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15 ene. 2015

  • 15.1.15
Por las escuelas de San Francisco, las de don José Jalón y las de don Rafael Hernández, por aquellas épocas, edades y libertades de la II República, cuando la educación intentó llevar sus saberes y enseñanzas hasta todos los ámbitos y hasta todos los hogares, desde los precursores hasta los oprimidos, y desde los del caldo de gallina hasta los del caldo de habas, el niño Eduardo Chiquero Puentes aprendió de las palabras sus formas, su sonidos y sus alas, las susurrantes formas hieráticas, que al dibujarlas sobre los cuadernos y sobre las pizarras emitían músicas por las que se iban comprendiendo los escritos, y, aunque tan parecidas a las palabras que salían por las bocas que le hablaban las gentes, el niño Eduardo Chiquero, comprendió que eran también, y a la vez, otras palabras, aquellas con las que se construían las otros sonidos y los otros textos.

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Y descubrió un hecho que para él fue culminante y bienhechor a la hora, no ya de sentirse vivo, sino de sentirse construido, consciente, y literario, ebrio de otras ebriedades y alucinado con otras amapolas, el valor y el valer de los textos escritos, esas hojas y más hojas de los libros que en fijaciones primarias y aprendizas, y concluyentes también, le iban dibujando los otros quehaceres, aquellos otros quehaceres que ya no eran barquitos perdidos en su alta mar, si no, barcos que dejaban de ser naufragio por las aguas majaretas para sentirlos él en las orillas arenosas y sedantes de los renglones, por donde iban y venían los marineros de los relatos descubridores de Stevenson, los piratas sin parche en el ojo y sin pata de palo de Salgari, los aventureros perdidos por todas las islas y todos los viernes y todos los robinsones de Defoe, o los inicios susurrantes y difíciles de las primeras sorpresas literarias, entre la nariz de Pinocho, nariz a la que el niño Eduardo quería ver siempre creciendo para no perder nunca la ilusión de vivir en una fábula, que casi era parábola, y los cuentos de Calleja, aquellos de los dibujitos a tinta y las moralejas con tino.

De la fiesta de la enseñanza de don José Jalón y don Rafael Hernández, el niño Eduardo iba sacando en conclusión que había otro más allá que nada tenía que ver con la realidad ni con la verdad que se contaban las gentes por los procederes y urniciones de sus vidas cotidianas, con tantos campos y tantos horizontes por donde se perdían los campos; por donde iban los obreros hombres y los obreros niños, y las obreras madres, tan cargados de mulos y aparejos, y tan sangrados de caminos, campos y sudores; lugares si anhelantes, aún no anhelados, lugares que aún podían y debían posponerse para no sacar al niño fuera del tiesto y el vientre de la enseñanza, de aquel truco y trueque sorpresivo y súbito del dar ojos para recibir tintas, y así, el niño Eduardo Chiquero hacía el intercambio de su infancia, perdido, vagabundo y vagante entre el mundo real que lo subyugaba con todas sus realidades y todos sus esfuerzos, y aquella otra irrealidad tan sugerente y tan vaporosa, que lo envolvía como si viviera dentro de un cuento al que nunca debería de dejar de crecerle la nariz, de un cuento del que nunca quería salir si no era más que, para el propio de sí mismo, construir con palabras su otra literatura: ese tesorillo que desde sus años niños fue atesorando, regando grano a grano hasta devolvérselo con creces en sus “Cosillas de Porcuna”, y en su “Mercadillo de Retales”, para con el tiempo, convertir a Eduardo Chiquero Puentes, en el don Ramón Mesonero Romanos de Porcuna en sus escenas porcunenses.

Los maestros de escuela de San Francisco, le enseñaron a Eduardo Chiquero Puentes, el puente entre la realidad y el deseo, y el chiquero por donde asomar el hocico a la plaza de toros de las palabras, y le mostraron al niño el encuentro y lugar donde se hallaban los libros, por aquel monumento de las Carnicerías reales, y los juzgados de paz entre esas piedras centenarias y esas murallas donde la República porcunera confeccionó los estantes y ordeno los libros de su Biblioteca para el libre albedrío y el mejor disfrute de la literatura.

Y hacia esas Carnicerías llenas de piedras y llenas de libros, iba el niño Eduardo con su pantalón corto y sus calcetines de lana, y su jersey de marinero lleno de espigas y avenas locas que se lanzaban a los saquitos como si fueran diana para los dardos niños de los vegetales, navegando en todas sus rayas, y su gorrilla de fieltro para que nunca se le salieran las palabras de su cabeza, y con los ojos más amplios del mundo para que las palabras de los libros vivieran y convivieran siempre con él, hermanadas en la noble hermandad del relatarse las historias universales.

Ratonero por la biblioteca republicana, y por el instinto de los buenos maestros, el niño Eduardo, por aquellos años treinta tan lejanos ya, fue descubriendo las joyas del Siglo de oro, de Lope, Calderón, Cervantes, Góngora, Garcilaso y Quevedo, y ya no pudo vivir sin los libros, aquella forma de espantar fantasmas y abrir mentes, ventanas y universos, aquellas otras formas de estar en la vida, pero, a la vez, estar fuera de la vida: ese aislamiento y ese anfiteatro por la tranquilidad de las cámaras, o apoyado en las blancas cales de los paredes, a la vera de un pozo con agua y un limonero en flor, sobre un trigal atardeciendo o sobre una luna dibujando en la noche una luz de candil.

