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5 feb. 2015

  • 5.2.15
En el singular mundo, también peculiar, suspicaz, y a las más de las veces cierto, aunque sea de una certeza de allende los siglos o los años muy pretéritos, las bocas viejas y los entenderes con metáforas, acertijos, moralejas, y un allá que cada cual coja lo que le pille, del tan rico y a la vez denostado, agraviado y ofendido refranero patrio español, el de Santiago y cierra España, o échala a volar para que ella misma se allegue a las manos hasta cegarla los ojos, y también del costumbrismo terreno que da lugar a aquel decir de las cosas varadas, aunque no tanto de los trajes regionales, Porcuna también tiene su refranero autóctono y patrio de sus muros adentro, vernáculo y cautivador, muy de andar por casa, y sin más traspasar fronteras que un llevarlo por las capitales españolas a los lomos de los que se fueron con las maletas al hombro, una mano delante y otra detrás aunque con muchos horizontes y posibilidades, y en las cabezas muchas palabras porcuneras y muchos dichos de Porcuna, que iban diciendo a sus descendencias para que no se les muriera mucho el pueblo y se le borraran en demasía los recuerdos de la cuna o del pesebre, y de las calles con sus gentes que decían sus hablas, sus dichos, sus ocurrencias, y muchas veces también sus sentencias, que si no sagradas, sí que tendían más o menos a sostenerlas, aunque algunas se quedaban en aquello del no meneallas mucho, y menos mantenellas, y a ser posible enmendallas, ya sea cambiando nombres y circunstancias.

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Un refranero agudo y popular, que más que refranero puede quedarse en dichos, y en dicho con sentencia, la ingeniosidad que un día se insinuó o se dijo, y que de tanto referirse y tanto averiguarse las habas verdes de boca en boca, de calle en calle y de oreja en oreja, vino a formar parte de nuestra nomenclatura personalísima y locuaz, como parte adrede de nuestra idiosincrasia, y de nuestro testimonio y testamento principal, como en igual quedaron los mundos de los nombrajos y otros atines con picarescas y boinas de calar, haciéndolo verdad, o cuando no, cosa o hecho supuesto que un día se murmuró en un aparte de una charla y se puso por escrito en la libreta de la memoria de muchas generaciones venideras, que han ido diciendo los chascarrillos y las ocurrencias ya como cosa sabida y como ente y objeto con objetivo variado que sale sin querer, al tuntún y a la buena de Dios, junto con esa sustancia con que sale su rey con su riqueza, y en el lunar siempre primoroso, o el caracolillo en el pelo de su estancamiento en el tiempo como un cuadro de Romero de Torres con muchos azules de Sorolla, bautizándose en su esencia popular y universalizada sin pasar mucho más allá de la Cruz blanca, y mucho menos del Puente el ahorcao.

Una voracidad inmisericorde, cordial o malintencionada, pero todo con su gracia, o suponiéndosela, de frases que señalando a alguien en concreto y en su fondo del invento, y a saber de qué edades y de qué misterios, podrían habernos señalado, y nos señalan a todos, metiéndonos íntegros y absolutos en el mismo costal y la misma aguadera, y con su mismo peso y medida, para y hasta, hacernos comunión y hermandad con el comulgado de turno, y beber de sus aguas como del arroyo Salao vienen a beber todos sus arroyuelos o sus vías o escapes de aguas, esas que siempre buscan, cuando son bravas las aguas de las lluvias, del mítico arroyo sus semejanzas antiguas y fabulosas de río por donde iban las barcas y pescaban los pescadores sus pescados tan parecidos a los pescados de la mar.

Un breviario, salterio, misal y antifonario de correndero de sillas con chismes y de barras de taberna con vinos, por donde las bocas se abrían para hacer sus místicas y sus comparaciones, buscarles al gato más pies de los necesarios, con rabo incluido y hasta con bigotes y sus botas de siete leguas, buscándole al dicho antañero su presencia en el concreto caso a dilucidar, y así, a las tensiones más sexuales se le decía su “Estás más caliente que Pajahabas”, o aquel “Tienes menos vergüenza que un gato en una matanza”, si es que había abusos o escenas preponderantes. Acercándose al mundo peculiar de la sisonería y el emperramiento, y las mentes fijas sin más santo que aquel santo de su propia voluntad, aquello de “Eres más cabezón que los Morentes”, y si acaso se conversaba de los besos aquellos que se daban a hurtadillas y de tapadillo, con poca luz, aunque con muchas luces en los labios, muchos ocultes y extremos bosques, lo de “Pelar la pava en el pino Bernardino”, y en el aquello del paveo y otros mocos su “Eres más tonto que Benitos hay en Porcuna”, y ante los asombros de las eras y de las cosas que venían tan en novedad o tan en sorpresa, y aún de los movimientos extraños o algún embarazo sin querer, su aquel decir del “Se me han caído los pelos del sombrajo”, al que siempre temían los maestros barberos y las señoras peinadoras.

Apotegmas y dichos porcuneros que iban de boca en boca, como comiendo en besos o masticando raspas de bacalao, hasta dar en el mar proceloso de todas las calles y de todos los ambientes de las calles y que, ante el menor hecho acaecido, buscaba la gente por su cabeza el hecho comparador para crearle su luz al hecho dicho y al hecho hecho y que nos fuéramos entendiendo de mejor manera, y aunque menos académica, si que más original: “Has venío como el aceite a las espinacas” nombrando de la vida a sus casualidades y a aquel parece que te estaba mentando; como si a alguien que se andaba en codo de taberna o en su hacer aguaderas de varetas, o mirando al cielo de su covacha, como un “Miracielos” sin albañilerías ayuntamenteras, que era aquel el nombrajo del mejor y más cabañuelero porcunés a la hora de predecir las borrascas o calmarse con los anticiclones, enseguida la parienta le endiñaba al vaguero la estrofa y la espada del “Eres un pierdepeones”, y se quedaba tan fresca mientras esperaba arrimadilla al chisco de la cocinilla que el calor de las ascuas le calentara el fierro de la pesada plancha para ponerse a planchar los blancos almidonados o las rebequitas de punto.

