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24 ene. 2018

  • 24.1.18
Luis Sepúlveda recupera en su última novela a Juan Belmonte, que vive en una casa frente al mar en el extremo sur de Chile, junto a su compañera Verónica, que nunca superó por completo las torturas sufridas durante la dictadura del general Augusto Pinochet. En El fin de la historia, el escritor chileno cuenta cómo los servicios secretos rusos saben de un plan urdido por un grupo de cosacos nostálgicos para liberar de la cárcel a Miguel Krassnof, torturador pinochetista condenado por crímenes contra la humanidad. Su abuelo y su padre eran anticomunistas y furibundos antisemitas. El nieto, además, acumulaba un tercer odio, el odio a los pobres que, según Sepúlveda, es “el peor odio”.



Luchó contra la dictadura chilena y nunca se arrepintió. Por su compromiso político fue condenado a 28 años de cárcel. Al final, la pena le fue conmutada por ocho años de exilio. Todo se lo debe a una joven alemana sentada en silla de ruedas que lo había leído y que impulsó una campaña en su favor.

A su compañera, Carmen Yáñez, quien conoció la Villa Grimaldi como la prisionera 824, dedica esta novela tan bien escrita, que tiene mucho de thriller, más de denuncia social y demasiado de memoria que perdona y que pide justicia, pero que no logra doblegar al olvido.

De los 3.000 desaparecidos de la dictadura, muchos salieron ya sin vida de Villa Grimaldi y fueron enterrados en tumbas clandestinas, arrojados al mar o fueron dinamitados. Está claro que el horror también se puede cuantificar y visualizar.

Siempre viste de oscuro, negro o azul marino. Es un hombre grande y afable, de abrazos diseñados para abarcar de un solo empujón a sus seis hijos. Se mira al espejo, y le agrada encontrarse en frente con un hombre decente en quien se reconoce.

Anterior a esta novela, publicó Historia de un perro llamado Leal, una fábula, como él dice, para lectores de corta edad. Desde hace casi veinte años vive en Gijón. Desde allí observa Chile con preocupación. Tiene terminado un libro de versos que nunca publica, porque los poemas “se molestan unos a otros”.

Ahora escribe una fábula para lectores pequeños y grandes donde narra la historia de una ballena blanca que los balleneros vascos bautizaron con el nombre de Mocha Dick, la misma ballena que embrujó a Herman Melville.

—‘El fin de la historia’ parte de un acontecimiento que, aunque extraño a simple vista, es real.

—Sí, sí. La novela parte de un hecho aparentemente fortuito y es, cuando en el año 1917, el que era el primer comisario del pueblo de la revolución rusa, Trotsky, le perdona la vida a un cosaco, el mandamás de los cosacos, Miguel Krassnof. Le perdona y no se imagina, no puede imaginarse, que perdonarle la vida a ese tipo iba a significar que un descendiente de él iba a sobrevivir y se iba a transformar en forma de uno de los peores torturadores de un país tan lejano como Chile, tan alejado de la realidad rusa.

—Cuesta imaginar que una fuerza de combate de cosacos dependiera de la Armada de Chile.

—No. Después de la Segunda Guerra Mundial, llegan muchos criminales de guerra a Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay. Y algunos de los que llegan han sido cosacos que combatían para los nazis y destacaron por su crueldad, sobre todo en Croacia. Y entre los que llegan, estaba ese tipo que se llamaba Miguel Krassnof, que ahora está en prisión con muchas condenas de por vida por crímenes contra la humanidad, por violaciones, desaparición de personas, etcétera.

Y muchos de esos que llegaron no han parado con la conexión Odessa, que salva a criminales de guerra civiles o militares en los países. Es el caso de Chile. Muchísimos de ellos terminaron como militares y de alta graduación, o sea, con mucho mando.

—¿Cuál es el perfil del asesino Miguel Krassnof?

