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11 sept. 2014

  • 11.9.14
Esta Estatua, este Retrato, esta Estampa, y estas remembranzas, llega llena de supuestos y alguna razón adornada de verdades, aunque, igual, son supuestas verdades también, o un algo lírico que sólo sabemos ver los poetas, discernir los escribidores, los alucinados entreveores sacándole al lápiz la clarividencia de las conjeturas, las hipótesis, los atributos infundados y sus fingimientos, sin más cual que llenar una hoja de papel, o una hoja de aire: esa fantasía por donde vuelan, revuelan y vuelven a volar, los tiernos y dulces pajarillos de las aporreaduras, con chichón, con lobino, y otras cuantas metáforas más.

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Es así, y en tanto, que al lector le pido su poca de comprensión, y al retratado, su mucha de alma para quedar bien en esta historia fingida, aunque lo fingido, lleve forma de intuición, lucidez y discernimiento, o su amorfa enajenación, esa que corta venas, aunque nunca se vea su sangre. Porque, en el fondo, todo lo que se cuenta aquí, por un lado, es verdadera verdad de la buena, y por otro lado, verdad poética, esa palabrería sujeta a la sujeción de la lírica que exhibe y plasma en metáfora los hechos cantados por el poeta Antonio Moreno Aguilar: “El poeta del Altozano”.

A Antonio Moreno Aguilar, el porcunés de las bellas y sentidas y comprometidas palabras, el verso social, cuando no rememorativo, y la rima hernandiana, hay que buscarlo en sus poesías, que son como radiografías médicas, o pulsos de microscopio, donde el poeta nos muestra un poco de su autobiografía en sus palabras precisas, y eso que le debemos, y en las palabras señaladoras, y también en las palabras doloridas, con su miguita de versos festivos, cuando en lo festivo tocaban sus rimas.

Indagar, lupa en mano, como si de un Sherlock Holmes de opereta o de callejuela con bombillas fuera yo, y me tratara y me retratara en las mías palabras para encontrarle a cada verso de Antonio Moreno Aguilar las notas escondidas de su memoria, las secuencias de sus pasos por estas calles de Porcuna y por aquellas otras calles del mundo, por donde su ser vivió en su esencia campesina y lírica, vistiéndose con las precisas necesidades.

Lupa en mano va el poeta que estampa esta Estatua tan desconocida y tan necesaria de conocer, por ver de encontrar a ese otro poeta porcunero perdido entre tantas palabras, como en tantas otras palabras encontrado, en tantas palabras vestido y desvestido en tantas, como río desbordado acabado en rimas por donde navega su autobiografía perfilando en el tiempo, en sus muchos tiempos, sus esencias vitales, pues, nace toda su poesía, o al menos su toda poesía publicada, o la que hasta mí ha llegado, del innato templo de las remembranzas, y de los atines sociales, por donde vuelan los libres pajarillos de su cabeza, los aleluyas de su conciencia, y esas tres o cuatro semillas que Porcuna le dejó en sus pocos años natales, porcuneros y esenciales, para derramárnoslo como si grano de trigo o polvo de paja, dejado sobre un campo de segaduras, se tratara, bajo un sol de justicia dando todas las horas de la tierra y todas las luces de las hoces.

Derramado como un mar de espigas y aceitunas cayendo a las telas de los fardos blancos, vara en mano haciendo temblar las hojarascas, dejando por el aire de las cosas trabajadas una sensación de crías vegetales que, a su paso por las almazaras, secuencian ríos verdes y amarillos, densos, olorosos de campos vareados y tintes naturales, y melodías que manchan las manos, como manchan las rimas el alma del poeta, hasta volverla traslúcida como alma apunto de resucitar.

En esta tarde del mes de septiembre, en que Porcuna echa el cierre a su Feria real y abre la calma o algarabía de sus bendiciones patronales. En esta hora de la tarde del mes de septiembre en la que el sol se ha vuelto frío de repente, y hay una ceniza de otoño derritiéndose sobre unas tierras lejanas iniciáticas, lanzando desde todos los Polos los principios de las tiriteras y el encendido de los braseros, con nubes que van y vienen provocando extraños nublados que entran por el ventanal de mi casa, a cuya luz se eleva una palmera haciendo de cortina, dibujando un desierto extraño, datilero y encerrado, leo la poesía de Antonio Moreno Aguilar para encontrarlo y encontrarnos; buscador yo de las palabras que me den pistas y me lo hagan palpable, habitado, colorido, en esta hora en que es placer de otoño leer poesía- la poesía, como toda la literatura, es placer de otoño- mientras músicas antiguas de violines y violonchelos suenan y sueñan lánguidas y armoniosas para adentrarme en las palabras del poeta porcunés, que escribe, como yo, desde la distancia, el recuerdo, la nostalgia, y ese halo y hado de melancolía del que quiso volver y ya no pudo, del que quiere volver y aún va buscando los posibles de las incógnitas bajo un olivo en sombra y un aroma de Saint-Saëns disfrazándose de extraña felicidad, que no deja de ser felicidad calma y musical.

