, por ejemplo, se encuentra Talkin´ ´bout a revolution, que bien podría escucharse en los días en los que parte de la población estadounidense se rebela contra el racismo que protege Donald Trump.



En el año 1994 ve la luz illmatic, un disco brillante dentro de la escena del hip-hop de Nueva York, aunque su autor, Nas, es un joven rapero de tan solo 20 años que procede de Queensbridge, un auténtico gueto de esta gran urbe. Pero, como leo en Rockdelux, “la grandeza de esta obra maestra de la música contemporánea estriba, precisamente, en que no se deja ser el arrebato nihilista, desbocado e impulsivo de un chaval de 20 años azotado por la vida y sus circunstancias que primero quiso ser leyenda y luego estrella”.



Cierro este breve recorrido con un disco de 2018: Dirty Computer, de la cantante negra estadounidense Janelle Monáe. Procedente de Kansas City, Janelle Monáe bebe de las fuentes que manaron de la creatividad de David Bowie, Grace Jones o Prince, entre otros. De este modo, la artista del tupé alargado, aunque se la inscriba dentro de la línea del rhythm and blues, lo cierto es que su último disco es eminentemente ecléctico, lo que la hace ser de las artistas más interesantes del actual panorama musical.

AURELIANO SÁINZ

7 jun. 2020

  • 7.6.20
En ocasiones, hay cuadros que se convierten en auténticos relatos visuales de hechos que han marcado la historia de nuestro país. Es lo que aconteció con dos obras de Antonio Gisbert (1835-1901): El fusilamiento de los comuneros de Castilla, que aparece en el artículo El bicentenario del Museo del Prado y El fusilamiento de Torrijos. Ambos lienzos los he comentado con anterioridad debido a la relevancia que presentan.



Y ahora, dado que para un diario digital de Extremadura he estado escribiendo la vida de don Álvaro de Luna, quien fuera el valido del rey Juan II de Castilla, me ha parecido oportuno mostrar en este caso la obra del pintor sevillano José María Rodríguez de Losada (1826-1896) titulada Colecta para sepultar el cadáver de don Álvaro de Luna y que, al igual que la primera que he citado de Antonio Gisbert, pertenece a los fondos históricos que se encuentran actualmente en el Senado.

Pero antes de comentar este estremecedor lienzo, realizaré una breve semblanza de quien, sin lugar a duda, fue el personaje más importante en el reino de Castilla en la primera mitad del siglo XV. Álvaro de Luna nació en 1390 en Cañete, un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca. Fue hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, noble aragonés, y de María Fernández Jaraba, a quien se la conocía como La Cañeta.

Sobre sus orígenes maternos se sabe muy poco, solo que su madre tuvo algunos hijos más, al parecer de padres distintos. Uno de esos hijos, Juan de Cerezuela, habido en matrimonio con el alcaide de Cañete, un tal Cerezuela, llegó a ser arzobispo de Toledo.

Cuando cumplió los dieciocho años, Álvaro fue introducido en la Corte como paje del pequeño rey Juan II por su tío Pedro de Luna. Muy pronto se ganó el cariño del pequeño monarca que por entonces tenía tres años, dado que este recientemente había perdido a su padre, por lo que el nuevo paje vino a cumplir esas funciones paternas de confianza y seguridad en sí mismo que al nuevo rey siempre le faltaron.

El ascenso en la Corte fue permanente e imparable, ya que llegó a ser condestable de Castilla, maestre de la poderosa Orden de Santiago y valido del rey Juan II de Castilla, al tiempo que se le concedió el título de conde de Alburquerque.

Pero esta acumulación de poder y de bienes siempre tuvo la oposición de gran parte de la nobleza castellana y de los Infantes de Aragón, especialmente el infante don Enrique que se convirtió en su gran enemigo. De todos modos, su declive aparece cuando, curiosamente bajo su consejo, Juan II toma por segunda esposa a la infanta Isabel de Portugal, ya que de forma muy temprana la nueva reina busca incansablemente separar a su esposo de quien había sido su fiel e incondicional consejero durante cuarenta años.

Así, la agitada vida de don Álvaro de Luna acaba el 2 de junio de 1453, cuando había cumplido los sesenta y tres años, al ser ejecutado en Valladolid por orden del propio rey y sin que mediara un juicio previo; solamente contó con el respaldo de diez nobles del Consejo del Reino en esa sentencia condenatoria.

