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ANDALUCÍA CON UCRANIA

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
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19 jun 2022

  • 19.6.22
De entrada, tengo que confesar que soy un gran aficionado a los cuentos: a los cuentos para mayores, puesto que cuando utilizamos la palabra ‘cuento’ acuden a nuestra mente aquellos que nos narraron en nuestra infancia, los que contemplábamos por entonces en algunos tebeos, los que veíamos en la televisión o, quizás, los que leíamos durante los años en los que la fantasía formaba parte fundamental de nuestro mundo.


En esa pasión lectora de adulto, me gustaría indicar, por ejemplo, que, aparte de mis admirados Mario Benedetti o José María Merino, me he leído casi con devoción los cerca mil cuentos que nos legó el gran escritor ruso Antón P. Chéjov y que, por suerte, fueron magníficamente traducidos a nuestra lengua y editados en nuestro país en cuatro gruesos volúmenes por la editorial Páginas de Espuma.

Sin embargo, en esta ocasión quisiera referirme a un tipo de cuento que me he atrevido a llamarlos ‘infinitesimales’ por su extrema brevedad. Y con ello los quiero diferenciar de los denominados microrrelatos, cuentos cortos e, incluso, cuentos ínfimos, que son otras denominaciones que se les da a los muy breves.

Ante la pregunta que podría flotar en el aire acerca de las razones por las cuales traigo este tema, apunto a dos razones. La primera, que un antiguo colaborador de Andalucía Digital, Daniel Guerrero Bonet, acaba de publicar su primer libro de cuentos, que lo ha denominado Cuentos minúsculos que se asoman a realidades sorprendentes, del que tengo que apuntar que lo he encargado, pero que en el momento de escribir estas líneas todavía no lo he recibido. De todos modos, la escritura de Daniel es muy buena, por lo que estoy seguro de que disfrutaré con esos ‘cuentos minúsculos’.

La otra razón está ligada a una experiencia que he tenido no hace mucho. Resulta que un día al terminar la clase, y cuando los alumnos habían vaciado el aula, me encontré sobre una de las mesas una hoja suelta en la que, al lado de esos trazados o garabatos que se suelen hacer para entretenerse un poco, observé que había un breve texto escrito que, perfectamente, lo podría incluir dentro de esos cuentos infinitesimales. Decía así:

He buceado hasta el fondo de mi alma, y no he encontrado nada.

Me quedé sorprendido y pensativo. Guardé la hoja. No recordaba quién había ocupado aquella mesa, si fue un alumno o una alumna. Pero daba igual, porque tampoco se trataba de averiguar quién había sido el autor o la autora de ese brevísimo texto, cargado de poesía o, quizás, de una tenue melancolía. “Bucear hasta el fondo del alma y no encontrar nada”: ¿Qué querían expresar esas pocas palabras? Nunca lo sabré, porque, en todo cuento bien construido, aunque sea infinitesimal, se enuncian irresolubles incógnitas.


Pero si hay un cuento brevísimo, que todos los que lo conocen lo toman por el más corto de los que se hayan escrito, es el que corresponde al escritor de origen guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003). El mismo que se suele citar como ejemplo de máxima concisión, dado que solo contiene siete palabras:

Cuando se despertó, el dinosaurio seguía allí.

Una vez leído, se queda uno pensativo y empieza a preguntarse: ¿Quién se despertó? ¿Él o ella? ¿Qué nombre tenía? ¿Dónde dormía?... De igual modo, y puesto que no dice un dinosaurio sino el dinosaurio, vuelven las interrogantes: ¿Qué tipo de dinosaurio? ¿El dinosaurio era un animal o la imagen fantasmal de alguna pesadilla que torturaba a quien soñaba?

Todo buen cuento, por pequeño que sea, se abre a distintas preguntas e interpretaciones. Muy distinto a lo que acontece con los aforismos, que son breves respuestas, casi sentencias, a los diversos temas que nos planteamos. También de cualquiera de las ideas filosóficas: por ejemplo, cuando René Descartes, queriendo sentirse muy seguro a partir de un pensamiento inequívoco, afirmó con rotundidad: “Pienso, luego existo”. O de las muchas expresiones científicas, como aquella que nos dice que “La energía no se crea ni se destruye, solo se transforma”, ya que solo pueden ser cuestionadas por otras de igual rango.

Tampoco los haikus japoneses podemos considerarlos cuentos infinitesimales, pues son breves composiciones poéticas de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas.

Vuelvo de nuevo a Augusto Monterroso. Pensándolo despacio, ¿realmente, fue ese cuento mínimo el más breve de todos los que se han escrito?

La verdad es que no lo sé. Ni tampoco tengo claro que alguien pueda afirmarlo tajantemente, pues para ello tendría que haberse leído todos los cuentos publicados. Lo que sí puedo decir es que el escritor estadounidense Ernest Hemingway (1899-1961) escribió otro cuento infinitesimal también de siete letras. Es el siguiente:

Se venden zapatos de bebés. Sin estrenar.

Y no se trata solamente de la brevedad a la que he aludido para cruzarnos con un cuento infinitesimal. En el caso Hemingway, la segunda frase nos abre a un conjunto de interrogantes, posiblemente un tanto angustiosos, a los que no podemos dar ninguna respuesta cierta. ¿Por qué se venden esos zapatos? ¿Qué aconteció con el bebé que debía estrenarlos? ¿Por qué los padres han decidido venderlos? No hay soluciones: solo enunciados que acaban en especulaciones en la mente del lector.

Para cerrar esta breve incursión en los relatos cortos, quisiera apuntar que no todo lo que a uno se le pueda pasar por la cabeza lo podríamos considerar como un cuento infinitesimal. Creo que un buen relato brevísimo, al que me he atrevido llamarlo ‘infinitesimal’, junto a su singularidad, al menos debe abrir múltiples interrogantes que siempre quedarán como preguntas incómodas o inquietantes en quienes lo han escuchado o leído.

AURELIANO SÁINZ

12 jun 2022

  • 12.6.22
Me gustaría empezar esta columna rememorando un sencillo y hermoso poema que el poeta guipuzcoano Gabriel Celaya dedicó como homenaje a una de las más nobles profesiones, la del maestro –y, por extensión, a todos los que se dedican con entrega a la enseñanza, en cualquiera de sus niveles–, puesto que, desde los niños muy pequeños que entran en la escuela hasta en las aulas de la universidad, el fondo del mensaje es el mismo: se trata de la entrega que sienten todos aquellos que dedican su vida con pasión a la labor de formar pacientemente a las nuevas generaciones.


Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca.
Hay que medir, pesar, equilibrar…
y poner todo en marcha.

Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino, un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar mientras uno trabaja,
que esa barca, ese niño,
irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia pueblos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.


Maestras y maestros, profesoras y profesores, independientemente del término que usemos, en estos días ven cercano el final del curso. Se aproxima la fecha en la que las aulas se quedarán vacías. Se cubrirán de silencio. El jolgorio que en ellas se vive, antes de la ceremonia con la que el docente comienza sus explicaciones, se habrá ido. Pareciera que sus paredes hubieran absorbido hasta el último de los murmullos que quedaron atrás cuando se cerraron sus puertas.

Y así estarán hasta que otra vez se abran los espacios que acogen toda la algarabía de los nuevos que reemplazarán a los del curso anterior.

Al poeta no se le olvida decir que para llevar adelante esta labor “hay que tener un kilo y medio de paciencia concentrada”. Efectivamente, el cometido educativo en el aula complementa aquel que madres y padres llevan en sus hogares. Y estos últimos saben a la perfección la enorme serenidad que hay que desplegar hasta que su hijo o su hija levante el vuelo y logre emanciparse del hogar en el que se ha formado. Es decir, cuando ya tenga todas las herramientas con las que pueda valerse en el complejo mundo que le espera.


Y esa labor comienza en las primeras edades. No es un trabajo que pueda aplazarse, tanto en la familia como en la escuela. Ya en sus primeros años, vemos caminar en fila a esos pequeños que guiados por los mayores aprenden que hay otro mundo más allá de su casa. Portando sus mochilas y bajo la atenta mirada de los mayores, inician una apasionante aventura que compartirán con otros de sus mismos años.

Pero esa aventura puede acabar en la adolescencia o caminar adelante, si se desea continuar con la guía de otros profesores que les seguirán formando en las distintas disciplinas que conforman los estudios que ya voluntariamente han elegido.

Pues, como metafóricamente escribe Celaya en los últimos hermosos versos de su poema, comparando al niño que se inicia con una barca que “irá muy lejos por el agua”, al tiempo que le recuerda quien lo ha conducido, en esa paciente labor educativa, que “en nuevos barcos seguirá nuestra bandera enarbolada”.