Después aconteció la guerra- ¡cuántos personajes con guerra!- y los cielos muy nublados, y las cosechas sin manos, y las bocas sin comidas, y los maestros le dieron vacaciones a los doce años al niño Eduardo, y las vacaciones se prolongaron interminables y para siempre, que ya nunca más hubo escuela, y al hijo del “Niño Chiquero” y de “Antonia la Malva”,esos campesinos del ondear de las eras y el clamor del fierro de los arados, en aquellos tiempos en que los cortijos se poblaban de gentes que eran pueblos, de rumores que eran exclamaciones o cuentos de contar en el antiguamente de los mitos y las tradiciones, y más gentes saludando al clamor de las mañanas, el sudor de las tardes, el anochecer de estrellas doradas con las charlas en las orillas de las casonas blancas:

“No vayas a Casasola
Que trabajas con la luna:
Allí se cena dos veces
Y no se almuerza ninguna”

Le tocó, según el familiar destino que también era camino al andar en el andar de los campos, las ancestrales labores de los labriegos sin edades pero con manos siempre, y en los descansos lecturas y un juego de niño con trompo y con zumbel, o con aro y guía persiguiendo caminos y descubriendo veredas, por las calles solitarias por donde se caían las casas, aparecían los lagartos y las serpientes, y una leyenda de moscas posándose sobre las manchas de sangre, y las gentes iban de luto como si se estuviera muriendo todo el mundo, o como si ya lo negro fuera el único color que podía vestir al pueblo.

De la biblioteca salían libros que eran arrojados a la calle, como en una imagen inquisitorial, como alocadas palomas que ya no sabían volar o les habían cortado las alas, y Eduardo iba recogiendo un libro por aquí y otro libro por allá, libros desencuadernados a los que llegaban las lluvias y quemaban los soles, libros que nadie miraba ahí, tirados por los suelos, porque estaba prohibido mirar los libros. Esas palabras por los suelos, esas tumbas que se abrían con el viento y se cerraban con los ojos, y Eduardo Chiquero Puentes fue cogiendo algunos libros, y a escondidas, se los iba llevando a su casa para comenzar a formar su biblioteca, y a falta de otros libros, y ya siendo los libros sus únicos maestros y su única escuela, aquellos pocos que logró salvar de la hecatombe y la atrocidad inculta, y que se abrían todos los días en sus manos, a la luz del sol sobre las paredes blancas, o a la de una vela o un resplandor de chisco de palos en las noches quietas en que todo era silencio, y cuando no silencio, el temor de los silbidos de una bomba, o en la lejanía, los tiros que sonaban en todos los cementerios de la creación. Y lo llevaba todo en silencio, el silencio del niño que se quedó sin maestros, y sin una escuela, la que pronto se abrió a los escombros dejando al aire sus pupitres y sus lapiceros derramados por el suelo, y algunas hojas sueltas con algunas palabras mudas; una escuela abierta como una granada que, en cada piedra derrumbada dejaba caer sus granos hasta formar un jardín carbonizado y un hogar abandonado.

Chiquitín de campo en los amaneceres ya oscurecientes de la tricolor, dejando la escuela cuando ya se iban desdibujando los tres colores, para ser en el campo, por el día, guardián de caballerizas, espigador de eras, ablentador de trigos y cebadas, amanuense de aguas, en cántaros o en botijos de barro, jugador en las eras con canicas de greda y pitas de ramas de olivo. En las tardes rojizas de las puestas de sol, sobre el verde tul de las hojarascas, acompañante de niñas por los caminitos de las cortijadas, dando en requiebros, guiños, sonrisas y versos, y un alma niña de futuro enamorado. Y en las noches pálidas de estrellas como sombras, se le presiente en niño yuntero que ya ha dejado las yuntas en sus dormideros; las migas en los estómagos, y a los jornaleros roncando en la madrugada gris de los cuerpos cansados, recostado sobre el blanco nocturno de la pared de algún cortijo, sin más luz que el pabilo amarillento de una vela, entregado a la lectura de los libros salvados de aquel naufragio, las rimas de Gabriel y Galán, las prosas de Villarroel, o aprendiendo a escribir sus rimas y sus dichos:

“Si tu fueras manijera
Te cantaría soleares
En la viña o sus lagares,
O en los campos de Porcuna.
¡Como es tiempo de aceituna…!

Eduardo Chiquero Puentes, fue, es y será, el sueño de un niño que soñaba literaturas en las oscuridades aquellas donde a la palabra escrita se la miraba de reojo, cuando no, malintencionadamente

De la era al libro y del libro al sueño: benditas manías estas del que a sí mismo se forja una aureola de palabras ajenas e insiste en el empeño de hacerlas palabras suyas.

