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5 mar. 2015

  • 5.3.15
Por la calle Gitanos se puede decir que gitanos no quedan ya, aunque en su historia debió ser calle muy gitanamente concurrida, o decentemente gitana para que a la calle se le quedara esa impronta calé que la decora en su mejor decorado de ser un algo así como lo castizo de Porcuna al igual que el Llanete Padilla, desde los siglos de los siglos, amén, a pesar de que se convulsionara un tántico así cuando dieron en llamarla calle Antonio Casado Rodríguez y viniera su actualidad llamándola Luis Aguilera y Coca , y aún así, todo el mundo de su vecindad y de todas las vecindades de Porcuna, la sigan llamando calle Gitanos, y a ese nombramiento, hasta se le unen la calle Llana y el Llanete Padilla, como en solidaridad, para conformar una barriada que lo pueda aseverar como vecindades que se sienten un poco o un mucho como barrio agitanao y saleroso, aunque ya no haya ningún malacatón que llevarse a la boca, ni un nadie que se rompa la camisa viendo a una princesa vestida de blancos y abalorios para casarse con el cíngaro de la barca, bohemio de los ganados y de los tratos, el vino blanco y el cante por flamenco.

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Pero, que en tiempos atrás bien fue calle con gitanos bien nos lo aclara su nombre tan oral y tan cacofónico, para un pueblo donde lo gitano ni vive , ni se siente ni se cala, aunque alguna sangre habrá por estas venas nuestras ya sea en sus mínimas simientes, y que se ha ido heredando de una generación tras otra como si quererlo, sin saberlo y hasta sin pronunciarlo, para no perder de la calle Gitanos su otra cosa, como si aún nadie haya podido llevarse, ni con exorcismo ni como excomunión, el misterio de la cabra, el sombrero y el marrillo del último patriarca calé que parece ir aún revoloteando por la calle Gitanos rejuntando las huellas dactilares, y poniéndole a cada casa su banderilla de colores y su zarcillo en la oreja, y unos ecos de guitarra saliendo de las ventanas y recorriendo sus aceras como si quisieran poner su calle a bailar, o tender por el suelo un mercadillo de telas amontonadas sobre mantas de invierno.

Lo que aún parece no haberle podido quitar nadie a la calle Gitanos, es una esencia de clan o de familia, como aún nadie ha podido barrer por el aire de la calle Gitanos el antiguo olor de su curtiduría de tegumentos que por el número veintiocho estuvo echando sus olores agritos desde tiempos que dan a los bisabuelos Navas, y que quizá el patriarca de estos tundidores fue aquel Joseph Navas Barrios que nació en Porcuna allá por aquel empeño de teatrillo de mil seiscientos veintiocho.

Paraíso de los agrios, untuosos y pegajosos aromas tuvieron que habitar por la calle Gitanos en aquellos tiempos en que la calle Gitanos tenía su curadero de pieles por aquel número veintiocho donde don Rafael Navas heredó el negocio de los cueros del Manuel Navas Toribio, tiempo después de que Rafael Navas casara con la señorita Carmen Pérez, y pusiera en alza esa herencia de pieles, aguas servidas, baños alcalinos y salados, para crear el negocio familiar, el negocio continuador que ya puso en casa, en marcha, en España y en Europa el abuelo Manuel, donde desde el número veintiocho de la calle Gitanos, en aquellos finales del siglo XIX salían para las capitales de España y para los puertos de Europa las piezas de cuero tintadas y secas, atadas con tomizas como enormes pergaminos dados para crear los escritos más sagrados , oliendo a cosas muertas y a tintes naturales, los cueros de la curtiduría por la calle Gitanos, le hacían a la calle un vestido con engarces de cueros recordando a las callejuelas de los cueros de la Medina de Fez, con sus trabajadores muchachos, el Pedro, el Manolo “Peluso” o el Isidro “el cabrero”, que se andaban a la certidumbre de los pellejos, adobando y aderezando las pieles, eliminando grasas, carnes y pelos, ablandando abrigos de cabra, de oveja, o de borrego hasta volverlos ternura o caricia para meterlos luego en las grandes tinajas encaladas donde ya reposaba el arco iris de los colores para los teñidos, y luego tenderlos al sol de las paredes en piedra de los corrales, mientras al Rafael Navas y a la Carmen Pérez les iban naciendo hijos, y entre ellos, el Rafalito, el Jesús y el Manolito, los tres hermanos Navas, el del veintisiete, el del treinta y uno y el del treinta y cuatro, intercalándose los años del nacimiento para no ser todos, y de golpe, demasiado niños juntos, y al ir creciendo, andar por la clase-escuela de una primeriza doña Clementina, que ya se había aprendido de memoria todas las letras y todos los números, en sus primeras casas-escuela de General Prim y calle Huesa, antes de trasladarse a su casa-escuela definitiva de la Cruz de la Monja, y en los descansos de la escuela los juegos caseros de las miradas y de los aprendizajes por la teneduría del padre Rafael, donde se daban las clases del saber, el pundonor y los muchos esfuerzos necesarios para el tundir de la vida.

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Tres niños escalonados mirando desde sus tres alturas, desde sus tres torres del homenaje el funcionamiento de la empresa familiar y tomando ya notas mentales del mundo de los negocios, un algo así como de la sangre y del mercadear antiguo, sinagogo, templador, sabedor y esforzado, y con su pizca de truco y de labia también.
Tres mocosos con chupetes dándoles vueltas a las pieles tintadas puestas a secar al sol sobre los blancos vallados encalados, asomándose a las tinajas para llenarse las manos de colores y esa cosa dicha de sangre muy puesta en sus ajetreos, sus nervios y sus eficiencias.

