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3 ene. 2019

  • 3.1.19
No es la primera vez que hago referencia al mundo de los viejos, esas personas mayores que poco a poco van diluyéndose en un laberinto de dificultades, soledad, o bien son utilizados para apuntalar la economía de los hijos, o para cuidar de nietos.



Somos un país donde abunda la población de personas viejas. Parte de dicha población es útil y otra parte no está en condiciones físicas y/o psíquicas y termina en residencias. Más de 300.000 están viviendo en 5.000 residencias. El número es bastante crecido y los problemas que conlleva dicha situación son múltiples. Uno de ellos es la soledad.

Sugiero algunas alternativas que podríamos activar aunque suenen a perogrulladas. La soledad se amortigua y se puede casi reducir compartiendo nuestro tiempo con los demás. Cultivar las relaciones con los demás, ya sean conocidos de siempre o añadidos nuevos, es importante.

Un enemigo mortal es el aburrimiento que puede contrarrestarse estando receptivos a aprender cosas nuevas. Vivir en una residencia (“asilo”) no debe significar desaparecer. Y es muy importante forzar, hasta donde sea posible, la relación familiar. La ruptura con la familia (hijos, nietos y demás), amén de incrementar la soledad, aumenta la amargura, el desengaño y la frustración.

Recuerden que antes se les llamaba “asilo” donde dichas personas mayores (viejos) eran acogidas, bien porque estaban solas, bien porque les envolvía una situación de pobreza agobiante. La definición de asilo hace referencia a “establecimiento benéfico en que se recogen menesterosos, o se les dispensa alguna asistencia” (sic). Los susodichos asilos eran casas de caridad regentadas por monjas.

La subida de algunos escalones de bienestar, dejando algo alejada la pobreza, dio paso a las “residencias para mayores”, concepto más ostentoso donde vegetan muchas personas que o estorban en casa de los hijos o tienen algo de dinero que les permite vivir “medio independientes”. Repito que la soledad es, en la mayoría de casos, el estigma que acompaña dicho vivir hasta que la parca Átropos llegue a recogernos.

Ante tal panorama surge una iniciativa que intenta paliar, en la medida de lo posible, dicha situación. Así nació hace cuatro años el proyecto Adopta un Abuelo, programa intergeneracional de acompañamiento a la tercera edad.

Dicha oenegé nace en 2014 en Ciudad Real desde donde se extiende, poco a poco, por el resto de España. A finales de 2018, la organización estaba activa en 50 ciudades del país. La actividad del voluntariado se desarrolla en parejas. Uno de los objetivos es aprender de los conocimientos y experiencias del abuelo adoptivo.

La idea base de esta organización, según su página web, pretende conjuntar a ese abuelo o abuela, que las circunstancias los dejaron en el sillón de la soledad, con jóvenes que, al adoptar a dicho abuelo para hacerle compañía, comparten tiempo, entretenimientos y experiencia. La finalidad de “adoptar un abuelo es hacer que se sientan acompañados y queridos”, gracias a la generosidad de dichos jóvenes.

La iniciativa empezó tímidamente porque su creador no estaba seguro de si los jóvenes estarían dispuestos a regalar su tiempo. “Decidí crear una web para ver quién querría participar en la iniciativa y mi sorpresa fue que se registraron cientos de jóvenes en unas pocas horas, así que me decidí a hacer el proyecto piloto”.

El fundador del proyecto se llama Alberto Cabanes y “ha sido nombrado Global Fellow 2018, junto a otros 19 jóvenes de todo el mundo por la contribución social y el impacto mundial de sus programas de emprendimiento”. Hoy el programa se desarrolla en 50 ciudades españolas. El vídeo adjunto explica el nacimiento y parte de la actividad que realiza dicha organización.



El voluntariado con el que cuenta de momento es de 650 personas que acompañan a 325 mayores. Una de sus normas es que cada adoptado esté atendido por dos personas y es clave para la actividad el ganarse la confianza de esas personas mayores.