Y quién no recuerda aquel día- ¿pero alguien lo ha podido olvidar alguna vez jamás?- tan intenso de lluvia por Porcuna, en que iban los perros surcando por las calles como barcos veleros y eran las verdes uñas de los gatos de los tejados uñas de gatos verdaderos arañando las tejas para no ser confundidos con el caer de las canales, cuando la gente lo maldecía, o bendecía incluso, con el dicho suplicante de “Llovía más que cuando enterraron a Garrote”, o en aquel preguntar y decir sabiéndose ya la negativa paterna del “¿Me dejas ir al cine? Sí, al de las sábanas blancas”

Dentro del vocabulario propio y autóctono porcunero, ese que de ya tan enranciado cada vez se pronuncia menos siendo tan hermoso y tan digno como para poder competir con el de la Academia de la Lengua por donde habitan los desvirtuadores del castellano en sus cómodos asientos con sus vocales y sus consonantes, ese parlero parlar de Porcuna que se nombra en garrampón, como nombra esaborío o enguachinao, y tanto en borondazo como con asobinao, que a la nada le dice chispo, aunque sea chispo entelerío, y va del ve a se tal y cual que debe de estar como enfrontilao con los esollones del guacharrazo franfollón, o bien anda en cozes del esfaretón, y aún siendo sisón o sisona va de todo espichando más por ruciá que por chaparrón, que igual podría ser un tronchaastiles que no hace mirar más que por el bujero del cortinón por ver si pilla cacho de nalga o dengue de chafardeo, o si se las da de hacer fullerías y otras besanas de pobre rico teniendo jatillao el estacar de la Casería la Luz y otras lindes más de su propiedad, donde siempre se pone acachao enmitatico, ya sea mostrenco o cojilitranqui al que le ha dado un filistrón de tanto refregarse con los ensimismamientos . Y así como espeluzne de melena, la riqueza de nuestros dichos de andar en nuestras cuevas y en nuestras aleluyas, haciéndole palmas a las palabras sueltas para que nunca le falte público a nuestros testamentarios decires, para así, si el niño nos sale malo o gamberrillo, siempre se le puede vocear con un “Te voy a dar un cuesco que te van a tener que sacar las púas con un cazo”, que más pareciera cuesco con caja de clavos que cuesco con mano cerrada en nudillos, y si alguno se pasa en inventos o fantasías se le endiña enseguida, y de sopetón con pared su “Eres más embustero que Juanico Chupa”, y si niño con mocos de los que iban a la manga de los saquitos su aquel decirle “Anda, que te pareces al santo Mocarro”, que se ve que era santo poco dado al use de los pañuelos de bolsillo, bien fueran de seda o bien de arpillera fueran, o si insiste en travesuras un “Te voy a poner la cara como la guantá Carrasco”, que sería bien dada guantá para durar tantos años en las bocas de los dichos, o otro aquel del decir “Te voy a dar lo que al majuleto Peralta”, al que dejaron sin frutos y sin hojas, y por el que tanto lloraba Manolo Camuñas , y otras tantas gentes del buscar por los campos los bucólicos primores de las bayas y otras linduras de hincar el diente en las merendillas de las tardes.

Al igual que en la estampa esta de los refranes porcuneros podría haber una niña indecisa ante la puerta abierta de su baúl, o ante los cajones de par en par de su cómoda, andando siempre en el decir: “Y qué me pongo hoy, la tapa o el arca”, o de alguien con ínfulas e infamias alunadas y alucinadas también, espetarle aquello de “Estás más loca que una cabra harta pasteles”, o si se andaba indeciso en el amor, y en el noviazgo andaba uno sin saber donde poner el huevo y a que cintura agarrarse, un “Eres más enamorao que Cobico”, o “En el mundo las papas en caldo” ante un asombro de esos de rezar dos Credos y cuatro Padrenuestros, o aquel otro y obro balbucear de “Parece que te chupan el culo las curianas”, ante el que no se podía estar quieto siendo culo de mal asiento, o también endiñable a aquel que por mucho comer toda la comida se le quedaba en huesos; como de aquel también del haba roncada, con muchos eas y muchas curaciones y melindres en el miaque como únicas conversaciones y unos cuantos eructos de los de levantar muertos y ponerlos a huir, lo de “Eres más basto que un serón”, un “Agacha la raspa”, y en el trípode y la triada de su encomio basto un “Anda so borrico pelón”, donde el so ya bastaba como espanto, y más si el dicho se arrimaba mucho a la niña que andaba con sus ojos en otros ojos y no en los ojos que la miraban y la requerían aunque con cada palabra escupiera saliva como plancha de vapor.

Romancero de las frases hechas y de las sentencias con sustancia y tocino añejo que nacieron como una nada y acabaron en un todo que se ha ido diciendo y repitiendo un día tras otro hasta hacerse eternas y cuasi Biblia de la de poco leer aunque mucho confesar, pícara, satírica y sarcástica como Biblia pasada por los lomos del Quevedo, en el “Poner el culo en la burra”, “Correr más que el tío los mixtos”, al que aún se sigue corriendo sin haberlo alcanzado nunca y jamás, o el “Tienes más mierda que la posá Zapatico” si uno era descuidado en el aseo del baño en pila o en barreño de lata, se lavaba, pelaba y se atusaba no más de higos a brevas, de feria en feria o cuando se le pegaban las camisas como al Juanito “El Bicho” de tan comentada leyenda por la calle la Palma.

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“Anda niño y le pegas mejor a una lata”, si al niño, la pelota del balompié se le daba sólo regulín regulón cuando no mucho peor, y era siempre el que veía los toros desde la barrera, soñando con ser Pelé y quedándose en Paquitín, aunque con mucho empeño y mucho correr tras el balón sin ver al balón nunca; y pues en lo otro, si había que temer a alguno, nada mejor que temerle a aquel de la calle Sebastián de Porcuna, y tan joven siendo reposo de cementerio, y del que se decía aquello del “Te temo más que a Pepe el Pelón”; y si no había nada que dar, y menos que recibir la otra parte, el asunto se solucionaba con “Un mire usted y un sí señor”, o “Un leresle con las patas verdes”, que quedaba como más fino y hasta más sentimental; al igual que si la moza era de la estirpe y la especie, y hasta de la especia de las mozas garridas, con muchas carnes y abundantes pechos, y abreviada de boca como estrella del cinematógrafo de las películas mudas, ojos lunares y melena a lo Gilda pero en más oscura, bien se le podía decir aquello del “Si fueras melocotón tenían que hacer el ponche en el Pozo ancho”, que por capacidad, cuatro o cinco fanegas de tierra de melocotoneros y unas cuantas viñas de vino, y si perezoso y apocado, más que gandul y dejado, un “Eres más vago que la chaqueta un guarda”, y si el susodicho, aparte de lo dicho, encima venia a resultar en no ser ni aguerrido, ni guapo, ni garrampón si quiera, o al menos con su poca de gracia y un chiste que se abriera en risas para arrimar el beso, lo de “Tienes más desperdicio que un alcarcil” , y si por aquello de los apetitos menguados o escondidos, o de nulos hincar el diente, “Tienes más hambre que la perra Almendrica, que se comía los recortes de las tejas pensando que eran picatostes”: pobrecilla; sin caer en el caso extremo del dicho por decir, y sin saber su significado como aquel de “ la madre que parió a Panete”, que igual era rosca, pan o bobica tendente en todos los hogares del lugar, o “Nunca es mal año por poco trigo” que era como cosa lírica de la esperanza, o del no quedar más remedio y tal día hizo un año, o de aquello otro tan temido, cuando esas cosas eran de temer y que ahora son cárcel con cadenas de “Tienes la paliza echá en agua”, con el padre esperando a la puerta de la casa, la barba sin afeitar y los ojos en fiera y con la correa en la mano, y la madre detrás del cortinón, en su ejercicio de actriz secundaria, y con la alpargata preparada para rematar al toro o a la torera.