Eduardo Chiquero fue no más aquel al que la literatura lo formó en alas y al que se le cansaba la vista de tanto estar en los libros, y al que se le gastaban los lapiceros de tanto rellenar cuadernos y hojas sueltas, o en recetas médicas donde los versos convivían con las aspirinas, como si también los versos fueran medicinas recetadas por los médicos de familia.

El hombre es un ser de empeños y de cabezonerías:

Qué la instrucción se va y llega lo otro, pase, que algún libro quedará siempre.
Que al sueño que sueña en Quevedo lo despierta el tiritante despertar de un niño yuntero y madrugón en el tibio rocío de los trigales, pase.
Que la horma de su zapato es horma de paso rudo, pase.
Que los callos de las manos aboguen por nublar la cabeza a los alegres pajarillos de las rimas, pase.
Que siempre habrá un libro escondido, y un escondido lugar, bien sea sobre el reposo duro de una albarda para descansar de los esfuerzos, para volar por los mundos imaginarios y sutiles que tantos escribidores nos han dejado.

Eduardo Chiquero Puentes, descubrió que, a parte de los hechos y los sucesos del laborear el día a día, existía por los lindones de los caminos un abrevadero de aguas que formaban palabras, una claridad de voces capaces de nublar los más entecos entendimientos, los tiempos más oscuros con sus más oscuros designios y propósitos: siempre las palabras desdibujando los abismos.

Eduardo Chiquero Puentes se formó en los clásicos y en sus dedos, las páginas de los libros ennegrecían el tacto y blanqueaban los caminos por andar, que son los caminos en que Eduardo basaba el despegue de lo cotidiano par ahondar en el vino de los muy otros lagares, el perfume de las muy otras flores, y el amor, de los muy otros entretenimientos y entendimientos.

Tanta era y fue la devoción de Eduardo Chiquero Puentes por el amor y el amar de los libros- aquellos que nunca sabremos del todo si nos harán más o mejor libres; pero, sin duda, más amenos y con más palabras, más distendidos y con más horizontes, y un mucho más entretenidos- que, en sus años de concejal en el Ayuntamiento de Porcuna, su meta principal era el crear para Porcuna su inexistente Biblioteca pública, que le hiciera tener y sentir al pueblo, aquel recuerdo y aquella holganza, y aquel recuerdo y gran devoción de cuando niño en el niño de la Biblioteca de la República, y así su empeño no cejó hasta conseguir abrir aquella vieja y blanca Biblioteca, que era como una amplia casa de muñecas, por el Paseo de Jesús, allá por el año de 1970, y en su inauguración, se vio otra vez niño y se sintió otra vez niño, y otra vez útil, y recorriendo sus nuevos estantes y tantos libros salvador de las cajas de cartón, soñaba con tener ese lugar y hogar de la lectura lleno de niños, de hombres que fueran niños, y de jóvenes que sintieran por la lectura aquel su mismo entusiasmo y religiosidad.

De las lecturas, de las múltiples lecturas, Eduardo Chiquero Puentes también comenzó a sentir por sus interiores ese gusanillo tenaz y extraño del sentirse escritor por un día, y como de lo que sabía hablar era de las cosas que lo rodeaban, un día se atrevió a romper los silencios oscuros y las jaulas del alma, quedando ensimismado y turbio ante las hojas en blanco, por donde los cuadrados y las líneas formaban su laberinto. Afiló el lápiz de su pensamiento y de su sentimiento, comenzó a sacarle voz a lo que voz callaba, y en el intento de salvar del olvido las cosas vividas y los instantes presentes, comienza a elaborar sus prosas y a componer sus versos, y tirado el muro y abierta el ala por donde volaban los empeños, los sueños, los afectos y las cosas por decir, en sus sonsonetes de enjambres y panales, comenzó Eduardo Chiquero a llevar cuadernos de hechos y de recuerdos, y mimando con tino los sentimientos de las rimas, buscando por los adentros de todas sus lecturas los mimetismos de las rimas que le vinieran a visitar para entablar los diálogos con las musas. Y ahí andaba Eduardo Chiquero Puentes con sus cuadernos en la mano anotando palabras para crearles sus miras o sus músicas, anotadas en vertical, unas bajo las otras, para ser de su poesía las palabras acordantes: numantino, peregrino, palatino, platino. Rimas consonantes para los finales de los versos de sus sonetos, y asonantes para crear la ligereza sutil de sus romancillos y canciones carnavaleras, como aquellas que vivió y escuchó de niño, con todas sus sornas, sus moralejas y su poquito de amor.

Mientras, a la vuelta de los campos y a las vueltas de las palabras, a Eduardo le esperaba su novia morena, su Consuelo Gutiérrez Morente, con la que casó en 1955, y que era la novia eterna, como amor eterno eran los amores de antes de que el amor deviniera en amor con cálculo, y con ella subió al altar para decirse los te quiero, y un viaje de novios por los lugares de los besos, y una casa blanca, con habitaciones blancas, y unas cunas esperando la llegada de los hijos, y un futuro distinto a su pasado de era, que para ello, tras el mariage, Eduardo Chiquero abandonó los campos de las labranzas para crear sus otros campos y sus otras labranzas montando almacén y agricultura de comercio en Porcuna, un comercio de cereales, legumbres y otros productos vinculados con la agricultura, hasta que en 1989 le llego su jubilación y se retiró a vivir consigo mismo, a recopilar sus escritos, ponerlos en orden y en concierto para que nunca se perdieran, que fueran luz y huella para las venideras civilizaciones porcuneras de aquellos otros tiempos vividos y aquellas circunstancias y entretenimientos.

