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27 sept. 2018

  • 27.9.18
Según algunas mentes optimistas y de acentuada fe cívica, parece ser que a partir de ahora “tendremos menos corrupción como consecuencia de nuestros más higiénicos estándares morales” (dixit). Esta información apareció el pasado 19 de abril en El Confidencial Digital con el título El rearme moral de España. La antedicha frase la tomo literalmente del citado artículo y me da pie para hacer algunas observaciones.



Quisiera pensar que dicha afirmación está cargada de ironía y es un zarpazo certero a la conciencia de todos nosotros, tanto ciudadanos de a pie como cargos (cargas) políticos. Por lo que deduzco del citado artículo, nuestra percepción de la corrupción está muy a flor de piel.

“Es decir, que en España posiblemente haya más percepción de corrupción que los niveles reales”. Quisiera ser optimista y ver la botella casi llena, pero algo me dice que no. Una serie de datos y circunstancias hacen ver dicha botella prácticamente vacía. El tema de los títulos entre ellos.

Por más que leo y releo no acabo de captar dicho trasfondo. Leo lo que leo y lo tomo en su real y verdadero sentido. Es verdad que todo el revuelo que se ha levantado con el asunto tesis y másteres nos tiene sublevados a una buena parte de la población, pero… es lo que hay. El escándalo está servido, jaleado y ya casi olvidado.

Dicha sublevación es como una tormenta de verano que en breves minutos nos inunda dejando un regusto amargo en el ambiente como consecuencia de los destrozos. Pasados unos días nuestra memoria se diluirá y “a otra cosa mariposa”.

Realmente me alegraría que tales afirmaciones fueran verdad y que por fin entraran aires nuevos, constructivos y creadores de un cambio social en el más amplio sentido de la palabra. Pero por un carril van las ilusiones y por el otro la dura realidad.

Había altas esperanzas de que el Gobierno que se constituyese, como resultante de la moción de censura, nos abriera las puertas a una regeneración. Gobierno que todos teníamos claro era y es de paso a unas elecciones generales. Esperanzas abortadas. De momento, tenemos un presidente que los españoles no han elegido en las urnas.

Quede claro que la clase política (tropa política) es un reflejo fiel de nuestra sociedad. A la frase podemos darle la vuelta sin temor a meter la pata. Si lo prefieren, cabría decir que nuestra sociedad actúa a imitación de sus políticos. Tanto monta.

¿Se puede dar la vuelta a la tortilla hasta tal punto de que nuestro comportamiento moral haya cambiado para “mejor” de la noche a la mañana? No creo. Siguen floreciendo por doquier cardos borriqueros coronados de flores purpúreas y hojas espinosas.

El personal ya está habituado a toda una gama de pasos falsos desde los distintos gobiernos que supuestamente nos pastorean. Chanchullos, enchufes, prebendas, puertas giratorias… Hay tanto charrán suelto que oímos las charranadas como quien oye llover y decimos para nuestros adentros: "¡Ya escampará!".

Los enchufes, en lugar de disminuir, parece que aumentan a pesar de que ha subido la electricidad. Disculpen que juegue con las palabras electricidad y enchufe. Incluso las llamadas puertas giratorias funcionan y no chirrían tanto o nos hacemos el longuis a la espera de un cambio que sea real y no virtual.

Pero no nos engañemos. La razón de que no chirríen dichas puertas, no es porque estén engrasadas (que no lo están), sino porque hay una sordera intencionada con dicho tema, amén de un aumento desproporcionado de enchufes y nepotismo.

Vuelvo al tema de la “titulitis” que en un corto espacio de tiempo ha engordado. El Diccionario de la Real Academia Española ofrece cada día una palabra que a veces es poco conocida y suele picar la curiosidad de quienes lo solemos consultar. La del viernes pasado era “remediavagos”. Es desconocida pero ilustrativa por su contenido.