Dichos y hechos, o hechos que fueron dichos, y dichos que fueron hechos, y cuando no resonancias y ecos pregonándose por las calles de Porcuna como sermones ciegos y comprometidos que iban del coro al caño, y del caño a la literatura popular. Dichos que antes de dichos fueron hechos registrados en el libro de nuestra memoria, y que pasa a ser por la gran verdad o sus imaginaciones del imaginario a pie de página, que también lo podría ser aunque con muchos esquinazos que contradicen lo que no tiene más contradicción que el olvido de las cosas, de los dichos y de los hechos. Y así, un suponiéndonos, si un mozo hervía y la sexualidad se le salía por los tuétanos de los ojos o se le hinchaba en el alma encubridora de la portañuela, la moza galana, redicha y más sabía que un sabio de Oriente mirando tal travesura de las partes le bufaba aquello del “Estás más caliente que la borrica El Pancho, que comía pan mojao y cagaba picatostes”, y volviendo de nuevo al hambre, que en Porcuna tiene dichos y refranes a mansalva, también se podría nombrar aquel, y se puede y se nombra, que hablaba de “Tienes más hambre que el perro el afilaor, que se comía las chispas pa comer algo caliente”, que ya es refrán compuesto, y más que frase única, frase doble y más tajante, y si con mal aliño el galán por mucho en galán que se preciara su “Tienes más fallos que una matalahúva”, y si fiesta de día con lluvias y sin aceitunas, nunca venía mal “Comer migas con chorizo en la Casa grande”, y sin saber lo qué es y en lo que dará, aunque puede ser y dar en muchos atines, lo que decía el otro aquel de “Te cunde más que a la Fefa el Pancho”, o un “Eres la Caraba en bicicleta”, o aquel decir con moños y velos de “Tienes más miedo que once viejas”, y si un tajo con pocos jornales pero con muchas aceitunas, ahí iba y va su “Tienes el remolque al tente monete” haciendo cola delante de una almazara; y si el dueño capaparda se la quería dar de ilustrado puesto en traje, adornos y perfume de agua de colonia su “Eres más del campo que las amapolas”, despedido con el despectivo negar de la niña en un “Vete a sacar arrezul del sulfuro”, y de paso beberse un vaso de resol que, a falta de calor en carne, bien viene calor en mejunje de café y aguardiente, aunque el macho quedara espercojao y la que iba para espercojá, luciendo jazmines por la Redonda.

Y si adornos de alturas había donde se luce el cabello o rebrilla la calva, nada más socorrido que acudir al dicho que nadie quiere tener como muestra en su cabeza, del “Tienes más cuernos que Estampío”, y en los todos la paz, y en la guerra, que fuera guerra con dardos de centeno o un mírame pero no me toques. O para paz, en el salve y amén del cada cual a gusto con lo que a cada cual le ha caído, el que ya se sabe por esta tierra del que esta, “Es la tierra de los Benitos, que no son muy feos ni tampoco muy bonicos”

O si no, y en caso de todos los contrarios, tomar la conseja, el atín y el mejor afanarse ante las gachas pardas y los días con nublados del gran maestro zapatero Lisandro, que cuando no tenía zapato que hacer, ni remiendo que echar, ni hilo al que dar cerote, ni manos que ennegrecer su delantal de faena, formaba una orquesta con sus tres hijos y se lo pasaban todos tan bien, como para ponerse a dar palmas y a la vecindad bailando los bailes de salón sobre las losas de piedra de las aceras. Y aquí paz y después gloria.

Y como toda esta retahíla palabrera y locuaz de los dichos o los refranes porcuneros, han sido dichos y ejecutados como entrada, introito y prólogo a la memoria del llamado Pedro Corpas Huertas, nada mejor que decir del Pedro Corpas Huertas aquel su dicho clarividente y que hasta hace no poco se seguía diciendo por Porcuna, cuando aún se quemaban por los campos los ramones de los olivos para fabricar el picón de vareta, es decir, aquel dicho que decía “Echas más humo que la piconera Maraña”, la piconera aquella de Pedro Corpas Huertas, el “Maraña” de esta historia ,al que la zorrera de su piconera famosa dio paso no sólo para nombrar piconeras con muchos humos, sino que a la vez dio lugar a nombrar a la mujer fumadora cuando la mujer empezó a darse el gusto de encender un cigarrillo y enfrentarse al macho como diciéndole su “Para que veas, que a la hora de echar humo, yo puedo llegar a echar más humos que tú”, que pudiera ser la entrada democrática de feminismo porcunero que venir habría de venir con el transcurrir de los días, inventando refranes y adaptando palabras a nuestra forma de hablar y de decirnos las cosas.

