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Mostrando entradas con la etiqueta Desde la nostalgia [Juan Navarro Comino]. Mostrar todas las entradas
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30 dic. 2014

  • 30.12.14
Si os preguntaran cuál es la mejor música que habéis escuchado nunca, ¿qué contestaríais? Saldrían innumerables respuestas, tales como rock, baladas, disco, country, flamenco, chill out y un largo etcétera que desconocemos o ignoramos. Y es que, dado que existen infinidades de tipos de personas que compartimos este planeta, los gustos musicales de cada cual son muy diversos, en función de su origen, su raza, su cultura y, por supuesto, su estilo de vida.

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No obstante, y es a lo que voy, esas diferentes músicas nunca pueden ser tan hermosas como la dulce melodía que representa la risa de un bebé. El sonido que provocan sus carcajadas hace que los mejores compositores y cantautores de este mundo se rindan ante sus diminutos piececitos.

Es verdad que cuando escuchas tu música preferida puedes llegar a sentir algo especial, animarte e, incluso, ponerte eufórico. Pero cuando un bebé se ríe te encuentras con la única melodía que realmente llega al corazón. Estés cansado, desanimado o malhumorado, despierta dentro de ti algo inexplicable.

Es un sentimiento oculto que por más que uno intente, no puede expresar: sale sin más. Hasta la persona más fría y aparentemente sin sentimientos hace que su rostro se transforme y deje ver una sonrisa que sale de dentro de su corazón amurallado.

Así, la sonrisa de un bebé derrota al más pesimista que, ante ella, ni siquiera puede pararse a pagar el peaje de la razón y preguntar si debe o no reflejarse en su rostro esa muestra de alegría. Simplemente ocurre, como un milagro.

En efecto, aunque estuviéramos en medio de una guerra o del mismísimo infierno, os aseguro que sonreiríamos de igual forma, porque el poder que el sonido de la sonrisa de un bebé es más fuerte que cualquier adversidad en la vida.

Dicen los médicos que reírse es una terapia muy buena, que debemos ver la vida con buenos ojos y ser optimistas y procurar cada mañana sonreír al nuevo día. Así, al levantarnos y mirarnos en el espejo, debemos decirle a nuestra imagen que hoy será un día especial, que nada ni nadie lo enturbiará.

De esta manera, cada mañana al despertar, nos inyectaríamos esa necesaria vacuna antidesánimo para poder llegar con creces a la noche y no haber perdido la sonrisa.

No obstante, me parece que esto es imposible ya que, automáticamente, al salir por la puerta de nuestras casas, nos encontramos trabas por todas las esquinas. Sin ir más lejos, en el coche. Los conductores agitan enérgicamente los brazos, tocando reiteradamente las bocinas, para recordarte que el semáforo ha cambiado de color hace una milésima de segundo.

En el trabajo, es probable que el jefe te anule o te subestime todo el proyecto en el que has estado trabajando durante meses. Y cuando llegas a casa, hasta es probable que a tu pareja se le olvide es tu aniversario.

En definitiva, nos enfrentamos a innumerables percances que no son gratos y que se nos presentan en el día a día. Problemas que, sin una buena dosis de paciencia y saber estar, nos invitan constantemente a perder la sonrisa.

Pero cuando se tienen los hijos y los nietos, todo es diferente. Los problemas diarios son los mismos, sí, pero la forma de mirarlos es más positiva porque llevas inyectada una dosis de sonrisa de tus hijos o nietos que, sin quererlo, restan importancia a otros desencuentros.

Y es que cuando lo tienes cerca o los acabas de dejar en la guardería para poder ir a trabajar es cuando aun estás en la nube de la felicidad, provocada por la magia y la dulzura que irradian estos seres tan pequeños.

El poder que tienen estos personajitos con su sonrisas ya le gustaría tenerlo a cualquier dirigente de masas, porque con una simple carcajada hacen que nos pongamos por montera nuestro saco cargado de negatividad y afrontemos cualquier imprevisto mal afortunado.