Los tres hermanos cogiditos de la mano, la trinidad Navas-Pérez creciendo trilliza, comprometida, dicharachera y muy veora: ojos inmensos mirando y aprendiendo cómo funcionaban las cosas, como se confeccionaban las cosas, como se exponían y como se acomodaban las cosas, y como se atendían las cosas también. Aprendices de la vida y de la vida de los oficios y de los negocios, con dos cartillas en las manos, la una que les iban enseñando los detalles de las escuelas, y otra, por la que se iban escribiendo sus miradas y sus memorias.

De la curtiduría familiar del Navas patriarca, con sus siete u ocho trabajadores de a jornal, los tres hermanos aprendices, agarrados de las manos para no perder el paso ni la acera por donde aparecían los hallazgos hasta la calle Sebastián de Porcuna, ya acabada la guerra del treinta y seis, y destruido medio pueblo, y con otro medio pueblo pasando el rato, por donde estaba instalada la carpintería del tío materno don Jesús Pérez Casado, el señor de las maderas y el señor de los mobiliarios por Porcuna, a donde llegaron los tres hermanos Navas para aprender otros oficios y otras artes tras las artes y los oficios de las pieles que ya retenían en la memoria de las retinas, y para aprender también otros empeños en la también tradición de la carpintería, que venían los hermanos Navas de dos tradiciones ejerciendo y ejercitándose en sus apellidos, los Navas curtidores vistiendo cuerpos, y los Pérez carpinteros vistiendo estancias.

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En aquella primaria y tradicional carpintería de Jesús Pérez Casado por la calle Sebastián de Porcuna, siempre llena de aprendices que llegaban niños y como niños se iban para sus otros asuntos, salvo los que a las maderas daban saliendo oficiales de carpintería, pero mientras se iban o no se iban eran y allí estaban contemplando el cuarto del maestro carpintero don Jesús, aquel cuarto sin ventanas y con su bombilla de filamentos colgando del trenzado cable del techo, entre esas paredes de piedras encaladas a las que acudían todos los polvos y todos los serrines para vivir en su propiedad, carácter y sustancia, por donde llegaron los hermanos Navas Pérez tan llenos de cueros los ojos, y cambiarles a sus vidas los olores para encontrar el hallazgo del cuarto del carpintero, aquellas mesas tan usadas, tan comidas por los años, aquellos anaqueles de madera y aquellos clavos por donde Jesús Pérez Casado colgaba los instrumentos y los útiles del carpintero, el serrote y la sierra bracera, barrenas y berbiquíes , garlopas y cepillos de cubas, el guillamén y las brocas de mano, mientras Manuel Pérez Casado, el niño escultor que se quedó ciego se refugiaba en las sombras de si mismo, como volviendo al vientre materno, envuelto como una mariposa que perdida, vuelve al capullo donde todo es seda, ensoñando en su ceguera y en su tristeza las imaginarias esculturas que no pudo esculpir.

Carpintería por aquellos años de acabada la guerra, en aquellos tan peores años, como siempre nos recuerdan los viejos del lugar, como una amenaza, una premonición o una profecía que acongoja, en que por Porcuna existían pocas o muy contadas diversiones, si no eran las diversiones de las charlas a media voz, y por la carpintería se hacía lo que se precisaba hacer dentro de sus más mínimos encargos: maletas de madera para los que se iban para Madrid o para Barcelona, y maletas para los quintos que se iban a hacer la mili por todos los estados del mapamundi español y africano, maletas hechas con tablas arrancadas de los cajones de tabaco, a falta de maderas nuevas, y pocas cosas más que hacer por aquellas fechas en que tantas casas y tantas cosas andaban por los suelos, y a pesar de tanta carpintería, tantas casas sin puertas , las que fueron echadas abajo por la guerra y esperaban abiertas hasta que fuera posible ahorrar para una madera que las volviera a cerrar, que para esos menesteres se inventó en Porcuna el cortinón, el que hacía de puerta y el que carecía de secretos, que también por eso se inventó en Porcuna la tradición de dejar siempre las puertas abiertas, como si aún viviera Porcuna en el mundo de los cortinones de postguerra, y aún teniendo el cortinón como telón de fondo, como verdadera puerta con un algo de nostalgia y sentimiento. Pero pocas maderas más, confeccionadas, salían de la carpintería de don Jesús Pérez Casado por la calle Sebastián de Porcuna, a todo lo más, y para los nuevos negociantes de los gobiernos locales, repisas para llenarlas de adornos o de radios de galena, algunos lavabos con espejo y alguna cómoda para llenarla de sábanas, y hasta pasar de ser carpinteros creadores, a ser carpinteros en los arreglos a domicilio reparando camas, reparando mesas, reparando sillas, o reparando las puertas que la guerra sólo hirió, como hojalateros reparando ollas o mujeres de negro reparando paraguas, y si a fe de carpintería, ya fuera en quietudes contemplativas y místicas, un pasarse el día mirando la bombilla de filamentos trenzadamente colgada del techo, a la vez que los hermanos Navas, ya estaban por ahí con los instrumentos de la carpintería en las manos pasando el tiempo y ganando el tiempo mientras sus ojos se seguían abriendo, asombrados, descubridores, dibujándoles el mañana como si hubieran sido invitados a elegir el escenario de sus mocedades, mientras el escenario les iba abriendo el abanico de las posibilidades y algunas otras tareas más para cuando hubiera que recurrir a esas otras tareas, que lo mismo darían en ser tareas de campo, panadería, fábrica, posta, ayuntamiento o hipnotismo…