Dos nostálgicos encontrados, de poeta a poeta, en el siempre encuentro de los versos. Dos almas hermanas, dos voces gemelas que se recuerdan, por el paso quedo y armonioso de las rimas, que a veces son lágrimas, y a veces suspiros que van a dar en una boca besada. Dos conspiradores dibujándole a la tarde sus perfiles oscuros y sus sombras tras los cristales. Dos rapsodas sin más música que un fondo de violines y violonchelos enfrentados entre las contrariedades armónicas de sus cuerdas, tan distintas, tan distantes, tan pasado.

En el juego de café del tú y yo de la rima vamos juntos, compañero, intentando encontrar la elegía que te salve, el romance que nos vista y que nos salve a los dos, o este pequeño encuentro de los líricos sentimientos encontrados y disfrutados también en el decir de unos versos rimados en sus asonancias, como juglares de placetas y rincones, o versificadores del arte mayor, a los que todo se le vuelven romances que no saben entrar en las consonantes, ni en las consonancias.

Antonio Moreno Aguilar, nace en Porcuna un cuatro de mayo de mil novecientos veinte, y por sus versos hace ver, que nació por el Altozano, por las viejas y nobles y agricultoras casas del Altozano:

“Aquel viejo Altozano,
Que soleadas y extensas dimensiones
Abarca con su mano,
Tiene tres corazones:
El cielo, su riqueza y sus canciones”


Muchacho adolescente perdido en el sembrar y en el madurar de los trigales y otros campos de cultivo, a donde dan sus días laborales de joven sin más pretensiones, y pretensiones sagradas, que ganarse el trozo de pan y el cacho de tocino en el sol a sol aquel de los amaneceres encontrándose con sus noches, donde, a la luna de los sembrados escribe sus primeros versos en el cuaderno de su cabeza y en lo profundo de su alma- esas dos incógnitas- aquellos primeros versos de enamorado que da en el ardor giratorio de la noria, el amor de su novia primera:

“Allí tengo mi novia
Bordando iniciales de alegría,
Y en la constante noria
De su melancolía
Rueda que rueda mi propia lejanía”


Por los campos de Porcuna, el muchachillo Antonio, laborando en el laboreo de los jornales y sus primeras lecturas, y uno, suponiendo la escena, como suponiéndolo todo lo que haya que suponer, lo siente en la tierra como un cuerpo de negro perdido entre los algodonales, queriendo vestirse de pompones blancos para encontrarle a la tragedia su asombro de flor, como un indio perdido entre los maizales, queriendo, con el maíz, tocar las maracas y cantar un “Lágrimas negras” cubano, con un solo de trompeta tocado por el negro Aníbal Ávila. El muchacho Antonio, perdido entre los tornasoles de las pipas y escribiendo sus primeros versos en la extraña y volátil libreta de la memoria, con sus invisibles y claros aceites de las semillas.

Uno, como poeta, como poetas unos los dos, el Antonio y yo, puede imaginar aquellos versos perdidos, los que se quedaron escritos, suspensos y sorprendidos en el aire por falta de papel y por falta de lapicero: versos que huyeron de su memoria para ser versos de la melancolía, porque, la memoria, a veces, muchas veces, es traicionera, y lo que parece sereno, seguro y sagrado, retenido en ella, a la vuelta de la esquina de los campos cultivadores, se da la secuencia y la consecuencia del todo perdido, del todo olvidado, y cuando intentas volver al atrás de los versos pensados, de las pensadas escenas, te encuentras con cuatro palabras sueltas que ya no sabes ni puedes engarzar, ni en el hilo del coser, ni en el hilo de la seda, ni en el hilo del oro:

“Rincón de mis amores
Hecho de golondrinas y trigales,
De olivos y de flores;
Son estos madrigales
Besos a tus auroras y a tus lares”


En las clases nocturnas de los maestros de escuela, don José Jalón, aquel maestro trajeado, austero, enseñante y tan querido, acogiendo a aquel aprendiz de poeta al que la poesía se le quedaba suspendida como una nube de verano sin poder llegar a las lluvias ni a las palabras escritas:

-Don José, si usted pudiera… Es que yo ando perdido entre los versos inventados, que son versos olvidados, y si usted me ayudara a deletrear por el papel las palabras escritas, y las palabras escritas me enseñara. Dibujar sobre el papel de las rayas los versos que se me vienen a la cabeza y que se me olvidan siempre, porque uno no puede retener tanta palabra y tan poca memoria, y así poderlas poner sobre el papel de los escribidores…