A la part’abajo del número tres de la casa de Pedro Corpas Huertas y de su señora, la Manuela Quero, por los bajos de la calle Santa Ana, la casa de Loli y Modesto, los mejores aceituneros que ha dado Porcuna según decían las lenguas del lugar y de los tiempos en que la Loli y el Modesto andaban entre las dos luces de ser los mejores cogedores de aceituna del término municipal y de otros terruños más, traspasando las fronteras de Porcuna, que se les pusieran a mano y a sueldo, cuando echara su cierre la aceituna propia para tan altos, nobles y guapos aceituneros de los del refajo aún y del aún de las ciñeras, para los que la jornada de aceituna al peón mondo y lirondo siempre era poco para sus muchas agilidades y su mucho nervio de pareja recolectora del oro sólido, que el líquido vendría después, y siempre se iban para los tajos donde la aceituna se cogía al por mayor del destajo de los kilos en sus ajustes de cuentas con calculadora de cabeza y sin tragarse una coma, de aquellos destajeros tajos en que los aceituneros se agarraban casi con luna, o aún con el sol dormidamente tímido calentando escaso en las alturas y sin dar tiempo aún a que se derritieran las escarchas y a la melena de los olivos se le secará su ruciá, y daban de mano cuando la mano ya no distinguía entre la aceituna y el chino, y estaba de nuevo la luna puesta en lo alto inventando sus nuevas ruciás y tiñendo de blanco las nuevas escarchas de congelador. Y a la part’arriba de la casa de los “Marañas”, la vivienda de Enrique “El Chiribito”, compadre del vino en la taberna, y de Encarna “La Ramirica”, a la que todos llamábamos Encarnita, pariendo y criando hijos que ya se le venían como sin querer: niños rubios y abreviados comiendo bocadillos de chocolate que les daban brillos tan singulares y maneras dulces y tiernas. Y a la part’allá una callejuela con su puerta de madera, encalada en blanco, que daba a los corrales, con permiso de pase, de Pedro y de Manuela, donde había un pozo lleno de aguas del que se beneficiaban en su medianería la casa de los “Marañas”, propietarios del lugar, y los dueños sin papeles de Encarnita y Enrique, y la casa de los viejecillos Marina y Francisco, Marina medio ciega, y Francisco con borrica, que eran los propios que utilizaban aquella puerta encalada de callejuela que daba acceso a las aguas comunitarias, y callejuela que luego se llevó el tiempo, preguntándose aún por qué el tiempo se la llevó, por donde vivía el borcal de su fuente y su cubeta de lata que bajaba vacía, subiendo llena de agua fresca para llenar los cántaros de las cantareras.

Por los frentes, en una calle aún de guijarros de adoquines y de aceras con losas de piedra, las que acabaron pavimentando patios señoriales por Baeza, la familia de Carmen “La Amolanchina”, la de Sebastián “El Amolanchín” afilador, y Francisco “Puchero” adornada con hijos morenos y velludos y ojos orientales, y más abajo Natalia y “La Cañica” centenaria, coleccionando años guardados en sus almanaques de pared, sin más peligro de muerte que el ya no saber como apagar tantas velas sobre su tarta de merengue rellena de flanín.

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Dando pared con pared del centenario milagro, Milagros y “Castillico”, Milagros con sus costuras y “Castillico” siempre con su mula aparejada a la puerta por si había que salir pitando a dar unas horas de campo o unos acarreos de aguas, salvo que le ofrecieran las aguas el visto bueno de medianía del pozo de Pedro y de Manuela, y bajando calle Rosita “la de las Cabras”, ya con cabras las precisas o un anuario de haberlas habido antes, en otros tiempos y por otros muy distintos destinos.

Por la callejuela de “Los Marañas”, su hermoso asfaltado de guijarros por donde nacían los verdes de las yerbas y se concentraban todas las humedades del otoño y del invierno, donde tenía su vivienda la añorada “Mama Pepa” tan recordada, con su moño compacto de horquillas y su delantal completo de lunares blancos sobre fondos negros, y enfrente la casa siempre en ruinas de María, la mal nombrada por “La Guarra”, aunque era más limpia que un sol y más hacendosa que una sirvienta en casas de alcurnias, pasa que los años… La que dormía sobre una armorzá de paja con alguna espiga de trigo para entretener sus dientes, como un niño Jesús dormido en un pesebre, y que cuando llovía se le calaban todos los techos habidos y por haber, se le entraba la lluvia por la chimenea apagándole el chisco y aguándole los garbanzos y se le abrían todas las pulmonías, naciéndole por las baldosas de los suelos un jardín de jaramagos y amapolas que nunca lograban abrir sus flores. Y haciendo esquina la casa de “Los Caroles”, con su María asomada a la ventana por ver si veía al “Carolo” mayor bajar la calle Santa Ana dibujándole signos de interrogación a las aceras, o paréntesis manchegos a los esquinazos, para de repente verse volar por esa misma ventana por donde María asomaba la cabeza, las aloques calabazas de los huertos haciéndose marrueco con ajillos sobre el calor de los adoquines, pero que nadie comía, a todo lo más, lo apartaban a un lado adornando de anaranjados la muralla de piedra del huerto de la iglesia de Santa Ana.

Pedro Corpas Huertas, el “Maraña” de esta copla con campos y piconera, que ha empezado con refranes y acabará con poema que quizá sea moraleja o resumen abreviado de todo lo que se escribe, era aquel hombre íntegro y militante del campo, que ni entendía ni sabía de letras, nada más que lo suficiente para no llevarse a engaño, y ni falta que le hacía ni lo uno ni las otras, a no ser las letras que se firmaban para la compra del televisor religiosamente pagaderas a un año por el sitio de Los Navas. Sin más condición que la bienaventurada y la sin remedio también condición de sus manos negras de tanto andar con la tierra y otros esfuerzos del menester labrantío en aquellos tiempos sin guantes ni cremas para las grietas, y su rostro curtido y deshumedecido al que llegaban pronto las arrugas como un regalo de los años y los aconteceres rurales, y no un padecer de la estética, en su cuerpo delgado donde hacía arreglo de sujeción la correa de material, y estirado para arriba como si el suelo le estorbara y quisiera alcanzar una estrella para ponérsela a su Manuela Quero sobre una sortija de oro para lucirla en Feria o en Romería, o para salir a ver los santos del santoral de San Benito desde la puerta de su casa, invitándolos a pasar para tomar unos vinos a los que Pedro nunca les hacía menosprecio , como tampoco le hacía desestima a las tabernas de los rancios y olorosos aromas del vino antiguo. Y que era hombre de la vida en sus concretos y en sus instantes de vida viviéndola, sin más filosofía que el saber de las cosas sencillas y campechanas que la vida le había puesto en lo alto en el saber y saberse, que caminaba por sus pies y que comía por su boca, que sentía con el corazón y pensaba con la cabeza lo que hubiera que pensar, el que sentía que cada día había que ganarse un jornal o poner un alimento sobre la mesa, el que sabía que un día habría de morir y que iría en una caja y al que llorarían su familia y lo acompañarían sus amigos y vecinos, el que sabía que si la piedra se tira la piedra cae, y que si pluma tira la pluma también cae aunque vuele, y que todas las demás sabidurías eran ganas de calentarse la cabeza para no llegar a ningún lado o llegar al mismo lugar al que todos habían de llegar, más tontos o más listos, más ricos o más pobres, y si mayor filosofía tenía era tener más dudas que Cicerón y si un refrán que lo asistiera aquel de La Peyronie diciendo que la morada del alma es el cuerpo calloso, y si a más como Voltaire en su almanaque sagrado: trabajar seis días a la semana y al séptimo en la taberna, y en el querer y en el sentir de su gracia y de su metafísica, estimar que cada día pasado y vivido siempre fuera el penúltimo.