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Rafalito, el mayor de los hermanos Navas, de los años del veintisiete que, como a Manolito se le quedó para siempre su nombre de niño, ya cumplidos sus aprendizajes, y con el visto bueno del maestro carpintero, ya comenzaba a fabricar sus propios muebles, cuando ya principiaban, como en el antiguo del ayer de los otros días pasados, a encargarse muebles, y fuera a comenzar todo de nuevo como prometía el milagro de la rebelión, aunque fueran repisas para poner un perro de yeso pintado de marrón, que un día se sacó José Pérez Casado de la manga, como de la manga y de la brujería se sacó otros avances y otros asombros y otras cosas de la modernidad y de la invención, en tanto Jesús y Manolito se entretenían construyendo juguetes de madera, donde todos daban en caballos y carros para llenarlos de paja o de terrones de barro, que eran las envidias de los niños que soñaban con caballos, aunque fueran caballos de madera, a los que siempre sería posible echar a galopar, siempre que a los niños no se les fueran sus edades de niños y se despertaran ateridos.

Curtidores, carpinteros, y otros menesteres más, los hermanos Navas iban deambulando por los oficios de Porcuna, que siempre deban en negocios familiares, esa cosa de la herencia mercantil y de los empeños, la de los negociadores, la de los comerciantes, la de los fabricadores, poniéndole a cada aprendizaje su bueno y aprobado, y al mismo tiempo su pero, y así seguir por la vida los trillizos Navas, la tripe cabeza, levantándole a Porcuna el telón de sus futuros, aquel lugar donde poner el huevo y se quedara para siempre en huevo definitivo.

Por la tienda de electricidad, en sus ventas y en sus reparaciones, de “Las Tres caídas”, del otro hermano Pérez Casado, el José, los hermanos Navas, Rafael, Manuel y Jesús, hicieron de ese local que bajaba como sótano por la esquina de la calle Gallos con la Carrera, su casino, a donde iban todas las noches los tres hermanos, tras haberse sacudido las cartillas de Clementina y sacudido los serrines de la carpintería, yéndoseles todo en pensar donde meter mano y donde hacer algo, donde anidar definitivos, en qué oficio y en cual lugar quedarse para siempre antes que les vinieran los noviazgos, los servicios militares, y los futuros casamientos. Y por la oscuridad de sótano de “las Tres caídas”, del tío José Pérez Casado fueron descubriendo poco a poco, y con cada invento y con cada novedad, que de aquel sótano sí podrían salir con el paso de los días y de los años para ser los futuros comerciantes establecidos y en un mucho que tenía que ver con la electricidad y con el tío Pepe, que fuera aquel tipo tan especial, de los que salen muy pocos contando los siglos, el José Pérez Casado del que tantas cosas se cuentan y del que tantas cosas quedan por contar, el hombre de “Las Tres caídas” que empezó vendiendo cables y haciendo reparaciones eléctricas y acabó hipnotizando cabezas para que hicieran su voluntad, y por el camino y hasta por las callejuelas fue inventándole a Porcuna el mundo de los progresos que se iban confeccionando por los aquellos mundos de Dios, y aquellas tantas lejanías, y aquella tanta como cárcel; el inquieto avezado que a cada nueva década porcunera le quiso y hasta le supo dar su detalle extraño, su invento genial y siempre llegado tan tarde a estos pueblos alejados y tan silenciosos, como si fuera el José Pérez Casado el gitano aquel que cada año se llegaba a Macondo, encerrado en sus “Cien años de Soledad” para enseñarle al que luego sería coronel Aureliano Buendía los inventos que llegaban del mundo de los caminos y del mundo de los barcos: el hielo, el imán, los espejos, las sonrisas, y así el hombre de las tres caídas, con sus tres sobrinos, el Rafael, el Manuel y el Jesús iba por las calles dándole a Porcuna su luz, su otra luz, la luz de sus noches poniendo contadores y enganchando cables al general para que en las casas se descubriera la otra cara de la otrora oscuridad de la noche. Después, a Porcuna, llegó un relojero feriante , aquel el don Pepe Calancha del que hablan las improntas, que llegaba a Porcuna con sus dos mujeres, el Calancha que se ponía, por las ferias, a arreglar relojes sentando en su tenderete de la Plaza, puesto vacío al que se acercó José Pérez Casado para mirar a ese buhonero de los relojes y pensar que nada le podría venir mejor a Porcuna que bañar a Porcuna de relojes, decorarla de relojes para que nunca dejaran de contar y pasar las horas, y así a su tienda de electricidad de “las Tres caidas” le puso escaparate y muestrario de relojes de pulsera y de relojes de bolsillo, y con lo aprendido del Calancha, a componer los pequeños desarreglos del mecanismo de los relojes, que aún eran relojes que se rompían mucho y a los que de tanto en tanto había que abriles los vientres y sacarles sus piedras del riñón para que nunca dejaran de sonar su tic tac cosquilleando en las muñecas, y por donde los tres hermanos Navas que ya se sabían las cosas de la electricidad, en el aprendizaje de la vida también se empeñaron en aprender de relojeros en esos inventos tan nuevos, aunque Jesús Navas diera en ser el aprendiz más avanzado y más correcto, y es por eso que cuando los Navas ya emprendieron su hermandad con comercio, fuera Jesús más el encargado de los arreglos de relojería, y cuando las primeras televisiones fueron llegando a Porcuna, con la ya sabida historia del casamiento de los reyes de Bélgica, fuera Manolito el que se encargaba de subirse a los tejados, acomodar las antenas y poner en marcha aquel fundamento del televisor en blanco y negro al que cada tres días se le fundía una lámpara y al que cada tres lámparas la cosa dejaba de funcionar, como si se les rompiera definitivamente el alma o el mapa de las imágenes.