“Por todos los caminos retornaban
Cansinos y patéticos los hombres,
Y el ábrego mecía
Perfumes de sudor y de canciones”


Deletreando las letras nuevas, las que don José Jalón le iba enseñando a contemplar en las cartillas de los libros y en los panfletos políticos de las esquinas, a Antonio se le iban apareciendo los poetas, y en los versos de los poetas se le venían las otras magias: las magias de los poemas dados por escrito, mientras las sombras de cal de las paredes del Altozano se le quedaban pegadas a la camisa de sus espaldas, confundiendo blancos y rimas aprendidas, a la vez, que, los viajeros de la calle, con los borricos llenos de aguaderas y perrillos de cuadra, llevando ovejas detrás balando el son de sus lanas, se le quedaban mirando al muchacho aquel que recitaba los versos ajenos en voz alta como si todo fueran silencios a su alrededor, a la vez que, entre trigo y trigo, y entre luna y luna, pespunteaba sobre los blancos de los cuadernos sus creaciones de espuma:

“Machado, fértil polen,
Deja que mi evocación arbole
Tu bandera, condición y casa,
Para en ti, ser feliz, gloria de España,
Poeta, sol veraz de toda prole”


Como, en todo esto de las suposiciones, que igual pueden ser suposiciones verdaderas y lo son ¡qué remedio!, que de tanto suponer, a uno se le agrietan los dedos de la conciencia para ir creando, del ayer del poeta del Altozano, la pequeña estela por donde iba su vida, sus trabajos, su poesía y su política, las delicadas flores de los almendros de los ojos tienden siempre a ayudar al que intenta conocer de lo oscuro, sus misterios y sus verdades, y ese aroma de leyenda cabalgando siempre en su sonido de potro.

Adolescente niño metido en pantalones de hombre por los campos porcuneros de las labranzas, Antonio, lucía por el año de 1936 su carné de afiliado a las Juventudes comunistas: ese nuevo intento político nacido de los adioses rebeldes socialistas, para abrir nombres nuevos.

Por la Casa del pueblo, Antonio Moreno Aguilar, escuchando de los políticos viejos del lugar los presentimientos de los malos tiempos que se avecinaban, en sus dieciséis años de adolescente con novia a la que cada noche esperaba al aura sin luz de su ventana, adivinando las adivinanzas de su belleza morena, para entregarle sus jazmines, sus arco iris de lluvia y unas cuantas rimas que le declaraban su amor eterno, como se declaraban antiguamente los amores para siempre, mientras las negras rejas de la ventana separaban los besos, entregándose las manos:

“¿Te acuerdas de la tarde nueva
Que enlazó nuestros nombres?
Era junio y los campos
Ardían de numéricos valores.


De tanto leer a Miguel Hernández, a Antonio Moreno Aguilar, la copla se le va tornando hernandiana, e iba del amor a la cebolla y a la elegía, en sus métricas, en sus imágenes, en sus músicas y en sus contenidos. Leyendo la poesía de Antonio Moreno Aguilar, el poeta que esta Estatua escribe y describe, tiene secuencias, sentencias, destinos y armonías hernandinas, signos de sus métricas, sombras de sus rimas, algarabías líricas de sus penas y de sus alegrías y de sus cosas naturales, perfecta elección sus palabras buscadas en el diccionario interior de los poetas atinados y de nacimiento, los que nacen con unas otras palabras distintas para crear la aureola sagrada y mítica del verso: un todo hernandiano que en el poeta de Porcuna alumbra el camino deseado. Su comunión con el poeta de Orihuela es perfecta, y este Miguel Hernández de Porcuna es lira y es silbo, y vientos del pueblo y soneto del esposo soldado, comprometidos y palidecientes, como, con el tiempo y lo que el tiempo trujo después del 1939, a Antonio, se le acercan los otros poetas de sus otras poesías y de sus otros desgarros, quizá también de sus endiosadas esperanzas para la creación del hombre nuevo cantando, como dice el poema, en las llamadas poesías sociales, ambivalentes, valientes y violentas, escondidas y alegres como un allegro de orquesta de los poetas sociales: Blas de Otero, Gabriel Celaya, León Felipe, y el siempre presente Miguel Hernández, aromatizados todos por el elixir social de Antonio Machado:

“En mi poesía cabe
Toda la humana cosecha,
Y el saber del que no sabe.