Desayunado en aguardiente y tres avellanas sueltas, y mucho comer de cuchara al mediodía, Pedro Corpas Huertas le hilvanaba a cada día su sino, su acontecer y su competencia, sin más permiso que el no saberse nunca estarse quieto sin hacer nada: “y así como me vas a engordar, Pedro de mi vida” que le decía su Manuela, a no ser las tardes con tertulias a la puerta del número tres de su casa, contando sus chistes jocosos y con algún verde enramado a su gracia o lanzando un cante de flamenco sin más guitarra que el chasquear de sus dedos y un tocarse las palmas sin tocar nunca su son.

Asentado y asentido en su falange de porcunero por todos los campos, y todos los amos de Porcuna, ahí estaba Pedro “Maraña”, con la talega siempre al hombro, con su panete, su bacalao, su trozo de salchichón y su tarro de aceitunas, y su boteja de vino para no desmerecer de los alimentos, yendo siempre para donde bien le viniera la doma del jornal, si de siega con hoz y dedil de cuero, si de aclare con su algodón quitándole hierbas, si de quema de ramón con sus chisques de yesca levantando hogueras y aprovechando bien las quemas para convenirse en su refrán, y si a cavar olivos, olivos bien cavados con su caballones y carrujillos bien hechos por donde aparecían las malas yerbas con las raíces al aire, y si suelos había que hacer, primorosamente hechos pasando el peine del rastrillo como si fuera peine peinando la cabellera morena de su santa Manuela Quero, que mientras tanto, para el vinillo del mediodía, que en el vino era Pedro hombre y campero clásico que no entendía, ni falta que le hacía, del invento con espuma de la cerveza, “aquella chuminá sensiblera de flojos” y otras bebidas espiritosas que se gastaban las juventudes contracorriente; sus almejas abiertas y al ajillo o sus puñadillo de gambas cocidas, o aquellas croquetas de pollo y de jamón que la Manuela Quero preparaba en su cocina para envidia de la calle y que al freírlas, llegaban sus olores a los altos y a los bajos de la costanilla saliendo por la amplia chimenea del corral:

-Ya está la Manuela friéndole las croquetas a su Pedro.

- A ver si un día nos da la receta, que las que una fabrica o bien salen duras o bien salen blandas, y por mucho pollo y jamón que las eche, ni a pollo saben, ni a jamón tampoco, que todos los aromas se le quedan en lo salobre de la harina y nada más que a harina saben.

Y si había que hacer hoyos para la plantación de las estaquitas nuevas, el Pedro Corpas Huertas convertido en el Pedro dinamitero, enterrando cargas de explosivos como en unas maniobras de mili y de cuartel por los campos sin gentes, haciendo saltar la tierra hasta encontrar el tesorillo de la cuna del olivo a tres palmos de profundidad.

Socorrido en el negocio de los campos, a todo se hacía mano y maña don Pedro Corpas Huertas, estampa del jornalero porcunés que nunca tendrá su monumento aún mereciéndolos todos en pueblo tan sólo de campos, como tampoco se imprimirá en la fachada de su hogar, la estela de “En esta casa nació Pedro Corpas Huertas: un hombre del campo” acompañando al número de su letanía. Mañanero por la Plaza de las tabernas, dándole al calor matinal del aguardiente hasta que se hicieran ver los manijeros de las libretas, pregonando sus manos, mientras hacía palmas para calentarlas, para quien las quisiera aceptar, y por un jornal sin desperdicio alguno, hacerle al amo todas las faenas de campo que se hicieran menester, que a las labores del campo a ninguna le decía que no Pedro “Maraña”, por un lado porque a todas se sabía hacer, y en un segundo, porque bienvenidas eran las pesetas para la sana y sabia administración de la Manuela, que iba haciendo montoncitos con los dineros, poniendo unos para un apaño y para otro los otros, y a la hora de la oración, su buenas noches al día y a roncarle a la noche su temprana bienvenida, agarradicos como polluelos recién casados y queriéndose mucho.

Un tajo con Pedro Corpas Huertas, empeñado y contratado en él, sería campo sufrido por todos los esfuerzos de las labores, campo con sudor y con azada, o con vara y vareo sobre los olivos de los tajos invernales de Felipe Morente, de Benito Morente o de don Ángel Palomo, pero a los sufridos esfuerzos del labrador a jornal, era la risa por la boca de Pedro “Maraña” como el vino en su vaso o en su bota, que no a trinque de botella, y en todas esas cuadrillas de tan bien avenidos se esperaba el momento en que Pedro sacara de su chistera y de su ingenio el chiste para celebrarle al trabajo su cosa también de comedia, como de comedia o de drama la vida, que todo no iba a ser hincar el lomo y mirar el cielo, y que bienvenidos eran los esfuerzos caricatos de Pedro “Maraña” para desentumecer los ánimos y abrirle al jornal sus risas y sus jolgorios, que así el día pasaba como sin querer, y al golpe de la vara, el chascarrillo de Pedro parando el vareo para echarse unas risas y volar por otros lares; o exhibiendo Pedro sus retartalillas donde las cosas se decían o insinuaban bañadas en moralejas y en guasas de andar por campos, o pegara Pedro el salto de la mona o la postura bujalance con muchos abastos y muchos bolsos, o mostrara al tajo la jocosidad picaresca de sus dichos socorridos y faltuscos por donde Pedro “Maraña” exhibía y mostraba sus dotes de comediante al que nunca se le dieron bien los tablados concurridos y sí las intimidades graciosescas de la barra de un bar o un grupo de tajo con cuadrilla; dichos delirantes provocando las carcajadas como deseando que nunca se pasara el día y siguiera Pedro haciendo sus pamplinas y sus ganas de ser payaso suavón que trocara los trabajos por las risas y si había que llorar, que fuera en la llantina de un chiste carcajeante, simple, pero atronador. Parodiero por los campos de los tajos porcuneros que hacían del Pedro el campo de atención, expectante el mundo de los aceituneros atendiendo a la hora en que a Pedro se le volviera a ocurrir una gracia para desentumecer los cuerpos y echarlos a bailar mientras se llenaban pocos sacos de aceituna, y con los pocos, más que suficientes, por aquellos viejos tajos del ayer, donde, a la vez que se trabajaba se holgaba y se reía, y se hablaba y se entendía, pues todo el más ruido que había era el ruido que por la boca le salía a Pedro “Maraña”, como si llevara siempre un tocadiscos dentro con las guasas de Gila y de Cassen dando a luz sobre los campos, y si no, las aventuras de su vida, por las españas de Porcuna o por las españas de Francia, que también era Pedro el hombre emigrante que cada año se hacía su chamá maletera por las amplitudes y las democracias francesas, de las que siempre Pedro tenía algo que contar, o bien un encuentro de lengua que no entendía aunque a todo le dijera oui como mesa de educación, y a lo que no, un “ yo no compra pa”, que lo desvestían de gabacho y lo hacían merecedor de la medalla de oro del ingenio con sordina y su mucho de chacota, socarronería y pitorreo.

