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7 jun. 2019

  • 7.6.19
Vivimos en una burbuja en la que solo vemos lo que nos enseñan por la tele. Y, a menudo, las imágenes ya ni nos duelen: las vemos moverse como si fueran un fotograma de una película demasiado conocida. Me gusta hablar con la gente y, ayer, cuando me trajeron una mesa a casa, escuché al chico que la traía e intenté adivinar su procedencia por su acento. Al final, terminé “entrevistándolo”.



Era de mi Nicaragua y llevaba nueve meses en España porque su madre, que ya llevaba tiempo aquí, le había facilitado los papeles. Un chico normal, morenito de piel, con ganas de trabajar y, sobre todo, con ganas de huir del infierno. No ponemos a Nicaragua en el mapa porque no tiene petróleo, ni nada que expoliar.

Sin necesidad de preguntar mucho, me contó que su amigo del alma, el que era como su hermano, sufrió un gran castigo solo por manifestarse en la calle contra el régimen que gobierna este país centroamericano, donde la paz nunca llega. No existe la democracia, no existe el diálogo: solo hay un monólogo que se hace escuchar con la fuerza de los palos y las balas.

Resulta que su amiguito, con el que tanto había vivido, recibió una paliza de la policía y no contentos con ello, lo pasearon arrastrándolo por el suelo atado a una moto. Me decía: "Como si fuera un perro". Pero ni un perro, ni nadie, se merece ese trato. Después de divertirse con él por las calles, y utilizarlo como advertencia de lo que te puede pasar si piensas diferente, le pegaron tres tiros en el pecho.

Cuando el Gobierno es el que agrede, ¿quién te puede proteger? Después de aquello, lo único que le quedó es irse a la Madre Patria a vivir y a intentar borrar de su mente las imágenes de infinito dolor y la rabia de ver tratar a su hermano del alma como si fuera un muñeco de trapo.

Si escucháramos las historias que cada uno tenemos seríamos más tolerantes, comprenderíamos lo que siente el otro cuando nos cuenta su realidad mientras nos mira los ojos.

Como a mí me pierde leer, conocía la historia de su país contada a través de la piel de la gran Gioconda Belli. Le pregunté si le gustaba leer, por sus gestos entendí que era una actividad que no practicaba mucho. Bajo promesa de lectura le regalé la magnífica biografía de Beli, una escritora nicaragüense que vivió las luchas de su país desde dentro y que ahora, desde fuera, sigue sintiendo el sufrimiento de su pueblo.

Me dio las gracias y yo le deseé que encontrara la paz en esta España nuestra que tanto se empeñan algunos en dividir.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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