El que sienta goce o lumbre,
Que dé su fiesta a mi fiesta
O venga a mí y que me alumbre”


Antonio Moreno Aguilar escribió su autobiografía en una sola página de treinta y tantos renglones, para nada torcidos, sino esclarecedores, lucidos y armoniosos. ¡Para qué más!, si con una esa sola página es más que suficiente para crear una vida, para su vida crear:

“Apegado al labrantío de la tierra- mis obligaciones- y en mis limitados recursos económicos, sé, también temprano, del sudor con que se hace florecer la vida y de la victoria que ese sudor supone sobre el pan que se come el hombre”

Antonio Moreno Aguilar juega a ser poeta como no se puede jugar a ser hombre, hombre desde tan temprana edad, como eran los hombres de antaño, la edad aún de los pantalones cortos y con tirantes pasándole por los hombros cruzándose en las espaldas, pero, al poeta labrador le estalló en las manos la cruel y vengativa granada de la Guerra civil, y ya fueron sus dientes los que crujían en los versos más amargos, y de su poesía nace la incomprensión hacia lo que va pasando: su Altozano, el Altozano de su novia y de sus rimas es un enfrentamiento de vecinos que han dejado de hablarse, de la noche a la mañana, y el poeta presiente que por las ventanas asoman todas las pistolas del mundo, y todos los odios expresados en los ojos, y todos los carnívoros cuchillos del poeta pastor alicantino de las cabras.

Es, cuando su poesía se le vuelve amarga como el mal vino echado a perder en mal barril. Suda su poesía el sudor de las sangres, mientras las moscas le van señalando los aromas de los cadáveres, a la vez que el amor se le vuelve amor amargo, y amor con más reja, sintiendo como en las sus dos manos enamoradas, se le oxidan los anillos de alambre marcándole un destino que no estaba escrito en las profecías de sus diarios:

“Cuando la espada y el látigo acosan,
Los peligros del miedo se hermetizan.
Las carnes tiemblan.
En la vida se hace de noche”


A Antonio Moreno Aguilar, el poeta del Altozano, el labrador de los trigos, las rimas y la novia soleada y morena tras la reja de la ventana, la vida se le hizo noche, como se le hizo eterna esa agonía de las bombas y los fusilamientos vistos a través de los ojos de un muchacho adolescente cargando a cuestas responsabilidades imposibles de sostener, y sentencias que no cabían en sus humanos ojos de niño que sólo aspiraba al sol y al verso.

El poeta este que soy yo ahora, supone- ya quedó y queda dicho que esta Estatua está hecha suposiciones que son verdades, y hasta verdades absolutas- que Antonio Moreno Aguilar hizo la guerra aún apenas teniendo, de los años, temple y valor para tener y sostener un fusil entre sus manos, acostumbradas al azadón, a la hoz despolitizada y al lapicero de madera mojado en saliva para escribir sus rimas. Pero, suponga bien o suponga mal, de si el poeta estuvo en guerra, y si lo estuvo, evidentemente, lo hizo en el Frente popular y otros republicanismos adheridos, lo que sí es cierto, sin suposiciones algunas, es que, Antonio Moreno Aguilar paso por un campo de concentración: el campo de concentración de Torremolinos:

“En mayo del treinta y nueve,
Época de violación.
En Torremolinos, Málaga:
Campo de concentración”


De lo habido o por haber en aquel campo de concentración que el poeta sufrió en sus carnes y en todas las carnes ajenas que eran carnes familiares, o andaba sufriendo el poeta por aquel año de la Victoria de 1939, poco o nada se sabe, y lo que se supiera quedó guardado en el poeta, o contado a otras gentes que ya no eran las gentes de Porcuna, aunque, en el fondo se sepa todo, porque forma todo parte de la misma historia carcelaria de aquellos malos tiempos derrotados, que, de una cárcel a otra, y de un campo hacia otro campo, dos pasos de ignominia, de silencio: los maltratos del martirio: el martirio de los mártires sin Plaza ni calle que los nombrara.

En el campo de concentración de Torremolinos, el poeta del Altozano, recibe carta de su íntimo amigo Gabriel, y escribe su escalofriante poema titulado “La Carta”:

“Me ha escrito Gabriel desde la cárcel,
Y me ha contado
Que la muerte espera…”


Como, más tarde, recibe la carta que le notifica la muerte de su amigo íntimo, Nicolás Padilla, no se sabe si de Porcuna, y lo dice en versos que tanto recuerdan a los dolorosos versos para el torero muerto, escritos por Federico García Lorca:

“Mi reloj se ha parado esta tarde a las cuatro.
A las cuatro tocaban las campanas su Ángelus,
Y cuatro mensajeros con el llanto en los ojos
Me entregaron tu nombre en un sobre de luto”


El despertar del poeta en la muerte de los amigos lo entenebrecen para escribir sus más amargos versos, los nunca queridos escribir, siguiendo la estela de los grandes versos trágicos que son los versos que mejor supieron captar y versar y sentir e historiar aquella matanza de hermanos, que, no más ayer, se daban la mano al amanecer, se daban sudor y trigo por los campos de Porcuna, y en las tabernas de las esquinas de las calles sembraban de vino y cante la armonía de los rostros amigos. Un derrumbe de piedras se le vino encima al poeta con tanta muerte, y muchas veces, quisiera haber sido él el muerto, para compensar ese dolor amigo, o morir así, como un lirio de agua mirándose en un charco que se va secando poco a poco, con tal de no recibir esos sobres de luto con aquellas funerarias dentro:

“En ti sucumbe la infancia
Inocente y sin remedio”


Por la poesía de Antonio Moreno Aguilar se escapaban los gritos y se escapaban las hambres y las flores marchitándose tras tres años de sequías, aunque ya las hambres no fueran las hambres sentidas, sino las otras cosas de la humillación, sus otras sentencias, esa especie de sombra o de nublado que se le aparecía al poeta para sembrarlo en otros campos donde las espigas de los trigos fueron sustituidas por los barrotes de hierro, y las picaduras de las avispas por los látigos sobre los cuerpos.
Diecinueve años cumplió el poeta por aquel campo de concentración de Torremolinos, y las imaginarias velas de su tarta de cumpleaños le dibujaron altares con Vírgenes extrañas donde los cirios derramaban sus lágrimas blancas, transparentes, que quedaban agarradas a la piel azul sulfatada como eccemas santos levitadores. A las horas aquellas del encierro, el mar azul le entregaba olas y pececitos de plata, que se le volvían, en sus manos y en sus delirios líricos de poeta adolescente entre rejas, suspiros de sirenas que lo llamaban para en las tardes del mar morir siendo amado en un beso, o en medusas fosforescentes que picaban sus carnes transparentando el espíritu de sus versos para darle la extremaunción.

Salido del campo de concentración de Torremolinos, andando caminos como desandando fraguas y ruinas por todos los lugares de sus caminos, Manuel Moreno Aguilar retorna a Porcuna, en no se sabe cuantos días y cuantas noches y cuanto campos sembrados de olores putrefactos y de cosechas sin recolectar, el poeta recorrió el camino de vuelta doliéndole en los pies hasta llegar a su pueblo del alma donde todo era dolor y casas destruidas, y calles levantadas y odios en las miradas, y acechamientos tras las esquinas de los ojos y de los pasos. Pero, poco duraría el poeta en Porcuna y su vuelta fue un camino de ida y vuelta que lo alejó de Porcuna por tantos años que no caben en la contabilidad de los calendarios:

“De mi querida Porcuna, de mi tierra de espigas y olivos, sin pan y sin paz, he de emigrar azotado por una represión sin tregua y sin medida- un español más entre tantos- para buscar en otros lares lo que en el mío se me niega”

Camino y manta montado en aquellos trenecillos de madera de los emigrantes, de los exiliados de interior buscando por las capitales, también derruidas y hambrientas, pero esperanzadas, el hogar para sus manos, para sus días y para sus líricas. Un mirar al frente del poeta, sin volver la vista atrás para no sentir lo que se iba dejando atrás: unos padres, unos hermanos, unos amigos, un todo bautizado en sus calles y en sus hábitos, y a aquel abuelo que era su amor primero y su ojito derecho:

“Mis padres, mis hermanos
Y amigos, imán de mi existencia,
Y un encorvado anciano
Que mide la experiencia,
Amigo y consejero de mi ciencia”


Mediterráneo arriba hasta llegar a Cataluña:

“En esta generosa Cataluña encuentro lo que busco: el trabajo, medio honorable y reivindicativo del hombre”

Porcunés en la Cataluña de las oportunidades laborales, y donde su presencia no fuera presencia sino esencia y un pasar sin ser mirado ni señalado. Hombre de campo sin más boina que la boina del sentimiento, y la del pensamiento quizá, con un hatillo con cuatro trapos, un cuaderno y un lapicero que se le va acabando entre las manos de tanto sacarle navaja. Rotos los zapatos y el alma rota como un santo de pobre devoción, que no encuentra compasión, y sí sufrimiento tanto, y mientras tanto, esperanzado.
Detrás se le quedan los olivos, los trigales y las fuentes del agua de los caminos de piedra, pero tiene veintipocos años y, a pesar de todo, aún cree en los días venideros, y aún sabe dibujar por las paredes de los azules las alegres rosas de los días esperanzados.

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De aquí para allá demandando oficios y añorando campos, y a aquella novia del Altozano que se quedó tras una reja de hierro donde ya las macetas sólo daban flores marchitas, cuando no, flores antiguas, y un anhelo de claveles dibujando los adoquines levantados por donde aparecían los tesoros, como también aparecían los huesos:

“¿Te acuerdas de la tarde nueva
Que enlazó nuestros nombres…?”