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Pasada la bomba de los relojes de pulsera, a José Pérez Casado le vino la luz de la fotografía, pasando a convertirse en el fotógrafo de Porcuna, en los años en que un amigo de la familia venido como todos los años de Valladolid a Porcuna para hacer sus retratos, y ahí le surgió la idea a José de traerse aquel invento para una Porcuna tan nueva y tan maconda, y comenzarle a hacer su reportaje fotográfico y más en unos días donde se avecinaba la imposición de los carnés para viajar, para gloriar al control más extremo. Como no había cámaras nuevas en el mercado, por recomendación de Manolo Espinosa, que estaba de comisario en Córdoba, compró una máquina de segunda mano, con su ampliadora y todo su laboratorio fotográfico dejándole tal tarea a un hijo suyo y las los sobrinos, Rafael y Manuel, mientras Jesús seguía con los arreglos de los relojes, los cuales tres iban por Porcuna con la cámara al hombro sacando fotos de carné en las que los retratados ni se reconocían a ellos mismos, yendo luego a las llamadas de las bodas para hacer sus cinco o seis fotografías de reloj, calendario y recuerdo, y si por Porcuna relajación, los dos hermanos y el primo, primero andando y luego en sus bicicletas, con su máquina fotográfica al hombro fotografiando bodas, bautizos y comuniones por los pueblos de Lopera, Valenzuela o Higuera de Calatrava. Trapecistas los dos hermanos por el mundo de las fotografías, encerrados en la oscuridad de un cuarto con cortina por “las Tres caídas”, revelándole a Porcuna sus fotografías y sus eternidades, hasta que por Porcuna se instaló César Cruz, que dejó en segundo plano a los aficionados fotógrafos Navas instalando la profesionalizad, dejando a los hermanos Navas sin clientela y olvidada en un reglón la máquina de retratar de segunda mano.

El tío de los tres hermanos Navas, el José Pérez Casado que fue realmente el que puso a los tres hermanos en el mundo, porque era el hombre de los inventos, y a cambio de la monotonía de la curtiduría y la carpintería, le iba ofreciendo los avances, los cambiar de época, los cambiar de luz, que fue por el mundo en el que se crearon y se crecieron “Los Navas” para rotular los futuros carteles luminosos.

El establecimiento de “las Tres caídas”, el inventor de la otra luz de Porcuna, el casino de los hermanos Navas, por donde siempre subía hacía Porcuna otra luz distinta y otra voz más avanzada, era el lugar de las cosas y de los negocios, que cuando no daba en una cosa daba en otra, porque siempre se tenía algo que hacer para no quedarse dormido en los laureles, escalando pinos antes de descender a los cipreses, y así, del vientre de “las Tres caídas”, salían sus cenachos con sus caramelos de azúcar para ser vendidos por las calles, como se elaboraba jabón de turbios a los que José Pérez Casado les ponía sus notas de color y sus tonos de olor para ser jabones de tocador, y si jabones de pila y barreño, su olor a turbio, que era también su olor a campo y su olor a limpio, y sacando sus jabones a vender por los pueblos como feriante de los jabones, y entre unas cosas y otras, el hombre siempre con la cabeza pensante, y con los tiempos en sus cochuras, al que le dio luego por fabricar perros de escayola pintados de marrón para adornar los basales de los chiscos y de las chimeneas, y en sus ratos libres, o en sus últimos ratos, cuando ya cerraba “las Tres caídas”, y a José lo pillaba el tren de los aburrimientos, se ponía a hipnotizar a las gentes, llevando a su sobrino Jesús Navas, no se sabe si como aprendiz del arte del controlar las cabezas ajenas, o como paje del hipnotizador, el que le ponía los instrumentos en sus manos, y así José Pérez Casado también le inventaba a Porcuna su otra Macondo, la de los sueños y los realismos mágicos , y la de las voluntades inexplicables, y así ponía en la manos de los hipnotizados periódicos de fechas antiguas para que los pusieran a vender por la Carrera mientras todos los paseantes miraban a esos vendedores de periódicos que sólo sabían decir los titulares de la prensa, o ponía billetes al alcance de todo el mundo y que nadie podía coger, o hacía al hipnotizado degustar el vino más gustoso del mundo hecho a base de vinagre y sal, como para antes de morirse le inventó el José Pérez Casado al pueblo de Porcuna el único invento porcunero, aquella patente concedida el dieciocho de noviembre de mil novecientos cincuenta y cinco y publicada el uno de enero de mil novecientos cincuenta y seis, por la que José se convertía en el inventor oficial de de la llave morfa, aquella pera con rueda que encendía y apagaba en sus casas las luces de Porcuna, sobre todo, las luces de los cuartos, las cuadras y los dormitorios. Y así don José Pérez Casado se pudo echar a dormir tranquilamente habiendo sido salvados todas las tres caídas del mundo.

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Estatua que son tres Estatuas y que también llevan dentro algunas Estatuas más, hasta convertirse esta Estampa de los hermanos Navas en la Estatua coral añadiéndole tres perspectivas más al mapamundi de Porcuna para seguir mostrándonosla en sus muchas escenas que hicieron de Porcuna su puesta en el tiempo, su escenificación, y su poquita de historia, aunque sólo sea historia de andar como soñando, homéricamente estampa.