—El perfil del primer Krassnoff, el abuelo, y del hijo, era el de individuos furiosamente monárquicos con fidelidad al zar de Rusia a toda prueba, visceralmente anticomunistas, visceralmente antisemitas. Odiaban a los comunistas, a los judíos, por igual. Y el perfil del último Krassnof, que está preso en Chile, el nieto, ese es exactamente el mismo perfil: anticomunista, un furibundo antisemita. Y a eso se agrega un tercer odio, que es el odio a los pobres, que tal vez es el peor odio.

—Dedicas el libro a tu compañera, Sonia Yáñez, que fue testigo de aquellos horrorosos acontecimientos. Y a quienes sufrieron el infierno de Villa Grimaldi.

—Sí, sí. Porque Villa Grimaldi fue uno de los peores centros de detención clandestinos de la dictadura, centros clandestinos porque no aparecen como los centros oficiales de detención de personas. Pero todo el mundo sabía que existía. Estaba ahí. Y fue uno de los centros donde se practicó la crueldad ya a niveles que son inimaginables, impensables.

De los 3.000 desaparecidos que dejó la dictadura chilena, la mayoría de ellos desaparecieron luego de entrar a la Villa Grimaldi. Nunca más se les vio salir de ahí. No salieron, o si salieron, salieron ocultos, ya muertos, y fueron metidos en tumbas clandestinas, fueron arrojados al mar o dinamitados muchos de ellos.

Y por fortuna, bueno, eso es ahora un centro dedicado a la memoria con un parque de la Paz muy bello que se hizo. Pero está ahí como una costra de una herida atroz que demuestra que eso pasó y recién. Ayer pasó aquello y los criminales están en prisión y otros no, que es lo terrible. Ha habido una gran impunidad. Los que están en prisión son, digamos, los chivos expiatorios, militares, pero los civiles que dieron el golpe, de esos ninguno ha sido tocado.

—La parte de ficción la protagoniza el agente Juan Belmonte, que ya creaste en la novela ‘Nombre de torero’ y que es quien trabaja para impedir la liberación de este criminal.

—Belmonte, que tiene también una deuda personal con ese tipo, porque fue uno de los que torturó a la compañera de Belmonte, su mujer, se ve obligado a participar, impedir que gente que viene de Rusia lo libere y se ve enfrentado en un problema consigo mismo de conciencia, tal vez porque en su intimidad lo que desea es ajustarle cuentas. Está claro.

Pero tiene esa virtud de saber diferenciar cuál es la realidad de la línea roja que separa la justicia de la venganza. Y está de parte de la mayoría de los chilenos que creo no quieren venganza, quieren justicia, que se haga realmente justicia.

—Antes de esta novela, publicaste ‘Historia de un perro llamado Leal’ para un público, como dices, de corta edad. ¿Te cuesta cambiar de registro o a veces lo necesita?

—Necesito a veces cambiar de registro, ¿no? Pero, en definitiva, son las historias las que deciden cómo quieren ser contadas y para quién serán contadas. Cuando empiezo a escribir, nunca tengo claro qué ni quién. La propia escritura te va enseñando. Mira, este es el camino que hay que seguir y esta historia va ser para un determinado público, que puede serlo los de pocos años o los de todos los años.



—Conociste la cárcel y el exilio. Pero no te arrepentiste. “Es más alto el precio de la traición propia”.

—Claro que sí. Ya te digo que hice lo justo en el momento justo. Cuando había que hacerlo, hice lo que tenía que hacer. Y volvería a hacerlo. Si volviera a repetir la vida, la repetiría paso a paso igual, porque ¿qué me dejó? Me dejó algo. Una satisfacción íntima que es algo muy personal y, por tanto, todas las mañanas te levantas, te vas ahí al baño y te miras al espejo y, cuando ves a un tío decente en el espejo, te sientes bien. Decirme: “Ese ha sido un tío decente”.

—La lucha de aquellos años, en España, en Chile, en Argentina, ¿ha ayudado a construir un mundo mejor?

—Ha intentado. No se ha conseguido. Pero sí ha dejado valores en el camino. Ha dejado valores que son heredados y que quedan ahí y que evidentemente van a ser los pilares para construir una sociedad mejor. El ejemplo de la gente no se olvida.

—Escribes, como decíamos antes, para maduros y para niños, pero dices que los segundos son lectores más exigentes porque su imaginación está en estado puro.

