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7 mar. 2015

  • 7.3.15
Angustiosa sería el calificativo para esta novela del argentino Ernesto Sabato. Oscura, deprimente y nihilista. Seguro que os va a recodar a Camus o a Sartre. Lo que encuentro interesante en ella es la descripción que hace de la mente de un maltratador. Para mí, Juan Pablo, el protagonista y narrador, es un maltratador.

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Empieza la novela con una confesión: él es el asesino de María Iribarne. A partir de ahí, el autor utiliza una analepsis o flash-back y vuelve la vista al pasado, y nos relata toda su historia, que va desde el momento que vio por primera vez a María hasta la muerte de esta. El asesino confeso nos va contando sus impresiones, sus deseos, su obsesión y lo que él llama "amor".

Esta novela recoge esa idea del amor, errónea para mí, de que el amor es dependencia, posesión, celos y pérdida del yo. Para mí el amor es generosidad, compartir, respetar y desear que el otro sea feliz. Partiendo de esa idea loca, Juan Pablo se va justificando, no de manera directa, porque él insiste en que va a ser objetivo con los hechos –como si eso fuera posible–, pero sí haciéndonos creer que él no podía hacer otra cosa, que su amor obsesivo lo llevó a cometer el crimen.

Este hombre tiene lo que los psicólogos llaman “enganche emocional”. Desde que se fijó en ella, buscó en sus brazos llenar el vacío existencial en el que vivía, y al que ella también estaba acostumbrada. Quiere poseerla, la quiere solo para él, sin más vida. Él deja de existir para perseguirla, cree que con ella puede encontrar remedio a su soledad, pero cuando está con ella la humilla y la agrede verbalmente.

La verdad es que su lectura te revuelve por dentro. Sobre todo porque en este país tenemos un gran problema social a causa de este tema. Muchas mujeres son asesinadas por sus parejas todos los años. Estos hombres actúan como un virus maligno. Primero las infectan con ideas sobre su poca valía y, día a día, van corroyendo su autoestima como lo haría una gota de agua perpetua sobre una piedra.

Después vienen las amenazas, los ataques de ira, las palizas y ellas pasan de ser personas a objetos. Espero y deseo que seamos capaces de educar a los niños y niñas del futuro para que ese círculo verdugo-víctima se rompa para siempre.

Os dejo con una canción de La Unión, grupo que he tenido la suerte de ver esta semana en concierto y que me ha transportado a mis diecisiete años y a mi mirada soñadora –de la que algo queda– que habla de los celos. Y con esta frase de la película Una proposición indecente: “Alguien dijo alguna vez: si deseas algo con mucha fuerza, déjalo en libertad. Si vuelve a ti, será tuyo para siempre. Si no regresa, no te pertenecía desde el principio”. También hay otra frase con la que me identifico de una canción de Concha Buika: “Para guardarme a mí, la jaula abierta”.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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