Esa es la gran esperanza de todo maestro: saber que sus ejemplos no quedan en el vacío y que, como el campesino que espera la cosecha de la siembra, algún día, pasados los años, de modo inesperado se le acerque un rostro conocido y le diga: “Yo fui alumno suyo”.

En mi caso, y a pesar de estar formalmente jubilado, continúo asistiendo a las aulas de la universidad. De todos modos, esta grata experiencia asoma de vez en cuando en mi vida.

Así, hace unos días en los que asistí a una charla-coloquio en la que participaba Alberto Garzón, ministro de Economía, al finalizar su intervención se me acercó José Luis, un antiguo alumno y, como suele ser habitual, me preguntó si le recordaba. Dado que tengo una buena memoria visual, le respondí afirmativamente. Estuvimos charlando un rato como si el tiempo apenas hubiera pasado, de modo que me explicó sus circunstancias y la trayectoria de sus últimos años.

De algún modo, tanto a él como a todos los que he tenido en mis aulas, les deseo que se cumpla lo que expresa en sus versos ese gran poeta que fue Gabriel Celaya, de modo que naveguen con sus nuevos pupilos rumbo a Ítaca en la apasionante aventura de esta milenaria profesión.

AURELIANO SÁINZ

5 jun 2022

  • 5.6.22
Cuesta mucho entenderlo. No cabe en la cabeza ni en el corazón de una persona con los mínimos sentimientos humanos. Es el horror total. No podemos imaginar el reguero de sangre, espanto y dolor que surge cuando alguien se acerca a un centro escolar de Primaria y, con un fusil de asalto, empieza a disparar contra los niños y las niñas que pudiera encontrar, dejando tras de sí a 19 inocentes criaturas yacentes en el suelo, junto a dos profesoras que acudieron a auxiliarles.


Y sin embargo, en Estados Unidos, o el orgullosamente denominado a sí mismo como el “País más poderoso de la Tierra”, todo es posible, incluso que se repitan las terribles masacres que cada cierto tiempo se suceden unas a otras como si fueran una maldición bíblica.

No solo se producen en las grandes superficies comerciales, o en templos, o en lugares de trabajo, o en zonas de aparcamiento… Alcanzan también a los lugares en los que se inician los más pequeños en eso que solemos llamar como centros de educación, en los que tienen que aprender no solo los conocimientos y las actitudes que, paso a paso, les proporcionen los hábitos necesarios para que sepan desenvolverse en la sociedad. Allí también aprenden a conocer a otros de su edad, a saber lo que es la amistad, a participar colectivamente, a disfrutar y a ser felices jugando con otros de sus edades.

Lo triste es que, en la sociedad de los medios de información acelerados en la que vivimos, esta reciente matanza acabará convirtiéndose en una lamentable noticia más que quedará sepultada por otras que ocuparán los titulares de las pantallas, grandes o pequeñas. Será sustituida por aquellas que acaparen la mente de los ‘consumidores’ de la crónica negra, de modo que la aniquilación de escolares que recientemente se ha producido en una escuela de Primaria en Uvalde, una localidad de apenas 22.000 habitantes en el Estado de Texas, pasará pronto al olvido, en espera de que otra matanza vuelva –como el eterno retorno nietzscheano– a convertirse en noticia destacada.

Y para colmo de cinismo, frivolidad y de estupidez congénita, nos llegó la información que a los pocos días de la masacre de niños, en el mismo Texas, se celebraba una feria de armas con gran asistencia de público. Allí, los fanáticos de las armas, que en ese enorme país superan ampliamente los 300 millones que están en manos particulares, asistían acompañados de su prole y, embelesados, contemplaban los últimos modelos que podían coger con sus propias manos y gesticular con ellas como si estuvieran apuntando a las potenciales víctimas.

Pero este no es un problema fácil de resolver. Tengamos en cuenta que en Estados Unidos hay más tiendas en las que se venden armas que gasolineras en las que los vehículos pueden repostar. Y es que la muy poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) vende todavía la idea de que en ese país, tal como apunta la Segunda Enmienda de la Constitución, el que todos los ciudadanos fueran campesinos que, como los del siglo XIX, viven en granjas aisladas del Medio Oeste, esos que necesitaban tener un arma para defenderse en su aislada casa de madera de posibles robos o de ataques de animales salvajes.

Romper esta idea tan extendida, y los hábitos a los que ha conducido, tal como apuntaba Albert Einstein refiriéndose a los prejuicios de la gente, “resultan más difíciles de romper que a un átomo”. Y es que, junto al inmenso negocio de las armas, dos de los prejuicios asumidos por una gran parte significativa de la población estadounidense son, por un lado, que portar armas resulta ser un derecho inalienable, casi divino, y, por otro, que la razón está de su parte ya que viven en el país más poderoso del mundo.


Lo anterior queda bien plasmado en los dos carteles que acabamos de ver. En el primero de ellos, el diseñador estadounidense John Yates hace referencia al sector más conservador de la población que rinde un auténtico culto a las armas, tal como lo expresa en el diseño de su cartel, en el que vemos, en blanco y negro, la cintura de un personaje, algo entrado en carnes, con su revólver y la correspondiente munición. El título lo deja bastante claro: American Bible Belt o Cinturón de la Biblia americana.

Para estos sectores, que se consideran descendientes directos aquellos puritanos europeos que arribaron a Nueva Inglaterra en el Mayflower, en el año 1620, buscan también en la Biblia todo tipo de argumento religioso para justificar el “derecho a portar armas”.

Una pregunta que podríamos hacernos –y que ellos podrían hacerse– es la siguiente: ¿Por qué no miran a otros países en los que solo tienen armas las fuerzas de seguridad y, en casos especiales, algunos particulares, lo que evita que no se produzcan esas terribles matanzas?

Quizás, esta pregunta nos la hacemos porque se nos olvida el lema con el que ese sujeto llamado Donald Trump llegó a la Presidencia de Estados Unidos: America first, es decir, América primero, reflejando la prepotencia y arrogancia que habitan en lo más hondo de cualquiera de sus seguidores, que, por cierto, y aunque nos parezca mentira, son millones.

Ellos no tienen nada que aprender de nadie, pues como dice este individuo que defiende sin ninguna duda la posesión de armas, la solución para las matanzas en escuelas es, nada menos, que: ¡Armar al profesorado! Es decir, transformar los centros educativos en espacios en los que de vez en cuando se conviertan en campos de tiro.

Esa imbecilidad, esa arrogancia, esa creencia en su superioridad sobre el resto del mundo las refleja bastante bien otro diseñador, Nicholas Blechman. Vemos que en su cartel ha dibujado a un personaje voluminoso vestido con los colores de la bandera estadounidense, portando dos pistolas a punto de desenfundarlas y caminando por el planeta como si fuera un campo petrolífero.

Ante tanto fanatismo, la solución que encuentra Blechman la concentra en el lema Stop the Arrogance… Y es que, por suerte, todavía en el propio Estados Unidos hay gente esperanzada que con sus escritos, sus palabras o sus diseños combaten con diversos modos la simpleza y la estupidez mentales tan extendidas en ese enorme territorio.

AURELIANO SÁINZ

29 may 2022

  • 29.5.22
Querido Antonio:

Ya han transcurrido varios días desde que nuestro común amigo, Juan Pablo Bellido, me llamó por teléfono. No son frecuentes estas llamadas, dado que habitualmente nos comunicamos por correo electrónico: una vez, semanalmente, y desde hace doce años, le envío los escritos para ser publicados en lo que ahora es Andalucía Digital; y él, cordialmente, siempre me responde.


Con la prudencia que forma parte de su carácter, en esa llamada me pregunta cómo me encuentro y qué estoy ahora haciendo, pues imagina que siempre me veo inmerso en alguna escritura. Le indico que en ese momento acababa de finalizar un libro que llevará el largo título de Vida y muerte de don Álvaro de Luna. Historia del Castillo de Alburquerque y la lucha por conservarlo. Un texto que, como puedes imaginar, está relacionado con mi pueblo de origen, el mismo que el del escritor Luis Landero, al que bien conoces y del que hemos hablado en más de una ocasión.

Dada mi locuacidad, Juan Pablo esperó; y una vez que le expliqué con entusiasmo este trabajo (pues, como muy bien sabes, cada libro que sacamos a la luz es como una especie de parto de un hijo ‘lleno de palabras escritas’), empieza a decirme que tiene que darme una muy mala noticia.

Ya te puedes imaginar, amigo Antonio, que lo último que se me pasaba por la cabeza en esos instantes es que fuera algo relacionado contigo, puesto que apenas hacía unas semanas que los tres habíamos quedado citados en Córdoba para comer y charlar tranquilamente de todo lo que se nos viniera a la cabeza.

Y ya sabes que los que portamos una mochila cargada de recuerdos y de experiencias por los años que acumulamos, y en la que también se guarda la pasión que compartimos por la lectura y la escritura, esas charlas, como te digo, acaban alargándose y extendiéndose como las ramas de los árboles que brotan libres en la naturaleza.