—Sí. Los niños son los más exigentes de los lectores. Los niños son surrealistas. Los niños no conocen límites a su imaginación. Si tú alguna vez ves dos chicos que están peleándose verbalmente, las cosas que se dicen son surrealistas. Un chico de trece años le dice al otro: “Voy a mi casa y te voy a traer un clavo y un martillo y te voy a clavar una oreja” (sonríe). Si tú lo suavizas es horrible, no puede ser. Y el otro responde: “Yo voy a ir a mi casa y voy a traer la sierra y te voy a cortar uno a uno los dedos”.

Quizá son eficientes porque les gustan las historias escritas con un lenguaje sin ambigüedades. Les gusta el lenguaje directo, inequívoco. Y al mismo tiempo les encanta que haya una dosis de poesía fuerte en lo que leen.

Yo tengo seis hijos. Todos han sido lectores y siguen siendo buenos lectores. Muchas veces me preocupé de preguntarles por qué les gusta tanto tal autor. Por ejemplo, el autor de La historia interminable, Michael Ende. Ese autor les encantaba justamente por una serie de personajes, como pueden ser los dragones, la historia de un libro que no se termina nunca pero al mismo tiempo está escrita con un lenguaje tan directo, con una concisión del lenguaje y con una poesía que fue la clave que subyugó a los chicos y los transformó en lectores. La misma historia de Harry Potter tiene una dosis poética muy grande. A los chicos lo que no les gusta es que los aburran con moralinas. Basta con las que reciben en la casa y en la escuela.

—También les atrae mucho el mundo los animales.

—Sí, sí. Les encanta sobre todo eso de que los animales adquieran ciertas características que son solamente del género humano pero que les permita ver con distancia. Y esas propias características, al ser protagonizadas por animales, les permiten entender mejor al género humano, las conductas.

—Lo más terrible es mirarte al espejo y no ver a una persona decente. Y añades con sorna: “Lo único que justifica que no te reconozcas frente al espejo es una resaca”.

—Exactamente es así. Sí, sí. Lo único que puedes perdonar cuando no te reconoces es cuando es por la resaca, pero si es por conceptos morales, eso no, eso sí es imperdonable. De ahí que lo que es importante es mirarse al espejo y estar tranquilo con lo que uno ve.

—“Yo viví y crecí en un país que ya no existe”. ¿Tan nítida es la memoria que provoca el dolor?

—Sí. Qué buena pregunta. Sí. Porque cuando la sociedad nos cambió tanto, cuando una dictadura hace cambiar la sociedad de una manera tan radical, que el país pierde su alma, el alma que era la gran sociabilidad, el sentimiento de ayuda mutuo que existía, no permitir que nadie estuviera solo, siempre existía la posibilidad de estar acompañado, un país que tenía una enorme vida gremial, sindical, una idea democrática muy intensa.

Cuando todo eso se pierde, evidentemente permanece vivo en tu memoria y la recordación al contrastar con la realidad ciertamente que es algo muy triste, muy doloroso. Pero, por tanto, la memoria te permite decirles a los que son más jóvenes es que este país era así, es posible que vuelva a ser así también, ahora depende de vosotros.

—Abandonaste la cárcel y te fuiste al exilio porque una mujer en silla de ruedas se empeñó en reunir firmas. Me parece una historia hermosa.

—Es muy hermosa la historia. Era una chica de Hamburgo que colaboraba con Amnistía Internacional. Hay un montón de casualidades. Y es que yo en el año 1969, con un libro de cuentos, gané el Premio Casa de las Américas de Cuentos en Cuba, Crónicas de Pedro Nadie. Harían mil ejemplares los cubanos. Se vendieron 500 en Cuba. El resto fueron regalos de amigos. Pero un ejemplar llegó a Europa, a la República Democrática Alemana, y tres de esos relatos los tradujeron al alemán y los incluyeron en una antología. Nuevos escritores latinoamericanos se llamaba la antología.