Emigrante por todos los campos franceses: si había que coger melocotón, melocotón que se cogía “biensir” , y si había que agacharse para desherbajar los plantíos de remolacha, el Pedro “Maraña” emigrante, dejando la “betrá” primorosa y recogida, y si había que cortar uva por las vignes du pays, con las tijerillas en mano y un poco de dolor de cintura cortando ramos de uvas hasta llenar les panier o llevarlas sobre sus espaldas hasta llenar los remolques, y si en septiembre llegando había un lugar dentro del autocar y un plato sobre la mesa francesa, Pedro Corpas Huertas subido sobre las altas escaleras agarrando las manzanas por el cabo, y guardando una de cada árbol para traerlas luego a su casa y tener manzanas para todo el año.

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La foto puesta habla de aquella mesa con porcuneros en las manzanas francesas con los papeles estampados de las paredes y las botellas de cerveza y esa tortilla española sobre un mantel de plástico con tulipanes como si fuera una carta o un instinto de conservación para que no se les pegaran mucho las hablas y se les olvidaran a los emigrantes porcuneros soltar los eas salvadores, mientras por los rincones de las maletas se iban amontonando los francos franceses junto a las cartas recibidas y los recibos de los giros enviados para el mantenimiento de los hogares durante esas largas ausencias.

Y antes de irse a las camas y dormir en distracción para la jornada siguiente, un echarse unas briscas o una baraja francesa llena de tréboles, picas y corazones, mientras todos demandaban del Pedro “Maraña” su momento de ocio contando las retartalillas de su talega para poner un poco de diversión en esos rostros de gentes tan difíciles a la francesa y tan entusiasmados con los Alcores, que en Pedro encontraban el momento del entretenimiento mientras fumaban cigarrillo “Celta”, y pasando el mal sabor del vino tinto afrancesado, echando de menos el vino blanco de sus tabernas porcuneras, que siempre esperaban al emigrante con un barril de vino reservado para el pasar del año.

La “piconera Maraña”, mandó un sino, una excusa y una sabia rocambolesca, en los muchos sinos del azar, el dicho y la fortuna de refranero de la vida de Pedro Corpas Huertas.

Según el decir de la piconera “Maraña”, que pasó de padre a hijo como una herencia aristocrática, siempre se comentaba que a la misma le sobraba su mucho humo y su más aún de zorrera, el Pedro Corpas Huertas, arguyendo a los Corpas de su descendencia piconera, que ya su padre era experto en el aquello de levantar y construir piconeras y echarlas a arder para disfrutar del usufructo de sus gratos calores por las cabrillas del invierno, o de lo que también fuera necesario si es que el combustible servía para otras más necesidades que las de arder en brasero y remover con paleta bajo la campana de su sayuela parda, y al Huertas de su segundo apellido que bien podría llevarlo por todos los entretenimientos de los hortelanos con sus oficios en todo, tanto en lo de cultivar vegetales como en la quema de sus rastrojos, o en dejarlos consumir sobre las tierras para darle a las tierras las vitaminas de sus abonos.

Decía que el Pedro Corpas Huertas bien podía constatar a los dueños del chapurreo con guasa, que para guasas y chapurreos los suyos, tan propensos a meterse en los asuntos ajenos sin que los asuntos ajenos los llamaran a consultas ni a consejas ni a extremaunción , aquello del “En la casa de uno cada uno hace lo que le viene en gana, lo que mejor le convenga o lo que mejor sepa hacer, y si a la piconera Maraña le sobran humos y le faltan brasas, bien es bueno saber que sólo hay que insistir en los tizones con un poco más de fuego, y al cabo de un rato más que perfecta la combustión”

-Según los humos que por allí se ven, tan espesos y tan intensos, que más que humos de chisco más parecen nublados que vienen cargados de agua, debe de andar por ahí la piconera Maraña dando sus bocanadas…

-Muchos humos para tan poco picón, Pedro “Maraña”

-Lo suficiente para pasar el invierno.

-Y muchos tizones se ven sin arder en sus zorreras, que luego combustionan mal y te llenan la casa de humos, Pedro “Maraña”

-Problema mínimo don señor juez, que en habiendo tizones que en lugar de arder en ascuas se atufen en humos, para ese menester inventaron las tenazas del chisco y las pilas con agua, lo que viene a decir que tizón que humee se lo coge sin brusquedad, se lo saca al corral, se lo mete en la pila con agua, y asunto resuelto…

La piconera Maraña: lo que no cabe duda es que la piconera Maraña, si no ardía armoniosamente, sí que ardía en sus sentidos según le viviera el viento de cara o de través con mucha resignación y sin mal menor que quedarse algún palmo en sus tiznones, para luego Pedro irla apagando poco a poco a manotazos de agua como si fuera a lavarse la cara, hasta que el calor quedaba listo para orearse un poco y llenar los sacos hasta los colmos, y luego pasarles su aguja con su tomiza y así quedaban los sacos listos como para posar de modelos o acceder a una exposición de las cosas etnográficas y de guardar en la memoria, como en la memoria ya quedan aquellos hacedores del picón de vareta, estampa aún más negra que la memoria:

-Y usted Pedro ¿cómo lleva aquello de echar más humos que la piconera Maraña?

-Pues, a ver y a saber, señor, lo mismo que lleva el cojo su cojera, el ciego su nublado y el tonto sus tonterías, con mucha resignación, paciencia y mansedumbre, y con un poco de orgullo de tener un lugar en la historia de los dichos porcuneros, que no todo el mundo puede presumir de lo mismo, y si piconera con humos y con picores en los ojos, no vea usted que calentita queda luego la casa cuando al picón de vareta se le echa por encima su buen cogedor de ascuas , que si bien dura poco y menos el brasero con vareta que con otros picones, a poca duración más sacos de picón que uno se fabrica, y más cogedores llenos, que lo importante es que al picón nunca falte en los inviernos de los pobres para no tener que calentarnos dando saltos.