Hay gente que dice que hoy en día es difícil y estresante combinar la vida laboral con la familiar. Evidentemente, no voy a discutir el tema de las ayudas del Gobierno ni la postura de los empresarios respecto a la flexibilidad laboral.

A lo que me refiero es que, emocionalmente, con un hijo la vida es más fácil de llevar: los problemas pierden fuerza y solo se mantienen aquellos que son realmente fuertes. Con todo, también estos últimos se afrontan y terminan desapareciendo gracias a nuestros hijos y nietos. Y es que te sientes con ganas de superarte día a día y buscar a toda costa una estabilidad y una armonía interna indestructible.

Valoremos la vida. Los hijos y los nietos son nuestros ángeles de la guarda: cuidan de nosotros casi sin proponérselo, ya que ellos nos obligan a estar bien y ser cada día mejores para darles lo que esté a nuestro alcance y enseñarles a hacer su camino.

JUAN NAVARRO COMINO

30 ago. 2014

  • 30.8.14
Las noticias que nos llegan de África son más que preocupantes. Según Médicos Sin Fronteras, esta enfermedad transmitida por animales trae a mal vivir a países como Guinea, Sierra Leona o Liberia, donde los servicios sanitarios casi ni funcionan o se encuentran desbordados.

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La epidemia, que se ha cobrado ya la vida de más de un centenar de profesionales sanitarios, así como de miles de pacientes, va más rápido que los servicios sanitarios, que piden más recursos y sin más retrasos.

Habría que hacer algo. Bien que desde los gobiernos de Europa o desde la Organización Mundial de la Salud (OMS) se volcaran aún más en este tema y, sobre todo, con más rapidez, pues existe el riesgo de que cada día se extienda más, con más enfermos y con mayores dificultades para controlarla.

Sería deseable que los políticos, imperturbables ante este tema, se mojaran un poco a favor de esta gente que muere como animales; que se dejen unos días de politiqueos absurdos y que movieran sus teclas para que los gobiernos se impliquen más.

Si esta plaga llegara a Europa –Dios no lo quiera- creo que los responsables públicos perderían el culo por solucionarla, pero como les coge de lejos, tanto les da. Y si no es así, que lo demuestren siendo solidarios.

Lamentablemente, como ciudadano de a pie, poco puedo hacer yo por este tema, más que aportar mi punto de vista y estremecerme tras comprobar por las noticias cómo muere la gente sin ningún amparo.

Seamos todos un poco solidarios. Nos tenemos que dar cuenta que hay muchísima gente que está muriendo sola y desamparada. Levantemos nuestras quejas para que las oigan aquellos que tienen la sartén por el mango y, si quieren, pueden hacer algo.

JUAN NAVARRO COMINO

10 ago. 2014

  • 10.8.14
Ayer tarde, en un momento de tranquilidad, estuve observando unas fotografías de cuando mi esposa y yo éramos jóvenes. Yo tendría unos diecisiete años y ella, quince. Y, la verdad, no pude evitar sentir una gran nostalgia, a pesar de que he sido y soy muy feliz al lado de mi esposa. No en vano, ya son 54 años a su lado y, sin duda, puedo decir que han sido los más bonitos y hermosos de mi vida.

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Pese a mi edad, he de confesar que no me siento viejo: me siento mayor, eso sí, y muy feliz, pues con independencia de que las experiencias de la vida hayan sido buenas o malas, hemos estado siempre contra viento y marea, como casi toda la gente de nuestra edad.

Me entristece mucho comprobar que hay jóvenes a los que les ha tocado vivir una época muy distinta a la nuestra. Lo veo con mis propios hijos que, a las primeras de cambio, tiran la tolla y no buscan una salida buena ante las situaciones engorrosas. No admiten el diálogo, no saben escuchar y, la gran mayoría, tampoco sabe razonar. Da la sensación de que lo solucionan todo tirando cada uno por su lado.