Rizando el rizo ¿por qué abuelo y no mayor? Políticamente, "persona mayor" quedará bien pero convendrán conmigo en que decir “abuelo” (“agüelo”) sugiere cariño, generosidad, mimos y algún que otro capricho, mientras que persona mayor es un término frío, difuso, dado que se le ha quitado la sensibilidad que envuelve al abuelo o abuela.

Insinúa cuatro razones que considera vitales en el desarrollo del programa. Valorar a los demás, responsabilidad, paciencia y aprendizaje son parte del cometido. En el proceso de adopción, estas propuestas son claves para cimentar el éxito de toda la actividad que se puede obtener con dicho intercambio.

Hasta aquí el lado bonito, regenerador, solidario, humanitario de una organización de gente joven volcada en hacer compañía, ayudar, compartir experiencias y, sobre todo, desterrar, en la medida de lo posible, la soledad de muchas personas mayores que “vegetan” en el encierro de una residencia o en el desamparo familiar.

Contrapartida. La cara negativa que más asusta de dicha situación es el “abuso” que se pueda hacer con dichas personas por parte de camuflados samaritanos cuyo objetivo es vivir a costa de ellos, sangrarlos para después dejarlos abandonados y en “pelotas”.

En la lista de oenegés con las manos manchadas de mierda hay algunas que tenían buen renombre en el mundo de la solidaridad con el prójimo, en la parcela de la ayuda a los demás. No me vale aquello de “por un gato que maté, matagatos me llamaron”. Creo que hay más basura de la que podríamos imaginar. Por cierto, el referido refrán pronto será “pecado cívico” según los puristas del contenido del lenguaje. Hablaremos del tema.

¿A qué viene esta diatriba? En este terreno de la ayuda humanitaria, hay sobrados motivos para desconfiar. Espabilados de todos los colores juegan a engañar y de paso a desplumar a personas confiadas. Recuerden el barullo que se levantó con el abuso perpetrado por algunos directivos y voluntarios varios de oenegés famosas. Rememoro una actividad que empezó como un inocente juego.

Por ejemplo la proposición “abrazos gratis” creó todo un movimiento que pretendía despertar en los demás deseos de paz, amor, afectividad…, repartiendo y recibiendo a cambio abrazos. “Un abrazo reporta felicidad” podría ser una síntesis de esta corriente.

¿Verdad que suena bonito eso de repartir cariño, felicidad, bondad? El invento prosperó. Los abrazos sembraron avenidas y plazas de grandes ciudades. Pero los humanoides (no merecen el calificativo de "humanos") tergiversaron la idea original. Y la posible felicidad emanada de tales abrazos regalados, tardó poco en convertirse en pólvora repartiendo abrazos con veneno.

¡Cómo no! Los listillos y listillas “hábiles para sacar beneficio o ventaja de cualquier situación” (sic) descubrieron un filón en ese cariñoso y gratis estrujón. Empezaron a abrazar a toda persona que pensaban que podría necesitar una sobredosis de adrenalina (“carga emocional intensa”) para transmitirles energía, paz, felicidad.

Y por la magia de la bondad nació, creció y se extendió el “timo mimoso o del abrazo” consistente en desplumar al descuido de objetos de valor a ingenuas personas. Qué mala es la soledad y qué fina la ratería de desolladores de lo ajeno.

El discurso que usan es simple e incitador: “permítame que le ayude, no se preocupe, tenga cuidado…”. ¿Altruismo en estado puro? No, tras esos arrumacos en apariencia altruistas se esconden manos largas que, jugando con la inseguridad de la “desvalida víctima”, se apoderarán de su confianza y ¡zas! se aprovechan de bolsillos ajenos.

A las referidas listas de desacatos hay que añadir una información reciente que arranca de 2016. Cito: “Así estafaban a ancianas en los Hermanos Misioneros de Vigo. Cuatro personas vinculadas a la congregación confiesan que retiraban fondos y cambiaron tres veces el testamento de una residente con demencia senil”. Sin comentarios.

PEPE CANTILLO

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