El poeta se establece en el Hospitalet de Llobregat de los negocios, ubicado por algunas de sus superpobladas y superdotadas barriadas de obreros inmigrantes: Pubillas Casas, Can Serra, La Florida: el triángulo de inmigrantes de los sures de España hecho de chavolas de tablas, latas, pajas y trapos, en calles de barro sin luces y sin aguas, que, con el tiempo y los muchos años de trabajos, y los muchos ahorros, dieron en populosos, habitados y habilitados barrios obreros por donde se mezclaban todos los acentos que se encontraron en los trenes caminadores de la inmigración: andaluces, extremeños, castellanos de Castilla la Mancha, y murcianos, que crearon una especie de algarabía de gentes confundidas con el futuro, que, dejando atrás o de lado, el amargo sabor del cáliz de la derrota y la desesperación, pusieron en sus manos y en sus esperanzas y en sus trabajos, la labrantía de un futuro mejorado, cuando no un instante nuevo, donde poder olvidar el pasado y construir un después del día de mañana, con los estómagos llenos y las alforjas de los recuerdos hirviendo soñadoras.

En Hospitalet de Llobregat, Antonio Moreno Aguilar, pudo trabajar en todo, en el campo, en la albañilearía, que tanto había por reconstruir, pero, al final dio con sus manos en una fábrica- posiblemente la Seat-, pero añorando siempre sus campos de Porcuna, pues, en el fondo, el poeta agrícola, poeta agrícola se sentía: nostalgia enfermiza de sus nunca olvidados campos:

“No quisiera ser de máquinas:
Quisiera ser de trigales”


No sabemos, si Antonio Moreno Aguilar fundó familia por Hospitalet de Llobregat, o si fundó ilusiones o forjas de cemento; lo que sí sabemos es que fundó poesía y vigilias permanentes; que sabía de sementeras aunque diera en maquinarias, y que tuvo huerto que le hacía recordar los huertos de la Galga, y quizá un amor al que diera sus versos más enternecidos, o una musa de oro que le vistió de dorados y de lazos sus versos, aunque ya, prácticamente todos sus versos dieron en poesía social, que no cuadraban con los malos tiempos de las cursilerías floridas y literarias del gerifalte de antaño , y que pretendían abrir ventanas para que entraran los vientos frescos y libres que soplaban viniendo desde los montes Pirineos.

Que hizo viajes a Francia para descubrirle a su exilio la libertad y los adelantos de los países libres y que, posiblemente, como hacían todos los porcuneros que un día abandonaron Porcuna por las mil culpas de los destinos, para conquistar las tierras de los trabajos y las oportunidades, volvía a Porcuna cada año para pasar sus temporadillas de verano con los padres, que ya se iban volviendo abuelos, con aquel abuelo que era su ciencia, y también su conciencia, y que se le iba muriendo poco a poco, y con aquellos amigos dejados atrás a los que se les estaban volviendo las cabezas canas, cuando no calvas, y los gestos agrios y ceñudos, y las sonrisas como no queriéndoles sonreír, y quizá ver a aquella novia primera, la que lo esperaba siempre tras la reja de una ventana para entregarle al poeta la rosa de sus ojos, entregándole el poeta, el clavel de su poesía.

En los años de la dictadura, clandestino como un soplo de voz que se guarda en el alma, y en el alma aguarda para ser lanzado en grito cuando llegara el tiempo de gritarlo, Antonio Moreno Aguilar se afilia al PSUC, y clandestino, tembloroso como una caña de arroyo que mece y moldea el viento dando en la humedad vaporosa de las aguas, Antonio Moreno Aguilar, organiza en el PSUC los futuros nuevos tiempos, los que, irremediablemente habrían de venir, más tarde o más temprano; aún es joven, en aquellos mediados años sesenta, aunque ya su cara parezca cara vieja sacada de una foto de cortijo, y las entradas de su frente le dibujen los mapas de los tantos años vividos tan intensamente.

Por las populosas y rojas barriadas obreras de Pubillas Casas, La Florida y Can Serra, donde la clandestinidad comunista tenía sus lugares de reunión, nuestro poeta del Altozano conoce a los también poetas obreros, Antonio Adamuz, natural de Granada, Diego Bautista Prieto, de Jimena de la Frontera (Cádiz), Ana Carmona Sumner, natural de México D.F, Arturo Miguel Castillo Jiménez, de Madrid y Juan Núñez, de Tarragona, los cinco, obreros de la fabrica de la Seat, y los seis afiliados en la clandestinidad al Partido Comunista en sus versión catalana, y los seis poetas que habían dado en la poesía social. Casualidades de los destinos de los poetas, se encontraron los seis, en algún día de algún año, recitando versos a la serena luz de un bosque con bancos, o una taberna con vinos, o un hogar de la cultura barrial y obrera, que daba en cosa festiva, cuando daba en otras cosas más, casi todas prohibidas; se dijeron sus nombres, se nombraron sus poesías, y se hicieron poetas amigos como una sensación y estampa similar a la de los después Poetas Otilinos de Porcuna, más allá de los mares de interior.