Altruista de las palabras, de los comportamientos, y de la de arrimar el hombro para todo lo que fuera de bien menester para el bien de la comunidad y en la mejor fortuna para su pueblo, hombre de vara y tercia que andaba por todas partes y en todas merecía su respeto y compromiso, Eduardo Chiquero Puentes era el hombre ilustrado que arrimaba el hombro, las manos y lo que fuera menester arrimar en la pipirijaña manducante de estar en todos los guisados para crear el bien común. El curioso parlante que arrancaba cada día la hoja del calendario de sus horas e iba anotando en él las agendas de su jornada: un apartado de horas para el trabajo, y en esta otra para el hogar, un apartado de horas para la lectura, y otro apartadillo más para escribir que era su liberación como también era su recuerdo, y en la mancomunidad compartida del curioso parlante y escribidor, las otras horas más para hacer presencia en Porcuna allá donde se le llamara y necesitara, donde se le hiciera de menester, donde su presencia del hombre sabio en sus raíces, curioso a sus principios del saber y del participar, y ameno y agradable en el conversar, lo hacían de él, si no el hombre imprescindible, sí el hombre siempre con las manos abiertas para darles fuerza de manos a sus manos ofrecidas y escribidoras, que si un poema para la Virgen de Alharilla, allá tenga usted veinte sonetos para que tenga la Virgen canciones no sólo para este año si no para todos los años que fueran menester, que si un contar de sus cosillas y de hechos matritenses de Porcuna, para adornar de palabritas los programas de Feria, tenga usted unos cuantos folios pasados del bolígrafo a la máquina de escribir y que vengan bien para ilustrar los papeles de los festejos, si para la Hoja parroquial de ARCO, un auto sacramental de cancioncillas, con cálices y con oraciones para amar a Dios sobre todas las cosas, y a la literatura de los versos sobre la faz de la tierra, si para el periódico “El Candil”, aquella Luminaria de la cultura popular de la Asociación cultural “Electra”, el hombre que se iba haciendo viejote, mano a mano con la juventud estudiantil, dándole sus escritos y todo su amor en aquellas impresiones de lápiz y multicopista, o sus cosas de hombre de campo, que era en el fondo, lo que Eduardo siempre había sido y siempre quiso ser, campechano y servicial, un hombre de campo ilustrado para bien dar a demostrar que buena guiso podían hacer el azadón con el verso, la hoz con el martillo pilón de la lectura, en sus artículos para la sevillana revista “La Cosecha: Revista quincenal ilustrada del labrador”, a la que Eduardo Chiquero Puentes, como un corresponsal de los campos, enviaba sus escritos para ser de los campos sus literaturas.

Un Eduardo Chiquero Puentes vestido de hombre abierto y de hombre comprometido, al que se veía por los actos culturales como si andara por su propia casa, y sintiéndose un poco semilla de aquellos actos, de aquellas palabras y de aquellas compañías, y hombre compartido ofreciendo sus esfuerzos y sus saberes, y sus entenderes también, como alas que nunca dejaron de volar, y para su pueblo manos nunca ocultas y nunca secretas, si no expandidas, abiertas, ofrecientes, ni tras de su imagen ni tras de sus palabras, si no manos colaboradoras siempre por el buen hacer y mejor sentir, y el más bello recordar de su pueblo.

Este hombre, siempre escrito en presente, del casino provinciano, con el cigarrillo siempre en la boca por donde volaban las rimas de los humos y los arpegios de las músicas, que dio un día en el Círculo Artístico Cultural de “La Píldora”, para darle al Casino su presidencia y su cosa cultural y hasta más amena, que andaba la pobre manga por hombro. Ordenando libros y convocando tertulias campesinas, y bailar pasodobles con su Consuelo Gutiérrez, por aquellos bailes de los Domingos de Piñata, o aquellos otros con orquesta y presentadora por aquellos viejos abiertos y que ya hoy son también historia, historia triste que no le dio tiempo a escribir a Eduardo Chiquero, de la Caseta de “la Píldora” por el recinto ferial de aquellas ferias de antaño, sin menos ganados, pero con muchos bailes, que eran el Eduardo y la Consuelo, consumados bailarines, si no de claqué con muchos brillos de charol en los zapatos, si de las maestrías musicales y danzantes del cuatro por cuatro del pasodoble, aquel ayer también, las mejillas pegadas como calcomanías que se iban al agua, y queriéndose mucho, pegados los pechos, agarradilla la cintura, mano en el hombro, y un ir de aquí para allá en el baile de las baldosas o en enlucido del cemento, para descubrirle a la alegría su otro cuerpo, tan distinto y tan igual a la estampa del baile de la vida.