Como tipo nervioso y laboral que no podía estarse quieto, ni de callar ni de reír, ni en asistiendo a una vela con llanto, velos, condolencias y conformidades, y si la falta de jornales, por unas cosas o por otras lo dejaban desocupado y vaguero en los aburrimientos, y con una mano delante y otra detrás, al Pedro Corpas Huertas le entraba la ventolera y la corajina de coger camino y manta y echarse a recorrer los campos a paso llano, emprendedor y sin prisas, que los campos siempre guardaban sus sorpresas para los que las supieran buscar o aguardar a que las sorpresas llegaran, y así, con su talega al hombro, con dos o tres viandas y unos sacos vacíos por lo que se pudiera apañar, le decía a su Manuela Quero “voy a ver lo que se pilla por el campo” Encajaba la puerta, traspasaba el arco triunfal e incorpóreo de las puertas de San Marcos, y se lanzaba camino abajo al campo libre para ser cazador de todo, pescador de los anfibios que se dieran y recolector de los alimentos vegetales que los campos ofrecían a los buenos ojos miradores, que el caso era buscar lo poco, lo mucho y hasta lo suficiente, y que a falta de muchas diversiones y entretenimientos de pueblo, había que buscarle su diversión al campo abierto con todos sus milagros expuestos para llenar mil talegas.

Como hombre que siempre estaba en el campo y en los trabajos del campo, en los propios y en los ajenos desde antes de echar los dientes, Pedro Corpas del Campo conocía todos sus secretos, todos sus mercados, todos sus escondrijos y toda su verbigracia, y por las ramas de los olivos sabía perfectamente cuales eran los lugares por donde entraban los pájaros para posar sus reposos o guarecer sus plumas, y por esos resquicios Pedro montaba la tesura de lazo de sus perchas invisibles por donde cazaba las aves que iban a su talega. Y por los suelos de los olivos colocaba Pedro sus trampas, con el vuelo de sus alúas agarradas por el cuello, y si no caía gorrión, zorzal que caía, y si no pájaro raro que bien desplumado y mejor frito tanto gusto y sabor daba como el más fino manjar del pajarillo, y así iba Pedro Corpas Huertas llenando el morral de su talega, y si tiempo había, o en la espera estaba de la caza de las más aves, Pedro se sentaba sobre una piedra o en el tresillo de un lindón, y desplumando los pájaros echaba sus plumas a volar como levantando albures o signando cabañuelas, y si no se los llevaba al hogar, levantaba en diana floreada a los hados de la casa, la Manuela, la Luisa, el Manolín, el Pedro y la Juani, los sentaba en el patio haciéndo círculo y los tenía quitando plumas hasta colmar una buena sartén de pajarillos al ajillo, y así los gastos de la carne ahorrados, y si pájaros sobraban, Pedro se los llevaba por las tabernas para vendérselos a los taberneros o a quienes los quisieran pagar , y beberse de camino una convidá de vasos de vino sin más pagar que el enseñar la ofrenda, pegarse un zapateado por el suelo y ponerse a danzar la danza de los clementísimos.

Pedro “Maraña” en sus jornadas de campos sin salarios, y viajando sin más vehículo que sus pies y la agilidad de sus delgaduras, sus muchos nervios y su calma también, y echando de tanto en tanto un buen trago de vino de su bota manchega, y siendo visionero de todos los lados de las siembras, de un lado agarraba los espárragos hasta formal unos buenos manojos , que unos los dejaba por su casa y otros rifaba por las tabernas, y de las zonas umbrías se agarraba sus buenas almorzás de setas, y por las sombras de los olivos sus manojitos de collejas para que nunca faltaran en tortillas o en esparragaos, y sus ajos porros para lo que fuera menester, o su capacho de alcaparrones para ponerlos en agua cubierto con hojas de parra, y por los lindones umbríos sus gavillas de espinacas salvajes , de esas que parecían ocultas pero siempre abiertas a sus ojos, y de los otros lugares su puñados de cardillos, y así, cuando a la vuelta le daba ya el último sol del día sobre sus ojos, volvía Pedro con su buen morral al hombro que daba gusto verlo asomando por el Llanete de San Benito , lleno de aves y de verduras, y si por el camino de vuelta por charca pasaba y si ranas había por la charca, su buena bolsa de ranas , y si el Salao iba con agua y con peces, nada más que con una ramilla de olivo y un ramal con su alambre y con su lombriz, se traía Pedro su pequeño mar a la casa, y si pato veía pedrada que le pegaba y si perdiz, acecho y bala con tirador para el pescuezo, y a la noche estofada con patatas, y si garbanzal recién segado, su rebusca de garbanzos, y si caracoles por las malvas y los cardos borriqueros, caracoles para la talega con una rama de tomillo y unos cuantos tallos de hinojo, los duros para las aceitunas y los blandos para la merienda de los niños, y cuando Pedro Corpas Huertas vaciaba sobre la mesa los entretenimientos de su día de campo, la mesa de los “Maraña” parecía exposición de la Plaza de abastos, con su rincón de puesto de carne, con su puesto de pescao y su puesto de verduras, y sin más gasto que el gasto de los pasos, unas trampas de alambre que él mismo se fabricaba, unos cuantos hilos de perchas y su bote de alúas sonando como caja de grillos y muchas esencias de hombre de campo perfecto, que de donde había había y de donde no, se las ingeniaba para que lo hubiera, el caso era no estar todo el día de un arriba para abajo sin más hacer que mirar tejas y esperar canales. Y entonces con la jornada echada y resoluta, se salía a la puerta con su litro de vino y sus ancas de rana fritas, o sus setillas con ajos o su tortilla de collejas, convocando a los vecinos a las muchas de sus gracias y a probar los alimentos, y vaso a vaso se bebía su vino y todos los litros que se hicieran menester, dibujándosele por las mejillas el rojo de los contentos y los coloretes de las marías, y en su boca el chupeteo del cigarrillo y las sanas desvergüenzas de sus chistes picantes y de sus retartalillas sonoras, hasta que la vecindad era un reir y un soñar de Pedro con aquel su desparpajo llenando su casa de manjares y de alegrías con sornas y con sudores.

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Pedro Corpas Huertas, “Maraña”, nunca le hacía rabonas a las tabernas, y por las tabernas ni ascos a los vasos de vino, y si ya estaba harto y su estómago cerrado, o por una convidá, o por un estarse a gusto entre gentes de su misma condición, sus mismas fatigas y sus mismas algarabías, ideas y condolencias, nunca le decía que no a ese vaso de vino postrero y de más, aunque ya fuera más lentamente bebido y haciéndolo como sin querer.

