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17 mar. 2018

  • 17.3.18
Está muy extendida la idea de que los filósofos son individuos, mayoritariamente hombres, que viven ensimismados, siempre pensando en cuestiones alejadas o en temas que a la mayoría de los ciudadanos apenas les preocupa, puesto que sus vidas giran alrededor de asuntos o problemas más inmediatos y acuciantes.



Bien es cierto que el filósofo tiende, por su propia naturaleza, a profundizar o a ir más allá de las coyunturas sociales, intentando encontrar las raíces que expliquen el sentido último de las cuestiones que suelen abordar. De todos modos, en la actualidad, los filósofos se han acercado a temas más próximos sobre los que, incluso, se suelen debatir en distintos medios de comunicación.

También es cierto que el medio de difusión preferido por ellos es el libro, puesto que a través de él es posible explicar con mayor profundidad sus pensamientos. Lamentablemente, el libro, que tanta labor ha realizado durante siglos y que tanta importancia ha tenido para la difusión de la cultura, en la actualidad, se encuentra en una situación de franco retroceso ante el ascenso de los medios digitales que parecen que van a devorarlo.

Teniendo en cuenta lo indicado, me ha parecido oportuno traer a la sección de Aforismos y pensamientos a un pensador muy conectado (críticamente) con el mundo actual en el que vivimos. Y lo hago porque, de modo regular, en esta sección han ido apareciendo pensadores que podríamos considerarlos clásicos, por lo que conviene acercarse al pensamiento actual.

Es lo que voy a hacer en esta ocasión con uno de los filósofos vivos más conocidos, no solo en Alemania, país en el que vive desde hace décadas a pesar de haber nacido en Corea del Sur, sino que ha traspasado las fronteras germanas, de modo que en nuestro país se han publicado, al menos, cuatro de sus libros.



Se trata de Byung-Chul Han, nacido en Seul en el año 1959. Han, como regularmente y de modo abreviado se le nombra, estudió Ingeniería en la Universidad de Corea, aunque, sorprendentemente, lo que más la interesaba era la Filosofía. Es por ello que, a la edad de 26 años, se traslada a Alemania sin saber nada del idioma alemán para formarse en esta disciplina en la Universidad de Friburgo, doctorándose años más tarde, en 1994, en la citada universidad con una tesis sobre Martin Heidegger. Se alejó, pues, su formación tecnológica inicial para entrar de lleno en el campo de las humanidades, que era lo que a él le interesaba.

En la actualidad es profesor en la Universidad de las Artes de Berlín, ciudad en la que reside habitualmente. Han ha publicado numerosos libros, y tal como he apuntado, algunos de ellos han sido traducidos al español, entre los que se encuentran Psicopolítica, La agonía del eros, La sociedad de la transparencia o La sociedad del cansancio.

Son libros publicados en la editorial Herder, textos de no muchas páginas, con títulos en cada uno de sus capítulos y con un lenguaje bastante claro, por lo que se hacen bastante accesibles al lector medio. Para que podamos conocerlo, voy a presentar algunos párrafos de tres estos libros, comenzando por algunos que aparecen en Psicopolítica, que se editó el año pasado en nuestro país.

Como podremos comprobar, en la selección de fragmentos que he elegido, sus propuestas se centran en la crítica al capitalismo actual, a la sociedad organizada a través de un trabajo alienante y en el control de los individuos por las nuevas tecnologías. Todo ello como resultado del neoliberalismo, es decir, del modelo de capitalismo que, políticamente, inauguraron Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y que en este nuevo milenio campa a sus anchas.

“El neoliberalismo convierte al ciudadano en consumidor. La libertad del ciudadano cede ante su pasividad. El votante, en cuanto consumidor, no tiene interés real por la política, por la configuración activa de la comunidad. No está dispuesto ni capacitado para la acción política común. Solo reacciona de forma pasiva a la política, refunfuñando y quejándose, igual que el consumidor ante las mercancías y servicios que le desagradan”.