Fíjate que cuando Juan Pablo finalmente me comentó lo que te había sucedido, no me lo podía creer, no podía entender que te hubieras marchado para siempre. "¡Antonio, no puede ser!", me decía para mis adentros, pues siempre apareces en mi memoria con la mirada trasparente y la voz grave que te caracterizan, al tiempo que veo tu semblante cargado de esa capacidad de entusiasmar a quien se encuentra a tu lado escuchándote.

Recuerda que al poco de este encuentro, os escribí una carta que aquí quiero mostrar, pues hace referencia al último contacto directo que mantuvimos. Decía así:

Queridos Antonio y Juan Pablo:

Quisiera deciros que fue un verdadero placer haber compartido ayer el almuerzo con vosotros. Fue una charla de tres horas en las que hablamos “de lo divino y de lo humano”, tal como le comenté a Flora al regresar a casa, y al preguntarme ella qué tal había sido el encuentro. (Lógicamente, después le desmenucé todos los temas que habían salido a la palestra.)

Espero que en alguna otra ocasión volvamos a encontrarnos. Y como hay que ser equitativos, podría ser en Sevilla, de modo que fuéramos los que residimos en Córdoba los que tuviéramos que montarnos en el coche.

Por cierto, Antonio, he comenzado a leer “Periodismo de inmersión”, aunque, bien es cierto, que me adentré en la parte en la que se habla de Günter Wallraff, ya que, décadas atrás, había leído “Cabeza de turco”. Creo que disfrutaré mucho con el libro que me has regalado…

Este próximo martes, a los amigos de Culturales les hablaré de ti y de la posibilidad de invitarte para que en alguna ocasión nos hables del tema que prefieras; aunque tendría mucho interés hacerlo de estos tiempos digitales.

Un abrazo para los dos.

Aureliano


Tú, como sueles hacer, me respondiste con prontitud.

Fíjate, Antonio, que te estoy hablando de lo último que hemos compartido. Un poco más allá, a finales del año pasado, tendría que volver a decirte que fue un placer para mí estar a tu lado en el Ateneo de Córdoba para presentar ese hermoso libro que compartiste con Jes Jiménez y que tenía el título de Días contados.

Entiende que retroceder más allá en el tiempo, y remitirme a comienzos de los años ochenta en los que nos conocimos en Montilla sería un largo periplo. Lo que sí te puedo decir es que la primera vez que nuestro amigo Manolo Bellido me presentó el primer libro que escribiste de modo compartido sobre la Guardia Civil, fui consciente de que me encontraba no solo ante un excelente periodista sino también ante un magnífico escritor al que siempre he admirado.

Y ahora que te has marchado, creo que fue al escritor italiano Luigi Pirandello al que le leí hace tiempo una frase que cito de memoria y en la que nos decía: “Solo morimos de verdad cuando desaparecemos del recuerdo de aquellos que nos han amado”. En tu caso, estoy seguro que permanecerás en la memoria de muchos de los que te hemos querido como persona y admirado como periodista y escritor.

Espero siempre verte como ese entrañable compañero con el que comparto la sección de Firmas de Andalucía Digital: tú primero, con Agua llovida y yo, siguiéndote los pasos, con Negro sobre blanco. De este modo, sentiré que me acompañas en esa aventura inacabada que es la vida y pensaré que permaneces a nuestro lado en esas tenues páginas que se abren libremente cada día para ser acogidas en cualquier lugar.

Querido amigo, siempre te recordaré. Siempre estarás a mi lado.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍA: J.P. BELLIDO

22 may 2022

  • 22.5.22
En la sociedad actual, las modalidades familiares son muy diversas, no solo en cuanto al número de miembros que las componen sino también en las nuevas maneras de configurarse, ya que el modelo al que se suele apelar tradicionalmente es uno más dentro de la pluralidad existente en un mundo en constante transformación.


Esto lo he podido comprobar a lo largo de los años al haber abordado el estudio del desarrollo de las emociones de los escolares a través de los dibujos de las familias. Los cambios han sido drásticos, tal como le expliqué a una alumna que deseaba realizar su trabajo fin de grado sobre las familias numerosas, puesto que pertenecía a una de ellas, ya que sus padres habían tenido tres hijos.

Le expliqué que, en mi caso, yo me encontraba como uno más dentro de familia muy numerosa (y que en ocasiones, con cierto humor, digo que aquello era una especie de tribu). Estas familias son verdaderamente excepcionales en estos tiempos, por lo que hubo que contar a partir tres hijos para recibir la calificación de "familia numerosa" y, de este modo, poder acogerse a las ayudas que oficialmente se ofrecen con el fin de afrontar los gastos que supone la descendencia.

Todos sabemos que en las sociedades desarrolladas la descendencia se ha reducido de una manera importante. Es lo que sucede en nuestro país, que en un par de generaciones se ha pasado de familias en las que era habitual tener tres o cuatro hijos (e incluso más), a la actualidad en la que predominan las que tienen uno o dos.

Para comprender este drástico cambio habría que hablar de varios factores, entre ellos el que la planificación familiar se haya asumido como un derecho y una responsabilidad. Por otro, la amplia incorporación de la mujer al mundo del trabajo asalariado ha conducido a que la pareja se piense si desea tener hijos y el momento más adecuado para ello.

También las nuevas necesidades familiares han supuesto que la socialización, entendida como aprendizaje de la relación con los otros, se inicie tempranamente, muy lejos de décadas atrás cuando comenzaba hacia los seis años y el niño se incorporaba a la enseñanza obligatoria.

Hoy es habitual que los padres lleven a su hijo a la guardaría y, en caso de que no fuera así, su escolarización a partir de los tres años da lugar a que tenga que aprender a compartir con otros niños y niñas de su edad, lo que es un aprendizaje de gran importancia para su desarrollo emocional y su sociabilidad.

A pesar de la idea tan extendida de que el hijo o la hija únicos suelen tener problemas relacionados con su egocentrismo, lo cierto es que, por las investigaciones que he llevado a cabo, he podido observar que presentan similares rasgos, tanto favorables como desfavorables, como los que poseen hermanos. De entrada, ser hijo único no marca ni emocional ni intelectualmente a la persona, puesto que, tal como he indicado, en la actualidad la socialización se lleva a cabo de forma temprana.

Para que comprendamos el desarrollo cognitivo y emocional que en estos casos se da a lo largo de los años, presento una selección de dibujos de escolares pertenecientes a familias con un solo hijo, de modo que lo muestro partir de los más pequeños hasta llegar a edades superiores.


Este primer trabajo corresponde a Juan (tal como el propio autor ha escrito en la lámina), un niño de 5 años, cuyo dibujo nos muestra a los tres miembros que componen su familia. El pequeño autor comenzó a dibujarse en el centro de la hoja, lo que es señal de autoestima y confianza en sí mismo, que se expresa también con el amplio tamaño de las figuras, la expresión de los brazos levantados y la abierta sonrisa con la que presenta a todos. Tras representarse, pasó a plasmar, en segundo lugar, a su padre, finalizando con su madre. El hecho de mostrarlos a ambos lados de su figura que lo representa es una manifestación de sentirse seguro y protegido por ellos.


De la misma edad es Cristina, una niña zurda que nos muestra a su familia en un dibujo lleno de vitalidad, imaginación y colorido. Comenzó a trazarla a partir de ella misma, ubicándose en el lado derecho y realizando una figura de tamaño amplio, en la que aparecen algunos rasgos de identidad femenina al trazarse con pendientes y pelo muy largo, de modo similar a su madre que se encuentra en el lado izquierdo. El centro de la composición lo ocupa el padre, como expresión de autoridad dentro del grupo. De forma inmediata, se percibe que la pequeña se siente feliz y dichosa dentro de su familia.


El tercer dibujo es de Elena, una niña de 6 años de primer curso de Primaria. En este caso, al igual que Juan, se representa en el centro de la escena, como expresión del protagonismo que apunta hacia ella. Las figuras están caminando bajo la lluvia, por lo que tanto la niña como sus padres portan paraguas, a pesar de que un sol animista las contempla. Pero es que para los niños pequeños no existe contradicción en el sentido de que la lluvia, el sol y el arco iris puedan aparecer en la escena al mismo tiempo. Ni que decir tiene que Elena se siente muy confiada y feliz en medio de sus padres, tal como muestra en este dibujo lleno de imaginación, vitalidad y alegría.


Diego, el autor del trabajo que acabamos de ver, tenía 8 años cuando realizó el dibujo. Era un niño alegre y muy sociable con sus compañeros de clase. Cuando me lo entregó, comprendí que la relación con su padre era muy estrecha y afectuosa, puesto que aparece subido a sus hombros. Por la composición de la escena se puede deducir que la conexión emocional con su madre es un tanto inferior, dado que entre ellos y la figura femenina se encuentra una butaca, una especie de pequeña barrera interpuesta que desde en punto de vista del significado emocional supone cierto distanciamiento afectivo entre ambos.