Ofrece dos acepciones que vienen a dedo y que se complementan: “procedimiento destinado a hacer algo con el mínimo de esfuerzo”; y “libro o manual que resume una materia en poco espacio, para facilitar su estudio” (sic).

¿Razón de esta cita? Podemos aludir a tesis doctorales y trabajos de másteres, entre otros. ¿Quién pierde en circunstancias de este tipo? Primero, la Universidad seguida del profesorado y, desde luego, los alumnos que estudian en dichos centros universitarios. ¿Dónde quedaron “…nuestros más higiénicos estándares morales” si es que alguna vez existieron?

En la Edad Media y hasta no hace mucho, pertenecer a la llamada "aristocracia" era privilegio de unos pocos y, como es natural, la envidia un deseo de unos muchos. Había quien coleccionada títulos nobiliarios, independiente de que tuviera cultura o fuera un iletrado total.

Actualmente, el coleccionismo que el personal desea poseer para alardear ante el público camina por otros derroteros. También hablamos de títulos pero en este caso académicos, sean de universidades reconocidas o de quioscos no oficiales que despiertan dudas en el personal. Dicha titulitis parece que proporciona caché de “distinción y elegancia” a los poseedores, aunque en algunos casos no garantice los conocimientos.

Recuerdo, con algo de mala intención, que los títulos se pueden comprar y coleccionar para mostrarlos en el momento oportuno alardeando siempre ante una autoridad de relevancia y apabullando al inculto, al paleto por ser “poco educado y de modales y gustos poco refinados” (sic).

Cortinas de humo nos cercan por doquier. Vamos de decreto en decreto mientras cultos políticos se ensalzan, por causa de tales títulos, en una bronca atorrante (desvergonzada) en la que el mensaje subliminal es la afirmación de que son los mejores para remodelar el país. Dicho mensaje influye en la conducta de cada una de las partes implicadas.

¿No será que con tanto cacareo de méritos por parte de los medios de comunicación, a favor o en contra, estamos jugando al escondite para no prestar atención a problemas de más calado e interés por la gravedad que puedan tener? Las noticias fluyen desesperadas y como la memoria suele ser corta, a los pocos días nos hemos olvidado de todo.

Como si hubiera eco en el escenario público, se sigue cacareando alrededor de méritos académicos, de títulos que pueden inflar un currículo como si dichas credenciales o certificados fueran de vital importancia.

El trasfondo de toda esta ansia, deseo o necesidad de meritar es más grave de lo que aparenta. Parece ser que hay bastantes baches en la consecución de tales méritos por parte de sujetos (ellos y ellas) para inflar el globo de la “meritocracia”. Puntualicemos.

El filósofo Umberto Eco dejó claro en su libro Cómo se hace una tesis la importancia de dicho trabajo, cuya aportación debe ser original, novedosa y relevante. En Europa “el plagio se considera corrupción”. Han dimitido (han sido dimitidos) dos cargos importantes. ¿Eran culpables y no podían estar en el Gobierno? ¡Fabuloso! Pero tal dimisión queda capada a priori puesto que, cuando se hace la selección, ya se debería conocer con qué méritos y capacidades cuenta cada posible candidato, salvo que queramos engañar a quien nos propone para el cargo.

O, mejor, para poner en un ministerio a fulano o mengana los méritos más importantes deberían ser su idoneidad y su capacidad personal para el puesto. Caso contrario, todo el tinglado huele a amiguismo. Las puertas giratorias con frecuencia carecen de cristales transparentes por lo que es imposible ver quién las traspasa. Duda impertinente: ¿queda alguien por dimitir? La puerta está abierta. Debe estarlo.

El mes de septiembre ha entrado arrasando la poca fe que nos quedaba para aceptar a una “caterva” de cargos públicos. Quisiera ser optimista y darle la razón al presidente cuando dice que “España da un paso al frente histórico. Hoy nuestra democracia es mejor”. Lo siento, pero la duda se impregna de incertidumbre y recelo. ¿En referencia a qué?

PEPE CANTILLO

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