“El neoliberalismo es el capitalismo del ‘me gusta’. Se diferencia sustancialmente del capitalismo del siglo XIX, dado que aquel operaba con coacciones y prohibiciones disciplinarias”.

“La ideología neoliberal de la optimización personal desarrolla caracteres religiosos, incluso fanáticos. (…) El trabajo sin fin en el propio yo se asemeja a la introspección y el examen protestantes. En lugar de buscar pecados se buscan pensamientos negativos. El yo lucha consigo mismo como con un enemigo. Los predicadores evangélicos actúan hoy como mánagers y entrenadores motivacionales, y predican el nuevo evangelio del rendimiento y optimización sin límite”.

“La técnica de poder propia del neoliberalismo adquiere ahora una forma sutil, flexible, inteligente, escapando a toda visibilidad. El sujeto sometido no es siquiera consciente de su sometimiento. El entramado de dominación le queda totalmente oculto. De ahí que se presuma libre”.

Hemos ya entrado abiertamente en una sociedad globalizada, en la que las nuevas tecnologías informáticas han cambiado el panorama de la comunicación, dando lugar a individuos sobrecargados de noticias que, finalmente, no saben encontrarles un sentido que las articule, por lo que la supuesta libertad generada acaba convirtiéndolos en sujetos dominados por un poder externo. Es lo que, en cierto modo, Byung-Chul Han expone en su libro La sociedad de la transparencia.

“Está demostrado que más información no conduce de manera necesaria a mejores decisiones”.

“Transparencia y verdad no son idénticas. Más información o una acumulación de información por sí sola no es ninguna verdad. Le falta dirección, es decir, el sentido”.

“En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide por su valor de exposición. Esta sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. Todo está expuesto hacia fuera, descubierto, despojado y desvestido (…) La economía capitalista lo somete todo a la coacción de la exposición”.

“El poder en el neoliberalismo se ajusta a la psique del individuo, en lugar de disciplinarla y someterla a coacciones y prohibiciones. No nos impone ningún silencio. Al contrario: nos exige compartir, participar, comunicar nuestras opiniones, necesidades, deseos y preferencias; esto es, contar nuestras vidas”.

“El smartphone es actualmente un objeto digital de devoción. En cuanto aparato, funciona como el rosario, que es también, en su manejabilidad, una especie de móvil. Ambos sirven para examinarse y controlarse a sí mismo. La dominación aumenta su eficacia al delegar a cada uno su vigilancia. El ‘me gusta’ es el amén digital”.

Cierro este breve recorrido por este filósofo coreano-alemán trayendo tres párrafos de su pequeño libro La agonía de eros, que, como bien se puede deducir por el título, y a pesar de la inundación de imágenes eróticas, lo cierto es que Han cree que el erotismo, como parte del amor, declina en la sociedad de mercado en la que nos encontramos.

“El principio de rendimiento, que hoy domina todos los ámbitos de la vida, se apodera también del amor y de la sexualidad. En el superventas ‘Cincuenta sombras de Grey’, la protagonista de la novela se admira de que su compañero se imagine la relación como una oferta de empleo, con sus horarios, con la descripción del trabajo y un procedimiento de resolución de conflictos bastante riguroso”.

“La depresión es una enfermedad narcisista. Conduce a ella una relación consigo mismo exagerada y patológicamente recargada. El sujeto narcisista-depresivo está fatigado y fatigado de sí mismo. Carece de mundo y está abandonado por el otro. Eros y depresión son opuestos entre sí”.

“En contra del diagnóstico, el amor de hoy no se ‘feminiza’ simplemente; más bien, en el curso de positivización de todos los ámbitos de la vida, es domesticado para convertirlo en una fórmula de consumo, como un producto sin riesgo ni atrevimiento, sin exceso ni locura”.

AURELIANO SÁINZ

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