No quiero decir que nosotros hiciéramos las cosas mejor ni peor que ellos, pero sí creo que siempre buscábamos la mejor solución cediendo cuando había que ceder y siendo compresivos recíprocamente. De este modo, hemos sabido tirar del carro con buen entendimiento, como la gran mayoría de las personas de nuestra edad

Distinto es que medien malos tratos o conductas que impliquen la humillación o el desprecio hacia la pareja. Esto sí que no se puede aguantar, ya que los que practican malos tratos, tanto físicos como psicológicos, tratan de hacer cuanto más daño, mejor.

En mi opinión, estas son las personas más ruines que pueda haber: despreciables e insociables, y eso sí que no se puede ni se debe tolerar bajo ningún concepto. Antiguamente, cuando las mujeres iban a poner una denuncia por malos tratos, en muchas ocasiones se burlaban de ellas y no les hacían ni puñetero caso.

Hoy en día, las cosas han cambiado pero, por desgracia, sigue habiendo palizas, insultos, humillaciones y crímenes viles contra mujeres indefensas. Para mí, la mujer es el ser más bonito y encantador que ha creado Dios, con sus defectos y sus virtudes; con su capacidad de amar; con su inteligencia… Y el simple hecho de ser mujeres y poder ser madres, las convierte en maravillosas.

Muchos hombres no sentimos atraídos y seducidos por mujeres, y no sólo por una cuestión meramente sexual, sino por esa capacidad de decisión, de riesgo y de compromiso que las hace realmente fascinantes. Hay un encanto mágico en la sonrisa de una mujer: en su mirada, en su silencio, en el calor de su compañía, que es atrayente y diferente a la belleza física.

Admiro su capacidad de amar, su inteligencia, su corazón, su cerebro, su sencillez y, cómo no, sus encantos femeninos –que hasta la más fea, los tiene-. ¿Qué haríamos los hombres sin la mujeres? Nada, señores. La gran mayoría, nada. Por eso, no podemos consentir que siga existiendo la violencia hacia ellas. Amémoslas y respetémoslas.

JUAN NAVARRO COTINO

6 may. 2014

  • 6.5.14
Qué vamos a comentar de nuestra madre que no sean cosas inolvidables por cariñosas y buenas… Cuántos de nosotros, a los que nos falta, nos acordamos de sus buenos consejos, del saber estar siempre, de los ánimos en momentos delicados y difíciles… De la acaricias y el cariño constantes, del mimo de madre… En fin, de todas esas cosas que la vida cotidiana conlleva y que ahora, cada día, echamos de menos.

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Yo tuve una madre ejemplar y el día que me faltó me quedó un vacío tan grande que mi esposa, mis hijos y mis nietos no lo han podido llenar de la misma manera. Y es que una madre es algo irremplazable aunque, naturalmente, la vida sigue con sus idas y venidas.

Prácticamente, cada día hay momentos en los que pienso qué consejo me daría mi madre para dar solución a algún problema. Reconozco que, de joven, era muy impulsivo: no me paraba ni un momento a meditar una decisión y la gran mayoría de las veces me equivocaba. Pero después de tener una conversación con ella, me hacía recapacitar con sus buenos consejos.

Recuerdo qué broncas más grandes me echaba, y con razón, por no asistir a clases de Maestría. En aquellos momentos pensaba que era mejor para mí acompañar a las chavalas y faltar a clase en el colegio.

Cuando alcancé la pubertad fue mi madre quien me dio toda clase de explicaciones, pese a que en aquellos años el tema de la sexualidad era tabú. De hecho, eso de dar explicaciones en el colegio –como ahora ocurre con mi nieta de 8 años- era impensable. Pero mi madre tal vez iba adelantada en ese aspecto tres o cuatro décadas y lo cierto es que todas las explicaciones y detalles que me dio me sirvieron de mucho.