De las resultas de estas vidas de Manuel, Jesús y Rafael por el mundo de los aprendizajes porcuneros, dados todos a tantas cosas y a tantas probabilidades con sólo poner su poquito de empeño, su mucha de atención y hacer de sus negocios los negocios familiares que dieran en eso, en familiaridad, de puertas adentro y de puertas afuera, que habían sido bien enseñados los tres hermanos dentro del mundo del servicio comercial y servicial, que venía a dar en el trato con mano y el servicio con mantel, delantal, afecto y simpatía para poner en marcha el mundo de las covachas y luego el lujo de los escaparates, se afirmaron y se perpetuaron en clan familiar, en tribu abierta y expositiva para empezar por Porcuna sus empeños comerciales hasta llegar a día de, siguiendo la estela y la estampa del tío José Pérez Casado, seguir descubriéndole a la Macondo porcunera la gitanería llegada anual de los nuevos inventos, de los últimos adornos y de las mejores alhajas, ante las que se abrían los ojos, los monederos y los pagos a plazos, que también fue el gran invento de los hermanos Navas ese comerciar con los pagos en los futuros de las mensualidades para que todo el mundo tuviera derecho a tener su plancha eléctrica, su radiotransistor y su medio aderezo de oro adornando una pedida de mano.

La vida de los hermanos Navas, empieza por la calle Colón en los principios de sus negocios en una habitación de tres metros cuadrados, una bombilla de mesa, y mucho silencio interior, a la part’arriba de la botica de doña Araceli que era la habitación de los tres relojeros, y tres hermanos de todo, a la que, con el paso de los años le fueron llegando su material eléctrico para vender, y a más, la pera eléctrica inventada por el tío José, y por donde ya empezaban a llegar las primeras planchas eléctricas, las de una sola resistencia y que se solía romper cada cuatro días, por lo que nunca faltaban planchas para arreglar, como tampoco faltaban relojes a los que mirar por dentro desde el ojo de Jesús.

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Los tres hermanos Navas dentro del cuartucho de los tres metros cuadrados, cada uno en su silla y cada uno en su tarea, y si a pensar se daba, pensando en las tareas del mañana cuando todo fuera a ir yendo para arriba, sin prisas muchas pero sin dormirse demasiado en las pausas. Allí todas las noches, que por el día tenían sus otras inquietudes y trabajos, si de campo con siegas o panadería con tortas, y si no , por la fábrica de don Clemente, o por la calle de los escalones en la fábrica de aceite de don Ángel Fernández Palomo, como molineros en el afán de la molienda de la aceituna, y algunos que otros tratos que se hicieran en las entremedias, pero allí, dentro de los tres metros cuadrados del cuarto de la calle el Potro, los tres hermanos juntos y cada cual en sus tareas, Rafalito y Manolito vendiendo o reparando lámparas y planchas eléctricas y Jesús reparando relojes de pulsera o de mesita de noche, aquellos despertadores que también estaban empezando a funcionar más sobre los amaneceres de Porcuna como su nuevo canto del gallo.

Cuando quedó libre y se pudo, se alquiló la casa colindante a la part’arriba de la relojería, relojería a la que ya empezaban a llegar también las primeras lavadoras de turbina, dedicando aquella segunda estancia a la venta de comestibles, para convertir en un algo más gremial y de pueblo lo céntrico de la calle Colón, a la que sólo le hubieran hecho falta su zapatero y su afilador. Quince metros cuadrados en los que ya entraba un letrero pintado a brocha, lo que iba convirtiendo ya, aquel primer intento de los Navas de establecerse como comerciantes en comerciantes más o menos estables, con sus altos y sus bajos, pero armoniosos y en buen consenso los tres, hermandad a la que siempre le vino bien la compañía de la hermana Victoria, que, mientras el trío juvenil se dedicaba a sus asuntos, ella, la hermana Victoria, iba al corazón y a los asuntos de los tres, poniéndolos, junto a la madre Carmen, al día de los avíos hogareños, el plato puesto sobre la mesa, la ropa limpia tendida al sol, y la plancha ardiendo para quitar las arrugas, y cuando hacía falta también, la hermana Victoria detrás del mostrador abriendo los paños con las joyas de oro, alcanzando figurillas de cerámica y enseñando radios portátiles de bolsillo con las antenas desglosadas pillando emisoras y satélites.

A los hermanos Navas ya no empezó a faltarles su clientela, sobre todo en la hora de las reparaciones, y cuando no era para una cosa era para la otra, y cuando no también, haciendo los trabajos donde salieran y como mejor salieran, que en estando los brazos listos para el trabajo, donde se ofreciera el pan, al pan que se acogían, y sosteniéndose los negocios a como mejor se aviniera, entre uno, entre dos o entre tres, como cuando Rafael consiguió plaza de cartero en Porcuna y se estableció también de cartero en sus labores matinales, y a la tarde tienda, y a la noche administración, Jesús se encargó de poner en orden y sentido las señales horarias de los relojes del Ayuntamiento y de la Parroquia, para que nunca le faltaran a Porcuna sus horas exactas, o Manolito cuando comenzó a formar parte de la plantilla del Ayuntamiento, como carpintero fabricando muebles, muebles para el Juzgado y para el Ayuntamiento, y escaleras de madera para el cementerio y el matadero, y si puesto en electricista, Manolito dándole todas las noches sus vueltecicas a la electricidad del pueblo, como en tiempos niños también Manolito le daba su vueltecita a Porcuna llevando un azafate con tortas de pan salidos del horno de Misericordia Liébana, por la calle el Moral, donde siempre había algún cable suelto, alguna bombilla fundida o unos cuantos plomillos a los que se les habían fundido los cobres; Manolito llevando la escalera al hombro, y a su lado el municipal de turno llevando colgado del hombro el cenacho de mimbre con las bombillas, ya las calles solas y anochecidos los colores, siendo en la noche, los dos serenos de Porcuna que en lugar de hablar pregones daban luces a los callejuelas por donde andaban escondidos los amadores.