Representarse entre los padres, tal como se aprecia en el dibujo de la portada y el que acabamos de ver, es habitual por el sentimiento de seguridad y protección que necesitan niños y niñas de sus progenitores. Así, en este dibujo María, de 8 años, se muestra en un primer término, como si fuera la gran protagonista de la escena familiar. Detrás y un tanto al fondo, aparecen sus padres sonrientes, como protectores de la autora de la escena. En cierto modo, expresa algo de sobreprotección hacia ella, que es uno de los riesgos que pueden aparecer en las familias con un solo hijo.


Uno de los conflictos que amenaza a la estabilidad familiar es la ruptura entre los padres. Sobre este tema he escrito diversos artículos que han aparecido en este medio, por lo que en esta ocasión quiero presentar cómo Julia, hija única de 10 años, interpretaba su nueva vida familiar tras la separación de sus padres.

La solución que encontró fue dividir la lámina en dos partes, de modo que en la izquierda aparece con su padre, sus abuelos paternos, su tío y las mascotas que había en la casa de los abuelos, puesto que es frecuente que en los casos de ruptura los hombres se apoyen en su familia y vuelvan a la casa con sus padres. En la derecha, de nuevo se muestra con su madre y la pequeña mascota que hay en la casa materna. Y no es que la pequeña la encuentre más vacía, sino que es habitual que la mujer sepa salir adelante sin tener que volver a la casa de sus padres tras la separación, si no hay necesidades económicas que inviten a hacerlo.


Para finalizar, presento el dibujo que realizó Manuel, un chico de 12 años que se encontraba en sexto de Primaria. Como puede comprobarse, los personajes presentan un alto grado de realismo en el trazado de la figuras, circunstancia que concuerda con la evolución gráfica de los escolares. Comienza trazando la figura de su padre, alto y musculoso, como corresponde al trabajo que lleva en la construcción; le sigue su madre, que ocupa el centro de la lámina; y ya en la derecha aparece la figura que representa al propio Manuel.

En líneas generales, podemos decir que cada miembro aparece con cierta autonomía, dado que el autor se encuentra en la preadolescencia, una edad en la que surge cierta necesidad de autoafirmación al margen de los padres. Esto es un avance en el desarrollo emocional que todos los chicos y chicas, tengan o no hermanos, necesitan para conectar la naciente independencia personal con la relación de afectividad hacia los padres.

AURELIANO SÁINZ

15 may 2022

  • 15.5.22
Me quedé muy sorprendido cuando María Isabel Mena, licenciada en Historia y magíster en Investigación Social Interdisciplinaria por la Universidad del Valle de Colombia, me indicó que los escolares de raza negra plasmaban su negritud con el denominado color chocolate. Era una expresión que nacía de la investigación que estaba llevando en su país con el fin de averiguar los signos gráficos y el color con los cuales expresaban su autoimagen en los dibujos que les había solicitado. En realidad, la sorpresa venía de que era la primera vez que yo escuchaba esta denominación de color.


Sobre María Isabel debo indicar que tiempo atrás publiqué en este mismo medio una entrevista que le había realizado y que llevaba por título ¿Qué sucede en Colombia? Eran fechas en las que las movilizaciones sociales contra la carestía de la vida en este país estaban en su punto álgido. En la portada de la entrevista aparecía una fotografía de ella misma, pues, a fin de cuentas, todo lo que allí se decía era producto de los profundos conocimientos que tiene de su tierra.

Por otro lado, la denominación color chocolate se me había quedado guardada en un fondo de la mente, hasta que no hace mucho me encontré con Isaac, un amigo nigeriano que vive hace más de veinte años en España, y nos pusimos a hablar de su país.

En medio de la charla salió a colación la última tesis doctoral que yo había asesorado, y que trataba del estudio comparativo de las emociones de los escolares de Córdoba y Lisboa (como ciudades referentes de España y Portugal). En un momento determinado, le indiqué que había un número considerable de escolares de raza negra en Lisboa que participaron en la tesis del ahora doctor, Pedro Rojas, y que se habían dibujado en dos temas que se les proponían: “Dibújate a ti mismo” y “Dibújate con tu mejor amigo o amiga”.

“¿Sabes, Isaac, que una socióloga amiga de Colombia en una investigación que lleva a cabo con escolares de raza negra les pide que se dibujen y en la que comprueba que algunos utilizan lo que ella denomina como color chocolate?”, le indiqué, esperando que él me dijera cómo le llama al color de su propia piel.


Con una espontánea carcajada, me respondió: “¡Pero si yo desde siempre también lo llamo color chocolate, y así es como lo denominamos en Nigeria!”. “Bien es cierto”, continuó, “que mis dos hijos, ya adolescentes, que han nacido en España, me rectifican y me dicen que nosotros tenemos la piel de color marrón". De todos modos, Isaac me indica que no quiere contrariarles, pues sabe que esa palabra es la que se utiliza en nuestro país; aunque él seguirá con la que aprendió en Nigeria.

A esta denominación le estado dando vueltas, ya que me preguntaba cómo era posible que en dos países tan distantes y que pertenecen a continentes distintos –América y África– popularmente se aluda al color del chocolate para explicar la tonalidad de la piel de lo que, de modo genérico, llamamos como la raza negra.

Se me ocurre pensar que el origen se puede encontrar en que ambos países son grandes productores de cacao, del que se elabora ese producto que tanto nos gusta. Hemos de tener en cuenta que lo que nosotros llamamos como ‘marrón’ es un término de origen francés (solo que en esta lengua no lleva acento), y que en el país galo resulta ser la palabra con la que se denomina a la castaña (pensemos, por ejemplo, en la locución francesa marron glacé que se refiere a la castaña confitada). Tiene, pues, para nosotros más sentido el término que usamos, a pesar de que hayamos acudido a otra lengua para hablar de este color, y nos llame la atención que en otros países se alude al chocolate.


Una vez que he iniciado este breve recorrido con unas explicaciones acerca del origen de esas denominaciones, quisiera ahora hablar de la experiencia llevada en los dos colegios de Lisboa. Tal como he indicado, el objetivo de la investigación era el estudio de la emociones en los escolares; pero, curiosamente, en esos dos centros portugueses estudiaban bastantes niños y niñas de raza negra. Esta fue la razón de centrarnos en ellos, ya que ninguno tuvo problemas en mostrar su negritud a la hora de dibujarse a sí mismo.

Es lo que acontece con los dos dibujos que he seleccionado y acabamos de ver. Corresponden a un niño y una niña de 9 y 10 años, respectivamente. En ambos casos, se han representado en plano entero, de modo que a la hora de dar color a la piel de las figuras que han trazado no tienen ninguna dificultad en utilizar el color marrón, ocre o sepia, que son los términos que utilizamos en España. Y si nos trasladamos a Colombia o Nigeria, podríamos decir, sin ningún problema, color chocolate.


Otros optaban por dibujarse en lo que se llama primer plano, de forma que el cuerpo aparecía trazado de los hombros hacia arriba, para enfatizar el rostro. Los dos que he mostrado corresponden a niños de 9 años, que se presentan con una sonrisa franca y abierta, mostrando de modo explicito sus dientes, como manifestación de alegría y de autoaceptación.

El primero de ellos, un chico zurdo (como puede comprobarse por el escrito de ‘tipo espejo’ que plasmó en su camiseta) y muy alto. Posiblemente, esta segunda característica fuera la razón de haberse trazado con un cuello tan largo. El segundo utilizó la acuarela para colorearse, por lo que el cromatismo es muy intenso.


En el caso de las niñas, llamaba la atención el cuidado con el que se dibujaban el rostro. Sin embargo, esto es algo muy común en todas las culturas, ya que para ellas el mostrarse bellas y agradables es una prioridad. Así, vemos el dibujo de una niña de tan solo 9 años que ha trazado su rostro con todo cuidado, llegando a plasmar con detalle las pequeñas trenzas que suelen llevar las niñas de raza negra.

Este cuidado por la propia imagen lo acabamos de percibir en el segundo de los dibujos, correspondiente al tema “Dibújate con tu mejor amigo a amiga”. Así, vemos a la autora en la izquierda (poniendo eu: yo en portugués) al lado de su mejor amiga. Ambas aparecen con peinados muy propios de su cultura.


La población negra portuguesa se encuentra muy integrada en el país. Esto quizás se deba a que a las antiguas colonias de Portugal en África (Angola, Mozambique, Cabo Verde, Guinea-Bissau…) se les concedió el estatuto de provincias y el pasaporte portugués a quienes lo solicitaban, lo que conllevó que una parte de los nativos de esos países se trasladaran a la metrópoli a trabajar y allí formaron familias asentadas, especialmente, en las grandes ciudades.