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Manos ofrecidas y siempre a mano las manos de Eduardo Chiquero, arrejuntado a la sociedad de las sociedades en sus siempre compromisos, Eduardo Chiquero Puentes era el hombre multiplicado, el agente doble que iba en la sociedad y en la literatura, y a las dos le ofrecía su vida, el hombre al que se leía gozosamente por todos sus escritos, y se veía por todos los lugares, y cuando no, se paseaba por el Paseo de Jesús descubriéndole al horizonte las otras gentes, los otros hechos, las otras pinturas y las otras palabras para apropiárselo todo y hacerlo todo suyo en un egoísmo magistral que acababa en unos versos sentidos y en unas prosas por donde iba Porcuna dibujándose a sí misma como una emperatriz de sus infinitos terrenos, costumbres y maneras, como suyo hacía el aire, las aguas de las fuentes, las caricias de las ramas de olivo sobre su rostro, y el café con leche en “Los Mulos tordos” hablando con las gentes de Porcuna, de las gentes de Porcuna y de las cosillas de Porcuna para las gentes de Porcuna, su único público, y su mejor público agradecido, y cuando un descanso hallaba entre los asuntos y las literaturas, Eduardo Chiquero se iba caminico alante para la carpintería de “Los Jorge”, donde le gustaba hacer al comprometido sus utensilios y cachivaches de madera, en ese empeño tenaz del hombre que quiere saberlo todo, y para saber nada mejor que aprender de los que el saber sabían lo que el poeta ignoraba.

Concejal por el Ayuntamiento de Porcuna de don Juan Zofío, al que se entregó en cultura y en libros, Presidente del Círculo Artístico Cultural, al que dinamizó en sus tres palabras magistrales, Vicepresidente de la Sociedad Cooperativa del Campo Virgen de Alharilla, por aquello de estar siempre en lo que siempre fue: un hombre del campo, Presidente y fundador de la Asociación de Padres de Alumnos del Colegio de Santa Teresa, para no olvidar nunca que toda su inquietud de infancia y toda su búsqueda de libros y de cultura empezó de la mano de sus dos maestros, don José Jalón y don Rafael Hernández: cuatro mundos para cuatro dignidades y cuatro compromisos del hombre comprometido que fue, el hombre multiusos que le sacaba al día sus horas laborales y a las noches sus lecturas y sus escrituras; pero lo que siempre nos quedará, por los siglos de los siglos de nuestra historia, de nuestra cosa costumbrista e historiada, laboral y popular, de nuestro ayer para el mañana de siempre en su notable labor de nunca ponerle puertas al campo, y en la hora de hablarle a su literatura, y hablándole, hablarle a nosotros y con nosotros de lo que somos a través de lo que fuimos; una labor recopilatoria y literaria que son los dos libros que nos dejó antes de írsenos para siempre aquel siete de enero de dos mil doce, como regalo de Reyes a todas sus virtudes, sus esfuerzos, sus inquietudes y sus bonhomías, “Cosillas de Porcuna” y “Mercadillo de Retales”: seiscientas páginas que nos cogen y sobrepasan para construir sus historias, campechanas, sencillas, dicharacheras, ilustradas, amigables y enternecedoras, para decirnos sus versos sencillos y hermosos, para contarnos sus cuentos como los que se contaban antes, aquellos cuentos contados por los abuelos al calor de un chisco de leña y un guiso haciéndose sobre las trébedes, cuentos contados al amor de la mesa camilla mientras todo lo demás era silencio, que nos abrían los ojos que querían mucho, historias y anécdotas y acontecimientos, y detalles pulidos en piedra y en madera de nuestro vivir y sentir porcunero que el maestro nos trae para echar un buen rato y sentirnos dentro de nosotros mismos, y a la vez, compartidos, cuentos con nombres propios y lugares comunes, y secuencias de las que ya nada saben los niños pero que les ayudarán, con el tiempo, a saberse más, y muchos sonetos en sus rimas consonantes dibujando amplias escenas y sentimientos muy comprimidos, y muchos romances que parecen hablarnos de la antigüedad más antigua, y cancioncillas de ciego para ser recitadas en una plaza pública o bajo unos soportales en días de lluvia, al lado de un carro de chuches y un viejo sosteniendo una garrota.

Un esplendor de palabras y de historias por donde vive, revive y respira Porcuna sus muchos años vividos, los muchos años vividos por Eduardo Chiquero Puentes, este gran empeñador en observarlo todo, tomar nota de todo y escribirlo todo lo que le dio tiempo a escribir, que fue mucho y gratificante, para mostrárnoslo todo en los sentidos y sentires de sus proclamantes palabras.

Dos libros como dos soles alumbrándonos, secuenciando una película en blanco y negro por la que nos vamos viendo y comprendiéndonos también, para no perdernos en el mañana, o cuanto menos, sentarnos en las faldas de la melancolía para volver a ser el niño que nunca dejamos de ser, el que llevamos dentro y siempre nos pide una mano para cruzar una acera o un cuento para escuchar antes de que se oculte la luna.