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Lo de la primera tienda de comestibles de estos fervientes zalameros pareció no ser muy buena idea, y como los tiempos que, irremisibles, iban viniendo o predecían venir, los hermanos Navas dieron en primitiva tienda de electrodomésticos en sus electrodomésticos ordinarios ocupando los estantes de los comestibles, donde se comenzaba a ofrecer el gran muestrario de los inventos capitalinos dispuestos a entrarse por todas las casas: relojes, radios, radiocasés, máquinas de coser, lámparas de cristal , artículos de regalo y las primeras joyas de colgar.

Con el tiempo compraron la casa del alguacil, la de la misma tienda y dando en traseros a la calle Cervantes donde se comenzó a obrar como vivienda del ya casado Manolito, pasando la tienda a la calle Niño Jesús donde volvieron a instalar los comestibles de la que se encargaba Matilde, la mujer de Manolito, y un buen escaparate con muebles para las parejas con boda en sus distintos escaparates durante dieciocho años.

Hasta que, definitivamente, por los años sesenta se establecieron en la Carrera, dando paso al lugar y a los hechos más conocidos de los hermanos Navas, que ya dejaron de ser llamados los hermanos Navas para ser nombrados como los Navas, dando seña de identidad a una estatalidad formando su propio estado como su propio municipio, primero en la casa que les vendió el zapatero de la Carrera, hasta entrados los años ochenta en que trasladaron su negocio bajando más para la Farola, ocupando una de sus dos tiendas aquel escenario conocido como el Estanco de la Carrera, aquel de Pepe y de César Delgado.

A los Hermanos Navas les acontecieron los años de la estabilidad y del progreso, o de la estabilidad en el progreso, los años en que todo el ayer se iba viniendo y se vino abajo de repente y tan en ascuas, y los tiempos estaban dando sus otros signos y en sus otras como alegrías, que eran alegrías de las casas floridas y universales; época también que alejan a gentes también de Porcuna hacia las capitales de las empresas, y que nos los devolvían por los largos veranos de la villa, y emigrantes que se iban para Francia, para Alemania o para Suiza, y que al abrir el cerrojo de las fronteras cerradas abrían las maletas con los dineros para hacer entrar en su casa todos los adelantos que veían por esos extranjeros y que fueron llegando a Porcuna, adelantos que se mostraban y que entre otros adelantados, estaban los Hermanos Navas, ya dejados sus otros trabajos, sus otras tareas y sus otros entretenimientos, salvo Rafalito que seguía repartiendo cartas por las casas de Porcuna, abriendo por la Carrera su escaparate expositor al que fueron llenando de modernidades, inventos y fantasías que se venían a los ojos y se venían a las manos como en una especie de gula que daba en caridad, escaparates a los que se les abrían las puertas para sentirse un poco más del mañana que del presente.
Detrás del cristal, la primera televisión con su Primera Cadena, la nueva radio con todas las radios del mundo, el nuevo tocadiscos con sus discos de vinilo y el primer radiocasé, metálico y con grabadora y sus cintas de dos caras regrabables hasta la extenuación, el influjo de las lámparas y de las figuras de cerámica, los buenos relojes suizos, y ya, abiertas las sabanillas de terciopelo por donde aparecía el tesoro de los oros en sus pulseras, sus anillos, sus sortijas y sus zarcillos. Y como Los Navas, para todo el mundo podían ofrecer sus cosas, que para eso eran hospitalarios, amables y confiados, sobre todo confiados en unos tiempos de confianzas ciegas, idearon, en una noche de esas de concilio familiar en que se suelen pensar las cosas, lo de la venta a plazos, cómodos y mensuales, y por la tienda de Los Navas de la Carrera de Jesús empezaron a subir las gentes de la cuadratura de Porcuna para pagar cómodamente su primer televisor, donde todo era lo imposible, su primer frigorífico eléctrico que sustituyera a la vieja y oxidada- y para los pocos que la tuvieran- nevera de hielo, conformándose la gran mayoría con el otro gran refrescador de las casas, que era el agua del pozo, la primera lavadora que dejara en el atrás del olvido, la pila de piedra y el barreño de lata, y ya así, cada niña tenía su radio para escuchar las canciones del verano mientras cosía, bordaba o tricotaba, y los muchachos su primer radiocasé, el que llevaban de la antena y por donde sonaban las músicas que estaban cambiando el mundo, a lo mismo que cada mujer tenía su alhaja nueva de oro, aquel oro nuevo que se cambiaba por el oro viejo tanto tiempo guardado que sacaban las mujeres del olvido para que se lo trocaran los Navas por oro con mucho más brillo.