Una vez que se hace pública la sentencia, Juan II despliega todo su poder y fuerzas para desvalijar y apropiarse de las enormes propiedades, especialmente en Castilla y Extremadura, que pertenecían a quien había sido su condestable.

Pronto se llevaría a cabo la ejecución. Así, al amanecer del día 2 de junio de 1453, se presentan en la casa las fuerzas que le acompañarán al cadalso, al tiempo que se le ordena que bajase a la calle. Cubierto de una capa negra, le acompañan dos religiosos franciscanos como parte del cortejo que camina hacia la plaza en la que se prepara la ejecución.

Se llega a una plaza repleta de gentío. El pregonero, que ha ido leyendo durante todo el recorrido el mandamiento de ejecución, acompaña al verdugo para acercarse juntos al patíbulo. Una vez arriba, el verdugo sacó un cordel para atar las manos del condestable y le indica el lugar en el que debe apoyar la cabeza.

Según el cronista Gonzalo Chacón, tras el impacto del hacha sobre el cuello de Álvaro de Luna, se escuchó un tremendo alarido colectivo que salía de la garganta de quienes se encontraban en la plaza presenciando este cruel espectáculo. Instantes después, se cubrió de un denso silencio todo el entorno de la plaza.

El cuerpo del condestable estuvo allí expuesto durante tres jornadas, mientras la cabeza colgada permaneció nueve días. Junto al cuerpo yacente se colocó una jofaina de plata con el fin de recabar las limosnas de aquellos que quisieran darle un enterramiento a quien fue condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago.

Pasados los días, vinieron los frailes de la Misericordia para llevarse el cuerpo y la cabeza a la iglesia de San Andrés, que era el lugar en el que se enterraban a los ajusticiados. Poco después, y con gran acompañamiento, se le conduce al monasterio de San Francisco. Finalmente, reinando ya Enrique IV, primogénito de Juan II, se trasladan sus restos a la suntuosa capilla de Santiago que el propio don Álvaro había erigido con anterioridad en la catedral de Toledo.

Tras la ejecución, el rey de Juan II de Castilla sobrevivió algo más de un año a su valido, pues falleció en Valladolid el 20 de julio de 1454, contando con tan solo cincuenta y un años. Según todos los autores consultados, murió obsesionado con la firma de la sentencia a muerte que había dictado contra quien había sido su leal protector durante más de cuarenta años.



Volviendo al lienzo de la portada, tendría que indicar que José María Rodríguez de Losada, con el fin de dar el mayor rigor a su lienzo, se basó en un fragmento de la Historia General de España, escrita por el padre Mariana.

Sin embargo, el cuadro, cargado de dramatismo y teatralidad, presenta un error histórico, dando lugar a que solo se le concediera una mención honorífica en la Exposición Nacional de 1866: el crucifijo que aparece en pleno centro del lienzo de ningún modo se corresponde con uno del siglo XV; su estética pertenece al barroco, estilo artístico muy posterior a la fecha en la que fue ejecutado don Álvaro de Luna.

Aparte del lienzo de Rodríguez de Losada, hubo otro pintor del siglo XIX que había abordado con anterioridad la ejecución de quien había sido el valido del rey Juan II de Castilla. Se trata de El entierro del condestable don Álvaro de Luna, del pintor madrileño Eduardo Cano de la Peña (1823-1897), obra que se encuentra expuesta en el Museo del Prado.

A Eduardo Cano se le concedió la medalla de oro por este cuadro en la Exposición Nacional de 1857, tras haberla ganado también en el año anterior con su lienzo Cristóbal Colón en el convento de la Rábida. Estos dos premios nos indican que nos encontramos ante uno de los grandes pintores historicistas españoles del siglo XIX.

Esta obra, con claros predominios de los tonos ocres y de grandes dimensiones, carece del enorme dramatismo que mostraba la de Rodríguez de Losada, puesto que, en este segundo, el autor caso se centraba en la recogida de limosnas por los frailes franciscanos para dar sepultura en Valladolid a quien se le considera como el personaje más significativo en la Corona de Castilla de la primera mitad del siglo XV.

AURELIANO SÁINZ

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