Hay una foto en la que aparece Eduardo Chiquero Puentes vestido de vejete de patio, tertulia, casino y jazmín de agosto: camisa blanca, ligero pantalón de tergal para los calores del verano; gafas de hombre que cansó su vista y su vida en las literaturas ajenas de las lecturas y para forjar sus escrituras, aquellas de hermosa letra, tan redonda y alargada. Al fondo, un verde hermoso de orientales aspidistras, relucientes de haber sido lavadas con cerveza, ebrias aspidistras quizá también, como inspiradas. Eduardo Chiquero Puentes mira a la cámara de Manolo Jalón sosteniendo su libro “Cosillas de Porcuna” como si fuera su recién nacido, entre sus manos de arrugas y su sentirse satisfecho, no con orgullo, sino con la humildad de los entretenimientos, como si todo hubiera sido un pasar el tiempo sin empeños de luz, aunque con muchos empeños, y se le ve una sonrisa entre sentimental y asustadiza, una mueca que puede ser como el decir “¿realmente soy yo este que acuna, más que sostiene, este libro que yo he escrito a lo largo de tantos años, o estoy ya en el núbil chocheo de vejete con mareos, que un día, de niño, entre escuela y guerra, y entre yuntas, migas y cales blancas, soñó una rima para crear una poesía, y se me apareció un ángel poniéndome las palabras en la cabeza y en la tinta, las cosillas de mi pueblo…?

En su muñeca, un reloj del hombre que ya no mira o no siente el pasar de las horas, un puro adorno en recuerdo del niño que se hizo hombre y al que regalaron su primer reloj antes que el amor de su Consuelo le regalara el primer beso. Pero, el verdadero Eduardo Chiquero de esta foto, está en el bolsillo de su camisa de verano, por donde asoma la clara luz de un bolígrafo negro, y unas como hojas cuadriculadas de libretilla por donde andarían escritas o escribiéndose sus palabras. Este detalle es Eduardo Chiquero Puentes y de ahí nace su obra, de ese bolsillo de camisa por donde asoman sus dos instrumentos más necesarios: el papel y la tinta, esas dos formas entrañables de alzarle al mundo la falda de sus silencios y ponerlos a hablar para que nunca se pierdan las palabras de las historias: la hermosura de tinta que sudan los bolígrafos para crear las palabras que crean las historias, pasados los ayeres en que todo se decía por la boca, quedándonos unas, y perdiéndose las otras por los aires de los olvidos.

Porque, Eduardo Chiquero Puentes nos ha dejado historias para dar, tomar y no parar de contar nunca, a las que uno siempre vuelve gozoso de hallar los cuentos que nunca le contaron y que Eduardo Chiquero revive para sujetarnos al libro y sabernos mucho.

Me consta que fue Antonio Recuerda Burgos el que animó a Eduardo Chiquero Puentes a hurgar en el metafórico, amplio y sutil baúl de los recuerdos, esa arca magistral donde se suelen guardar las cosas más queridas y las palabras mejor halladas, donde Eduardo Chiquero escondía y custodiaba sus cosillas de Porcuna, nuestros ancestros, nuestras diversiones y muchos de nuestros sentires, nuestras socarronerías y nuestras moralejas, también nuestros aquelarres con brujitas de mentira vestidas de gasas y ofreciendo collares, para sacudirlas el polvo de los escritos olvidados, y sacarlos a la luz de los ojos porcuneros, de la historia popular y costumbrista porcunera, de la efímera cotidianidad de los pasos por las calles, por los campos y por los suspiros, esa cotidianidad que si no se observa, se retiene, se anota y se escribe, se pierde para siempre dejándonos un poco indefensos, o un mucho tal vez.

De este hecho, de estos hechos que fueron dos: “Cosillas de Porcuna” y “Mercadillo de Retales”, se alegra el pueblo de Porcuna, comos se alegran las musas de los poetas y las páginas de la historia. Sólo hay que adentrarse en sus prosas o en sus versos, en las prosas y los versos de Eduardo Chiquero Puentes para sentir que el olvido ha tomado otros caminos y otros derroteros, esos caminos y esos derroteros por los que no debemos pasar nadie, que el olvido es un don perverso y casquivano, cuando no atravesado y cruel que agria las salivas y entumece los entendimientos.

Quien al olvido va, quien la memoria niega, quien se lava las manos en las estancadas aguas purulentas de la memoria negada, nunca verá la claridad de los arroyos, nunca sentirá el goce de los momentos vividos, ese andar por las calles, ese labrar por los campos, ese acudir a la fiesta y acudir a las palabras, y nunca sentirá ni soñará que, el no olvido hace la presencia más gozosa e imperecedera. Y por ahí, por ese lugar de la memoria, del recuerdo y del apunte, siempre anduvo Eduardo Chiquero Puentes, de aquí atrapando una hoja, de allá escuchando un trino, de aquella fuente un sorbo de agua o un manejo de fardos, y entre el andar y el andar pliegos blancos rellenos de palabras.

