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19 oct. 2018

  • 19.10.18
Desde que la conocí noté en ella un halo de tranquilidad, de serenidad y de belleza que me llamó la atención. Era algo sutil, algo que no todo el mundo podía percibir. A medida que he ido hablando con ella, su atractivo personal se ha acentuado y me transmite una seguridad que se me hace un misterio. Misterio que he resuelto recientemente.



Ella es una mujer que se siente querida, cuidada, que encontró el amor donde menos lo esperaba: justo al lado. Miramos a lo lejos y olvidamos lo cercano, lo que la vida nos pone en el camino. Ella fue capaz de verlo y de dejarse caer. Desde la calma que da el amor correspondido, me contó que está feliz con su chico, que se sentía querida, cuidada y protegida, que es precisamente lo que una mujer fuerte quiere en el fondo de su corazón.

El suyo es un idilio sin aspavientos, limpio como el agua de un lago al atardecer, cuando los vientos de la edad ya se han calmado. Y tu refugio no es otro que los brazos del otro. Me encanta contemplarla y verla caminar como si ella hubiese encontrado la solución a un acertijo antiguo que todo el mundo trata de resolver pero que pocos son los agraciados que se dejan traspasar por las claves que llevan a la puerta correcta.

Como siempre digo: me encanta la gente feliz porque me hace creer en la bondad de la vida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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