Un ejemplar de esa antología llegó a esa chica en silla de ruedas allí en Hamburgo. Y cuando se dio a conocer la primera lista de los prisioneros políticos chilenos que se publicó, vio mi nombre. Empezó a preocuparse. Este es un escritor, dijo, yo lo he leído. Sola empezó la campaña de reunir firmas, redactar cartas con cortesía al dictador pidiendo mi libertad y consiguió que me cambiaran la condena de 28 años de cárcel por ocho de exilio. Una chica maravillosa que lamentablemente falleció. Tenía esa enfermedad terrible, degenerativa, que se llama ELA. Y la alcancé a ver, pude darle las gracias. Cuando llegué a Hamburgo, fue lo primero que hice.

—Tu destino, en parte, ha sido fruto de su acción.

—Evidentemente. Gracias a su prueba enorme de solidaridad, de amor.

—Tu mujer estuvo en un campo de concentración. Conoció a su delator. Cuando le pidió perdón, ibas a golpearlo, pero al final lo abrazaste. ¿Aún te quedaban ganas?

—Sí. Me quedaban muchas ganas cuando lo vi. Fue muy sorpresivo porque ella me dijo que quería conocer al tipo que me delató. "¿Lo vas a saludar?", le dije. “Sí. Quiero hablar con él. Quiero que me diga por qué lo hizo”. Bueno, y cuando llegamos, yo la acompañé, y cuando vi al tío sentado mi primera impresión fue echarme encima y fue darle una de hostias.

Pero me frené, me quedé callado, empecé a hablar con mi mujer. Y el tío no había soportado tortura. No había aguantado. Hay gente que no aguantó. Punto. Se quebró. Más víctima que nosotros mismos. Porque había vivido cuántos años con ese peso. Cuando vi que mi mujer lo abrazó, le dijo que no, todo está bien, no te preocupes, no me debes nada, todo está bien. Y yo también lo abracé.

—Vives en Gijón desde hace casi veinte años. ¿Cómo ves Chile desde Europa?

—Con preocupación. Con mucha preocupación, porque es un país de brutales desigualdades. Es un país que participa de la farsa, de eso que se llama los países con mayor nivel de crecimiento. Y es verdad. La macroeconomía dice que Chile es el país de Latinoamérica que más crece. Pero al mismo tiempo es el país de la mayor desigualdad salarial, social. Las grandes mayorías están cada vez peor.

—Tal vez haya que verlo con mayor preocupación ahora con Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos.

—Yo también lo veo con preocupación. Ahí lo más preocupante no es el que el país más poderoso del mundo haya optado por elegir a un tipo que es un ignorante, políticamente un retrasado, un tipo que incluso como empresario es un fracaso, porque el tío ha estado en la bancarrota y a punto de quebrar. Su imperio es un mito. Y, claro, estamos sujetos a su humor.

Yo espero realmente que los norteamericanos, que tienen su lado bueno también, que pueden ser una democracia ejemplar, todo apunta que va a ser así, que metieron la pata y que este tipo no puede continuar como presidente. Yo creo que de aquí a un año los propios republicanos van a plantear, van a decir que mentalmente no está capacitado para ejercer el cargo.

—¿En qué andas metido ahora, además de en esos poemas que nunca publicas?

—Tengo una materia pendiente con los poemas. Todo el mundo me pregunta por eso. Es que es tan terrible ordenar un libro de poemas, es tan terrible cómo se molestan unos a otros. No. Ahora empecé a escribir una fábula también para lectores pequeños y lectores grandes. Y estoy contando la historia de una ballena blanca que sí existió realmente y que es la historia que alguien le contó a Melville y se inspiró para escribir Moby Dick, la historia de esa ballena.

Era una ballena que era la pesadilla de los balleneros vascos que cazaban ballenas en el sur del mundo frente a la costa de Chile sobre todo. Y, efectivamente, era blanca, muy grande, tenía su hábitat cerca de una isla que se llama Isla Mocha. Y los balleneros vascos la bautizaron como Mocha Dick. Y vivió muchísimos años y tenía una conducta muy sorprendente porque protegía de una manera impresionante a su grupo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
REPORTAJE GRÁFICO: ELISA ARROYO

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