No es de extrañar, pues, que niños y niñas negros tuvieran como sus mejores amigos a otros de raza blanca. Es lo que acabamos de ver en el dibujo anterior, en el que dos niñas de distintas razas son las mejores amigas, tal como nos lo expresa la autora de 7 años.


También la amistad se producía entre escolares de distintos géneros, tal como lo manifiesta la niña de 8 años que se dibuja con su mejor amigo de raza blanca. Lo más curioso de estos dibujos acerca de la amistad es que los niños y niñas de raza negra no colorean los rostros de sus amigos o amigas de raza blanca; les basta el blanco del color del papel para expresar el cromatismo de la otra raza. De este modo, por contraste, acentúan su negritud, lo que, a fin de cuentas, es una manera de afirmarse en sus propios rasgos, no solo físicos sino también culturales que forman parte de sus identidades.

Para cerrar, y como reflexión, creo que la mejor forma de luchar contra el racismo o la discriminación racial, más o menos encubierta, es educando en la igualdad y en el compañerismo, de modo que la amistad interracial de los escolares termina siendo un verdadero antídoto contra los distintos tipos de segregaciones que se dan en distintos países del planeta.

AURELIANO SÁINZ

8 may 2022

  • 8.5.22
“A mí lo que me gusta es pasármelo bien”. Esta frase bien podría haber sido dicha por un adolescente al que en clase se le pregunta qué es lo que piensa hacer en el futuro o a una chica a la que se la entrevista acerca de cómo se siente tras más de dos años de mascarillas tapándole la cara y ahora cree que la vida le sonríe (o algo parecido), por lo que calcula que tendrá la posibilidad de duplicar su tiempo de jolgorio.


Pero, no. La frase me la dijo mi nieto Abel, con cuatro años recién cumplidos, en la última ida a Barcelona y en medio de los interminables juegos que manteníamos. Y no es nada anormal que lo diga con todo desparpajo un crío de su edad, pues, para los que tienen más o menos sus años, “vivir es jugar”, ya que todo lo demás –comer, dormir, asearse, estar en el cole, etcétera– son pausas o intermedios que se producen en medio de esa fiesta que es la vida.

Esto se lo comenté a sus padres, al tiempo que, con cierta ironía, les añadí: “Este niño, sin saberlo, es un claro discípulo de Epicuro, aquel filósofo griego que consideraba que la filosofía servía para encontrar el verdadero sentido de la vida: el gozo o disfrute de la existencia; nada de las vueltas y revueltas mentales que predicaban Platón o Aristóteles”.

Y en cierto sentido, lo que me dijo Abel (que no sé si fue una ocurrencia suya o se la había escuchado a alguien) estaba bastante cargado de razón: si a todos nos dieran a elegir, seguro que nos decantaríamos por eso de pasarlo bien el mayor tiempo posible. Pero, ay, sabemos que a la vuelta de la esquina, es decir, cuando se cumplen algunos lustros más, nos tropezaremos con la dura realidad, por lo que comenzamos a saber que hay que “ganarse el pan son el sudor de la frente”.

En apoyo de ese pensamiento tan sencillo (y tan contundente) de mi nieto acude también Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, cuando nos indica que el principio del placer es uno de los motores de la existencia humana. Nadie quiere sufrir, nadie quiere pasarlo mal, nadie desea ser maltratado, nadie quiere los dichosos virus…, a menos que uno fuera masoquista (que también los hay).

Es por ello que el propio Freud nos abría los ojos cuando nos aclaraba que esos paraísos de los que nos hablan las religiones monoteístas, a fin de cuentas, no dejan de ser narrativas fantaseadas del grato recuerdo que portamos en nuestras memorias de la infancia; paraísos que suelen clausurarse cuando se entra en la adolescencia y se comprueba que el mundo no es precisamente un “parque de atracciones”.

Pero está muy bien que padres y madres no agobien a sus hijos menores alertándoles constantemente con las duras tareas que les espera en el futuro y, en cambio, dediquen tiempo a estar con ellos participando en sus juegos o actividades lúdicas. Personalmente, estoy convencido que, en gran medida, la capacidad de disfrute, una vez que se entra en la adultez, proviene de aquellos años en los que nos divertíamos incluso con las cosas más nimias.

Esto lo han comprendido la mayor parte de los nuevos padres/madres. Entienden ellos que la vida no debe ser “valle de lágrimas” (tal como se nos decía en épocas pretéritas) al que se viene a sufrir, con la coartada de que cuanto más padecieras estarías en mejores condiciones de ganarte un buen puesto en ese paraíso imaginario que nos esperaba al final de nuestros días.

Y para que se entienda que disfrutar de lo bueno que nos ofrece la vida no es un vicio o un error, puedo aportar numerosas escenas de niños y niñas que han plasmado cuando les pedía que dibujasen a sus familias y lo hacían expresando esa alegría de vivir que preside sus existencias.


Unas de las representaciones más habituales de la alegría de vivir son aquellas escenas en las que los pequeños aparecen acompañando a sus padres en sus salidas al campo, tal como observamos en el dibujo anterior. En ella, la autora nos muestra una caminata en plena naturaleza conjuntamente con sus padres y su hermana pequeña. A los cuatro se les ve sonrientes y portando un bastón con el que se apoyan en sus recorridos.


He manifestado que en la memoria de los adultos se archivan y perviven aquellos días de la más remota infancia en los que se celebraban algunas fiestas tradicionales y se participaba del júbilo colectivo. Esto es lo que manifiesta en su dibujo un niño de cinco años. Así, en la escena que ha dibujado aparece disfrutando con sus padres y su hermano más pequeño, y en la que todos se encuentran tocando las campanillas de barro, siguiendo la tradición popular de su barrio.


Otra manifestación de alegría es la de disfrazarse de los míticos personajes de algunas tradiciones, de los protagonistas de cuentos o de afamadas películas. Desde edades tempranas, soñamos con ser aquellos personajes, especialmente de la ficción, que nos han llenado la mente de las más insólitas aventuras. No es de extrañar, pues, que la pequeña autora del dibujo precedente se haya dibujado de una especie de “Mamá Noel” durante las Navidades para repartir los numerosos regalos que ella imagina que llevará a las casas que tendrá que visitar.


Al igual que la alegría que se produce al entrar en lo que el gran psicólogo Jean Piaget llamaba como “juego simbólico”, se manifiesta cuando hay que vestirse con un traje especial característico de determinadas fiestas. Es lo que muestra la niña de ocho años que se ha dibujado toda contenta vestida con el traje de flamenca para acudir a la caseta con sus padres y disfrutar de los días de feria. Se trata de un vestido que lleva en contadas ocasiones, pero con las que sueña para verse engalanada de ese modo.


También, de mayor, se suelen recordar con especial intensidad las visitas que se realizaron a espacios singulares, como son, por ejemplo, los museos, los circos o los parques de atracciones. Un ejemplo podría ser el que nos muestra este chico de diez años, que se dibuja juntos a sus padres en las sillas de una montaña rusa. Tal como me comentó, aquella experiencia para él implicaba el reto de superar el temor previo que le producía el riesgo de enfrentarse a algo que no había llevado con anterioridad.


Todos crecemos; también los niños. Y llega el momento en el que se abre la idea de lo que uno podría ser en el futuro. Son muchas las imágenes que aparecen en sus mentes. De todos modos, hay casos en los que esa anticipación se une con algunas de las cualidades que empiezan a despertar en ellos. Es lo que acontece con el magnífico dibujo de la portada; o el que acabamos de ver, en el que la autora, una chica de once años, como si fuera una hábil pintora que, sentada y delante del caballete, se nos muestra toda dichosa dando rienda suelta a sus habilidades pictóricas. Es la alegría de imaginarse en un mundo en el que felizmente podrán desenvolverse con sus propias capacidades creativas.

Para cerrar, quisiera indicar que la próxima vez que me vea de manera directa con Abel le volveré a preguntar sobre qué es lo más importante para él. Posiblemente, dado que es un niño de corta edad, me lo vuelva a repetir con una explicación algo más amplia. Será una manifestación de que la alegría de vivir la experimenta de forma muy viva en el mundo que lo rodea (y menos mal para él que no se entera de lo que ahora tenemos encima).