Eduardo Chiquero Puentes vivía en otros riachuelos, y fueron tan claras las aguas que bebía, que sólo de sus aguas claras podemos y debemos beber y vivir nosotros: poesías, cuentos, vivencias, historias de nuestro pueblo y de nuestras gentes, nombres, apellidos y nombrajos, como los que el iba acumulando en sus cuadernos cuadriculados, como las palabras nuestras y tan propias que nunca quieren huir de nuestras bocas porque es nuestro lenguaje primitivo y nuestra comunión de jerga y sabiduría: álbum de cromos con nuestras estampitas pegadas con gachuelas de agua y harina, con mucha mezcla para hacer mucho peso y mucha clarividencia. Historias que cuenta Eduardo Chiquero y de las que ya nadie recordaba sus hechos y sus hechuras; retratos que nos rejuvenecen y nos agrandan, y nos expanden también, y a la vez nos recoge en nosotros mismos como si fuera una madre que nos acuna hablándonos del ayer, del otro ayer más lejano: una mujer, un hombre, un nombrajo, una flor, una cadencia, una anécdota, una rima, un suspiro, un epigrama, una misiva o una máxima, o una carta de amor, un detalle, una calle, una voz, una mirada y un sentimiento, un suceso, una era, una escuela, una Plazoleta, un baile, un hijo, un amigo, un amor o un nieto: el cuento siempre abierto y siempre ameno para contar a un niño que se ha hecho grande, y acunarlo muy tiernamente como si siempre fuera pasado, el pasado de su nacimiento.

Las palabras y los hecho que nos contaba Eduardo Chiquero Puentes, el pequeño y maravilloso charlatán que siempre lo iba mirando todo cuando todos creíamos que soñaba o que deambulaba perdido por las calles y por los campos de Porcuna, cuando no hacía más que ir sintiendo lo que veía para después ponerlo por escrito.

El Eduardo Chiquero Puentes que escribía recordándonos:

-“Ya no tocan en los bailes ni Eduardo Parrón ni Antonio Gutiérrez…”

-“El molino de Herrera, a orillas del Salao, fue un lugar que tuvo su historia…”

-“Periquito fue un hombre duro, más duro de cuerpo que de corazón…”

-“Entre las cosas que formaban parte de la tradicional Romería al santuario de Nuestra Señora de Alharilla, figuraba el sillón de montar en el que cabalgaba la dama…”

-“El cortijo de Lora es, por la fecundidad de su suelo, de lo mejor del término de Porcuna…”

-“Juan de Mata el hornero, era un panadero made in Porcuna, que, en los años del hambre se quedó sin trabajo…”

-“Me refiero a las fuentes de lavar; la Fuente chica y la Fuente nueva: lavaderos públicos que existían en la vertiente norte de esta meseta de Porcuna…”

-“Tengo un amigo de juventud que en las conversaciones de casino, cuando nombraba al presidente de los Estados Unidos, lo hacía con el mayor detalle: Franklin Delano Roosevelt, en un alarde de exactitud y respeto…”

-“Enrique Hita fue un hombre granadino que eligió Porcuna para echar raíces…”

-“A las once de la mañana, aproximadamente, llegaba a la entrada de la calle el Potro, el coche de Villa del río, el que traía los periódicos…”

-“Durante un larguísimo periodo de tiempo, estuvo en una esquina de la Plaza la taberna de Aguilar…”


O sea, la memoria nuestra dada por escrito.

¿Quién se acordaría, y más acordarse por escrito y por escrito ponerlas para siempre acordarnos, ya de estas y tantísimas otras cosas que, campechanamente, y literariamente, Eduardo Chiquero Puentes nos ha ido dejando, nombrando e ilustrando, escribiendo y describiéndonos para no perdernos mucho por el camino que vuelve para atrás?

Eduardo Chiquero, a lo largo de su larga, agradecida, fecunda y cultivada vida, del que se buscó la cultura en la universidad popular de los libros de las bibliotecas, y algunos otros libros viejos que eran como dotes familiares que le vinieron a su encuentro para descubrir un todo lleno de palabras y de historias, ha pasado a ser, algo así, como el abuelote aquel del que hablan los cantares viejos y las historias más viejas aún, de esos abuelos que ya no se llevan pero que se llevaron tanto, que, sentado al calor del chisco del invierno, en una cocina de invierno, al calor mantero de la mesa camilla con sayuela y tapete, y con brasero de picón removido con paleta, o al primera amor de la primavera posándose sobre las paredes de las casas y de los patios, reúne a su prole de hijos, o de nietos, o de allegados con ganas de escuchar historias, y les va contando las cosas de su vida, su biografía de cuando era…, las cosas que vio, las cosas que nunca debió de haber visto, las rimas de su alma expandidas hasta formar una baja nube llena de músicas, las vivencias de sus carnes en sus infancias, aquella escuela, aquel maestro, aquellos juegos, aquella guerra; o en su mocedad de cómo ir detrás y aclamar a las mozas mendicantes del amor eterno; en sus trabajos, en sus oficios, en sus quehaceres, o en los trabajos y quehaceres de los demás, y en la fantasía también del invento con moraleja.

Un abuelillo que va sacando retratos sepias del álbum de su memoria que, al ir contándolos con su voz, los va rejuveneciendo tanto, que lo que cuenta del ayer se convierte en un hoy, para de ahí pasar a ser el siempre de la historia.

Cuentos de la pequeña historia de este pueblo que no debe ni puede, olvidar a sus gentes, ignorar sus hechos, sentir el mal aliento que la modernidad tiende a ocultar de su costumbrismo, del tan denostado costumbrismo, cuando toda la historia no habla de otra cosa que de costumbres y costumbrismos; un costumbrismo que es, simple y llanamente, una vida en un tiempo vivido y de un vivido tiempo.