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Los sesenta, los setenta y los ochenta, sobre todo, dieron con Los Navas en ser el primer establecimiento de Porcuna, el lugar afamado y acogedor, donde todos sabían que ante todo, se ofrecía calidad, buen servicios, primeras marcas, buenas ofuscaciones, mejores palabras, y la confianza plena de los plazos mensuales para que a ninguna casa le faltara el futuro que estaba ,llegando poniendo melenas largas en los mozuelos y zapatos con plataformas en las mozuelas, y en los dedos anillos de plata y en las orejas los aros de oro , y ya Los navas siendo empresa mancomunal organizada perfectamente y sin mucho estrés aunque con mucho nervio, en su trío de hermanos: Rafalito haciendo de administrador de los negocios donde todos los dineros iban a la hucha común a la que nunca se pidió tiempo ni divisiones entre tres, sino todo junto puesto en el clan común negociante desde el muy antiguo; Rafalito de administrador, de cartero por las mañanas y de dependiente por las tardes, ese Rafalito cadencioso, andarín y sin prisas; Jesús, que era como el ojo de la cuadrilla, en su cabina de madera con cristal y su ojo de lupa poniendo en orden o en cuerda las averías de los relojes, sellando el sello de oro al que se le hizo una raja o yendo con su maletín a las casas donde se había averiado la tele que tanto se averiaba , aquellas teles con transformador, “Iberia”, “Inter”, “Telefunken”, darle sintonías a las radios de las repisas, o abriendo el radiocasé al que se le había quedado atrancada la cinta de Bruno Lomas, ejerciendo de médico de los hierros y de los cables, resucitando las cosas muertas que se le ponían en sus manos, y Manolito convirtiéndose en el gato sobre los tejados de Porcuna, que para eso, Manolito es el hombre que más sabe sobre los tejados de Porcuna, y al igual que unos señalan los lugares viéndolos de frente, Manolito es el hombre que se sabe toda Porcuna desde las alturas de sus tejados, el hombre gato, el único que sabe y puede escribir la historia de Porcuna narrándola desde sus tejados, que todo el día andaba Manolito con la escalera al hombro llenando las techumbres de Porcuna de antenas de televisión; el escalador de las cimas de Porcuna, el que traía el hierro, el que abría el hierro y por los salones y los portales de Porcuna aparecían las magias de los televisiones encendidos, por donde todo, y a pesar, seguía transcurriendo plácidamente, como si en el mundo no pasara nada, cosas de las totalidades, pero las casas eran felices con esas televisiones encendidas, mientras Manolito iba de tejado en tejado como se decía que se iba antes de árbol en árbol para recorrer España sin salirse nunca del bosque, y así Monolito, convertido en el hombre de los tejados, el hombre gato guiando las antenas hacía los aires invisibles de las imágenes.

Las clientelas siempre se logran sintiéndose muy apañaos y muy dúctiles y hasta dóciles en los tratos, también en las amistades y en los mejores comportamientos, en el como se sepa hablar, escuchar y tratar a los clientes, y para eso los tres hermanos Navas llevaban en su adn los negocios familiares y antiguos en el saber tratar con la gente, esa esencia de negociadores que se lleva en herencia y se pone al descubierto, para que las confianzas fueran confianzas mutuas, una serie y una suerte de alianza entre negocio y cliente donde las dos partes llevaban la razón y las dos, a la vez, se contradecían, y para eso llegar al acuerdo, y así “si te llevas la tele te regalo la figurica de cerámica para que se la pongas en lo alto, y el aplique de la mesita de noche con su bombilla incluida…”

La labia, la atención, la amabilidad y la serenidad que hicieron de los hermanos Navas y de la tienda de Los Navas por la Carrera, la prestigiada, la privilegiada, la que hacía sentirse a la gente como si estuvieran en su propia casa, y ante gentes y tratantes del lugar que siempre podrían dar largas y dar cortas, según se viniera la cosa.

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De la tienda de Los Navas se vistieron los interiores de una Porcuna entera, que si toda casa tiene en Porcuna su fotografía de César Cruz, también cada casa de Porcuna tiene su cosa de Los Navas, que casa en Porcuna no había que no tuviera su prenda de Los Navas, y a la tienda de Los Navas venían también las gentes de los pueblos de alrededor a llenarse la casa de relojes de estos tres reyes magos laicos de Porcuna que siempre tenían llenas las alforjas que llevaban sus camellos. Clientelas extramuros hechas a base de visitas por los años cincuenta, sesenta y algunos setenta. Veinticinco años en que cada hermano montaba en bicicleta, hasta que llegaron las motos después, y un hermano se iba para Valenzuela, otro para Lopera y el otro para Villa del Río, lo mismo que en sus años se iban andando para los pueblos vecinos cargados con el milagro de su cámara de fotos, y otro día para Villa del río y si otro tocaba, para Cañete o Santiago de Calatrava. Cada uno en su bicicleta, todos los domingos por la mañana mientras los fieles asistían a su misas tempranas, llevando cada uno su pequeña manta llena de relojes ambulantes y de cuerda, y sus servicios de reparaciones, que ofrecían de casa en casa y tocando de puerta en puerta, o llevando relojes que ya les habían encargado, esos relojes nuevos recién traídos del extranjero, y cuando acababan las calles o cuando era de precisar, poniendo las mantas en el mercado árabe de sus pies, abrirla y mostrar ante los ojos todos esos relojes andando, y en sus oídos, escuchando el tic tac hipnotizador de los relojes, como si el tío José anduviera tras los sobrinos ayudándoles a abrirse mercado mandando alucinaciones a los miradores, o haciendo sonar de golpe los despertadores echando del nido a un gallo desesperado. Y pasada la jornada de los Navas domingueros y ambulantes, se volvían para Porcuna con siete u ocho relojes vendidos y mañana a las siete de la mañana todo el mundo en pie y otra vez de vuelta a empezar.