AURELIANO SÁINZ

1 may 2022

  • 1.5.22
El pasado martes, 26 de abril, se cumplía el 85.º aniversario del bombardeo de la ciudad vasca de Guernica. Días anteriores, el 5 de abril, el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, tuvo una intervención telemática en el Congreso de los Diputados de nuestro país, que pudo ser vista por aquellos que conectaron el televisor en el momento de la retransmisión. El inicial aplauso cerrado, con los parlamentarios y senadores de pie, fue la respuesta del apoyo que la mayoría de los españoles siente hacia el pueblo ucraniano que sufre los horrores de los brutales ataques a la indefensa población civil por parte del ejército ruso


Pero si algo quiero resaltar de la intervención de Zelenski fue la referencia al bombardeo que sufrió Guernica, llevado a cabo por cuarenta y tres bombarderos y cazas alemanes de la Legión Cóndor, junto a algunos italianos que estaban al servició del general golpista Francisco Franco. Fue el acontecimiento de la Guerra Civil española que mayor resonancia mundial despertó, ya que era la primera vez que la aviación arrasaba una ciudad abierta, sin objetivos militares de magnitud ni defensas antiaéreas en la ciudad.

Este hecho acabó convirtiéndose, por un lado, en símbolo universal de la cruel violencia que se desata en las guerras y, también, en referente de la barbarie nazi-fascista, la misma que hoy parece resucitar en distintas partes del mundo, aunque presente otros ropajes. A la configuración de este símbolo no cabe duda que ayudó el lienzo, de enormes dimensiones, que pintó Pablo Picasso. Recibió el nombre de la ciudad arrasada, pudiendo contemplarse en la actualidad en el Museo Reina Sofía de Madrid.

Una vez que El Guernica se convirtió en símbolo de la paz y en icono que denuncia la crueldad de la guerra, quisiera apuntar que como profesor he trabajado a lo largo de los años con los alumnos de mi Facultad la reinterpretación de esta obra, enfocada desde el punto de vista artístico, histórico y de la defensa de los Derechos Humanos.

Antes de comenzar a trabajar la reinterpretación de esta obra, era preciso darles una información histórica ajustada a los hechos acontecidos, por lo que en el aula proyecto documentales de aquella época que muestran el bombardeo de una ciudad indefensa y en los que se aprecia que la población era masacrada desde el aire.

Una vez que han recibido la documentación histórica necesaria para que entiendan su significado, realizamos un análisis de la obra desde el punto de vista artístico antes de invitarles a que elaboren una reinterpretación libre y personal, a color, puesto que la obra original está realizada en blanco y negro.

Inicialmente, tienen bastantes dudas, ya que la mayor parte de ellos ha interiorizado la frase muy extendida de “El dibujo no se me da”, expresión que ya conocieron en la adolescencia e, incluso, antes. Para darles confianza, les proyecto en la pantalla del aula trabajos de compañeros de cursos anteriores, con el fin de que entiendan que iremos paso a paso, sin descartar ninguna idea valiosa que se les ocurra.

Los resultados suelen ser bastante buenos, ya que en gran medida vuelcan sus capacidades creativas en este trabajo. Es lo que sucede con el de la portada, donde el autor nos muestra su interpretación por medio de un encuadre de vista subjetivo, ya que en la composición aparecen sus propias manos como si estuvieran realizando la tarea. Así podemos apreciar que su mano derecha sostiene el lápiz, no con los dedos, como es habitual, sino con puño cerrado, como si fuera un punzón, dejando gotas de tinta roja, a modo de sangre, para expresar el dolor ante lo que contempla.


Otra interpretación es la que acabamos de ver. En ella, el autor ha representado la escena girando el cuadro de El Guernica, como expresión del caos y de la violencia de un mundo en guerra, De este modo, sobre el nuevo lienzo se derrama pintura roja que, a modo de sangre, refleja el dolor y la desesperación de unos personajes que habitan en un planeta en el que han desaparecido los valores esenciales que deben guiar a los diferentes países.


¿Vivimos en una realidad o lo que no rodea en la actualidad es una pesadilla de la que deseamos pronto despertar? La autora del tercer trabajo que muestro se decanta por lo segundo: la actual sociedad es un sueño cargado de alucinaciones, donde la angustia, el dolor y la locura se han apoderado de unos personajes que huyen despavoridos sin saber hacia dónde caminar.


A veces, en el aula me encuentro con estudiantes que son grandes aficionados a los cómics, por lo que acuden a los recursos de este medio gráfico para realizar la reinterpretación de la obra de Picasso. Así, en este caso, el autor ha acudido a dar volumen a las figuras de El Guernica, de modo que en un escenario cerrado, flotan en el aire los personajes del cuadro original, mientras en el suelo aparecen un escorpión, un híbrido de perro y lobo y un personaje con botellas rotas dentro de un ambiente claustrofóbico.


Otra vez la realidad como pesadilla. La autora del trabajo anterior nos muestra a una joven yacente en una cama, asistida con un goteo, evocando a uno de los hospitales a los que llega la gente malherida. La chica sueña que camina por el pasillo del hospital arrastrando el gotero y contemplando la escena que se asoma tras la puerta: el caos, la violencia y la desolación. La guerra como horror y pesadilla de la que ni siquiera en los sueños desaparecen.


También el exilio y la huida de las zonas de conflictos son motivos para reflejarlos en el trabajo. En los actuales conflictos bélicos, como bien sabemos, los refugiados se multiplican buscando una salida a una posible muerte, porque la población civil no se encuentra de ningún modo protegida ante los habituales “crímenes de guerra”. Es lo que pretende expresar la autora de la anterior escena, en la que nos muestra una figura femenina cargada de maletas dispuesta a marchar a un país desconocido que pueda acogerla.


Con este último trabajo cierro la presentación de la experiencia que a lo largo del tiempo he ido llevando en el aula. En este caso, el autor se centra en los problemas sociales que son consecuencia de los recortes de derechos que actualmente sufren distintos sectores de la población. De este modo, traza diversas escenas en las que, de modo reiterativo, aparecen tijeras que, en algunos casos, se convierten en cuchillos con los cuales se ataca a los más débiles. No obstante, aboga por una solución pacífica de los conflictos colectivos, al mostrar la icónica paloma de Pablo Picasso en su composición gráfica.

AURELIANO SÁINZ

24 abr 2022

  • 24.4.22
Después de muchos años, ya empiezan a ser conocidas las inmatriculaciones llevadas a cabo por la Iglesia. En gran medida, se debe al esfuerzo de las asociaciones patrimonialistas que, agrupadas en la Plataforma Recuperando, han trabajado de modo incansable para que se conociera esta arbitrariedad que se ha cometido contra el patrimonio público de origen religioso.


De todos modos, los argumentos jurídicos que las sustentan son poco comprendidos, dado que una parte de los españoles tiene la creencia de que todo aquello que está relacionado con los aspectos religiosos forma parte de las pertenencias eclesiásticas.

Con el fin de arrojar algo de luz acerca de los aspectos legales de las inmatriculaciones, me ha parecido oportuno entrevistarme con el doctor en Derecho y portavoz de la Plataforma Recuperando, Antonio Manuel Rodríguez, escritor y profesor de Derecho Civil en la Universidad de Córdoba, incansable activista en una causa que, a pesar de tener en frente poderosas instituciones, las razones, como veremos, están de su parte.

—Me parece, Antonio Manuel, que lo más adecuado es que comencemos de modo que expliques el significado de la palabra "inmatriculación", ya que no aparece en el diccionario de la RAE (aunque sí, "inmatricular"), al tiempo que ahondaras en la importancia que tienen las inmatriculaciones eclesiásticas en nuestro país.

—Se denomina "inmatriculación" a la primera inscripción de una finca en el Registro de la Propiedad. Para que pueda llevarse a cabo es necesario que la persona física o jurídica que alegue ser su dueño, o tener algún derecho sobre ella, lo demuestre aportando un título válido y legal en el fondo y en la forma: una escritura de compraventa, de donación, testamento… Y si no lo tuviera, la ley arbitra otros procedimientos para demostrar que, en efecto, se tiene un derecho legítimo y no controvertido sobre el inmueble.

Y eso es justamente lo que no ha ocurrido con las inmatriculaciones de la Iglesia católica llevadas a cabo con certificación eclesiástica. Un privilegio franquista que les permitió arrogarse la propiedad de fincas sin tener que aportar más título que la palabra de un obispo.

—Puesto que indicas que fue un "privilegio franquista" concedido a la Iglesia católica, de inmediato surge la siguiente pregunta: ¿Cuándo se iniciaron las primeras inmatriculaciones eclesiásticas y por qué Franco decidió que algunos bienes públicos pudieran ser inmatriculados por los obispos españoles?

—Dejemos claro que la Iglesia católica en sus distintas denominaciones, al igual que cualquier otra persona jurídica, puede ser titular de bienes inmuebles e inscribirlos en el Registro de la Propiedad si lo demuestra aportando un título legal y válido. Pero esto solo es así respecto de los bienes que adquiriese desde 1861, no de los que pudiera poseer con anterioridad sobre los que pesaba la potestad de su desamortización por el Estado.