Recuerdo al cumplir los dieciocho años que celebraba que había terminado ya el aprendizaje y me hicieron oficial de tercera en el trabajo. Como es lógico, nos fuimos con unos compañeros a celebrarlo y como no estaba acostumbrado a beber, cogí una borrachera de órdago.

Cuando llegué a casa, mi madre, con mucha diplomacia, supo disimular mi estado y ni mi padre ni mis hermanos mayores se dieron cuenta, por lo que me libré de pasar vergüenza. Después, muy hábilmente, me curó la resaca.

En los albores de la democracia yo tenía un amigo –vamos, yo pensaba que lo era, aunque más tarde me desengañé- que estaba metido en política, concretamente en el partido PSUC. A veces iba con él a reuniones y, en una de ellas, nos sacó la policía del local y un poco más y me detienen. Pero él fue más avispado y salió por otra puerta.

Más adelante llegó a ser diputado en las Cortes catalanas y, a partir de aquí, ya no se codeaba con los amigos de la juventud. Recuerdo que cuando venía a mi casa y escuchábamos a Juan Manuel Serrat tomándonos una copita de Machaquito con hielo, mi madre me decía: "Ese chico no te conviene; él tiene amistad contigo porque le interesa y tanta política no es bueno… Tú dedícate a tu trabajo y a estudiar". Y acabó teniendo razón, como siempre.

Cuando me casé, al tener nuestro primer hijo, mi madre se transformó en un espécimen aún más vigoroso, o sea, en una abuela, que es esa madre en dosis dobles que siempre fue apoyo para todo.

Y sin más ni menos, sin pedir permiso, sin hora marcada y sin tiempo para la despedida, mi madre se fue, dejando la lección de que las madres son para siempre.

Yo no sé si la vida es corta o demasiado larga para nosotros. Sólo sé que debemos demostrar nuestro amor a las personas, mientras ellas están por aquí. Hay que comprender la importancia de decir a tiempo "te amo" y darle a ese ser tan querido el espacio que se merece. Nada en la vida será más importante que Dios nuestro Señor y tu familia y, dentro de ella, la madre.

Es por eso que tenemos que amarlas siempre, pues nunca sabemos cuándo van a partir y el vacío que nos va a quedar nunca conseguiremos llenarlo. Por eso, para los que aún la tienen a su lado, los invito a amarla, a quererla y a abrazarla siempre. Y para los que no la tenemos, guardemos sus recuerdos en lo más profundo de nuestro corazón.

Ahora, donde quiera que ella esté, siempre estará; va a llorar si tú lloras y va a sonreír si tú sonríes. También velará por tus sueños, como cuando eras un niño pequeño e indefenso. Como cuando cogías anginas y se pasaba la noche entera a tu lado; si tenias fiebre alta, te daba el Piramidom y no se movía de tu lado hasta que tú te rehacías.

O bien cuando volvías de la calle con las rodillas ensangrentadas y ella, con mucho cariño, te las curaba lo mejor que podía; o te contaba infinidad de cuentos infantiles, pues en aquellos años no teníamos televisión que nos distrajera: sólo teníamos la calle para jugar aquellos partidos de futbol interminables.

Recuerdo que, con un lenguaje sencillo y llano, te apercibía para hacer el bien; para ser educado y cortés. Por esto y por tantas cosas, no esperéis a que vuestra madre se vaya para darle amor, pues algún día no muy lejano descubrirás que ella fue la persona que más te amó en la vida.

Hay veces que no nos atrevemos a decir lo que sentimos, más bien por timidez o bien porque los sentimientos nos abruman. En esos casos se puede contar con el idioma de los abrazos. Y un abrazo con ternura y cariño es mucho.

Si tu madre está aún a tu lado, dale un beso y un abrazo y dile con mucho cariño y ternura lo que ella siempre quiso oír: "Madre, yo te amo. Gracias por existir". Y si ella ya no está contigo porque Dios se la llevó, cierra los ojos, cruza los brazos sobre tu pecho y dedícale una ferviente oración.

JUAN NAVARRO COMINO

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