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13 ago. 2018

  • 13.8.18
Licenciada en Periodismo y posgraduada en Literatura Comparada por la Universidad de Sevilla, Carmen G. de la Cueva (Alcalá del Río, Sevilla, 1986) se especializó en el discurso de la memoria en la narrativa europea actual. Desde 2014 dirige La tribu, una comunidad virtual dedicada a la difusión del feminismo y de la literatura escrita por mujeres. Ahora publica Un paseo por la vida de Simone de Beauvoir. También es directora de la editorial feminista La señora Dalloway y autora de Mamá, quiero ser feminista (Lumen, 2016).



—Defíneme brevemente a la Simone de Beauvoir que describes en tu libro.

—Pues es una Simone de Beauvoir muy cercana, una mujer corriente como podría ser yo misma o cualquier amiga de generación. Era una mujer con un carácter, muy poco convencional, ambiciosa, fuerte, muy decidida y muy curranta.

—¿Hubiese sido la misma sin la sombra de Jean-Paul Sartre?

—Digamos que hubiese empezado a volar antes sin la sombra de Jean-Paul Sartre. De alguna forma se acompañaron, pero yo creo que ella tenía muchísima más luz que él.

—¿Sigue siendo una referencia para la mujer de hoy o han cambiado mucho los tiempos?

—No es una referencia actual porque no la conocemos. No la podemos leer porque es difícil acceder a su literatura, a sus libros. Pero esta biografía tiene la vocación de que vuelva a ser una referencia.

—Dices que de ella se ha escrito mucho, pero se la ha leído poco. Es decir, que en el fondo sigue siendo una desconocida.

—Sigue siendo una desconocida porque es muy difícil acceder a su literatura, a sus libros. Aparte de El segundo sexo, pero es una lectura de difícil acceso. Entonces, a mí de esta biografía, lo que me gustaría, es que sirviera para llegar a la obra de ella, para conocerla y para que la leyésemos.

—Al igual que Simone, piensas que el feminismo de hoy debe hacer una genealogía para redescubrir a las mujeres del pasado.

—Sí. La genealogía es un concepto muy importante, esa tarea, esa necesidad de recuperar a nuestras madres y a nuestras abuelas literarias. No somos las primeras y los problemas que tenemos hoy también los vivieron ellas y la mejor manera de entendernos es conocer sus obras y sus vidas.

—Había una dependencia económica, al menos al comienzo, y emocional con Sartre. ¿Llegó a superar ese papel de dependencia?

—Ella era mucho más talentosa y muchísimo mejor escritora que Jean-Paul. Pero hubo un momento decisivo en el que ganó el premio Goncourt con Los mandarines. A partir de ahí pudo comprarse su primera casa, un estudio, y volar. Y ya no necesitó económicamente más nunca a Jean-Paul.

—Apasionada por la lectura, la escritura y el amor hacia ellos y hacia ellas, Sartre le propuso matrimonio pero ella no se casó.

—Sartre le propuso matrimonio cuando iban a enviarlos a cada uno a un instituto diferente con la intención de que, si estaban casados, los mandarían los dos al mismo. Pero ella le dijo que no y fue lo mejor que hizo. Fue la primera vez que estuvo sola, sola completamente en Marsella, y ahí empezó a tener la conciencia de que podía contar con ella misma.

—Su padre fue su primera influencia. Para él, ella era especial. ¿Cómo fue aquella relación?

—Pues al principio su padre fue esa primera referencia, y yo creo que la vocación literaria, la vocación por la lectura, le vino de él. Le hacía dictados, le pedía que le escribiera cartas, y yo creo que, sin la influencia de su padre, no se hubiera despertado tan tempranamente esa vocación por la literatura.

—Dices que a Simone de Beauvoir se la juzgó por su vida sin tener en cuenta su obra. Y que las mayores críticas que recibió fue por 'El segundo sexo'.

—Por El segundo sexo la llegaron a llamar ninfómana priápica, madre clandestina. Fue un momento en el que se dio cuenta de que ese lector ideal para el que ella escribía, que era un lector masculino, la empezó a considerar como una mujer que no tenía autoridad, porque hablaba de cuestiones que en ese momento eran tabú.

—De haber vivido hoy, piensas que hubiese sido más periodista que filósofa, porque le gustaba contar el mundo.

—Yo creo que hubiera sido una gran cronista. En sus textos hay una vocación por contar la vida, por contar lo que veía, y yo creo que, más que filósofa, podría haber sido una cronista fantástica y genial.

—Para ti, como has dicho antes, Simone es mejor escritora que Sartre. ¿Es una opinión generalizada o una pasión personal?

—Bueno, es una opinión partiendo de esa base de que las opiniones son sugetivas. Habiendo leído toda su obra y parte de la obra de Jean-Paul es una opinión bastante formada y bastante cercana a como es en realidad. Ella era muchísimo mejor narradora, escribía mejor, era más apasionada y la escritura de él se queda fría y antigua. Y la de ella sigue siendo muy actual.

—Al final de tu libro, sentencias: “escribir siendo mujer tiene mucho que ver con la precariedad, el fracaso y la ansiedad: con el pijama, la bata y las amigas”. ¿Hablas de ti, de ella, de todas?

—Hablo de nosotras. Sí. De las "civilas", que diría Remedios Zafra, de lo difícil que es escribir para una mujer y poder vivir de ello, ¿no? Todavía hoy.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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