La razón es simple: Iglesia y Estado eran la misma cosa. Aunque existieron varias reformas legislativas y pronunciamientos judiciales que intentaron favorecer a la jerarquía católica, lo cierto es que únicamente pudo inscribir la posesión de estos bienes mediante su sola palabra, no la propiedad.

Pero en 1944 desaparece la simple posesión en el Registro y en 1946 se convierte en propiedad como si se tratara del milagro del pan y de los peces. Ahí radica la clave del escándalo. Sin embargo, para que quede claro, en ningún caso podía inscribir bienes públicos, ni tampoco los templos de culto que históricamente tenían esa misma consideración.

—Otro momento significativo aconteció en 1998, ya que siendo Aznar presidente del Gobierno se aprueba una reforma de la Ley Hipotecaría, de modo que también los templos dedicados al culto podrían ser inmatriculados.

—En verdad, fue a través de un simple reglamento. Y aunque sorprenda a primera vista, la reforma tenía su razón de ser porque no todos los templos de culto tienen la condición de dominio público. La prohibición era inconstitucional. El problema era otro: que también era inconstitucional el mecanismo de acceso al registro por certificación eclesiástica y nadie hizo nada al respecto.

Para entender bien lo ocurrido debemos tener claro que, a diferencia de la Segunda República, tras la restauración democrática no se reguló la naturaleza pública de los bienes de culto de extraordinario valor cultural e histórico. Hablamos del mayor escándalo inmobiliario de la historia no solo porque se hayan registrado 35.000 bienes de toda índole desde 1998, como si el culpable fuera Aznar, sino de la apropiación del 80 por ciento de nuestro patrimonio histórico desde 1946, siendo culpables todos los gobiernos democráticos que no hicieron y siguen sin hacer nada al respecto.

—Puesto que extiendes la responsabilidad más allá de un presidente determinado, te pregunto: ¿Qué postura tuvo la oposición en aquellos momentos ante este cambio tan importante?

—Ninguna. Con sinceridad, nadie tenía un conocimiento real de lo que estaba pasando. Hay que pensar que estas inmatriculaciones se practicaban con total opacidad, de espaldas a las administraciones y a la ciudadanía. Nadie podía imaginar que la jerarquía católica podía haber inmatriculado miles de bienes a su nombre, incluso templos de culto mientras existía la prohibición. A pesar de ello, la irresponsabilidad política fue imperdonable, porque, ¿tampoco a nadie se le pasó por la cabeza con qué normas inscribirían los templos de culto?

—¿Cómo es posible que a los obispos se les pueda considerar fedatarios, o funcionarios públicos, al mismo nivel que los notarios?

—Es que no es posible. Lo fue durante el franquismo porque hablamos de un Estado confesional donde Iglesia y Estado eran hermanas siamesas. Pero, tras la entrada en vigor de la Constitución de 1978, esa norma queda derogada por inconstitucionalidad sobrevenida, ya que la Iglesia no es Administración ni los obispos son funcionarios públicos. Choca frontalmente contra el principio de aconfesionalidad del Estado.

El Tribunal Constitucional se pronunció sobre un caso idéntico derogando un artículo de la antigua Ley de Arrendamientos Urbanos. Lo que resulta inconcebible es que el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos se eche las manos a la cabeza porque ningún Gobierno ni juez se hayan atrevido a pronunciarse todavía sobre la nulidad de todas las inmatriculaciones realizadas a su amparo.

—¿Cuándo se llega a conocer el tema de las inmatriculaciones que con tanto silencio y secretismo se llevó hacia adelante?

—Gracias a dos casualidades. Una en Navarra, en 2006, a raíz de una consulta sobre una ermita que reveló la inmatriculación de miles de bienes. Y otra en 2009, cuando hicimos algo parecido para conocer la situación registral de la Mezquita de Córdoba y nos sorprendió verla inscrita como un bien privado. Creo que ambos movimientos ciudadanos fueron determinantes para que se conociera el escándalo y, a partir de ahí, encontrar el respaldo de otros muchos a nivel estatal.

—Algo que llama la atención es que, por ejemplo, en nuestros países vecinos, Portugal y Francia, haya un criterio totalmente distinto al de España con respecto a los bienes públicos de carácter religioso.

—Cada uno obedece a principios distintos, aunque el resultado final sea prácticamente el mismo. La separación Iglesia-Estado es consecuencia de la Revolución Francesa y, desde entonces, podemos hablar del reconocimiento de estos bienes como de dominio público. No se trata de ninguna novedad porque continúa la tradición histórica del Derecho Romano y su recepción medieval, aunque es cierto que su constatación definitiva tiene lugar con la Ley Combes de 1905.

Este fue el criterio seguido en la Ley de Congregaciones Religiosas de la Segunda República, la primera que derogó el dictador. No ocurre lo mismo en Portugal donde este mismo reconocimiento se produce mediante un acuerdo entre el Estado y el Vaticano en 1940, curiosamente gobernando otro dictador, Salazar.

En ambos casos, sea unilateral o bilateralmente, los bienes de naturaleza religiosa de extraordinario valor histórico y cultural son considerados inalienables, inembargables e imprescriptibles, corriendo de cuenta del Estado su mantenimiento y rehabilitación, sin perjuicio del uso cultural que nadie cuestiona. Así pues, lo ocurrido en España es una anomalía democrática y europea. Solo aquí se ha producido esta privatización en masa de bienes públicos, de manera clandestina y desleal con la ciudadanía, empleando normas franquistas e inconstitucionales.


—Posiblemente, el caso más escandaloso y conocido de las inmatriculaciones haya sido el de la Mezquita de Córdoba. Creo que merece la pena que te extiendas en la explicación de esta inmatriculación.

—Así es. El escándalo de la inmatriculación de la Mezquita ha dado la vuelta al mundo, tanto por la trascendencia del monumento, como por la evidencia incontestable de que ya existía su bosque de arcos antes de su apropiación por la jerarquía católica.

Siempre recordaré las caras de asombro de los periodistas extranjeros porque no llegaban a entender cómo se había consentido la privatización de un bien que pertenece a la humanidad entera. Y es en la razón de sus caras de incomprensión donde encontramos la respuesta. Porque nos equivocamos al preguntar “de quién es” la Mezquita. La pregunta correcta sería “qué es” la Mezquita de Córdoba, ya que si se trata de un bien de dominio público, como lo demuestra el hecho admitido por la propia Iglesia de estar fuera del tráfico jurídico, no puede tener dueño porque no es de nadie.

La Mezquita de Córdoba no puede ser vendida, hipotecada, embargada o adquirida por la posesión en el tiempo. Y eso no quita que la jerarquía católica pueda tener derechos legítimos sobre el monumento, especialmente su uso religioso, pero en ningún caso su apropiación privada invocando su consagración (porque no es medio para adquirir el dominio), su usucapión (porque sería admitir que no era suya) o su presunta donación (porque no existe documento que lo acredite, ni lo invocó en el registro en su momento y, lo que es peor, implicaría reconocer que pertenecía a la Corona y que, por tanto, era público).

Y no olvidemos que se inscribió con normas inconstitucionales, luego su inmatriculación es nula por partida doble, como reconoció en su momento el informe del secretario del Ayuntamiento de Córdoba, y el emitido por la Comisión de Expertos presidida por Federico Mayor Zaragoza. Además, la cuestión de la Mezquita tiene otras aristas, tales como la gestión económica o monumental, lo que la convierte en la punta del iceberg y paradigma del escándalo.

—En principio, puede resultar extraño que en el año 2015, siendo ministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón, se deroga la Ley que daba a los obispos la potestad de llevar a cabo inmatriculaciones. ¿Por qué se aprueba esta modificación y qué consecuencias tiene?

—Lo hicieron a regañadientes, incluso otorgando una moratoria de un año para que la jerarquía católica pudiera seguir apropiándose de bienes, pero fue tal el revuelo que dieron marcha atrás. Sin duda, fue consecuencia de la movilización ciudadana y del cumplimiento parcial de la sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos.

Digo "parcial" porque se limitó a derogar el privilegio franquista, pero no a tomar las medidas oportunas para revisar la nulidad de las inmatriculaciones practicadas. Desde entonces, la jerarquía católica debe actuar igual que tú y que yo si quiere inscribir un inmueble por primera vez, es decir, debe demostrar que le pertenece. Pero sobre las inmatriculaciones pasadas sigue colgando la espada de Damocles de su nulidad por inconstitucionalidad sobrevenida o por la naturaleza del bien.

Ni una cosa ni la otra se han atrevido a llevar a cabo el Gobierno autocalificado “más progresista de la historia”, incumpliendo la palabra dada en sus programas electorales, en el pacto de gobierno y en el debate de investidura. Lejos de hacerlo, se han sentado con la Conferencia Episcopal para negociar lo innegociable en cualquier Estado de Derecho: la nulidad y el dominio público.