El círculo de las tabernas de Porcuna era un círculo que siempre recorría Pedro “Maraña” para así quedar bien con todos los taberneros, y consigo mismo también, y vaso tras vaso le bailaba la rumba a los chatos y le cantaba el cante a los caldos como sólo saben cantar el cante los bebedores de vino blanco.

El círculo de las tabernas de Porcuna, como se circulaban en el antiguamente de las tabernas, haciendo primeramente sus paseíllos por Jesús para contemplar los horizontes por donde anduvieren sus cuitas, antes de allegarse a la taberna cuchitril de Rafael “Escopetilla”, la que a pesar de llamarse “Las Ocho en punto”, unas veces el “Escopetilla” la abría a las ocho, o la abría a las nueve según le viniera en ganas, o se quedaba sin abrir y los parroquianos esperando al bueno de Rafael, , que entre servir un vino y otro vino se sacaba de la manga sus juegos de magia para que los clientes no se le durmieran y siguieran consumiendo, y que a falta del espectáculo de las coplas de la radio, hacía él el entretenimiento de sus juegos de manos con las cartas de la baraja o con lo que fuera menester de perder y de encontrar monedas tras las orejas dejando boquiabierta a la parroquia clientelar, y cuando se hartaba el Rafael “Escopetilla” de hacer un juego tras otro, lanzaba las cartas al techo y allí se quedaban pegadas hasta las ocho del día siguiente, que muy bien podrían ser las nueve.

Y si se seguía la Carrera adelante, Pedro “Maraña” por la taberna de Manolo “El del Bar Parada”, o a la taberna hermana de “Los Mulos tordos” si andaba llena la de Manolo o por pillarla de suertes, y por la Plaza donde Benito “El Guiñolero”, o a la esquina de Enrique Hita, ese Enrique vestido de dandy en sus paseos con gabardina beige, sombrero y bastón de gala, sirviendo los vinos como un lord inglés al que todo el negocio de su taberna le venía en divertimento y anecdotario para escribir sus proclamas.

Si la cuesta iba para abajo, era el verlo venir entrando y cantando y diciéndole al vino cosas y coplas, allá iba el don Pedro Corpas Huertas al bar de “la Soga”, o bajando por la calle el Real, por donde posiblemente se encontrara a Periquín “El legionario”, el que anduvo por la legión africana y volvió a Porcuna un algo pirado y un mucho macho, y hasta un algo sonámbulo y descentrado, caminando su jura de bandera por la calle el Real y a cero grados centígrados, con el pecho descamisado y remangado hasta los hombros como se debían mostrar los machos verdaderos, y saludando marcial, valiente y ufano a los cruces de las gentes.

-Periquín, ¿no pasas frío tan descubierto?

-¡Un legionario español nunca tiene frío, Pedro Maraña!

-Vaya, lo mismo que se viene a decir de los machos aceituneros de Porcuna.

-Un tantico así pero con más banderas, Pedro Maraña.

-Pues nada, Periquín, qué usted tenga muy buena guardia.

- Y usted que se sienta seguro, mi general.

Por aquella calle abajo, la taberna del Borondo ya mirando para Mesón y haciéndole rueda al ensanche de San Lorenzo, y a codo con la iglesia su visita a la taberna del “Niño las Talegas”. Y si con ganas una bajada al Parral tomando el fresco o el solecico de la una de la tarde.

Y si en lugar de bajar a Pedro Corpas Huertas le daba por subir, por el Llanete Cerrajero donde abierta y parroquiada le esperaba la taberna maravilla de Francisco “El Rano”, y por la calle Gitanos la tabernilla de “Pacharca”, y por las Cuatro esquinas la taberna de Tomás “El Guiñolero”, y luego ya nada más que echarse calle Santa Ana abajo hasta aterrizar en el número tres de su morada, donde ya su Manuela Quero le tenía la mesa puesta y esperando para comenzar el juego de las cucharas mientras pelaba cardillos o recogía plumas, o sacaba del agua fresca del pozo la cubeta de lata con la botella de vino tan fresquita y veraniega, mientras su Pedro “Maraña”, cogiendo a su Manuela de la cintura le cantaba un fandango valiente mientras ponía sobre su frente un tierno beso de amor.

A la hora en que las sombras ocupan su media calle, Maraña se arregla el talle y le da una vuelta al campo, creyendo que va soñando pajarillos y zorzales, y al dar la vuelta a la calle el horizonte le planta en medio de su garganta y en su gorrilla chulapa un medio mundo de estacas con muchos frutos debajo. Por los fuegos piconero amontonando varetas, y una chispa de cometas dibujándole sus humos y su refrán conquistado, que al verso que va rimado con dicho tan comentado le sobra rima y astado para sortear cien vacas. Alpiste de las alpacas y los canarios sin jaulas, Pedro con rosas de malvas sacando brillos extraños a la turba de los barros y a los nidos de las ramas, sintiendo que están las almas de los viejos del lugar diciendo por donde van sus pasos que todo saben, y son del campo sus llaves las que están en sus bolsillos. Hombre con los justos brillos y sus dos manos con callos, agricultor sin arado pero con sembrados muchos en este o aquel arrechucho y si no camino y manta hasta las cortes de Francia para recoger manzanas y uvas por donde el vino le canta al Pedro su trino y su aroma de taberna. Si la risa fuera cierta tu gracia sería una orquesta de trompetas y trombones marcando un ritmo marcial donde Pedro siempre da su do de pecho y su chiste para hacer de un mundo triste una risa contagiosa que recogiéndose en rosa abre en el cielo arco iris. Maraña de los abriles, los junios y los diciembres, cuando en tu puerta te sientas la brisa de Santa Ana no hace más que abrir ventanas poniendo orejas al mundo donde todo lo profundo es crear un canto viejo que mirándose al espejo abra una boca en su risa. Las tardes de las avispas tejen su colmena parda en la sombra que tu espalda le dibuja a la pared, ruidos de macramé haciendo nudos al viento, y en la taberna un contento cuando tus pasos llegaban diciendo sus cosas bravas de espárragos y collejas ante el clamor de las viejas enseñando sus encías cuando Pedro aparecía cantando coplas añejas, aplaudiéndole las tejas y los luceros del alba. Hoy que sólo eres cigarra luciendo en un cuento anciano, sea tu luz como un reclamo de esos camperos de ayer que sin tener nada que hacer lo hacían todo bien hecho, y sin más de sacar pecho que lo justo y necesario para un comer a diario y un dormir a pierna suelta sabiendo que tras la puerta lo mismo suenan bautismos que pueden sonar saetas.

ALFREDO GONZÁLEZ CALLADO

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