La historia popular de Porcuna contada por Eduardo Chiquero Puentes, esa historia llana y de tan andar por casa y tan hermosa, que no nos habla de batallas ni de héroes en las batallas, ni de toros con filigranas ni de guerreros de piedra; esa historia que no nos muestra el paso de los Césares, la cuartelada de los generales, ni el derrumbamiento de los nobles y viejos edificios de columnas, si no que nos habla del vecino de enfrente, de la raíz de los olivos, de las mieses en las eras, del amor por carta, por voto y por amor, del vino en una taberna, del paso de un Paso, del hornero en su horno, el tendero en su tienda y el zapatero en sus zapatos, y el acordeonista en su acordeón, y la modista en sus costuras, de aquel decir te quiero tras enrejada ventana, de una pelota de trapo, de un trompo, un zumbel y una caja de zapatos convertida en camión con pocas luces pero con muchos espacios, o una plazuela con tertulias de vecinos y un mulo pasando lento, de la calle el Yerro, de la calle Garrotes o del Llanete Cerrajero con su fuente del agua, de los Grupos Escolares o las escuelas de San Francisco, la consulta de un médico en su casa, o del Depósito con su cuesta de greda por donde resbalábamos los niños convirtiéndola en tobogán antes o después de la escuela, del lavado de sacos y de fardos tras la recolección de la aceituna por la Fuente chica, de un viva la Virgen o un viva la Pepa, de Casasola, la Atalaya o Sampantaleón, De Carlicos, de la Funa o de los títeres de Cristóbal, de la escuela de las Monjas o la escuela de Padre Galera, de don Manuel Peralta o don José Jalón, de una cruz de mayo o una cruz de San Cristóbal, de una mujer acarreando agua o unos garbanzos puestos en remojo con las aguas de Cantarero, de una huerta y un hortelano…

O sea, de historias que, más que historias, son crónicas del tiempo vivido. Crónicas que nos hablan de las cosas cotidianas de nuestro pueblo que también son nuestras historias, y posiblemente, las más sentidas; esas historias cotidianas de voz, de acera y de grillo, y que no nos perdonaríamos nunca si se hubieran perdido para siempre.

Rescatador de ayer que sus años vivieron y sus ojos vieron, gozaron o sufrieron. Eduardo Chiquero Puentes nos goza y lo gozamos, y agradecidos estamos, que es de buen porcunés, ser bien y buen agradecido.

Por las esquinas del tiempo, Eduardo Chiquero Puentes. Qué claras suenan las fuentes, qué claros se abren los libros, y las tareas de los lirios abriéndose por Porcuna, en una cosa y ninguna, en una cosa y en todas: un clamor de caracolas sonando como unas nanas, el doblar de una campana, el correr de un arroyillo, la copla de un estribillo y una rima con Eduardo escribiendo en su diario lo cotidiano de un pueblo: aquel ayer de los hierros y las cosas cotidianas, escritos sin más proclamas que los años revividos en la nostalgia de un grillo y una flor de jaramago; el viento si con solano, el agua si con tormenta, la cola de una cometa surcando el pálido cielo. Con dejes de jornalero, Eduardo Chiquero Puentes, el narrador de las gentes y de los cuentos de niño; sonetista sin espinos, cancionero de las calles. Eduardo por los detalles de los santos chiquitillos, cuando niño, alfarerillo de los maestros de escuela tejiéndole bibliotecas a los suspiros sin almas, y a los vuelos de la enagua, su Consuelo para siempre: su morena de la copla, su copa de vino blanco, su pasodoble y su tanto bailándole a la Piñata, sus sensaciones de estaca y de olivos con aceites. El porcunero que siente de Porcuna sus creencias: marioneta de una ciencia hilvanada como en hilos, que aquí pongo un chascarrillo y allí un cultismo sublime, aquí dibujo una estirpe de nombres y de nombrajos, y aquí le cojo el atajo para las cosas sencillas. Un Eduardo cancioncilla y un Eduardo campechano, vuela de la Plaza al Llano en una yegua con alas, y una almorzá de avellanas comidas a dos carrillos entre un corro de chiquillos y viejos jugando al tute. Eduardo brinda el disfrute de recordar sin nostalgia, no más especie de magia por donde van los recuerdos juntando historias y vientos para dejar en herencia, que malas son condolencias en los tiempos con silencios, por eso, que cante el tiempo tu voz reviviendo escenas y querencias de alacenas abriendo frutos y puertas, de una Porcuna que quema su vida guardando cosas, si de rosas con sus rosas, si de espinas, con dolores, y aquí paz y luego flores y Eduardo contando historias.

(Al texto se le han añadido párrafos escritos en Martos los días 24 y 25 de febrero de 2012 y que sirvieron para el discurso que pronuncié en Porcuna el día 28 de febrero de 2012 con motivo de la proclamación de Eduardo Chiquero Puentes como Hijo Predilecto de Porcuna)

ALFREDO GONZÁLEZ CALLADO
FOTOGRAFÍAS: MANUEL JALÓN Y ANTONIO EDUARDO CHIQUERO

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