Juntos los seis poetas obreros formaron ORTO: GRUPO DE POESÍA, siendo apadrinados por el escritor Manuel Vázquez Montalbán, que andaba también en la clandestinidad de las reuniones comunistas, y viendo la valía de estos seis poetas que bebían de la poesía unánime de Blas de otero, Gabriel Celaya y León Felipe, y guiándolo todo, los versos de Miguel Hernández, como quedó dicho antes, con pequeñas mímicas, mimetismos y hermosuras sin tiempo del versar sentimental y austero de Antonio Machado, que también se dijo, los animó a que se unieran en un libro, ya entrando la democracia en sus primeros suspiros y en sus prístinas libertades, que él se encargaría de hacer circular y dar a conocer en los locales poéticos de Cataluña, libro que, cuando fue editado, Manuel Vázquez Montalbán hizo varios artículos periodísticos alabando a estos poetas y sus formas de entender la poesía.

En la sede del PSUC de Hospitalet de Llobregat, ya inauguradas las sesiones de las democráticas Cortes españolas, sin más bigotes ni gafas negras que las que nombraban, mostraban y mentaban, como de pasada, los libros de historia contemporánea, y algún recuerdo del NODO divulgado aún por la memoria de los ojos, se sucedieron las reuniones y se escenificaron los recitales poéticos entre Manuel Vázquez Montalbán, que hizo un prólogo para una otra edición del libro, y los seis poetas del grupo ORTO, que llegaban allí generosos y acobardados con sus poemas debajo del brazo para que el maestro les diera su apropiación a través de la palabra recitada.
Manuel Vázquez Montalbán quedó sorprendido de esa extraña y extrema calidad de estos seis poetas obreros de la Seat, que, entre coche y coche se las apañaban para diseñar pasamanerías de palabras y encajes de rimas que hablaban de algo innato, del don ese de la poesía que no se sabe de donde nace, de donde viene, ni a qué nace ni a qué viene, si no es a levantar corazones, pero que estaba ahí, reivindicándose como el fuego y el juego del versar, de aquellos extraños juglares con callos en las manos y caras de caseros de cortijo, como analfabetos de los siglos medievales, aquellos que, auspiciados por la sapiencia de la memoria trovadora de la poesía, sencilla y hermosísima, pasaba a ser recitada en las plazas de los pueblos de piedra, por un trozo de pan y un trozo de queso, quizá por un beso de dama enamorada mirando desde su tocado, o un mal consejo de alcaides, alguaciles y serenos sonando llaves de hierro y alumbrando candiles de aceite.

Con portada de Juan Bautista Gómez, el libro salió a la calle y a la venta, en su primera edición, en el mes de marzo de 1979, impreso por Monreal S. L, en el número 253 de la calle Diagonal de Barcelona-13, y, el mismo se reimprimió en varias ocasiones más. La calidad de los poemas que componen las 229 páginas de esta antología es asombrosa en su cosa innata, en su voz clásica , conseguida y bella, y en su esencia de la lectura desgarrada de los poetas de la guerra, la postguerra y el realismo social, tan bien asimiladas. Seis novísimos que, en el año de la primera edición del libro, ya andaban entre los cuarenta y cinco y los sesenta y dos años; poetas tardíos, no siendo su tardanza la tardanza del descubrir la poesía, que ya tenían la poesía desde sus nacimientos, sino en la tardanza y la imposibilidad del nuevo modernismo lírico de los llamados novísimos con solera, los encumbrados de verdad, para poder publicar sus poemas, y publicados al fin, aún tan tardíos, bajo el agradecido esfuerzo siempre del Manuel Vázquez Montalbán, ya dicho antes.

El poeta del altozano, el obrero de la fábrica de la Seat, posiblemente, colaboraba en esta antología de los poetas obreros del GRUPO ORTO, con una treintena de poemas, de los que, uno de ellos está dedicado a Porcuna, titulado “LUGAR (A Porcuna, mi patria chica), que sorprende por su belleza y su calidad estética y métrica, muchas veces sublime en algunos de sus versos, donde la imagen simbolista y el quejío hondo venido del recuerdo, la añoranza y el bien versar, se amalgama en una lírica y una música, que de los versos brotan, hasta crear un poema cerrado y perfecto, dando a ver, que a Antonio Moreno Aguilar, la poesía le nació en la sangre con la sangre misma, la que no entiende de universidades, y que, fuera cual fuera su destino, el don de la poesía lo llevaba dentro, como dentro llevaba los signos de identidad, y la esencia de los jardines, y el sonar de las fuentes, y los trinos de las aves cantoras.