—Para cerrar, y dado que eres portavoz de la Coordinadora estatal Recuperando, que agrupa a distintas asociaciones que luchan contra las inmatriculaciones por parte de la Iglesia católica, me gustaría que, sucintamente, expusieras vuestra trayectoria.

—La Coordinadora Recuperando agrupa a más de treinta colectivos patrimonialistas de todo el Estado en defensa de la legalidad y el dominio público, desde Europa Laica a Redes Cristianas, pasando por colectivos de ámbito territorial como la Unió de Pagesus en Cataluña o Apudepa en Aragón. A todas nos une la conciencia de combatir una ilegalidad en masa que ha provocado el mayor expolio conocido de nuestro patrimonio histórico. Hemos conseguido mucho desde su nacimiento.

Quizá el hito más importante sea el listado parcial de los 35.000 bienes inmatriculados desde 1998, que podrían ser unos 100.000 desde 1946, más listados en Navarra, Cataluña, Baleares, País Vasco o ciudades como Córdoba. Hemos colaborado en la recuperación de bienes concretos de extraordinario valor simbólico como las Murallas de Artá en Mallorca, la devolución en Córdoba del Kiosco de San Hipólito o la Ermita de los Santos Mártires.

Pero nuestro gran triunfo, sin duda, sigue siendo la divulgación del escándalo para que sea comprendido por la ciudadanía. Nuestro interlocutor no es la Conferencia Episcopal, sino los poderes públicos sobre los que pesa la responsabilidad de velar por el cumplimiento de la Constitución y de preservar nuestro patrimonio público, justo lo que no hicieron y siguen sin hacer.

AURELIANO SÁINZ

17 abr 2022

  • 17.4.22
El título de este artículo bien pudiera parecer uno de esos consejos que se dan en los libros de autoayuda que tanta predicación tienen en alguna gente. Sin embargo, es una frase del poeta griego Solón que se la escuché al escritor y profesor Pedro Olalla, residente en Grecia, durante una conferencia que impartió recientemente en la sala de la Biblioteca Viva de al-Ándalus en Córdoba.


Tengo que apuntar que el contenido de la charla versaba sobre Grecia. Es la razón por la que lo presentó el catedrático de Filosofía Clásica Ramón Román como introductor del tema. También lo acompañó en el debate que se llevó a cabo con los asistentes durante la mayor parte del tiempo, pues, como bien expusieron ambos, lo más interesante sería la participación que podría generarse entre todos los presentes.

En gran medida, la pertinencia de este encuentro estaba motivada por el reciente libro de Pedro Olalla que lleva por título Palabras del Egeo. El mar, la lengua y los albores de la civilización. Esta última publicación se encontraba expuesta junto con otras del autor en la entrada de la sala. Por mi parte, me incliné por la compra del libro De senectute politica. Carta sin respuesta a Cicerón, dado que con bastante anterioridad yo había leído el breve, aunque profundo, tratado de Marco Tulio Cicerón sobre la vejez.

También quisiera apuntar que, finalizado el debate y todos los presentes nos levantábamos para iniciar la despedida, me vi con un joven profesor de la Facultad de Filosofía con el que en una ocasión formé parte de un tribunal de trabajo fin de grado. Nos saludamos e intercambiarnos informaciones sobre nuestras situaciones actuales. En un momento determinado, tras haberle dicho que me encontraba jubilado, me preguntó: “Aureliano, ¿tú cuántos años tienes?”.

Algunos esta pregunta la considerarían inoportuna, pues parece que solo cuando eres joven puedes decir la edad que tienes, ya que en nuestra actual sociedad de la publicidad y del consumo solamente es “vendible” la juventud, época “dorada y mitificada” en la que supuestamente todos fuimos felices y en la que habría que mantenerse a toda costa, aunque sea engañándose con los más rebuscados argumentos.

Bien es cierto que en la antigua Grecia el culto a la juventud y a la belleza corporal estaba al orden del día. Ambas eran ensalzadas por dramaturgos y poetas, y muy estimadas en los Juegos Olímpicos en los que los atletas exhibían sus cuerpos desnudos en las distintas competiciones.

“Yo ya tengo setenta y tres”, le apunté. “Como bien sabes, a los setenta, obligatoriamente nos tenemos que jubilar en la Universidad. De todos modos, permanezco en ella como profesor en funciones de colaboración en aquellas labores que para mí son muy gratas, como la docencia y la investigación”, añadí, al tiempo que le especificaba las tareas concretas que ahora realizo en mi Facultad.

A Manuel -que es el nombre de este compañero- le pareció muy buena la idea de ofrecer continuidad al trabajo que uno había desarrollado a lo largo de tantos años, ya que no tenía sentido dar un cierre total cuando en este tipo de labor la edad supone acumulación y sedimentación de los conocimientos que se han ido adquiriendo a lo largo del tiempo.

Pero no es solo ofrecer los saberes ganados en la vida, sino también aprender de los jóvenes que vienen con ideas renovadas, con nuevos comportamientos y, especialmente, con el entusiasmo consustancial a esas edades.

Por otro lado, si hablamos de labor, siempre me viene a la mente alguno de los cuadros que pintó Vincent van Gogh y que tenían el título de El sembrador, pues entiendo que la labor docente es como sembrar semillas de conocimiento que acabarán (o no) germinando con el paso del tiempo. Así, de esos cuadros he elegido uno para la portada de este escrito y que resulta ser el fragmento de una obra del artista holandés en la que homenajeaba a otra que sobre el campesino que previamente había firmado el pintor francés Jean-François Millet.


Volviendo a De senectute politica de Pedro Olalla, tengo que apuntar que es un pequeño libro de 24 cartas acerca de la vejez que, imaginariamente, remite a Cicerón, al que llama por su nombre, Marco, de modo que configuran una especie de respuestas tardías a lo que en su momento escribió el gran orador romano.

Puesto que cada párrafo del libro de Olalla supone una acertada reflexión sobre el último tramo de la vida, resulta muy difícil condensar lo que en esas cartas se dice. No obstante, tras invitar a la lectura de este breve pero intenso trabajo, quisiera destacar algunas ideas que el autor vierte en esas epístolas.

“Tú has dejado claro en tu obra, al hablarnos de que las dificultades de la vejez no provienen tanto de la edad como del carácter y de la actitud vital de las personas” (Carta I).

Comparto con ambos, Cicerón y Olalla, que afrontar los retos de la vejez, en gran medida, están marcados por la actitud de cada cual, pues la vida es un viaje o una aventura en la que uno es su propio protagonista; no es el implacable destino el que nos dirige el rumbo de los acontecimientos hacia un desconocido final.

“He de decirte, Marco, que, en nuestro mundo actual, quienes establecen para la vejez un umbral numérico atendiendo a la fisiología y a la salud siguen fijándolo, curiosamente, casi en el mismo punto en que lo puso la antigua tradición hipocrática (…) y que en torno a ese punto ponen también el límite quienes toman como criterio de la entrada en la vejez la edad en la que suele abandonarse formalmente el mundo del trabajo” (Carta II).

Cierto que lo que llamamos jubilación para algunos supone una pérdida del horizonte y de la brújula con los que había vivido hasta entonces. Este punto es uno de los retos al que nos enfrentamos y que, dependiendo de cómo se afronte, conllevará el que se viva con un sentido u otro muy distinto.

“A los que dicen que aparta de la acción, tú les recuerdas que las acciones más valiosas no se llevan a cabo con el ímpetu ni la agilidad de los cuerpos, sino con el conocimiento, la competencia y el juicio, pertrechos de los que la vejez no sólo no está huérfana, sino que suele incluso estar sobrada” (Carta IV).

Podemos entender que un brillante orador valorase el conocimiento como una de las grandes cualidades de los seres humanos y que los años ayudan a ir atesorándolo cada vez más, de modo que finalmente puede configurarse como una sabiduría aplicada a la vida.

“A los que culpan de tornar a los hombres irascibles, huraños, retrógrados y avaros, tú les replicas que esas lacras vienen con cada uno y no con la vejez, porque, si fuera ésta quien las trae, se las traería a todos” (Carta IV).

No me extiendo más en la selección de fragmentos. Desde estas líneas, recomiendo la lectura de ambos –Cicerón y Olalla– pues ayudan a entender que envejecer no es ninguna enfermedad y, menos aún, una desgracia; es un tramo de la vida que hay que saber encauzar con la mayor de las inteligencias posibles.

Quisiera cerrar esta breve reflexión para comentar que, sorprendentemente, Marco Tulio Cicerón que con tanta lucidez reflexionó sobre la vejez y la muerte como finales del individuo, de un modo tan sereno como correspondía al pensamiento de los estoicos, no previó su dramático fin: el ser asesinado en una conspiración planificaban por quienes le odiaban y deseaban acabar con su vida.

AURELIANO SÁINZ

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