Como lo mismo tenían Los Navas sus sucursales humanas por las calles de Barcelona, de Ibi y de Madrid, a los que los porcuneros de estos exilios hacían sus encargos a Porcuna y a la Relojería de los Navas, para llenar camionetas de teles, lavadoras, estufas de butano y lámparas de techo, que por aquellas capitales donde la confianza faltaba, andaban los porcuneses por el mundo trayéndose los encargos desde Porcuna, los encargos de Los Navas que se pagaban a cómodos y largos plazos, sin más prisas que las prisas precisas, y hacían sentirlos como un poco más arrimados a sus nacimientos.

Eran los tiempos de las tiendas de Porcuna, cuando Porcuna toda se ofrecía en tiendas, y los tiempos de los veraniegos forasteros por Porcuna, aquellos forasteros que estaban deseando de llegar a su pueblo para llenarlo de hijos ausentes, ausentes que doblaban la población de Porcuna, y que por unos meses nos hacían sentir a todos como un poco capitalinos y hasta cursis, hasta intentar imitar aquellas lenguas que nos hablaban como tan raro y con tantas eses. Forasteros que llegaban a Porcuna desde las capitales para abrirse al mundo de las tiendas, al cántaro de la fuente de agua, a los mercados abiertos de la Plaza de abastos y a la irremediable cuan obligada visita a la tienda de Los Navas, donde ya los estaban esperando los tres hermanos de esta estampa, el Rafalito, El Jesús y el Manolito, para ofrecerles todo el oro del mundo y toda la amabilidad posible, y mirando luego para atrás, para mejor confianza del comprador: un detalle que sólo sabe hablar la sangre del negociante con muchos tatarabuelos.

Los grandes veranos aquellos de la villa, oscurecientes en la noche del alumbrado abierto de la tienda de Los Navas, aquellos tres niños aprendices y niños esforzados y sorprendidos que por la calle Gitanos asistían a las clases magistrales de los curtidores de pieles, siendo aún niños de chupete que lo querían aprender todo, aquellos tres niños cogidos de la mano por la carpintería de la calle Sebastián de Porcuna, siendo todo ojos preguntando para no perder detalle alguno, o por las escaleras de “Las Tres caídas” contemplando el asombro de los inventos, los avances y las modernidades de capital que iban llegando a Porcuna de la mano de José Pérez Casado, como luego seguirían llegando de la mano de sus tres sobrinos, hasta formar el imperio bajo el sol de su pequeño reinado porcunés, de estos tres reyes sin corona que le abrieron a la nada su arca de la fortuna hasta hallar el anillo de la alianza que los casó a los tres con el único empeño de servir para así poder ser servidos.

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Desde la idea y la mirada amplia de los años cuarenta del siglo añejo y remoto, hasta nuestros días tan asina, más de sesenta años siendo en Porcuna su comercio, y los tres Navas, sus comerciantes; estos tres Navas de la cosa porcunera, el Rafalito, el Jesús y el Manolito, sapientes humildes escalando y escalando peldaños para que también Porcuna fuera escalando sus peldaños, y si cima, subirse todos a la cima de los tejados para contemplar, también, todos los tejados de Porcuna.

Laboriosos y confidentes, el elixir de los Hermanos Navas, siempre ha sido un elixir de servicios y hasta de ofrendas florales. Levantadores del gallo y los primeros en la carretera para lo que se hubiera que andar, o haciendo siempre el gesto de la amabilidad y el buen aprecio, llevando siempre la perseverancia, el arrojo y el aplomo, y la intrepidez, y un en el fondo no somos nadie, como escritura sagrada.

Curtidores de las pieles de los borregos antiguos. Animadores con vidrios de las lámparas de pared, hablando siempre de usted como si fueran franceses, o variopintos durmientes haciendo verdad del sueño. Curtidores de los ceños en las tinajas con tintes: tres sonámbulos alpistes con los ojos siempre abiertos, y un algo de desconcierto y una armonía de austeros; por la tarde carpinteros de caballos de madera, carpinteros sin tareas, no más, maletas de quintos y teatros de revistas haciendo sus tres caídas sobre cables y bombillas. La alegría de la villa descubriendo maravillas desde los cuentos de hadas; las brujas de la jornada con sus bolas de cristal y sus barajas de cartas descubriendo panderetas. Muchachos en bicicleta por los campos y caminos, intrépidos peregrinos vendiendo fotografías a los rostros milenarios, abriendo el abecedario como abriendo convivencias: los caramelos de fresa envueltos en transparentes vendidos como juguetes para los seises de enero, jabón de turbios y ungüentos aromados con limón e inciensos; los tres hermanos del cuento contando murmuraciones, los ecos de las canciones, los estribillos del plazo, un algo así como abrazo dándose desde el respeto. Andando con el esqueleto como si fuera marfil, desde los meses de abril hasta los meses de marzo, la cosa de un embarazo con tres tenores cantando la rima del aguilando y el secreto de las arcas y las cajitas de música. Cancionero de Porcuna recorriendo sus posadas, trashumantes resonancias construyendo tenderetes con cañas y con retales, aventando los reales al sonar de la vihuela con tres sombras porcuneras dando siempre su fresquito y su insistencia en el puedes. Ayer de los mercaderes y ayer de las mercancías, las sonoras alcancías vestidas con trapos viejos, poema que nace escueto y se expande como gesta, la historia de una cometa que dio su rostro a volar y todo se le hizo mar, sin horizonte ninguno.

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ALFREDO GONZÁLEZ CALLADO

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