Se sabe, que el doce de octubre de 1979, Antonio Moreno Aguilar estuvo en la sede del PCE de Porcuna, allá por el Llanete Padilla, y que tuvo varias entrevistas con Francisco González Moreno,”Pamblanco” quizá familiar suyo, que ya andaba por Porcuna reorganizando su Partido comunista, y en cuya sede dejó un libro dedicado con la siguiente dedicatoria, escrita con esa clara, elegante, alargada caligrafía con que, don José Jalón enseñaba a dibujar las palabras a sus pelones alumnos de los campos:

“Compañeros comunistas de mi pueblo de Porcuna, al todos por la cultura, es el lema de l Grupo Orto de Poesía, con él y con nuestro libro, os enviamos un gran abrazo. Vuestro paisano: Antonio Moreno Aguilar. Porcuna 12-10-1979”

Que durante esta visita, que se supone fue la última visita a Porcuna de Antonio Moreno Aguilar, de vez en cuando visitaba la sede del PCE del Llanete Padilla, para hablar, conversar y poner en verea a las Juventudes comunistas de Porcuna. También se sabe que en la sede del PCE, Antonio Moreno Aguilar improvisó varios recitales poéticos y regaló varios libros firmados y dedicados. Se sabe que se llevó un cariño extremo de las Juventudes comunistas, de esos diez o doce adolescentes que cada noche se juntaban en la sede del PCE para hablar de política y preparar el futuro municipal del Partido, y donde de vez en cuando se organizaba alguna fiestecilla con tocadiscos y cervezas, y en algún Fin de año, una despedida del año con los puños alzados, besos por los escondrijos, y sesiones de espiritismo.

También se sabe que, durante este supuesto último año de visitas en Porcuna, Antonio Moreno Aguilar, tuvo varios almuerzos y varias cenas en la casa de Francisco González Moreno, por la calle Las Hermosas, donde acudían varios de los más destacados miembros del PCE local, y donde la mujer de Francisco, les preparaba platos de la delicada cocina francesa, sentados los comensales en el porche afrancesado que daba al patio-jardín adornado con macetas de geranios, rosales y jazmineros, como se sabe que, Antonio Moreno Aguilar, regaló a Francisco varios libros sobre la historia del PSUC, y que, Francisco regaló a Antonio varios libros con la historia del PCF editados en París; que también, Antonio, regaló a Francisco un llavero de plata de la Seat, donde Francisco llevaba las llaves de la sede del PCE por el Llanete Padilla, y que Francisco regaló a Antonio el abrazo más fuerte del mundo, recordando y recordándose en aquellos encuentros, de aquellos años de la República, de cuando eran jovencillos, y por la Casa del pueblo, los Montilla y los Barrera proclamaban las virtudes socialistas, cuando ellos, ya estaban en otras virtudes, en otras aventuras, en otras rebeldías y en otras líricas.

De poeta a poeta, Antonio: ¿Por qué maldito demonio, o ángel con cuatro brumas, dimos nosotros en plumas teniendo manos tan ásperas?, en callos de remolachas, o en callos de aceitunas. Dolor o amor sin hechuras, si no es el verso en la boca, de esta retahíla loca de hacer del mundo una flor, o un cardo sin sus espinas, también flor, aunque dañina, si es flor de salvar el hambre, que en el versar del alambre cantan los versos sus negros. Antonio Moreno, poeta del Altozano, se nos fue tu larga mano a los trigos y a las eras, y vino cargada de estrellas para crear la poesía. Pastor de las almas pías clementísimas del verso, pongo tu nombre al acecho de la salve porcunera, para hacerle a la quimera sus dos o tres zancadillas, por donde tu nombre brilla lleno de rimas y danzas. Cantor de las añoranzas y de los hombres con penas, en el ¡ay! de las cadenas y en el hoy de los suspiros. Poeta de los abriros y de las carnes sin rocas. Cantor de las almas locas y de las almas serenas. Poeta de las almenas derribadas por los pueblos. Constructor de los anhelos de los poemas sociales. Tu voz se viste de sales para un futuro de azúcar, donde maduren los nuncas su atroz carencia de ensueño. Poeta del palo y del yerro, de la flor y la nostalgia. Poeta de la constancia y el versar apasionado. Seguro que a tu costado le nacen rimas y ortigas, palabras de las nacidas por las bocas de los hombres cantadas por un sinnombre digno de amor y trabajo: campanilla sin badajo sonando alas y ciervos, tu versar es un incienso llenando plazas y bocas. La dignidad con que tocas las proclamas de los hombres, la salud con que respondes a la lira y la guitarra. La bondad de tus hazañas dejadas en versos simples y en rimas de majestad. Por tus versos se me van los cantares más antiguos, el aroma de los lirios, el cantar de sus juglares y el lance de los estetas. Trovador para la tierra y las manos que la labran; poeta de la añoranza y las lumbres hernandianas, en la diana que cubre tu versadora presencia, clava sus dardos la ciencia, y en la luz de tu conciencia, abren su pan las espigas.

ALFREDO GONZÁLEZ CALLADO

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